Diferencia entre revisiones de «Misericordia : 30»

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{{encabezado|[[Misericordia]]<br /><br />Capítulo XXX|[[Benito Pérez Galdós]]}}
 
<p>Trepando dif&iacute;cilmentedifícilmente por el declive pedregoso, cayendo y levant&aacute;ndoselevantándose a cada instante, cogidos del brazo, las cabezas gachas, hu&iacute;anhuían del formidable tiroteo. Este lleg&oacute;llegó a ser tan intenso, que no hab&iacute;ahabía respiro entre golpe y golpe. A Benina la tocaron los proyectiles en partes vestidas, donde no pod&iacute;anpodían hacer gran da&ntilde;odaño; pero Almudena tuvo la desgracia de que un guijarro le cogiese la cabeza en el momento de volverse para increpar al enemigo, y la descalabradura fue tremenda. Cuando llegaron, jadeantes y doloridos, a un sitio resguardado de la terrible lluvia de piedras, la herida del marroqu&iacute;marroquí chorreaba sangre, ti&ntilde;endotiñendo de rojo su faz amarilla. Lo extra&ntilde;oextraño era que el descalabrado callaba, y la que hab&iacute;ahabía salido ilesa pon&iacute;aponía el grito en el cielo, pidiendo rayos y centellas que confundieran a la infame cuadrilla. La suerte les depar&oacute;deparó un guarda-agujas, que viv&iacute;avivía en una caseta pr&oacute;ximapróxima al lugar del siniestro, hombre reposado y p&iacute;opío que, demostrando tener en poco a las v&iacute;ctimasvíctimas del atentado, las acogi&oacute;acogió como buen cristiano en su vivienda humilde, compadecido de su desgracia. A poco lleg&oacute;llegó la guardesa, que tambi&eacute;ntambién era compasiva, y lo primero que hicieron fue dar agua a Benina para que le lavase la herida a su compa&ntilde;erocompañero, y de a&ntilde;adiduraañadidura sacaron vinagre, y trapos para hacer vendas. El moro no dec&iacute;adecía m&aacute;smás que: &laquo;<i>«''Amri</i>'', &iquest;<i>¿''pieldra</i>'' ti no?</p>
<p>-No, hijo: no me ha tocado m&aacute;smás que una china en el cogote, que no me ha hecho sangre.</p>
<p>&iquest;<i>¿''Dolier</i>'' ti?</p>
<p>-Poco... no es nada.</p>
<p>-Son los <i>''embaixos</i>''... <i>''espirtos</i>'' malos de <i>soterr&aacute;</i>''soterrá''.</p>
<p>-&iexcl;¡Indecentes granujas! &iexcl;L&aacute;stima¡Lástima de pareja de la Guardia civil, o siquiera del Orden!</p>
<p>Con los procedimientos m&aacute;smás elementales le hicieron la cura al pobre ciego, resta&ntilde;&aacute;ndolerestañándole la sangre, y poni&eacute;ndoleponiéndole vendas que le tapaban uno de los ojos; despu&eacute;sdespués le acostaron en el suelo, porque se le iba la cabeza y no pod&iacute;apodía tenerse en pie. Volvi&oacute;Volvió la mendiga a sacar de su cesta el pan y la carne a medio comer, ofreciendo partir con sus generosos protectores; pero estos, en vez de aceptar, les brindaron con sardinas y unos churros que les hab&iacute;anhabían sobrado de su almuerzo. Hubo por una y otra parte ofrecimientos, finuras y delicadezas, y cada cual, al fin, se qued&oacute;quedó con lo suyo. Pero Benina aprovech&oacute;aprovechó las buenas disposiciones de aquella honrada gente para proponerles que albergasen al ciego en la caseta hasta que ella pudiese prepararle alojamiento en Madrid. No hab&iacute;ahabía que pensar en que volviese a las Cambroneras, donde sin duda le ten&iacute;antenían mala voluntad. A Madrid y a su casa de ella no pod&iacute;apodía conducirlo, porque ella serv&iacute;aservía en una casa, y &eacute;lél... En fin, que no era f&aacute;cilfácil explicarlo... y si los se&ntilde;oresseñores guarda-agujas pensaban mal de las relaciones entre Benina y el moro, que pensaran. &laquo;«Miren ustedes -dijo la anciana vi&eacute;ndolesviéndoles perplejos y desconfiados-, no poseo m&aacute;smás dinero que esta peseta y estas perras. T&oacute;menlasTómenlas, y tengan aqu&iacute;aquí al pobre ciego hasta ma&ntilde;anamañana. &Eacute;lÉl no les molestar&aacute;molestará, porque es bueno y honrado. Dormir&aacute;Dormirá en este rinc&oacute;nrincón con s&oacute;losólo que le den una manta vieja, y tocante a comer, de lo que ustedes tengan&raquo;».</p>
<p>Despu&eacute;sDespués de una corta vacilaci&oacute;nvacilación aceptaron el trato, y permiti&eacute;ndosepermitiéndose dar un consejo a la para ellos extra&ntilde;aextraña pareja, dijo el guarda: &laquo;«Lo que deben hacer ustedes es dejarse de andar de vagancia por calles y caminos, donde todo es ajetreo y malos pasos, y ver de meterse o que los metan en un asilo, la se&ntilde;oraseñora en las <i>''ancianitas</i>'', el se&ntilde;orseñor en otro recogimiento que hay para ciegos, y as&iacute;así tendr&iacute;antendrían asegurado el comer y el abrigo por todo el tiempo que vivieran&raquo;». Nada contest&oacute;contestó Almudena, que amaba la libertad, y la prefer&iacute;aprefería trabajosa y miserable a la c&oacute;modacómoda sujeci&oacute;nsujeción del asilo. Benina, por su parte, no queriendo entrar en largas explicaciones, ni desvanecer el error de aquella buena gente, que sin duda les cre&iacute;acreía asociados para la vagancia y el merodeo, se limit&oacute;limitó a decir que no se recog&iacute;anrecogían en un <i>''establecimiento</i>'' por causa de la mucha <i>''existencia</i>'' de pobres, y que sin recomendaciones y tarjetas de personajes no hab&iacute;ahabía manera de conseguir plaza. A esto respondi&oacute;respondió la guardesa que podr&iacute;anpodrían lograr sus deseos de <i>''recogerse</i>'', si se entend&iacute;anentendían con un se&ntilde;orseñor muy piadoso que anda en estas cosas de asilos; un sacerdote... que le llaman D. Romualdo.</p>
<p>&laquo;&iexcl;«¡D. Romualdo!... &iexcl;¡Ah! s&iacute;, ya s&eacute;; digo, no le conozco m&aacute;smás que de nombre. &iquest;¿Es un se&ntilde;orseñor cura, alto y guapet&oacute;nguapetón, que tiene una sobrina llamada Do&ntilde;aDoña Patros, que bizca un poco?&raquo;».</p>
<p>Al decir esto, sinti&oacute;sintió la Benina que se renovaba en su mente la extra&ntilde;aextraña confusi&oacute;nconfusión y mezcolanza de lo real y lo imaginado.</p>
<p>&laquo;«Yo no s&eacute; si bizca o no bizca la sobrina... -prosigui&oacute;prosiguió la guardesa-; pero s&eacute; que el D. Romualdo es de tierra de Guadalajara.</p>
<p>-Es verdad... Y ahora se ha ido a su pueblo... Por cierto que le proponen para Obispo, y habr&aacute;habrá ido a traer los papeles&raquo;».</p>
<p>Convinieron todos en que el D. Romualdo misterioso no vendr&iacute;avendría del pueblo sin traerse los papeles, y en seguida se cerr&oacute;cerró trato para el hospedaje y custodia de Almudena en la caseta por veinticuatro horas, dando Benina la peseta y perros que ten&iacute;atenía (menos tres piezas chicas que guard&oacute;guardó aparte), y comprometi&eacute;ndosecomprometiéndose los otros a cuidar del ciego como si fuera su hijo. A&uacute;nAún tuvo la pobre Nina que bregar un poquito con el marroqu&iacute;marroquí, empe&ntilde;adoempeñado en que le llevara <i>''sigo</i>''; pero al fin pudo convencerle, encareci&eacute;ndoleencareciéndole el peligro de que la herida de la cabeza le trajera alg&uacute;nalgún trastorno grave si no se estaba quietecito. &laquo;<i>«''Amri</i>'', <i>''golver ti</i>'' ma&ntilde;anamañana -dec&iacute;adecía el infeliz al despedirla-. Si dejar m&iacute; solo, <i>''murierme yo migo</i>&raquo;''». Prometi&oacute;Prometió la anciana solemnemente volver a su compa&ntilde;&iacute;acompañía, y se fue melanc&oacute;licamelancólica, revolviendo en su mag&iacute;nmagín las tristezas de aquel d&iacute;adía, a las cuales se un&iacute;anunían presagios negros, barruntos de mayores afanes, porque se hab&iacute;ahabía quedado sin un cuarto, por dejarse llevar del &iacute;mpetuímpetu caritativo de su coraz&oacute;ncorazón dando tanta limosna. Seguramente vendr&iacute;anvendrían para ella grandes apreturas, pues ten&iacute;atenía que devolver pronto a la <i>''Pitusa</i>'' sus joyas, allegar recursos para mantener a la se&ntilde;oraseñora y a su hu&eacute;spedhuésped, socorrer a Almudena, etc... Tantas obligaciones se hab&iacute;ahabía echado encima, que ya no sab&iacute;asabía c&oacute;mocómo atender a ellas.</p>
<p>Lleg&oacute;Llegó a su casa, despu&eacute;sdespués de hacer sus compras a cr&eacute;ditocrédito, y encontrando a Frasquito muy bien, propuso a Do&ntilde;aDoña Paca darle de alta, y que se fuera a desempe&ntilde;ardesempeñar sus obligaciones y a ganarse la vida. Asinti&oacute;Asintió a ello la se&ntilde;oraseñora, y la tristeza de ambas se aument&oacute;aumentó con la noticia, tra&iacute;datraída por la criada de Obdulia, de que esta se hab&iacute;ahabía puesto muy malita, con alta fiebre, delirio, y un traqueteo de nervios que daba compasi&oacute;ncompasión. All&aacute;Allá se fue Benina, y despu&eacute;sdespués de avisar a los suegros de la se&ntilde;oritaseñorita para que la atendieran, volvi&oacute;volvió a tranquilizar a la mam&aacute;mamá. Mala tarde y peor noche pasaron, pensando en las dificultades y aprietos que de nuevo se les ofrec&iacute;anofrecían, y a la siguiente ma&ntilde;anamañana la infeliz mujer ocupaba su puesto en San Sebasti&aacute;nSebastián, pues no hab&iacute;ahabía otra manera de defenderse de tantas y tan complejas adversidades. Cada d&iacute;adía mermaba su cr&eacute;ditocrédito, y las obligaciones contra&iacute;dascontraídas en la calle de la Ruda, o en las tiendas de la calle Imperial, la abrumaban. Viose en la necesidad de salir tambi&eacute;ntambién al pordioseo de tarde, y un ratito por la noche, pretextando tener que llevar un recado a la <i>ni&ntilde;a</i>''niña''. En la breve campa&ntilde;acampaña nocturna, sacaba escondido un velo negro, viej&iacute;simoviejísimo, de Do&ntilde;aDoña Paca, para entapujarse la cara; y con esto y unos espejuelos verdes que para el caso guardaba, hac&iacute;ahacía divinamente el tipo de se&ntilde;oraseñora ciega vergonzante, arrimadita a la esquina de la calle de Barrionuevo, atacando con quejumbroso reclamo a media voz a todo cristiano que pasaba. Con tal sistema, y <i>''trabajando</i>'' tres veces por d&iacute;adía, lograba reunir algunos cuartos; mas no todo lo necesario para sus atenciones, que no eran pocas, porque Almudena se hab&iacute;ahabía puesto mal, y segu&iacute;aseguía en la caseta de las Pulgas. Nada cobraba el guarda-agujas por hospedaje del infeliz moro; pero hab&iacute;ahabía que llevar a este la comida. Obdulia no entraba en caja: era forzoso asistirla de medicamentos y caldos, pues los suegros se llamaban Andana, y no era cosa de mandarla al Hospital. Ten&iacute;aTenía, pues, sobre s&iacute; la heroica mujer carga demasiado fuerte; pero la soportaba, y segu&iacute;aseguía con tantas cruces a cuestas por la empinada senda, ansiosa de llegar, si no a la cumbre, a donde pudiera. Si se quedaba en mitad del camino, tendr&iacute;atendría la satisfacci&oacute;nsatisfacción de haber cumplido con lo que su conciencia le dictaba.</p>
<p>Por la tarde, pretextando compras, ped&iacute;apedía en la puerta de San Justo, o junto al Palacio arzobispal; pero no pod&iacute;apodía entretenerse mucho, porque su tardanza no inquietara demasiado a la se&ntilde;oraseñora. Al volver una tarde de su petitorio, sin m&aacute;smás <i>''ganancia</i>'' que una perra chica, se encontr&oacute;encontró con la novedad de que Do&ntilde;aDoña Paca, acompa&ntilde;adaacompañada de Frasquito, hab&iacute;ahabía ido a visitar a Obdulia. D&iacute;joleDíjole adem&aacute;sademás la portera que momentos antes hab&iacute;ahabía subido a la casa un se&ntilde;orseñor sacerdote, alto, de buena presencia, el cual, cansado de llamar, se fue, dejando un recadito en la porter&iacute;aportería.</p>
<p>&laquo;&iexcl;«¡Ya!... Es D. Romualdo...</p>
<p>-As&iacute;Así dijo, s&iacute;, se&ntilde;oraseñora. Ya ha venido dos veces, y...</p>
<p>-&iquest;¿Pero se marcha otra vez a Guadalajara?</p>
<p>-De all&aacute;allá vino ayer tarde. Tiene que hablar con Do&ntilde;aDoña Paca, y volver&aacute;volverá cuando pueda&raquo;».</p>
<p>Ya ten&iacute;atenía Benina un espantoso l&iacute;olío en la cabeza con aquel dichoso cl&eacute;rigoclérigo, tan semejante, por las se&ntilde;asseñas y el nombre, al suyo, al de su invenci&oacute;ninvención; y pensaba si, por milagro de Dios, habr&iacute;ahabría tomado cuerpo y alma de persona ver&iacute;dicaverídica el ser creado en su fantas&iacute;afantasía por un mentir inocente, obra de las aflictivas circunstancias. &laquo;«En fin, veremos lo que resulta de todo esto -se dijo subiendo pausadamente la escalera-. Bien venido sea ese se&ntilde;orseñor cura si viene a traernos algo&raquo;». Y de tal modo arraigaba en su mente la idea de que se convert&iacute;aconvertía en real el mentido y figurado sacerdote alcarre&ntilde;oalcarreño, que una noche, cuando ped&iacute;apedía con antiparras y velo, crey&oacute;creyó reconocer en una se&ntilde;oraseñora, que le dio dos c&eacute;ntimoscéntimos, a la mism&iacute;simamismísima Do&ntilde;aDoña Patros, la sobrina que bizcaba una miaja.</p>
<p>Pues, se&ntilde;orseñor, Do&ntilde;aDoña Paca y Frasquito trajeron la buena noticia de que Obdulia se restablec&iacute;arestablecía lentamente. &laquo;«Mira, Nina -le dijo la viuda-: como quiera que sea, has de llevarle a Obdulia una botella de amontillado. A ver si te la f&iacute;anfían en la tienda; y si no, busca el dinero como puedas, que lo que tiene la <i>ni&ntilde;a</i>''niña'' es debilidad. La otra se mostr&oacute;mostró conforme con esta esplendidez, por no chocar, y se puso a hacer la cena. Taciturna estuvo hasta la hora de acostarse, y Do&ntilde;aDoña Francisca se incomod&oacute;incomodó con ella porque no la entreten&iacute;aentretenía, como otras veces, con festivas conversaciones. Sac&oacute;Sacó fuerzas de flaqueza la heroica anciana, y con su esp&iacute;rituespíritu muy turbado, su mente llena de presagios sombr&iacute;ossombríos, empez&oacute;empezó a despotricar como una taravilla, para que se embelesara la se&ntilde;oraseñora con unas cuantas chanzonetas y mil tonter&iacute;astonterías imaginadas, y pudiera coger el sue&ntilde;osueño.</p>
 
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