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Asaz culpable ha sido la indiferencia con que, en los pue-
blos hispano-americanos, se ha visto, el estudio de la Histo-
ria que nos es propia. Por eso multitud de documentos curio-
sos se han destruido, y otros existen arrinconados en los archi-
vos, entre espesa capa de polvo, dando sabroso alimento á ra-
tones y polilla. Por fortuna, empieza á despertarse el gusto
por conocer nuestro pasado político y social, y obreros de bue-
na voluntad, como los señores Ribeyro, con su Galería de los
Avales universitarios^ Paz Soldán, con su Historia del Ferú in-
dependiente, y Odriozola, con su curiosa compilación de Docu-
vientos, se han entrado con sobra de fe y de inteligencia en el
rico venero, poco ó nada explotado, de los tiempos que fueron.
 
Desde hace más de veinte años se liablaba con variedad
en los círculos literarios, de un trabajo que, sobre Historia pa-
tria, traía bajo los puntos de la pluma el señor general don
Manuel de Mendiburu; y los que no alcanzan á darse cuenta
de las dificultades que hay que vencer para ordenar hechos,
compulsar documentos y rectificar datos, dudaban ya de que
el empeño fuese realidad.
 
Por fin, para sosiego de impacientes y murmuradores, el
primer volumen ha aparecido en la última semana. Es por
decirlo así, la muestra de la obra, y'á fe que su contenido
justifica ampliamente el retardo. Muchos años de consagración
asidua y afanes sin cuento se requieren, para producir un li-
bro de tan palpitante interés como el Diccionario Histórico.
 
El plan seguido por su ilustrado autor es presentar, en
biografías de hombres notables, no sólo nuestra Historia colo-
nial, sino la de la guerra de Independencia.
 
Nuestra Historia, desde los tiempos primitivos de los Incas
 
hasla que sonó la hora de la conquista, se halla en estado
embrionario. Es una especie de mito fabuloso. Pero si no es
aventurado sostener que sea imposible escribirla de una ma-
nera concienzuda, tal imposibilidad no existe tratándose de los
tres siglos en que vivimos rindiendo vasallaje á los monarcas
españoles. Hay crónicas, reales cédulas, gacetas é infinitos do-
cumentos de los que se puede hacer brotar raudales de luz.
La tarca es, sobre todo, de inteligencia, para saber encontrar
la verdad en aquellos incidentes sobre los que han escrito
diversas plumas, variada y aun contradictoriamente.
 
Desde este punto de vista, el libro del señor de Mendiburu
no puede dar campo para la crítica. Se conoce que el autor
ha tenido á mano muchos cronistas que sobre las cosas de Amé-
rica escribieron, y que, con tino y habilidad, ha sabido huir
del escollo de dar entrada en el santuario de la* Historia á
muchas de las fantasías de Garcilaso, á las exageraciones de
Pedro Sancho el conquistador, á las apasionadas noticias de
Francisco Jerez, á la chispeante mordacidad del Palentino, y
á las candorosas narraciones de Montesinos, que, más que para
historiador, había nacido para escribir cuentos de las Mil y
una noches. Siempre hemos creído que la fábula y la ficción
desnaturalizan la Historia, rebajando en mucho el carácter
de severa majestad con que ella debe presetitarse revestida.
 
Con acertadísimo criterio, al ocuparse de la conquista y
de las guerras civiles que la siguieron en breve, prefi(e're el
señor de Mendiburu á Antonio de Herrera, cronista de cla-
ro ingenio y de juicio sólido, que tuvo á su disposición los
archivos reales, el apoyo del Consejo de Indias y que, sobre
algunos sucesos, recibió amplísimos informes de los mismos
que en ellos fueron actores.
 
Las biografías de Atahualpa y de los Almagros nos pin-
tan con superabundancia de pormenores y de hechos, sesuda-
mente apreciados, las peripecias de la conquista, las escenas
de sangre que á ella se mezclaron, y los horrores de las dis-
cordias entre bandos compuestos de gente allegadiza^ ganosa
de riquezas y dominada por las más ruines pasiones. Ante
todo, el autor ha cuidado de no aceptar otros sucesos que
los suficientemente comprobados, desvaneciendo equivocacio-
 
 
 
ues de autores de nota sobre el lugar donde alguno de aquellos
se realizara.
 
Las biograiías de Annendaris, Amat y Abascal son, en nues-
tro concepto, las mejores páginas del libro. No es posible dar,
hasta en ciertos ligeros detalles, idea más completa de la ad-
ministración de estos tres \irreyes. La energía del de Castiefl-
fuerte, la astucia del señor de la Quinta del Rincón y la sa-
gacidad del marqués de la Concordia, se desprenden del cua-
dro con natural y admirable relieve. Es pluma de maestro
la que ha escrito esas tres magníficas biografías.
 
F!n cuanto al estilo, es claro, correcto y sin pretensiones,
cual conviene á la solemne misión de la Historia, y estamos
seguros de que los tomos siguientes, ya que no aventajen en
mérito, pues ello no es posible, no desmayarán en el interés
que inspira *la lectura del primero.
 
Debe estar persuadido el señor general Mendiburu dé que,
con su inapreciable y monumental obra, ha rendido á la pa-
tria servicio de gran valía; y si el polvo del olvido llega á
cubrir ei nombre del soldado, no sucederá lo mismo con el
nombre del historiador. Aunque incompetente el que estas lí-
neas firma, tributa al autor del Diccionario su más entusiasta
felicitación^ bien que ella no pesa en la balanza, ni da ni quita
glorias, ni encama otro mérito que el de la espontánea síli-
ceridad que la dicta.
 
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