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ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO
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CUENTOS PROMISCUOS
 
Primera edición: 1964
 
A...
 
Como no me importan los vivos muertos, mejor dedico estos cronicuentos a muertos que aún siguen vivos.
A Lukiano, porque de haber viajado a México, más fantasmagórico sería.
A Petronio, por sus comelitonas que aún siguen dán-dose en unos poquitos de este país.
A Apuleyo, testigo en su tiempo de la transforma ción de los hombres en burros… como hoy.
A Boccaccio, cuyas mujeres no necesitaron de mini-faldas para lucir más turbadoras.
A Chaucer, y sus peregrinos sin banderines ni porras ni estadios.
A Rabclais, educador de gigantes que gobernarían mejor nuestra urbe gargantuesca y panta-cruélica.
A Swift, cuyos enanos, sí eran solidarios y no le tenían miedo al gigante, que después de todo también era enano en otros mundos.
A Voltaire, que se reiría de tantos cándidos e ingenuos macropatas.
A Jarry, desde esta metrópoli patatísica.
A Soiza Reilly, porque algún día estemos como en su ciudad de los locos.
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Gracias
Arqueles Vela, por el cuenteo estridentista de tus días y de tus noches
Y A TI,
porque no sólo lees, sino actúas.
 
 
"Lenguas malignas y orejas malignas hacen que las murmuraciones sean sabrosas."
Anónimo S. XVI
 
.
 
Están dos sierras muy altas y muy maravillosas, porque en fin de agosto tienen tanta nieve que otra cosa de lo alto de ellas si no la nieve, se parece; y de la una que es la más alta, sale muchas veces, así de día como de noche, tan grande bulto de humo como una gran casa, y sube encima de la sierra hasta las nubes, tan derecho como una sierva, que según parece, es tanta la fuerza con que sale, que aunque arriba en la sierra andaba siempre muy recio viento, no lo puede torcer.
Hernán Cortés
 
 
Y dio un mandamiento para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad... y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aún algunas de ellas estaban ya preñadas.
Bernal Díaz Del Castillo
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I
 
Era un hombre extraño... más que visible, invisible; más que inmutable, mudable... y más que endeble, indeleble.
Peregrino caminaba sin fatiga por senderos cotidianos e imprevistos como nacido para buscar arduamente siempres donde sólo se han sembrado nuncas...
Y a propósito exploraba llanuras enlodadas y cordilleras estériles y mares en estruendo y ríos sin cauce y abismos sin fin...
Y se alojaba en pueblos despojados de sol o en ciudades desmayadas de humos...
O en….
EL LAGO DE LOS CISNES.
La ciudad es inmensa...
Como enorme mancha de asfalto se ha ¡do extendiendo llena de mentiras sobre el valle apócrifo y los antiguos lagos que desde hace siglos la sostenían en un islote, hipnotizada en su tunal y en su águila, yacen reducidos a unos cuantos charcos de miserias al oriente; de folclor plastificado al sur; de aburguesamiento populachero y demagógico al poniente y de polvos desolantes, pero vengadores, al norte.
Cual espejo oxidado por un vaho mortífero que deforma su antigua perfecta equis, las aguas de los riachuelos que culebreando la refrescaban y la vestían de jades, han quedado asiladas en tuberías descomunales que, posesivas, penetran sus podredumbres subterráneamente y la disfrazan de moderna.
La ciudad es inmensa...
Pareciera que la esquizofrenia de los mestizos poderosos que la detentan, decretara dedalmente la destrucción de sus conflictos bastardos de antigualla avergonzada, para sentirse libre de creídos pasados afrentosos y como nuevos de inmaculada virginidad,
reconstruír aristocracias fallidas y culeras con carteles de progreso, a pesar de seculares tradiciones cósmicas.
La ciudad es inmensa...
Desde las cúspides de sierras milenarias que la rodean, eternas serpientes asoleadas tragándose su propia cola, alcahuetas de volcánicos amoríos petrificados al fluir de las edades, se contempla sumisa, ensimismada, condescendiente y colorida; como complaciente trabajadora sexual en plena labor satisfactoria que se hunde de tantas movidas dentro de su hoya.
La ciudad es inmensa...
Prismáticas molicies, ostentosas y gigantescas moles, intentos piramidales que se rematan con lujosas quintas colgantes, enmarcan con sus aceros y sus cristales, con sus cementos y sus ladrillos forrados de brillos para el aire, la frigidez de su silueta; individualidades fálicas que se yerguen altaneras entre la colectividad matriarca y que perfilan, como grotescas venas egoístas, a las avenidas que se alargan envidiosas; que se cruzan y entrecruzan agresivas; que se enroscan ardidas de su condena reptil, para enmarañarse en incansable agitación
 
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perpetua de automóviles, camiones, motocicletas. Cínicos que rugen sin importarles nada más que su prisa. Pulular de microbios peantes y energúmenos. Imperios de las máquinas humiferas y otras pestes...
La ciudad es inmensa...
Vista desde puntos lejanos la urbe finge hipócrita sosiego, pero mientras poco a poco va uno acercándose a ella, se escucha acrecentándose el estruendo de su murmullo; la violencia de su agitación; la explosión de sus escándalos y quienes los engendran, van sucumbiendo en mezcla desesperada de incomprensiones parlantes, de indiferencias autómatas, de orgías desérticas, de cuentos promiscuos Algunos se alejan, aunque estén en sí; inmóviles cactus; otros se aproximan sin saber a qué. Ciertos se recrean en su perdición narcótica; muchos se envenenan en sed de rencores alcohólicos. Otros cuelgan cascabeles libertarios entre gatos locos y fatuos. Algunos dilucidan la vanidad de su esqueleto fugitivo al compás de un rock perecedero, parchados de nostalgias mierderas. Muchos se enrolan en la común manía de sentirse eternos las
puedo todas. Miles se ultrajan con vestuarios de otros teatros y pavonean sus miserias ricas con marihuana en mano. Miles se aborregan de almacenes en grey electrónica de foquitos múltiples y masivamente sopesan la ilusión de que viven según los guiones del cine y la televisión.
Y atraviesan las calles con desenfreno las multitudes soberbias Y se atropellan las balumbas sin consideración. Y a ratos grita estrujado algún niño; o un anciano se arrincona para no ser pisoteado por la multitud. Y todos en la mirada vidriosa lucen la hipnosis de una programación encartelada de sueños tontos: Un vestido como aquél; pantalones como ésos; un perfume como el mío, un cigarro como el de él, una casa como la suya; una hembra como la del cartel; un macho como el de los calzones mini y una oración inescuchable, pero que se oye: Ayúdame. Ayúdame Dios mío; ayúdame a tener dinero; a tener dinero, dinero, dinero, dinero, dinero, dinero...
Alguien, inesperadamente se detiene a contemplar algún escaparate luminoso e interrumpe el organizado desorden de la ciudad. Estorba. Nadie debe detenerse. Obstruye el paso. Siga de frente. No empuje. A la derecha.
 
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A la izquierda. Por el centro. Alto. Siga. Disculpe las molestias. Desviación. Hágase a un lado. Y la metrópoli ruge estremecida por arriba y por debajo. Brotan de sus hocicos cavados, vómitos de mezcolanzas humanas; sudorosas, rabiosas, voluptuosas, espantosas. Y el tránsito escandaliza iracundo. Los peatones se desbordan de las aceras e invaden las pistas de la circulación mecánica. La gente rabia. Las bocinas retiemblan. La gente ladra. Las bocinas estallan. La gente aúlla. Y el calor se agranda; y la lluvia se encharca; y el frío se congela; y el sol que ya no se ve, pero se presiente mortífero. Y chocan los mundos diversos, las ideas opuestas, los pensamientos inútiles, los sentimientos cobardes, los deseos hartos, las traiciones sacras, las mentiras televisadas, las componendas de altura, las promesas diseñadas, la dignidad planificada, las libertades falsas, las esperanzas absurdas, las risotadas demócratas, la pachanga mítica, las revoluciones cóncavas, los guajolotes difundidos para exhibir descaros hasta transformarlo todo en vértigo incansable de humos sin final y polvos sin magia... esmog más transparente del aire; vuelo de zopilotes
agoreros; cuentos de tecolotes codiciosos:
- Lo primero es el dinero!
- Pero...
- N'ombre! Ni hables! El dinero lo hace todo; con él compras lo que quieres... Hasta lo que no.
- Pero...
- Qué'güey eres. El mejor amigo es un peso en la bolsa; con dinero baila el perro y si no ... uno es el que baila como perro.
- Pero...
- ¡Qué poca visión tienes! Estás miope o qué... Sin lana qué haces?
- Pero...
-... No seas ridículo. Con la centaviza te ganas todo. Se tapa lo feo, lo enano, la ñango, lo animal. -Pero...
- Dirás misar la feria es la feria y con ella... hasta el más pendejo la hace. Ya ves a aquellos...
- Pero...
- No, no podemos. Es lo más barato.
- Es que no nos alcanza.
- ¡Entonces no lo entierren...!
- Pst...Pst...
- ¿Qué...?
- ¿Vamos...?
- ¿Cuánto...?
- Doscientos varos...
 
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- Un toleco... ¿no?
- ¿Cincuenta? ¿pus que eres que estoy tan jodida? ¡Mira nomás que buena...! ¿En...? ¿Que harías con esto...? ¿Y con esto... mi amor? ¿y con esto...?
- ¡Orales pues! Ya me calentaste. Le entramos al palo, pero vamos pronto; ya me anda...
- ¡Claro mi cielo! Acá a la vuelta está un hotelito. Es algo baratón, pero tiene cama... además no cuesta muchos billetes.
- Mejor cómprale a Miguelito un mecano. Se divertirá aprendiendo.
- ¡Esos juguetes son mariconadas! Pa'que se enseñe a macho le voy a comprar una metralleta, de esas del norte.
-...pero cuestan carísimas.
- ¡Y qué ! Con mi aguinaldo puedo comprar lo que se me de la pinche gana.
- Invertiremos quinientos cuarenta y cinco millones! Será un éxito financiero señor. Incuestionable. Nuestra compañía, nunca falla. Todo lo tenemos planeado; hasta el mínimo detalle: Anuncios de promoción, sorteos, ¡Uffl.con decirle que también hay alguno que otro escandalito por ahí para aumentar la fama del lugar. Tenemos tan buenos publicistas que el triunfo es de esperarse: cine, radio, televisión, prensa, señor, ¿Quiere más poder?
 
- ¿Y cuánto van a durar los juegos?
- Unos veinte días.
- ¿Y tanto se va a gastar? Se me hace que...
- No dude, se lo suplico. A como dé lugar sacamos la inversión, ya ve que el pueblo es rependejo. Y si es deporte y baile... pos ... ya ve, que con eso de que debemos ser sanos, las cervecerías y vinos nos patrocinan.
Recuerde sus porcentajes. Verá como muchos van a querer aprovechar la fama internacional del lugar...¡Y el negocio redondo! O cuadrado, como usted prefiera señor presidente ¡Y cueste lo que cueste!, Así tengamos que matar a los escandalosos opositores. -Me conviene casarme con él. ¡Tiene un caserón que qué bárbaro! ¡ Cinco carrazos! Y una pachochiza que... ¡Dejo este mugre trabajo!
- ¡Que suerte la tuya!
- Peor es nada... ¿no?
- Ya quisiera yo que me saliera un partido igual. Mi Alejandro apenas si gana para medio vivir. Sin embargo... i Lo quiero tanto! ¡Tanto!
- Yo diría que mejor lo dejaras. Con amor te mueres de hambre. Si gustas... Entre los conocidos de mi futuro podrías encontrar...
 
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- No, gracias. Con él no me importa pasar
miserias.
-¡Tonta! Yo te presento con algunos excelentes partidos... Tienen la pura papeliza. Algunos son politiquillos gruesos.
- Necesitaría pensarlo detenidamente... bueno... ándale...
- Yo sólo acepto quedarme si me pagan lo triple que a los médicos comunes. Espe-cialistas como yo, hay pocos. Muy pocos
. A mí me llueven ofertas. Sí, ya se lo que vas a decir; tu noble y sacrificado juramento. ¡Bah! A la chingada con las cursilerías. O me pagan lo que quiero... o me largo
- Pero señor, estoy al corriente de mis
impuestos y sin embargo clausuraron mi
hotel. De seguir así esto, va a ser
imposible la situación. De la nada nos
infraccionan: porque toman, porque no
toman; porque se levantan, porque se
acuestan; porque sí, porque no... ya casi
hasta porque respiramos en demasía... ¡Y
con demasía?
-Lo siento son cien mil de multa. -¡Cien mil! ¡No es justo! Interceda usted por mí... ¿no?
- ¡Y qué quiere que yo haga? Cumplo con
mis obligaciones.
 
- Órale, ¿no?, tenga... sólo es un milagro. De algo ha de servirle. No sea malo.
- Nnno... no debía... pero... veré qué puedo hacer. Sin luz uno no es nada.
- ¿Que bueno es usted! Con estos papelitos se entiende la gente.
- ¡Grasa joven, grasa!
- Oye muchacho, ven acá...
- A sus órdenes, jefazo.
- Limpia mis zapatos.
- En un dizme ya, pa luego, luego.
- ¿Vas a algún gimnasio, verdad?
- Síjefe.
- Se ve; tienes buen cuerpo.
- Pos las pesas. Le doy duro.
-Se nota... Te gustaría emplearte en algo mejor.
- iPos claro!
- ¿Cuantos años tienes?
- Voy a cumplir diecinueve.
- Si quieres, yo te recomiendo...
- Pero es que ni la primaria terminé.
- No le hace... Con ese cuerpo y esa cara te basta. Y con que tengas ritmo y sepas moverte bien...
- ¡Voytelas ¿Pos qué se trai?
- Nada.
- Sólo quiero ayudarte.
- ¿Sí... ? Y a cambio de qué ?
- Termina y me sigues. Voy a darte unos pesos, muchos pesos.
 
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¡Anímate!
- ¡Chántele! Ya sé pa' donde va.
- Si te molesta no vengas, aunque tienes más que ganar que de perder conmigo. No hagas panchos. No te conviene.
- Y ... si voy... ¿Cuánto me da?
- ¿Qué te parecen quince mil pesotes?
- ¡Quince! ¡Juega! Por esa marmaja voy las veces que quiera.
- ¿Y cuánto te dejo tu abuelo de herencia?
- Poco... menos de los que esperaba. El muy tacaño ahora se le ocurrió ponerse dadivoso y lo regaló todo, o casi, a las dizque casas de beneficencia.
- Algo es algo. De eso a nada.
- Por cierto de ese algo: dos millones y un vejestorio de edificio.
- ¿Qué querías más?.
- Por supuesto, así de qué sirvió que se muriera. ¡Valió sombrilla! ¡Yo ya esperaba la lanísima. Ya vez que con eso de la inflación pus, todo se te esfuma.
- ¡Bueno! Si eres pendeja... Si no ... -¡Mami ! ¡Mami! Te quiero mucho. ¡Dame mi domingo!
- Quedamos en que me daría el veinte por ciento de los setentamil que le prestaron gracias a mi intervención.
- Me importa poco andar con esa bruja de garra. Mientras me afloje la plata. Tu sabes, como que uno se siente más
seguro al traer la cartera repleta. Además, las viejas siempre nos deben pagar bien. Pa que andan de putas.
- ¡Dinero! ¡Dinero! Siempre lo mismo. Nadie deja un momento de preocuparse por eso. Ni les conmueve nada con tal de conseguirlo. Hasta tú, mi propia madre.
- ¡No sé quién te ha metido esas ideas estúpidas, Cloti!
- ¡Yo misma las he concluido! A poco crees que no me doy cuenta de lo que sucede. Te he visto a ti y a muchas como tú, o peores.
- No tienes derecho a hablarme así. Soy tu madre. Me debes respeto.
- Respeto. ¿Cómo vamos a respetar a quienes nunca han hecho lo que nos predican en pos de la decencia. Cómo se va a respetar a los inmorales agiotistas. Los peores explotadores de las necesidades humanas, aunque se persignen los domingos en la iglesia.
- Mide tus palabras. ¿Inmoral yo? Me he ganado a pulso el sitio que merezco en la sociedad gracias a mi habilidad en los negocios y de los cuales ahora tú disfrutas. ¡Es el colmo! Estos jóvenes de hoy que nos quieren enseñar lo que es malo. ¡Increíble!
- Párale mamá. Hasta pareces de telenovela. Nuestra generación es distinta
 
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a la tuya; mami, compréndelo: Más potente, más pujante, mejor preparada. Nadie nos puede convencer con engaños ni nos sujetamos a los preceptos de la gente que se las da de decente. Y el dinero no nos impresiona, burgueses podridos. La revolución los pondrá en su sitio.
- Bueno, ¡Cállate ya! Basta de compren¬sión. Aquí se hace lo que yo digo y se acabó. Si quieres hacer lo que se te dé la gana, pues lárgate. Ándale...
- ¡Pero ya! Cuando necesites dinero verás cómo regresarás convencida de que el dinero es la base para todo.
- Está bien; me largo. Nomás dame la factura de mi coche.
- Pos pa mí lo más importante de la vidurria es la centaviza.
-¡Claro mano! Yo aunque sea de putañero, pero saco. Y no me importa que sean maricones. Te dan más lana y hasta cogen más sabroso. ¡Y cómo te tratan! Hasta te sientes rey...
- Aproveche, aproveche, oferta limitada.
- Véndemelo...
- No malgaste su dinero, invierta con nosotros.
- ¡Barato! ¡Barato!
- Si me dan lo que pido, lo dejo; si no... no.
 
- ¿Y a ti cuánto te pagan?
- No traigo ni quinto.
- ¿Y cual es mi comisión?
- ¡Qué negocio!
- Yo estoy aquí por la lana de mi tío.
- Aquí su dinero es bien recibido.
- Si no compra no mallugue, vieja apretada.
- Vamos a hacer una tanda.
- ¿Y con eso vives?
- A mí, en efectivo. Nada de cheques balines.
- A dos por peso, a dos por peso.
- Quiero mis réditos.
- ¡Y a mí cuánto me va a tocar?
- Éntrele a la rifa; mil por el numerito.
- Yo cobro caro.
- Necesito veinte mil para la operación.
- Voy a subirle los intereses.
- Compre aquí; todo rebajado.
- ¿Y qué porcentaje pagan.
- ¡Que poco vales!
- ¿Paga con tarjeta...?
- ¿i quieres divorciarte de mí.me toca la mitad de todo, más mi pensión.
- Ropa usada qué vendan.
- No tiene ni en qué caerse muerto.
- Le pago con letras, ,¿no?
- ¿Y en cuánto te lo dejaron?
- No me conviene.
 
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- Sin enganche, sin interés. Su firma es su valor.
- Yo los he visto menos caros.
- A mí, si me dan una lana, les digo quién fue.
- Con seis más completaré el millón.
- ¡Pobre muerto de hambre!
- Fírmame este pagaré.
- A mí de contado, nada de abonos.
- Pero qué jodido está…
- Adquiéralo hoy mismo.
- Cómprelo.
- Se vende.
- A diez la docena.
- A diez.
- A veinte.
- A cincuenta.
- A cien.
-A mil.
- ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme! ¡Cómpreme!...
La ciudad es inmensa...
Y en el estruendo de la vacuidad que la consume, se extiende cada vez más y más, y más...y más... y más... Y sus asfaltos esterilizan tierras y engendran mundos vanos para el consumo de necesidades fomentadas. Y los que creen que tendrán una vida regalada, siguen llegando a ella.
 
- Si yo te he dicho siempre, mana: El dinero no es la felicidá, pero qué linda imitación ¿No crés tú?.
- Pos , sí. Yo por eso me vine de mi pueblo. Y aunque sea de puta, pero tengo mis tierritas. ¡Quien quite y llego a ser estrella de cine y me levanto mi estatua de oro! Y me hago la Diva.
La ciudad es inmensa.
Testigo pétreo de las inquietudes absurdas; de las conmociones felonas; de las voces falsarias; de los gritos electrónicos; de las soledades multitudinarias; de las angustias miserables; de los vacíos drogadictos; de las agonías rutinarias; de los tiempos laberínticos que vivimos.
¿Que vivimos?
 
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II
Era un hombre extraño.
 
Miraba sin tener ojos para
 
deslumbrar oscuras.
 
Hablaba sin labios artesanos
de su voz. Existía
 
y sin embargo nadie se
 
percataba de ello.
 
Era misterioso. Imperceptible.
Ignorado.
Y aunque su apariencia se
 
presentía... pocos lo sospechaban...
 
Era...
Y no era. Quería ser...
¡Ser!
 
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Y deambulaba anónimo por las calles como...
ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA. Las once...
La oficina de gobierno se encuentra en pleno apogeo. Hombres y mujeres trasladan sus pasos de un lado a otro. El teclado de las máquinas de escribir organiza su sinfonía y uno que otro vocería se mezcla con el humo de los cigarrillos. Palabras, frases entrecortadas, murmullos, gritos, protestas, súplicas, se arremolinan en confusión de rostros, en temblores de labios y en desesperaciones de manos.
Las once...
Los empleados dan prisa a su labor: rasgar de lápices, doblar de hojas, abrir y cerrar de archiveros, de escritorios. Ruido de sillas arrastradas. Tacones que golpean su orgullo en el mosaico aparentemente limpio. Balumba metódica.
Las once...
Por la puerta principal aparece un hombre con algo entre manos buscando, como cohibido, un lugar preciso. No
decide hacia dónde dirigirse . Quizá por un alejo de timidez o un mucho de temor a lo ridículo se abstiene de preguntar. Pasea la vista de un extremo a otro, como deseoso de encontrar lo que espera...
Un avejentado letrero metálico, amarillento y con letras de otro tiempo, anunciantes de informes, confusiones y quejas, llama su atención y se dirige hacia el escritorio que lo soporta. Ahí, una mujer, aparentemente hermosa, aumenta sus atributos con despreocupa¬ción ensayada. Arregla sus despeinados cabellos, colorea sus labios agrietados a dietas, delínea sus cejas a los mínimo, aumenta sus pestañas a lo máximo y contempla la imagen de su rostro mascaroide en un supuesto espejo de oro, como si en nada pensara.
- Buenos días señorita...-Irrumpe con amabilidad el vergonzoso. - ¿Perdone, podría usted informarme dónde puedo localizar al señor director?.
- iAy, qué susto me dio! ¡Qué manera de interrumpir a una sus ocupaciones!. Su privado está en el piso siguiente. -Moles¬ta como que prosigue la bella a fuerzas.
- Muchas gracias. -Y se aleja rumbo a la salida. Al mismo tiempo la mujer insinúa:
- Sólo recibe mediante previa cita, ¿eh? -como para desanimarlo. El sujeto
 
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reagradece. Siente un algo de sopor que lo hace vibrar. Resigue.
El ascensor lo conduce hasta el piso donde se encuentra la jefatura de aquella institución pública. "Siempre arriba y ...sobre los demás". Piensa. Se topa con otra secretaria, y cortando sus ideas, pregunta inseguro:
-Perdone...¿puedo hablar con el señor director?
- ¿Trae usté' alguna tarjeta? -con despotismo.
- No... Es un asunto particular muy importante. Necesito hablar con él.
- Dudo que lo reciba, pero en fin, voy a ver si es posible...
Y destruyendo la descansada postura en la que se hallaba, la mujer entra en un privado sin privaciones, como quien no quiere.
El tímido mira a su rededor. A través del enorme ventanal que permite ver desde las alturas a la extensa ciudad, observa cuan pequeño parece todo desde ahí: Edificios, jardines, automóviles, seres. Hormiguero. Agitación. Movimiento inacabable de quienes luchan cotidianamente por sobrevivir, por no naufragar en la mancha que los devora, que los envuelve en redes desconocidas, indestructibles, destructoras. Desde allí se
ve la urbe de acero, de roca, de cristales, de asfaltos. Pareciera que la neblina bochornosa de esa mañana se esfumara en convulsiones tanáticas y dejara latente el pánico reprimido de las multitudes que caminan, como sin saber a dónde, llevando egoístas sus propios intereses endeudados y nada más, aislándose en su terror a perderse en la nada. Deseo de sobrepasar los qué dirán. Ardor inútil por vivir en el olvido de su muerte. Y se presiente en la apacibilidad de la distancia, un gemido de cuerpos que en marabunta sofocante, intentan mezclarse y confundirse entre sí, para no aumentar las arenas de su angustia y de su soledad que luchan para que no se les note la desolación; abandonados de un destino que no saben; despojados de misiones solidarias.
Y el hombre contempla a puntos indefi¬nidos como si meditara en un profundo y recién descubierto pensamiento. Una voz interrumpe sus cavilaciones: -No lo puede ver en este momento. Está muy ocupado. Tal vez para mañana... -Pero... es urgente que lo vea. Me han cambiado de empleo sin más pretexto que una orden venida de autoridades superiores. ¡Es una injusticia! Salgo perjudicado.
 
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Entre la alegata de protesta alcanza a darse cuenta que un individuo alto, moreno, canoso, de cierta edad y cierto elegante lujo sale del privado al cual su interlocutora momentos antes se había introducido El temeroso lo encamina con los ojos. Los empleados lo saludan cortésmente, y el señor director, sintiéndose la grandeza personificada, responde a los halagos serviles con un disimulo de sonrisa.
- ¿No me dijo que estaba muy ocupado?.
- ¿Y no sabe que va arreglar un asunto extra urgente? Ahora que... si le quiere hablar. He aquí la oportunidad...- Y el tímido, perdiendo su inseguridad, no espera repeticiones. Con paso medio firme se acerca hasta el mandamás que aguarda ya frente al elevador para salir de la oficina y murmura:
- Señor director, perdone, me permite unos instantes.. Es muy...
- Lo siento. Ahora no puedo. Se me hace tarde. Concierte usted una cita para mañana con mi secretaria. A ver si hay tiempo...
- Es que...- La puerta del ascensor se abre y el funcionario se introduce con rapidez; torna automáticamente a cerrarse y el tímido se queda con lo que iba a decir.
 
- ¿Ya vio? Se lo dije. Cuando anda tan ocupado no le hace caso ni a su madre. -como con finura sonríe la secretaria, mientras esboza su ironía.
- Bueno, ni modo. Vendré mañana. - Diri-giéndose a la mujer que con burla le ha¬bla.
- Eso es problema de usted. -Y la emplea¬da continúa felinesca revisando sin revisar unos documentos.
El tímido despreciado se aleja con disgusto.
Las once...
La oficina de gobierno se encuentra en pleno apogeo. Ruido por doquiera, agitación por donde sea, trabajo fingido, pérdida de tiempo, asesinatos. Un día más dentro de la rutina. Lo mismo a cada hora, a cada mes, año tras año...
Las once...
Las puertas del elevador se abren y aparece el individuo que el día anterior había estado esperando audiencia. Refleja en su rostro una cierta y desconocida transformación. La timidez se ha vuelto seguridad. La vergüenza, osadía. Algunos
 
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lo miran como si quisieran sonreírle. Él, ni hace caso.
Las once...
Se dirige con paso firme hasta el privado. La secretaria se pone en pie al darse cuenta de la proximidad del ex-tímido y con amabilidad, unas horas antes arrogancia, le dice: -¡Ah! Señor Mateos, ¿Cómo está usted? Lo esperábamos con impaciencia. El señor director le aguarda. Hemos recibido órdenes para que le demos toda clase de facilidades en lo tocante a su empleo y evitar así que usted salga dañado en sus intereses, porque ya ve, no es culpa suya. Le daremos la lista de los rumbos de la ciudad en los cuales desee trabajar, y... si gusta, lo podemos llevar hasta el lugar que usted elija para ver si le conviene. El auto del señor director está a su disposición.
- Gracias, muy amable.
- Ya sabe que estamos para servirle... - y abre la puerta de la oficina del principal. El transformado entra.
- Antes que nada, permítame presentarle mis disculpas por haberme visto imposibilitado para atenderlo ayer mismo. Es que como no me habían avisado.
Usted sabe... Tengo que resolver un sinnúmero de cuestiones y no puedo hacerlas a un lado.- sonriente y levantándose apresurado el mandamás saluda a la vez que se justifica.
- No se preocupe. Comprendo...- Replica burlesco el transformado.
- Tal vez mi secretaria le ha informado que ordené para usted las mejores facilidades. Puede reincorporarse al trabajo en el sitio y horario que más le convenga.
- Se lo agradezco mucho - Mordaz.
- Espero esté contento. Nosotros hemos tratado de servirle en lo más que podemos...-y el señor director oprime un botón. La secretaria entra diciendo en su rapidez lo de siempre: "Diga usted..."
- Tenga listos los documentos y los trámites "a realizar". El señor Mateos no puede perder más tiempo.
- Se han portado muy gentiles. - La mujer le muestra unos papeles. Discuten amablemente. El director hace algunas sugestiones al extímido. Los tres ríen. La metamorfosis se efectúa en artes de magia...
Al parecer todo se ha arreglado. Y la lámpara funciona. Y el sistema también... El señor director y el exvergonzoso salen de la oficina exclusiva. Conversan satisfechos. Bajan. Se encaminan hacia la
 
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calle. La mañana se abraza ardorosa con el sol opaco. La neblina parece haber huido ante tanto humo vehicular y fabril. Un inmenso automóvil aguarda en su brillante luto.
- Lleva al señor Mateos a la dirección que te indique - ordena al chofer.
- Muy agradecido, señor director...- y se dan la mano.
- Me saluda a su estimado tío.
- Con mucho gusto. Ya le comunicaré lo que usted ha hecho por mí. El habrá de recompensarlo.
- ¡Adiós! - y el aparato se pone en marcha. El señor director sonríe lleno de gusto. Contempla angelicalmente como se aleja el auto. (Espero ganarme un ascenso) piensa. Y feliz, regresa a sus oficinas...
///
Y temblando su deseo, recorría los parajes sin
nombre todavía, propulsado de fuegos solares tras
el momento de pregonar sus pasos y gritar la
verdad de su universo. Y atravesaba paredes.
Y ascendía escaleras.
Y se asomaba a ventanas. Y en su silencio
andante, el hombre invisible imploraba en alas
abiertas la inefable ansiedad de que lo vieran, de
que lo palparan, de que lo atendieran, mas... sin
agitar las indiferencias que no lo escuchaban ni lo
suponían, continuaba el trayecto sin doblegarse,
sin caer...encadenado a su ruego...esperando el
instante del hallazgo...labrando su epopeya interior.
Oyendo...
 
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HANSEL Y GRETEL O...
LA CASITA DE CHOCOLATE.
- Allí, sí; allí... ¡Mira!, Fíjate bien. Por la Avenida de las Palmas...Allí va el matrimonio más honorable de la ciudad. ¿No sabes de su fama? Quienes lo conocen la pregonan. Si supieras que los adornos de sus virtudes son infinitos y por ello, es uno de los principales integrantes de las asociaciones en pro de la limpieza física y espiritual que tanta falta hacen.
- A Don Casto, por su omnipotente voluntad, le atribuimos el más alto concepto de la moralidad las damas caritativas de la urbe, de las cuales soy representante. Y Doña Pura, ¡Oh que mujer digna y misericordiosa!, es un modelo de virtud...Cierta vez, dicen, cuando descubrió que la recamarera y el jardinero se comportaban indiscretamente, consideró tal hecho como un insulto al decoro familiar y al buen uso de las costumbres. ¡Los despidió de inmediato! ¡Qué rectitud! ¿No, crees?.
- Doña Pura y Don Casto, profesan una intensa devoción por nuestra Santa Madre Iglesia. No hay un día sin que vayan al rosario ni domingo en el cual no escuchen de dos a tres misas seguidas, y mucho
menos, viernes primeros de cada mes en los que no comulguen. Yo soy testigo de ello.
Siempre andan juntos. Concurren a nuestros té canasta, a las reuniones y juntas para el beneficio de los pobres y cooperan en todo lo que su bolsillo puede sostener, como que son riquísimos. ¡Ah, eso sí, son riquísimos!.
Debido a tantas cualidades, la Asociación de Católicos Incólumes los hemos condecorado dándoles medalla al mérito por ser los casados perfectos. También la Sociedad de Damas Marianas les ha concedido varios diplomas por semejante motivo. ¡Y mira qué elegantes son!.
Don Casto es miembro honorario de la Unión Mundial de Banqueros y éstos lo estiman inmensamente, pues saben lo que vale. Nada realizan sin antes habérselo consultado. Su sabia opinión pesa muchísimo, según cuenta mi marido. Además, por si fuera poco, es el principal cuentahabiente del Banco Internacional Hipotecario. Su depósito asciende a quién sabe cuántos millones de millones, herencia de sus rancios antepasados que con suma habilidad ha venido administrando desde 1910.
Y no digamos Doña Pura, es humildí-
 
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sima, ¿ves? Pertenece a las Devotas Hermanas de la caridad, Asociación Civil. Nada existe que no dé, hasta lo que no tiene. Aún en los momentos más insignificantes se muestra bondadosa y abnegada.
Admira a quienes conocen a matrimonio tan santo, el que tenga tal rectitud y discreción. Él está en la plenitud de la existencia. Calcúlansele entre cuarenta y cincuenta años. Y ella, como en sus veinte, aunque se sospecha que frisa los treinta y tantos. Está tan bien conservada. Mírala. Nunca han tenido hijos. Algunos infieren que por no pecar. Así, dicen, no ofenden al prestigio inmaculado que los rodea y esperan que el espíritu santo, obre. ¡Qué inocencia en nuestros tiempos! ¿No crees…?
No obstante, como siempre, imagínate que las florecillas son devoradas por las alimañas y las lenguas viperinas de los infieles y malagradecidos criados, despedidos por inmorales, osan murmurar verdaderas calamidades, odiosas afirmaciones, calumnias execrables e impías.
Lo bueno es que nadie, ¡nadie hace caso a sus vituperios! ¡Cómo es posible pensar siquiera que Doña Pura y Don Casto sean capaces de hacer lo afirmado
por esos canallas exsirvientes. ¡Imposible! i No se puede creer! A la alta sociedad nos conduele enterarnos de ello; por eso ofendida le damos las espaldas a los rumores, porque sabemos que no es cierto. ¡No es cierto! ¡Calumnias! ¡Sólo calumnias!.
Yo no lo creo. ¡Son tan buenos! ¡Tan nobles! ¡Tan católicos! ¡Tan de aristocrática sangre y de linaje sin igual! ¡Cómo es la gente de malvada tú!, ¡Tan virtuosos y decir eso... ! ¡Oh! ¡Qué infamia! ¡No lo creo! ¡No lo creo! - Y estaba sirviéndole la merienda en su recámara, cuando de pronto me dijo: "Facunda, te voy a decir algo... Nadie más que tú debe saberlo. Tienes que callarlo como una estatua. Muda. Ni sientes ni ves ni hablas. Si te atreves a decirlo, te despido. Si permaneces como si nada, mis retribuciones no se harán esperar... " Y entonces que me abraza. Yo tuve miedo al principio. Me apretó tú déjate y me dijo sofocado: "No temas, tú déjate." Y me llevó hasta su cama. "Nada pasará... y si sucede... yo sabré como apaciguar al mundo, para eso tengo dinero en abundancia. ¡Desnúdate! Yo me sentí ofendida y avergonzada a la vez, pero ... nomás de pensar en lo difícil de encontrar buenos empleos, tuve que obedecer.
 
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Además como no es tan mal parecido, pues... "Quítate la blusa y la falda rápidamente". Siguió ordenándome mientras me miraba entreabriendo los labios. Con mucho nerviosismo hice lo que pedía y cuando estaba en ropas interiores, acercó sus manos hacia mí, tembloroso me toco los pechos y fue quitándome el brasier. Acarició mi cuerpo como si probara la suavidad de una tela. Yo estaba medio asustada, pero me imaginaba la posible lana que me daría y me dejaba. De pronto, sin esperarlo, me hizo a un lado con brusquedad y quitándome las pantaletas comenzó a besarlas y a morderlas, mientras se la jaloneaba. Yo lo miraba sorprendida, pero sus muecas me comenzaron a causar asco.
Ya presentía lo mero bueno, cuando me gritó con severidad: "Vístete y vete". Recuerda lo que te dije. Ni una palabra... ¿eh? Si no, ya sabes." Me vestí con rapidez y salí medio cachonda de su recámara. Lueguito me fui a desquitar con mi viejo.
- Pues... Yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Era de noche. Andaba inspeccionando que las puertas de la casa hubieran quedado bien cerradas. Cuando al pasar por el jardín escuché mi nombre en voz
baja. - Eh, Eduardo. Pregunté quién era y qué sorpresa mano; la señora se hallaba sentada en el pasto, detrás de un arbusto, completamente encuerada "Eduardo" me dijo, "venga acá". Y me acerqué apenado. "No dirá nada a nadie. Si algo dice le costará muy caro. Guarde el secreto y lo recompesaré. Siéntese a mi lado1'. Yo obedecí por sus amenazas, además, uno es hombre y si nos la ofrecen, pues... Ella empezó a acariciarme y entre caricia y caricia, fue desabrochándome la camisa y bajándome los pantalones. Estaba reborracha. Cuando quedé en cueros, que me hace recostarme y que se me monta y que me comienza a tentar y que me lo agarra y que me lo soba y que me lo mama. De inmediato respondí a sus ardores. Ella me abrazaba y mordía mi carne bien apasionada. Ni con mí vieja lo había sentido. Así estuvimos como una hora, restregándonos, rodando por el pasto hasta que... Yo ya no aguantaba las ganas. Por fin, me la puse debajo y colocándoselo ella misma, hice lo que debía. Ni trabajo me costó. Entró sabrosamente. Desde entonces, cada noche hacíamos lo mismo, hasta que ella se fastidió y me corrió.
- Pues... yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Fíjate que a lo mejor ni me crés, pero te
 
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lo voy a contar. Nomás pa' que veas cómo es la gente dizque honorable. ¿Te acuerdas que trabajé como mozo en la casa de los Morales?
- ¡Claro ! Te pagaban un dineral. Si te hubieras portado bien
- Eso piensas. Yo cumplía con todo. Lo que pasó es que pos ... Ya no quería hacer lo que me mandaba don Casto. Hartas veces lo hice y me dio mi buena lana, pero... terminaba vomitando.
- ¿Pus qué hacías?
- Me da no sé qué decírtelo, pero total, eso ya pasó. Tenía que hacerla de vieja. Siempre a las doce en punto de la noche llegaba a mi cuarto, se acostaba conmigo, me bajaba los calzones y comenzaba a manocearme. La primera vez por poco y le rompo el hocico, pero puso en mis manos cinco billetes de a mil y... pos me aguanté. Así saqué pa' comprarle a mi vieja su casita.
Me corrió porque ya no quise seguirle el juego. Me rozaba un montón. Me amenazó con ponerme tieso si yo decía algo. Como tiene unos matones a su servicio, ni modo de ponerme...
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Seis veces ha quedado embarazada, y lo pior es que no de su marido, sino del jardinero, del plomero, del mayordomo,
del chofer, de un albañil, y hasta de un desconocido que creo que ni ella conoce. Y se lo digo comadrita, porque ella misma me ha dado mis centavos con tal de que le saque al hijo antes de que se le comience a notar...
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- La vieja me dio muy buenos pesos para que la dejara hacer sus porquerías en mí. Lo mismo se mete con los criados que con las criadas. ¡Es una puerca!. Todavía con puros machos, menos mal. Para eso estamos las viejas y para eso están ellos, pero eso de que...
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Debíamos juntarnos todos y denunciar¬los.
- ¡Cómo crees que nos van hacer caso! Los hacen unos santitos. Ya casi los ven como divinos.
- Tienes razón, pero nomás pa'abrirles los ojos a las verdaderas buenas personas que los estiman. No es justo que los decentes se sobajen frente a esos asquerosos falsos. Asquerosos, no por lo que hacen, al fin y al cabo cada quien es libre de hacer de su culo lo que la gana le dé, sino por hipócritas, ¡por hipócritas!
- ¿Y cómo sabes que los demás son muy palomitas? A lo mejor son peores, sólo que se callan, o lo hacen callar.
 
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- Por eso es mejor vivir como vivimos, abiertamente. Sólo una vez se vive y hay que darnos gusto. La vida se pasa en un decir Jesús, y a veces ni a decirlo alcanza uno. Ya ves, con suerte un día de estos nos apachurra un camión, o te dan un balazo sin saber por qué, o nos da un patatús eterno, o quién sabe... La muerte es malora y no avisa. Hay que procurar¬nos lo que nos haga sentir placer y ser felices, pero sin hipocresías y sin joder a los demás. Total, qué importa: la vida es corta; es breve y gozar se debe. ¿Tú qué crees?
- Pos es la mera verdá; pa' mí, lo único malo es matar. Todos tenemos derecho a vivir y a gozar como sea. Lo demás me viene guango.
- Sí' mano, pero también no es bueno el abuso ni la estafa ni el robo ni la explotación ni la falsedad...
- ¿Y a poco eso no es matar? Se mata la fe, la esperanza, la ilusión, la confianza, la verdá...
Y he así que esto y más, se murmura del honorable y beato matrimonio, el ejemplo de los ejemplos del ejemplo, el más rico y recto. Y aunque a su paso se levantan miles de comentarios, ora detrac¬tándolos, ora elogiándolos, ellos siguen imperturbables, como si nada, allí... por la
Avenida de las Palmas. Su olor a santidad los protege...
- ¡Hipócritas! ¡Perversos! ¡Convenencieros! ¡Marranos!
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Ojos vemos, corazones no sabemos.
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- No todo lo que relumbra es oro.
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos!
- Detrás de la cruz está el diablo.
- Pues yo no lo creo. ¡Son tan virtuosos! -Cuando trabajamos en esa casa, este pícaro de mí marido se metió con la vieja, y ya iba a criar, pero se lo hizo perdedizo. Cuando supo que él y yo éramos novios, nos sacó de su dizque honorable hogar. Al menos así piensan muchos...
- Pues yo no lo creo ¡Son tan virtuosos!
- Un asno cargado de oro sube ligero por una montaña y llega a parecer una estrella.
- Pues yo no lo creo ¡Son tan virtuosos!
- Lo que pasa es que no quiere creerlo. Averigüe y vera. Cuando lo descubra mejor cálleselo. Le conviene hacerles la barba. ¿O no?
- ¡Ay, cómo será usted y los demás! Decir eso... ¡Qué malvados! ¡Tan buenos que son! ¡Ah, la maledicencia!
- ¡Hipócritas que! ¡Eso! ¡Hipócritas! ¡Hipócritas!
 
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- ¡Ah, qué calumnias! ¡Qué calumnias! Son sólo calumnias. ¡Sólo calumnias!.
IV
Y como el acompasado reloj que con su rutina
mecánica profana los dilatados mutismos del
tiempo, los vocablos no escuchados de aquel
hombre invisible palpitaban amorosos
desatándose en canciones desafiantes, retadoras
de vacíos y de plenos; de altivos y de opresos; de
potentados y miserables...
Y atravesaba las plazas...
Y se perdía entre mercados...
Y se confundía en los jardines...
Y en sus cantares de galaxia loca, se
desparramaba hasta los rincones alejados de
luces y caminos, de huertos y ufanías, ausentes y
escondidos...
Era un hombre extraño.
 
 
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BARBA AZUL
- ¿Crees que no te vi, coqueta! ¡Desgraciada! ¡Vieja puta!. -Un celoso de su honra reprendía con no muy apacible encanto a la mujer que lo acompañaba. Y su voz pretendía aumen¬tar de volumen como para impresionar a todos los de la calle.
- ¡Ay tú! ¡Cómo eres! Yo ni siquiera...
- ¡Cómo de que no! Si te miré hacerle ojitos a aquel jovencillo enclenque. ¡Desgraciada! Ni porque vienes conmigo.
- Se te figuró. No veas lo que no hay.
- ¡Y lo niegas! ¡Desvergonzada! ¿Crees que no me di cuenta de las señas que te hacía y que tú le sonreíste?.
- ¡Ay, cállate! La gente comienza a mirarnos. ¡Qué pena!
- ¡Qué pena ni que ojo de hacha! No cambies la conversación. Si se dan cuenta, ¡Qué bueno!, ¡mejor! para que te conozcan lo...
- Andrés, no sigas...
- ¡Al cuerno con tus protestas! Ya estuvo suave de que me veas la cara de... -y hacían como que caminaban...
La mujer era pasante de la plenitud. Tal vez por eso se vislumbraba indiscreta¬mente que intentaba aumentar sus deterioradas cualidades con el uso de
variados cosméticos. Color en las pestañas, color en la mejillas, color en las uñas y con el vestido provocativamente ajustado; un poco abajo de los hombros para mostrar la suavidad exuberante de sus muestras, y un poco arriba de las rodillas para enseñar lo que pudiera...
Y el hombre, apenas separado de su pavoneante, fruncía el rostro y disponía el cuerpo a la pelea con su consorte dándole uno que otro empellón.
- ¡Ay, Andrés! Estate quieto. En casa regáñame todo lo que quieras, pero ahora no.
- ¡Nada que! Lo has de haber citado en algún sitio para...
- ¡Cómo crees! ¡Estás loco! (Aunque no estaría mal) -y miraba a quienes princi¬piaban a verlos por el escándalo que iban realizando.
- ¡Ah! Y dices tú que no me engañas, ¡Desdichada! Ya lo andas buscando, ¿Verdad? ¡Niégalo! Y qué dijiste, a este imbécil ya lo hice... pero no. Te has equivocado. Conmigo no juegas y ahora te...
- ¡Andrés! No sigas... afligida y suplicante.
- Falsa! -y le golpeó la cara.
- ¡Oh, qué te pasa! ¡Cálmate!
- Ni creas que yo..., ¡Toma! -y enfurecido volvió a pegarle con tal fuerza que la hizo
 
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caer. La boca de la mujer comenzó a sangrar.
- ¡Toma, jija de la chingada! ¡Puta! -y le daba de puntapiés por donde podía.
- ¡Ya no! ¡Ya no! ¡Ya no me pegues Andrés! ¡Perdóname! Te prometo que no vuelvo a darte motivos de disgusto, -y lloraba, y los colores se le esfumaban para dejar al descubierto un rostro avejentado, plasmado de manchones indefinibles.
- ¡Ah, lo confiesas, canalla! -y seguía golpeando a la derribada. La gente se había arremolinado para ver aquella escena. Y se divertía.
- i No! ¡No! No más amorcito.
- ¡Desgraciada! ¡Infiel! ¡Perra! ¡Ramera! -y desenfrenado, como loco, furibundo, continuaba en su orgía de golpes. La mujer lloraba tendida en el suelo y trataba de cubrirse de las arremetidas iracundas de su amado.
- ¡Basta! ¿Por qué le pega a esta mujer indefensa? - un compadecido saltó al ruedo en defensa de la dama... Como los caballeros del medievo.
- ¡No se meta en lo que no le importa. ¡Jijo de la tiznada! Vaya y… - y no terminó de gritar cuando el compadecido asestó un puñetazo en la barbilla y el celoso cayó estrepitosamente de bruces. La golpeada
se dio cuenta de aquello y se levantó presurosa con los amoratados ojos extra abiertos. Aulló...
- ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Un gendarme! ¡Un gendarme! ¡Llamen a la policía! Este desgraciado está matando a mi señor. ¡Socorro!.
- ¡Maldito! -murmuró desde los suelos el caído.
- ¿Por qué le pega a la señora? - continuó el defensor en posición amenazante.
- ¡No se meta en donde no le llaman! ¡Es mi marido! Y si me pega... ¿qué? -inte¬rrumpió imponente la golpeada y con prodigiosa rapidez le arrojó colérica uno de sus zapatos, quitado a propósito para sorpresa del compadecido.
- ¡Qué sucede aquí! -Llegó pitando a todo estruendo un vigilante desorientado.
- ¡Este hombre que medio mató a mi esposo! -Vociferó la mujer al mismo tiempo que se hincaba para tratar de detener con un pañuelo la hemorragia nasal de su marido.
- Con que esas tenemos, ¿No? -El gen¬darme musitó, como quien no quiere tanta cosa. Frunció las cejas, sacó el garrote y dijo al caballeroso en tono de las puedo todas:
- ¡Camínale bravucón! -y lo cogió del brazo. El compadecido no supo qué decir.
 
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- Es que... Este hombre...
- ¡Cállese! Ya lo alegará en la delegación. La mujer lo miró con furia, con voracidad y re exclamó:
- ¡Desgraciado! Meterse en lo que no le importa. -Los curiosos sonreían burlones. Los semi ofendidos siguieron al gendarme que llevaba del brazo al Amadís, como si temiera que fuera a desaparecer.
- ¡Ya verás! ¡Ya verás! En casa te voy a dar una joda que sólo para ti será buena. Vas a explicarme por qué chingados quiso ayudarte ese idiota. - El golpeado alegó discreto, como si no quisiera que lo escucharan.
- Por nada, tú. Te consta que le di su merecido por metiche.
- ¡Puros cuentos! Ya verás la tranquiza que voy a darte. ¡Qué casualidad de que por nada te defendió! Algo has de haberle insinuado. -Y en seguimiento del gendar¬me y del preso, se dirigieron hasta la delegación de policía.
- ¡Crees que no te vi! ¡Coqueta! ¡Desgraciada! ¡Vieja puta! Pero me las vas a pagar. Vas a ver, vas a ver llegando...-Y continuó el regaño sin fin. Los espectadores gozaban y sonreían...
V
Y su corazón de desgajaba en flores...
Y huía de sí sin remontarse...
Y se alejaba sin mudarse de su sitio...
Y en su desnudez volátil afrontaba valeroso los peligros, sin desmayar en el vértigo de su lid a cuestas...
Y en pie, inmaculado de rencor, levantaba el rostro indemne, victorioso de perdón sobre los precipicios traidores...
Era...
 
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SANTA CLAUS
-¡Pobre-cucarachita! -Un hombre más que gordo, más que calvo y más que feo, exclamaba conmovido mientras veía correr al insecto que se deslizaba veloz por la plataforma sin comida de una mesa aparente. -¡Pobrecita! Debo dejarla vivir. No merece la muerte. ¡Pobre! Todos tenemos derecho. Somos hijos de un solo señor. No la mataré ni la haré sufrir. Voy a dejarla tranquila para que corra cuanto desee y cuanto pueda por las superficies de mi casa. Además, mirándola bien, no es tan repugnante como muchos creen. Tiene un lindo color rojizo, casi bermellón. Sus patitas parecen alambres aterciope¬lados y su cabeza, ¡Ah, su cabecita!, un simpático alfiler dorado. Sigue tu senda, cucarachita. No he de matarte. No he de volverte materia muerta. Continúa conociendo el mundo que te rodea. Tus antenas, como hilos en movimiento, seguirán previniéndote de los múltiples peligros que te aguardan. ¡Anda! Ve tranquila por tu camino, cucarachita, hermana... Pero cuídate de pasar cerca de las telarañas que pueden ser mortales. Procura no entrar en lavabos resbaladizos ni en tinas anticuadas. Sin saber dónde; ignorando cómo y cuándo, puede brotar
un torrente que te arrastre hasta el caño y... ¡Zas! ¡A perecer ahogada! ¡Lejos de los tuyos! ¡De tus hijas! ¡De tus amigos! ¡Oh, no cucarachita! Ve tranquila, no voy aplastarte...
Y el hombre más que gordo, más que
calvo y más que feo, como delirando, la
contemplaba con embeleso, mientras que
el ágil animalejo proseguía en libertad por
su ruta.
Después de algunos silencios continuó: - Es un insecto perjudicial. Causará des¬trozos en mi cocina e invadirá libremente los alimentos. Creo que mejor la mataré. ¡Sí! Eso es lo que debo hacer antes de que se pierda de mi vista. ¡Sucio animal! Por dondequiera que pases, irás dejando una estela de microbios... iAh! ¡Y cómo te reproducirás! En poco tiempo mi casa estará infectada. ¡Y los gastos para combatirte! ¡Oh! ¡Qué plaga! ¡Mi deber es destruirte! Sólo así me libraré de tu pre¬sencia y de todos los que son como tú. ¡Insectos! ¡Cucarachas!.
Y el hombre más que calvo, más que
gordo y más que feo, cogió un mata¬
moscas previamente colocado tal cual si
por las dudas sobre un desportillado
armario y...
 
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-Pero... -Sudaba -¿Y si dios me castiga por ser tan malo con los hermanos animales? ¡Son tan indefensos! Nuestro padre San Francisco los amaba tanto. ¡De seguro iré al infierno cuando muera! Y allí... iOh, no! Miles como éste me atormentarán y nunca me darán la paz. Mejor no la mataré. iPobrecita! (Iniciando una sonrisa ingenua) ¡Tan graciosa! ¡Tan pequeña! (Entusiasmado) Dejaré que siga su camino y que haga lo que bien pueda. (Haciendo cara de inocencia) Yo no soy quién para destruirla. Aquél que nos dio la vida que se la quite. Yo no... (Con decisión) Yo no.
Y el hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, puso la mejor de sus caras y, contemplando al animalito, lo dejo escapar.
Se encontraba tan extasiado en su mirada que no escuchó el enronquecido sonsonete del timbre del departamentucho donde vivía. Varias veces éste tuvo que ser tocado para que el hombre, estremecido, terminara con brusquedad asustada sus cavilaciones en voz alta y se dirigiera a la puerta.
Apenas hubo abierto, una mujer humilde, poco menos que joven, lo saludó: - Buenas, Don Anselmo...
 
- ¡Ah! ¡Qué milagro que viene usted a verme! -La interrumpió contrariado.
- Es que no había tenido...
- ¿Y ahora sí...? -volvió a cortar ansiosa y hoscamente las explicaciones de la humilde.
- Ven ...go... -titubeante- a darle disculpas porque... Me ha ido muy mal...y...Sólo traigo la mitad de los réditos - prosiguió mientras iba sacando de la bolsa algunos billetes de a cien.
El hombre más que calvo, más que gordo y más que feo, se los arrebató precipitadamente y amenazó furioso:
- ¿¡Nada más esto!? ¡Si para mañana no trae lo demás, procederé en su contra! Le voy a embargar todo lo que acredite el valor del préstamo, más el veinte por cien¬to mensual de mis intereses... ¡Y ya son dos años!
- Pero, Don Anselmo... suplicante - ¡No sea usted así!
- ¡Qué mejor quiere que sea yo! Otro no le hubiera prestado con tantas facilidades y sobre todo, confiando nada más en una letra, sin exigirle propiedades a cambio. De mí nadie se compadece. Yo sólo vivo de esto, i Son mis únicas entradas! Si ustedes me fallan... Yo también tengo compromisos...
 
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- Pero si ya le llevo pagado más del doble...
- ¡Ah! ¡Y hasta con ingratitud e insolencia! ¡Así paga esta gente! ¡Váyase! Me está quitando el tiempo -Iracundo- Y no se le olvide que para mañana necesito lo demás, ¿Eh? Si no, ya sabe...
Y la mujer humilde salió quién sabe qué murmurando del suceso. Pronto se diluyó entre los enormes pasillos del vetusto edificio.
El hombre más que gordo, más que calvo, más que feo, después de cerrar la puerta con brusquedad y disgusto, se recargó sobre ella y entre sonrisas jadeantes, ojos vidriosos, respiración excitada, manos trémulas, comenzó a contar con lentitud el dinero recibido. Era como si un inmenso e indescriptible orgasmo lo invadiera con su placer:
-¡Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos...
VI
Y sus manos...
...manos carentes de silueta...
...acariciaban por igual a los espinos y a las corolas...
...a los perfumes y a los venenos... ...a los gusanos y a las palomas...
Y vivificaban las hojas en otoño...
Y encendían las grutas sumergidas de tinieblas... Y quemaban los andrajos de las hienas.
Y caminaba... Era un hombre extraño...
 
...más que visible...
...invisible. Y proseguía como...
 
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ULISES.
Se detiene y subo. En pocos segundos rueda nuevamente con ligereza. Todo se transforma en movimiento, en agitación, cual terremoto. Postes, árboles, casas, edificios, emprenden su carrera veleidosa...
Entre los ruidos que produce el motor del transporte, veo que los pasajeros conversan y sus voces me trascienden. Yo, aturdido por el caos ambulante, casi ni escucho, me ato a un común adormecimiento... como todos los que van en este viaje, sin oir tantas sirenas deambulantes.
- ¡Pobrecita! tan buena que es y luego el marido que tiene. Pero si yo se lo dije: "Mira, no te cases. Ese hombre no te conviene. No tiene oficio ni beneficio..." Pero como estaba tan enamorada, dizque, se largó con él. -Una gorda murmuraba a otra del mismo peso. Su cara pintarrajeada escupe las palabras. Y se hace la elegante. Como locutora de televisión.
- ¿Qué? i No me diga! ¿Antes de casar¬se -Ladra la otra, hecha la sorprendida y como gozosa.
- Sí, la muy tonta se dejó engañar y des¬pués ya la andaba abandonando, así
nada más. Si no es por mi compadre que le exigió cumplir su palabra, orita fuera una de tantas... ¡Ay! Es que Helenita... -¡Ver para creer! Estoy segura que nadie lo sabe. Yo no creía que le hubiera sucedido su de malas -Silencio momen¬táneo- O su de buenas -y rió maliciosa¬mente- ¡Quién la viera tan remilgosa! ¡Tan mosquita muerta! Tan yo ni un plato quiebro.
- Sí, hay muchas cosas que pasan y nadie se las huele. Lo bueno fue que no dio lugar a murmuraciones, porque ya ve como son los chismes. Parecen reguero de pólvora. No sé por qué existe gente así y nadie la castiga, con eso de la libertad de expresión, pues...
- ¿Y se casó de blanco, verdad? - insi-nuante.
- Sí, al fin que no se le notaba nada.
- ¡Pero que descaro! ¡Qué insulto para nuestra Santa Madre Iglesia! ¡Ave María Purísima! ¡Las cosas que se ven hoy! Estamos viviendo una depravación horrible.
- Es que ha de estar acercándose el fin del mundo. Dicen que ya pronto; no ve cuantas cosas feas suceden cada día.
- Sí, Doña Casandra ya lo advirtió ¿No la ha visto por la tele?
 
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-¡Claro! y dice que para entonces no habrá ni polvo de nosotras, o quién sabe... El padre Holocausto también en su sermón del otro día, nos dijo que debíamos comenzar a arrepentimos de nuestros pecados, porque según las sagradas escrituras, vivos y muertos habremos de padecer las llamaradas que brotarán de la tierra.
- ¡Ay nana! - y quedaron en silencio unos momentos, como si pensaran en las tortu¬ras del juicio final.
- Yo por eso ayudo a los demás, pa'que cuando eso sea, mis pecados sean perdonados.
- Ora que dice de los pecados, ¿está viendo la comedia nocturna?
- ¿Cuál? ¿Torrentes de martirio?
- No, esa la pasan por la mañana. Yo le digo Corona de Pecados.
- ¿A poco le gusta ésa? A mí no. Me gustan más las que son muy sentimentales, como las de la tarde, ¿cómo se llama?
- ¡Cadena de lágrimas!
- ¡Sí! Esa es. ¿Qué bien hecha está verdad? ¡Y es tan triste y conmovedora! Me hace llorar, pero así es la realidad. ¡Estamos en un valle de lágrimas!, ¡Y que vestuario tan lujoso! ¡Y las casas de los ricos cómo se ven!.
 
- Es bonita, sí, aunque a mí me agradan más las de aventuras. Como ésa que pasan a las siete de la noche: La Vengan¬za del Hijo del Hijo del Hijo de Nadie.
- ¡Son tan emocionantes! Estoy de acuer¬do con usted. Lástima que ya casi se va a terminar. Dicen que nomás llega al capítulo cinco mil y ahorita ya va en el cuatro mil novecientos nueve. ¡Ojalá que escriban una continuación... ¡Ay! ¡Que distracción! ¡Aquí nos bajamos! ¡Bajan, chofer! ¡Bajan! -interrumpen la plática y armando una revolución de gritos, ambas se levantan de sus asientos y con sus tremebundas humanidades tratan de hacerle al equilibrista y le indican al conductor que se detenga. El camión como que navega- Ya quisiera yo llegar. Estos veinte minutos me causan un sopor de la chingada. Y tantos pendejos hablando. ¡Cómo quisiera taparme los oídos!
- ¿Esta noche?
- No. No...
- ¿Cuándo...?
- ¡Calla! Eso no puede ser...
- ¿Pero por qué? Dame una explicación -conversan entre el escándalo con ruedas dos novios aparentes.
- No puedo... Me es muy difícil.
- ¿Acaso no te gusta?
 
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- ¡Sí! Me encanta, pero... esta noche no...
- ¡¿Por qué?! -exasperado
- Yo ya quiero ir...Tú dijiste que vendrías...
- Sí, mas... ahora... cálmate! La gente se va a dar cuenta.
- ¡No importa! ¡No nos conocen!
- ¡Armando! Comprende, no seas atrabancado.
- ¡Qué quieres que comprenda! Yo también entro a trabajar muy temprano. Además no tardamos. En tres horas...
- Mejor el sábado en la tarde. Entonces sí, lo que tú quieras...
- Bueno, a ver si ahora me cumples. Nada más no vayas a salir a última hora con que quieres ir a ver otra película y no la que yo quiero... - ¡Pinche...!
- ¡Mami! ¡Mami! ¡Papi! ¡Papi! Allí venden los juguetes que les pedí a los Santos Reyes.
- ¡Ah, qué inocente es nuestro hijito! Aún cree en los Santos Reyes.
- Estuvo regalada la prueba - un adoles¬cente presume con otro de su edad. -¡Por primera vez no me truenan! - prosi¬gue.
- Para lo que se preocupan en mi casa. -Precisa alguno más.
- ¡Hoy sí saco diez! El viejo de literatura ni cuenta se dio de mi acordeón.
- ¿Te fijaste en Cuca, Héctor?
 
- Amárratela! Está re'buena y ella te trae ganas... Nomás fíjate cómo te mira. ¡Aviéntate!
- Eres bien buey. Si no le vas a hacer caso, dame chancita ¿no?
- ¡Cuidado con Cuca! No la vacilen. No sean cabrones.
- También tú ni le hablas. ¡Cógetela! O un R.C.A. al menos...
- ¡Deja de joder! ¡Yo sé lo que hago!
- ¡Uf! ¡Qué calor!
- Y más en estos sucios camiones. Va tan amontonada la gente.
- ¡Es insoportable! Siquiera porque cobran tan caro debían procurar que las pasaje¬ras fuéramos cómodas.
- Yo llego a casa terriblemente agobiada y con un sueño desesperante.
- ¡Qué vamos a hacer! ¡Conformarnos!
- Hasta por la noche continúa esta hogaza, ¡Cómo ha cambiado el clima!
- Es cierto. Yo siento más calor que en el día. No sé por qué...
- Tu marido ha de tener la misma opinión, ¿no...?
- ¡Ay, tú! ¡Cómo eres!
- ¡Estuvo muy barato!
- ¡De oferta! Un auto de ese modelo y a tan buen precio. ¡Lo que es la necesidad!
- También Jorge es un abusivo, nada más
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se entera de que una persona necesita dinero y que vende algo conveniente para él, de inmediato aprovecha la oportunidad. Ahora ya lo ves, tengo que viajar en camión con toda esta bola.
- ¡Qué partidazo el del domingo pasado!
- Sí, mano. Y el box por la noche no se quedó atrás.
- No me pierdo la próxima pelea.
- Yo también. A como de lugar iré, ¡Así pida prestado!
- Y tu novio qué dice... ¡Cuándo se casan?
- Nada más que termine la carrera.
- ¿Le falta mucho?
- Sí, tres años.
- ¡Qué resistencia la tuya! Yo ya lo hubiera dejado. Tantos buenos partidos que te rondan y los desprecias por estar espe¬rando a tu famoso heroecito, para que luego, a lo mejor, vaya a salirte con la tontería que ya no te quiere o que es de los otros. Yo que tú...
- ¡Qué rabia! ¡Esos elogios me los merezco yo! Dime si no. Yo tengo más años de trabajar allí. He cooperado en todo, he ayudado. Y nada... Ese mente¬cato de Antonio llegó nada más a opa¬carme. Ni que valiera tanto. Puro blof. Yo valgo más que él. Yo sé más que él. Yo conozco más que él. Yo soy más que él... y más inteligente. ¡Es un hipocritón! ¡Desgraciado! Pero me las va a pagar
cuando menos lo espere. Ya le encontraré una fallita y entonces... ¡Desdichado! Venir a deslucirme. ¡A mí! ¡Fíjate! ¡Nada menos que a mí! Los patrones son unos ciegos. No les interesan los verdaderos valores como yo. No vayas a pensar que tengo envidia, pero... Ese desgraciado! ¡Verás cómo me la va a pagar! ¡Vas a ver...! ¡Es que me da un coraje...!
- Ojalá que me den chamba. El sueldo es muy bueno.
- Falta nos hace.
- Lo que gano en la oficina casi no nos alcanza. Menos del mínimo. ¡Es el colmo! Y pensar que hay tantos, que ni sé cómo le hacen, que reciben cientos de veces más y sin trabajar. Nomás por compa¬drazgos y favoritismos.
- Pero eso es muy sospechoso. Nadie gana tanto honradamente.
- Sí, por honrados somos pobres, o como quien dice tarugos.
- ¡Juy...juy...juy...juy...! Me río de los estúpidos politiqueros, politicastros y politiquillos de a tostón. ¡Bola de interesados! ¡Manada!
- ¡No diga eso! Se lo van a llevar a la cárcel, o lo pueden mandar asesinar por accidente; o hacer algún mal. Ya sabe cómo son... En la política todos salen tiznados.
 
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- ¡Que lo hagan! ¡Que me maten! ¡Qué! Mucho miedo. ¡Cobardes! ¡Jijos de la mierda! Al fin que siempre han de saber que lo que digo es la verdad. Nunca alcanzarán a sobresalir medianamente por sí mismos, si no es a fuerza del abuso, de la traición, del rastrerismo y del engaño. Son viles perros que controlan el rebaño, dizque sus partidarios, sin saber los muy ojetes que estos sólo los siguen por el interés de vivir gratis… ¡Cerdos!
- ¡Mejor cállese, antes que lo vayan a callar para siempre.
-¡Bajen a ese borracho! -¡Bájame si puedes, desgraciado!.
Y ante aquellas voces tengo que hacer gala de resistencia. ¡Cómo gritan! Lo bueno es que estos veinte largos minutos de galopante recorrido por el marenostrum citadino, se han acabado. Ya llegamos al fin. Allí está ella esperando en la esquina. Teje y desteje como para perder el tiempo ganado o perdido.
Bajo con prontitud, sonrío. Corro hacia ella. Los pasajeros continúan con sus pláticas sin importancia. Nada reflejan. El autobús reemprende la marcha y se pierde entre el laberinto de la ciudad. La abrazo y le doy un beso. Los dos nos dirigimos hacia donde quedamos. Ella ríe y yo más...Al fin me va a dar lo que tanto
he esperado... y deseado...¡Y los demás que se chinguen!
 
 
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VII
 
 
 
 
 
Y sus labios...
...rosas míticas...
...eran perpetua sonrisa.
Y sus ojos...
... fuegos místicos...
...eran ansia viva
por volcarse en llamas amantes... ternura inusitada... reflejos de amor bueno... tenue desgranar de fe y de esperanza, desterrados de caridades hipócritas.
Y quería hablar...
 
 
 
 
 
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NAZARIN.
El fúnebre aspecto de un individuo deslizaba sus aristrocracias por la concurrida y transitada avenida, ancha y alegre. Su altivez andante dejaba ver con descaro la insinuación de quienes se muestran superiores, aunque no lo sean. Erguía el cuerpo con aparente categoría y su mirada se llenaba de menosprecios.
El traje oscuro que llevaba, pasado de moda y al parecer de casimir muy fino, ajustaba a la perfección con la delgadez de su soberbia humanidad. Un sombrero del mismo tono coronaba su alardoso porte. Era un enlutado. El más enlutado de los enlutados. O como los que se creen... En una de sus manos cargaba un voluminoso libro negro y pendiente de la otra, un paraguas décimononesco que combinaba con la tristeza de los matices de su vestimenta. La gente lo veía de reojo y entre sonrisas de malicia comentaba sus extravagancias.
El domingo, con su amanecer de siempre, se desperezaba. Un sorprenden¬te sol derramaba sus bondades en efluvios que se correteaban a todo lo largo y a todo lo ancho de la urbe recién bañada la noche anterior.
Varias fueron las calles andadas por el individuo de fúnebre aspecto para llegar a un jardín estratégicamente situado frente a una iglesia modernoide. Lo primero que hizo fue mirar un reloj que con principesca delicadeza sacó de uno de los bolsillos de su chaleco, compararlo con el de la parroquia y comprobar que iban a ser las ocho de la mañana.
Allá en las torres del templo se observaba al sacristán que tocaba con ligereza las vetustas campanas, agonizantes de vejez y que a pesar de su antigüedad sonaban alegres y potentes como en los primeros días en que habían sido colocadas en las alturas, quién sabe si para estar más cerca de Dios o' más lejos de los hombres.
La misa primera iba a comenzar. Muchos apresuraban sus pasos para llegar lo más rápidamente posible. Las mujeres, al entrar, se encubrían cuidadosas con velos de diversas calidades mientras ellos quedaban al descubierto. El enlutado no se había movido del sitio que parecía haber seleccionado para algo. Ahí permanecía como tétrica escultura y serenamente observaba a su rededor.
Cuando vio que la iglesia se encontraba casi llena y que la misa principiaba,
 
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atravesó el jardín con ritmo ágil, llegó hasta las puertas del templo y quitándose el anochecido sombrero, entró.
Apenas si podía introducirse, pero él, lo intentaba a la fuerza. ¡Tal era el gentío! Los que devotamente oraban, lo veían con enojo. (¡Impertinente!) y murmuraba. El no atribuía ningún crédito a sus protestas y a empellones se abría camino entre aquel océano de carnes perfuma¬das.
Después de haber logrado avanzar un poco, concluyó la ceremonia. Los creyentes se persignaron y con lenta solemnidad, como descargados de enormes pesos, salieron rebañescamente.
Pronto la iglesia quedó vacía. Algunos se detenían con su santo favorito y rezaban unos momentos más. Mientras tanto, el individuo de fúnebre aspecto, como iluminado, no se movía de su lugar. Su mirada como hecha de dolor y de melancolía se diluía en el altar de reluciente oros. Sus manos, largas y finas, como las de los mártires góticos acariciaban el libro de oraciones
A los pocos segundos greyes renova¬das comenzaron a entrar. Llegaban a la misa siguiente. Y aunque el recinto sacro
se iba llenando otra vez, el enlutado permanecía en su sitio de siempre.
Cuando se dio cuenta que la iglesia al fin reabundaba en fieles, continuo su labor de desplazamiento hacia el altar, de manera semejante a como la había hecho con anterioridad: Empellón tras empellón y sin disculpas. Quizás era una manda...
Apenas hubo salido el sacerdote, se reconoció la celebración de un matrimonio. El cura se dirigió solemne para recibir a los novios que aguardaban en la puerta principal del local. Los invitados resplandecían de elegancia. Mujeres entre adornos y hombres de adustos gestos acompañaban a los desposantes como en desfile de carnaval: Falange de plumas, de pieles, de máscaras, en mezcla de colores y de olores, seguían a la pareja que entraba al compás de una estrepitosa organillera y cual más envanecido, se ufanaba en su religiosa fatuidad.
La muchedumbre era enorme. Y aunque era difícil moverse, el fúnebre trataba, reiniciando su marcha forzada, de llegar hasta sus objetivos.
Al terminar el acto, sudoroso por el calor de verano que se había desatado en esos momentos, todos abandonaron la iglesia, menos él. ¡Seguía rezando! ¡Y rezando!
 
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¡Tan devoto como el que más ... ! Los golpes que se daba en el pecho con el puño cerrado a cada instante, resonaban en la oquedad del edificio santuario. Parecía anhelar su conversión en santo. Tal era su religiosidad.
Y la misa tercera llegó y ocurrió algo semejante a lo anterior. Terminada, continuó la otra y la otra y la otra y el funéreo individuo no se alejaba de su puesto. Sin duda era un apasionado por la meditación y el ruego,, por el diálogo con la divinidad. (Ah! ¡Si todos los hombres del mundo...! ¡Si todos fueran así!¡Nuestro fuera el reino de los cielos! Alguien había dicho en una película de Hollywood).
Las horas transcurrieron con su mismo trote, y las misas, y las masas que iban y venían, que entraban y salían, también.
Cuando el místico se dio cuenta que cerraban el templo, se arrodilló apasio-nadamente, como en señal de gracias; persignóse con beatitud; enfático tornó a incorporarse y adoptó la postura de los sacrificados con las manos unidas en toda su extensión a la altura del pecho y después en forma de cruz. Algo imperceptible murmuró tremulante y se dirigió a la salida. – Gracias señor.
Apenas su rostro fue bañado de sol, se reacomodó el sombrero con gran unción donde mismo y echó a caminar por donde había venido.
Cruzó el jardincillo con rapidez. Anduvo calles y más calles hasta que llegó a un edificio sórdido e imponente de diez pisos; mugroso y mal oliente. Se detuvo unos instantes. Vio hacia todos lados: A la derecha, a la izquierda, abajo, arriba, adelante, atrás y cuando se sintió satisfecho de su inexplicable curiosidad, sonrió con angelical dulzura.
En el bolsillo del chaleco buscó su reloj, se dio cuenta de la hora y entró con grave gesto en la repulsiva construcción.
Subió por las penumbrosas escaleras hasta la azotea. Había allí varios cuartos semiderruídos. Se dirigió a unos de ellos. Sacó una llave enorme y abrió la puerta. Gimieron los goznes con misterioso y espeluznante quejido. De pronto, un ser deforme y monstruoso: enano, tuerto, medio jorobado, barbón y sucio apareció amenazante. Sus ojos de fulgores bestiales brillaron; su cara cicatrizada adoptó una mueca diabólica; sus manos crispadas se elevaron dispuestas al ataque y... con voz cavernosa exclamó: -¡Ah! ¡Eres tú...! ¿Qué tal te fue? ¡Ora cuántas carteras?
 
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E indescubierto volaba a cumbres inasibles e impregnaba de auroras los nocturnos hasta volver claridad las hondonadas. Y por donde transitaba, florecían sus huellas, aunque después, como todo, lentamente se borraban ante las humillaciones de los temporales altaneros, de los ciclones envidiosos, de las lluvias contaminadas, de los fangos poderosos, de los desiertos drogadictos...
...de los imperios del miedo...
y del odio pederasta.
Mas no obstante las cegueras sifilíticas, él persistía, ensimismado en su guarda, tras la hora de la era...
...destilando...
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FANTASÍA
Una muchedumbre infinita y milenaria se encontraba reunida en la principal ágora de la urbe, con el propósito de realizar una manifestación pacífica como protesta a ciertos desmanes premeditadamente ocultos del gobierno, para algunos, tiránico, antidemocrático, demagógico, supertecnócrata, anticívico, ultrarretrógrado y esdrújulos más.
Los obreros, sacados de sus fábricas por compromisos, llevados con lujo de facilidades para defender su derechos pisoteados por el abuso, por el descaro, por el robo y la explotación, levantaban, aunque algunos no sabían leer, ni por qué, enormes carteles en los que se veían escritas súplicas desafiantes, insultos gratuitos y peticiones instintivas: MUERAN LOS TRAIDORES, DEFENDAMOS NUESTROS DERECHOS. LIBERTAD Y REFORMA.
Un demóstenes apócrifo gritaba desaforado, como loco, hasta desgañitarse. Se despeinaba furioso y brincaba, y manoteaba, y lanzaba amenazas a lo largo y a lo ancho de los vientos. Y casi devoraba el micrófono.
- ¡Mueran los estafadores! Es indigno que
la población obrera de nuestra amada
Patria lleve la vida que lleva, mientras que
unos cuantos privilegiados gozan del
producto del sudor de la frente del
hombre trabajador. Debemos luchar,
¡Morir, si es necesario! porque se instaure
un gobierno distribuidor equitativo de
las riquezas y cuyo único compromiso sea para con el proletario...
Y unos cuantos lo interrumpieron con una tormenta de ardentísimos aplausos. Los demás palmoteaban como para salir del paso... Algunos manifestantes bailaban como para animar el mitin y parecerse a los programas de televisión. Una música tropical parecía servir de fondo al mitote.
- ¡Compañeros! Es injusto el procedi¬
miento de los poderosos e injusta es la
forma en la que somos tratados.
Atropellan nuestros derechos. Se nos
humilla. Se nos niega cualquier
manifestación. Se nos reprime como
delincuentes. Se nos asesina. Mientras
que otros países del orbe han superado
esta etapa crítica y además torpe, el
nuestro continúa en ella, en el retraso, en
el subdesarrollo, entre la subcultura. ¡Y el
vil gobierno la protege! ¡Sí! ¡La protege!
¡Compañeros! ¡Por el futuro de nuestros
 
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hijos que se debaten por llegar a ser. Por ellos, los invito a levantarnos en contra de la tiranía, en contra de la injusticia, en contra de la superchería, en contra de los hipócritas, en contra de los fanatismos, en contra de la palabrería, en contra de la demagogia, en contra del clero estafador que aprovecha la religiosidad de nuestro pueblo para negociar descaradamente con las creencias y sentimientos de nuestros compatriotas. ¡Abajo la mala administración! ¡Mueran los miserables patrones! ¡Luchemos por la defensa de nuestros derechos! Muera el gobierno vende patrias -Y el aplauso rabioso de unos volvió a interrumpir el discurso del líder benefactor... -¡Así se habla! -Gritaban algunos.
- ¡Vivan los valientes defensores de los oprimidos! -aullaban otros.
- ¡Vivan!
- Ha sonado la hora de liberarnos del yugo capitalista, -continuó- El socialismo se aproxima. La época en la que no haya ricos ni pobres ni privilegios ni despotismos ni traiciones. El socialismo llegará a nosotros. Tenemos gue ayudar para que sea cuanto antes, aún a costa de nuestra existencia. Con el nuevo sistema no habrá uno solo que se quede sin comer, mientras tantos asisten a
despilfarrar el producto de nuestro trabajo en banquetes y festejos. Con el nuevo sistema no habrá más desposeídos ni despojados. ¡Compañeros! - y su voz repercutía con increíble sonoridad por todos los confines del espacio- La hora en que caigan los adinerados ha sonado. ¡Vayamos a la lucha! Mueran los usurpadores, los sindicaleros charros, los cobardes asesinos.
Y los aplausos resonaban al mayoreo y al menudeo, como en inescuchada tormenta.
- ¡A la lucha! -gritaban.
- ¡A la lucha! -ululaban.
- ¡A la lucha! -rujaban, perdón, rugían.
Y el abnegado líder bajó con las dificultades de su panza del estrado en el que había estado hablando entre las ovaciones de los trabajadores para dirigirse hasta un auto de larga negrura que lo aguardaba y que lo llevaría a las negociaciones.
Los obreros continuaron escuchando a otros oradores que maullaban las dulces promesas y dramatizaban, como los antiguos mártires y los nuevos... y los volantes de agitación circulaban y circulaban.
 
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Luego sucedió que los defensores, después de los discursos, fueron a celebrar su triunfo político.
Y los obreros...
Y el pueblo...
Se quedaron esperando...
Y aún...
La plaza enorme y señorial quedó con una alfombra de publicidades y telones de mantas y carteles multicolores como ocultando teatros. Y la función fue a con¬tinuarse en otra parte. Y todos creyeron ser muy felices con sus actuaciones.
- Ganaremos, ganaremos- gritaban algunos y algunas. Tomados de la cintura como las Rocketts en el City Hall.
Y se diluían gritones entre las calles.
La gente, desde sus trabajos, se distraía...
IX
 
Era...
Era un hombre extraño...
Más que visible, invisible. Sin faz, porque nadie se había detenido a contemplarlo; sin cuerpo, porque nadie había sentido sus alientos. Era apenas un futuro muy pretérito...
pluscuamperfecto... Silueta efímera que al despertar se les perdía. Era...
 
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YOCASTA
Y lanzaba al viento hirientes ayes desgarradores. Sus mejillas brillantemente enlagrimadas y el maquillaje maltratado, la asemejaban a una doliente madona.
La gente que pasaba por esa calle la miraba con extrañeza. Murmuraban. Se iban. Y la mujer seguía desesperada. Tiraba de sus cabellos ensortijados de permanentes. Gemía. Parecía inconsolable. Algo acontecía en sus adentros. Deliraba.
- ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Cuánta desgracia! ¡Cómo fue a suceder! ¿Por qué pasaría esto? ¡Oh! Apenas ayer lo vi tan alegre, tan jovial y ahora... ¡Oh no! ¡No es posible! ¡No! Triste destino, portentosa vida de desgracias -y giraba sobre su propio eje, como loca- Le dije que no saliera de la casa, que podía pasarle algún percance, pero él insistió, insistió hasta que... ¡Oh! ¡No es posible! Cumplió su capricho y ahora... ¡Oh! ¡He aquí los tristes resultados...! -y se inundaba otra vez en lágrimas.
- ¿Qué le sucede señora? ¿Se siente mal? Dígame... - una anciana se acercó hasta la Magdalena que interrumpió el llanto para entre hablar...
 
- Es una desgracia larga de contar. - y se¬guía llorando.
- ¿Se le ha muerto algún familiar? - la bondadosa trató de indagar el motivo.
- ¡Más que eso! ¡Lo he perdido para siempre! Jamás volveré a estrecharlo entre mis brazos. ¡Jamás!.
- Se ve usted muy mal, permítame conducirla a su domicilio. ¿Dónde vive?
- Aquí enfrente. - y señaló temblando hacia una mansión fastuosa.
- ¿Allí? -sorprendida, como incrédula, exclamó la anciana
- ¡¿En esa casa?!
- ¡Sí! ¡Oh! Desgraciadamente sí. Creo que no voy a poder más continuar en ese lugar. Todo está lleno de recuerdos. Su presencia la percibo aún, su figura, sus delicados pasos, su voz...
- ¡Oh, qué pena! Debe resignarse. Es inevitable. Siempre ha de existir un final. Nadie escapa a esta ley. Los que que¬damos, tomémoslo con resignación. No llore ni se acongoje. Confómese. Lo perdido es difícil de recuperar, lo sé, mas... Haga una nueva vida. Recuerde que al terminar la noche viene otro día, peor o mejor, pero otro... Vea así la existencia señora, como algo que nace continuamente, Y gócela, fecúndela, llénela de amor, sin pensar en lo pasado.
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- ¡Qué confortables sus palabras! Y es que es tan angustiante. ¡Horrible! Si al menos hubiera tenido oportunidad de enterrar su cuerpo.
- ¿Qué dice? ¡Desapareció? ¿O no asistió al entierro?
- Sabrá Dios si ha sido sepultado.
- ¿Cómo? Entonces...
- Es que... -desfallecida- nadie se dio cuenta, ni los tontos de mis criados ni mi tía ni mi marido. De repente me comunicaron que no lo encontraban, que se había extraviado. Inmediatamente hablé a la policía para ver si allá lo localizaba, pero nada. Nada.
Cuatro inmensos días de angustias, de torturas, de desesperación, transcurrimos buscándolo y... hasta ayer, por la mañana, cuando me acercaba al balcón de mi recámara, temblando de melancolía, lo miré en aquella esquina -y señaló -Inmediatamente bajé para traerlo a casa. Iba abriendo la reja cuando de repente atravesó la calle. En el mismo instante un automóvil conducido por un estúpido pasó a gran velocidad y... allí... ¡Oh!, ante mí, quedó atropellado. ¡Muerto!
Caí desmayada. Varias personas tan gentiles como usted, se encargaron de llevarme a mi residencia. Alguien aprovechó esos minutos y se llevó el
cuerpo. No sé dónde habrá quedado ni cuándo lo encontraré y mucho menos... ¡Oh! -lagrimeaba- ¿Cómo podré llevar esta dolorida carga.
- ¡Cómo! ¿Se lo llevaron? No comprendo.
- Sí, algún traficante. ¡Estoy segura! ¡Oh! Creo que ya no puedo sostenerme en pie. El recordar hace que me debilite.
- ¿Traficante? ¡Es monstruoso!
- Me alegro que usted sí lo comprenda. -sonrió amargamente.
- ¿Y la policía que ha hecho?
- Como siempre, en sus laureles. No me hacen caso. Son unos imbéciles desconsiderados. ¡Perros!
- ¡Eso es un gran delito! Profanación, o algo así.
- ¡Oh! Esta es la razón por la que sufro.
- Sin embargo no alcanzo a comprender lo que me ha informado, -y la anciana se rascaba la cabeza buscándole solución al caso. Y meditaba y remeditaba en el sufrimiento de la Magdalena. (Fue un accidente. La policía debió haber detenido al conductor del carro. Y luego... eso de que fue raptado por un traficante...) E iba y venía del asunto tratando de entenderlo.
- Creo que debe irse a su casa. Hay muchos curiosos a nuestro rededor -con¬tinuó la bondadosa.
 
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- Sí, sí, sí, -como somnámbula - es lo que debo hacer.
Las dos se dirigieron hacia la entrada de la espléndida mansión. La anciana llevaba a la delicada de un brazo. Los transeúntes contemplaban perplejos aquella escena.
Cuando llegaron hasta la enrejada puerta, la Magdalena agradeció la genti¬leza.
- No tiene por qué hacerlo. Una debe ayudar al prójimo... como verdadera cristiana. - habló la buena, y en diciendo esto, la dolorosa entró lanzando sus acostumbrados ayes.
-¡Ah! ¡Ay de mí! ¡Mísero cuerpo que aun conservas la vida! ¡Oh! ¡Trágicas cadenas se aproximan! Hoy sufro. Mañana sufriré. Siempre he de sufrir. Desfile interminable de torturas. ¡Ay de mí! ¡Aaay de mííí!
Y la gente curiosa fisgoneaba desde la calle como si trataran de escuchar lo que decía tan lastimeramente mientras atravesaba un fastuoso jardín. Un hombre, alto y serio, enfundado en un elegante traje de etiqueta salió a encontrarla en graciosa carrera, a la vez que semigritaba:
- Pero mujer, ¿todavía sigues con la misma locura? Hay muchos gatos como ése en el mundo. La semana que entra
tendrás otro. Ya lo mandé traer de Europa. Será igual. Un angora legítimo. - ¿Sí? Eso crees. Nunca habrá otro como Eugenio. ¡Ay de mí!.
Y la gente que perpleja miraba aquella escena rió sorprendida. La anciana quedó vacilante, vacilada. Sintió un algo entre disgusto y desencanto. Se recargó sobre un muro cercano. Parecía confusa. No quería enojarse.
Los transeúntes prosiguieron con su ruta. La bondadosa frunció el gesto. Apretó los puños. Nadie le hizo caso. Al final movió la cabeza, y dando un risueño e incrédulo suspiro, se alejó sonriendo y quién sabe qué murmurando de los ricos ociosos, los camellos y las agujas.
 
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X
 
Era él...
Él...
...tejedor de sueños...
...quien aguarda el partido luminario...
...quien descuelga estrellas rotas...
...quien espera el instante de la marcha trascendente sin disfrazarse en caretas de-magógicas...
Era él...
...un hombre extraño...
...el Hombre...
El Hombre eterno... sin banderas...
El Hombre verdadero... sin iglesias...
El Hombre duradero... sin cadenas...
...el hombre oculto... la simiente sana... la materia
superior del universo... inconcluíble energía
adormecida...
Él era.
Él.
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EL PRINCIPE FELIZ
Pos fíjate que sí, pa' qué te presumo. Soy de barrio y como ves, la calle donde vivo se parece a las demás, la neta, pero tiene algo distinto que la hace diferente a todas, diríamos... iPersonalidá! ¡Personalidá! ¡Eso! ¡Eso! Aunque estrecha y húmeda, es reacogedora iah! iy qué acogedora es! sobre todo cogedora. (¡Jo, jo, jo, jo!) No te rías, es lo bueno. A su largo (me agarras ¡Jo, jo, jo, jo!) como que las fachadas se descorren en medio de balcones y ventanas cayéndose de ropa húmeda y dejan ver portones derruidos de rucas vecindades entre anuncios de los más variados comercios que brindan sus productos a quienes pasan por ahí, como inocentes victimas de mis vecinos ratas. (¡Ji, j¡, ji, ji!) Digo, honorables comerciantes.
Mira, ahí lucen sus pintarrajeados letreros, desde la esquina oriente, nuestra presumible panadería cotidiana: "La Multiplicación" y la fonda de Doña Chucha; al lado, la incitante "Aquí me quedo", cantina de chúper categoría, después la suculenta supercocina "La Purísima y junto a ella, como avergonzada de su fuchi aspecto, los excusados públicos. (¡Je, je, je, je!).
Y ve a continuación "La caja de Pandora", pinchurrienta bodega de pollos pasados a la historia por manos extrañas y despiadadas; le sigue, como gemela de la anterior, "El Edén", accesoria destinada a la venta de fruta y legumbres de dudoso origen. De inmediato la tiznada plomería "Hercules", a punto de desplomarse, (i Je, je, je, je!) Luego, la carnicería de Don Cándido: La Flor y Nata de las Damas", donde se consigue todo tipo de carnes, huesos y cueros (¡Je, je, je, je!) Junto a esta se halla la entrada más ténebre y macabra del vecindario, un edificio a punto de derrumbarse con cien viviendas superhabitadas y a unos pasos, el taller de zapatos agonizantes "London and New York", la carbonería "El Sol" y un restaurantito apenas inaugurado, "El Milímetro", que por cierto, ha causado sensación entre los vecinos por lo a todo dar de sus tortas, de sus tacos y de sus caldos...(¡Ji, ji, ji, jü).
Ya pa' terminar, mi calle se engalana pípirisnais con dos pomposas y relamidas casonas: una dizque neoclásico francés de los tiempos porfirianos y la otra, muy destruida por el temblor del 57 que'sque barroco colonial, según nos apantalla el dueño pa' aumentarnos la renta. ¡Pinche viejo!
 
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Ahora ven; vamos a la acera poniente, ahí está la tienda de abarrotes "El Refugio de los desesperados" que revienta de la más variada y diversa mercancía comestible y bebestible ¿o no? (i Ji, ji, ji, ji!). Y nada menos que en el rascacielillos del lugar, quince pisos. Es como el cuerno de la abundancia comercial. Su dueño es a toda madre, ¡Lástima que dicen quesques puto!. Junto a ella, un almacén de fruta fresca y podrida; luego la huevería "Para huevos los míos"; (¡Jo, jo, jo, jo!), la pulquería "Pior es nada", en la que se expende el pulque pulquérrimo del barrio y la más pobretona fonda de la calle, pero la más concurrida por lo barato de sus antojos. Y a un lado ves esas dos misceláneas: "Las mellizas", compiten por ganarse la voluntá de la clientela y tres enormes restaurantes que con el bullicio de sus sinfonolas no dejan dormir al desvelado vecindario a ninguna hora del día y de la noche...(¡Je, je, je, je!).
Así es esta calle en donde vivo, una calle como muchas, pero que tiene personalidá. Siéntela: Ruidos por la madrugada. Ruidos por la tarde. Ruidos a todas horas. Griterío cotidiano. Confusión. Siempre confusión. Murmuraciones maliciosas. Consejas extrañas. Cuentos atrevidos. Relatos macabros. Cacas
históricas. Líos hediondos. Historias risibles. Qué aquí... Que allá... Que más allá... Que acá... Que ése... Que aquél... Que aquélla... Que éste... Que ésta... Que hizo... Que no hizo... Que es... Que no es... Que llegó... Que no llegó... Que arriba... Que adelante... Que abajo... Que atrás... Que así fue... Que así no... Que es la verdá... Que es mentira... Que se sospecha... Que se lo llevaron... Que lo metieron... Que no se metió... Que sí... Que no... Que se la... Que no... Que le pegaron... Que ya... Que todavía no... Que fulano... Que zutano... Que mengano... Que perengano...Que... ¡Oh! ¡Chismes y más chismes! ¡Como en desfile interminable...(¡Je, je, je, je!)... Per'ora que me acuerdo, ¡deveras, fíjate que, dizque dicen que dijeron que decían lo que habrían dicho que dirían de...
- ¿Ya se fijó en tencha, comadrita? A mí se me hace que...
- (Sonrisa de aprobación) Pos' a mí también.
- L' otra vez yo la vi con mis propios ojos, como que son míos, que se iba con el tigre, el de la carnicería de Don Cándido. Dijo que iba al cine...
- ¡Qué casualidá!
- Ya se le nota reteharto.
- ¡Shh, comadrita! Ahí viene...
 
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- (Superamable) ¿Qué tal tenchita?
- (Seria) ¿Cómo le va?
- Pos... No tan bien como a ti. (Burlesca).
- ¡Largúese borracho desgraciado! ¡Gorrón! ¡Mantenido! ¡Muerto de hambre!
- ¡Bah! ¡Qué delicada se ha vuelto! Ya me voy y ya no vengo. No faltaba más. Eso se saca uno por visitar a los viejos amigos.
- ¡Qué amigos ni que ojo de hacha! ¡Usté es un briago de marca! ¡No quiero que me ande sonsacando a mi Juan!
- i'ta bueno! ¡Ya estarás jabón de olor, ni que perfumaras tanto!
- ¡Lárgueseme ya! ¡Muerto de hambre! ¡Borracho desgraciado!
- ¡Angelito! Te estaba esperando...
- Vengo rápidamente. No más pa' que no digas. Se me hace tarde pa' la escuela.
- ¿Sí? Pues abrázame...
- Antes caite con la lana. Dando y dando pajarito parando...
- Ten, son cien...
- ¿Nada más? ¡Buh?
- Ten cincuenta más, pero ya...
- 'Ora sí... ¡Pa' luego es tarde! Pon el nidito para que se vaya entrando.
- ¡Ahh...! ¡Papacito...!
Y le dio una santa paliza que hasta creo le rompió un brazo.
 
- ¡Qué bueno que se lo lleva la patrulla. A ver si así escarmienta.
- Y ella también.
- ¿Y por qué ella? Si es tan buena, tan trabajadora.
- ¡Qué buena va a ser! No sabe que andaba de quisquillosa con el de la huevería. Ese que se cree Charles Atlas. Siempre anda presumiendo de que está muy bien dado.
- ¡Huy! Entonces lo tiene merecido. (No me caería mal una restregada también con él. Esta re'macizote y... Aunque me pegara mi marido como a ella. Ahora que regrese...pa'que se desquite... que me masacre…)
- ¡Angelito! ¡Angelito! ¡Donde estás muchacho del demonio! Se hace tarde pa'la escuela. ¡Angelito!
- Ya se fijó en lo presumidos que se han vuelto los del nueve? No más porque la hija es secretaria se sienten los muy muy...
- Así es la gente. Nomás tienen tantito y se les sube...
- Nosotras los vimos cuando estaban en la vil calle, muertos de hambre y ahora se creen los millonetas.
- ¡Ándale hija, vamos al rosario! Ya están llamando.
- Ya voy mamá. Espérame un momentito.
 
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- ¡Nada! Primero la iglesia y luego la televisión
- Es que está a todo dar el programa.
- A ver...
- ¡Adiós Lupita! ¡Qué buena te estás poniendo! ¡Cuídamelo! No te lo gastes.
- ¡Majadero!
- Así me cuadran, respondonas, porque nomás que lo sienten, ya ni responden.
- Ándale mamá! Se hace tarde pa'l rosario.
- ¡No estés fregando! Deja ver el programa...
- Les embargaron los muebles a los del siete.
-También no pagan. Son retracaleros. No más pa'quedar bien se endrogan.
- ¡Qué bueno! Para que se les quite lo tranza.
- ¿Te fijaste en su peinado? ¡Qué extrava-gante! ¿Verdá tú?
- ¡Ay sí! Se siente la divina garza envuelta en seda. Se cree la María Félix.
- También con ese negocio gana lo que quiere... Hasta ganas me dan de hacerle la competencia.
- ¿Y para qué? Si tu viejo te da bastante, ¿no?.
- ¡Ah! Eso sí, pero él siempre dice que nunca me conformo. Por eso me da coraje con esa tipa. Una que es decente
no puede tener lo que tantas veces en nuestros sueños hemos deseado. En cambio la descarada de la Lupe...
- Pero fíjate en qué trabaja. Así hasta tú... y yo... ganaríamos lo que quisiéramos. ¡Esto nos pasa por ser asquerosas! Aunque viéndolo como se debe, somos más mejores que ella, pues no comerciamos con la carne.
- ¡Ah! Eso sí, pero lo que más me da risa es su peinado. ¡Qué essstravagente! Y tanta elegancia para atender una simple y vulgar pollería de mercado.
(¡Ji, ji, ji, ji!) ¿Cómo la ves desde a'í?. Así, más o menos, creo que más, es la calle donde vivo, semejante a todas, pero con un algo que la hace diferente y particular, carnal.
A cualquier hora del día o de la noche hay algo que ver o escuchar. Ora canta una borrachita decepcionada sus ¡cómo sufro!; ora suena un cilindro; ora repiquetea la marimba su guapachosa tropiquera frente a las fondas cercanas; ora se escucha el escandaloso de un automóvil pasado de moda; ora ladran los perros; ora maúllan los gatos; ora gritan los niños; ora aúllan los vendedores ambulantes sus mercancías, ora martillean en la plomería; ora se escuchan mil radios en distintas estaciones al
 
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máximo volumen, como en competencia; ora dos mujeres se madrean en la cola de las tortillas; ora se oye la súplica de un teporocho; ora se mezclan todos los ruidos armónicamente y... ¡Je, je, je, je!
Así es la calle donde vivo, como pocas, ¡Jo, jo, jo, jo! jAaaaah! Pero eso sí, ( suspiro ) en ella tengo mí feliz nido de amor... ¿Eeeeeeh?
 
XI
Era un hombre:
EL HOMBRE.
Menos nada y nada más que quien nos mueve...
...quien nos libera...
...quien nos altiva...
...y salva.
Y seguirá siendo...
EL HOMBRE.
 
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EL LOBO ESTEPARIO
Entre la multitud que aguardaba el momento cuando la taquilla de la sala cinematográfica fuera abierta, una mujer emperifollada de mediana estatura, llegó en compañía de otra semejante y refunfuñó meciéndose como piñata enjoyada de extravagancias: - ¡Ay! ¡Mira nada más cuántos! ¡Parece que no hay otro cine y otras películas para pasar el rato. Tal parece que todo mundo quiere ver la misma. Debían haberla proyectado en más salas, pero el caso es hacer sufrir al público. Ni parece que pagamos por verla. Y todavía falta media hora para que la función principie. Ya debían comenzar a vender los boletos ¡Qué bárbaros! Y desde el pórtico del cine miró con desespero y cierto desprecio al gentío que alargaba una cauda al parecer inacabable.
Acaso la emperifollada pensaba en la manera de obtener las entradas con suma facilidad y lo más rápidamente posible. Así veía a su rededor como si buscara a alguien que la salvara de su tribulación y fruncía el seño.
En eso se encontraba, cuando su mirada fue a posarse en una joven que también aguardaba en la formación el
momento de adquirir los boletos. Se hallaba como a siete personas antes de la taquilla. La mujer se dirigió hacia ella con paso firme y al llegar, se la quedó viendo unos momentos con curiosidad y después exclamó alzando los brazos, como en señal de inmensa alegría.
- ¡Martita! la joven volteó sorprendida.
- ¿Me habla usted -interrogó.
- ¡Claro! ¿No te acuerdas de mí, Martita?
- Discúlpeme, pero... Pero no me llamo Marta sino Rosa.
- ¿Rosa? Ah, pues sí! ¡Cómo fui a confundirme! ¡Rosita! ¡Sí! ¡Rosita!. Ya me acuerdo. ¡Qué cabeza la mía!
- Insisto en que yo no la conozco.
- ¡Como de que no! Si yo soy íntima amiga de tu mamá. Ella se llama... -y trató de recordar un nombre perdido en lo inexplorable de su memoria. Tronaba con desesperación los anillados y esqueléticos dedos y cerraba los ojos como forzándose al hallazgo.
- Irma... musitó la joven para ayudarle en sus intentos.
- ¡Claro que Irma! ¡Qué memoria! Cuando éramos jóvenes iba muy seguido a las fiestas que yo hacía en mi casa. ¡Somos muy buenas amigas! En aquellos bailes conoció a tu papá...
 
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- Según sé, a él no le han gustado nunca las fiestas.
- ¡Oh! ¿Eso te ha dicho? ...jo...jo...jo...! ¡Qué pillo!
- ¿Entonces usted conoce a mis padres?
- ¡Claro! La buena de Irma te llevaba a visitarme cuando eras pequeñita. No sé cómo es que no te acuerdas de mí...
- Tal vez.... pero...
- ¡Sí! Tendrías unos dos o tres años apenas...
- No recuerdo... Por más que hago el esfuerzo... -y sonreía como apenada.
- ¡Ah! qué caray! -y permaneció unos segundos en silencio para luego romperlo bruscamente- Hace tiempo que no veo a Irma. ¿En dónde viven ahora? Quiero ir a saludarla un día de estos...-y así estaban hablando cuando la taquilla se abrió y comenzó la venta de localidades.
- ¡Después se la digo ¡Ya empiezan a avanzar. -Cortó la joven con señales de alegre y entusiasta alarma.
- iAy. Rosita! -con fingido empalago- ¡No seas mala! ¡Cómprame dos! ¿Sí?
-Y la muchacha, aunque hubiera querido, no pudo negarse. Aquella persona parecía ser una antigua amiga de su madre, creía haberla visto antes, pero no la recordaba bien. La jovencita accedió. Tomó el dinero con prontitud, como si
hubiera deseado que nadie lo notara. Mas sus precauciones resultaron vanas. Los de atrás protestaron ante esa arbitrariedad.
- ¡A la cola! ¡A la cola!.
- ¡Llamen al gendarme!
- ¡Que se forme! ¡Uno está formado desde hace una hora...! ¡Vieja comodina!
- ¡Sáquenla! - un desconocido gritó creyen¬do que se había metido a la fuerza.
- ¡Ay que gente tan grosera y sin educación. ¡Qué país de bárbaros! -y la emperifollada los miró furibunda y se enfrentó a todos despectiva y arrogantemente-¡Gentuza de la estepa! los calificó despótica.
La joven llegó hasta la taquilla e hizo la compra. Las damas súper adornadas la esperaban sonrientes, cual derramando miel de gratitud. Rosita regresó hasta ellas y dio los boletos a la aparente amiga de la familia para decirle después sonriente:
- Vivimos sobre esta avenida. En el número 1944 tiene usted su casa.
- ¡Gracias chulita! A ver qué día voy a visitarlas. Saludos a tu mamá.
Y las dos ornamentadas mujeres se perdieron entre el bullicio de la multitud.
La muchacha permaneció unos instantes en aquel sitio, como si
 
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aguardara... A los pocos minutos una mujer gorda se aproximó hasta ella y la recibió gustosa. Inmediatamente le narró lo sucedido:
- Pues sí, mamá, tan pronto pasó todo que hasta su nombre olvidé preguntarle.
- ¿Quién sería? -murmuró intrigada la madre y entraron.
En la penumbra de la sala cinemato¬gráfica dos voces comentaban risueñas: -...y la pobrecita se quedó confundida, ¿verdad? Lo bueno fue que ni nos formamos. ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! La lucha es la lucha...!
Para tanto bruto, siempre hay un astuto. Y para un buen lobo, siempre existe un bobo.
 
XII
Subsiste en el silencio.
Late en nosotros.
Persiste en la esperanza.
Tiembla en la palabra.
Resiste en la inconstancia.
Él...
... quien en verdad somos...
...a quien desean encarcelar para siempre...
...Él...
...el ser...
...un ser...
...tan nuestro como cada día santificado... ...sin estar en los cielos ni en la tierra... ...sin hacerse aún su voluntad.
 
Él…
 
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MARCELINO, PAN Y VINO.
(Va a salir el nombre de mi papá en los periódicos) El niño atravesó la calle entre el vómito de automóviles y camiones que salían del paso a desnivel. Los citadinos se atropellaban unos a otros (Va a salir su nombre ¡Va salir, va a salir!) en afanosa carrera por llegar con la mayor rapidez a sus labores cotidianas.
El niño atravesó la calle. (Es un gran inventor) (Va a salir su nombre en los periódicos).
Empleados, comerciantes, profesio¬nales, gente sin ruta fija le impedían dirigirse con prontitud hasta el puesto de periódicos cercano al encuentro de la noticia anhelada. (Así lo dijo la vecina). Y algunos lo empujaban, pero él no se amilanaba.
Eran como las ocho de la mañana. Y el niño daba más velocidad a sus pasos.
El cielo se confundía con el tono grisáceo de los edificios. (Quizá salga también su fotografía) La niebla matutina de los días lluviosos de invierno bañaba en desolantes caricias la faz mortecina y agitada del centro de la urbe. (¡Va a salir! ¡Va a salir el nombre de mi papá!) Y corría.
Así atravesó la calle.
La multitud burócrata en pululante escándalo, en desesperada monotonía, se apresuraba al diario inicio de sus actividades, casi siempre sin fruto, desalentadoras, porque no se realizaban con esa sed de crear, de hacer algo distinto, diferente a lo de siempre, sino que se sumergía en la rutina aletargada, en el mecánico proceder cotidiano de máquinas y botones; de anuncios y estereotipos; sin saber que la vida auténtica deviene siempre constante creación, renovación de lo trivial y de lo ordinario.
Eran como las ocho de la mañana. El niño atravesó la calle.
De su rostro emergía una como recóndita dicha de un encuentro futuro; ansiosa y eternamente esperado. Sus ojos reflejaban entre brillantes y variados matices la conmoción provocada por la esperanza, por esa promisoria ilusión...
Eran como las ocho de la mañana. (¡Cómo tarda el semáforo en dar el siga!)Después de haber recorrido con vehemencia aquel trayecto que comprendía (¡Al fin!) de su hogar, en el último departamento de un edificio chaparro y con aspiración de moderno, situado a dos cuadras de ahí, hasta la esquina en la que aparecía zalamero y
 
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orgulloso el puesto de revistas y diarios, el niño sonreía como si dentro se hubiera llenado de un elíxir desconocido. (Por ahí debe estar. Por ahí. A ver... ¿Dónde? ¿Dónde?) Y abría desmesurado los ojos en pos de su hallazgo. El chiquillo buscó en los encabezados y en las partes de menor importancia de los periódicos del día lo que deseaba encontrar, pero... Eran como las ocho de la mañana. (A ver dónde...) Y solo leía informaciones distintas.
LA GUERRA A PUNTO DE ESTALLAR. HUELGA EN LA DESCONSOLADA. (No entiendo) TERRIBLE ROBO Y ASALTO EN LA PENITENCIARIA. LE ROBARON A LA PRINCESA HUEVONIA SU COLLAR DE ESMERALDAS. FRACASO ROTUNDO DE LA CAMPAÑA MORALIZADORA. UN MILLÓN DE DOLARES PARA EL CAMPEÓN MUNDIAL DE BOX. (Tiene que estar. La vecina lo dijo) ASQUEROSO CRIMINAL QUE VIOLA A SU PROPIA MADRE. EL ÚLTIMO GRITO DE LA, MODA ES LLEVAR LA BOCA TAPADA, ESTILO ORIENTAL ESTIMABLE Y ORIGINAL COLECCIÓN DE ROPA INTERIOR, ÚNICA EN EL MUNDO, TIENE LA DESTACADA DAMA DE NUESTRA ALTA SOCIEDAD: DOÑA BEATA ABURRU DE LOS ALTOS MONTES Y DEL VALLE DE LAS LOMAS.
MATO PARA DARLE DE COMER A SUS HIJOS. LA RELIGIÓN ES UN FRENO PARA EL ADOLESCENTE, DECLARA LA TRINFADORA EN EL CONCURSO SEÑORITA CATOLICISMO. INCALIFICABLE ATENTADO SUFRIÓ DON ABUNDIO ADODESALM. HONORABLE PRESTAMISTA. BEBA VIDA. TOME CACALOCA. EN NUESTROS ALMACENES ENCONTRARA LA FELICIDAD. DIRECTORES INGNORANTES EN ALGUNAS ESCUELAS HACEN NAUFRAGAR LA REFORMA DE LA REFORMA EDUCATIVA, SECUESTRO A MANO ARMADA. CON SEXI, SI. NUEVAS PRUEBAS NUCLEARES DENTRO DE PRONTO. LA UNION DE MACHOS DECLARA LA GUERRA A LOS HOMOSEXUALES. SE INVERTIRÁN CIEN MIL MILLONES DE PESOS EN LA COMPRA DE ALGUNOS BARCOS USADOS. ASALTADO Y GOLPEADO EN UN CAMIÓN. NO SE ATORMENTE, VISITE NUESTRO BAR CLUB. (Trueno desalentado de labios) Y el niño vuelve a su casa. (¿Por qué no saldría?) Por donde mismo. (La vecina lo dijo...) Entre los mismos... a lo mismo. Sus ojos se abrían y cerraban tratando de explicarse algo, pero aún no lograba conciencia.
 
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A su lado, todo un mundo de indife¬rencias se atropellaba. Y cada cual con su qué sin importancia se estremecía tras un quien, sin más respuesta que el vacío con apariencias de movimiento, intenso tráfico de mecanos.
XIII
Quien se aterra ante el dolor humano.
Quien padece con los que sufren.
Quien a veces llora por las quimeras rotas.
Quien lucha tras el canto derrotado.
Quien no doblega su mirada puño.
Es él... ...el hombre auténtico...
...la semilla pura... Era quien es en el será de los antiguos presentes del futuro...
¡Qué extraño hombre decían!. Cabellos blanquilunos y sin embargo radiante de solares alborotos...
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FAUSTO
- Esto es lo único que sé... (¡Todo lo que hay en la vida no sirve! ¡La existencia es inútil! ¡Es nada! Uno viene a este mundo para conocerlo simplemente, como en viaje corto y fugaz, sin oportunidad de extensión.
¡Cuántas necesidades acarrea el delirio de vivir! ¡Cuántos absurdos deseos! Siempre provocados e inservibles.
Después del esfuerzo y de los sacrificios, la muerte llega, llegará y todo... absolutamente todo ha de escapar de nuestro lado. Como vinimos, nos iremos. Somos mínimos pedazos de tiempo, sin tiempo, a destiempo.
Yo quisiera perdurar. Quizá tú también, ¿No? Poder existir sin temor a lo desconocido, ser magno, infinito, como un dios; aunque los dioses tampoco duran, el hombre los cambia a su imagen y conveniencia. Ojalá que cuerpo y alma se eternizaran por los siglos de los siglos, sin amén.
i... por qué tendremos que morir...?).
(El hombre busca repleto de ilusiones, henchido de anhelos, la felicidad y cuando cree haberla encontrado: ¡Bah! ¡Muere! Muere el ser. Muere la esencia. Muere todo. Morimos desgraciados por la
felicidad que casi poseímos y que se escapa con nuestra muerte. ¡Felicidad! ¡Felicidad! Tantas veces pensamos en ti que constituyes tormentos inefables, indescriptibles, llenos de terror. Te buscamos fuera sin saber que tú estás tan dentro; sólo que cuando nos damos cuenta, no alcanzamos a gozarte y morimos contigo, apestándonos contigo, pudriéndonos contigo. Queremos ser felices y... sin embargo, ida risa!, sufrimos. ¡Sufrimos! Algún día vendrá la parca hambrienta y lo que hayamos hecho de nada nos habrá servido para nuestra felicidad ególatra. Sí, porque somos ególatras, ególatras por naturaleza y sociedad. Lo que deseamos es para nuestro propio bien, para nuestras satisfacciones íntimas. ¡Mentira que hagamos de la bondad un escudo y que luchemos para lograr la dicha de los demás! Atrás de las apariencias va nuestro dulce oportunismo utilitarista, y algo más... que nunca se sospecha, porque lo disfrazan con carteles dizque...
¡Somos hipócritas! ¡Ja! ¡Frágiles hipócritas! ¡Deleznables!).
Ayer... siempre lo recuerdo. Sí, siempre, siempre...
(El que hace el bien es para lograr su propia alegría. Dichosos los animales que
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vienen sin saber que vienen, que viven sin saber que vienen, que mueren sin preocuparse por ello. Inútiles ron las promesas, los sacrificios, los amores, los temores, ¡Todo!; si tenemos que morir. Ley de la vida cruel. De esa inflexible norma nadie escapa. ¡Y dicen que es el destino! i Pero no! i No es el destino! ¡Sí! ¡No! ¡No! ¡No! Es lo natural. Lo natural. Volver a nuestra madre común, luego de haber osado enfrentarle nuestra autonomía. Madre Naturaleza, perdona mi ofensa, tú eres lo único eterno, porque tú eres la vida... y la muerte. Todo) Cuando era niño...
(Pero por qué esta perenne preocupa¬ción de ser inmortal. Sin duda se debe a la ambición, al deseo... Si supiéramos evitarlo, si quedara suprimido... ¡Sí! ¡Alcanzaríamos el estado perfecto! ¡Nada nos preocuparía! Pero... seríamos seres sin espíritu, peor que bestias, menos que piedras.
Las rocas no luchan ni se exaltan ni hacen algo para sobrevivir y perdurar, sin embargo, son inmortales. Mientras que aquellos que poseemos el enigma de la existencia, morimos, morimos. ¡Oh! ¡Por qué todo tiene que principiar en el polvo! ¡Porque todo tiene que terminar en el polvo! ¡Porqué! ¡Porqué!).
Un hombre con apariencia de loco que murmuraba silencioso en la oscuridad del cuarto, comenzó a llorar, a llorar ríos, a llorar mares, a llorar océanos de semen. De pronto sintió que iba engrandeciéndo¬se en su pequeñez y gritó desesperada¬mente:
-¡No! ¡Aunque la muerte termine con la vida, aunque natura venza, siempre quedará la huella de nuestro paso por el mundo hasta que la dominemos. La dominaremos. ¡La dominaremos! El hombre es el ser superior. Es él el creador de lo existente, el hacedor de lo inexistente y de lo precedente y de lo consecuente y de lo... ¡El ser humano es majestuoso! ¡Río de haberme atormentado! Sirvámonos de la naturaleza para gozar, pero no nos esclavicemos a ella. Nuestra inmortalidad está en la creación y lo demás son pequeñeces: dinero, sexo, poder, fugitivos placeres, placeres mortales; cadenas, tormentosas de los hombres pequeños, pequeñitos. -Y el loco de mente normal comenzó a reír a campanadas, a carcajearse como vuelo desesperado de palomas, a gritar burlas y arrogancias.
Tomó una botella de vino, quién sabe de dónde, y brindó ante alguien invisible, mas cuando iba a beber, intempestivamente arrojó la copa de
 
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cristal cortado en la que se había servido hacia un rincón y quedó inmóvil. Su euforia se fue convirtiendo lentamente en temor, en tristeza. La luz mortecina de una lámpara que se apagaba y se encendía, comenzó a entrar por el amplio ventanal del cuarto en donde se encontraba el deprimido. La silueta del complicado principió a configurarse.
De repente, el loco de mente normal comenzó a murmurar pesaroso, afligido: - Solo, solo y triste, envuelto en los abismos infinitos del arcano. Solo, solo y triste, con el alma inflamada del anhélito de un sueño... Solo, solo y triste, con los ojos impregnados de temblores cristalinos. Solo, solo... ¡Solo! con los labios plasmados de violetas. Triste... triste... Con el alma fragmentada. Triste y solo. Sin aromas. Sin estruendos. Sin torren¬tes.
¡Solo! ¡Solo y triste! ¡Triste y solo! ...solo...
¡Todos estamos solos! Nadie quiere compartir la soledad ¡Qué egoísmo de solitarios!
Y el loco de mente normal deslloró. Ni una lágrima más. Respiró con profun¬didad.. Sintió elevarse. Colocó un disco en el fonógrafo y una extraña música empezó
a apreciarse. Era como una melodía infantil y atávica.
Algunos individuos que se encontraban en un patio cercano, dirigieron su mirada hacia la ventana de donde salían aquellas notas. Poco a poco fueron apareciendo más seres en aquel sitio. Primero cuatro, luego seis, después muchos y al cabo de unos instantes, un desmesurado humanerío se deleitaba como hipnotizado con la tonada desentonada. Y todos la aceptaron, sin refunfuñar; sin decir buena o mala. Parecía de todos conocida. Con que fuera famosa bastaba. Y si había llegado a la fama, era por algo. Al fin que nadie se percataba de menudencias capitalistas.
Cuando el loco de mente normal se dio cuenta del público, salió cubierto de mil ropajes y adornos para trepar al ventanal con el fin de que lo vieran. Los hombres lanzaron vítores y vivas, como contagia¬dos, y de improviso exclamaron en coro:
Somos las aves que van por el cielo
solitarias.
Somos las nubes que en su lento vuelo son plegarias.
Somos como el rayo que potente estalla estruendosos.
Somos como el valle que por siempre calla silenciosos.
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Somos amor para aquél que no ama...
y nos odia.
Somos murmullo y el himno que inflama
y rapsodia. Somos la paz, el infierno, la gloria, el deber.
Somos el goce, la dicha, la euforia,
el placer. Somos el viento, el vapor y la nube
anhelada. Somos el pueblo que baja y que sube... ¡Somos nada!
Venite populí!
Y aquella muchedumbre caleidoscópica fue acostándose en el piso, como en dilución, hasta quedar adormilada, como inyectada de sedantes. Entonces el loco de mente normal entró al cuarto. Sólo el sabía que... pero lo callaba.
Se dirigió hasta una percha, cogió una gabardina que en ella pendía y tomó un maletín caído a propósito en un sofá. Se aproximó a la puerta, abrió y engendran¬do un hondo suspiro, salió tranquilamen¬te como satisfecho. Y miraba a todos como muy seguro de catalogarlos en alguna Taxonomía neurótica. - Me saludo. Afuera se veía un letrero que decía: JEFE DE PSIQUIATRAS DEPARTAMENTO DE ORIENTACIÓN MANICOMIO CENTRAL
Y yo me quedé extrañado, como niño al que no le dan su prometida golosina de costumbre, sin consulta; quien sabe por qué, hondamente triste, como despojado.
 
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XIV
 
Era... el hombre alado...
el hombre hierba...
el hombre agua...
el hombre fuego...
el hombre tierra...
el hombre...
los hombres...
las mujeres...
las mujeres del hombre...
los hombres de las mujeres...
las mujeres de las mujeres...
los hombres de los hombres...
Todos en una simbiosis de sueños...
todos en uno...
uno único...
pero en todos...
uno y todos.
uno solo.
solo...
aunque en nosotros.
Tú.
Yo.
Todos...sobre todos...bajo todos...entre todos...
Era...
 
LA DOLCE VITA
Jueves Santo, día sagrado, visita de las siete casas. Congoja. El fervor católico se extiende por los rumbos más alejados en creciente e interminable desfilar. Se dirigen hasta los templos de Jesús para cumplir sus devotos y piadosos deberes.
Iglesia tras iglesia, calle tras calle, se contempla la multitud. La tarde va como enamorándose de la noche. Los últimos fulgores de luz natural principian a ser opacados por las primeras luces mercuriales. Sombras que ríen de dolor se miran en tránsito sin fin y sus murmullos trascienden más alias...
PRIMERA VISITA
Una limosna por el amor de Dios...Una limosna por la Santísima Virgen Purísima...Una limosna por la Santísima Trinidad. Una limosna para este pobre ciego. Una caridad... ¡Órale no empuje! ¡Parece animal! ¡Pos usté tampoco! ¡Fíjese pa'ónde camina! ¡Lástima de ropa! ¡Rota desgraciada! (Cordero de Dios, Ruega por todos los pecados del mundo) Coja cincuenta de este billete. Dios se lo pague. Tenga su pan bendito de reliquia.
Tenga usté siñora. ¡Señorita, si me hace favor! Usté dispense. ¡Ni creas que por esta miseria te voy a dar pan! ¡Aquí están sus buñuelos, marchantes, pasen... ¡Pasen a tomar atole! ¡Alegrías! ¡Alegrías...!
SEGUNDA VISITA
Una limosnita por favor. Dios le dé más. Dios le dé más. Dios le dé más. (Y a mí también) ¡Compre la visita de las siete casas! ¡A veinte en oferta! ¡A veinte! Sepa cómo rezar, sepa qué hacer... ¡Cuadrigentésima trigésima quinta edición! ¡Corregida y aumentada! ¡Qué descaro! En estos días santos y con ese vestido. ¿No le dará vergüenza? ¡A veinte! Ni la conoce. ¡Mira nada más! ¡Lo lleva arriba de las rodillas! ¡Y qué entallado! ¡Qué ridícula! Cree que se ve muy bonita. También su madre le pone la muestra. ¡Fíjate! ¡De pantalones! ¡Huy! ¡Qué desfachatez! ¡Ave María Purísima! Sin pecado concebido. ¡Y mira aquéllos! El hombre la lleva del brazo. ¡Qué irrespetuosidad! (Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) Yo de buena gana excomulgaba a todos los que nunca dan una limosna a nuestra Santa Madre Iglesia. Esos guarachudos pasaron
 
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como si nada... ¡Chicharrones! ¡Chicharrones! ¡Aquí están sus chicharrones!
TERCERA VISITA
¡Vaya a pedir limosna a otros lados! Aquí está prohibido. 'Ora tan siquiera, ¿no? ¡Lárguese holgazán!, antes de que llame a los gendarmes. Ta'güeno, padrecito. ¡Mamá! Esos hombres desde hace rato que nos vienen siguiendo. En los otros templos también los vi. ¡Ay, Jesús! ¿Nos querrán asaltar? ¡Qué miedo! Encomiéndate hijita. ¿Y si nos quieren raptar? ¡Ay, nanita! No nos vayan a hacer algo malo, sobre todo a ti. ¡Oh! (No están muy feos) ¿Querrán abusar de mí? ¡Cállate hija, no sabes lo que dices! (Menos mal que fuera eso...) Con suerte quieren matarnos. ¡Ay dios mío! ¡Socórrenos! Vámonos ya. Salgamos rápidamente. (Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) ¡Aquí están sus aguas frescaaaaaaaas! ¡A peso las tortas! ¡A peso, pase, a peso, a peso, a peso, pase! ¡Pase! ¡Sabrosas las tortas! ¡Empanadas de vigilia de queso, de pescado...
CUARTA VISITA
¡Compadézcanse de mi dolor! ¡No tengo manos ni piernas ni ojos! ¡Una limosna para esta pobre mujer lisiada y para su hijito recién nacido! (Señor, tú que sufriste y penaste por nosotros, ayúdame, No permitas que del horrible y asqueroso pecado que anoche cometí, vaya a nacer un niño. ¡Ayúdame! No quiero casarme tan joven, además, yo no quería, ella, poseída por el demonio me tentó, me provocó. ¡Qué diría mi novia y sus familiares! Que con la criada. Ellos que son de la liga. ¡Oh, no! Señor, te lo suplico) Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo. ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Padre nuestro que estás en los cielos... Dios te salve María, llena eres de... Socorre a los necesitados. Protege a los desamparados. Bríndales la luz a los perdidos. Ruega por ellos. Ruega por él. Ruega por mí. ¡Tacos! ¡Tacos joven! ¡Paletas! ¡Paletas! ¡Merengues! ¡Merengues!
QUINTA VISITA
¡Huy, qué viento tan frío! Y eso que apenas comienza a soplar... Si quiere yo
 
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la cobijo y la caliento... ¡Grosero! ¡Majadero! ¡Irrespetuoso! (Ojalá fuera verdad, pero en otro día. ¡Está como para chupárselo!) Mira nomás que anillazo trae esa güereja. ¡Debe costar carísimo! Dios quiera que se le caiga para recogerlo. ¿Y te fijas en su collar? (Ojalá pudiera, entre la bola...) (¡Qué buenota está esa vieja!) Por la señal de la Santa Cruz. (Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) Aquí está el agua bendita, deposite su limosna y tome tantita. Purifíquense, purifíquense, colabore con la iglesia, deposite su óbolo. ¡Tamales! ¡Tamales de chile... (¡Me agarras!) de dulce y sin carne. ¡Sopes! ¡Tostadas! ¡Garnachas! ¡Pasen! ¡Pasen! ¡Aquí está el pajarito que adivina y predice el futuro de ¡as señoritas! ¡Vean mi pajarito obediente que donde quiera se para y se mete! ¡Aquí está el pajarito! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!
SEXTA VISITA
Tome su derecha. Tome su derecha. No se vaya a la izquierda. No se vaya. Tome su derecha. ¡Eh! ¡Usted! ¡No obstruya el paso! Perdone, padre, ¡Cómo le harán para adornar con tantas azucenas al altar? ¡Debe ser bien caro! Mamita, ¿Por qué están tapados los santitos con ese
trapo morado? ¡Cállese mocosa! 'Orita no moleste. Déjeme rezar. No amontone las veladoras, imprudente. Puede provocar un incendio. Lo siento. ¡Qué gente tan torpe! i No sé cómo nuestro señor no se apiada de esta chusma tonta y les da un poco más de inteligencia! No se enoje Sor Serenidad. Así es la plebe. (Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) ¡Mamáááá! ¡Papááá! ¡Ay, tú! Ese niño está perdido! ¡Qué padres tan descuidados! ¿Lo recojo? ¡No te metas en líos! ¡Ahí déjalo! ¡Qué te importa! Ya lo hallarán. Rosarios, escapularios, devocionarios, estampitas, imágenes, tacos, pellizcadas, buñuelos, churros, café negro, pambazos, panuchos, atole, pozole...
SÉPTIMA VISITA
Una limosna por el amor de Dios. Una limosna por la Virgen Santísima. Una limosna por la Santísima Trinidad. Oye, no son esos los que lanzaron del edificio. Sí, son unos jijos de la chingada. Shhh...silencio, ahí vienen, De veras, shhh. Glorifica mi alma al señor y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad de dios, mi salvador... Yo soy muy macho, gracias a Dios, no como
 
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esos greñudos maricones. (Cordero de Dios, ruega por todos los pecados del mundo) Lo mejor de todo esto son los antojitos y las chamaconas. ¡Ay, tú, y los chamacos también! IUf! ¡Al fin terminamos! ¡Qué cansancio! Apenas si nos da tiempo para llegar a la terminal. El camión que va para Acapulco, sale dentro de una hora. ¡Corre, si no, no llegamos! ¡No! ¡No debemos hacerlo este día! Es sagrado. ¡Sí! Si no es hoy desfallezco. ¡No! No, no debemos. Sí, vamos. Yo sé dónde. No resisto más. A la vuelta hay un lote baldío. Entraremos por una de las bardas que están derrumba¬das. El fondo está muy oscuro y nadie se dará cuenta de... ¿Te fijaste en el manotas? Sí, tan ladrón que es y viene a meterse a la Iglesia. Se va ¡r derechito al infierno. ¡No! No debemos, este día no. De una vez. Estoy temblando. No... no... No me beses. ¡Déjame, por favor! ¡Déjame! Sí, ándale, vamos... Ya se me paro... No... hoy no... ¡Aquí están sus perros calientes! ¡Caldos! ¡Caaaaldos! ¡Caldo de pescado! ¡Órale güey, parece que estamos en su tierra! Quítese del frente. Quítame si puedes, pendejo. Chinga tu madre, éntrale, ¡éntrale! ¡Al fin Mari… oooh Mari.mmmi MMMari! ¡Pe...pe... Aaaaay… Pe...pe...
aaaaaaaaaaaaaaaaaaay... ¡Shhh! ¡No se rían tan fuerte! ¡Es que nos contó, un chiste!
Y el hormiguero humano continúa inacabable su procesión. Las arterias citadinas revientan en su kermes. Los falsos enlutados prosiguen el tránsito imperecedero: actos fingidos, arrepentimientos pasajeros, bondades convenientes. Y entre murmullos, rezos, risas, carcajadas, las espinas son pretextos para farsas de piedades...
¡Nuestro es el reino de la hipocresía!
 
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XV
Y algún día antisolemne ascenderá triunfante de los subsuelos que lo clausuran y esparcirá su semilla en llamas a cualquiera que respire vida para aliviarlo de sus muertes...
Y algún día los escarnios del soborno no podrán pagar siquiera un pétalo de su nacimiento...
Y algún día los caídos en los lagos, en los montes, en los bosques, en las calles, en las plazas resucitarán sus voces y le darán la nueva forma a la sustancia imperecedera de él.
Algún día... en algún...
 
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CONTRAPUNTO
Reverberante de luces y de gente; de ruidos y de humos; de brillos y de colores, el estudio de televisión se encontraba dispuesto para celebrar el acontecimiento publicitario entre las agitaciones y correteos discretos de los técnicos.
El más fastuoso concurso de baile que se había llevado a cabo desde el inicio de la televisora, comenzaría en unos instantes. Y todo era expectación.
Los bailarines lucían extravagancias como vestimentas. Desde los elegantes y exaristocráticos trajes de etiqueta, ocultamente alquilados, hasta los sencillos o escandalosos modelos hechos por desconocidos modistas venidos a menos; desde las humildes imitaciones de joyas ambicionadas hasta las portentosas brillantes alhajas importadas de países lejanos y exóticos, de diversas maneras...
Las mujeres, jóvenes y algunas no muy bellas, se ufanaban con sus peinados de cortes roqueros y los hombres, a imagen y semejanza de un maniquí San Juan Letranero, se pavoneaban mostrando sus vestuarios de inefables estilos.
Todos aguardaban el gran momento con ansiedad y nerviosismo. La mayoría conversaba como para ahuyentar sus
preocupaciones. Y las voces se perdían ante tantos ajetreos.
- Mi peinado tardaron en hacérmelo once horas...¡No sabes cuánta dedicación para darme este realce! La ondulación a la izquierda debe ser equilibrada con los gajos de la derecha con el propósito de levantarme un pequeño copete central que se arremoline por la parte frontal y caiga justo al borde de la oreja. Estas curvas que aparecen al centro del cráneo se sostienen con un poco de gel contro¬lado con una irrigación de diamantina; de tal modo que el colorido verde haga contraste con la colita dorada que aquí ves, no, aquí mira. Así cae en punta y se ve uno "negliyé". Imagínate que choque bajé una bola de kilos nomás pa'competir a la altura de este concurso. Y como tengo patitas de bailarina pos no se me ha dificultado. Por eso yo creo que ora sí...
- Nos hemos preparado mucho. Ojala y ganemos el premio pa'que haiga correspondencia entre tantos sudores.
- ¿Una fotografía? ¡Sí! ¿Para qué periódico? Tómame mi mejor ángulo. Mira, asi: casi de perfil. Se me ve bien la nariz, el busto y mis nachitas.
- Pasamos de diez a doce horas ensayan¬do. Conocemos multitud de pasos: el cangrejo, el robinson, el patín, el reloj, el
 
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plátano bien parado, el sube y baja, la resbaladilla, el columpio, el gusanito, el gusanote, el abajo tú y arriba yo, el de ladito es mejor, el ponte blandita que ya voy a entrar, el vete adelante que voy para atrás, el poquito a poquito, el tren, el puente, el paseadillo, el trompo, el molinillo, el molcajete, el ya mero, ya mero, el apriétame que yo te aprieto,el todo adentro, el nada afuera, la campanita, el muévete mucho, el pajarito, el se hace chiquito y se hace grandote, la paloma, el se abre y exprime, el bocarriba, el bocabajo, el de costado, el de maroma, el de avioncito, el de a patita de ángel, el de a perrito, el de a mariposa, el de pichón, el de metralla, el super doblado, el un pie arriba y otro estirado, el sesentaynueve, el de en la orillita, el de empujón, el de a caballito, el de mírame que te miro, el tú vienes o yo voy, el de así, así, el entradón el machacón, el quédate así un ratito... y algunos más.
- ¡Oh! ¡Cuánta sabiduría dancística! Y el momento tan esperado, en el instante más inesperado, llegó. Las luces se apagaron bruscamente. Un anuncio apareció, sin saber cómo, gritando con sus rojos matices: ESTAMOS EN EL AIRE...
Y la pista de baile se iluminó con un reflector de mil colores y las cámaras enfocaron tal escena. La música estruendosa de una agitada variante de jazz se escuchó. Docenas de parejas que aguardaban en las sombras, salieron en conjunto para mostrar sus habilidades danceriles.
El locutor, que se encontraba loco por anunciar, exclamó para el público presente y ausente, televidente y radioyente.
- La Compañía de Estética Moderna, productora de los más prestigiados artículos para damas y caballeros, elaboradora de las camisas Seduction, de las chaquetas In, de los zapatos Nice Foot, de los vestidos Belle de Nuit, de las joyas With out Sin, de la ropa interior Out, de los trajes de baño Lady Godiva para dama y Adam para caballero, presenta el concurso que ha despertado conmoción en todo el país: -y aumentando la voz al máximo de la euforia, aulló -i El gran premio del millón! Sensacional competencia artística en la que se pone en relieve las aptitudes de las más destacadas parejas bailadoras del continente. ¡Un millón de dólares a lo mejor! -Al unísono se escucharon millares de aplausos que se confundían con el
 
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ritmo de la orquesta. -¡Comenzamos! ¡Quién ganará? (Mezclado entre los concursantes que bailan) (Movimiento rápido de cámaras) (Luces de mil colores, psicodelia) ¡Hagan sus apuestas señores! Aquí la inteligencia está en los pies.
Y en febril trote musical fueron transcu-rriendo siete horas de movimientos: Aquellos se enlazaban como serpientes; esos se retorcían como moluscos; algunos brincoteaban como mandriles; estos se retorcían como enloquecidas chachalacas, otros se arrastraban como lagartijas. Y todo era una revolución de movidas.
Después de tanta exhibición que mantenía en suspenso al país, fueron seleccionados por fin los ganadores y entre la alegría del público, silbidos y aplausos a rabiar, (Close up a los triunfadores sudorosos y despeinados, agitados, alegrados, afamados, admirados, envi¬diados...) les fue entregada la cantidad de sus sueños.
 
En otro lugar de la ciudad se efectuaba, a esa hora exactamente una ceremonia en que un representante de alguna autoridad que se había disculpado por no asistir debido a sus ocupaciones como jurado del gran premio del millón, entregaba a un
famoso y sabio investigador, descubridor de una vacuna anticontaminante que había salvado a la población de la muerte, vida entera dedicada al estudio y al bienestar del hombre, un diploma en reconocimiento a sus cincuenta años de destacada labor profesional. - Y de esta manera... -ululaba un orador, más teatral que sincero, -es como la sociedad agradecida rinde tributo a un salvador... -quince o veinte espectadores aplaudieron como con ganas...
Al día siguiente todos los periódicos de la nación publicaron en primera plana y a ocho columnas los reportajes y las amplias fotografías de los bailarines triunfadores así como los pormenores del acontecimiento televisivo.
La sonrisa a todo diente del locutor en una de las fotos, parecía iluminar al pueblo que con gusto agotaba los puestos de revistas.
A su lado los triunfadores también se miraban radiantes y empavonados. Quién sabe por qué, pero ni una mínima nota reseñó al científico homenajeado.
 
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XVI
Y acabarán las tiranías ególatras...
Y se ahogarán los beneficios egoístas...
Y se arruinarán las miserias ego-céntricas...
Y...
 
 
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LA DIVINA COMEDIA
- ¿Quién es aquella muchacha?
- ¿Cuál? -y buscaba entre el gentío que había concurrido a la fiesta.
- La de cabellos castaños y ojos verdes. Creo que es la primera vez que la veo en estas tardeadas.
- ¡Ah, sí! Ya sé quién. Es Virginia. Acaba
de llegar de Europa. Estaba estudiando allá no sé qué cosas. -¡Qué guapa es! Preséntame con ella.
- ¿De modo que estuvo usted especiali-zándose en... -y la miraba de arriba a abajo y de abajo a arriba deteniendo sus observaciones casi a la exuberante mitad. -...En Francia, en Italia, en Inglaterra, en Alemania, en Suecia y en la U.R.S.S.
- ¡Sí! -con mirada seductora respondía a sus intereses ocultos -¡Es todo tan distinto en esos países! ¡Extraordinario! i Lo que hace la civilización!
- Por supuesto... -y la música voluptuosa de un ritmo moderno comenzó a estremecer al salón -¿Bailamos?
- ¡Claro! Esa melodía me recuerda mi temporada de vacaciones en la Costa Azul. ¡Qué delicia!
 
- Es usted encantadora. Y se deshacía bailando.
- ¿Le parezco así?
- Si no, no lo diría. No me gusta decir mentiras.
- Imagino que no.
- Me gustaría invitarla al cine para mañana y luego a cenar.
- ¿En verdad? ¡Me encanta el cine! -excla¬mó sofisticada. Y fundidos en ardorosa amistad danzaron durante toda la fiesta.
 
 
 
 
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- Es la tercera ocasión que veo Francesca de la Tinieblas. ¡Es formidable! La vi por primera vez en Moscú, la repetí en Cannes. ¿Qué tal te pareció?
- ¡Excelente! Magistral. ¿Quieres ir a tomar un helado antes?
- Si no te molesta.
- Para nada.
- ¿Te gusta?
- Muchísimo.
- Virginia, quisiera decirte que...
- ¡Di, sí! ¡Soy toda oídos!
- Me gustas mucho. Eres la mujer que anhelaba.
- ¡Oh, Julián!
- i Sí, te amo...!
- ¡Yo también, yo también!
- ¡Virginia...! -y sus bocas ardientes se acercaron hasta formar una sola.
- Quiero acostarme contigo.
- ¡Julián! Eso no, yo soy una mujer decente...
- ¡Es preciso entonces que nos casamos! Nuestra felicidad no puede esperar.
- ¿Casarnos, Julián? Pero... -y miró de hito en hito el cuerpo de su amado.
- ¡Sí! ¡Casémonos!
 
- ¡Uf, qué cansancio! Parecía que nunca se iban a ir los invitados. ¿Qué estás leyendo Virginia?
- Cartas de felicitación.
- ¡Déjalas! -ordenó con mirada lujuriante. Ella lo miró fijamente y entreabrió los labios con sensualidad. El avanzó apasionado y la estrujó en sus brazos con morbidez. -¡Al fin estamos solos! Tú... y yo. ¡Mi Virginia! -Las cartas cayeron sobre la alfombra. La luz de la recámara se apagó. Y ya no leyeron más.
- ¡Julián! ¡Julián...!
- Ya casi, ya casi. Se acerca, se acerca...
- ¡Pronto Julián! Pronto! ¡Ámame siempre! ¡Más!
- ¡Amor mío, amor mío...!
- Muévete más. Más... Mételo más...
- Sí, sí... ¿así...?
- ¡Ooooh sí...! ¡Sí! Así, así, suavecito... No te vengas tan pronto.
- Mi pasión será eterna, eterna...
- ¡Ah, Julián! ¡Abrázame fuerte! ¡Fuerte! ¡Aaaah!
- ¡Virginia! ¡Virginia maravillosa! ¡Maravi¬llosa! ¡Ma ra vi lio sa...!
- ¡Qué pasa contigo! ¿Por qué no estás lista? Vamos a llegar tarde a la fiesta semanal del club.
 
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- ¡No me molestes! ¡Espérate, si quieres!
- ¡Cómo que me espere!
- Si no quieres, lárgate. Yo puedo ir sola.
- Sigue provocándome. ¡Te voy a golpear!
- ¡Ah! ¿Me pegarías? ¡Anda! ¡Hazlo! Nada más eso falta. ¡Estoy harta de ti ¡Cretino!
- Pues para que ya no sigamos así, mañana presento mi demanda de divorcio
- ¡Que dicha! Me harás un gran favor. ¡Ya no soporto tus babosadas! Puras pendejadas hablas.
Y ante mí, declaro legalmente separa¬dos a la Señora Virginia de los Santos y al Señor Julián Roma, por común acuerdo.
- Oye ¿Julián y Virginia siempre se separaron? ¿Verdad?
- Sí. No sé para qué se casaron. A él le hubiera salido más barato ir con la Miss.
- Y a ella también.
- ¡Lo que es tener dinero para desperdi¬ciarlo en caprichitos!
- ¡Ah, dinero! Fuerza que mueve al sol y a las demás estrellas...
XVII
Algún día emergerá para fundirnos en mies inseparables a los demás ...
Y no ser, si no son...
Y no reír, si no ríen...
Y no cantar, si no cantan...
Y no amar, si no aman...
Carcajada de maizales. Alegría del alba roja. Sinfonía de máquinas.
Era...
 
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EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO.
La calma reinaba. Todo era extraño en aquella región desconocida. Parecía ser el residuo de una vida pretérita que iba tornándose nueva.
Algo así como la serenidad que baña los anocheceres después de las tormentas trilladas de verano.
Deambulando por las avenidas de aquella metrópoli imprevista se veía un individuo cuyo rostro era surcado por la mueca endurecida de la incertidumbre. Caminaba por los lugares que él parecía haber visto ya, aunque a pesar de ello, se sentía extraviado, perdido en sí mismo como un vagabundeo somnífero que no encuentra el sitio de su procedencia; como un andar lo desandado; como un buscar la dirección exacta en un poblado desconocido, pero quién sabe en qué época visitado. Y algo incómodo se acrecentaba en su pecho: angustia y felicidad, sobresalto y ensoñación, deleitoso temor.
De improviso, como quien grita en un silencio eterno, dos mujeres enjoyadas y aristocráticas se acercaron hasta él y una de ellas, la menos joven, le preguntó con voz dulce y conmovedora:
 
- ¿Algo le sucede? ¿Se siente enfermo?-y el descentrado sorprendido, sólo meneó la cabeza en no. La mujer prosiguió afable: - Es que se mira usted muy demacrado, muy pálido, como agotado... ¿Ha comido ya? ¿Quiere que le ayudemos?
- No...gracias. Estoy bien. No sé qué pudo haberles insinuado... pero... No. No me pasa nada. Les agradezco.
- No se apene. Es que nosotras así somos. Pertenecemos a la sociedad de Damas Amorosas. Nuestro objetivo es hacer felices a los demás , aunque no los conozcamos ni sepamos quiénes son... ni su procedencia... ni su raza... ni su credo. No nos gusta ver el sufrimiento ajeno. Caminamos día y noche por la ciudad, tan apacible, llueva o haga calor, en busca de algún necesitado. Por eso, cuando lo vimos tan decaído, pensamos que se encontraba delicado de salud. íbamos a descansar en estos momentos, mas preferimos ayudarlo.
- No es necesario. Siento mucho que hayan perdido su tiempo conmigo. Son muy amables.
- No se preocupe. Aunque hay algo en usted que nos dice a gritos la mortifica¬ción por la que atraviesa, -interrumpió la otra- Tenga... -y le enseñó unos billetes
 
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insólitos. El hombre quedó asombrado. ¿Sería dinero? Pero era una moneda, desconocida, inexplicable.
- Pero... es que... -musitó.
- Nada, nada... -con insistencia continuó
la mayor. -Además, yo le daré este collar y estos aretes para que los cambie... -y se los quitaba- Son perlas legítimas.
- Y este anillo también... -reafirmó la menor.
- No sé... -atónito- ¿Por qué lo hacen? Yo no he dicho ni hecho algo para tanta dadivosidad.
- iCálmese buen hombre! No vaya a empeorar su estado.
- Entonces... ¿De verdad me lo obsequian todo?
- ¡Claro! -ambas exclamaron al unísono -¿Qué pensaba? Somos cristianas y nos despojamos de nuestras riquezas y lujos con tal de que alguien sea dichoso en estos tiempos de armonía y comprensión. ¡Adiós buen hombre! -y las bondadosas, sin darle tiempo a contestar, se esfumaron sin saber cómo, ni por dónde... Tal cual habían llegado.
El hombre no sabía qué pensar ni qué hacer. Se sentía torpe ante aquella espontánea solidaridad. Algo enigmático, inconcebible, acontecía.
Y la ciudad se miraba transformada repentinamente. Era como si fuera otra, sin dejar de ser la misma.
- ¡Señor! Se le ha caído este billete -el desconocido escuchó a sus espaldas y volteó inmediatamente, era un voceador, mas a quien se dirigían no era a él, sino a un anciano que de improviso había aparecido.
- ¡Oh! !Qué descuido el mío! ¡Ah! ¡Los años... los años...! A veces me traicionan. No se hubiera molestado en levantarlo. Ya no lo necesito. ¿Lo quiere usted? -acon¬sejó a quien lo había llamado.
- ¿Y yo para qué? Antes, cuando se usaban, tal vez me lo hubiera quedado, pero ahora que todos trabajamos para todos, ahora que no somos yo sino nosotros, no es ni siquiera atractivo. Sólo para casos muy especiales de trueque. Fabricamos el papel para el periódico, lo imprimimos y lo repartimos. Comemos, vestimos y nos divertimos sin necesidad de tal absurdo.
- Tienen razón. Yo los colecciono por curiosidad. A mi edad es de los entretenimientos que puede uno disfrutar.
- Entonces, si usted los reúne, ¿por qué no quiere éste?
- Es que ése ya lo tengo. Puede tirarlo. De cualquier manera gracias por su aviso. -Y
 
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el anciano se retiró con lentitud, y mien¬tras más se alejaba, la atmósfera clarísima lo iba diluyendo. El voceador tiró el dinero a un bote para basura y desapareció tal como apareciera, de repente.
Y el desconcertado quedó más confuso que antes, sumido en neblinas insondeables. Veía y escuchaba con diafanidad lo que sucedía a su rededor, mas no lo comprendía: voces e imágenes nunca vistas, diálogos extraños e increíbles.
- ¡Aquí está la comida! -surgieron como siempre, unos jóvenes portadores de unas viandas ahumantes y se dirigieron a otro que intempestivamente habíase puesto en escena con ropa medio manchada de pintura.
- ¡Ya tenía hambre! ¡Qué bueno que el Estado no descuida sus obligaciones para quienes lo formamos! No se olvidan que son nuestros servidores. Y que ser funcionario público es la nueva concepción de la servidumbre social.
- ¡Claro está! Por eso todos cooperamos en el trabajo. Así ninguno sale perjudicado o con beneficios excesivos. Cada quien se dedica a lo que le agrada y produce lo que otros necesitan para que a su vez, él tenga también lo que quiere. Sólo el trabajo libre, creativo y solidario nos importa, porque es la más alta forma de
hacer el bien a los demás y al hacerlo, el bien se dirige a nosotros, sin duda.
Y el desconcertado, caminando sin querer, continuó por la urbe singular, de perfiles novedosos y ángulos inimaginados. Y caminaba, y escuchaba, y veía, y tornaba a caminar.
- Debemos unirnos en su dolor. Hizo tanto por nosotros. Sería una ingratitud. Vayamos a consolarlo. Aquí es cuando la unión debe ser más intensa. -Y rehacía sus pasos cuyo silencio se confundía en la extrañeza de aquel mundo distinto.
- ¡Qué bien que derrumbaron ese vejestorio! ¡Era un edificio horrible de anticuadas estructuras! Por dondequiera había agujeros y desperfectos, insectos y roedores, alimañas de la peor calidad. Dizque tenía una fachada muy hermosa, pero por dentro, como muchos... ¡puf! ¡Qué desencanto! Así debían demoler las construcciones inservibles para erigir en sus escombros palacios nuevos a la verdad. Esperemos que algún día todos los edificios que pueblan la ciudad, sean tan bellos por dentro como por fuera... ¡Y ya falta poco!
El desconcertado quedó aún más al contemplar las ruinas de uno de los principales exponentes arquitectónicos de la metrópoli pasada. ¡Increíble!
 
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- Hoy no hay trabajo. Ha quedado agotado.
- ¿No hay? ¡Ah! ¡Lástima!
- Es triste... ¿y ahora qué hacemos?
- Creo que debemos ir a la fábrica de ropa para ayudar a nuestros conciudadanos. No es justo que mientras ellos laboran intensamente, nosotros estemos de holgazanes y comamos igual que ellos, sin merecerlo.
- ¡Muy buena idea! ¡Ayudémosles! Lo impone la nobleza humana. La cooperación antes que nada, lejos de la envidia y de la conveniencia, así viviremos en el progreso constante y en la paz creadora, que es la más grande guerra. -Y un grupo numerosísimo de obreros que salían de repente de una recién aparecida fábrica se dirigió hasta otra cercana. Cuando llegó, al instante en que se abrían los enormes portones de cristal, un armonioso canto, voces de hombres y de mujeres, profanó aquel celaje azul, ahora sin límite: -¡Compañeros! Cantemos a la voluntad, cantemos al deber y unidos trabajemos sin descanso y sin cesar para que mañana, al brotar la aurora, al surgir el nuevo sol, nada perturbe la tranquilidad y el cosmos conquistemos. ¡Compañeros! ¡Unidos por la Cooperación!
Y el desconcertado escuchaba conmovido lo inescuchado. De pronto, una mueca de sorpresas inundo su faz. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué todo se encontraba transformado? Nadie vigilaba a nadie. Todo era serenidad. Los pocos que transitaban nunca dejaban de sonreír y eran tan amables. No se oían gritos ni reprimendas ni insultos ni comentarios maliciosos ni palabras envenenadas. Parecía que nada perturbaba lo apacible de la atmósfera o lo incoloro del asfalto.
El atónito contemplaba aquel indescrito mundo. Veía que nadie intentaba hacerse daño, que la amistad y la ayuda mutua imperaban. El odio, el rencor, la envidia, la venganza, la ira, la codicia, el desprecio, los prejuicios, la mentira, la humillación, la injusticia, la miseria, la indignidad eran cenizas, escombros, ruinas...
Ahora los humanos se amaban de verdad. La amistad sonreía. La cooperación triunfaba y todo era comprensión, autodominio. La nobleza de la gente se levantaba sobre los antiguos despojos de la ingratitud y de la ignominia, de la soberbia y de la abyección. La simiente buena del hombre había logrado su apoteosis. La obertura se había hecho realidad. Una nueva conciencia se expandía en cada hombre,
 
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en cada mujer y los unía para perfeccionarlo todo: la naturaleza, la sociedad, la cultura.
Y el desconcertado lloró de alegría, sus
lágrimas, mares risantes, se desmayaban
en la ondulación de su sonrisa.
- ¡AI fin! ¡Al fin! -murmuró como si hubiera hallado el complemento de sus ansias y su voz, ufana y sin cadenas, resonó en el espacio, embriagada de felicidades inefables, resurgir de opresos lares, vibración etérea, esencia verdadera de la humanidad - ¡Al fin! ¡Al fin! ¡Al fin la solidaridad! Fuera del miedo, la mente se ha desencadenado de sus esclavitudes de siglos para lograr el triunfo del bien, de la verdad y de la belleza. ¡Al fin el buen amor! ¡El único y real amor! El que da, el que comparte, el que reparte, el que no admite discriminación alguna.
Y en aquel éxtasis se encontraba el
desconcertado, cuando un ruido infernal
se inició taladrante en su cerebro, se
sintió arrastrado por vientos huracánicos y
algo lo cegó...
Cuando abrió los ojos, el despertador repiqueteaba las cinco de la mañana. El desconcertado se incorporó a duras penas de su lecho de rosas y tambaleán¬dose,se dirigió al baño. Caminaba dormido hasta que sintió la frescura del
agua. (Quizás puede ser que...) medio pensó entre el bullicio de las gotas frías que escurrían en su cuerpo joven. Y suspiró recuperando la realidad que le preocupaba, un retardo en la oficina, si no se apuraba...
 
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XVIII
 
 
 
Es... un hombre extraño, inconmensurable; más
que visible... navega en nosotros mismos. Se
encuentra en cada yo desde los comienzos. Era...
y es:
el que respira logros...
el que cultiva esfuerzos...
el que domina miedos...
...el único.
El que hoy intenta como nunca, como siempre, liberarse de sus prisiones, de sus cadenas inútiles, de sus candados atávicos, y brotar sin engaños, sin fraudes, sin dogmas, sin máscaras, a las superficies de un mundo en cierne, destructor de los sistemas subhumanos...
Y compartirá las hoces.,.
Y compartirá el martillo...
Y el pan...
Y el vino....
Y los peces... Y no tendrá carteles...
Emergerá desde el fondo de nosotros y nos avasallará su libertad de polen..
 
 
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EL PARAÍSO PERDIDO
- Oiga mesera, una taza de café. -Y el individuo enfundado en una gabardina gris mugre se la quedó mirando provocativamente. Ella sonrió. -¿Caliente...? ¿O tibio?
- ¿La podría ver en algún lado? -insinuó el parroquiano.
- Me está viendo... ¿o no? -musitó con sensualidad y se alejó haciendo alarde de su hermosura. El hombre movió la cabeza y los labios, como si saboreara un suculento bocado interior.
- ¡Ay, Silvia! ¡ Qué bello lugar! ¡Cuánta elegancia y modernidad! Ni parece que estamos donde estamos.
- Sí. Ofe, es único.
- Tomemos algo caliente mientras allá afuera está que rabia el aguacero.
- ¡Y qué música tocan! La primera vez que me trajeron...
- ¿Quién...? ¿Tu marido? Creía que se encontraba en Europa...
- Sí, pero... Vine con un amigo...
- ¡Ah...!
- Y las muchachas se tienen que dejar manocear por los rucos de la facultad, hay uno que ya está más dado al catre
que su abuela y todavía les lanza los canes a las chamacas. Creo que a ese ya ni se le para, pero sigue haciendo la lucha. María, ya ves que entre todas es la más estudiosa, dice que la otra vez que le tocó examen con él, le dijo que si quería sacarse un diez, debía mostrarle sus habilidades... no en el salón, sino... ya sabes dónde... Ella salió muy indignada. Se la tronó.
- ¡Ah jijos! ¡Ya ni la amuela! Todavía si se lo hubiera dicho y hecho a Eva o a la Primavera, que son tan... menos mal, al fin y al cabo que... Sólo acuérdate las veces que se han ido las tres con nosotros y nosotros nos hemos venido con ella más de varias... Pero lo que es a María, no...
- Pues sí, ya ves... En la facultad se hace y se deshace. Por eso, hay que cotorrearle mucho y andar tras los maistros pa'que lo pasen...
- Una noche... un amor...
- otra noche... otro amor...
- Así siempre vivo amando.
- Así siempre viviendo estoy.
- Hasta cuándo, hasta cuándo
- mi vacío terminará
y el amor que es verdadero
llegará, llegará.
Todos piensan, que mi vida
 
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dulce vida, sólo es...
pero nadie ha comprendido
la amargura que hay en mí.
Hasta cuando... hasta cuándo...
mi vacío terminará...
- Una mujer esbelta y de atractivo vestuario cantaba al ritmo de Mack, the Knife para divertir a los asistentes y se deshacía en frenéticos y voluptuosos balanceos sin cansarse de repetir aquella melodía sensual al unísono del conjunto de jazz que la acompañaba. - Una noche... un amor...
- ¿Qué sitio! ¡Es paradisíaco!
- ¡Fascinante, tú! Mañana, tarde y noche está abierto. Además, ¡qué variedades! Ya verás las bailarinas. Hasta parece que estoy en París o en Nueva York.
- ¡Esta si es vida!
Y la música de jazz continúa estreme¬ciendo el lugar. Anochece. El café, enciclopedia citadina, recopiladora del sentir intrascendente, cementerio de ocios infructíferos, a cada instante se va llenando más, y más, y más...
XIX
Era...
Yes...
El hombre recóndito. El que nos camina su diuturna peregrinanza. El que no se ve, pero se siente. El que aún no vive con plenitud, pero palpita. El que aún no ha nacido, pero crece, crece, crece...
y se vitaliza.
Era el hombre concreto, inmerso en su abstracción de arquetipo, configurándose...
siluetizándose...
iluminándose...
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SINUHE
(¡Ultimo día de labores! ¡Al fin las vacaciones! Pasaron largos, eternos, horribles los días de trabajo. Esta mañana ha de ser la última de la temporada. ¡Ah! Si no fuera por estos merecidos descansos, no sé lo que pasaría con nosotros.
Todos tenemos derecho a un poco de reposo, tranquilo, apacible, desligado de las odiadas y cotidianas ocupaciones; del arduo, constante, por desgracia necesario y fatigoso quehacer.
¡Trabajar! ¡Siempre trabajar! Parece que no existe otra fórmula para poder vivir... ¡Qué digo vivir! Para gozar de la existencia, única, aunque quebradiza como porcelana.
¡Trabajar! ¡Siempre trabajar! Día tras día, lo mismo. Semana tras semana, semejante. Mes tras mes, igual. ¡Ah! ¡Qué fastidio! Lo que más se desprecia es lo que está más cerca de nosotros, y lo que tanto se desea, permanece tal cual si se hiciera del rogar, como si dijera: "piensa en mí a cada instante, tenme frecuentemente en tus recuerdos, en tus ambiciones, en tus anhelos: Soy la felicidad, etérea princesa. Invisible, pero hermosa. Inaudible, pero vivo
estremeciendo a los hombres con el roce de mi nítida voz. Sigue mis ansiadas huellas. Intenta alcanzarme, aunque sea para hacerte más desdichado. Yo soy la felicidad. Husmea... como perro, e intenta hallar la morada donde habito..." ¡Ah! ¡Último día de trabajo! i Al fin las vacacio¬nes...!)
(Ya falta muy poco para que suene la hora en la que daremos término a nuestra faena. Nos sentimos alegres. Hasta los siempretristes están así. Cuánto vigor impregna al cuerpo la esperanza del descanso apetecido. Los alientos renacen, se fortifican las ilusiones, los ensueños se vuelven realidad, tangible verdad.
La tiranía está agonizando. Los lazos con los que nos encontrábamos atados comienzan a romperse. Los minutos avanzan en su galope de segundos. Se aproxima el instante de la libertad. El yugo se desgarra y nada puede contener el torrente que brota de sus heridas.
¡Al fin unos días de alivio! Sin la preocupación cotidiana de levantarse temprano, sobre todo en el invierno, con la frialdad de sus bofetadas, con el estruendo de su helada piel. Y descansar, dormir un poco más... ¡Ah! ¡Qué delicia
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permanecer indefinidos instantes en el mullido calor de la cama! ¡Muy envueltos...!
Alejados de las indeseables horas de trabajo habitual. Empiernados con... ¡Ah mi amor!
Y además, no más prisas ni carreras ni apuros ni sustos ni enojos ni empellones: el camión se pasó. (¡Condenado!) va completamente lleno, (¡Me lleva...!) se hace tarde (¡Maldición!) y ante el amenazante retardo, la angustia voraz que nos carcome al ánimo y nos hunde en el mal humor. (Chin...ya llegué tarde).
Sin embargo, ahora, ¡qué descanso! ¡Hasta que volvamos otra vez a lo de siempre! Pero mientras tanto; ¡libre! ¡libre al fin! ¡Oasis dulcificante, manantial en el desierto, frescura en el infierno citadino! ¡Adiós a la pena diaria! Y descansar... descansar... sin obligaciones, sin apuros, sin temores, sin desasosiegos, sin preocupaciones y así... ¡vagar! Vagar por la urbe turbulenta, a lo me vale madre; gozar mientras cientos se desbaratan aún por lograr cosas indispensables para su existencia empolvecida. Y recorrer calles, y avenidas, y calzadas, y callejones... Vagabundear laberintos de la vida, recintos de la muerte, Contemplar los jardines de siluetas esbeltas y
configuraciones armónicas y húmedas de tanta fuente. Admirar los molescos edificios que como péndulos del cielo ondulan arrogantes sus carnes de acero en invisibles giros. ¡Ah! ¡Cuánta alegría! Recóndito sadismo que late en cada uno de nosotros, por más bondadosos y sacrificados que aparentemos ser al escuchar furtivamente las quejas de los iracundos o las risas sarcásticas, irónicas, burlescas, picaras o melancólicas del mundo, de este mundo hecho para gozar y no otro...
Por fin podré recorrer con tranquilidad mi ciudad y perderme en sus enredos gigantescos. Aprovecharé para conocerla, reconocerla y darme cuenta de sus cambios tan emperiodicados: sus nuevas avenidas, sus pasos subterráneos, sus vías de comunicación veloz, sus rascacielos sin fin... ¡Ah! ¡Qué largo viaje a través de este zoológico humano! ¡Cómo voy a divertirme! Las adolescentes que se adornan para lucir mayores y entre sus rostros abstractos de mugre y color, quitarse la edad y hacerse las ingenuas vampirescas de ojitos aborregados e hipócritamente ¡nocentes. ¡Y los jovenzuelos! ¡Ah, con sus suéteres y chamarrones de trasnochados beatniks, con sus pantalones ligeramente sueltos y
 
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sin peine! Muchachitos idiotas que aspiran a liberarse del yugo (papá y mamá) por medio de grupillos eufóricos que les respalden su miedo (papá le pega a mamá o... viceversa), pues en lo más íntimo, saben que lo que tratan de encubrir entre muchos, es su pavor latente ante la vida ignorada, ante lo futuro inaplazable, ante su angustia de cada día... La pandilla les hace creerse importantes, como los personajes amaestradores del cine.
Y me reiré de las caducas que se esfuerzan por parecer más jóvenes,
cuarentonas que llevan vestigios de veinteañeras mal logradas, flacas o gordas. Cincuentenarias y hasta de más siglos que se adornan con flores extravagantes y otros artefactos para dárselas de elegantes y chics.
Pero lo más risible han de ser los don¬juanes sobrepasados de años que van tras la conquista de una bella y candorosa joven, bueno, no tanto ni tonta, porque, calculando bien el momento de la muerte de su rico viejo inútil, heredarán lo poco o lo mucho que su amante tenga... itontitos! Y qué decir de los ansiosos de sexo que se cuelgan mutuamente tras las bardas, en las bancas de los jardines, entre los autos o los zaguanes.
¡Uf! Y los fornidos, hércules de bolsillo, que lucen sus musculaturas inyectadas por las calles en transparentes playeras, aunque esté helando, para enguajolotarse de indestructibles y tratar de gritarle a cualquier enclenque... ¡Ah! Y los borrachitos que caminan haciendo eses y zetas. Y los que se afanan en parecer lo que no son... y los peladitos, y los enigmáticos barbones que se dicen intelectuales y los elegantes y los que se dicen privilegiados y los misteriosos de anteojos negros con aires de mapaches aventureros, i Que días fenomenales voy a tener! ¡Y sin que me cueste! ¡Sin que me cueste! ¡Al fin las vacaciones...!
Unos irán a las playas y harán que gozan de los candentes y benéficos, aunque maltratantes, rayos del sol. Y se tenderán en la arena y relajarán el cuerpo en forma placentera y sólo pensarán en sí mismos, narcisismo indispensable, y en su belleza cosmetificada. Muchos se confundirán con enorme deleite en las aguas del mar contaminado y entre babas y orines, se sentirán peces en las albercas lujosas o populares. Otros intentarán gozar de la pureza del aire montañero y el regocijo los dominará y se sentirán vaqueros o niños excursio-
 
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nistas o pioneros o gambusinos; nostalgia animal de las cavernas trogloditas... y... ¡Ah! ¡Al fíin las vacaciones!
El momento se avecina, se acerca. Las palomas revolotean su blancura por el campanario cercano. Lo ansiado se aproxima. El reloj toca la hora soñada. Se oyen gritos, exclamaciones, euforia. ¡Felicidades! ¿A qué parte vas a ir? Hasta el año que entra. ¡Adiós! ¡Qué descanses! El silbato de la fábrica está sangrando estrepitoso. Rasga lo intangible. Alboroto. Se profana el silencio. El sol comienza a declinar. Nace la tarde. Se acerca la noche. En tropel salen los vacacionistas a gozar de su descanso neurótico. Recompensa a sus actividades maquinales desplegadas para beneficio de... del país. El tumulto se vomita en las puertas de las fábricas, de los edificios, de las tiendas. Es enorme. Salen como alegres. Cada hombre, cada mujer, se apresura a alejarse de ahí con tanta rapidez como si temiera una explosión inesperada o que los patrones, autoritarios y déspotas, fueran a arrepentirse de haberlos dejado libres, de haber interrumpido la planificada explotación (Necesitamos obreros tecnificados, mano de obra. La industria requiere del esfuerzo proletario. Habrá
justicia social. Seguro. No desconfíen. No pienses. Prohibido. Disolución social. El sindicato vela por tus intereses. Tus líderes sacrificados se esfuerzan por ti. Trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, trabaja, tornillo, bisagra, roldana, martillo. Uno, dos, tres... Uno, aprieta, aprieta, aprieta, aprieta, aprieta. Tecla, tecla, tecla, tecla, tecla. ¡Basta! Cállate, cállate, cállate. No grites, no protestes, agáchate, di que sí, aunque no; di que sí, aunque no; di que sí, aunque no...)
Y todos parecen ir radiantes de gozo. ¡Radiantes! ¡Al fin las vacaciones! ¡No más labor! ¡Qué importa que sea por unos días nomás! (Los hará regresar el^ hambre) (Se acabó el dinero. Todo está tan caro. Los hoteles tendrán éxito. ¡Qué gentío! La moda presentará los atractivos de la temporada. ¡Cómo no ser in!) (Los hará regresar el hambre, las hambres...) (Yo produzco, ustedes consumen ¿No necesitan? ¡Pues es necesario, si no... ¡Amargado! ¡Resentido! ¡Retrógrada! ¡Loco! ¡Avaro! ¡Comunista! ¡Subversivo!)
¡Ah! ¡Las vacaciones!
¡Y que trabajen los burros... o los desposeídos!.
 
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XX
Era...
Y es...el hombre generoso y bueno; el que perdona en la acción vuelta humildades; el que sonríe comprensión ante la afrenta que lo lacera; el buscador de justicias que sí vean y equidades que no denigren.
...en una no lejana época brotará exuberante de nuestras profundidades a pesar de que hoy no queremos ni quieren muchos que surja, aunque surgirá. Surgirá... cuando sea el dueño de su economía y de su destino... cuando logren sus brazos la fiel ronda... cuando venza su estatua y cobre a las farsantes ilusiones el pago a tantos siglos de inconciencia.
...porque el hombre ignoto, el verdadero, insólito y anónimo, persistirá en su aventura opacada, en sus intentos de incendio, en sus afanes de marcha... Y triunfará... Triunfará.
...proseguirá recorriendo vías lácteas hasta el encuentro promisorio de su fin, que será su gran principio...
Y nadie nos lo matará... ... mientras el hombre viva.
 
 
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LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE
¿Qué pasa en la ciudad? ¿Por qué ha cesado sus murmullos, sus estruendos y sus gritos enclaustrantes? ¿Cuál es el motivo de su fúnebre silencio? ¿Dónde han quedado las vibraciones de su vida cotidiana? ¿Hacia dónde huyeron las excitaciones sonoras y pétreas que la confundían de voces impenetrables? ¿Qué pasa en la ciudad? ¿Qué acontece? ¿Ha transformado sus ropajes de siempre en vestuarios mudos? ¿Ha conmutado su inacabable agitación en quietud sin final? ¿Qué sucede? ¿Es la muerte? ¿Es la conclusión?
¿Por qué ya no se escuchan los ruidos maquinarios que la invaden? ¿Ni se percibe más el escándalo de asfaltos rotos? ¿Ni los cláxones ni los suspiros desiertos ni los alaridos candentes ni el misterio de las lucubraciones fallidas? ¿Qué pasa? (La ciudad está desierta.) ¿Qué pasa? (La ciudad se ha vuelto calma.) ¿Qué pasa? Nada agita sus puntos angulares. Nada conmueve torres ni callejones. Tácita permanece, sumergida en las sombras de sus gasneones. No hay rumores ni lamentos ni congojas ni voces desesperadas. (La ciudad se ha vuelto calma) Ni inespera-
das. (La ciudad se ha vuelto estatua.) Ni esperadas. (La ciudad se ha vuelto muda.)
¿Qué sucede en la gran urbe de perfiles orgullosos, de gigantes acerados, de paredes de cristal? (La ciudad está desierta) ¿Por qué ha cesado sus espasmos estrujantes? ¿Por qué ha tornado distancia sus estruendos? ¿Qué pasa en la ciudad? (La ciudad está callada.) ¿Dónde las convulsiones de su angustia? ¿Y los tormentos de sus golpes? ¿Y la huella...? (La ciudad se ha vuelto calma)
¡Calma! ¡Calma! ¡Calma calma! (La ciudad se ha desmayado en los silencios y en las tinieblas.) ¿Qué le pasa? ¿Qué sucede? ¿Qué acontece? (La ciudad se ha enredado con la noche) ¿La noche? Sí... ¡Es de noche! La ciudad está dormida con la noche. Se ha querido alejar del sopor de tantos hombres que la violan, que la ultrajan, que la humillan, que la pisan, que la visten y desnudan, que la escupen y la bañan, que la pulen y la manchan, que la viven y la matan, que la lloran y la cantan, que la besan y la rasgan, que la insultan y la aman... (La ciudad está cansada) Sólo la noche lesbiana la rescata de las computadoras, de los robotes y la acaricia, la amamanta. Sólo la noche lesbiana le da besos que no
 
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sangran, ternuras que no atan, coitos que no atascan. ¡Es la ciudad en la noche! Distante de lo mismo, por lo mismo, de los mismos... La ciudad está dormida con la noche... La noche que apacigua doncelleces voluptuosas y da fresco a los ardores de la ciudad desierta. La noche que la obliga al sueño, en sueño de mansiones ilusorias... Dormir, soñar... soñar... un nuevo cielo, un nuevo sol, distantes de los llantos que la mojan, de las cadenas que la marcan, de los grilletes que la apresan... La ciudad reposa en su lecho solitario para emprender con bríos vitalizados su marcha inútil... (¿Para qué? ¿Para qué? ¿Para qué? ¿Para qué?) Y aunque se destroza diariamente y se conmueve, y se agita y explota en fragmentos doloridos, no sabe a dónde va... ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? y sigue en la penumbra a despecho del luciente día, prisionera de la noche amasia, descubriendo los engaños que encerraban las promesas de un regazo vuelto cárcel, prisión de los sentidos, esclava. ¡Y sufre! ¡Y llora! Quisiera romperse en pirotécnicas, mas no anda...
La ciudad está dormida y en su profundidad durmiente anhela continuar inmóvil hasta que un príncipe desconocido y arrogante, emanado del
esfuerzo colectivo, le dé un beso y la despierte...
Mientras, la ciudad va refugiándose en la noche, exiliada a pleno día, a pesar de sus estruendos y de sus escándalos, de sus ardidas y de sus fatuidades, porque el enigma tardará mucho tiempo aún en resolverse.
La ciudad continuará desierta, a todas horas noche. Ni un alma ha de poblarla, solamente autómatas... Autómatas, porque la ciudad está vacía, vacía, vacía, vacía, vacía...
vacía...
vacía...
vacía...
 
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XXI
Era un hombre extraño...
...mas que visible,
invisible.
(¡Cursi! ¡Ridículo! ¡Soñador! ¡Anticuado! ¡Idealista!)
Solo que...
¡Sí! ¡Oh diáfano prodigo de los hechos!
¡Sí! ¡Químico prodigio de merlines cósmicos!
¡Sí! ¡Física locura de antiestáticas poleas!
¡Sí!
¡Pronto ha de llegar el tiempo en que ya no lo sea!
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LOS PESCADORES DE PERLAS
Y de pronto...
Nadie supo cómo... Nadie supo por qué... Pero...
En un abrir y cerrar de ojos los hombres se extraviaron. Una espesa oscuridad se extendió por la urbe y la luz se extinguió entre las tinieblas. Nada se veía.
Y los hombres sintieron que se
separaban de sí mismos y que sus
cuerpos eran sólo materia y que sus
mentes eran sólo energía. Una fuerza
inconmensurable los dividía para
arrastrarlos en aquel recién surgido
paisaje sin formas ni siluetas. Se
fragmentaban y todo se retornaba vacío y
oquedad.
Mas en la estática visión de aquella inercia, una voz potente y melodiosa, brotada desde un lugar impreciso, invadió el espacio nebuloso penetrando, cual oxígeno, hasta el centro de los hombres divididos y reconfigurándolos diversos, les dio sentido a nuevos sentidos.
Al principio nada se le comprendía; parecía emplear un idioma inescuchado, pero luego... lentamente, se fue aclarando a la vez que el contorno de un helicóptero dorado surgía del infinito...
"Soy la energía creadora, informe, intangible, inolisqueable, invisible, pero audible por única vez. Soy la totalidad y el elemento; la estructura y el sistema cósmico; el átomo dividido y en mil aspectos multiatomizado. No soy anciano, pero soy antiguo; no soy joven, pero florezco en luces juveniles; no soy dios ni soy los dioses, pero soy el poder, la potencia, la fuerza de la voluntad que perfecciona todo y transforma el universo. Soy la eterna guerra florida que impulsa la dinámica creativa y digo el pacto nuevo: Cuando llegue el sufrimiento a su existencia; cuando el páramo del miedo les rasgue los puños y su ser hecho fragmentos se disperse entre la nada... ¡Búsquenme! Ahí donde deseen me encontrarán... me encontrarán...
Me encontrarán en la flor que se desnuda en sus perfumes, en el árbol abierto hacia los siglos, en el viento coplero de caricias... Me hallarán poseso de infinito flotante en las alturas, en la estrella distante y guiñadora, en la rutina del enigma cósmico... ¡Búsquenme! No están solos.
Tal vez descubrirán la eternidad de mi extendido abrazo en las aguas que brotan jugueteando ondas de nacientes manantiales, o en la espuma hecha de
 
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cantos altaneros de cascadas, o en la timidez rodante de una gota de rocío... ¡Búsquenme! No están solos. Búsquenme para sus cuerpos, búsquenme para su afecto, búsquenme para su mente. Soy la armonía creadora, energía de los inicios. Soy, el amor generante de la creación sin fin. Soy el poder, la potencia, el teotl, de siempre, la poliforme ubicuidad del todo, el omninómine, el poligeo, el metauranos, ilpalnemohuani!.
Me oculto en el sonar acompasado y melancólico de campanas milenarias; en el vuelo de palomas asustadas por la muerte del silencio; y en el grito.
Descúbreme escondido entre la tierra que los nutre para luego alimentarse ella. Y en el fuego...
¡Búsquenme! ¡Soy el buen amor! Existo en todo sitio ¡Siéntanme!
Escudriñen la amenaza de las junglas, el trino plumero de las aves, la trémula malicia de las hojas y las bestias... i No desesperen! Donde deseen, estoy, porque soy el todo, la materia total, la incesante creadora. Y no están solos.
Me hallarán en la desnudez del campo en la risa comprimida de las nubes; me tendrán en el juego de los niños, en la duda adolescente, en el paso liberado de los jóvenes y en el rostro de los hombres.
¡Búsquenme! No aguarden penumbro¬sos mi llegada, que nunca llegaré ante los cobardes. Sean acción sin fronteras ni cadenas. ¡Búsquenme! Con el tiempo entenderán que estoy también dentro de ustedes. Soy el teotl.
Y si creen que al llorar me encuentran,
lloren. ¡Qué nadie reprima la protesta de
su llanto! Si piensan que al cantar me
configuran, canten. ¡Qué nadie se
avergüence de su voz sin lastres! Y si
acaso con sus risas, rían. ¡Destruyan la
cadena de su faz de piedra, sean sonrisa!
No supriman su sed, háganlo todo, sin quedarse en poco, sin detenerse esclavizados a un algo; sólo así se encontrarán en plenitud serena. ¡Soy el buen amor! ¡El creador multiforme e inasible de la vida que a pesar de la esporádica muerte, será eterna!
Si sufren, si odian, si temen... ¡Sean acción y búsquenme! Me encontrarán, me encontrarán, me encontrarán..."
Y el helicóptero, alejándose, se perdió
entre las nubes de sombras y la voz
también... Un estremecimiento azotó
entonces a cada molécula existente y
nuevamente se hizo la luz...
Un júbilo extraño innovaba rocas, montes, montañas, volcanes; un verdor misterioso acrecentaba la hierba, los
 
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matorrales y los árboles; un colorido de ropa nueva se extendía sobre la tierra, sobre el agua, en el viento...el propio sol se transformaba. La contaminación nuclear había desaparecido. Y los sótanos se abrían.
Pronto la ciudad tornó a ser la misma, pero los hombres siguieron extraviados, sordos, divididos, cegados. Aunque alguno, varios más, muchos ya cada día, comenzaron la búsqueda...
 
 
ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO
VOLANTERÍAS
Cronicuentos.
1965
 
UN LECTOR OPINA.
Volanterías, un libro de cuentos; volanterías, multitud de especies que vagan en la imaginación y que impiden fijar la atención en alguna; Volan¬terías, personajes carentes de crónicas que se deslizan en el anonimato, que se confunden, que se ocultan para esconder su aparente pequenez, pero que están allí y allá... tras las fachadas, por las calles, sobre las azoteas, en un rincón, en las plazas, en los mercados, en las construcciones, en la misérrima vivienda o, tal vez detrás, abajo o muy dentro de sí, donde nadie, ni ellos mismos se podrían encontrar.
Seres repetibles infinitamente a quienes no se ha dedicado un verso, una relato y, en ocasio-nes, las más, ni una palabra. Seres anónimos que se eternizan en un México de venas abiertas co-mo expresaba Eduardo Galeano. De un México victimado por economías transplantadas por ine-ficiencias burocráticas, ineptitudes o ambiciones sin medida y, actualmente, por economías neoli-berales empequeñecedoras , faltas de toda sen-sibilidad.
Los personajes de Volanterías que Domín-guez Hidalgo, ¿imaginador fantasioso?, la faceta que de él, tan versátil, se abre a la literatura, nos presenta en su peculiar estilo intermitente, son acaso quienes fueron arrojados a la vorágine de lo deshumanizado, a la peor pobreza, la de espíri-tu. Seres de "vida monótona, carentes de belleza. Triste existencia, estéril jardín. Árida montaña de dolores"... "los olvidados". Antihéroes de su pro-pia epopeya cotidiana.
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En Volanterías, los panfletos del humilde bueno y abnegado, son derribados por el mano-tazo de la realidad que huele a concreto, a gaso-lina, a deshumanización asfixiante y avasalladora. Desde el lumpen hasta los grandes capitalistas, todos resumen y resuman fugaces biologicidades que en el momento de su cronicuento parecen eternos, pero que después, como todos en la vi¬da, se convierten en simples papelillos que el viento los arrastra hacia su fin. Aquí no vale la eternidad.
Esta serie de cuentos escritos por un Do-mínguez Hidalgo casi adolescente (1965), con un estilo ágil y directo que hace que el lector vea, como en cinematografía, casi olvidando al narra-dor, quien sólo aparece en los irónicos finales, una serie de escenas contundentes que van desmintiendo al discurso oficial del México demo-crático de varias décadas.
En Volanterías la imaginación vuela y en un momento aterriza dolorosamente. Realidades la-cerantes que buscan su dignificación sin encon-trarla. Realidades que nos afectan porque están aquí y allí; nos miran sin que podamos mirarlas; nos acechan o las acechamos sin saberlo y acaso porque posiblemente cada uno de nosotros sea-mos parte de esas... Volanterías. Puros papelillos de colores que adornan las calles cuando de fin-gir se trata que somos un pueblo feliz.
Víctor Manuel Mendoza de la Cruz.
PREGÓN
ALLÍ...
POR LAS CALLES...
O LAS AZOTEAS... TRAS LOS ZAGUANES...
O EN ALGÚN RINCÓN...
ENTRE LOS JARDINES...
O EN LAS PLAZOLETAS...
SIN LUZ...
O A PLENO SOL-ESTÁN...
ALLÁ...
ENTRE LLUVIAS... O EN MEDIO DE SMOG...
BAJO UN PUENTE...
O EN CUALQUIER ANDÉN...
EN ESE BAR...
EN AQUEL CAFÉ...
EN UN BURDO CINE.. O EN GRANDE SALÓN...
ACASO EN UN TEATRO
O EN CUARTO DE HOTEL SE ARRUMBAN...
SOMBRAS SON...
FANTASMAS QUIZÁ...
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VOLANTERIAS
ESPECTROS...
SILUETAS...
DISEÑOS... TAL VEZ PROYECTOS...
QUE NO SE CUMPLIRÁN...
HISTORIETAS IRRETENIBLES... HISTORIALES 1NARCHIVADOS...
HISTORIAS SIN MEMORIALES... HISTORIAS...
HISTORIAS DE CADA DÍA... VIEJOS DISCURSOS
DE IGUAL SECUENCIA:
AMORES QUE SE PENETRAN...
CON OTROS QUE SE VACÍAN...
HISTORIAS DE AQUÍ... Y DE MI GENTE...
VIDAS DE SIEMPRE...
ARDIENTES Y CÁNDIDAS...
¡VOLANTERÍAS?
¡SÓLO VOLANTERÍAS SON?
PERSONAJES QUE AÚN NO TIENEN ...
Y ACASO NUNCA TENDRÁN...
...SIQUIERA... ...UNA CRÓNICA...
LA AVENTURA.
I
os jóvenes caminaban con paso firme. Iban confiados en la lozanía de sus cuerpos arro-Agantes y en la potencia liberada de su mente. Atravesaban por valles agitados y serenos a la vez. El viento, atrevido e inconfigurable, nada dejaba de acariciar o de herir. Parecía que todo era recién nacido y un aliento de fragancias des-pertara en los verdores de colinas y praderas. El paisaje lucía tan fresco que los entusiasmos no se fatigaban entre los obstáculos revestidos con mínimos atajos.
Los jóvenes avanzaban con ligereza hacia un impreciso lugar, apenas percibido en sus pul-saciones inexplicables.
Ninguno de ellos sabía en dónde lo podrían encontrar. Y al caminar, paso tras paso, panora-ma tras panorama, comenzaron a mirar lo que jamás habían visto.
Entonces sus castillos interiores se conmo-vieron hasta en los cimientos y sus faces de pri-mavera virgen se tornaron indecisas y en una trémula sensación de angustia, dudaron; por pri-mera vez, dudaron y principiaron a esperar lo pe-or de la confianza.
Alguno dijo de pronto:
—...y de repente uno se da cuenta... Mucho es mentira. Y nosotros que contemplábamos el mundo en transparencias sin manchas, en su cla¬ridad sin término, ahora lo vemos tal cual en rea¬lidad es...
Z
Otro continuó, interrumpiendo el silencio que había dejado su compañero:
—...adiós a nuestros palacios grandio¬sos...Se derrumban... ¿De qué sirvieron? Caen... caen hasta lo más insondable de las profundida¬des y nos desangran... No hay héroes ni mesías... todos buscan su vanagloria...
—¡...Aaaaaaaaay! Si yo pudiera cambiar la materia humana —una joven exclamó desespera¬da, frenética—, tal vez algo se lograría. Es tan terrible la caída. La mente se agita con desespe¬ración, como tratando de escapar hacia regiones ignotas, en las más hondas o en las más altas esferas invisibles. ¡Aaaaaaah! Si yo pudiera cambiar la materia humana... Si yo pudiera remo-delarla en libre antojo ... configurarla sin pasados ni presentes hipócritas... ¡Ah! Construir otra his¬toria sin tantas puertas falsas... —y lloró sin lá¬grimas.
Los jóvenes pensaban y hablaban gregaria-mente, como identificados por algo: Coros res-plandecientes, voces potenciales de frescuras abiertas al inicio inexorable de lo oculto...
—Más allá de lo físico, más allá de lo meta-físico, más allá del más allá... reposa lo que tanto deseamos, pero... ¿Cómo podremos alcanzarlo sin precipitarnos hasta donde la mayoría se ha hundido? ¿Cómo? ¡Cómo...! Todos han levantado sus museos de cera para alabar su propia estatua y encerrarse en su torre hereditaria, ¿Quién ha sido sincero en la esperanza? y el eco repetía sus angustias indefinibles.
Y entre la incertidumbre de saber que existe lo que no se sabe, continuaron su inexacta ruta. Cruzaron arroyos y ríos; bosques de espesura no
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descrita y llanos sin horizontes... La excursión no terminaba. Y aunque no hubieran querido conti¬nuarla, el camino los envolvía...
Cuando llegaron a la cúspide de una monta¬ña esbelta y desconocida observaron el abismo más extraño jamás contemplado; fascinante, exó¬tico, atrayente y a la vez aterrador, brutal, inco-mensurable.
—¿Cómo se mira el vacío...? —preguntó uno de varios.
—El vacío no se ve... se siente... —otro res-pondió.
—¡Oh! ¡Qué enorme vacío veo y siento! —murmuró.
—¡Oh! ¡Qué enorme vacío vemos y senti¬mos. —murmuraron.
—Nosotros aún no entendemos... ni nadie nos entiende... En nuestra escasa caminata he¬mos visto tanto que... nos espanta y nos rebela; nos revela y nos consume: nos deprime y nos agota. ¿Para qué vivir...? ¿Para qué...? ¿Para qué continuar por este valle desolado y fatuo que aparece ante nuestros ojos? ¿Para qué prorrogar la ruta que nunca ha conducido al paraíso de los mitos y que tantos han torcido y borroneado? ¿Para qué tanta vanidad, si nada es perenne al hombre? Ni su fuerza ni su debilidad y cuando cree abrir sus brazos, ya son sombra con que forma su cruz.
—¿Cuándo volverá lo que ha quedado tan lejano...? ¿O cuándo alcanzaremos lo que creí¬mos tan cercano? ¿Y cómo !legaremos'?,
—¡Cuándo! ¡Cómo! —gritaron con desespe¬ro, con ansia infinita, con pavor fecundo... Y sus voces se perdieron en la inmensidad como un
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ruego... y allá en las alturas se convirtieron en florida música, guitarras electrizadas, percusiones coloridas... reunión de humos. Y los jóvenes co-menzaron a cantar para distraerse y olvidar. Olvi-dar entre risueñas poses y vestuarios melancóli-cos su confusión, su íntimo torbellino, su pánico. Y al mezclarse entre lo común, sin miedo a la co-tidianidad, su vaguedad insaciable los enredaba en viciosos círculos, en triángulos escatológicos, en cuadrángulos petrificantes; como vagabundos hospedados en cualquier sitio, sin importarles nada, despojados de raíces, sin cavar cimientos; desprendidos infructos de generaciones sin más entusiasmo que un narcótico suicidio. Y aulla-ban...como coyotes hambrientos abandonados al aquelarre de las herencias.
Y bailaron y cantaron hasta el anochecer en lucubraciones maravillosas. La luna, la plateada y pobretona luna de menguante, adornaba el cos-mos mostrando con desgano su blanca desnudez. Ellos, súbitamente, se fa quedaron mirando hasta quedar como hipnotizados... lunáticos lobeznos transformándose en hombres y mujeres desterra¬dos de un imposible edén.
—¿Qué somos...? ¿Qué hacemos...? ¿A qué vinimos a este mundo...? ¿Y para qué...? ¿De qué sirve todo esto? ¿Qué es la bondad? ¿Y el amor...? ¿Y el sacrificio? ¿Y el deber? ¿Y la injusticia? ¿Y Dios...? -dijeron de pronto enarde-cidos, frenéticos, anhelantes... —Ya no existen paladines. ¿O en verdad acaso han existido? ¡Perjurios! ¡Puede ser que nunca los haya habido. Todos han sido apariencias de linternas acomo-daticias y convenencieras. ¡Mentiras con vestua-rios de certezas que nos encadenan y nos han
diseñado desde niños los cerebros convenientes! ¿Quién se ha preocupado por nuestra desolación, si ellos mismos se encuentran abismados? ¡Nadie ha sido héroe! No hay grandes hombres ni muje¬res en los telares de la historia, sólo costureras tarántulas para su gulas de poder y oro...¿Y los sabios? Siempre fueron silenciados.— Cuando callaron, cual agotados, varios principiaron a meditar en voz alta...
—¡Debemos vivir en castidad!
—¡No! Se debe vivir intensamente; cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. ¡Que la muerte nos encuentre muy vividos!
—¿Vivir intensamente? ¡Sí! Pero sólo en lo sublime...
—¡No! ¡En lo abyecto también...!
—Mejor es vivir según nos impulse la natura-leza. De acuerdo con ella....—terció otro con ecuanimidad.
—¡Eso! ¡Eso debe ser! ¡Libres de hipocre¬sías y convencionalismos irracionales, subjetivos y estupidizantes!
—Mas entonces viviríamos como animales... ¡Pura biología!
—Sólo al principio; luego nos iberaríamos de nuestra animalidad. Y ascenderíamos a la su¬ma humanidad; dominadora de los instintos, creadora de lo puramente humano, despojados de las ataduras que nos imponen las ecologías y las ideologías.
—¿Y si no podemos...?
—¡Debemos!
Alguien comenzó a delirar:
—¡Oh! ¡Cuan hermoso es ser joven! ¡Y cuan terrible! Sin saber qué hacer ni cómo seguir por la
 
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vida ni cuándo... ¡Oh! ¡Qué laberinto! —y todos gimieron desesperada y dolorosamente.
Cuando los primeros rayos de luz aparecie-ron dibujando la silueta de las cordilleras de mil cumbres... y de mil nombres... los jóvenes volvie-ron a sus idealizados sueños y continuaron con su excursión, a ciegas... Los guías habían desa-parecido hacía mucho tiempo. A ninguno de los ancianos mentales les importaba la juvenil aven-tura desquiciante para cultivarla en brotes de co-gollos nuevos. Sólo planificaban la adecuada re-producción...
Al final... unos llegaron como siempre; y otros, optaron por huir, por irse al incomprensible infinito...
 
 
 
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EL ECLIPSE.
 
Q
ué lástima me da ese hombre! Siempre parado silenciosamente en esa esquina suplicando una limosna o alguna ayuda... ¡Cómo duele! Con tanto progreso y ver esto aún. Todo el santo día se la pasa ahí. Y pocos lo so¬corren. Si no fuera por la pierna que le falta, tal vez yo pudiera conseguirle empleo en la oficina, aunque fuera de mozo, pero así...¿cómo?
Hoy es mi día de pago... cuando regrese le daré unos centavos. Además hay bastante comi¬da de ayer. Se la obsequiaré. Al fin que estoy sola en casa y hasta mañana regresarán del pueblo mis padres. Haré una acción buena.)
Y pensando esto, la joven abordó un ómni¬
bus.
La mañana era fría. £1 sol apenas lograba destacar detrás de las nubes que oprimían al cielo esmogoso y presagiaban las tormentas vespertinas del verano. Las calles iniciaban el diario ajetreo, eterno peregrinar del hombre a la búsqueda de un sustento artificioso y se aglome-raban las indiferencias en los intereses de cada quien.
—Una caridá par' este pobre miserable. Una caridá por el amor de Dios...
Y algunos al pasar junto al individuo hara¬
piento y sucio; demacrado y abundante de barba,
negra y espesa; de dientes escasos, amarillentos
y podridos; de labios carnosos y amoratados;
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delgado de cuerpo, mediana la estatura y lisiado de una pierna, extendían la mano, como compa-decidos, para darle unas monedas. El hombre susurraba agradecido entre una mueca de ale¬gría y desprecio, tal cual si se sintiera humillado ante su situación.
—¡Pinches codos! decía.
Y veía alejarse con una mirada de odio y rencor a quienes lo habían socorrido, como si experimentara una intensa amargura, una larga envidia por saber que ellos sí eran felices, que ellos sí podían tener todo lo que se vendía y que eran capaces de combatir abiertamente en esa lid perruna por comprar lo deseado, seguros y con-fiados de sí mismos...o por lo menos así parecían.
*********************
Habían sonado en el enorme reloj de la iglesia cercana las seis de la tarde. La joven re-gresaba contenta y satisfecha de su trabajo. Sin darlo a sospechar siquiera, se detuvo imprevista-mente al llegar a la esquina de la calle por la que deambulaba y dio señas de buscar a alguien. Cuando creyó haberlo encontrado, caminó con mayor rapidez:
—Tenga buen hombre. —dijo al acercársele y darle un billete.
—Muchas gracias... —murmuró el miserable enmedio de extraña mirada.
—¿Quiere un poco de comida? No crea que es desperdicio. Está limpiecita.
—¿De veras, señorita?—cual sorprendido medio murmuró.
—¡Sí! ¡Claro! Venga conmigo. Es nada más aquí, en la otra calle.
Y la gentil se dirigió hasta su hogar. El lisia-do la seguía presuroso. Apenas si podía caminar con la muleta de madera con que se ayudaba. La amable sacó de su bolso una llaves. El pordiose-ro movió los ojos como si contemplara en sí mis-mo.
Su rostro hizo una mueca misteriosa. La voz de la joven lo interrumpió de sus cavilaciones.
—Ahorita salgo... —y entró.
La puerta había quedado entreabierta. El mendigo pudo ver cómo la buena colocaba el bol¬so sobre la mesa rinconera. Cuando miró que la gentil había desaparecido en el interior de la ca¬sa, se introdujo silencioso y buscó un lugar para esconderse. Expectante.
Al poco tiempo, la confiada reapareció y habló al necesitado. Nadie le respondió. Y sin presentirlo, con la muleta que el miserable lleva-ba, le asestó un golpe en la cabeza. La bella cayó inconsciente. El hombre la arrastró hacia el inte-rior. Cerró. Fue hasta la rinconera, cogió el bolso y lo abrió. Trémulamente sacó todo el dinero que allí se encontraba y se dispuso a huir.
Estaba a punto de hacerlo cuando miró el hermoso y juvenil cuerpo tirado a lo largo del re-cibidor. Pensó algo que lo hizo sonreír mordaz-mente. Tras de su vista se asomó un fulgor de bestia.
Con paso lento se aproximó hasta la desma-yada. La palpó voluptuosamente y comenzó a desnudarla con deleite sibarita.
Su carne lozana y sus senos de virgen ape-nas si se movían débilmente, palpitantes. Y el
 
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miserable quedó extasiado al ver aquella fresca desnudez. Lúbrico la besó. Con inquieta y temblo¬rosa prontitud se bajó los harapos que traía como pantalones y en un gesto lujurioso se enlagartijó sobre la inerte.
Afuera comenzaba a llover...
**+**************»
En uno de los consultorios de un hospital de la ciudad, una joven, pálida e inmóvil, es exami¬nada por médicos y psiquiatras. En el cuarto de junto una madre desolada no oculta su llanto; dos jóvenes aprietan puños y dientes y sin mirar, mi¬ran la alfombra desgastada de aquel sitio. Un hombre de edad madura diluye en un cigarrillo su paternidad ofendida.
Alguien, en otro lugar, disfruta de una espe¬cie de venganza...
Y para el sistema todo sigue igual.
 
 
 
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NlEBLA.
T
antas veces había escuchado de labios de su patrón y de todos los demás que trabajaban en el taller donde hacía ya más de cinco años se desempeñaba como aprendiz, aquellos comentarios burlones, maliciosos, descarnados y bestiales, que Adolfo se inquietaba al oirlos
Adolfo era un muchacho de diecisiete años. Cuando apenas había terminado la primaria, im¬pulsado por las necesidades económicas que asediaban a su hogar, tuvo la idea de buscarse un trabajo en el cual ganara algunos centavos para dárselos a su madre y así, facilitar el camino de la superación a sus hermanos menores.
Mas sus padres no querían verlo de simple chalán. Ellos anhelaban lo mejor para su hijo se¬gún les decía la experiencia Una profesión, aun¬que sencillamente costeada, pero lograda a fuer¬za de voluntad.
Y en un principio, Adolfo continuó en el es¬tudio; pero las exigencias aumentaban cada día: Libros, instrumentos, útiles, uniformes, cuotas... ¡Y aquello costaba tan caro! Y el dinero, que co¬mo siempre, no rendía
Con tristeza contenida vio la imposibilidad de proseguir y tuvo que abandonar la secundaria a los pocos meses de haberla iniciado. Su padre le había conseguido un buen empleo de aprendiz en un taller mecánico. No le pagarían gran cosa, pero lo poco que le dieran, serviría de aliciente a la economía hogareña. Además, Adolfo pensaba
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ante todo en sus hermanos. Ellos sí debían satis-facer los deseos de sus padres, y para eso, él iba a trabajar lo más que pudiera. Se destrozaría físi-camente, si era necesario, con tal de lograr aque-llos fines.
Y sumergido en tales sentimientos se afana¬
ba en su labor, y nada dejaba de hacer con gusto,
con cuidado, con empeño. Aquella mente, en ver¬
dad, estaba invadida de los más puros y elevados
pensamientos, como todas las de los jóvenes
sensibles y aún no programados.
Con tal actitud frente al trabajo, su patrón lo estimaba grandemente. Al poco tiempo de haber-se iniciado en aquel oficio, le aumentó unos cuantos centavos a su escaso sueldo. Endeble, pero alentadora recompensa a sus afanes.
—¡Qué a todo dar! Con esto me va a alcan-zar para más... De ciento cinco a ciento treintai-dós...
Y Adolfo se sentía feliz de poder contribuir a
la superación de sus hermanos. Uno, Ramón, que
le seguía en edad, había ingresado a la prepara¬
toria ya y esto lo satisfacía enormemente, sin en¬
vidias, sin reproches. ¡Qué ellos sí pudieran es¬
tudiar, era lo importante!
La casa en donde vivían, se había transfor-mado desde que él trabajaba. Ya no era la misma de su niñez. Parecía nueva. Todo había sido cambiado mediante el esfuerzo conjunto de sus padres y de sus hermanos. De la vecindad ente¬ra, aquella era la familia más progresista...
Adolfo era el más joven del taller. Cuando .legaba el sábado, sus compañeros de labores, más grandes en edad que él, treinta años, el que menos, armaban una escandalosa tremolina.
Después de recibir el pago semanal lo invi-taban. Se divertiría:
—Anda, güey, vente con nosotros. Ni pare-ces hombre...
El se disculpaba lo mejor que podía, pero no se animaba:
—Deveras que no puedo... No tengo dine¬ro... —y recibía insultos y deprecaciones.
Cuando al siguiente lunes regresaba al taller para otra semana de lo mismo, nuevamente es-cuchaba esas pláticas burlonas, insinuantes, pro-vocativas...
—La güera está re'buena... Tiene unas chi-chotas... que... ¡Ah! Quisiera uno comérselas...
—¿Y qué me dices de la Flaca? Cuando me tocó la de malas que en esa vez con ella... me dieron ganas de salirme... pero nomás pa' que ni ustedes ni ella dijeran que era yo un apretado, acepté. Le haré un favor a esta pinche vieja, pen-sé. ¡Hasta las ganas se me habían quitado! Ya ni se me quería parar... pero cuando comenzamos... ¡Qué sabrosura! ¡Qué exprimidotas me daba! Me hacía sentir el cielo... Y los besotes... y las ma-madas... Como es tan flaca, nadie le hace caso y está como nueva... De veras que muy pocas me han hecho gozar como ésta... ¡Que si aprieta! ¡Y cómo se mueve! ¡Unas venidotas que me hacía dar...! Como ni pesa está muy maniobrable... que p'aquí, que p'allá; que meciéndola; que el capiru-cho...
 
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—Pa' la próxima de a patitas al revés... y vas a ver lo que es cajeta... ¡O a la árbol...! ¡Se siente...! ¡Ah...¡
—¡Jijos mano! Llegué hasta las seis de la mañana a mi casa. Un cuetote que me puse y unas cogidotas con un viejorrón ...¡Pero qué viejo-rrón! No la solté en toditita la noche... Y como cinco y sin sacar...
—A ver cuándo se le quita lo putón a este cabrón de Adolfito y se viene con nosotros pa' enseñarlo a ser macho...
—¡Ándale! ,Échate las tres..! ¿A poco te' ogas con el humo?
—¡Órale! ¡Vamos...! No seas pinche rajón.. ¿O te pegan en tu casa?
—No puedo... en verdad... No tengo dine¬ro... y nunca. .
—¡Voy... voy...! ¡Mírenlo... mírenlo! 'ora nos sale el muy puro... ¡Puro marica! Qué se me hace que tú...
—¿Bueno... qué se traen conmigo?
—¡Ay sí! Se ofende la monjita...
—¡Aviéntate Adolfo! Vas a ver que te va a gustar... Ya es tiempo de que te enseñes...
—¡Déjalo! No le gustan las viejas ni el trago ni la fumadera... Debía llamarse Adolfita. Me gustaría que le pusieras una inyección pa'que sintiera lo que es chipocludo. A ver si así se vuelve cabrón...
Y Adolfo se angustiaba... y dudaba de sí mismo... Con suerte era cierto lo que los demás afirmaban de él. ¡No era hombre! Y se sentía avergonzado .
Había ocasiones en las que se atrevía a pensar en abandonar ese trabajo. Ya sabía mu-
cho del oficio y dondequiera podría encontrar chamba. Se decidía, pero luego ... (Y si me salgo de aquí y por más que le busque no encuentro. Tengo que aguantarme. Ahora que Roberto va a entrar a la universidad y que Ramón pasa a se¬gundo de arquitectura, necesitamos más lana... y Luisa ya va a cumplir sus quince años... ¡No! ¡No puedo salirme! No debo... ¡Que digan lo que quie¬ran y que se vayan al demonio! Y Adolfo seguía inexorable.
Veintiún años. Vibraciones sin medida. Y sentir que se apoderaba de si un algo inédito. Sus concepciones ideales se tambalearon. La realidad le aturdía. "Estoy hasta la madre de tan¬tas burletas y humillaciones.'' Y algo dentro de él le impulsaba a sentirse diferente. En aquel ono¬mástico decidió aceptar las invitaciones... Al fin y al cabo que...
Desde entonces fue cambiando. Una tarde, frente a sus hermanos que lo consideraban el modelo, le dijo a su padre, que le había llamado la atención por sus comportamientos recientes.
—¡Ya me tienen harto! ¡Me han fastidiado1 Si quieres que ellos lleguen a ser la gran cagada, pues que trabajen los muy huevones... Si necesi¬tan algo, qué les cueste. Yo ya no voy a sacrifi¬carme más para que cuando sean lo que quieren, me paguen mal, como toda la pinche gente.— Y enfurecido salió de la casa dando iracundo porta¬zo. Su padre lo llamó con energía, pero no regre¬só, sino borracho y hasta las tres de la madruga¬da.
 
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—Al fin te me portas como macho, Adolfo. ¡Ya era tiempo!
—¡Vete a la chingada y no me jodas!
—¡Huy! Y hasta valentón te has vuelto. Me-jor vamonos, pero no a donde me mandaste, sino a echarnos unas copiosas. Te las invito... No más porque 'hora sí eres bien cuate... ¡Como quería-mos! Y no lo mariquita que eras... Al fin que hoy es sábado... Y a la salida nos vamos con las vie¬jas de la calzada... ¿Sí?
—¡Juega el pollo! Me cai que sí... —y salie-ron del taller. Ambos fumaban como si la vida to-tal les perteneciera...
******************
En la perfumada cama corriente de un con-ga! de buena muerte, Adolfo gozaba de las cari-cias de un prostituta barata. De repente, apuraba la copa de ron para, después de saborearla, rei-niciar su lid voluptuosa y artificial. Adolfo se re-creaba... y no pensaba más que en diluirse en aquellas sensaciones que lo estremecían y lo hacían sentirse como un dios en pleno ritual ado-ratorio. Ahora sí creía en lo más íntimo que era un verdadero hombre... y no como los demás imagi-naban que era...
******************
—'Ora sí ya ni lo dudo... Las viejas andan tras de ti como las moscas tras el-pulque... Me cai de madre. El sábado te chupaste dos botellas de
tequila y como si nada... —dijo uno de sus gran-des cuates.
—Y el muy cabrón se metió con tres chama-conas distintas... Hubieras visto como las dejó... —interpeló otro.
-¡Ah, jijos! Saliste bueno.. —exclamó el ma-yor de los del taller—. Y nosotros que te creíamos putón.
Adolfo, que ajustaba el motor de un auto-móvil, sonreía con vanidad; ufano y orgulloso co-mo que fingía no escuchar los comentarios de admiración prodigados por sus compañeros de trabajo.Y sonreía... Sonreía.
Ahora sí estaba seguro de sentirse todo un hombre. Esta fama sí le satisfacía. Y un rictus de amargura se diseñaba en su rostro confundiéndo¬se con el esfuerzo de apretar un amortiguador..
 
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RAÍCES.
S
ábado por la tarde...
La silueta del edificio en construc-ción que sobresale de entre el caserío del barrio es recortada por las últimas luces del día que con serenidad van desapareciendo en el horizonte...
Se escucha el cántico tristón de una campa-na. Llama lastimera, como agonizante; implora-ción para que los creyentes asistan al rosario por las almas de quienes aún tienen cuerpo o por aquellas que lo han perdido en los rincones in-sospechados de algún cementerio.
El cierzo reedifica su gélido imperio. Los ricos ángeles en sus paraísos conectan la cale-facción. Su dios los protege tanto. Los pobres diablos se cubren con lo que pueden para no tiri-tar ni morir... Pocas veces su dios les hace caso; al fin que se encuentran en el infierno de sus propias llamas vorágines.
Y se desmesura el día, como las semanas que no acaban, como las horas que se agigantan, como los minutos que reciclan sus segundos in¬finitos... Y para los que aguardan, si aún les que¬da la gana de esperar, sucumbe una vez más la ilusión; esa burda masturbante de los trasnocha¬dos cursis.
Los muchachos del rumbo juegan entusias-mados y felices con una pelota desvencijada y llena de hoyos. Tal vez sueñan que las cámaras televisoras los enfocan como en los partidos co-
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mercializados. Sus gritos impacientes de goles, ora de alegría, ora de disgusto, rompen sin ecos la monotonía del atardecer invernal.
Sábado por la tarde...
La silueta del edificio en construcción que sobresale de entre el caserío del barrio es recor-tada por las últimas luces del día...
La obra ha quedado suspendida. Hasta el lunes siguiente habrá de reanudarse y en donde unas horas antes todo era ruido, agitación, mo-vimiento, rugir de aparatos mecánicos, constante ir y venir de trabajadores, reina complaciente la calma con su séquito de tristezas fatigadas.
Solamente permanece el pagador que hace la cuenta de lo que hubo remunerado a los albañi-les por su trabajo semanal. Calcula, ejercita las cuatro operaciones fundamentales y tal parece que no está satisfecho. La oscuridad a cada ins-tante se va tornando más intensa...
Las siluetas de dos hombres se ven entrar por la improvisada puerta del edificio. Llegan hasta donde se encuentra el rústico matemático que se deshace por hallar la solución a sus pro-blemas numéricos.
—¿A qué hora nos vamos? —uno de ellos interrumpe.
—Ahorita... Es que no me quiere salir la cuenta... Creo que me equivoqué en una divi-sión... —contesta.
—Nosotros ya nos vamos. Se está haciendo tarde pa'la fiesta. A'i nos alcanzas.
—Bueno. —musita y los dos individuos sa-len.
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Por la calle entristecida los hombres conver-san al compás de sus pasos que se pierden en el vacío insonoro de la noche y sus sombras pare-cen retrasarse como esclavas prófugas deforma-das por los lánguidos alumbramientos de anti-cuadas farolas.
—Creo que me estoy rajando. Mejor me voy. Seguro va a ser una borrachera.
—¿Y a poco no te gusta? ¡Va a estar re'suave!
—Sí... te creo... pero apenas me estoy re-poniendo de lo que gasté en la pasada parranda de hace quince días... Esta semana tuve que tra-bajar horas extras.
—Per'ora es de a gorra. ¿O a poco te rega¬ña tu vieja?
—Cómo crees, mano... Pero es que le pro-metí...
—¡Al chingada con las viejas! Pa'lo que sir-ven... ¡Órale! ¡Vente! Nomás te guardas la centa-viza y haces de cuenta que no trais ni quinto.
—Bueno, vamos... ¡Pa'luego es tarde!
—¡Así me gusta mi cuate! No como el chiva de mi compadre que se me hace que nos puso como pretexto eso de que no le salía la cuenta nomás pa'librarse de nosotros. Allá él... De lo que se pierde...
—Puede ser...
—¡Claro que yes!
—Yo a las dos de la mañana me salgo de la pachanga...
—¡Qué?
—Sí, aunque digas lo que digas, me viene
guango... La pobre se va a estar preocupando...
—y entre el vórtice solemne de las sombras, sus
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siluetas se entremezclan con las oscuras e infor-mes lejanías...
******************
El usado reloj, colocado sobre un desporti-llado armario, marca las cinco de la madrugada y estremece el silencio del cuartucho. Cuartucno misérrimo de los sin nada. Escaso de muebles y ausente de perfumes, ni siquiera baratos. Impera la penumbra... Solamente una veladora escanda-liza las umbrosidades con su tenue flama que parece bailarina esbelta y voluptuosa a punto de desfallecer y con cuyos movimientos obliga a las vírgenes para las cuales se encuentra ofrendada a que la acompañen en su danza agonizante.
Una mujer llora...
Tres chiquillos duermen el plácido sueño de la niñez. De improviso, como si no quisiera, la puerta rechina y se abre con lentitud... La mujer corta su llanto y mira aparecer la figura tamba-leante de un hombre que se diluye como quien no quiere en el interior de la rústica habitación.
—¡Al fin llegas1 —ella exclama.
—Shhhh... —responde él, con el clásico de-do índice tembloroso al borde de los babeados labios—. Vas a despertar a los escuincles...
—Otra vez t'emborrachastes y te gastastes toda la raya, Aureliano...
—No te preocupes, vieja... No la gasté... La guardé muy bien... pa'ti mi amor... Mira... —y principia como a buscarse algo...
—¿No? Pus que bueno viejo... Hasta que obrastes con la cabeza. Por eso no podemos ha-
cer nada pa'salir de esta maldita suerte... Con tu pinche vicio... Espero que sea verdad lo que...
—¡Me robaron! ¡Me robaron vieja! Era toda mi semana de friega. —grita asustado.
—¡Qué! ¡Cómo!
—Me robaron... jijos... Me robaron... ¡Yo no gasté nada! Te lo juro... Por diosito...
—-Sólo eso faltaba ... por diosito... Se me hace que es puro cuento tuyo. Parece como si yo te fuera a regañar. Al fin y al cabo que de todos modos me sobo los dias enteros lavando ropa ajena...
—¡De veras viejita! No gasté nada...nada... -y sin más poderse sostener en su borrachera, cae.
—¡Briago de tal! —grita con desprecio la mujer y lo arrastra como puede hasta la cama. Fuerzas de mujer recia, pero quién sabe porqué, débil...
Los niños parecen despertarse, mas conti-núan profundamente dormidos, como todos... La madre los contempla brevemente y torna a su llanto suspendido hasta que el alba se vislumbra por los mismos horizontes...
*******************
Domingo por la mañana...
Hace mucho frío. La niebla cubre con inten-sidad a la urbe bestial. Una mujer se dirige a misa con tres pequeños. El más chico va durmiendo enrebozado entre sus brazos morenos. Entran al templo. Se escucha el cántico tristón de las cam-panas con su tañido de siempre...
 
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na
Domingo por la mañana...
Hace mucho frío. La niebla sigue hasta las raíces.
Y las campanas siguen llamando:
—Talán... talán... talán... talán...
Y un algo como opio adormece a los que
ruegan y les da consuelo en su desesperanza de
nunca volver a ser flores y canto; ramaje y fruto;
cercano y junto...
 
 
 
 
 
 
 
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA.
T
engo que llegar a tiempo. No quie¬ro que vaya a ocurrí ríe una des¬gracia... —una mujer otoñal estru¬jaba su mente mientras afanosa hacía delirar las llantas de su automóvil deportivo desde un sudo¬rosamente aferrado volante. La vertiginosa velo¬cidad eliminaba con grises nacarados el color bugambilia de aquel carro de extravagante diseño y atrevida aerodinámica—. y pensar que lo que ha sucedido; lo que tal vez acontezca... ha de ser por mi culpa. ¡Sí! ¡Nada más a causa mía1 ,Qué estupidez espantosa he cometido! No debí haber¬lo hecho nunca. Abandonar a mi esposo así... y a mis hijos... Y tan solo por un capricho imbécil... Por algo que ahora me avergüenza. ¡Soy una cretina! Y lo que más me molesta es haber de¬fraudado la confianza de Octavio... Tan buen ma¬rido como es... Y yo... ¡Oh, no! ¿Qué es lo que irá a decirme? ¡Ojalá que no se haya enterado! Que nadie le haya dicho que durante los días en que estuvo fuera del país, yo cometí la traición más detestable, ignominiosa y putrefacta de mi vida. Sí, aunque Renata diga que soy cursi y anticua¬da, me arrepiento de lo que hice. El ha sido siem¬pre un hombre tan impecable. Me ha dado lo que cualquier mujer ha deseado: Amor, hijos, joyas, viajes, dinero... Nada de lo que yo le he pedido,
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me ha negado. Y yo tan idiota que he sido. ¿Por qué tenía que conocer a ése? De haber sabido a lo que me iba a conducir... ¡jamás le hubiera he¬cho caso! ¡Canalla!
Aquella tarde... en casa de Renata, cuando estaba a punto de abandonar la fiesta, llegó. ,Tan jovial! ¡Tan radiante de no sé qué! Su sonrisa, su voz, sus ojos. Y tan apuesto... tan elegante.. Co¬mo una simple y bobalicona jovencilla me dejé atrapar.
Aún resuenan en mi cerebro las palabras que nunca debió haber pronunciado. Cómo re¬cuerdo aquella sensación tan estremecedora cuando sentí sus viriles manos que apretaban las mías... Cómo me excité...
—Encantado de conocerla. No sabe cómo me ha impresionado su belleza de mujer madu¬ra... Es como si un halo de misterio la rodeara...
—Alfredo es uno de los amigos más galan¬tes que tengo, Elena... No te confíes mucho en lo que dice... —sonriente dijo Renata y brindamos felices por aquel agradable encuentro... Yo lo mi¬raba extasiada.
Las horas se esfumaron como un sueño. Había ejercido en mí una extraña fascinación su clara y penetrante mirada. Su rostro varonil y su arrogante presencia me conmovían profundamen¬te y yo, como una tonta, le demostraba incons¬cientemente mi debilidad, mis dormidos deseos de sexo, de un sexo diferente al cotidiano de es¬posa santa... como él quisiera...de cualquier for¬ma... ¡Qué degradación la mía!
Hacía tanto tiempo que nadie me veía de esa manera... Octavio siempre ocupado en la empresa y desde hacía tantos días que no inti-
mábamos. El gran hombre que nunca se fijaba en su pequeña mujer. Siempre dedicado a preparar viajes, conferencias, reuniones de negocios. Y yo... sola... cumpliendo las abnegaciones de la señora. Desesperada porque nunca podía estar con él, como antes... Cuando aún buscaba los hijos para por ellos luchar. Y extrañaba sus cari¬cias, sus mimos, su amor de entonces... Llegué a pensar que ya no le interesaba mi persona para nada... Su prestigio era más importante que yo. Y fue así como...
Renata volvió a invitarme a otra de sus fiestas. Me informó que Alfredo iría. No sé porqué se le ocurrió decírmelo. Tal vez sospechaba algo de lo que me acontecía; no obstante las aparien¬cias...
Desde el día en que lo había conocido, ja¬más había vuelto a verlo. Sin embargo, su efige, su gallardura, su caballerosidad, se reproducían a cada instante en mi imaginación. Un intenso calor me conmovía hasta mis nervios más recónditos. Y aunque luchaba por no pensar en él, ni encon¬trármelo en alguno de los sitios que yo frecuenta¬ba, algo insólito temía que sucediera. Lo que no debía pasar... pero era ya casi inevitable...
Cuando llegué a la residencia de Renata, Alfredo platicaba con ella y mi amiga lo escucha¬ba atenta. Yo sentí algo de celos, pero estos se olvidaron en el momento en que me saludaron y él besó mi mano con delicadeza principesca. Temblé...
Octavio había emprendido su largo viaje de negocios a Europa y yo me encontraba sola, abandonada en el desierto populoso del mundo. Mujer aburrida, estéril y débil. Hacía tanto tiempo
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que nadie me besaba con amoroso fervor, que me desconcerté. Quedé turbada.
Durante el baile, Alfredo no se separó de mí. Me colmaba de elogios. Me llenaba el cerebro de palabras que ahora me parecen tonterías. Hasta que... no resistí más... Me invitó a la terraza y allí... obvia tontería de folletón... sus labios se acercaron tanto a los míos que ya no pude vencer lo callado. Y me besó... y lo besé... y en un in-menso y furioso abrazo creí morir... como en la peor telenovela. El me pidió perdón por su atre-vimiento y murmuró en mis oídos algo incom-prensible ... que me amaba y que sabía que yo sentía lo mismo por él. Pronuncié con voz cortada su nombre y él contempló ardiente mi rostro de mujer insatisfecha.
Al salir de la fiesta fue a dejarme a casa y quedamos de ir a gozar de nuestra dicha al cam-po. El se despidió caballerosamente.
Dije a mi madre y a mis hijos que Renata me había invitado a Acapulco para pasar allá una semana de descanso y que no se preocuparan.
¡Nunca debí de hacerlo! De haber imagina-do que solamente Alfredo tramaba... ¡Oh...! ¡Dios mío! ¡Ayúdame! De hoy en adelante mi vida va a ser espantosa. Tengo que pagar el silencio... si no... ¡El escándalo! ¡El derrumbe de mi esposo! ¡La ruina! ¡...y mis hijos...! ¡Oh...! Y la mujer pa¬recía aumentar la velocidad del automóvil. Anhe¬laba llegar con la mayor prontitud posible a su hogar, que ella imaginaba destruido para siem¬pre...
La gigantesca serpiente de asfalto parecía interminable. Se enredaba voluptuosa en las montañas. La mujer temblaba... Las llantas rechi-
naban furiosas en las curvas... Cuando daba vuelta a una de ellas, un autobús apareció. La infiel creyó que se le venía encima... que iba a chocar... Trató de evadir el golpe... Hizo un gesto de desesperación y terror... El automóvil salió de la carretera para caer a un oscurísimo precipicio. Ella quiso saltar. No alcanzó a hacerlo.
Todo daba vueltas a su rededor. Rapidez vertiginosa... Los cristales iban estrellándose. Sintió que le clavaban cuchillos por todas partes.
No supo más...
 
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PULGARCITO
 
E
ra un ser sin importancia. Baja la estatura, delgado el cuerpecillo, mediocre la presencia y marchito el semblante. Carecía de voluntad, como muchos... Lo dominaban, como pocos... Todo él dejaba bastante que desear.
Cotidianamente, a la misma hora, atravesa¬ba el mal cuidado jardín de la colonia donde vivía para dirigirse a su trabajo: Mozo simple de oficina común.
Allá, el jefe, las secretarias y los demás em¬pleados se mofaban de él. Las bromas se suce¬dían unas tras otras. Le destapaban el refresco que siempre llevaba para el almuerzo; le coloca¬ban en su torta un ratoncillo destripado; le colga¬ban letreros despiadados en la espalda sin que se diera cuenta... y el ser sin importancia lo admi-tía sin protestar, como si gozara siendo el hazme¬rreír de sus conocidos, como si nada lo ofendiera. En el trabajo, su labor principiaba por colo-carse una deteriorada bata, coger un plumero y empezar a sacudir los abundantes armatostes de los despachos. De cuando en cuando le encarga¬ban la realización de una que otra tarea extra y que parecía motivarlo tanto como si lo enviaran a una gran hazaña: Ir por el periódico del gerente, recoger y dejar algunos documentos u objetos, transmitir un recado a sutanito. Así transcurría su existencia, sin más, ni menos, sin mayor ni me¬nor...como en la peor burocracia.
 
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Mas quién sabe por qué, aquella mañana llegó muy contrariado. Estaba decidido a demos-trarles a los que hasta entonces se habían burla-do de él, que no era un indefenso e inútil hom-brecillo. Iba a romper definitivamente con esa si-tuación indigna para su persona. Iba a cambiar su imagen. El anuncio del periódico le había dado esa idea. Podía ser respetado y admirado en me-nos de veinticuatro horas. Tomaría el curso de personalidad nulificada.
(¡Ya verá el desgracido de Ramírez que siempre anda presumiendo de ser el más inteli-gente y sabihondo de los que trabajamos aquí, quién soy yo! Le pondré la muestra. Lo rebajaré y lo humillaré tantas veces como él lo ha hecho conmigo. Y el jefe... ¡Ah! ¡Ya se va a dar cuenta de lo que soy capaz! Nunca me ha dado un as-censo porque cree que para nada sirvo. Pronto se enterará de quién es el mejor de sus empleados y se arrepentirá de la humillación que me ha hecho en presencia de los estúpidos de mis compañe-ros.
(¡Voy a renunciar! ¡Me será insoportable seguir en estos lugares!
Todavía soy bastante joven como para hacer una profesión destacada. La economía es intere-sante. Iré a la Universidad. Me inscribiré en esa carrera y un día... dentro de algunos años, regre-saré. Pero entonces no he de ser simple mozo de oficina, sino nada menos que el señor licenciado. ¡Con cuánta envidia han de mirarme! ¡Sobre todo el tal Ramírez! Lie por aquí; lie por allá. Y así... yo seré el que ordene en el despacho. Tendré un formidable escritorio y una secretaria privada...
Gozaré viendo cómo Rosita, tan bonita pero tan malilla conmigo, escribe apresurada lo que yo he de dictarle. ¡La haré trabajar impíamente! ¡Hasta cansarla! ¡El que ríe al último, ríe mejor...! No saben lo que se les espera... ¡Todos pagarán sus burlas hechas a mi costa! ¡Todos!)
Y el hombrecillo gozaba con sus planes. Parecía que un aliento diabólico lo invadía. Se hallaba decidido a cambiar de vida, a que lo res-petaran tan altamente que llegara a imponerles pánico a los imbéciles que lo habían despreciado y humillado. .
Cuando pensaba en aquello, sentía una profunda alegría. Una emoción desconocida le alborozaba y su rostro cobraba fuerza y vigor en-tre destellos de furia en sus pequeños ojos.
El fastidio de llegar una hora antes que los demás para hacer el aseo diario lo carcomía. Dentro de poco se daría el lujo de faltar; los eco-nomistas eran muy importantes para el éxito de las compañías y éstas no podían despedirlos con facilidad.
Quienes hasta el día anterior lo habían es-carnecido con sus idioteces iban a rabiar... ¡Sí! A rabiar como perros al verlo convertido en un gran personaje.
La decisión se reflejaba en sus movimientos. A veces suspendía sus actividades para seguir haciendo planes. Luego, después de ver el reloj de pared que poco a poco iba llegando a la hora indicada para comenzar labores, continuaba su ocupación.
(Dejaré el trabajo. Los insultaré... los humi-llaré y me marcharé inmediatamente. Aunque... ¡Sí! Algún día he de volver, y para entonces, ha-
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bré de hacerles la vida imposible, como ellos han hecho la mía. Ya verán... ¡Bah! Acaba de llegar Rosa... Estúpida...)
—Buenos días chaparrito... —burlesca...
El quiso contestarle con una grosería, gritar¬le que la despreciaba, que ya se la pagaría en alguna ocasión, mas algo extraño lo contuvo... (Ya lo verá la muy pendeja.) No se atrevió. Sólo acertó a responder con su habitual sonrisa de idiota:
—Buenos días Rosita... ¿Cómo está usted!
—¿Cómo? Pues qué no me ves que bien estoy... —rió con la mofa acostumbrada.
El mozo continuó terminando el aseo. Poco a poco comenzaron a entrar los demás emplea¬dos. Conforme llegaban, iniciaban sus bromas con el hombrecillo y éste, sonreía, como olvidan¬do sus pensamientos recientes. (Hay que dejarlos que sigan con sus estupideces. Total...)
La solitaria y húmeda oficina fue convirtién¬dose en intenso murmurar de máquinas de escri¬bir, de zumbidos de lápices y plumas que hacían algunas anotaciones importantes o intrascenden¬tes. El espacio transparente iba plegándose ser¬pentino con el humo despedido por los cigarros de los fumadores. El silencio de antes se había extraviado, entre aquel naciente escándalo sin límites.
Y el mozo vio llegar a Ramírez con traje nuevo, a la última moda. Quiso gritarle también que lo despreciaba, mostrarle todo su resenti¬miento que hacia él sentía... (¡Imbécil! ¡Siempre contoneándose como guajolote! ¡Como si fuera tan gran cosa...! ¡pendejo!)
 
El hombrecillo contemplaba cómo los ofici¬nistas elogiaban el buen gusto para vestir de Ramírez y cómo ellas lo admiraban. El ser sin importancia se sentía corroído por la envidia y por el rencor, mas parecía asentir en los comentarios elogiosos de sus compañeros hacia Ramírez y su ostentosa presunción, con una sonrisilla cretina.
De buena gana le hubiera dicho a todos sus verdades y su verdad... Les hubiera escupido en el rostro la indignación que tenía almacenada en su interior. (¡Malditos! ¡Desdichados...!) Para él no había ninguna mirada de aliento. Siempre lo veían con lástima. Pero no podía, no podía. Era incapaz de hacerlo. Era incapaz... Algo lo repri¬mía.
Cuando el jefe llegó y ordenó que fuera a traer su periódico acostumbrado, él, que era tan obediente, tan bueno... cumplió con la alegría de la cola del perro que trae algún objeto en el hoci¬co para su amo. No obstante, sus adentros se revolucionaban, (El jefe... ,Bah! Nada más por favoritismos.)
Con cuánto agrado le hubiera dicho que no iría por el diario, que buscara a otro... que ya te¬nía otro empleo de mejor categoría y que se que¬dara con sus órdenes, con sus papeles y con su dinero. Con cuánta satisfacción le hubiera repro¬chado y regritado: "Adiós puto gruñón. Me voy porque ya no te soporto y porque estoy fastidiado de tu molicie sebosa, de tu pinche rostro hipócri¬ta... de tu comportamiento de aristócrata chinga¬do...!" Pero nada dijo. Nada.
Salió con humildad del privado y fue a com¬prar el diario.
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Eran como las doce. El ser sin importancia había pasado toda la mañana sentado en un rin-cón, en tanto que esperaba nuevos mandatos.
Inesperadamente, Ramírez llamó la atención de sus compañeros y dijo sonriente:
—Voy a decirles una adivinanza. El que no la adivine invitará el almuerzo... —el hombrecillo escuchaba atento—... Es como un hilo, pequeño como un renacuajo y tiene los ojos de triste hor-miga y el cabello de mono. No es nadie ni sirve para nada. Es un inútil, como muchos... pero chistoso, gracioso, cómico. Y su cerebro es más insignificante que el de un mosco.
Al instante, el mozo pensó que era otro de los pesados chascarrillos que sobre él hacia el tal Ramírez. Quiso saltar como un tigre en contra de su provocador y abofeterarlo, romperle la faz y el alma, pero no pudo... no pudo. Vio que los demás sonreían mirándolo y al darse cuenta de ello, él también sonrió... sonrió...
Y el hombrecillo sintió una felicidad indes¬
criptible e inacabable. Era como un goce nunca
antes sentido: Ser el centro de la atracción... de
la atracción. Los oficinistas comenzaron a carca¬
jearse con estrépito y lo rodearon con sádico es¬
cándalo. Deseó matarlos en aquel momento.
¡Matarlos! Hacerlos trizas, pero algo se lo impi¬
dió... y sólo murmuró con subrepticia voz:
—¡Cómo son...!
Y al ver que se carcajeaban de él con una
euforia pocas veces vista, principió igualmente a
reír con mirada mustia y con agresión presa ante
aquella inaguardada satisfacción de sentirse el
foco de atención... aunque fuera por unos instan-
tes. Después de todo, el papel de bufón siempre fue valioso para los reyes, pensó.
Y rió y rió y rió... y lo que había planificado quedó en el olvido. (Para qué matarse tanto con un curso así. A lo mejor es una estafa. En reali-dad todos me aprecian aquí. ) Su sed de matanza se diluyó en el goce de sentirse donador de ale-grías.
Y el hombre sin importancia se quedó aho-gado, vencido, acobardado en aquel inmenso y profundo océano de hirientes y lacerantes risas, como los impotentes para rebelarse, porque dis-frutan las apariencias de la felicidad.
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LAS JOYAS DE CORNELIA
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ra larga la cola para empeñar. El impío Monte de Piedad explotaba de menesterosos que iban hacia él en busca de un poco de dinero para satisfacer diversas necesidades, algunas apremiantes. Y todos guardaban sumisamente, como domeñados, el momento de llegar a la ventanilla de préstamos para obtener lo que tanto ansiaban, a costa del sacrificio de ver perderse entre el amontonamiento de objetos, lo que tal vez era muy preciado y por lo cual les sería adju¬dicada alguna miserable cantidad.
El calor sofocante invadía el lugar. La multi-tud, el nerviosismo, los rayos del sol, que pene-traban por el patio central del edificio, desespera-ban hasta al más calmado y por doquiera se mi-raban rostros afligidos, demacrados y míseros; o llenos de odio, amargura; o de impaciencia o de resignación.
Algún niño lloraba con la esperanza de que su madre lo cargara en brazos; otros parecían divertirse entre el laberinto y el murmullo sollo-zante del local. Sus risas de cristal cortado, eran frágiles intentos para herir preocupaciones que se aferraban en su anclaje.
De rato en rato atravesaba por los pasillos un vendedor que gritaba sus productos como pa-
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ra acabar lo antes posible con ellos y así, poco a poco, aumentar las ganancias; capitalista en cier-nes. Y ofrecía la gelatina mosqueada, la paleta derritiéndose, las golosinas deformes.
Los niños imploraban a sus padres "cómpramela" y sus voces parecían ignorar la aflicción que embriagaba a sus mayores.
La agitación en el Monte impío, usura con licencia, continuaba. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, nobles y vulgares, mezclados indistin¬tamente, avanzaban con lentitud, sin compasión, por no saber lo que podrían prestarles a cambio de un reloj, de un radio, de una máquina de es¬cribir, de una joya ilusionada, de un libro de pre¬meditada fama o de un abrigo. Nadie se impa¬cientaba. Con calma aguardaban la hora, el mo¬mento de tener fugitivas en las manos unas mo¬nedas que pronto irían a parar a los bolsillos de los cobradores, de los comerciantes o de los abusivos.
Algunos se olvidaban de sus preocupacio-nes y se entregaban a platicar con el vecino de los más variados temas: La eterna vida cara; los perennes políticos descarados que manufactura-ban negocios particulares a costa del pueblo diz-que trabajador; la inmarcesible y famosa actriz de cine, prostituta discreta; de los fuertes puñetazos del boxeador de moda, cretino salvaje de siempre o de los patadistas que se habían destrozado las espinillas por culpa de un balón fugaz, pero adi-nerador.
El murmullo que producían las diversas con-versaciones se agrandaban en estruendoso im-pulso, como si hubiera deseado desgarrar los techos y escapar hasta los cielos en súplica dolo-
rida, en sollozante desconsuelo, en lastimero ruego...
A muchos se les veía cavilar ofuscados, co-mo en dolorosos estancamientos, como prisione-ros de lo interno. Y así, lentamente, aguardaban el instante de mostrar las prendas que llevaban para recibir un préstamo miserable, apenas la tercera parte quizá del valor original; degradación del trabajo.
Y los empleados, rústicos e ignorantes va-
luadores; de rostros despóticos y sombríos; frun¬
cidos y amargados; burlescos y sádicos; parecían
gozar contemplando el dolor humano, el dolor
provocado a veces por el despilfarro o por la in¬
justicia. Con gran dignidad y adusto desprecio
rechazaban los objetos que según su omnipoten¬
te juicio, enriquecedor de la institución impía y
socios, consideraban como poco valiosos. Y aun¬
que los necesitados no lo manifestaban ni por
asomo, el enojo y la decepción, el temor y la de¬
sesperación, se confundían en muchos interio¬
res...
—Diez pesos... —voces duras e insensibles.
—¿Diez pesos nada más?... Pero si a mí me costó mas de doscientos... —voces angustiadas.
—¿Acepta? jSi o no!
—Aunque sean cincuenta... —cara suplican¬te y trémula.
—¡No! ¡Ándele...! Decídase pronto! Si no, no estorbe... ¡El que sigue...!
Y una de dos... el necesitado cedía o se
alejaba iracundo, furioso contra la iniquidad, el
abuso y la explotación reglamentada.
Entre la muchedumbre que esperaba el mo-mento de llegar a la ventanilla de empeño, se en-
 
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contraba una mujer morena, vestida con negros andrajos, de porte indígena, ojos llorosos y rostro como sublimado por el dolor.
Con el rebozo se ayudaba a cargar a un chiquillo que dormitaba el sopor. La necesidad inundaba su faz demacrada. Casi había llegado. Traía una pequeña bolsa de papel en la que se veían tres ya inusables planchas de fierro.
—El que sigue —aulló el valuador y la des-venturada sacó su prendas para ponerlas sobre el mostrador. Temía.
—¿Trae otra cosa? —secamente preguntó.
—Nnno... ¿... porqué...?
—¡Por esto no podemos prestar nada! -Con desprecio.
—¡Cómo...! Algo tan siquiera... cinco pe¬sos... Es para llevarle a mis hijos de comer... soy viuda... Mi esposo murió hace una semana en un accidente de la fábrica donde trabajaba y no nos han dado la indemnización... Yo no he podido encontrar empleo... no me quieren por mis ni¬ños... dicen que son muchos... —habló atropella-damente.
—¡Lo siento! No tiene por qué contarme su vida... No me interesa. ¡Hágase a un lado! ¡El que sigue...!
—¡No! —desgarrante— ¡Présteme! —y-los ojos se le preñaron de lágrimas— ¡Por mis hijos que se mueren de hambre!
—Ya le dije que lo que usted trae no vale nada... —Indiferente.
—¡Qué más puedo dar... si ya no tengo...!
—¡Lo siento! ¡No estorbe! —impaciente.
—¡Sí! ¡Sí puede prestarme! —desesperada se aferraba a la ventanilla—. ¡Le dejo a mi hijo! ¡Sí, se lo empeño!
—¡Está usted loca! ¡Ya no estorbe! —irónico.
—¡Quiten a esa borracha...! —ulularon enfu-recidos los de la formación...
Y la mujer, axfixiada por el llanto, debilitada de suplicar, salió del Monte impío. Tal vez des¬pués tuvo que pedir misericordia por las calles, humillación infrahumana, para sus muertos de hambre. Por supuesto que nadie le creería. El negocio pordiosero deja grandes ganancias. Y aquella mujer parecía contar con los cachivaches adecuados para la miseria vivendis.
Y quién sabe... pero...
En uno de los más famosos y renombrados sindicatos se celebra el aniversario de la funda-ción del mismo entre el derroche de suculentos manjares y la exquisitez de los vinos...
Y...
Un líder, aclamado como defensor de los derechos de los trabajadores, sale para Europa en viaje de observación, estudio... y por qué no, de placer. Sus subordinados dicen que lo merece.
Aunque...
Entre los cientos de casos de indemnización que yacen encerrados en los archivos de una ofi-cina, se guarda uno más.
AQ
EDIPO REY
S
ilencio, tinieblas, oscuridad... Nada se vis¬lumbra en los espacios de aquella habitación; solamente se escucha una voz estremecida que se quiebra al compás de sus acongojadas vibraciones. Un aliento asfixiante, la ahoga...
—Ya está satisfecho mi cuerpo, pero no mi corazón; ese no. ¡Nic! Jamás habrás de estar es-trechado entre mis brazos... Nunca sentiré el co-rrer de tus manos por mi anhelante carne. No po-drá ser lo que pienso: unión de sexos y de espíri-tu, calma a esta excitación insaciable ¡Oh... Nic! ¡Es desesperante! Constante pensar en lo mismo y enfrentarse a la realidad de no palparte, de no confundir mis labios con los tuyos, de no fundirte como el plástico ante el fuego de mis apesadum-bradas ansiedades.
Si pudiera decirte cuánto te deseo, cuánto sufro por tu ausencia, cuánto peno al saber que nunca... que nunca... ¡Oh... Nic! No entiendes el porqué de estos momentos. ¿Por qué no pueden mis labios comunicarte mi pasión? ¿Por qué no pueden implorarte que vengas a mi lado? Yo sa-bré ofrecerte lo que nadie... ¡jamás!... te ha podi¬do brindar. El placer para tus ganas amorosas, el descanso voluptuoso para tus cansancios; el ar-dor supremo para tus frialdades; la ardiente flama que te abrase y que me abrase... y que nos con-vierta en cenizas hasta confundirnos.
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Pero no... no... no será... No se transforma-rán mis fantasías en verdades. ¡Es imposible! ¡Imposible!
El temor, la cobardía, el miedo a tu despre-cio, a la tortura de no poder continuar mirando tu rostro y tu cuerpo... cuerpo prohibido para mis manos y para mis ansias, me lo impide.
Si al menos supiera que al enterarte de mis intenciones no quedarías horrorizado, que com-prenderías mis sufrimientos... y que no volverías la cara indignado ante mi presencia, entonces, tal vez... te lo diría... Te diría lo indecible... las cau¬sas de mis torturas, de mis martirios... ¡Oh... Nic! ¿Por qué tú no puedes amarme como yo te amo? ¿Por qué no puedes? ¿Por qué? ¡Qué triste es este amor que no se atreve...! Y... ¡ah...! Te ne¬cesito para acariciarte, para hacerte mío por siempre! ¡Para siempre! Si comprendieras este llanto que escurre por mis mejillas, pálidas y mus¬tias por tu lejanía, por tu ausencia eterna; si en¬tendieras la súplica que ante ti diariamente brota de mis ojos y que luego... en la soledad, se transforma en lágrimas, tal vez vinieras y serías mío. ¡Mío!
Tanto tiempo he ocultado este secreto que pensé haberlo perdido, pero hoy... hoy que he vuelto a verte, resurgió lo imposible. Y ya no pue-do resistirlo... ¡No puedo!
Si al menos tuviera la esperanza de que tú... pero no... no... no habrá de ser lo que deseo... ¿para qué pensarlo si nunca sucederá? Jamás me uniré a tu sexo... Jamás llegaré hasta lo hon-do de tu ser... ¡Es inútil!
Amo la lluvia. Odio el sol. Triste es el amor en mí. Después que llueva volverá su luz, mas para mí jamás.
Amarte así, sentirte aquí y no tener nada de tu ser. Desearte hasta morir y no poder decir que te amo... te amo...
Vibrar por ti y hacer callar al corazón.
Estas manos que ahora se cierran desespe-radas por no poder hacer suyo lo que aman, tie-nen que ser mi destrucción.. ¡Sí..! ¡Mi autodes-trucción! Las alimañas tienen que morir para que a nadie dañen. No deben continuar su inexplica-ble existencia, no han de vivir más.
El fango tiene que secarse al contacto con el viento para volverse tierra... tierra... ¡Oh... Nic! ¿Por qué esta situación desesperante? ¿Por qué no cambian su ruta los planetas? ¿Por qué no se transforma este mundo en un nuevo? Un mundo en donde no existan los prejuicios, ni los conven-cionanlismos, ni la estupidez.
Satisfice el cuerpo, sí, pero el alma no. En mí continúa la vacuidad inacabable. Vacuidad que sólo habrá de llenarse al contacto de ti o al contacto de mi vida con la muerte... Y de estas dos razones... la última es la que puede aconte¬cer. ¡Morir! ¡Morir! ¡Sí! La muerte me espera. La muerte me llama... Ella calmará mis sufrimientos, mis frenéticos desencantos, mis lucubraciones angustiosas. ¡Callará para siempre lo oprimido! Y Nic... ¡Nunca lo sabrá! ¡Nunca lo sabrá...!
Y la voz se desvanece en un lamento dolo-roso. El silencio vuelve a reinar. De pronto, una lucecilla de buró se enciende e ilumina sombría-mente la estrechez de aquel cuarto refinado. La delgada silueta de un hombre esbelto y desnudo
 
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se desliza con pesadez hasta el armario. Abre uno de los cajones del mueble. Tiembla.
—Es mejor la muerte... —murmura sofoca-do— La muerte antes que el desengaño, antes que causarle asco y desprecio, antes que conti-nuar con esta terrible desesperanza...
Después de una búsqueda desordenada, el individuo saca una pequeña arma de fuego. Con rapidez vertiginosa la lleva hasta sus sienes y dispara. Se desploma inmediatamente. Deja de respirar. Su demacrada faz queda humildemente cubierta por la opaca luminosidad. Parece con-templar el techo donde su imaginación ya nada recrea. Su mirada ha quedado fija. Sus labios se han entreabierto amoratados...
Víctima atormentada por la Naturaleza.
¿... o por la sociedad...?
 
 
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LA VORÁGINE.
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l anuncio luminoso de una taberna se encien¬de y se apaga. Son los primeros atisbos de la oscuridad nocturna. La calles van quedando solitarias y silenciosas. Todo se dispone a entre¬garse al sueño alucinador.
Las persianas movibles de la cantina se abren repentinamente y dos hombres salen tam-baleándose, en zigzag...
—Pues si mano... Por esa pena traidora me emborracho... sufro... —hipea—. En mi casa no me quieren... Dicen que soy un fracasado y me insultan.
—Porque te dejas mano., hip... A mí me respetan... Imponte, hip...
—Si tú conocieras a mi vieja.. Ya no es la misma de antes... Ahora es hasta más enojona que mi suegra. ¡Me grita! ¡Me insulta! ¡Me exige más de lo que puedo darle! Me llama desobligado ¡Inútil!... Pobre diablo... Tú sabes que soy lo con¬trario... y por eso mejor voy a divorciarme... Pin¬ches viejas. Nomás se la pasan exprimiéndolo a uno.
—Harás muy bien... no te dejes... Par' eso somos amigos... hip... Invítame otra cubita ¿no?— y regresan al tugurio.
En el interior del negocio, cómplice de la pobreza del hombre mísero, se escucha el es-cándalo lujurioso producido por las disputas que de vez en vez surgen entre los ebrios. La atmós-fera se torna visible y adquiere formas apesa-
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dumbradas con el humo fantasmagórico de los cigarrillos. El olor penetrante del alcohol, arma de dos filos, para volver a la vida o desposar a la muerte, extiende su manto dominante y adorme-cedor.
—Para lo próxima semana, se lo aseguro colega. Ese dinero ya es nuestro...— Un delgado individuo afirma a otro de lentes oscuros que lo hacen dárselas de misterioso. — La viudita pien-sa que ya nos hizo pendejos, pero se ha equivo-cado. Esa comisión estará cobrada en menos de ocho días.— Y la copa de coñac besa amorosa-mente los labios.
—Ojalá licenciado. Nuestros honorarios ante todo. Ella firmó un convenio y tiene que cumplir-lo... si no... verá lo que haremos... —Y fuma vo-luptuosamente un aromático cigarro extranjero.
—Hicimos más de la cuenta para salvarle la casa... Le cumplimos y ahora que la hipoteque para pagarnos el cincuenta por ciento que nos corresponde. Va a ver, colega... va a ver...
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—Y luego su marido se fue... Yo estaba de-bajo de la cama...— Algunos amigos platican sorbiendo cerveza. Todos estallan en carcajadas.
—¿Después que hiciste...?
—¿Tú que crees...? —Y siguen riendo...
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—Vida monótona, carente de belleza. Triste existencia, estéril jardín. Árida montaña de dolo-res... Cuan pronto se va la felicidad y qué rápi-
damente llega la amargura. Océano infinito de aguas salíferas... Hirientes... llagantes. Volcáni-cas rocas sin aliento... —otro de los muchos ex-clama ardiente como profeta al pueblo—. Barba¬rie anímica... Desdicha eterna... Imperecedera flama del odio... Escuchadme todos... Nadie deje de poner atención a mis palabras... Las palabras que predicen el lamentable porvenir... Dejen en-cerradas las preocupaciones... Los deseos... Los brazos del vino nos invitan al goce supremo... ¡Bebamos! ¡Bebamos! ¡Endulcemos la amarga existencia con el néctar del licor...! ¡Escuchadme todos...! Pronto las estrellas desaparecerán del cielo. El sol dejará de enviarnos sus rayos. El hambre y la peste reinarán sobre la tierra y el hombre será la causa de estos sufrimientos, su ambición desmedida, vanidad exagerada y su egoísmo... germen del rencor... execrable... fin de lo humano.... ¡Escuchadme! ¡Escuchadme! ¡Embriaguémonos mientras tanto! Nada es eterno al hombre y disfrutemos de lo único agradable de la vida... —y se lleva a la boca la ya casi vacía botella de ron—Vida monótona... carente de be-lleza... Triste existencia... Estéril jardín... —repite lo de siempre—. ¡Árida montaña de dolores...!
—¡Ya filósofo! Ve a tu casa a curártela, ma-no... —grita un bromista al hombre del discurso. Aquél continúa... como en éxtasis...
—¡Salud! —brindan con un licor italiano tres elegantemenmte vestidos—. ¡Salud!
—Por el éxito del negocio... (Sonríe)
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—Porque siempre esté repleto... (Y sonríe frotándose las manos)
—Porque nunca llegue el fracaso... ( Y son-ríe frotándose las manos y arqueando las cejas.)
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—Tuve la oportunidad de largarme pa'l ex-tranjero...
—¿Y por qué no...? Nada te iba a costar...
—Sí... pero a cambio de...
—¿De qué? —dos apuestos jóvenes plati-can en uno de los más alejados gabinetes del local...
—Tenía que dejar todo... y luego... cuando ella estuviera fastidiada de mí, como es tan rica, en cualquier momento me corría... Y qué iba a hacer yo solo en un país extraño.
—Para entonces ya le hubieras podido sa¬car una buena tajada por separarte.
—Sí... lo sé... Pero no me atreví a hacerlo.
—Prefieres andar con esa simple cabarete-ra. Te da tu buena lana, pero ni la décima parte de lo que te hubiera dado aquella aristócrata rica-chona... —y siguen consumiendo el whisky impor-tado.
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—¡Yo soy muy macho! Ni dos barriles de tequila me emborrachan.
—¡A que yo te gano! Soy mejor que tú... —Nombre... A ver...
—Cómpreme el último cachito... el huerfani-to... —un chiquillo entra ofreciendo un billete de lotería...
—jSalte cabrón! -grita uno de los mese¬ros—. No tienes edad para entrar.. Espera a que seas mayor... Y tengas dinero para gastarlo aquí, como los verdaderos machotes, como esos que están en competencias... —y lo conduce a la puerta... El niño se lamenta... y refunfuña... Ya verán algún día...
La taberna retiemba. Los tres vestidos con elegancia contemplan el espectáculo con ojos de satisfacción... Parecen contentísimos triunfado¬res. -jEsta sí es buena inversión!
—Se los dije... Aunque nos costó muchas mordidas la licencia. No hay otro negocio mejor, ni habrá mientras existan aquellos que les con¬viene que haya esto. Gracias a nosotros muchos seguirán siendo poderosos. Habrá pocos que re-sistan sin sucumbir a los placeres del chupe. Y si los prohibieran, tendrían más atractivo. Además, con el pretexto de que la bohemia es de artistas e intelectuales... jLa pura lana! Y a más lana...pues ya ves...podremos dentro de pronto abrir una ca-dena de nuestro negocio. Hay que estar bien con las autoridades.
Y la buena noche prosigue su danza, mien-tras en la taberna continúan entrando más y más hombres, o pseudo. Refugio de los anémicos del alma. Explotación de las debilidades humanas. Cómplice de la miseria. Forjadora de la desdicha. Templo de los imbéciles, asilo de los cobardes... y de los esclavizados...
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EL ROBO DEL ELEFANTE BLANCO
arios descendieron de la camioneta. Altos y bajos, gordos y delgados. Sus rostros furi¬bundos de mirada exploradora trataban de ver en cualquiera a un sospechoso. Y caminaban como queriendo atemorizar a los despreocupa¬dos transeúntes... Su prepotencia reflejada en la mirada y apoyada en una pistola resguardada en la cintura, se abría paso entre la gente que evita¬ba temerosa cualquier contacto con aquellos hombres de la ley.
Entre tal aspaviento conducían a un indivi¬duo de triste aspecto: Moreno, mirada oscura, sonrisa muerta; arqueadas las cejas y gruesos los labios; rostro y corazón temerosos... sin explicar¬se porqué...
No había cometido el enorme robo del que lo hacían responsable, aunque el total de las conjeturas, de las sospechas, recaían en él. Sin embargo...
Había sido el último en salir de la oficina, lo reconocía; dos horas más de lo normal, pero él había permanecido aquel tiempo tan solo para terminar un trabajo que urgía. Muchos de sus amigos y compañeros así lo afirmaron. Nadie po¬día creer que él fuera un ladrón a pesar de las pruebas que existían en su contra No obstante...
 
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Los agentes lo habían aprehendido y lo lle¬vaban a los separos de la procudaduría. Su deber era cumplir con la justicia y trabajar por ella. Ni ruegos ni súplicas de la esposa y de los padres del reo les importaron. ¡Tal era la rectitud de tan nobles y necesarios servidores públicos en una sociedad de fecundo comercio!
A los compañeros de oficina del acusado les parecía increíble que un hombre como él, hubiera robado, y sobre todo, cuando era uno de los em¬pleados de mayor confianza en la institución, con tantos años de trabajo allí
Ahora, aquel prestigio se derrumbaba. La honra ganada con tanta dedicación y esfuerzo se venía abajo. El señor gerente estaba indignadísi¬mo. Había que darle un escarmiento al ladrón. La justicia debía obrar con mano poderosa
El grupo de hombres atravesó por largos y oscurecidos corredores. Llegaron hasta un portón de fierro y uno de ellos, el más gordo y de más baja estatura, abrió. Hicieron que el preso se adelantara. De un fuerte empujón lo metieron.
El delincuente mostraba aún cierto aire de serena altivez.
—Con que muy valiente... ¿No? —dijo uno encarándosele.
—¡Aquí vas a desembuchar la verdad o te rompemos la madre!— Rabió el otro que aparen¬taba ser muy malo. Los ojos del detenido res¬plandecieron de ira al escuchar aquella ofensa. Dos lo sujetaron de ambos brazos y el más forni¬do de todos descargó un puñetazo en el estóma¬go del preso.
—¡Vas a confesar, sí o no! ¿Quiénes fueron tus cómplices? ¿Dónde está el dinero? ¡Habla! ¡O
quieres que te demos más fregadazos! — el pri¬sionero se retorcía de dolor. El fornido siguió dándole golpes. Uno... dos... tres... muchos más... y a cada pregunta el reo contestaba negativamen¬te. Los hombres-bestias lo martirizaban como si trataran de obligarlo a reconocer la falta no co¬metida, como en tiempos de la Inquisición.
El acusado no pudo resistir por más tiempo aquella lluvia de golpes y perdió el sentido. Se desplomó y quedó tendido en el mugroso piso. El fornido todavía le dio un puntapié...
Varios días de constantes sufrimientos pasa¬ron; varios que fueron como siglos, como eterni¬dades....
El reo estaba decidido a reconocer los car¬gos que se le atribuían. Eran preferibles algunos meses de cárcel que un día más de tortura: Nada más de recordar el tanque de agua sucia, el ex¬cusado lleno de excremento y orines, los toques eléctricos en los testículos, se estremecía.
El recluso se había transformado en un gui¬ñapo. La barba crecida, amarillos los ojos, tem¬blorosos y entre abiertos los labios; adolorido, amoratado, casi muerto...
En el rincón de la celda maloliente y oscura se hallaba cuando el portón se abrió y dos hom¬bres entraron sonriendo:
—¡Te salvaste cabrón! ¡Ya cayeron los ver¬daderos ladrones! —El reo enarcó lo más que pudo las cejas...
—¡Qué! —exclamó sin poder decir otras palabras...
 
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—¡Vas a quedar libre...! —y conducido por los celadores el acusado salió, fue llevado hasta unas oficinas y allí, después de los trámites re-glamentarios lo declararon libre de cargos.
Un individuo despótico le dijo algo que él, tan emocionado, no alcanzó a comprender... que le código... que la ley... que la sociedad...
Al final sólo entendió que le decían:
—Dispense usted...
 
 
 
 
EL DESIERTO ROJO
Y
la mujer de cabellos rubios, de rostro perfecto, de ojos cielo y talle cimbreño caminaba orgullosa por la transitada avenida; parecía tan segura de sí misma y de su belleza que los hombres volvían la cabeza a su paso para admi¬rarla y lanzarle piropos osados.
Las mujeres comunes alzaban despectivas las cejas o fruncían el seño envidiándola, pero ninguno, ni los ingenuos, dejaba de quedar estu-pefacto ante aquella Venus en movimiento.
Como una aparición incontrolable, cual viento abriéndose sendero en la maleza, la mujer seguía avanzando, inconmovible, como de cristal configurada.
De improviso se detuvo y comenzó a buscar por todas partes, aunque nadie aparecía. Hizo señas a un automóvil de alquiler que en esos momentos transitaba por ahí para que se detuvie¬ra. Todos la veían con asombro. Lo abordó. Or¬denó al chofer el lugar a donde debía conducirla. Él obedeció pasmado. Algunos corrieron para verla más de cerca.
Pero el automóvil se tornó correcaminos hasta desaparecer entre las concurridas calles del centro de la urbe.
*******************
Tras los cristales de la portezuela del coche la mujer se miraba pensativa, como si se adentra-
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ra en el panorama impreciso de su mente y a na-da atendía, ni siquiera al ruido del motor del auto que la llevaba, ni a la melodía surgida del insigni-ficante radio portátil con el cual el conductor se solazaba. Parecía que ella sondeaba en sus des-nudeces escondidas, en aquellas jamás mostra-das... y...
(.... tengo fama... dinero... admiradores... amantes... todo... y sin embargo no soy feliz. Un vacío mortal me invade... Un algo que ya no ten-go... un algo que perdí no sé cuándo., ni dónde... Estoy tan abatida. Me siento estéril... Nada de lo que hice... de lo que hago... de lo que haré me parece atractivo. Mi vida es un desierto...un rojo desierto palpitante...temeroso de seguir al futuro. Sin apoyo... sin aliento de existir... ¿Qué hacer...? ¿Cómo vencer este yugo interior? ¡No resisto más! Trato de aparentar lo que no soy... y ya no puedo... no puedo... ¡No puedo...!) Y cerró con fuerza los párpados, como si hubiera deseado no abrirlos más.
—¿Le sucede algo? —preguntó curioso el chofer que desde el ascenso de aquella famosa beldad iba boquiabierto y...
—No... simplemente tengo sueño... mucho sueño...
—Yo creí que ustedes no dormían...
—No lo comprendo.
—Es que como tienen tanto dónde divertir-se... pues...
—¿Usted cree...?
—¡Claro! Al menos para los pobres como nosotros, el dinero es hermoso.
—¿Sí...? —y sonrió con desgarrante amar-gura.
—Quisiera que me diera su autógrafo...
—No puedo... lo siento... Ahora no... Otro día... Por favor en esa casa —cortó la entrevista y sacó billetes de su bolso—. Cóbrese... lo que so-bre es para usted... y que esto lo haga feliz.
—Pero es más de lo debido... cien veces más de lo que deber ser.
—¡No importa! —el auto se detuvo. La her-mosa bajó El conductor le dio inverosímiles gra-cias y se alejó sonriente sin comprender por qué aquella rica mujer que poseía limusinas y autos deportivos, había descendido a tomar su insignifi-cante taxi.
Mucho tiempo la rubia permaneció frente a la puerta de la mansión a donde había llegado sin decidirse a entrar. Semejaba una sombra reful-gente. De pronto su rostro adoptó una mueca in-definible y con rapidez abrió y se introdujo.
(Ya nada más hay que hacer... ¡Estoy tan cansada! Demasiado cansada... Necesito dor-mir...) y la diosa, en la penumbra de una estancia se tendió sobre un sofá con desgano...
—Vacía... estoy vacía... —murmuró.
Al cabo de unos minutos se incorporó brus-camente. Cogió un vaso con vino que se encon-traba sobre una mesa de cedro, tomó un sobreci-llo que se hallaba a un lado y depositó su conte-nido en el cristalino recipiente... —Es lo mejor—. Y una lágrima rodó, como actuando.
Al día siguiente todos los periódicos del mundo daban la infausta noticia de la muerte de una gran vedette. Y nadie había que no se pre-guntara porqué.
El negocio del espectáculo se vio fortalecido en su ventas...
 
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LAS TROYANAS
-I
O MÁS VALE TARDE QUE NUNCA
laman... ¡Anda...! Ve a ver quién es...
—Sí, señora. Inmediatamente...
El timbre sonaba efusivo y una dama atavia¬da con lujo ordenó a la moza que le servía el té.
Aquel sitio intentaba ser admirable; semejan¬te a los antiguos palacetes romanos: pisos y co¬lumnas de mármol, portentosas estatuas, direc¬tamente reproducidas de los originales de la anti-güedad griega; de las paredes colgaban cuadros como neoclásicos elaborados al óleo; de los te¬chos pendían varias lámparas resplandecientes de cristales. Y como para completar el marco de aquella elegancia, a fuerza, los muebles, hechos con maderas finísimas, combinaban con las corti¬nas de seda oriental que engalanaban los venta¬nales de la enorme estancia.
—Es el señor Soleil... —informó la empleada a la patrona.
—¡Ah! Mi buen amigo. Que pase... que pa¬se. —con sofisticación.
Después de unos segundos entró un indivi¬duo alto y grueso que la saludó ceremoniosamen¬te. Su acento francés aunado a su fúnebre porte le daban el aspecto de los antiguos condes ver-sallescos... Su mirada era triste.
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—¡Cuánto agrado me causa su visita mon cheri' —exclamó la dama rica.
—Vengo de prisa, madame. Traigo una no-ticia infausta.
—No me diga. ¿Qué, mon cheri?
—Murió mi tia, la duquesa.
—¡Cómo! ¡No puede ser! ¿De qué...? Ape-nas hace una semana nos vimos en el club. ¡Oh! ¡Qué pena. .! —y sus ojos se inundaron de lágri-mas...
—Sé que usted y ella eran buenas amigas, madame.
—¡Muchísimo! ¿Pero de qué falleció?
—De un síncope. Mañana la enterraremos. Vine a comunicarle para que... Esperamos que vaya a acompañarnos.
—¡Por supuesto que iré! No faltaba más. Nos veremos en el duelo...
—Mis primos y yo se lo agradeceremos mu-cho. Excusez-moi que me retire. Solamente le suplico que ruegue por el eterno descanso de mi amada tía.
—Se lo prometo. Créame que en verdad lo siento... —y con el pañuelo de seda sacado del bolsillo de la bata que llevaba puesta, se enjuga-ba el llanto. —¡Éramos tan buenas amigas!
—Lo sé... lo sé... —y el adolorido se despi¬dió con voz quebrada.
—Lo acompaño hasta la puerta.
—Merci... —susurró.
*******************
La dama regresó pensativa a la desfasada estancia de la residencia mexicana y se recargó
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en uno de los pilares, como afligida por la mala nueva, pero...
(Y ahora cómo le voy a hacer. Ya había comprado los boletos para la función del teatro griego. Ni modo de perdérmela A las muchachas no les agradaría... ¡Ya sé' Primero iremos al tea-tro... y a la salida pasaremos a estar un rato con los Soleil. Nada más para que no digan... No nos conviene su enemistad.) y tarareando una can-cioncilla piafiana subió graciosamente por las marmóreas escaleras nacaradas rumbo a su re-cámara rococó.
*******************
Un automóvil de lujoso y moderno diseño se detuvo a las puertas del teatro de comedia. Tres mujeres vestidas de negro ascendieron a él entre el amontonamiento que en ese instante salía de la función.
—¡Qué buena obra! —exclamó una de ellas.
—¡Qué actuaciones! No hay otros actores en el mundo igual a ellos. Si lo digo, niñas; como los griegos no hay otros. ¡Grandes trágicos' ¡Cómo saben descubrir el alma humana y los gi¬ros de sus pasiones! Hoy el gran teatro no es igual al de antes...
El carro emprendió la marcha para deslizar-se asombrosamente entre las calles apenas ilu-minadas por los faroles eléctricos. Eran como las diez...
Las avenidas se miraban desiertas. Preva-lecían las sombras sobre la luz...
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—¡Qué gracioso el personaje cómico! Fue la tónica escénica entre tanto dolor... —y reía al re-producir interiormente lo visto durante la función...
Al poco tiempo, entre bromas y risas, estu¬vieron en su destino la dama elegante y compa¬ñía...
—¡Sshh! ¡Muchachas..! Ya llegamos... —indicó tratando de acallar las voces ¡Pórtense serias! ¡Coloqúense los velos...!
Y las enlutadas, por fuera, bajaron del auto¬móvil y entraron a la imponente mansión de los Soleil con los rostros atormentados por el dolor y los ojos preñados de lágrimas.
 
 
Adentro se escuchaban rezos y llantos...
 
 
 
 
EXTRAÑO INTERLUDIO
I
a caja de música trashumaba los espacios con su melódica nostalgia. Sus tenues vibra-Aciones, moduladas en invisible y delicado vai¬vén de compases deleitosos, adormecían la reali¬dad que como metáfora silente, se convertía en divagación interna, en reminiscencia taciturna, en floración de recuerdos. La caja de música lanzaba como campanillas trémulas la notas ensoñadoras de su maquinaria hacia atmósferas inasibles y se perdía entre ellas. Alguien las escuchaba.
La tarde se impregnaba de durmiente elíxir. Y sus ojos se apagaban lentamente, pues con besos delicados y amorosos, las sombras intan¬gibles de la noche la iban cobijando.
Y la caja de música proseguía con su delei¬table invasión. Todo se fundía en abrazo magnifí¬cente y supremo: Crepúsculo y dulzura rítmica; añoranza lumínica y ritornelos de vida; íntima beldad entre el paso de las horas. Y a lo lejos, explosión de colores purpurinos. Tranquilidad. Invitación al pretérito, a la ensoñación, al recuer¬do... El ocaso.
Desde la gigantesca, rectangular y desafian¬te ventana modemoide de un elevado e imponen¬te edificio, alguien oculto entre las nacientes sombras, contemplaba el horizonte.
 
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Observando las tonalidades del atardecer, exploraba el pasado como si quisiera detener el transcurso de su existencia. Y algo le hacía sentir como una ave desterrada y fugitiva, lejana de la ruta de oro y de la senda de la luz. La tintineante música continuaba. Y pensaba en lo que había sido... en lo que era... en lo que había soñado ser... resurrección del tiempo, tiempo muerto y asesinado; asesinado en la lucha pandillera por vivir para vivir...
(¡Cómo han pasado los años! Parece que apenas ayer fue... y sin embargo hace tanto... Es sorprendente cómo el tiempo se encarga de irnos separando de lo que alguna vez era casi nues-tro... y ahora ya no lo es...
Los recuerdos me cercan la conciencia y... De todo aquello... sólo esto me queda... una caja musical que...
Y aquella inmensa casona en la que pasé días dichosos de mi infancia, entre alegres jue-gos... entre amigos... Juntos corríamos por aque-llos patios de construcción antigua y gritábamos enloquecidos de gusto.
Allá crecía... crecía sano y risueño. Aún no acertaba a vislumbrar lo que no sé quien... me deparaba...
...y aquellas tardes otoñales de oros fatiga-dos, cuando tes clases habían terminado y nos congregábamos los de la palomilla para platicar de viajes extraordinarios, fantásticos: La luna, los planetas, regiones desconocidas y misteriosas eran nuestros objetivos... Juegos... juegos senci-llos... ingenuos. Nada sabíamos de...
La alegría nos unía a los del barrio en amistad verdadera y sin mancha... unión mosque-
tera sellada en ocasiones con sangre, como en las novelerías. Nos obstante...) suspiró (...poco a poco fuimos creciendo y cambiando.. Cada vez éramos menos iguales... nos volvíamos distintos... diferentes. Soñábamos en castillos de oro y nos afanábamos por llegar hasta ellos, aunque co-menzábamos a comprender que la vida se torna¬ba otra... lejana de nuestras ardientes concepcio¬nes juveniles... y nos desuníamos... Nuestra amistad hermana se desangraba y cada quién emprendía la búsqueda incesante, ignorada, de lo imaginado siempre...
Quince... dieciséis., diecisiete... dieciocho años... y el mundo nos filtraba su realidad lace-rante. Para comer había que trabajar al servicio de mentes cretinas y explotadoras; para gozar era necesario hacer sufrir a los demás; para triunfar nos veíamos obligados a pisotear a los que nos lo impedían...
...yo me aferraba a no cometer tales indigni-dades: estafa... engaño... fraude... robo... abuso... corrupción... pero el mundo me empujaba a hacer-lo... No había de otra...
...hasta que lo logró...
Apenas si recuerdo el nombre de los mu-chachos con los que formaba la gran familia. ¿Dónde estarán? ¿Qué es lo que harán? ¿Serán algo...? ¿Cómo vivirán? ¿Quién lo sabrá...?
Emprendimos al aventura por caminos tal vez absolutamente opuestos... pero ni modo... así se vive... o al menos así se cree...)
La cajilla de música agonizaba en sus notas cristalinas y se iba apagando, como una vida. Aquel individuo meditabundo seguía contemplan-do el vestuario de la noche recién llegada y el de
 
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te exuberante metrópoli que desde la ventana del departamento relucía.
No hubiera podido adivinar si las luces de resplandecientes fulgores que mixtificaban el pa-norama eran del celaje o de la inmemorial ciudad. Las estrellas y los focos mercuriales se confun¬dían en lúbrico abrazo, en estrujamiento cósmico, en unión estratosférica, en cópula espacial...
Y las moribundas campanillas de la caja
musical seguían trashumando su melódica nos¬
talgia en el oscurecido vacío. Sus tenues y sau-
dadosas vibraciones, cada vez más débiles, se
iban tornando imperceptibles. Y el pensativo, el
añorante, persistía hundido en el ayer, como si
deseara su retorno imposible.
La música cesó. Con desgano amargo tomó la caja musical entre sus manos y la contempló sonriente. Algo sintió dentro de sí que lo hizo murmurar entre suspiros...
—¡Lástima! ¡Ni modo! ¡Así se vive! Así... si no se quiere perecer asfixiado por los demás... Yo, lo juro, deseaba fervientemente ser diverso a lo que soy... y hubiera podido... pero nadie me alentó... nadie me brindó ayuda... ni oportunidad. Cada quien para su santo...y que te vaya bien, si te dejas...
Nadie confió en mí... ni puso sus esperan¬zas... Al contrario, muchos se encargaron de hundirme... de destrozarme... hasta que me transformé... ) y al contemplar las distancias enlu¬tadas, sentía llagársele el corazón, el poco que aún poseía... si es verdad que para algo le servía aún ese músculo del desamor...
Y vislumbrando las negruras del horizonte,
escuchó por la calle el estruendo de un automóvil
que llegaba veloz hasta las puertas del edificio y allí se detenía. Se oyeron pasos precipitados. Ascendieron por el elevador.
Cuando el pensativo percibió aquello, guar¬dó la caja musical en la bolsa de su saco. Cogió un sombrero y un abrigo que se encontraban col¬gados en un perchero y esperó a que llegaran El timbre de grave matiz sonó El añorante fue a abrir...
Apenas lo hubo hecho, dos hombres entra¬ron presurosos...
—Ya todo está listo jefe . El golpe ha sido dado...
—Estaba seguro... —contestó el pensativo.
—¡Es usted genial jefe! Mañana cuando abran el banco se van a llevar una gran sorpre¬sa... y nosotros estaremos ya muy lejos del país.
—Estuvo re'fácil... mientras yo desconecta¬ba las alarmas, éste se encargaba de las cajas fuertes... —intervino el otro..
—¿Sacaron lo que teníamos calculado? ¿Y los diamantes?—preguntó el alguien.
—¡Claro! ¡Nunca había visto tanto dinero junto! ¡Y las piedras! ¡Qué bárbaro! Y todo gra¬cias a usted que es tan inteligente... Lo tenemos todo allá abajo en el coche, en las maletas...
—¿Compró los boletos de avión? Esta mis¬ma noche tenemos que salir.. Así nadie se dará cuenta de quiénes fueron y por más que nos bus¬quen...
—Sí... A las seis de la mañana salgo. . —murmuró misterioso el pensativo.
—¿Salimos... no? -exclamó uno de los asaltantes.
 
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—¡No! gritó el jefe al mismo tiempo que sacaba un revólver y disparaba silenciosamente sobre los dos desprevenidos delincuentes. Ambos cayeron fulminados al instante. Sus rostros adoptaron muecas estrafalarias y repugnantes. El pensativo sonrió
—¡Ja' ¡Así se vive' Ahora a gczar a Euro¬pa... y exclamó mirando a los asesinados— iPendejos! Hicieron el trabajo por mí... aunque nada les iba a tocar.. ¡Idiotas1 ¡Así se vive! -y el añorante, tal como estaba, salió deslizándose como una sombra del departamento Llegó hasta la calle y abordó el automóvil
(Al aeropuerto ..) pensó y puso en marcha el motor. El auto se alejó en silencio
En los periódicos del mediodía se miraban dos grandes encabezados Uno anunciaba el in¬compresible robo al Banco Nacional... y el otro informaba sobre el terrible accidente aéreo pro¬vocado por una explosión en pleno cielo, del cual nadie había quedado a salvo...
En la sección de la nota roja aparecía el informe acerca de un misterioso doble asesina¬to... ¿Cuáles serían los motivos?, iniciaba así el curioso reportero una sensacionalista suposición
Después de haber pasado por lo trámites reglamentarios para salir al extranjero, el pensati¬vo subía por las escalerillas del avión y una aza¬fata, como a todos, lo recibía sonriente. Otra le pidió su pase de abordaje y lo condujo gentil hasta el asiento. A los pocos minutos la aeronave emprendía el vuelo hasta perderse en los azules espacios serenos, apenas algodonados de esca¬sas nubes.
Allá en la alturas, el despiadado sonreía al escuchar deleitosamente la romántica y melancó¬lica melodía de su caja musical...
—¡Así se vive! —murmuró entre las tenues vibraciones moduladas por el invisible y delicado vaivén que producía el pequeño y hermoso arte¬facto...
IB
 
LOS OLVIDADOS
 
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-¿
Y en qué te ocupas después de clases-?
-En nada... en nada.. Mejor di¬cho, sí. Sí hago algo: vagar Vagar siempre. Di¬vagar y perderme entre las calles y confundirme con la niebla matutina... o con las sombras de la noche... hasta remontarme a... en busca de... de no sé qué... quizá de un anhelo... de una ilusión... de una esperanza... de una quimera... de una lá¬grima... de una respuesta... de un lamento... de un grito... de un sollozo... de un suspiro... Siem¬pre voy tras de... No sé. Así fluye mi existencia... como río sin cauce... como mar sin límites... como paisaje sin horizonte... como cumbre sin altura... como abismo sin precipicio... como día sin sol... como noche sin estrella... como alma sin alma...
—Pues no me explico, mano. ¿Cómo es que puedes conformarte con eso? ¿Cómo te agrada vivir así, si tú tienes de sobra...
—Es cierto... mas no me importa. Que trans¬curra la vida y que yo la ignore. Nada quiero sa¬ber de ella, ni vislumbrarla, ni percibirla...
—¿Y no tratas de hacer algo? Fórjate un ideal. Fecunda tu vida con... pues...
—¡Bah! Soy un triste paisaje, un panorama melancólico... Es un pago a las hazañas de mi familia. El costo de sus momentos brillantes... y eso... hecho está... Los grises matices de la tor¬menta que se agita en mi cerebro me lo repro-chan con abiertas protestas desolantes; en com-
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pases dolorosos y sombríos. Es como un griterío extraño de melodías amargas, dolorosas e in-termitentes.
—Pues yo no entiendo aún tu comporta¬miento... Nada haces por vivir... Eso de sentirse filósofo esta bien pero... tienes lo que yo tanto ansio. Tu padre es multimillonario. A ti y a tus hermanos les cumple cualquier deseo insignifi¬cante que parezca: Carros... Viajes... fiestas... chequera... Debías ser como tus hermanos... Ellos sí que aprovechan lo que tu padre puede darles... ¡Quién no quisiera estar como tú!
—¿Así piensas? ¡Qué equivocado estás! María sufre, a pesar de sus apariencias de mujer elegante... y de gran mundo... María llora... Y aunque pretendientes no le faltan., y aunque a ninguno desprecie... a nadie ama de verdad.
Ella se ha entregado a muchos... pero nin¬guno la ha dejado feliz... Es hermosa, mas hay algo en su mundo que le impide arribar a la pleni¬tud... Y yo sé lo que es...
Alejandro... ¡Bah! Siempre afanado en los deportes; ya en las carreras de autos; ya en el americano; ya en el tenis. Goza mostrado su vigo¬roso esplendor físico... Sus conquistas amorosas por su aspecto de Adonis... y su semivalentía... Cuando ha logrado que alguna se le dé... la abandona... y siente un absoluto desprecio por ella... y la humilla... y se yergue altivo... arrogan¬te... como si demostrara que ante él... nada vale... y las escupe. Sin duda pensarás que esto lo hace ser plenamente dichoso, pero no... no... Se comporta así porque busca algo... algo que no sabe... aunque yo sé lo que es...
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¿Y Jorge? Su comportamiento me da risa. Tiene relaciones sexuales de todo tipo. . primero se hastió de las mujeres,., después de los hom¬bres... y ahora tiene que estar con ellas y con ellos al mismo tiempo para sentir placer... Ade¬más... dilapida el dinero que mi padre le da en drogas: morfina, opio, mariguana.
—¡Jijos! Esa vida ya la quisiéramos más de mil pobretones como yo que tenemos que joder-nos trabajando. ¡Buf! ¡Trabajar! Y eso para medio sostenernos y vivir a duras penas.
—No sé por qué ambicionas una vida como la mía. Si pudiéramos decidir antes de nacer, yo hubiera escogido un lugar humilde, aunque tuvie¬ra que destrozarme a cada hora para comer, para reír, para existir... Uno en el que, al menos así lo pienso, poseyera algo para tener la voluntad de vivir... La voluntad de vivir.
—¡Ay mano! Palabra que no sabes lo que dices. . Esa filosofía que estás estudiando... te afecta...
—No creas que porque la estudio. Esto es algo que asumo porque lo siento... es parte mía... y lo sentimos aquellos que gozamos de la dulce opulencia, sin hacer nada, sin que nos falte lo mínimo en lo material, porque dentro de nosotros, en lo más profundo, en lo más hondo de nuestra sensibilidad palpamos una ausencia... aunque no la decimos... sino que tratamos de ocultarla, de no descubrirla. Y para eso amamos con falsedad, compramos lujos y amistades, hacemos perjuicios y daños, nos burlamos del mundo, de este mundo del que estamos hartos, del que despreciamos.. Por ello nadie escapa a nuestros ultrajes...
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—¡Ya quisiera tu situación! A pesar de lo que dices... Cuando se tienen unos padres tan padres como los tuyos, ricos e influyentes, la me¬sa está puesta, ¿¡para qué preocuparse en tonte¬rías!?
—¿Sí? Lo afirmas porque sabes lo que es luchar por vivir... y no conoces lo terrible de com¬batir para no hundirse en el tedio de no hacer algo que en realidad nos satisfaga plenamente Por eso es que se nos ocurren miles de estúpidas extravagancias para no sucumbir en el ocio abu¬rrido de nuestra clase... ¡Poderosa! Bah.. Y co¬rremos autos, motocicletas, yates, avionetas: dul¬zura letárgica e inútil.
...Eso es lo que hago. . lo que hacemos... Buscamos novedades que entusiasmen nuestros espíritus hastiados y nos divertimos a costa de los demás... y robamos, sin necesidad, y llegamos a matar, por placer, sólo por sentir distintas mono¬tonías, pues mientras seamos así... frutos de ricos huertos... no tendremos... jamás... el logro de lo que colme nuestro plomo con alas creadoras. Y aunque en nuestros rostros de privilegiados se revele el desprecio, la valentía estúpida, el inútil arrojo, sólo existe miedo... un miedo angustioso por no cumplir algún anhelo superior... por no sa¬ber qué hacer... ni qué alcanzar...
Así somos nosotros... Esto es lo que hago... lo que hacemos... los hijos de los potentados... los futuros herederos de millones, castillos res¬plandecientes, iluminados provistos de pedrerías maravillosas, pero abandonados... abandonados desde el momento en que nacimos... y vacíos... ocultamente vacíos... aunque nos afanemos en
parecer lo contrario... Tu pregunta está contesta¬da...
Los dos amigos quedan en silencio. El hu¬milde piensa en la grandiosidad de las riquezas y el privilegiado en la magnífica y fructífera lid de ganar el pan con trabajo, con esfuerzo, con ansia amorosa...
Las luces de la Ciudad Universitaria co¬mienzan a encenderse...
Anochece... y cada uno se siente como en los extremos del olvido.
 
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MADAME BOVARY
P
ito era un perro mechudo; ensortijadamente blanco como de algodón, o cual las nubes cirrosas que aún no dan indicios de liquidez, y acaso más exacto, según su dueña, parecía un ramo de margaritas que no han sido desfoliadas. El fino pelaje que lo cubría era de esa tersura in¬definible de la seda. Y para acrecentar su apa¬riencia delicada, su ama diariamente lo bañaba con oloroso jabón de rosas. Era, por consecuen¬cia, lo que se dice, un perrito encantador y de perfumada educación. Ella lo quería tanto.
Sus ojos, negras canicas, apenas si brilla¬ban entre los níveos pelos que caían sobre su carita graciosa y redonda. La naricilla se le ele¬vaba respingona, como alerta, como decidida a descubrir los más inolfateables olores. Y su hociquito. ¡Ah! Negra raya que se escondía entre varios filosos y pequeños dientes, ya tenía la ex-periencia de haber saboreado uno que otro pedacillo de insolente muslo humano.
Nadie habría pensado que aquel canino, en otros tiempos, hubiera pasado por sarnoso y vul¬gar perro de barrio, enmugrecido con tierra y ho¬llín, abundante en parásitos y además, como si fuera poco, un simple hurtador de huesos: de pe¬llejos o de lo que pudiera Más de una vez sintió el dolor causado por escobazos o pedradas. En dos ocasiones escuchó muy de cerca el zumbido
 
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de las balas. Sin embargo, él continuó ejerciendo su vida delictuosa hasta que...
Una mañana paseaba disfrutando del sol de invierno, débil e impotente, por un jardincillo, marchito y descuidado, con el fin de descansar bajo algún arbusto, ya que la noche pasada había sido verdaderamente de perros, difícil y llena de peligros. Por callejero se lo habían querido llevar a la perrera de la ciudad y él había tenido que escapar de aquella monstruosa pena., .patas para cuando son!... y huyó. Vagó durante las lar¬gas y oscurecidas doce horas de la noche. A ca¬da instante se le figuraba que lo aprendían. Cual¬quier sombra, cualquier bulto, cualquier ruido lo asustaba.
Qué tranquilidad le invadió cuando el día por fin regresó con sus ropajes de luz sin impues¬tos para extenderse sobre la faz inmensa de la tierra enmugrada. Sentía mayor seguridad y los temores se empequeñecieron.
Y así, dormitando con gran deleite interno se encontraba, cuando una voz meliflua y mujeril vino a interrumpir sus sueños de perro.
—¡Pobrecillo!... —y él se hizo el dormido — ¡Mira qué bonito! Un poco sucio en verdad, pero con un buen baño, una peinada, un buen insecti¬cida y quedará como nuevo... —y Pito seguía es¬cuchando...— Vamos a ver si lo podemos llevar a casa. Me gustan tanto los perritos... Además, no tiene aspecto de perro corriente...— y sintió que se le acercaban. Rápidamente se incorporó. Su mirada vertía desconfianza... Quizo huir... pero con suerte le convenía y...
—Ks...ks...ks... lindo perrito... ks...ks...ks... Véngase para acá mi rey... No le voy a hacer da-
ño... Ándele... ándele... Estése quietecito... Lo voy a llevar a mi casa... Yo voy a ser su mami... Allá nada le faltará... Tendrá mucho que comer... No sufrirá peligros ..ks...ks... Véngase para acá... -
En un principio el animal se mostraba re¬nuente, pero la dama, sin sucumbir en su propósi¬to, insistía perseverante y aniñada. Por fin, luego de la tentadora seducción provocada por un pas¬telillo, la mujer lo pudo coger y como no era muy grande, lo levantó entre sus brazos para llevarlo hasta un automóvil. El perrillo como que se deja¬ba acariciar tembloroso y se entregaba en lángui¬do abandono a la mujer. Lo puso en la parte de atrás. Llamó al chofer y subieron al coche para emprender la marcha.
Aquello había parecido un sueño. Desde entonces el canino jamás había padecido enfer¬medades ni hambres ni tristezas ni miedos. Ahora todo se había transformado gracias a aquella no¬ble amante de los animales
Le pusieron por nombre Pito y él, trataba de reafirmar la buena voluntad que su ama le había depositado a cada instante. A dondequiera que ella iba, Pito la acompañaba : Pito al cine, Pito al club, Pito al jardín, Pito al patio, Pito al sofá, Pito a la cama... Y la mujer se desvivía por atender a su lindo mechudo. Le servía trozos de carne, le¬che con huevo, vitaminas y por supuesto, las mejores causas de su conquista, los más variados y suculentos pastelillos importados de Francia...
Cierta vez tuvo un serio disgusto con uno de sus criados que olvidó darle su acostumbrada alimentación...
—Verás malcriado... ¿Por qué lo has estado maltratando?
 
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—No señorita.. Ya le di de comer...
—Te he vigilado constantemente desde ha¬ce días. A partir de hoy ya no seguirás trabajando como mozo en esta casa... ¡Quedas despedido!
—Pero... No tengo a dónde ir... Usted lo sa¬be...
—¡No me importa! ¡Largo de aquí! —Ultracolérica —No busqué a quien viniera a cometer daños en mi propio hogar...
—Perdóneme... le prometo que no vuelvo a hacer lo que usted piensa... aunque no lo haya hecho...
—¡Y me dices mentirosa! ¡Es el colmo! ¡Basta! ¡Fuera de aquí! Inmediatamente.
—¡Perdóneme...! —y el mozo, un muchacho de quince años, suplicaba lastimeramente.— ¿A dónde voy a ir? Usted me trajo de mi tierra con la promesa de que me iba a pagar bien... Sabe que no tengo familia en la ciudad... No sea así...
—¡He dicho largo, malagradecido! Re¬contra-colérica.
—Tan siquiera déme el sueldo de los días que he trabajado.
—¡Qué te voy a dar! ¡No lo mereces! ¡Lárgate como viniste! ¡Desdichado! —y la ofen¬dida lo sacó a empellones de su mansión.
—¡Nada más porque tiene dinero me grita! ¡Ojalá que nunca se arrepienta!
—¿Arrepentirme? ¡Ja! Me causas risa... ¡Fuera de aquí! ¡Ya no me fastidies! ¡Insecto!
El muchacho se retiró apesadumbrado y la noble mujer, de la Sociedad Protectora de Anima¬les, lo miró alejarse hasta perderse como un punto en el horizonte rectilíneo de la calle.
Cuando lo perdió de vista, con su acostum¬brada voz meliflua y quebradiza llamó al mechudo Pito y como si hablara con él, como si compren¬diera que le entendía, exclamó contrariada:
—¡Bah! Tal parece que voy a pagarle a esta inhumana gente para que venga a maltratar a quienes tanto protejo...¡Ahora sí que iba a estar bueno!—Y poniendo la mano sobre la cabeza del can, comenzó a acariciarlo con inmensa ternura... Mientras más conozco la ingratitud humana, más
amo a mi Pito.
Y como en los cuentos de hadas: Y vivieron muy felices el lindo perrito y su noble protectora...
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¿HIROSHIMA O…?
F
in de año... El cielo viste negruras azules y solamen¬te las estrellas, pedrería imperialista, usufructo cinematográfico, lo adornan en telones infinitos. Una, grande, blanca resplandeciente, como señal luminosa, refulge sobre las demás. Es Marte, el lujurioso guerrero.
Los edificios de la urbe laberintosa se han envanecido de luces y reflectores; resplandores hipócritas de campanitas santaclosianas. Por las amplias avenidas la claridad opaca a las sombras con su reverberar de teatreras nieves tropicales sobre trineos de falsedades. Cientos de foquillos multicolores, collares titánicos, flotan en el vacío entre cánticos de sopranos infantiles y apócrifos que ululan sus campanas de Belem...
Y hay tanta luminosidad que la noche se hace día... la oscuridad se desvanece... la tristeza se diluye... Y se piensa en la buena noche que los envuelve...
Por doquier explotan geiseres de risas y rasgan con su sonoridad el sosiego nocturnal. El brillo de la fe, de la ilusión y del amor por tempo¬rada extiende sus trémulos fulgores a los ojos de cada uno de los seres que ríen... entre panfletos.
En los templos de lujo los fieles como que entonan prendidos, vivificantes baladas celestia¬les: "Oh María... madre mía... oh consuelo... en mi dolor... amparadme y llevadme... a la gloria ce-
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lestial... y sus almas se impregnan de místicos aromas para recantar... "Oh María... madre mía., oh... consuelo en mi dolor..." Mientras tanto, en otros rumbos de la esplendente ciudad, eclosio-nan entre juegos pirotécnicos los ritmos sofocan¬tes y efímeros para entregarse voluptuosos a los que bailan y vibran de placer: "Voy a relatar lo que a mi me sucedió... cuando la otra noche mi sueño se turbó..."
De pronto...
Los relojes vociferan doce veces sus rutina¬rios lamentos... y al unísono gritan los silbatos y por los aires, en vuelo inquietante de bocinas , surcan exclamaciones de alegría, murmurios es¬truendosos que se pierden entre la algarabía de claxonazos, silbatos, silbidos y matracas:
—¡Feliz año nuevo!
—¡Qué seas dichoso!
—Ya sabes lo que deseo...
—¡Qué haya paz sobre la tierra!
—¡Qué tengamos qué comer y qué vestir!
—¡Qué no nos falte la salud!
—¡Qué el negocio prospere!
—¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aaaaaleluya!
—¡Oh! María... madre mía...
—Lo que pasa es que la banda está borra¬cha... está borracha... está borracha...
—¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aaaaaleluya!
Las sonrisas escapan dibujándose en los labios de muchos. Otros lloran de gozo porque han logrado alcanzar un año nuevo más y a la vez, uno menos...
Todos son ebullición. Nadie deja de reir, de cantar. Nadie. ¿Nadie? ¡No! Por ahí un chiquillo camina entre las calles luminosas. ¿Quién lo
 
acompaña? Parece estar solo. Su rostro, pálido, el cuerpo, delgado; la mirada, triste; huellas de la orfandad, de la miseria y del hambre. Pide limos¬na a los risueños transeúntes de la opulenta cal¬zada entre el murmurar callado de sus labios se¬cos y violáceos:
—¡Qué bonito! —y después en voz alta, con tono suplicante—¿Me da mi año nuevo joven ? —para recibir después algunas monedas, algún desprecio, unos regaños...
Sólo él no ríe ni canta. Sólo él. ¿Sólo él...?
Son las tres de la madrugada fría y estrujan¬te. Las luces de la inmemorial ciudad disminuyen. El silencio gime su funéreo rumor y el viento ulu¬la. Y en todas las ciudades del orbe se teatraliza con la felicidad. En la televisión el Papa compite por el raiting con las demás estrellas...
El niño está cansado. Quiere dormir. Busca el calor de una alcantarilla, pero esta fría. Llega al enorme portón de una casona y toca, mas nadie abre. Aún hay fiesta en el interior.
El niño prosigue su camino. La ciudad se hunde en las tinieblas y en el olvido. El pequeño va hacia un jardín cercano para acostarse sobre una banca de mármol. Se acurruca. Piensa en su madre muerta y en quién sería su padre. Tal vez nunca lo crucificarán. Oye los gritos de algún bo¬rracho.
Y por fin duerme, por fin. Un estremecimien¬to recorre su cuerpo. La cabeza le duele y aun¬que hay tanto frío, dentro le invade un calor sofo¬cante. Y sueña. Sueña en extraños mundos, en planetas ignorados, en regiones sin opacidades y sin lágrimas. Sueña.
 
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El gélido viento invernal sopla moviendo sus cabellos Él ya nada siente. Sólo duerme... duer¬me., mientras muchos cantan... mientras tantos ríen...
La tenue luz de un farol proyecta desolado-ramente la silueta del chiquillo en el asfalto...
El viento continúa moviendo sus cabellos...
Año nuevo...
 
 
 
 
LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
I
a ambulancia parecía que iba a estrellarse en su vertiginosa carrera por las calles de la urbe. El aire se estremecía en ondas desespe¬radas y su oleaje de humos y ruido envolvía a los transeúntes sorprendidos que por ahí caminaban. Los altos muros de los edificios se fundían en un único lamento estrujante y se presentían sus gri¬tos inescuchados. Al paso de ella todo se trans¬formaba en conmoción, en deshacer aterrado, en confusión insospechable, en inarmonía devoran¬te.
Y la blanca ambulancia seguía su vuelo sin alas para llegar lo más pronto posible hasta su destino negro. La vida de un hombre se agotaba y era preciso salvarla. Los ayes desgarradores del moribundo se mezclaban con los de la bestia me¬cánica para perderse unidos en los impercepti¬bles remolinos del espacio.
El accidente había sido terrible. Sin saber cómo, un enorme tráiler había embestido con fie¬reza inexplicable al pequeño automóvil en el cru¬ce de dos avenidas y éste, después de dar dos volteretas, había quedado destruido. La expecta¬ción cundió entre los caminantes. Los silbatos de los agentes de tránsito retumbaron. La circulación de vehículos se detuvo. Algunos desesperados se
 
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£T
aferraban a los cláxones y el estrépito invadió el lugar...
—¡Pobre hombre!
—¡Es tan joven!
—¡Lástima de coche!
—¡Era último modelo!
—Yo me conformaría con que me dieran la chatarra...
—Mira nada más cuánta sangre...
—¡No quiero ya vivir! ¡No quiero ya vivir! ¡No quiero! ¡No! -y en la camilla transportable en la que era conducido, el accidentado se revolvía en agitaciones espasmódicas y dolorosas. La gente contemplaba la escena y comentaba. La ambu¬lancia se iba.
El herido, en aquellos momentos parecía tener una intensa lucha en contra de algo invisi¬ble que en su incesante agonía, profanaba los misterios ocultos de visiones precisas, revelacio¬nes ignoradas. Deliraba...
Como en voraz torbellino, lo pretérito se manifestaba en su interno. Escuchaba voces co-nocidas y desconocidas. Veía imágenes perdidas en ancestrales épocas, absurdas e insólitas; su¬cesos que en su vida consciente había mirado y sentido. Surcaban por su mente escenas del ci¬nematógrafo cotidiano en sucesión inacabable y aunque no lo percibía, el Universo recobraba su maléfica silueta. Deliraba...
—¡No quiero vivir! ¡No quiero...! —y la enigmática visión, recuerdos vueltos presente para un futuro aparentemente lejano, avasallaba su cuerpo dolorido y su cerebro atormentado
—Le pasa todo eso por honrado... Si se hu¬biera dedicado robar inteligentemente y al enga¬ño astuto, otra hubiera sido su suerte...
—¡Claro! Y no sería un simple agente de ventas. Todo por no ser demagógico.
-—¿Y dices que nunca me has querido? ¿Que lo que has hecho es más por placer que por amor? No puedo creerlo de ti...
—Por supuesto... tontito... ¿Aún crees que existe el amor...? Me mueves a risa. Sólo hay el goce supremo de tu verga en mi rajada. Esto es lo único verdaderamente deleitable...
—Me asquea oírte hablar así...
—No veo por qué... Mejor cállate y conti¬nuemos cogiendo. Házmelo más cachondo Ánda¬le. Muévete. Empújamelo.
—Esto sólo es sublime cuando se ama. Y si tú... ¡Será la última vez!
—¿La última...? ¡Ja!
—Lo siento... No puedlo atenderlo...
—Pero usted tiene la obligación... Para eso es enfermera...
—¿Sí...? Seré enfermera pero no mártir...
—Es que puede ponerse grave...
—Eso no me importa. Mi hora de descanso ha llegado y no voy a desaprovecharla. ¡Sólo eso faltaba!
—¿Qué?
—Adiós...
—Se debe agradecer siempre.
—¡Estás loco! Eso es esclavizarse. Si al¬guien me ha ayudado, para qué ha sido idiota... No voy a estar toda la vida recompensando los favores que me hacen...
—La gratitud es un deber, no una...
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—Mira manito... mejor cállate... Yo soy como soy... Los demás me importan poco
—¡Ven...! ¡Ven...! ¡No te alejes...! jVén.,1 ¡No te alejes...!
—¡Con quién hablas!
—¿Cómo que con quién? ¿No ves acaso cómo se está yendo. ?
—¿Quién? A nadie veo...
—¡Oh! De tí también ya se ha marchado...
—6De mí? ¿Quién?
—¡La comprensión! ¡La comprensión!
—¡Jijos! Se te bota...
—¡Di lo que quieras? Yo no deseo que me abandone ¡No!
—¿...?¿...?¿ ...?¿ ...?¿ • ••? —¡Sí! ¡Qué no me abandone! ¡Ven...! ¡Ven...! ¡No me dejes! ¡No me dejes!
—¿...?¿...?¿...?¿...?¿...?
—¿Y en estos juzgados es donde se ventila el caso?
—No sólo ése... muchos más...
—¿Y todos se ventilan..,?
—Indudablemente...
—¿Acaso apestan?
--¿Lo dudas? Pregunta. Los juzgados con la mayoría de sus magistrados que tienen mucho de magos; de sus secretarias que no guardan secretos, sino que hacen negocio con ellos; de sus jueces sojuzgados; de sus abogados que abogan por sí mismos; de sus mecanógrafas me¬canizadas con el dinero, de sus lambiscones... apestan... ¡Apestan! ¡Están corruptos!
—¡Ah! Ahora entiendo por qué se ventilan... O sea que... ¿los juzgados son a establo como los establos a estiércol...?
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—¡Y cómo los supiste...?
—Su mismo jefe lo mandó matar.
—Nada más para que no dijera la verdad...
--Lo que es tener el poder e imbéciles que hagan lo que al mandamás se le antoja...
—Y sólo por ganarse unos cuántos pesos más...
—Yo no lo creía... pero...
—Fue el jefe. ¿Quién no lo sabe...?
—Todos lo sabemos.
—Sí... Y todos lo callamos... No sea que nos...
—La verdad no peca...
—...a quienes acomoda... porque yo... nada malo he cometido...
—Los que lo hayan hecho... que se pongan el saco...
—...y que mediten en su cobardía y en la pobreza de su espíritu y en la miseria de su exis¬tencia patológica y en su...
—¡Nadie agradece en la vida! ¡Todos son unos ingratos!
—¡Se murió!
—¡Ay de mí!
—No llore, ni se atormente. El muerto al foso y el vivo al gozo... Mejor vamos a la fiesta, ¿no?
—¡Te odio! ¡Te odio con toda el alma, por¬que tú has sido la causa de mis sufrimientos' 6Te odio porque todo lo que tú haces merecía haberlo hecho yo!
—¡Yo qué lo voy a hacer! ¡Ni qué me paga¬rán tanto1
—Ni yo. .
—Ni yo...
—Ni yo...
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—Ni yo...
—Ni yo...
—Ni yo...
—Ni yo...
 
—Ni yo... -¿Entonces quién? Es una buena acción... -Y qué con eso...
—Aunque sea una fatua y tonta, si le rega¬lamos algo por ser hoy su cumpleaños, tal vez nos favorezca con un ascenso.
—Mira papá la dedicatoria que me puso el maestro en este libro que me regaló por mi apli¬cación...
—¡Ay! ¡Qué fea letra! Y eso que es maes¬tro...
—Pero por qué no quiere vivir...
—Porque el mundo es cruel... incomprensi-vo.. despiadado... falso...
—No veo razón alguna para afirmar eso...
—Es que la gente se destruye sólo con el fin de erguirse el uno sobre el otro y sentirse el me¬jor...
—Es tonto lo que piensa. No debe preocu¬parse. Nadie es malo completamente...ni bueno... Son las circunstancias de nuestro tiempo.
—Confíese y verá... Si muchos pensaran como usted, no viviríamos como vivimos...
—Todos pensamos así.
—Lo dudo mucho.
—Mejor parézcase a mí...
—Deja la vida que llevas. Olvídate de la es¬túpida bondad. ¡Hazte rico! ¡Hazte rico! Aprove¬cha.
El moribundo deliraba. Miraba dentro de sí visiones remotas que se hacían actuales y reco-
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rría en giros estrujantes el palpitar inhumano del hombre. Su desvarío aumentaba a cada instante. El remolino de recuerdos, de instantes alejados, de horas perdidas en el devenir de la existencia, se precipitaba en torrente desesperante y agóni¬co...
(Auxilio... auxilio... Voy a chocar... Ya vio... todo ha pasado... Se agranda inmensamente... La sangre fluye... déjame... déjame... Ven... -ven... ven... Nada más que la vida le dé los primeros golpes... verá si continúa siendo como ahora es... Apestan... apestan... falso.. Ya me la pagarás... Me desquitaré... Vete... vete... Y qué con eso... Yo soy como soy... Me importa poco... Estás lo¬co... La muerte... El choque... ¡No! ¡No! No quiero vivir... No seas ridículo... No lo creo... no lo creo... Ni yo... ni yo... ni yo... ni yo... A mí, lo mío. Los demás... ¡Bah!... Se lo regalamos para su cum-pleaños... ¿Tú también lo eres...? Se murió... Te odio... te odio... te odio... te odio... Cambia de vi¬da... cambia... El amor es carne... nada más car¬ne... sólo carne., carne...
Olvida los estúpidos sentimentalismos... No voy a esclavizarme por los favores que me ha¬cen... Aprovecha cuanto puedas... Se está yen¬do... se está yendo... ¡No! ¡No me dejes! No seas tonto... Olvídate de la bondad.. No es tu verdade¬ro amigo... ¡Para qué te sacrificas...! Te hablan por interés... No hay amistad... Todo es engaño... ¡Qué te importan los demás! Tú puedes sacrificar¬te por ellos... pero ellos nunca lo harán por ti... ,Qué joven! ¡No llore...! Por ser honrado... Son unos ingratos... Son unos ingratos... (Oh! ¡Cuántos convencionalismos! No puedo atender¬lo... Todo es falso... Por ser bueno... Te odio
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¡Desgraciado. ! Y eso que es lo que es. . que tal si no fuera... Son unos estúpidos... Engreídos... Nos hacemos idiotas los unos con los otros. . El amor es carnalidad.. Son unos ingratos... Nada más que la vida le dé los primeros golpes Allí fue... No lo merecía... yo sí... ¡No! ¡No quiero vivir! ¡No quiero...! Carnalidad, odio... envidia ingra¬tos... yo. . ellos... nadie... si fuera... no es... al¬guien... no existe... falso... ¡No! ¡No quiero vivir...! — y el moribundo se fue quedando lentamente dormido en la mesa de operaciones.
La noche se cubría con las blancas sábanas del amanecer para dormir indifente ante al glamu-roso día que como siempre llegaba temprano y frígido. La esfera y luminosa del sol ascendía tremulante como en arriesgada aventura y con tenues efluvios fragantes al inicio, besaba enamo¬rado los confines del asfalto insensible a su fe¬cundación.
El pálido cuarto del hospital sonreía con se¬renidad La calma indefinible, como aquella que acontence sólo en sueños paseaba sus hábitos saudadosos por el lugar.
Desde su lecho lacerante, un hombre dema¬crado meditaba contemplando el correr del sol por el celaje recién iluminado...
Me siento tan extraño... Sin deseos de na¬da... Ya no sé si morir o vivir. Vivir y morir... Vida y muerte... lo mismo... Yo hubiera querido que... pero no...
Y así... para qué vivir... Para qué morir... Nada hay nuevo bajo e! sol... lo sé, sin embargo...
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al pensar que sólo por mi sentimentalismo... Y ai recordar... Aquello había sido terrible... No era para menos... Veía derrumbarse el mundo que yo inúltimente iba construyendo, el mundo feliz que anhelaba para los que conocía, porque sabía que lo necesitaban...
Y quise ayudarlos. . mas para qué.. Hoy... tal vez ni una mirada de compasión han de tener para mí... Si acaso... —y su rostro incoloro se im¬pregnó de una máscara de amargura que fue va¬riando poco a poco hasta adoptar el aspecto de desafío, de reto iracundo, de odio terrible... ¡Jamás! ¡Jamás volveré a ser el mismo de antes! Voy a volver duro mi corazón. Y mientras todos se destrozan... buscaré la propia felicidad... ¡Sí! Y viviré... ¡Sí! ¡Viviré! ¡Sin ocuparme de nadie! Aun¬que el Universo se conmocione...
Y que la contaminación aniquile al cosmos entero... y lo destruya... Que cada quien se chin¬gue... Que se los lleve la jodida por pendejos... Que los arrasen... que los exploten... que los humillen... que los roben... que los maten... que los ultrajen. ¡Menos a mí...! A mí... a... m... í... —el moribundo hizo un gesto de desesperación, apretó los puños y los labios, y los dientes, y los ojos...
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Prosiguiendo por su elevada ruta, el sol de-sapareció del marco de la ventana entre matices opalescentes y el accidentado se quedó hundido en una angustiante vacuidad... infinita desola¬ción... suprema tristeza... como muerto, a pesar de haber salvado la vida.
¿LANDRÚ?
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-¿Y cuantos te escabechaste?
 
—A siete.
—¡Chántale! ¡Por eso te me¬tieron al bote! Y'ora cómo le vas a hacer pa'salir...
—No quiero salir...
—¡Cómo de que no! Sí a mí ya me anda por largarme de aquí...
—Tú porque tienes algo para lo cual robar... ¿pero yo...?
—Eso sí mano... ¿Y por qué matastes?
—No sé... Es difícil de explicar... Tal vez te parezca cursi... mas... Hubo un día en que yo... era todo amor... Mi alma estaba impregnada de ese encanto que me hacía estremecer.... Y soña¬ba encontrar lo que tantas veces en mi febril imaginación... en mis delirios, en mis fantasías se vislumbraba... Yo era todo amor. Mi espíritu se volcaba de admiración al oír los cantos de las aves; al mirar los prados; al contemplar las trans-parencias de las aguas, al deleitarme con las azules desnudeces del cielo.
—¡Ay mano! Hablas rebonito... Síguele...
—En lo más hondo de mis entrañas surgía un lado inefable que me hacía dueño de un ardor inconmensurable; de un ímpetu desconocido y audaz; algo que nunca antes había experimenta-do... Y me echaba a andar por las calles en busca de lo que me palpitaba y que sin embargo se en¬contraba tan lejos, muy lejos ...Como el nunca, por más que intentaba hacer el bien a los demás.
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El amor hacía de mí su imperio y decidí re-construir la quimera del mundo; siempre dando amor. Ayudando a los que sufren; viendo por los desamparados; protegiendo a los débiles; fortifi¬cando a los caídos; comprometiéndome con las luchas sociales. ¡Comunista me decían algunos! Y nada había que no mirara yo con ojos amantes: el mar, la tierra, los niños, los jóvenes, la madu¬rez. Y me arrojaba a una lid perdida, sin saberlo...
Deseaba ferviente que en cada una de aquellas luchas se realizara por fin aquel esplen¬dor anhelado: Una sociedad justa y equilibrada.
Y no cesaba en mis intentos... Debía encon¬trar el medio... Debía sembrar el buen amor... el amor verdadero... el que se derrama sobre la hu¬manidad... Y yo quería darlo; lo daba.
Aquí... Allá... Más allá... En todas partes... Activamente, en manifestaciones, en protestas, en mítines, en la acción en beneficio del obrero, del campesino, del pueblo....
Era yo amor... nacido de amor...
Amor por todo; entrega total, panteica... do¬nación etérea... dar perenne... sin final...
Su esencia maravillosa configuraba cada uno de mis segundos... Amaba... Amaba sin contemplaciones; en el furor de la praxis de los hechos que realizaba. O por los menos, así lo creía.
Amaba la existencia, la Naturaleza, los se¬res, la cultura. Sin embargo mi pasión sublime era correspondida con calumnias... con afrentas... con engaños... con soberbias... con burlas... con sufrimientos... con insultos... con odios... con humillaciones... con traición...
Y solo, abandonado por los acomodaticios
que traicionaban todo por la deleznable ambición
egoísta, me cansé. Y vi como el amigo se escon¬
dió tras la conveniencia; el héroe se volvió ener¬
gúmeno; el santo cayó en la hipocresía; el sabio
se llenó de oro; los soñadores afilaron los dien¬
tes; el compañerismo se despilfarró en ebrieda¬
des; el ideal se volvió exhibicionismo. Y me can¬
sé...
Sí, me cansé de amar; de buscar lo que nunca encontraría; de esperar sin esperanza; de anhelar lo indescubierto; de soñar lo irreal... Y en aquellos instantes, yo... que era todo amor... ¡estúpido de mí! ¡ridículo1, me contagié con la podredumbre que modelaba a los demás y me volví peor que ellos… peor...
Y he aquí que yo. ¡Harto de padecer in¬
gratitudes y escarnio... me convertí en indigni¬
dad...! ¡Y maté...! ¡Maté...! ¡Maté hasta satisfa¬
cerme...! ¡Hasta quedar vengado. ! O casi... Al fin
y al cabo todo cambia y ninguno se acuerda de
ninguno.
Sin embargo... Óyelo bien: ¡Soy inocente! ¡Inocente...! —el compañero de celda se le quedó mirando con extrañeza: ('tá re'loco), pensó. El criminal le lanzó una mirada dulcemente triste y sonrió con inmensa amargura que sobresalía en¬tre su larga barba y su descuidada cabellera.
—Sí, porque soy inocente... inocente A pe¬sar de que me haya abandonado quien nunca ha existido... —murmuró como quien no quiere, mientras sus ojos brillaron como trémulas esferas, cristales sin reflejos, luciérnagas sin luz... Cristo sin mito, solidario sin nadie.
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HAMLET
S
us amistades lo habían conocido cuando jo¬ven, cuando el sonriente futuro le pertene¬cía... Su rostro, forrado de ilusiones, de espe¬ranzas y de vehemencias, tenía siempre una sonrisa para todos, una palabra de aliento, un gesto de comprensión lo mismo para el que lo estimaba como para aquél que lo ofendía.
Jamás lo habían visto apesadumbrado, al contrario, siempre optimista y alegre. La fe y la dicha eran sus guías. Nadie hubiera vislumbrado en él un mínimo de tristeza, de pesimismo. Era todo entusiasmo.
Aquél que se acercaba a pedirle ayuda nun¬ca había recibido respuestas negativas. Quien necesitaba algo, podía acudir a él sin temor, con la convicción de que atendería a sus ruegos.
Pero sucedió que un día... ¡Quién había de decirlo!
El bueno... el confiado... el dueño seguro de la confianza en sí y en los demás, se transfomó... y ya no sonrió. Misteriosa y bruscamente dejó de creer en lo humano y en lo divino... A nadie volvió a socorrer.
Se transmutó por completo y quien había poseído aquella flama de entrega ardiente... se impregnó de odio, de amargura, de dolor...
Desde entonces con ninguno habló más Silencioso y pensativo se le veía pasar por las calles y en las pocas veces que algo murmuraba,
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tan sólo era para escuchársele palabras altaneras y profecías descabelladas.
Traidores a la Patria...a los ideales de tantos hombres muertos por ello. Bastar¬dos. ..micifuces... Un día se les derrumbará su teatro hipócrita y entonces sabrán que no hay perdón en la muerte. ¿Quién los recordará con e! temblor de una sonrisa grata? Sólo odio cosecha¬rán sus recuerdos y escupitajos sobre sus lujosas tumbas Su nombre será borrado con mierda que es lo único que hicieron con su vida Arteros fili-busteros, piratas, ladrones de la felicidad.
Así fue. Nadie sabe el por qué de tan áspero cambio Muchos pensaron, ilógico', un fracaso amoroso. Otros, los espíritus simples y comunes, afirmaron que su enojo era la consecuencia de su suerte en el hipódromo. Algunos supusieron tanta amargura, porque no estuvo nunca en el presu¬puesto oficial. Sin embargo... todo se fue en supongos y supongos... en realidad... 6quién había de saberlo'?
El último día que se mostró tal como había sido, comprensivo y bondadoso, no tuvo contra¬riedades. ¿Quién había de molestarlo si era tan bueno, tan generoso, tan amable? Nadie le dio motivos para ser lo que ahora era.
Parece mentira que a uno llegue a preocu¬parle el comportamiento de los demás sin ser psi¬cólogo. Hay algo extraño en cada uno que nadie puede penetrar hasta las profundidades de cada quien para saber con certeza los porqués de su conducta. Es tan difícil conocer con precisión a los que nos rodean, saber en verdad cómo son... Todos llevamos nuestra propia angustia y pocas veces la exteriorizamos abiertamente... A mí me
consta que él era bueno... y creo que sigue sién¬dolo, nada más que...
6Y qué gano con volver a opinar? A nada conduce... ¿Quién habría de cambiar de manera tan brusca su comportamiento? ¡Ni qué viviéra¬mos rodeados de seres corruptos y despiadados' Ni que estuviéramos rodeados de hienas o habi¬táramos una una sociedad egoísta, de mentes criminales, cobardes, falsas, antinaturales, y convenencieras! ¡Ni que estuviéramos en decaden¬cia...! ¡Bah! Decadencia de qué, si nunca hemos llegado a plenitud alguna.
Una de dos. o él se está volviendo loco, si no es que ya lo está . o yo soy muy ingenuo ¡No' ¡No! ¡Él está loco! ¡Claro que sí!
La humanidad no pudo ser la causante Ella es buena... ¡Sí! |Por supuesto que es buena! Lo que pasa es que él está demente... La humanidad es justa... es noble; es caritativa... ,No pudo ha¬berlo hecho cambiar así...! ¡Maravilla es el hom¬bre! ¡La plenitud de la creación!
Cierto es que cometemos malas acciones de vez en cuando... pero también realizamos labores positivas. . Hay un fuego que nos propulsa a su¬perarnos y a liberamos de nuestro estado ani¬mal... una ansiedad que nos invita a buscar nue¬vos horizontes, confiados en que los habrá... al¬gún día... cuando esta noche inmensa termine... y todo se vuelva claridad... y haya una nueva vida ...donde palpite el corazón del hombre libre...y pueda ser amor... que es dar lo mejor de nosotros sin esperar nada a cambio, sólo que lo que ama¬mos sea lo mejor para los demás.
Cuando el socialismo... Es innegable que hay algunos que cometen arbitrariedades., e in-
 
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justicias... y falsedades... y delitos... pero es por las circunstancias... por la forma en que han sido modelados... por... por la vertiginosidad de este tiempo... por mala educación, la información ma-nipulada, los medios... Mas... no debe preocupar¬nos esto... pronto vendrá otra época... otra en la que el viento paseará sin contaminación sus giros por toda la superficie del orbe esparciendo la semilla de oro... Una época donde las sombras se harán luz de solidaridad, justicia, responsabilidad. Y los desiertos serán herbazales del trabajo co¬lectivo, del bien para todos... y las cavernas de la ignorancia, la superchería y el terror, cuentos del saber liberado... Y... ¡Sí!.. La humanidad es bue¬na... ¡Sí!... yo vivo en ella... creo en ella... soy de ella...ella es mi Patria...
Definitivamente, él ha perdido la ra¬zón...Pero...si fuera verdad que... ¡No! ¡No! ¡Qué pensamientos! La humanidad no ha sido la cau¬sante de su transmutación. Lo que pasa es que...
Sin embargo... no... no podría negar que a cada instante se cometen abyecciones y escar¬nios... que el hombre se distancia de la Naturale¬za y se empecina en destruirla y en destruirse... que la cultura, Naturaleza humana, es rechazada por los retrógradas como medio de perfecciona¬miento y que la sociedad no acepta cambiar con lo que ineludiblemente va cambiando. Dialéctica inevitable del universo natural. Y aún así... ¡oh! Quién había de decirme que de un momento a otro me asaltaría esta duda... ¿Es buena la hu¬manidad! ¿Es malvada?... ¡Bah! ¡Tonterías ado¬lescentes!
Tal vez... pero sin embargo... cuando... y... ¡No!
No obstante... él se ha transformado ... como si estuviera decepcionado de algo... de alguien... Quizá de un sueño hecho realidad... o de una realidad imposible de tornarla sueño... Nadie sa¬be.. ¿Qué será...? ¿Quién será...? ¿Es o no es?
Puede que sea el sistema de nuestros dí¬as... pero la humanidad no es el motivo de sus escepticismo... ¡Claro que no! Lo que pasa es que... ¡Sí! ¡Eso es! La verdadera humanidad es grandiosa.
El está loco...
¡Sí!
¡Está loco!
¡Está loco! ¡Loco...!
¡Loco...!
¡Loco...!
¡Loco...!
¡Loco...!
 
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WEST SIDE STORY
 
P
obre borrachito, diariamente con lo mismo... Un día tirado aquí: otro allá... en el lugar más inesperado... donde sea... en cualquier parte... Ahí mismo se pone a dormir la mona.
Muchas veces doña Chole, la tamalera, le ha dado consejos. Que ya deje de embriagarse, que se ponga a trabajar, que esa vida no es vi¬da... El parece hacer caso, siempre y cuando le fíe los tamales y el atole. Promete reformarse Piensa en buscar un trabajo honrado... en dedi¬carse a otras ocupaciones,, y dejar la vagancia... el ocio infructuoso., el vicio...
—Se lo prometo.. ¡En verdad doña Chole! Aunque sea de cargador... pero voy a traba¬jar...Va a ver cómo ahora sí es cierto
—Ya ni te creo Tantas veces me lo has prometido como tantas son las que me debes los tamales y el atole. No sé cómo dicen que soy mala Yo sólo quiero hacerte un bien... Allá tú si no lo aprovechas...
Comprendo... pero... No soy tan fuerte como para aguantarme las ganas de echarme mis alcoholes... De todos modos voy a intentarlo y va a ver que todavía me queda un poco de voluntad
—Mira Cipriano... Tú no eres tonto.. ¿A po¬co no te gustaría andar bien vestido? Quitarte esos andrajos que llevas puestos. Te estás ha¬ciendo viejo... Después ya no vas a poder hacer nada... Aún es tiempo para que te pongas a
 
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chambear muy duro... Tú que no tienes familia¬res...
—Sí tengo.. Nomás que están en mi tierra...
—De todas maneras... no les das nada... Así que el dinero... mucho o poco que ganes... lo puedes ir ahorrando... Yo creo que no hay cosa peor que morir abandonado... Ir a parar a la fosa común... sin que nadie vaya siquiera a ponerle una flor a nuestra tumba. Te lo digo por tu bien. Reflexiona... —y continuaba llenando los jarros con el espumoso champurrado que con impa¬ciencia aguardaban los que a esa hora se reunían para desayunar en el puesto de la tamalera.
Ella era una mujeraza: abundante en carnes, un poco despeinada, aunque muy limpia en su persona. El delantal impecable, la blusa como nueva y los zapatos de charol, relucientes. Doña Chole era la más distinguida de su profesión en el barrio de San Juan.
A las cinco de la mañana comenzaba el aje¬treo en su puesto. Los braseros no le daban a basto. Los botes con tamales de todos los colores y sabores, los cubrían, y por otro lado, se miraba la estufa de petróleo sobre la que lucía sus bri¬llanteces la plateada olla de aluminio que conte¬nía el único atole que elaboraba, sabroso y ex¬quisito, el mejor de toda la ciudad, al decir de los clientes.
Cipriano era uno de tantos mugrosos que se acercaban a pedirle gratis el alimento, de los cuales, sólo él recibía los beneficiosos préstamos, porque a los demás, ni agua les regalaba.
Nadie sabía la causa por la que Doña Chole lo mantenía. Algunos malpensados llegaron a
murmurar que dizque era su amante. Otros, que era un simple familiar cercano. Y así...
La mayoría de los del barrio le tenían una cierta simpatía. Ninguno podía explicar el motivo. A pesar de andar siempre tomado, sin rasurarse, con la cabeza enredada entre cabellos mal pei¬nados por el no frecuente uso del baño y del ja¬bón, lo estimaban, aunque solamente lo conocie¬ran de lejos.
Durante toda la mañana no se le veía por ningún lado, pero en cuanto atardecía, deambu¬laba por las calles cercanas muy borracho, ca¬yéndose. Mas le agradaba cantar...
Sus canciones eran tristes y apesadumbra¬das, carentes de un ligero trasfondo de felicidad. Sus amigos, de semejante condición, le aplaudían cada vez que terminaba de entonar alguna de aquellas melodías nunca escuchadas, porque él aseguraba que eran propias. . sólo de él... de nadie más...
—Son lo único que tengo y no me las pue¬den quitar... y aunque me las quitaren... puedo hacer más, muchas más...tantas como yo quiera, aunque no tenga dinero. Gracias Criolita.. —hablaba Cipriano en el momento en que daba el último sorbo al atole que bebía.— Va a ver... pa' la tarde le pago... aunque sea la mitad de lo que le debo... Ya voy a olvidarme de la tornade¬ra... y puede que hasta le llegue a comprar el puesto...—doña Chole al escucharlo, rio estrepi¬tosa e indiscretamente, como con descaro.
— Me daría mucho gusto, Cipriano...— ex¬clamó entre sus francas risotadas, mientras guar¬daba unas hojas escritas por el borrachín que
 
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como siempre: cual pago: Cipriano le daba. Éste se alejó sonriente, como satisfecho.
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—Un día. . surgirá de la montaña.
como el sol. por la mañana.
el gran amor., el gran amor...
el amor que no ha existido
en todos...
El amor que ha de existir. .
con todos...
El gran amor... el gran amor...
por todos...
Cipriano cantaba... y en su voz había un nadie sabe qué de misterio y de llanto oculto... como una ansiedad esperanzada... como una en¬soñación quimérica... Nuevamente andaba borra¬cho y como muchos., olvidado de sus prome¬sas...
*******************
—,Doña Chole...1 —el grito inesperado de un chiquillo que venía corriendo hacia la atolera se escuchó entre el bullicio de la clientela que en ese instante disfrutaba de la delicias antojadizas y volubles de los tamales — ¡Doña Chole1 ,Doña Chole' — al llegar exclamó agitado y nervioso, como si todo lo hubiera querido decir en un de¬rrumbe de palabras — ¡Allá a la vuelta está la cruz...!
—¿Y eso qué...?
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—Es que se llevan a Cipriano.. Dicen que le dio un ataque...
—¡Cómo! —alarmada.— ¡Vamos! —y salió rápidamente. —A'i les encargo un momento...-desde lo lejos y en movimiento suplicó a sus pa¬rroquianos.
En una camilla habían levantado al ebrio y lo habían llevado al interior de la ambulancia. La gente se deshacía por comprender hasta lo in¬comprensible y se arremolinaba codiciosa alrede¬dor del vehículo.
—¡Déjenme verlo.,.! abriéndose paso en¬tre la multitud morbosa y alborotada doña Chole gritó.
—¿Es usted familiar del borrachillo...? —le interrogó uno de los enfermeros...
—¡No! No... Es. . un amigo...
—'Orita no puede verlo... Murió de una con-gestión alcohólica... —y subió en el preciso ins¬tante en que la ambulancia emprendía la escan¬dalosa retirada.
—Pero... —y se quedó con la palabra a flor de labios... y con el pensamiento...
La miró alejarse... Tornarse invisi¬ble... Desaparecer en la rugiente calzada entre alaridos lastimeros... Se encontraba anonadada... ida...
Como autómata emprendió el retorno. Su negocio la aguardaba...
—¿A poco estimaba mucho a ese pobre bo-rrachito? —Preguntó ingenuo e inocente el mu-chachillo. Doña Chole permaneció callada, enjo¬yada de silencio, como estatua andante...
Caminaba con serenidad... perdida la mira¬da en lo inencontrable... en un horizonte sin hon-
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zontes... en la infinitud... recordando las hojas de poemas que le daba...
Dos hilillos transparentes, trémulos y brillan¬tes, brotaron de sus ojos. Ojos extraviados en una distancia sin límites...
 
 
 
EPÍLOGO
CANCIÓN DE CIPRIANO*
 
Volantería final.
I
Caminaba por las calles turbias tambaleando su cuerpo de ron,
la nostalgia grabada en los labios
y en sus ojos palabras de un dios
 
 
Murmurando extrañas confusiones
a la vida le llamaba flor,
sus recuerdos los vestía con odres
y entre ensueños vivía el corazón.
Algún perro le ladraba a oscuras;
o entre el lodo borracho quedo;
los gendarmes le decían basuras...
tristes hombres que reían del sol.
 
 
 
 
Los chiquillos le lanzaban piedras;
las mujeres le escondían la voz;
las pandillas le escupían cadenas
hasta que un día desapareció.
 
 
 
 
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Estribillo
Y ahora dicen que era un poeta:
uno de esos que el mundo perdió;
de nocturnos hechos con poemas
que entre fábricas se destruyó.
Hoy comprenden sus noches de luna
que en un libro de lujo salió.
-¡Fue un hallazgo!- decían los críticos:
¡Lástima que el premio no miró!.
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-Ay Cipriano que va a ser de ti;
por favor no seas tan soñador;
que la tierra es tierra nada más
y el fuego por siempre es voraz.
Ay Cipriano ponte a trabajar;
la vagancia te ilustra al azar,
más no cura si tienes dolor;
con dinero serás gran señor.
-Ay señora para qué cambiar...
Sólo guarde estas hojas de amor.
Soy un árbol que secando va
las raíces que alguien le enredó.
Estribillo
Y ahora dicen que era un poeta:
uno de esos que el mundo perdió;
de nocturnos hechos con poemas
que entre fábricas se destruyó.
Hoy comprenden sus noches de luna
que en un libro de lujo salió.
-¡Fue un hallazgo!- decían los críticos:
¡Lástima que el premio no miró!.
Coda
Y ahora dicen que era un poeta...
*Esta canción aparece interpretada por el autor, como cantor, en su disco Y a’i les van las otras... 1985, con el titulo de Era un poeta…
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ÍNDICE
 
Pagina
UN LECTOR OPINA 3
PREGÓN 5
La aventura. 7
El eclipse. 13
Niebla. 17
Raíces 25
Los últimos días de Pompeya 31
Pulgarcito 37
Las joyas de Cornelia. 45
Edipo Rey 51
La vorágine. 55
El robo del elefante blanco. 61
El desierto rojo. 65
Las troyanas o más vale tarde que nunca.
 
69
Extraño interludio. 73
Los olvidados. 8I
Madame Bovary 87
¿Hiroshima o...? 93
Lo que el viento se llevó. 97
¿Landrú? 107
Hamlet. 111
West side story. 117
EPÍLOGO: Canción de Cipriano 123
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OTRS2010081910010518