Diferencia entre revisiones de «Nuestra Señora de París/8»

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{{encabezado2|[[Nuestra Señora de París]]<br>Libro segundo: II. La plaza de Gréve|Víctor Hugo}}
[[Categoría: |titulo=Nuestra Señora de París]]
<div class="prose" style="border:3px solid SlateGray; padding: 30px 50px 15px 50px; background:lavender; font-size:14px; font-family:calibri">
|autor=Victor Hugo
<center><h1>II. La plaza de Gréve</h1></center>
|sección=La Plaza de Gréve
Solo un vestigio muy imperfecto queda en el día de lo que era entonces la plaza de Gréve; tal es el gracioso torreón que ocupa el ángulo norte de la plaza de que sepultado ya bajo el ridículo revoque, pronto habrá desaparecido tal vez enteramente sumergido por esa muchedumbre de casas nuevas que devoran todas las antiguas fachadas de París.
|anterior=[[../7|De Escila a Caribdis]]
 
|próximo=[[../9|Besos para golpes]]
Aquellos que, como nosotros, nunca pasan por la plaza de Gréve sin echar una mirada de dolor y simpatía a aquel pobre torreón zambullido entre dos plastas del tiempo de Luis XV, fácilmente podrán reedificar en su mente el conjunto de edificios a que pertenecía, y hallar completa en él la antigua plaza gótica del siglo XV.
 
Formaba esta, como en el día, un trapecio irregular ceñido a un lado por el muelle y al otro por una serie de casas altas, estrechas y sombrías. Era de admirar durante el día, la variedad de aquellos edificios, esculpidos todos en piedra o de madera, y presentando ya muestras completas de las diferentes arquitecturas domésticas de la edad media, ascendiendo desde el quinceno hasta el onceno siglo, desde el cuadrado que empezaba a destronar a la ojiva, hasta el semicírculo bizantino que había sido derribado por la ojiva y que ocupaba aún debajo de ella el primer piso de aquella antigua casa de la Torre-Ronald, que forma el ángulo de la plaza sobre el Sena, por el lado de la calle Tannerie. Durante la noche sólo se distinguía de aquella masa de edificios el negro festoneo de los techos, desplegando en torno a la plaza su cadena de ángulos agudos. Porque una de las diferencias radicales que existen entre las ciudades de entonces y las de ahora, es que en el día, las fachadas son las que miran a las calles y a las plazas, y que antiguamente hacían frente a ellas las paredes acabadas en punta que llamamos actualmente medianeras. De dos siglos a esta parte, las casas han dado media vuelta.
 
En el centro, al lado oriental de la plaza, se alzaba una maciza e híbrida construcción formada de tres pisos yuxtapuestos. Designábase aquel edificio con tres nombres que explican su historia, su uso y su arquitectural la ''casa del Delfín'' porque Carlos V, siendo delfín, la había habitado; la ''Mercaderia'', porque servía de casa de la ciudad; la ''Casa de los Pilares'' (Domus ad piloria), a causa de una larga serie de anchos pilares que sostenían sus tres pisos. Hallaba allí la ciudad todo lo que se necesita en un excelente pueblo como París; una capilla para rezar, un tribunal donde pleitear y defender cada cual sus derechos, y un arsenal en los desvanes, lleno de ''artillería''; porque los vecinos de París saben que no siempre basta suplicar y litigar por los fueros y franquicias de su pueblo, y por eso tienen siempre en reserva en una buhardilla de la Casa de la ciudad algún respetable arcabuz barnizado de orín.
 
Ya entonces presentaba la Gréve aquel aspecto siniestro que debe todavía a la idea execrable que despierta y a la lúgubre casa de la Ciudad de Dominico Bocador, que ha reemplazado a la casa de los Pilares. Justo será decir que un patíbulo y una picota permanentes, ''una justicia y una escalera'', como se decía entonces, erigidas una junto a otra en medio de la plaza, contribuían no poco a hacer apartar los ojos de aquel sitio fatal donde tantos seres llenos de salud y de vida han agonizado; donde debía nacer cincuenta años después aquella horrible ''calentura de Saint Vallier'', aquella enfermedad de miedo al cadalso, la más monstruosa de todas las enfermedades, porque no viene de Dios, sino de los hombres.
 
Es una idea consoladora (y sea dicho de paso) pensar que la pena de muerte que, hace trescientos años, tenía atestados con sus ruedas de hierro, sus patíbulos de piedra y toda su comitiva de suplicios, permanente y sellada en el suelo, la plaza de Gréve, los mercados, la plaza del Delfín, la cruz de ''Trahoir'', el mercado de los Cerdos, el horrible Montfaucon, la barrera de los sargentos, la plaza de los Gatos, la puerta de S. Dionisio, Champeauz, la puerta de Baudets, la puerta de Santiago, sin contar las innumerables jurisdicciones de los prebostes, del obispo, de los cabildos, de los abades, de los priores señores de horca y cuchillo; sin contar con las jurídicas zambullidas en el ''río Sena''; es una idea consoladora el pensar que hoy, después de haber perdido sucesivamente todas las piezas de su armadura, su lujo de suplicios, su penalidad de imaginación y de capricho, su ''tormento'' para el cual hacía de cinco en cinco años un potro de cuero en el gran Chatelet, aquella antigua soberana de la sociedad feudal, poscrita casi de nuestras leyes y de nuestras ciudades, acosada de código en código, arrojada de plaza a plaza, no tiene ya en nuestro inmenso París más que un infame rincón de la ''Plaza de Gréve'', más que una miserable guillotina, furtiva, inquieta, corrida, que siempre parece estar temblando de ser cogida ''in fraganti'', según desaparece rápida ¡después de haber dado su golpe!
</div></div>
{{Índice de la obra|Nuestra Señora de París|Victor Hugo|
[[Nuestra_Señora_de_París/7|I. De Caribdis a Escila]]<br>
[[Nuestra_Señora_de_París/8|II. La plaza de Gréve]]<br>
[[Nuestra_Señora_de_París/9|III. Besos para golpes]]
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[[Categoría: Nuestra Señora de París]]
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