Diferencia entre revisiones de «Historia del pescador y el efrit»

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{{encabezado2|[[Las mil y una noches]] <br> HistoriaEl del visirhalcón del rey Yunan y el médico RuyanSindabad|Anónimo}}
 
 
<div class=Parrafo>Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy aficionado a diversiones, a paseos por los jardines y a toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche, pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo, y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vió de pronto venir al wekil (intendente) que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: "¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza". Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño. Salieron después y llegaron a un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: Mataré a aquel por cuyo lado pase la gacela".
 
Empezaron a estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó a dar palmaditas para hacer huir a la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se internó tierra adentro.
<div class=Parrafo>El pescador dijo:
 
El rey se volvió entonces hacia los guardias, y vió que guiñaban los ojos maliciosamente. Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: "¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?" Y el visir contestó: "Dicen que has jurado matar a aquel por cuya proximidad pasase la gacela". Y el rey exclamó: "¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar a esa gacela!" Y se puso a galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dió con el pico en los ojos de tal manera, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey empuñó su maza, golpeando con ella a la gacela hasta hacerla caer desplomada. En seguida descabalgó, degollándola y desollándola, y colgó del arzón de la silla los despojos.
"Sabrás, ¡oh, efrit!, que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los rumán (los romanos y los griegos de Bizancio. Por extensión los cristianos) un rey llamado Yunán. Era rico y poderoso, señor de ejércitos, dueño de fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombres. Pero su cuerpo padecía una lepra que desesperaba a los médicos y los sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto alguno, y ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa dolencia. Pero cierto día llegó a la capital del rey Yunán un médico anciano de renombre, llamado Ruyán. Había estudiado los libros griegos, persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la astronomía, cuyos principios y reglas no ignoraba, así como sus buenos y malos efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas y también sus buenos y malos efectos.
 
Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido, y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caballo. Y el rey se volvió y vió un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dió con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dió con la pata por segunda vez, y lo volcó. Y el rey se encolerizó contra el halcón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se lo presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala.
Por último, había profundizado la filosofía y todas las ciencias médicas y otras muchas además.
 
Entonces dijo el rey: "¡Alah te sepulte, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo". Y dió con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguiendo la cabeza, le dijo por señas: "Mira lo que hay en el árbol". Y el rey levantó los ojos y vió en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se levantó, montó a caballo, se fué, llevándose la gacela, y llegó a su palacio.
Cuando este médico llegó a la ciudad y permaneció en ella algunos días, supo la historia del rey y de la lepra que le martirizaba por la voluntad de Alah, enterándose del fracaso absoluto de todos los médicos y sabios. Al tener de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por la mañana —al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo, magnífica decoración del Óptimo— se puso su mejor traje y fue a ver al rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey<ref> «Besar la tierra entre las manos del rey» equivale a decir que se inclinó hasta el suelo y la besó delante del rey.</ref> e hizo votos por la duración eterna de su poderío y de las gracias de Alah y de todas las mejores cosas. Después le enteró de quién era, y le dijo:
 
Le dió la gacela al cocinero, y le dijo: "Tómala y guísala". Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una especie de estertor, murió. El rey, al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y de amargura por haber matado al halcón que le había salvado de la muerte.
"He averiguado la enfermedad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de médicos no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! a aplicarte mi tratamiento, sin hacerte beber medicinas ni untarte con pomadas."
¡Tal es la historia del rey Sindabad!"
 
Cuando el visir hubo oído el relato del rey Yunán, le dijo: "¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿qué daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver? Obro así por compasión hacia tu persona. Y ya verás cómo digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.
Al oírlo, el rey Yunán se asombró mucho, y le dijo: "¡Por Alah! que si me curas te enriqueceré hasta los hijos de tus hijos, te concederé todos tus deseos y serás mi compañero y mi amigo." En seguida le dió un hermoso traje y otros presentes, y añadió :"¿Es cierto que me curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni pomadas?"
 
Y respondió el otro: "Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo". El rey le dijo, cada vez más asombrado: "¡Oh gran médico! ¿Qué día y qué momento verán realizarse lo que acabas de prometer? Apresúrate a hacerlo, hijo mío." Y el médico contestó: "Escucho y obedezco."
 
Entonces salió del palacio y alquiló una casa, donde instaló sus libros, sus remedios y sus plantas aromáticas. Después hizo extractos de sus medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo corto y encorvado, cuyo mango horadó, y también hizo una pelota, todo esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su trabajo, al segundo día fue a palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus manos. Después le prescribió que fuera a caballo al meidán<ref> Plaza consagrada a los juegos</ref> y jugara con la bola y el mazo.
 
Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: "Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de modo que llegues a sudar. De este modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa a tu palacio, ve en seguida a bañarte al hammam y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo."
 
El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jinetes montaron a caballo y le echaron la pelota. Entonces empezó a galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar a que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera a palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam.
 
Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse también a disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar a caballo, volver a palacio y echarse a dormir.
 
Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó a su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fué a palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estrofas:
 
¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya a otro más que a ti!
 
¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido!
 
¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y alcance a ver cómo las arrugas surcan la cara del Tiempo!
 
¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!
 
¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria y eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!
 
Recitados los versos, el rey se puso de pie, y cordialmente tendió sus brazos al médico. Luego le sentó a su lado, y le regaló magníficos trajes de honor.
 
Porque, efectivamente, al salir del hammam el rey se había mirado el cuerpo, sin encontrar rastro de lepra, y vió su piel tan pura como la plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pecho. Y al otro día, al levantarse el rey por la mañana, entró en el diwán, se sentó en el trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como el médico Ruyán. Por esto, al verle, el rey se levantó apresuradamente y le hizo sentar a su lado. Sirvieron a ambos manjares y bebidas durante todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares, sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar su propio corcel. Y entonces el médico se despidió y regresó a su casa.
 
El rey no dejaba de admirar el arte del médico ni de decir: "Me ha curado por el exterior de mi cuerpo sin untarme con pomadas. ¡Oh Alah! ¡Qué ciencia tan sublime! Fuerza es colmar de beneficios a este hombre y tenerle para siempre como compañero y amigo afectuoso." Y el rey Yunán se acostó, muy alegre de verse con el cuerpo sano y libre de su enfermedad.
 
Cuando al otro día, se levantó el rey y se sentó en el trono, los jefes de la nación pusiéronse de pie, y los emires y visires se sentaron a su derecha y a su izquierda. Entonces mandó llamar al médico Ruyán, que acudió y besó la tierra entre sus manos. El rey se levantó en honor suyo, le hizo sentar a su lado, comió en su compañía, le deseó larga vida y le dio magníficas telas y otros presentes, sin dejar de conversar con él hasta el anochecer, y mandó le entregaran a modo de remuneración cinco trajes de honor y mil dinares. Y así regresó el médico a su casa, haciendo votos por el rey.
 
Al levantarse por la mañana, salió el rey y entró en el diwán, donde le rodearon los emires, los visires y los chambelanes. Y entre los visires uno de cara siniestra, repulsiva, terrible, sórdidamente avaro, envidioso y saturado de celos y de odio. Cuando este visir vio que el rey colocaba a su lado al médico Ruyán y le otorgaba tantos beneficios, le tuvo envidia y resolvió secretamente perderlo. El proverbio lo dice:
 
"El envidioso ataca a todo el mundo. En el corazón del envidioso está emboscada la persecución y la desarrolla si dispone de fuerza o la conserva latente la debilidad".
 
El visir se acercó al rey Yunán, besó la tierra entre sus manos, y dijo: "¡Oh rey del siglo y del tiempo, que envuelves a los hombres en tus beneficios! Tengo para ti un consejo de gran importancia, que no podría ocultarte sin ser un mal hijo. Si me mandas que te lo revele, yo te lo revelaré". Turbado entonces el rey por las palabras del visir, le dijo: "¿Qué consejo es el tuyo?" El otro respondió: "¡Oh rey glorioso! los antiguos han dicho: "Quien no mire el fin y las consecuencias no tendrá a la Fortuna por amiga", y justamente acabo de ver al rey obrar con poco juicio otorgando sus bondades a su enemigo, al que desea el aniquilamiento de su reino, colmándole de favores, abrumándole con generosidades. Y yo, por esta causa, siento grandes temores por el rey".
 
Al oír esto, el rey se turbó extremadamente, cambió de color, y dijo: "¿Quién es el que supones enemigo mío y colmado por mis favores?" Y el visir respondió: "¡Oh rey! Si estás dormido, despierta, porque aludo al médico Ruyán". El rey dijo: "Ese es buen amigo mío, y para mí el más querido de los hombres, pues me ha curado con una cosa que yo he tenido en la mano y me ha librado de mi enfermedad, que había desesperado a los médicos. Ciertamente que no hay otro como él en este siglo, en el mundo entero, lo mismo en Occidente que en Oriente. ¿Cómo te atreves a hablarme así de él? Desde ahora le voy a señalar un sueldo de mil dinares al mes. Y aunque le diera la mitad de mi reino, poco sería para lo que merece. Creo que me dices todo eso por envidia, como se cuenta en la historia, que he sabido, del rey Sindabad".
 
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazada, que interrumpió su narración.
 
Entonces Doniazada le dijo: "¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras, cuán deliciosas son tus palabras!" Y Schehrazada dijo: "¿Qué es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme?"
 
Entonces el rey dijo para sí: "¡Por Alah! No la mataré sin haber oído la continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa". Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el rey fué al diwán y juzgó, otorgó, destituyó y despachó los asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el diwán y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche hizo su cosa acostumbrada con Schehrazada, la hija del visir.
 
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Yunán dijo a su visir: "Visir, has dejado entrar en ti la envidia contra el médico, y quieres que yo lo mate para que luego me arrepienta, como se arrepintió el rey Sindabad después de haber matado al halcón". El visir preguntó: "¿Y cómo ocurrió eso?"
 
Entonces el rey Yunán contó:
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== Notas del traductor ==
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