Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: IV»

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Transcribiendo lo digitado en mi compu
(Transcribiendo lo digitado en mi compu)
{{brecha}} Desde el domingo en que conversó con su amigo en la plaza,no había vuelto al pueblo. Cuantas veces se ofreció la necesidad de que lo hiciera por razones domésticas, negábase a ello,invocando diversos Inconvenientes o pretextando cualquier futileza. Parecía huir del bullicio y buscar más bien la soledad,sin duda ganoso de comprender a tan menguado perseguidor que, por lo visto, algo intentaba con él, y algo no muy bueno por cierto, ya que así lo asediaba, vigilándole, siguiéndole los pasos, para asegurarse acaso de él, de Balta, o para asestarle quién sabe con qué golpe... Pero también tenía miedo a la soledad de la casa del pueblo, a la sazón abandonada y desierta, con sus corredores que las gallinas y los conejos habrían excrementido y llenado de basura. Al pensar en esto, evocaba, sin poderlo evitar, el pilar donde aún estaría el clavo vacante y viudo del espejo. Un torvo malestar le poseía entonces. La evasiva para ir a la aldea se producía rotunda e indeclinable.
 
{{brecha}} Triste y siniestra expresión iba cobrando su semblante. En los días de enero, en que caía aguacero o terribles granizadas, y cuando los campos negros y barbechados ya daban la sensación de gruesos paños fúnebres, estrujados, doblados en grandes pliegues caprichosos, o desganados y echados al viento, pábulo tormentoso adquirían sus inquietudes. Los chubascos, que duraban algunas horas, hacían numerosas charcas en el patio resquebrajado de la morada. Balta, si no había ido a las melgas, o si, a causa de la lluvia, veíase obligado a suspender el trabajo y a recogerse, permanecía sentado en uno de los poyos del corredor, cruzados los brazos, oyendo absortamente el zumbar de la tempestad y del viento sobre la pajiza techumbre que amenazaba entonces zozobrar. Allí solía estarse, hasta que sobreviniera alguna circunstancia que lo reclamase; tal, por ejemplo, para espantar a los puercos que, a causa del eléctrico fluido del aire, hozaban nerviosos el portillo del chiquero, rugiendo y haciendo un ruido ensordecedor. Los golpeaba él con un palo y afianzaba y guarnecía con nuevos cantos la entrada del corral; pero los animales no cedían y seguían rugiendo y empujando con rabia salvaje las piedras de la poterna. "¡Pero qué tienen estos animales del diablo!...", exclamaba Balta, poseído de una impresión de cólera y sutil inquietud de presagio.
 
{{brecha}} El ronquido de la tempestad crecía, y como propinando largos rebencazos al cuerpo entero del viejo bohío, despertaba en todo él intermitentes estremecimientos de zozobra y de tenor, en que,era el chirrido fácil de una armella suelta, era la caída incierta de una teja deshecha por tenaz humedad; era aquella chorrera verticilar que, siguiendo el sublime juego del aire enrarecido y ahogado, la densidad de la lluvia de la que fugaba el ozono azorado, y los invisibles sesgos de la luz adolorida, evacuaba, y,acentuando su curva aun más asombrosamente, disputaba de súbito otro cauce entre la paja del techo; era el golpe batido y familiar del batán, donde molía Adelaida para la merienda, todo detonaba en los nervios, y una vaga impresión funesta suscitaba en el ánimo. Tal un cerdo maltón, de rojizo cerdaje y grandes púas dorsales, que recién acababa de dejar la leche, por haberse perdido su madre no se sabe por dónde en las jalcas, se puso a gritar como loco, corriendo de aquí para allá, entre los demás.Balta le dio una pedrada, y el pobrecito bajó la voz, y así, de rato en rato, se estuvo quejando toda la tarde. ¡Oh la medrosa voz animal, cuando graves desdichas nos llegan!
 
{{brecha}} Balta, sin saber por qué, tuvo miedo afuera y se fue a la cocina. Al cruzar el patio, lleno de charcas, vio temblar borrosa y corrediza una silueta sobre las aguas que danzaban bajo la tempestad. Cuando entró a la cocina lo hizo corriendo y como silo persiguiesen... Adelaida molía en el batán. Empezaron a conversar entusiastamente. Parecía él querer aturdirse, y le habló a su mujer muy de cerca sobre el invierno que recrudecía y sobre otras bagatelas. De nuevo Adelaida le dijo que era tiempo de regresar al pueblo, y otra vez él repitió:
 
{{brecha}} – ¡Aún hay mucho que hacer!... Nos iremos en febrero.
 
{{brecha}} Don José, el viejo alpartidario, y sus dos hijos llegaron completamente mojados. Con ellos vino, todo molido y lloroso, Santiago, el hermanito de Adelaida. De uno de sus pies cubiertos de barro manaba una sangre clara, en que había él inocente carmín espontáneo de las tibias granadas de los temples.