Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: IV»

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{{brecha}} Lo extraño, como se verá, era que Balta no hacía partícipe de nada de estas incidencias a su mujer. Observaba con ella, en este respecto, el más hermético y cerrado silencio. Y de este modo desarrollábase en su espíritu, como una inmensa tenia escondida,una raíz nerviosa, cuya savia había ascendido desde la linfa estéril de un aciago cristal... ¿Por qué no la había noticiado todo,desde el primer instante, a su compañera? ¿Por qué, al contrario, junto a esa hebra torturadora, que no se sabe a dónde había de ir a ensartarse, encendíase un granate desconocido entre los brazos de su amor? ¿Por qué bajaba ese beso tempestuoso y tan cargado?¿Por qué esa pasión exaltada y dolorosa nacía? La tragedia empezaba, pues, a apolillar, de tal manera, a ocultas, y capa a capa, de la médula para afuera, aquel duro y milenario alcanfor que hace de viga céntrica suspenso de largo en largo, a modo de espina dorsal, en el techo del hogar...
 
{{brecha}}Balta empezaba a sentir un recelo, quizá sin motivo, por su mujer, un recelo oscuro e inconsciente, del cual él no se daba cuenta. Ella tampoco se daba cuenta, aunque notaba que su marido cambiaba en sus relaciones con ella, de modo muy palpable.
 
{{brecha}} – Vámonos ya al pueblo - insinuole Adelaida, a tiempo en que las faenas triptolémicas tocaban a su fin.
 
{{brecha}} – Aún hay mucho que hacer - respondió Balta misteriosamente.
 
{{brecha}} Desde el domingo en que conversó con su amigo en la plaza,no había vuelto al pueblo. Cuantas veces se ofreció la necesidad de que lo hiciera por razones domésticas, negábase a ello,invocando diversos Inconvenientes o pretextando cualquier futileza. Parecía huir del bullicio y buscar más bien la soledad,sin duda ganoso de comprender a tan menguado perseguidor que, por lo visto, algo intentaba con él, y algo no muy bueno por cierto, ya que así lo asediaba, vigilándole, siguiéndole los pasos, para asegurarse acaso de él, de Balta, o para asestarle quién sabe con qué golpe... Pero también tenía miedo a la soledad de la casa del pueblo, a la sazón abandonada y desierta, con sus corredores que las gallinas y los conejos habrían excrementido y llenado de basura. Al pensar en esto, evocaba, sin poderlo evitar, el pilar donde aún estaría el clavo vacante y viudo del espejo. Un torvo malestar le poseía entonces. La evasiva para ir a la aldea se producía rotunda e indeclinable.
 
{{brecha}} Triste y siniestra expresión iba cobrando su semblante. En los días de enero, en que caía aguacero o terribles granizadas, y cuando los campos negros y barbechados ya daban la sensación de gruesos paños fúnebres, estrujados, doblados en grandes pliegues caprichosos, o desganados y echados al viento, pábulo tormentoso adquirían sus inquietudes. Los chubascos, que duraban algunas horas, hacían numerosas charcas en el patio resquebrajado de la morada. Balta, si no había ido a las melgas, o si, a causa de la lluvia, veíase obligado a suspender el trabajo y a recogerse, permanecía sentado en uno de los poyos del corredor, cruzados los brazos, oyendo absortamente el zumbar de la tempestad y del viento sobre la pajiza techumbre que amenazaba entonces zozobrar. Allí solía estarse, hasta que sobreviniera alguna circunstancia que lo reclamase; tal, por ejemplo, para espantar a los puercos que, a causa del eléctrico fluido del aire,
 
 
 
 
 
 
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