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Cerca de las zanjas, bajo la protección de las troneras de adobe, a un paso del puentecito, una docena de tolditos de junco y cuatro carretas de bueyes, todo ocupado por mujeres y niños, familias de los milicos, atareadas en cebar mate y en preparar la cena, listas para correr, al primer grito del centinela, a encerrarse en el fortín. Más allá, el corral de la caballada y todo alrededor, la Pampa inmensa, silenciosa, cubierta de los penachos plateados de la cortadera, de entre los cuales, a cada rato, puede asomar el salvaje, lanza en ristre, echando sus alaridos.
 
 
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1882. Un gran montón de arena, unas zanjas medio borradas, pero que todavía se conoce que han sido anchas y hondas; los restos de lo que fue la torrecita de césped, de donde se divisaba a lo lejos en la planicie, y al pie de ella, sin cureña, medio enterrado, el cañón viejo de bronce.
En todas partes, el silencio, la soledad, el desierto. Por el camino chileno que allí desenvuelve uno de sus mil rodeos, nadie pasa. La barbarie vencida lanzó el último grito y desapareció; la civilización triunfante retiró sus armas inútiles, pero no ha venido todavía a ocupar con sus rebaños el territorio conquistado...
 
 
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1897. Quince años han pasado.