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{{encabe
|titulo = Novelas de [[Voltaire]]. Tomo Primero.
|año = 1819
|traductor = José Marchena
|derechos = España
|última muerte = 1821
|sección = Micromegas, historia filosófica
|anterior = [[Historia de los viajes de Escarmentado]]
|próximo = [[Historia de un buen Brama]]
|wikipedia =
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{{c|Historia filosófica}}
 
 
== CAPÍTULO I ==
{{c|'''Viaje de un morador del mundo de la estrella Sirio al planeta de Saturno.'''}}
 
 
Habia en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada
Sirio, un mozo de mucho talento, á quien tuve la honra de conocer en
el postrer viaje que hizo á nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre
Micromegas, nombre que cae perfectamente á todo grande, y tenia ocho
leguas de alto; quiero decir veinte y quatro mil pasos geométricos de
cinco piés de rey.
 
Algún algebrista, casta de gente muy útil al público, tomará á este
paso de mi historia la pluma, y calculará que teniendo el Señor Don
Micromegas, morador del pais de Sirio, desde la planta de los piés al
colodrillo veinte y quatro mil pasos, que hacen ciento y veinte mil
piés de rey, y nosotros ciudadanos de la tierra no pasando por lo
común de cinco piés, y teniendo nuestro globo nueve mil leguas de
circunferencia, es absolutamente indispensable que el planeta dónde
nació nuestro héroe tenga cabalmente veinte y un millones y
seiscientas mil veces mas circunferencia que nuestra tierra. Pues no
hay cosa mas comun ni mas natural; y los estados de ciertos
principillos de Alemania ó de Italia, que pueden andarse en media
hora, comparados con la Turquía, la Rusia, ó la América española, son
una imágen, todavía muy distante de la realidad, de las diferencias
que ha establecido la naturaleza entre los seres.
 
Es la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, de donde
colegirán todos nuestros pintores y escultores, que su cuerpo podia
tener unos cincuenta mil piés de rey de circunferencia, porque es muy
bien proporcionado. Su entendimiento es de los mas perspicaces que se
puedan ver; sabe una multitud de cosas, y algunas ha inventado: apénas
rayaba con los doscientos y cincuenta años, siendo estudiante en el
colegio de jesuitas de su planeta, como es allí estilo comun, adivinó
por la fuerza de su inteligencia mas de cincuenta proposiciones de
Euclides, que son diez y ocho mas que hizo Blas Pascal, el qual
habiendo adivinado, segun dice su hermana, treinta y dos jugando,
llegó á ser, andando los años, harto mediano geómetra, y malísimo
metafísico. De edad de quatrocientos y cincuenta años, que no hacia
mas que salir de la niñez, disecó unos insectos muy chicos que no
llegaban á cien piés de diámetro, y se escondían á los microscopios
ordinarios, y compuso acerca de ellos un libro muy curioso, pero que
le traxo no pocos disgustos. El muftí de su pais, no ménos cosquilloso
que ignorante, encontró en su libro proposiciones sospechosas,
mal-sonantes, temerarias, heréticas, _ó que olian á heregía_, y le
persiguió de muerte: tratábase de saber si la forma substancial de las
pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles.
Defendióse con mucha sal Micromegas; se declaráron las mugeres en su
favor, puesto que al cabo de doscientos y veinte años que habia durado
el pleyto, hizo el muftí condenar el libro por calificadores que ni le
habian leido, ni sabian leer, y fue desterrado de la corte el autor
por tiempo de ochocientos años.
 
No le afligió mucho el salir de una corte llena de enredos y chismes.
Compuso unas décimas muy graciosas contra el muftí, que á este no le
importáron un bledo, y se dedicó á viajar de planeta en planeta, para
acabar de perfeccionar su razon y su corazon, como dicen. Los que
están acostumbrados á caminar en coche de colleras, ó en silla de
posta, se pasmarán de los carruages de allá arriba, porque nosotros,
en nuestra pelota de cieno, no entendemos de otros estilos que los
nuestros. Sabia completamente las leyes de la gravitacion y de las
fuerzas atractivas y repulsivas nuestro caminante, y se valia de ellas
con tanto acierto, que ora montado en un rayo del sol, ora cabalgando
en un cometa, andaban de globo en globo él y sus sirvientes, lo mismo
que revolotea un paxarillo de rama en rama. En poco tiempo hubo
corrido la vía láctea; y siento tener que confesar que nunca pudo
columbrar, por entre las estrellas de que está sembrada, aquel
hermosísimo cielo empíreo, que con su anteojo de larga vista descubrió
el ilustre Derham, teniente cura [Footnote: Sabio Inglés, autor de la
Teología astronómica, y otras obras, en que se esfuerza á probar la
exîstencia de Dios por la contemplacion de las maravillas de la
naturaleza.]. No digo yo por eso que no le haya visto muy bien el
Señor Derham; Dios me libre de cometer tamaño yerro; mas al cabo
Micromegas se hallaba en el país, y era buen observador: yo no quiero
contradecir á nadie.
 
Despues de muchos viages llegó un dia Micromegas al globo de Saturno;
y si bien estaba acostumbrado á ver cosas nuevas, todavía le paró
confuso la pequeñez de aquel planeta y de sus moradores, y no pudo
ménos de soltar aquella sonrisa de superioridad que los mas cuerdos no
pueden contener á veces. Verdad es que no es Saturno mas grande que
novecientas veces la tierra, y los habitadores del pais son enanos de
unas dos mil varas, con corta diferencia, de estatura. Rióse al
principio de ellos con sus criados, como hace un músico italiano de la
música de Lulli, quando viene á Francia; mas era el Sirio hombre de
razon, y presto reconoció que podia muy bien un ser que piensa no
tener nada de ridículo, puesto que no pasara de seis mil piés su
estatura. Acostumbróse á los Saturninos, despues de haberlos pasmado,
y se hizo íntimo amigo del secretario de la academia de Saturno,
hombre de mucho talento, que á la verdad nada habia inventado, pero
que daba muy lindamente cuenta de las invenciones de los demas, y que
hacia regularmente coplas chicas y cálculos grandes. Pondré aquí, para
satisfaccion de mis lectores, una conversacion muy extraña que con el
señor secretario tuvo un dia Micromegas.
 
== CAPÍTULO II ==
{{c|'''Conversacion del morador de Sirio con el de Saturno'''}}
 
Acostóse Su Excelencia, acercóse á su rostro el secretario, y dixo
Micromegas: Confesemos que es muy varia la naturaleza. Verdad es, dixo
el Saturnino; es la naturaleza como un jardin, cuyas flores.... Ha,
dixo el otro, dexaos de jardinerías. Pues es, siguió el secretario,
como una reunion de rubias y pelinegras, cuyos atavíos..... ¿Qué me
importan vuestras pelinegras? interrumpió el otro. O bien como una
galería de quadros, cuyas imágenes...... No, Señor, no, replicó el
caminante, la naturaleza es como la naturaleza. ¿A qué diablos andais
buscando esas comparaciones? Por recrearos, respondió el secretario.
Si no quiero yo que me recreen, lo que quiero es que me instruyan,
repuso el caminante. Decidme lo primero quantos sentidos tienen los
hombres de vuestro globo. Nada mas que setenta y dos, dixo el
académico, y todos los dias nos lamentamos de tanta escasez; que
nuestra imaginacion se dexa atras nuestras necesidades, y nos parece
que con nuestros setenta y dos sentidos, nuestro anulo, y nuestras
cinco lunas, no tenemos lo suficiente; y es cierto que no obstante
nuestra mucha curiosidad y las pasiones que de nuestros setenta y dos
sentidos son hijas, nos sobra tiempo para aburrirnos. Bien lo creo,
dixo Micromegas, porque en nuestro globo tenemos cerca de mil
sentidos, y todavía nos quedan no sé qué vagos deseos, no sé qué
inquietud, que sin cesar nos avisa que somos chica cosa, y que hay
otros seres mucho mas perfectos. He hecho algunos viages, y he visto
otros mortales muy inferiores á nosotros, y otros que nos son muy
superiores; mas ningunos he visto que no tengan mas deseos que
verdaderas necesidades, y mas necesidades que satisfacciones. Acaso
llegaré un dia á un pais donde nada haga falta, pero hasta ahora no he
podido saber del tal pais. Echáronse entónces á formar conjeturas el
Saturnino y el Sirio; pero despues de muchos raciocinios no ménos
ingeniosos que inciertos, fué forzoso volver á sentar hechos. ¿Quanto
tiempo vivís? dixo el Sirio. Ha, muy poco, replicó el hombrecillo de
Saturno. Lo mismo sucede en nuestro pais, dixo el Sirio, siempre nos
estamos quejando de la cortedad de la vida. Menester es que sea esta
universal pension de la naturaleza. ¡Ay! nuestra vida, dixo el
Saturnino, se ciñe á quinientas revoluciones solares (que vienen á ser
quince mil años, ó cerca de ellos, contando como nosotros). Ya veis
que eso casi es morirse así que uno nace: es nuestra exîstencia un
punto, nuestra vida un momento, nuestro globo un átomo; y apénas
empieza uno á instruirse algo, quando le arrebata la muerte, ántes de
adquirir experiencia. Yo por mí no me atrevo á formar proyecto
ninguno, y me encuentro como la gota de agua en el inmenso océano; y
lo que mas sonroxo me causa en vuestra presencia, es contemplar quan
ridícula figura hago en este mundo. Replicóle Micromegas: Si no
fuérais filósofo, tendria, rezelo de desconsolaros, diciéndoos que es
nuestra vida setecientas veces mas dilatada que la vuestra; pero bien
sabeis que quando se ha de restituir el cuerpo á los elementos, y
reanimar baxo distinta forma la naturaleza, que es lo que llaman
morir; quando es llegado, digo, este momento de metamorfósis, poco
importa haber vivido una eternidad ó un dia solo, que uno y otro es lo
mismo. Yo he estado en paises donde viven las gentes mil veces mas que
en el mio, y he visto que todavía se quejaban; pero en todas partes se
encuentran sugetos de razon, que saben resignarse, y dar gracias al
autor de la naturaleza, el qual con una especie de maravillosa
uniformidad ha esparcido en el universo las variedades con una
profusion infinita. Así por exemplo, todos los seres que piensan son
diferentes, y todos se parecen en el don de pensar y desear. En todas
partes es la materia extensa, pero en cada globo tiene propiedades
distintas. ¿Quantas de estas propiedades tiene vuestra materia? Si
hablais de las propiedades sin las quales creemos que no pudiera
subsistir nuestro globo como él es, dixo el Saturnino, no pasan de
trescientas, conviene á saber la extension, la impenetrabilidad, la
mobililad, la gravitacion, la divisibilidad, etc. Sin duda, replicó el
caminante, que basta ese corto número para el plan del criador en
vuestra estrecha habitacion, y en todas cosas adoro su sabiduría,
porque si en todas veo diferencias, tambien contemplo en todas
proporciones. Vuestro globo es chico, y tambien lo son sus moradores;
teneis pocas sensaciones, y goza vuestra materia de pocas propiedades:
todo eso es disposicion de la Providencia. ¿De qué color es vuestro
sol bien exâminado? Blanquecino muy ceniciento, dixo el Saturnino, y
quando dividimos uno de sus rayos, hallamos que tiene siete colores.
El nuestro tira á encarnado, dixo el Sirio, y tenemos treinta y nueve
colores primitivos. En todos quantos he exâminado, no he hallado un
sol que se parezca á otro, como no se vé en vuestro planeta una cara
que no se diferencie de todas las demás.
 
Despues de otras muchas qüestiones análogas, se informó de quantas
substancias distintas se conocian en Saturno, y le fué respondido que
habia hasta unas treinta: Dios, el espacio, la materia, los seres
extensos que sienten, los seres extensos que sienten y piensan, los
seres que piensan y no son extensos, los que se penetran, y los que no
se penetran, etc. El Sirio, en cuyo planeta hay trescientas, y que
habia en sus viages descubierto hasta tres mil, dexó extraordina-
riamente asombrado al filósofo de Saturno. Finalmente, habiéndose
comunicado uno á otro casi todo quanto sabian y muchas cosas que no
sabian, y habiendo discurrido por espacio de toda una revolucion
solar, se determináron á hacer juntos un corto viage filosófico.
 
 
 
== CAPÍTULO III ==
{{c|'''Viaje de los dos habitantes de Sirio y Saturno'''}}
 
Ya estaban para embarcarse nuestros dos caminantes en la atmósfera de
Saturno con muy decente provision de instrumentos de matemáticas,
quando la dama del Saturnino, que lo supo, le vino á dar amargas
quejas. Era esta una morenita muy agraciada, que no tenia mas que mil
y quinientas varas de estatura, pero que con sus gracias reparaba lo
chico de su cuerpo. ¡Ha cruel! exclamó, despues que te he resistido
mil y quinientos años, quando apénas me habia rendido, no habiendo
pasado arriba de cien años en tus brazos, ¡me abandonas por irte á
viajar con un gigante del otro mundo! Anda, que no eres mas que un
curioso, y nunca has estado enamorado; que si fueras Saturnino
legítimo, mas constante serias. ¿Adonde vas? ¿qué quieres? ménos
errantes son que tú nuestras cinco lunas, y ménos mudable nuestro
anulo. Esto se acabó; nunca mas he de querer. Abrazóla el filósofo,
lloró con ella, puesto que filósofo; y la dama, despues de haberse
desmayado, se fué á consolar con un petimetre.
 
Partiéronse nuestros dos curiosos, y saltáron primero al anulo que
encontráron muy aplastado, como lo ha adivinado un ilustre habitante
de nuestro glóbulo; y desde allí anduviéron de luna en luna. Pasó un
cometa por junto á la última, y se tiráron á él con sus sirvientes y
sus instrumentos. Apénas hubiéron andado ciento y cincuenta millones
de leguas, se topáron con los satélites de Júpiter. Apeáronse en este
planeta, donde se detuviéron un año, y aprendiéron secretos muy
curiosos, que se habrian dado á la imprenta, si no hubiese sido por
los señores inquisidores que han encontrado proposiciones algo duras
de tragar; pero yo logré leer el manuscrito en la biblioteca del
Ilustrísimo Señor Arzobispo de ... que me permitió registrar sus
libros, con toda la generosidad y bondad que á tan ilustre prelado
caracterizan.
 
Volvamos empero á nuestros caminantes. Al salir de Júpiter,
atravesáron un espacio de cerca de cien millones de leguas, y
costeáron el planeta Marte, el qual, como todos saben, es cinco veces
mas pequeño que nuestro glóbulo; y viéron dos lunas que sirven á este
planeta, y no han podido descubrir nuestros astrónomos. Bien sé que el
abate Ximenez escribirá con mucho donayre contra la existencia de
dichas lunas, mas yo apelo á los que discurren por analogía; todos
excelentes filósofos que saben muy bien que no le seria posible á
Marte vivir sin dos lunas á lo ménos, estando tan distante del sol.
Sea como fuere, á nuestros caminantes les pareció cosa tan chica, que
se temiéron no hallar posada cómoda, y pasáron adelante como hacen dos
caminantes quando topan con una mala venta en despoblado, y siguen
hasta el pueblo inmediato. Pero luego se arrepintiéron el Sirio y su
compañero, que anduviéron un largo espacio sin hallar albergue. Al
cabo columbráron una lucecilla, que era la tierra, y que pareció muy
mezquina cosa á gentes que venian de Júpiter. No obstante, rezelando
arrepentirse otra vez, se determináron á desembarcar en ella. Pasáron
á la cola del cometa, y hallando una aurora boreal á mano, se metiéron
dentro, y aportáron en tierra á la orilla septentrional del mar
Báltico, á cinco de Julio de mil setecientos treinta y siete.
 
== CAPÍTULO IV ==
{{c|'''Que da cuenta de lo que les sucedió en el globo de la tierra'''}}
 
Habiendo descansado un poco, se almorzaron dos montañas que les
guisáron sus criados con mucho aseo. Quisieron luego reconocer el
mezquino pais donde se hallaban, y se dirigiéron de Norte á Sur. Cada
paso ordinario del Sirio y su familia era de unos treinta mil piés de
rey: seguíale de léjos el enano de Saturno, que perdía el aliento,
porque tenia que dar doce pasos miéntras alargaba el otro la pierna,
casi como un perrillo faldero que sigue, si se me permite la
comparación, á un capitán de guardias del rey de Prusia.
 
Como andaban de priesa estos extranjeros, diéron la vuelta al globo en
treinta y seis horas: verdad es que el sol, ó por mejor decir la
tierra, hace el mismo viaje en un dia; pero hemos de reparar que es
cosa mas fácil girar sobre su eje que anclar á pié. Volviéron al cabo
al sitio donde estaban primero, habiendo visto la balsa, casi
imperceptible para ellos, que llaman el Mediterráneo, y el otro
estanque chico que con nombre de grande Océano rodea nuestra
madriguera; al enano le daba el agua á media pierna, y apénas si se
habia mojado el otro los talones. Fuéron y viniéron arriba y abajo,
haciendo cuanto podian por averiguar si estaba ó no habitado este
globo: bajáronse, acostáronse, tentáron por todas partes; pero eran
tan desproporcionados sus ojos y manos con los mezquinos seres que
andan arrastrando acá bajo, que no tuviéron la mas leve sensacion por
donde pudiesen caer en sospecha de que exîstimos nosotros y nuestros
hermanos los demas moradores de este globo.
 
El enano, que á veces fallaba con alguna precipitacion, decidió luego
que no habia vivientes en la tierra, y su razon primera fué que no
habia visto ninguno. Micromegas le dió á entender con mucha urbanidad,
que no era fundada la consecuencia; porque, le dijo, con vuestros ojos
tan chicos no veis ciertas estrellas de quinquagésima magnitud, que
distingo yo con mucha claridad. ¿Colegis por eso que no haya tales
estrellas? Si lo he tentado todo, dixo el enano. ¿Y si no habeis
sentido lo que hay? dijo el otro. Si está tan mal compaginado este
globo, replicó el enano; si es tan irregular, y de una configuración
que parece tan ridicula, que todo él se me figura un caos. ¿No veis
esos arroyuelos, que ninguno corre derecho; esos estanques que ni son
redondos, ni cuadrados, ni ovalados, ni de figura regular ninguna;
todos esos granillos puntiagudos de que está erizado, y se me han
entrado en los piés? (y queria hablar de las montañas). ¿No notais la
forma de todo el globo, aplastado por los polos, y girando en torno
del sol con tan desconcertada direccion, que por necesidad los climas
de ámbos polos han de estar incultos? Lo que me fuerza á creer de
veras que no hay vivientes en él, es que ninguno que tuviese razon
querria habitarle. ¿Qué importa? dijo Micromegas, acaso no tienen
sentido comun los habitantes, pero al cabo no es de presumir que se
haya hecho esto sin algun fin. Decis que aquí todo os parece
irregular, porque está todo tirado á cordel en Júpiter y Saturno. Pues
por esa misma razon acaso hay aquí algo de confusion. ¿No os he dicho
ya que siempre habia notado variedad en mis viajes? Replicó el
Saturnino á estas razones, y no se hubiera concluido la disputa, si en
el calor de ella no hubiese roto Micromegas el hilo de su collar de
diamantes, y caídose estos; que eran unos brillantes muy lindos,
aunque pequeñitos y desiguales, que los mas gruesos pesaban
cuatrocientas libras, y cincuenta los mas menudos. Cogió el enano
algunos, y arrimándoselos á los ojos vió que del modo que estaban
abrillantados, eran microscopios excelentes: cogió pues un microscopio
chico de ciento y sesenta piés de diámetro, y se le aplicó á un ojo,
miéntras que se servia Micromegas de otro de dos mil y quinientos
piés. Al principio no viéron nada con ellos, puesto que eran
aventajados; fué preciso ponerse en la posicion que se requeria. Al
cabo vió el morador de Saturno una cosa imperceptible que se meneaba
entre dos aguas en el mar Báltico, y era una ballena: púsola
bonitamente encima del dedo, y colocándola en la uña del pulgar, se la
enseñó al Sirio, que por la segunda vez se echó á reir de la enorme
pequeñez de los moradores de nuestro globo. Convencido el Saturnino de
que estaba habitado nuestro mundo, se imaginó luego que solo por
ballenas lo estaba; y como era gran discurridor, quiso adivinar de
donde venia el movimiento á un átomo tan ruin, y si tenia ideas,
voluntad y libre albedrío. Micromegas no sabia que pensar; mas
habiendo examinado con mucha paciencia el animal, sacó de su examen
que no podia residir un alma en cuerpo tan chico. Inclinábanse pues
nuestros dos caminantes á creer que no hay razon en nuestra
habitacion, cuando, con el auxîlio del microscopio, distinguiéron otro
bulto mas grueso que una ballena, que en el mar Báltico andaba
fluctuando. Ya sabemos que hácia aquella época volvia del círculo
polar una bandada de filósofos, que habian ido á hacer observaciones
en que nadie hasta entónces habia pensado. Traxéron los papeles
públicos que habia zozobrado su embarcacion en las costas de Botnia, y
que les habia costado mucho trabajo el salir á salvamento; pero nunca
se sabe en este mundo lo que hay por debajo de cuerda. Yo voy á contar
con ingenuidad el suceso, sin quitar ni añadir nada: esfuerzo que de
parte de un historiador es sobremanera meritorio.
 
== CAPÍTULO V ==
{{c|'''Experiencias y raciocinios de ámbos caminantes'''}}
 
Tendió Micromegas con mucho tiento la mano al sitio donde se vía el
objeto, y alargando y encogiendo los dedos de miedo de equivocarse, y
abriéndolos luego y cerrándolos, agarró con mucha maña el navío donde
iban estos señores, y se le puso sobre la uña, sin apretarle mucho,
por no estruxarle. Hete aquí un animal muy distinto del otro, dixo el
enano de Saturno; y el Sirio puso el pretenso animal en la palma de la
mano. Los pasageros y marineros de la tripulacióon, que se creían
arrebatados por un huracán, y que pensaban haber barado en un baxío,
estan todos en movimiento; cogen los marineros toneles de vino, los
tiran á la mano de Micromegas, y ellos se tiran despues; agarran los
geómetras de sus quartos de círculo, sus sectores, y sus muchachas
laponas, y se apean en los dedos del Sirio: por fin tanto se afanáron,
que sintió que se meneaba una cosa que le escarabajeaba en los dedos,
y era un garrote con un hierro á la punta que le clavaban hasta un pié
en el dedo índice: esta picazon le hizo creer que habia salido algo
del cuerpo del animalejo que en la mano tenia; mas no pudo sospechar
al principio otra cosa, pues su microscopio, que apénas bastaba para
distinguir un navío de una ballena, no podia hacer visible un
entecillo tan imperceptible como un hombre. No quiero zaherir aquí la
vanidad de ninguno; pero ruego á la gente vanagloriosa que paren la
consideracion en este lugar, y contemplen que suponiendo la estatura
ordinaria de un hombre de cinco piés de rey, no hacemos mas bulto en
la tierra que el que en una bola de diez piés de circunferencia
hiciera un animal que tuviese un seiscientos mil avos de pulgada de
alto. Figurémonos una substancia que pudiera llevar el globo
terraqúüeo en la mano, y que tuviese órganos análogos á los nuestros,
y es cosa muy factible que haya muchas de estas substancias; y
colijamos que es lo que de las funciones de guerra, en que hemos
ganado dos ó tres lugarejos que luego ha sido fuerza restituir,
pensarian.
 
No me queda duda de que si algun capitán de granaderos leyere esta
obra, haga á su tropa que se ponga gorras dos piés mas altas; pero le
advierto que, por mas que haga, siempre serán él y sus soldados unos
infinitamente pequeños.
 
¡Qué maravillosa maña hubo de necesitar nuestro filósofo de Sirio para
atinar á columbrar los átomos de que acabo de hablar! Quando
Leuwenhoek y Hartsoeker viéron, ó creyéron que vian, por la vez
primera, la simiente de que somos formados, no fué, ni con mucho, tan
asombroso su descubrimiento. ¡Qué gusto el de Micromegas quando vió
estas maquinillas menearse, quando examinó sus movimientos todos, y
siguió todas sus operaciones! ¡Cómo clamaba! ¡con qué júbilo alargó á
su compañero de viage uno de sus microscopios! Viéndolos estoy, decian
ámbos juntos; contemplad como se cargan, como se baxan y se alzan. Así
decian, y les temblaban las manos de gozo de ver objetos tan nuevos, y
de temor de perderlos de vista. Pasando el Saturnino de un extremo de
confianza al opuesto de credulidad, se figuró que los estaba viendo
ocupados en la propagacion. Ha, dixo el Saturnino, cogida tengo la
naturaleza "con las manos en la masa." Engañábanle empero las
apariencias, y así sucede muy freqüentemente, quando uno usa y quando
no usa microscopios.
 
== CAPÍTULO VI ==
{{c|'''De lo que les aconteció con unos hombres'''}}
 
Muy mejor observador Micromegas que su enano, vió claramente que se
hablaban los átomos, y se lo hizo notar á su compañero, el qual con la
vergüenza de haberse engañado acerca del artículo de la generacion, no
quiso creer que semejante especie de bichos se pudieran comunicar
ideas. Tenia el don de lenguas no ménos que el Sirio; y no oyendo
hablar á nuestros átomos, suponia que no hablaban: y luego ¿cómo
habian de tener los órganos de la voz unos entes tan imperceptibles,
ni qué se habian de decir? Para hablar es indispensable pensar; y si
pensaban, tenian algo que equivalia al alma: y atribuir una cosa
equivalente al alma á especie tan ruin, se le hacia mucho disparate.
Díxole el Sirio: ¿Pues no creíais, poco hace, que se estaban
enamorando? ¿pensais que enamora nadie sin pensar, y sin hablar
palabra, ó á lo ménos sin darse á entender? ¿ó suponeis que es cosa
mas fácil hacer un chiquillo que un silogismo? A mí uno y otro me
parecen impenetrables misterios. No me atrevo ya, dixo el enano, á
creer ni á negar cosa ninguna; procuremos examinar estos insectos, y
discurrirémos luego. ¡Que me place! respondió Micromegas; y sacando
unas tixeras, se cortó las uñas, y con lo que cortó de la uña de su
dedo pulgar hizo al punto una especie de bocina grande, como un embudo
inmenso, y puso el cañon al oido: la circunferencia del embudo cogia
el navío y toda su tripulacion, y la mas débil voz se introducia en
las fibras circulares de la uña, de suerte que, merced de su
industria, el filósofo de allá arriba oyó perfectamente el zumbido de
nuestros insectos de acá abaxo, y en pocas horas logró distinguir las
palabras, y entender al cabo el francés. Lo mismo hizo el enano,
aunque no con tanta facilidad. Crecia por puntos el asombro de los dos
viageros, al oir unos aradores hablar con bastante razon, y les
parecia inexplicable este juego de la naturaleza. Bien se discurre que
se morian el enano y el Sirio de deseos de entablar conversacion con
los átomos; mas se temia el enano que su tenante voz, y mas aun la de
Micromegas, atronara á los aradores sin que la oyesen. Tratáron, pues
de disminuir su fuerza, y para ello se pusiéron en la boca unos
mondadientes muy menudos, cuya punta muy afilada iba á parar junto al
navío. Puso el Sirio al enano sobre sus rodillas, y encima de una uña
el navío con la tripulacion; baxó la cabeza y habló muy quedo, y
despues de todas estas precauciones y otras muchas mas, dixo lo
siguiente: Invisibles insectos que la diestra del Criador se plugo en
producir en el abismo de los infinitamente pequeños, yo le bendigo
porque se dignó manifestarme impenetrables secretos. Acaso nadie se
dignará de miraros en mi corte, pero yo á nadie desprecio, y os brindo
con mi proteccion.
 
Si ha habido asombros en el mundo, ninguno ha llegado al de los que
estas razones oyéron decir, sin poder atinar de donde salian. Rezó el
capellan las preces de conjuros, votáron y renegáron los marineros, y
fraguáron un sistema los filósofos del navío; pero, por mas sistemas
que imagináron, no les fué posible atinar quien era el que les
hablaba. Entónces les contó en breves palabras el enano de Saturno,
que tenia ménos recia la voz que Micromegas, con que gente estaban
hablando, y su viage de Saturno: les informó de quien era el señor
Micromegas, y habiéndose compadecido de que fueran tan chicos, les
preguntó si habian vivido siempre en un estado tan rayano de la nada,
y qué era lo que hacian en un globo que al parecer era peculio de
ballenas; si eran dichosos, si tenian alma, si multiplicaban, y otras
mil preguntas de este jaez.
 
Enojado de que dudasen si tenia alma, un raciocinador de la banda, mas
osado que los demas, observó al interlocutor con unas pínulas
adaptadas á un quarto de círculo, midió dos triángulos, y al tercero
le dixo así: ¿Con que creeis, señor caballero, que porque teneis dos
mil varas de piés á cabeza, sois algun?... ¡Dos mil varas! exclamó el
enano, pues no se equivoca ni en una pulgada. ¡Con que me ha medido
este átomo! ¡con que es geómetra, y sabe mi tamaño; y yo que no le
puedo ver sin auxîlio de un microscopio, no sé aun el suyo! Si, que os
he medido, dixo el físico, y tambien mediré al gigante compañero
vuestro. Admitióse la propuesta, y se acostó Su Excelencia por el
suelo, porque estando en pié su cabeza era muy mas alta que las nubes;
y nuestros filósofos le plantáron un árbol muy grande en cierto sitio
que Torres ó Quevedo hubiera nombrado por su nombre, pero que yo no me
atrevo á mentar, por el mucho respeto que tengo á las damas; y luego
por una serie de triángulos, conexôs unos con otros, coligiéron que la
persona que median era un mancebito de ciento y veinte mil piés de
rey.
 
Prorumpió entónces Micromegas en estas razones: Ya veo que nunca se
han de juzgar las cosas por su aparente magnitud. O Dios, que diste la
inteligencia á unas substancias que tan despreciables parecen, lo
infinitamente pequeño no cuesta mas á tu omnipotencia que lo
infinitamente grande; y si es dable que haya otros seres mas chicos
que estos, acaso tendrán una inteligencia superior á la de aquellos
inmensos animales que he visto en el cielo, y que con un pié cubririan
el globo entero donde ahora me encuentro.
 
Respondióle uno de los filósofos que bien podia creer, sin que le
quedase duda, que habia seres inteligentes mucho mas chicos que el
hombre, y le contó, no las fábulas que nos ha dexado Virgilio sobre
las abejas, sino lo que Swammerdam ha descubierto, y lo que ha
disecado Reaumur. Instruyóle luego de que hay animales que son, con
respecto á las abejas, lo que son las abejas con respecto al hombre, y
lo que era el Sirio propio con respecto á aquellos animales tan
corpulentos de que hablaba, y lo que son estos grandes animales con
respecto á otras substancias ante las quales parecen imperceptibles
átomos. Poco á poco fué haciéndose interesante la conversacion, y dixo
así Micromegas.
 
 
 
== CAPÍTULO VII ==
{{c|'''Conversacion con los hombres'''}}
 
O átomos inteligentes, en quien se plugo el eterno Ser en manifestar
su arte y su potencia, sin duda que en vuestro globo disfrutais
contentos purísimos; pues teniendo tan poca materia y pareciendo todos
espíritu, debeis emplear vuestra vida en amar y pensar, que es la
verdadera vida de los espíritus. En parte ninguna he visto la
verdadera felicidad, mas estoy cierto de que esta es su mansion.
Encogiéronse de hombros al oir este razonamiento los filósofos todos;
y mas ingenuo uno de ellos confesó sinceramente que, exceptuando un
cortísimo número de moradores poquisimo apreciados, todo lo demas es
una cáfila de locos, de perversos y desdichados. Mas materia tenemos,
dixo, de la que es menester para obrar mal, si procede el mal de la
materia, y mas inteligencia, si proviene de la inteligencia. ¿Sabeis
por exemplo que á la hora esta cien mil locos de nuestra especie, que
llevan sombreros, estan matando á otros cien mil animales cubiertos de
un turbante, ó muriendo á sus manos, y que así es estilo en toda la
tierra, de tiempo inmemorial acá? Horrorizóse el Sirio, y preguntó el
motivo de tan horribles contiendas entre animalejos tan ruines.
Trátase, dijo el filósofo, de unos pedacillos de tierra tamaños como
vuestro pié, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden
la vida solicite un terron siquiera de dicho pedazo; que se trata de
saber si ha de pertenecer á cierto hombre que llaman Sultan, ó á otro
que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni
verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni ménos casi
ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto
tampoco al animal por quien asesina.
 
¡Desventurados! exclamó indignado el Sirio: ¿cómo es posible imaginar
tan furioso frenesí? Arranques me vienen de dar tres pasos, y con tres
patadas estruxar todo ese hormiguero de ridículos asesinos. No os
toméis ese trabajo, le respondiéron, que sobrado se afanan ellos en
labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el
diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos
se los lleva la hambre, la fatiga, ó la destemplanza, aparte de que no
son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados, que
metidos en su gabinete mandan, miéntras digieren la comida, degollar
un millon de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias á Dios.
Sentíase el caminante movido á piedad del mezquino linage humano, en
el qual tantas contradicciones descubria. Siendo vosotros, dixo á
estos señores, del corto número de sabios que sin duda á nadie matan
por dinero, os ruego que me digais quales son vuestras ocupaciones.
Disecamos moscas, respondió el filósofo, medimos líneas, combinamos
números, estamos conformes acerca de dos ó tres puntos que entendemos,
y divididos sobre dos ó tres mil que no entendemos. Ocurrióles al
Sirio y al Saturnino hacer preguntas á los átomos pensadores, para
saber sobre qué estaban acordes. ¿Qué distancia hay, dixo este, desde
la estrella de la Canícula hasta la grande de Géminis? Respondiéronle
todos juntos: Treinta y dos grados y medio.--¿Quanto dista de aquí la
luna?--Sesenta semi-diámetros de la tierra.--¿Quanto pesa vuestro
ayre? Creía haberlos cogido; pero todos le dixéron que pesaba
novecientas veces ménos que el mismo volumen del agua mas ligera, y
diez y nueve mil veces ménos que el oro. Atónito el enanillo de
Saturno con sus respuestas, estaba tentado á creer que eran mágicos
aquellos mismos á quienes un quarto de hora ántes les habia negado la
inteligencia.
 
Díxoles finalmente Micromegas: Una vez que tan puntualmente sabeis lo
que hay fuera de vosotros, sin duda que mejor todavía sabréis lo que
hay dentro: decidme pues qué cosa es vuestra alma, y cómo se forman
vuestras ideas. Los filósofos habláron todos á la par, como ántes,
pero todos fuéron de distinto parecer. Citó el mas anciano á
Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, este el de
Malebranche, aquel el de Leibnitz, y el de Locke otro. El anciano
peripatético dixo con toda confianza: El alma es una _entelechîa_, una
razon en virtud de la qual tiene la potencia de ser lo que es; así lo
dice expresamente Aristóteles, pág. 633 de la edicion del Louvre:
_Entelexeia esti_, etc. No entiendo el griego, dixo el gigante. Ni yo
tampoco, respondió el arador filosófico. ¿Pues á qué citais, replicó
el Sirio, á ese Aristóteles en griego? Porque lo que uno no entiende,
repuso el sabio, lo ha de citar en lengua que no sabe.
 
Tomó el hilo el cartesiano, y dixo: Es el alma un espíritu puro que en
el vientre de su madre ha recibido todas las ideas metafísicas, y que
así que sale de él se vé precisada á ir á la escuela, y aprender de
nuevo lo que tan bien sabia y que nunca volverá á saber. Pues estás
medrado, respondió el animal de ocho leguas, con que supiera tanto tu
alma quando estabas en el vientre de tu madre, si habia de ser tan
ignorante quando fueras tú hombre con barba. ¿Y qué entiendes por
espíritu? ¿Qué es lo que me preguntais? dixo el discurridor, no tengo
idea ninguna de él: dicen que lo que no es materia.--¿Y sabes lo que
es materia? Eso sí, respondió el hombre. Esa piedra por exemplo es
parda, y de tal figura, tiene tres dimensiones, y es grave y
divisible. Así es, dixo el Sirio; ¿pero esa cosa que te parece
divisible, grave y parda, me dirás qué es? Algunos atributos vés, pero
¿el sosten de estos atributos le conoces? No, dixo el otro. Luego no
sabes qué cosa sea la materia.
 
Dirigiéndose entónces el señor Micromegas á otro sabio que encima de
su dedo pulgar tenia, le preguntó qué era su alma, y qué hacia. Cosa
ninguna, respondió el filósofo malebranchista; Dios es quien lo hace
todo por mí; en él lo veo todo, en él lo hago todo, y él es quien todo
lo hace sin cooperacion mia. Tanto monta no exîstir, replicó el
filósofo de Sirio. ¿Y tú, amigo, le dixo á un leibniziano que allí
estaba, qué dices? ¿qué es tu alma? Un puntero de relox, dixo el
leibniziano, que señala las horas miéntras las toca mi cuerpo; ó bien,
si os parece, el alma las toca miéntras el cuerpo las señala; ó mi
alma es el espejo del universo, y mi cuerpo el marco del espejo: todo
esto es claro.
 
Estábalos oyendo un sectario de Locke, y quando le tocó hablar, dixo:
Yo no sé como pienso, lo que sé es que nunca he pensado como no sea
por medio de mis sentidos. Que haya substancias inmateriales é
inteligentes, no pongo duda; pero que no pueda Dios comunicar la
inteligencia á la materia, eso lo dudo mucho. Respeto el eterno poder,
y sé que no me compete limitarle; no afirmo nada, y me ciño á creer
que hay muchas mas cosas posibles de lo que se piensa.
 
Sonrióse el animal de Sirio, y le pareció que no era este el ménos
cuerdo; y si no hubiera sido por la mucha desproporcion, hubiera dado
un abrazo el enano de Saturno al sectario de Locke. Por desgracia se
encontraba en la banda, un animalucho con un bonete en la cabeza, que
cortando el hilo á todos los filósofos dixo que él sabia el secreto,
que se hallaba en la Suma de Santo Tomas; y mirando de pies á cabeza á
los dos moradores celestes, les sustentó que sus personas, sus mundos,
sus soles y sus estrellas, todo habia sido criado para el hombre. Al
oir tal sandez, nuestros dos caminantes hubiéron de caerse uno sobre
otro, pereciéndose de aquella inextinguible risa que, segun Hornero,
cupo en suerte á los Dioses; iba y venia su barriga y sus espaldas, y
en estas idas y venidas se cayó el navio de la uña del Sirio en el
bolsillo de los calzones del Saturnino. Buscáronle ámbos mucho tiempo;
al cabo topáron la tripulacion, y la metiéron en el navio lo mejor que
pudiéron. Cogió el Sirio á los aradorcillos, y les habló con mucha
afabilidad, puesto que estaba algo mohino de ver que unos
infinitamente pequeños tuvieran una vanidad casi infinitamente grande.
Prometióles que compondria un libro de filosofía escrito de letra muy
menuda para su uso, y que en él verian el porque de todas las cosas; y
con efecto ántes de irse les dió el prometido libro, que lleváron á la
academia de ciencias de Paris. Mas quando le abrió el secretario, se
halló con que estaba todo en blanco, y dixo: _ha, ya me lo presumia
yo_.
 
 
{{c|'''Fin'''}}