Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: IV»

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{{brecha}}De nuevo, y después de algunos meses, aconteció a Balta muy parecida cosa a la que le sucedió aquella tarde de julio ante el espejo. Entre el juego de ondas que producían sus labios al sorber el agua, habían percibido sus ojos una imagen extraña, cuyos trazos fugitivos palpitaron y diéronse contra las sombras fugaces y móviles de las hierbas que cubren en brocal el manantial. El chasquido punteado y ruidoso de sus labios al beber erizó de pavor la visión especular. ¿Quién le seguía así? ¿Quién jugaba con él así, por las espaldas, y luego se escabullía con tal artimaña y tal ligereza? ¿Qué era lo que había visto? La inquietud hincole en todas su membranas. Era extraordinario. Vaciló. Creyose en ridículo, burlado. La cabeza le daba vueltas. Era curioso. ¿Quizá su mujercita que jugaba inocente? No. Ella le respetaba mucho para hacer eso. ¡No!
 
{{brecha}} Balta era un hombre no inteligente acaso, pero de gran sentido común y muy equilibrado. Había estudiado, bien o mal, sus cinco años de instrucción primaria. Su ascendencia era toda formada de tribus de fragor, carne de surco, rústicos corazones al ras de la gleba patriarcal. Había crecido, pues, como un buen animal racional, cuyas sienes situarían linderos, esperanzas y temores ala sola luz de un instinto cabestreado con mayor o menor eficacia, por ancestrales injertos de raza y de costumbres. Era bárbaro, mas no suspicaz.
 
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