Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: IV»

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{{brecha}}Ya en la chacra, una tarde Balta, al tornar de su trabajo, dio de abrevar a sus bueyes en la laguna de enfrente de la cabaña. A su vez, él, sediento y transido de cansancio, fue a la fuente de agua limpia que manaba entre los matorrales, arrodillose y bebió directamente. Se oyó los tragos durante algunos instantes, sumersos los labios. De repente, Balta saltó bruscamente y diodos o tres pasos atrás tambaleándose y golpeando y haciendo cimbrar el tierno tallo de un alcanfor, cuyo follaje hizoestrepitosas y lúgubres cosquillas en los árboles de la pradera.Miró a uno y otro lado por descubrir quién había a sus espaldas, sin hallar a nadie; buscó entre los matorrales. Nadie. Volaron en diversas direcciones algunas palomas y pajarillos azorados. Un gallinazo, con moroso y aceitado vuelo, pasó de un alcanfor a otro, donde saltó, probó varios ramajes y por fin desapareció con leve y goteante rumor de hojas secas.
 
{{brecha}}De nuevo, y después de algunos meses, aconteció a Balta muy parecida cosa a la que le sucedió aquella tarde de julio ante el espejo. Entre el juego de ondas que producían sus labios al sorber el agua, habían percibido sus ojos una imagen extraña, cuyos trazos fugitivos palpitaron y diéronse contra las sombras fugaces y móviles de las hierbas que cubren en brocal el manantial. El chasquido punteado y ruidoso de sus labios al beber erizó de pavor la visión especular. ¿Quién le seguía así? ¿Quién jugaba con él así, por las espaldas, y luego se escabullía con tal artimaña y tal ligereza? ¿Qué era lo que había visto? La inquietud hincole en todas su membranas. Era extraordinario. Vaciló. Creyose en ridículo, burlado. La cabeza le daba vueltas. Era curioso. ¿Quizá su mujercita que jugaba inocente? No. Ella le respetaba mucho para hacer eso. ¡No!
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