Abrir menú principal

Cambios

m
sin resumen de edición
El oficial se inclinó y siguió a su amo sin responder.
 
El gentío era inmenso en la plaza y en los accesos a la prisión. Pero los jinetes de De Tilly lo contenían siempre con la misma fortuna y sobre todo con la mis mamisma firmeza.
 
Pronto oyó el conde el rumor creciente originado por el flujo de hombres que se aproximaba, de los que percibió enseguida las primeras oleadas avanzando con la rapidez de una catarata que se precipita.
-¿Qué hacer, entonces?
 
-En vuestro lugar, Mynheer Jean -continuó tími damentetímidamente la joven-, saldría por la poterna. Da a una calle desierta, porque todo el mundo está en la calle Mayor, esperando en la entrada principal, y desde allí alcanzaría la puerta de la ciudad por la que queráis salir.
 
-Pero mi hermano no podrá caminar -objetó Jean.
-Los clamores se están redoblando, hija mía - dijo Jean-. Creo que no hay un instante que perder.
 
-Venid, pues - invitó la bella frisona, y por un pasillo interior cond ujocondujo a los dos hermanos al lado opuesto de la prisión.
 
Siempre guiados por Rosa, descendieron una escalera de una docena de peldaños, atravesaron un pequeño patio de murallas almenadas y, habiendo abierto la puerta cimbrada, se hallaron al otro lado de la prisión en la calle desierta, frente al coche que les esperaba con el estribo bajado.
4104

ediciones