Diferencia entre revisiones de «Una modesta proposición»

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{{encabezado2|Una modesta proposición|Jonathan Swift}}
En sexto lugar, este sería un gran estímulo al matrimonio, el que todas las naciones sabias han promovido con recompensas o hecho obligatorio con leyes y castigos. Aumentaría el cuidado y la ternura de las mujeres hacia sus hijos, cuando estuvieran seguras de tener una colocación de por vida para los pobres bebés, proporcionada en parte por el público, que les proporcionará una ganancia anual en vez de un gasto. Pronto veremos una honesta competencia entre las mujeres casadas, cuál de ellas podrá traer el niño más gordo al mercado. Los hombres se encariñarían tanto de sus esposas, durante el embarazo, como lo están ahora de las yeguas con potrillo, de las vacas con ternero o de las cerdas cuando están a punto de dar a luz; no más las golpearían o patearían (como es frecuentemente la práctica) por miedo de un aborto.
 
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de cuerpos en nuestra exportación de carne: la propagación de la carne de cerdo, y la mejora en el arte de hacer buen tocino, que tanto se ha descuidado ante la gran merma de cerdos, demasiado comunes en nuestras mesas; que de ninguna manera se comparan en sabor o magnificencia a un gordo y bien desarrollado niño anual, que rostizado entero hará una figurá considerable en el banquete de un Lord Mayor, o en cualquier otra función pública. Pero estas, y muchas otras, omitomito, siendo amante de la brevedad.
 
Suponiendo que mil familias en esta ciudad serían clientes constantes de carne de infante, además de otros que podrían adquirirla en reuniones especiales, particularmente en bodas y bautizos, calculo qeuque Dublín consumiría anualmente unos veinte mil cuerpos; y el resto del reino (donde probablemente podrían venderse un poco más baratos) los restantes ochenta mil.
 
No puedo pensar en una sola objeción que pueda ser presentada contra esta proposición, a menos que sea que el número de personas se verá muy reducido en el reino. Esto lo acepto libremente, y fue de hecho una de las ideas principales al ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que calculo mi remedio tan solo para este Reino de Irlanda, y para ninguno otro que haya existido, exista o, creo, pueda existir sobre la Tierra. Por tanto, que nadie me hable de otras soluciones: De imponer impuestos a los emigrantes de cinco chelines por libra: De no usar más telas o muebles caseros que los que son de nuestra propia manufactura: De rechazar de plano los materiales e instrumentos que promueven lujos extranjeros: De curar el derroche causado por el orgullo, vanidad, pereza y ocio de nuestras mujeres: De introducir una vena de parsimonia, prudencia y sobriedad: De aprender a amar a nuestro país, en lo que nos diferenciamos incluso de los Lapones y de los amantes de Topinamboo: De renunciar a nuestras animosidades y facciones, y no más actuar como los judíos, que se asesinaban unos a otros en el momento mismo en que su ciudad era tomada: De ser un poco cautelosos de no vender nuestro país y nuestras conciencias por nada: De enseñar a los terratenientes a temer al menos un grado de misericordia para con sus renteros. Por último, de inspirar un espíritu de honestidad, industria y habilidad en nuestros comerciantes, quienes, si se pudiera tomar ahora una resolución de comprar solamente nuestros productos nativos, de inmediato se unirían para estafarnos en el precio, la medida y la calidad, y que no podrían ser obligados a ofrecer un trato justo aunque a menudo y con sinceridad se les invite a ello.
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