Diferencia entre revisiones de «Fabla Salvaje: III»

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{{brecha}} Sorprendiole la vieja Antuca, madre de Adelaida, que venía a pedir candela. Díscola suegra esta, media ciega de unas cataratas que cogió hacía muchos años, al pasar una medianoche, a solas, por una calle, en una de cuyas viviendas se velaba a la sazón un cadáver; el aire la hizo daño.
 
{{brecha}} –¿No te has ido a la chacra, Balta? Don José dice que el triguito de la pampa ya está para la siega. Dice que el sábado lo vio, cuando volvía de las Salinas...Balta tiró una piedra. –¡Cho!... ¡ Chooo! ¡Adelaida! ¡Esa gallina! Las gallinas picoteaban el trigo lavado para almidón que,extendido en grandes cobijas en el patio, se secaba al sol de la mañana.Cuando se fue la vieja, dejó la portada abierta y entró un perro negro de la vecindad. Acercose a Balta que seguía sentado en las vigas color de naranja, y empezó a husmear y a mover su larga cola lanuda, haciendo fiestas con gazmoñería acrobática y mal disimulada. Balta, que se entretenía lanzando destellos de sol con el espejo por doquiera, puso delante del perro la luna. El vagabundo can miró mudamente a la superficie azul y sin fondo, oliéndola, y ladró a su estampa con un ladrido lastimero que agonizó en un retorcimiento elástico y agudo como un látigo.
 
{{brecha}} Vinieron las cosechas.
 
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