Diferencia entre revisiones de «La Corte de Carlos IV : 25»

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{{encabezado|[[La Corte de Carlos IV]] : 25|[[Benito Pérez Galdós]]}}
|título=[[La Corte de Carlos IV]] : 25
|autor=[[Benito Pérez Galdós]]
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<div style='text-align:justify'>
<p>Dio principio el &uacute;ltimo acto, donde ocurren las principales escenas del drama. En &eacute;l P&eacute;saro despierta poco a poco los celos en el alma del cr&eacute;dulo moro hasta que, enga&ntilde;&aacute;ndole con cruel y ma&ntilde;osa calumnia, precipita el tr&aacute;gico desenlace. La importancia de mi papel, me obligaba, pues, a fijar en &eacute;l toda mi atenci&oacute;n, apart&aacute;ndola de las impresiones recientemente recibidas. Durante mi primera escena con <i>Otelo</i>, advert&iacute; que M&aacute;iquez, inquieto y receloso, dirig&iacute;a sus miradas al joven Ma&ntilde;ara, sentado muy cerca del escenario: a causa de la ansiedad de su alma, el gran histri&oacute;n desatend&iacute;a impensadamente la representaci&oacute;n. A veces algunas de mis frases se quedaban sin r&eacute;plica; tambi&eacute;n suprim&iacute;a &eacute;l bastantes versos, y hasta lleg&oacute; a trabarse su expedita lengua en uno de los pasajes donde acostumbraba hacerse aplaudir m&aacute;s. El auditorio estaba descontento, pues aunque conoc&iacute;a las genialidades de Isidoro, no cre&iacute;a natural que se permitiera tales descuidos en una representaci&oacute;n de confianza y amistad verificada ante lo m&aacute;s selecto de sus admiradores. El silencio reinaba en la sala, y s&oacute;lo un sordo murmullo de sorpresa o enfado acog&iacute;a los versos, mal sentidos y fr&iacute;amente dichos por el pr&iacute;ncipe de nuestros actores.</p>
<p>Mas se esperaba verle repuesto en la segunda escena entre Otelo y P&eacute;saro. Este, urdiendo muy bien la trama que ide&oacute; contra Edelmira su diab&oacute;lica astucia, adquiere al fin las pruebas materiales que Otelo exige para creer en la infidelidad de la veneciana. Aquellas pruebas son una diadema entregada por Edelmira a Loredano, y cierta carta que su padre le oblig&oacute; a firmar, amenaz&aacute;ndola con matarse si no lo hac&iacute;a. Ni la entrega de la diadema ni la carta firmada por fuerza, eran pruebas que ante la fr&iacute;a raz&oacute;n comprometer&iacute;an el honor de la esposa de Otelo: pero &eacute;ste, en su ciego arrebato y salvaje impetuosidad, no necesitaba m&aacute;s para caer en la trampa.</p>
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