Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: IV»

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{{brecha}} Balta era un hombre no inteligente acaso, pero de gran sentido común y muy equilibrado. Había estudiado, bien o mal, sus cinco años de instrucción primaria. Su ascendencia era toda formada de tribus de fragor, carne de surco, rústicos corazones al ras de la gleba patriarcal. Había crecido, pues, como un buen animal racional, cuyas sienes situarían linderos, esperanzas y temores ala sola luz de un instinto cabestreado con mayor o menor eficacia, por ancestrales injertos de raza y de costumbres. Era bárbaro, mas no suspicaz.
 
{{brecha}} Desde aquel día en que repitiose, por segunda vez, ante sus ojos perplejos, la imagen extraña en la fuente, Balta iba adquiriendo un aire preocupado. Dábale en qué pensar inmensamente el episodio alucinante. ¿Qué podía ser todo aquello? Quiso decírselo a Adelaida, pero, temiendo hacer el ridículo ante su mujer, optó por guardarle reserva del incidente.
 
{{brecha}} El domingo próximo fue al pueblo. Dio en la plaza con un viejo amigo suyo, camarada de escuela que fue. No pudo resistir a la tentación de comunicarle sus cuitas. El relato lo hizo riendo, dudando por momentos, otras veces poblada el ánima de mil sospechas, herida de pueril indignación, o torvamente intrigada. El otro se echó a reír a las primeras frases de Balta, y después replicole con grave acento de convicción:
 
{{brecha}} – No es extraño. A mí me sucede a veces cosa muy semejante. En ocasiones, y esto me acontece cuando menos lo pienso,cruzan como relámpago por mi mente una luz y un mundo de cosas y personas que yo quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan y se deshacen apenas aparecen. Cuando estuve en Trujillo, un señor a quien referí esto me dijo que eran rasgos de locura y que debía yo cuidarme mucho...
 
{{brecha}}Balta no pudo entender nada de esto. El relato de su amigo resultole muy profundo y complicado.
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