Diferencia entre revisiones de «El Discreto:Realce 22»

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Él es único refugio de cuantos les falta el natural, que entonces se socorren del modo, y alcanzan más con el cuidado que otros con la natural perfección. Suple faltas esenciales, y con ventajas, en todos los superiores e ínfimos empleos. Lo bueno es que no se puede definir, porque no se sabe en qué consiste; o si no, digamos que son todas las Tres Gracias<ref>Las Tres Gracias,Eufrosine, Aglaya y Pitus, son símbolo platónico de perfección, arte y belleza. Pico della Mirándola las interpretó como símbolo de ''sapientia'', ''elocuentia'' y ''probitas'' (sabiduría, elocuencia y bondad). Gracián expresa con esta comparación lo inefable de la definición de la perfección de los buenos modos.</ref> juntas en un compuesto de toda perfección.
 
Y porque no apelemos siempre de prodigios a la antigüedad, ni mendiguemos lo heroico de lo pasado, veneró moderna la admiración y celebró el universal aplauso en su punto, digo en su extremo, esta galante prenda en la católica, en la heroica y también grande, la reina nuestra señora, doña Isabel de Borbón,<ref>Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV y madre del príncipe Baltasar Carlos, al que se dedica ''El Discreto''. Era hija de Enrique IV de Francia y María de Médicis. Murió en 1644, a los 42 años. Recibió el sobrenombre de «la Deseada». Gracián la elogió también en la Agudeza, XXIII y en El Criticón, II, 78. Detentó la regencia de la monarquía española durante la Guerra de Cataluña. Isabel de Borbón era muy apreciada en Aragón, aclamada en Zaragoza, y en política, fue partidaria, con el duque de Nochera y en contra de la del Conde-Duque de Olivares, de una retirada honrosa en la Guerra de Cataluña, como también defendieron los intelectuales aragoneses. Entre las otras «Isabeles» singulares, podríamos citar a Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.</ref> aquella que, no ya prosiguió, sino que adelantó la gloria del renombre y la felicidad de los aciertos de las Isabeles Católicas de España. Entre singulares muchos coronados realces, sobreostentaba un tan bizarro modo, un tan soberano agrado, que, de robar los corazones de sus vasallos, llegó a hechizar los afectos; más recababa una humanidad suya que toda una real divinidad. Obró mucho en poco tiempo, vivió plausible, murió llorada. Envidiáronla, o la muerte el alzarse con el mundo, o el cielo lo ángel y lo santo. Arrebatáronla entrambos a nuestra mejorada dicha, consiguiendo acá el renombre de deseada, que es el primero en las reinas, y allá, la gloria, que es la última felicidad.</div>
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'''Notas del editor:'''
 
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