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Nunca más alcé cabeza ni en mí entró alegría, no por lo pasado, sino temiendo lo por venir. Que quien aquélla me hizo, para mayor mal me guardaba cuando de aquél escapase. Y recelándome dello, supliqué con mucha instancia que me relevasen de aquel cargo, que yo quería luego entregar a otro las cosas dél y tendría por mejor que me volviesen a herrar en mi banco. Creyeron que todo había sido y nacido de deseo que tenía de volver a servir a mi amo el cómitre y, cuanto más lo suplicaba, más instaban en que por el mismo caso, aunque me pesase, había de asistir allí toda mi vida. «Pobre de mí -dije-, ya no sé qué hacer ni cómo poderme guardar de traidores.» Hacía cuanto podía y era en mi mano, velando con cien ojos encima de cada niñería, y nada bastó; que ya se iba haciendo tiempo de levantarme y era necesario caer primero.