Diferencia entre revisiones de «Guerra de Jugurta»

1580 bytes eliminados ,  hace 2 años
sin resumen de edición
Sin resumen de edición
=== por Cayo Mario Salustio ===
 
Sin causa alguna se quejan los hombres de que su naturaleza es flaca y de corta duración; y que se gobierna más por la suerte, que por su virtud. Porque si bien se mira, se hallará, por el contrariocontrae libertario, que no hay en el mundo cosa mayor, ni más excelente; y que no le falta vigor ni tiempo, sí sólo aplicación e industria. Es, pues, la guía y el gobierno entero de nuestra vida el ánimo, el cual, si se encamina a la gloria por el sendero de la virtud, harto eficaz, ilustre y poderoso es por sí mismo; no necesita de la fortuna, la cual no puede dar ni quitar a nadie bondad, industria, ni otras virtudes. Pero si, esclavo de sus pasiones, se abandona a la ociosidad y a los deleites perniciosos, a poco que se engolfa en ellos y por su entorpecimiento se reconoce ya sin fuerzas, sin tiempo y sin facultades para nada, se acusa de flaca a la naturaleza, y atribuyen los hombres a sus negocios y ocupación la culpa que ellos tienen. Y a la verdad, si tanto esmero pusiesen en las cosas útiles, como ponen en procurar las que no les tocan, ni pueden serles de provecho, y aun aquellas que les son muy perjudiciales, no serían ellos los gobernados, sino antes bien gobernarían los humanos acaecimientos, y llegarían a tal punto de grandeza, que, en vez de mortales que son, se harían inmortales por su fama.
 
Porque como la naturaleza humana es compuesta de cuerpo y alma, así todas nuestras cosas e inclinaciones siguen unas el cuerpo y otras el ánimo. La hermosura, pues, las grandes riquezas, las fuerzas del cuerpo y demás cosas de esta clase pasan brevemente; pero las esclarecidas obras del ingenio son tan inmortales como el alma. Asimismo, los bienes del cuerpo y de fortuna, como tuvieron principio, tienen su término; y cuanto nace y se aumenta llega con el tiempo a envejecer y muere; el ánimo es incorruptible, eterno, el que gobierna al género humano, el que lo mueve y lo abraza todo, sin estar sujeto a nadie. Por esto es más de admirar la depravación de aquellos que, entregados a los placeres del cuerpo, pasan su vida entre los regalos y el ocio, dejando que el ingenio, que es la mejor y más noble porción de nuestra naturaleza, se entorpezca con la desidia y falta de cultura; y más habiendo, como hay, tantas y tan varias ocupaciones propias del ánimo, con las cuales se adquiere suma honra.
que ninguna amistad cultivásemos sino la del pueblo romano, que no hiciésemos tratados ni alianzas nuevas, que harto bien defendidos estaríamos con ser vuestros amigos, y que si a vuestro imperio fuese algún día adversa la fortuna, pereciésemos todos a la paz. Por vuestro valor y por el favor de los dioses sois grandes y poderosos, todo os es favorable, todo os obedece, por lo que podéis mejor tomar a vuestro cargo las injurias de vuestros aliados. Sólo una cosa temo, y es que la amistad particular y encubierta que algunos mantienen con Jugurta, les haga dar al través y apartar de lo justo; porque oigo que los tales se empeñan con el mayor ahínco y os cercan e importunan uno a uno, a fin de que no toméis providencia contra un ausente, sin pleno conocimiento de causa, y aun añaden que yo abulto con estudio mi desgracia y hago del que huye, pudiéndome estar sin riesgo alguno en mi reino. Pero ojalá que vea yo fingir a aquél por cuya execrable maldad estoy reducido a estos trabajos, las mismas cosas que dicen que yo finjo, y que o vosotros o los dioses inmortales muestren una vez que cuidan de las cosas humanas, para que de esa suerte el que hoy por sus maldades se ha hecho insolente y famoso, pague, atormentado cruelmente por todo género de castigos, la pena de su ingratitud contra nuestro padre, de la muerte de mi hermano y de los trabajos en que me ha puesto. Tú a lo menos, ¡oh hermano de mi alma!, aunque perdiste tempranamente la vida, y a manos del que más la debiera defender, tienes en mi juicio más por qué consolarte, que por qué llorar tu desgracia; pues, aunque perdiste el reino juntamente con la vida, te libraste con eso de verte huido, desterrado, pobre y cercado de los males que a mí ahora me oprimen; pero yo, infeliz, en medio de tantos trabajos, echado del reino de nuestros padres, vengo a ser hoy el espectáculo de las cosas humanas, sin saber qué hacerme, si vengar tus injurias, en el tiempo que más necesito de socorro, o pensar en recobrar mi reino, cuando pende el arbitrio de mi vida o muerte del poder ajeno. Ojalá que muriendo pudiese yo dar honrado fin a mis infortunios, por no vivir despreciado, en caso que el peso de mis trabajos me obligue al fin a ceder a la injuria. Pero ahora que aun el vivir me fastidia y ni morir puedo sin afrenta, os ruego, padres conscriptos, por vuestro estado, por el amor que tenéis a vuestros hijos y parientes, por la majestad del pueblo romano, que me socorráis en mi desgracia, que os opongáis al agravio que padezco, y no consintáis que el reino de Numidia, que en propiedad es vuestro, se inficione y manche por medio de una maldad con la sangre de nuestra familia. Habiendo acabado el rey de hablar, los mensajeros de Jugurta, confiando más en sus dádivas que en la justicia de su causa, responden brevemente: «que a Hiempsal le habían muerto los númidas por su crueldad; que Aderbal, después de haber movido de suyo la guerra, cuando se veía vencido, se quejaba de que no había podido atropellar a Jugurta; que éste pedía únicamente al Senado que no le tuviese por diferente de aquel Jugurta que había experimentado en Numancia, ni creyese más que a sus obras a las palabras de su enemigo. Con esto se salieron ambos de la corte, y el Senado comenzó luego a tratar el negocio. Los que favorecían a los mensajeros y otros muchos corrompidos con dinero, despreciaban las razones de Aderbal, ensalzaban el mérito de Jugurta y con ademanes, en voz y por todos medios se empeñaban tan eficazmente por la maldad y delito ajeno, como pudieran por su propia gloria. Pero al contrario, algunos pocos que amaban más la equidad y la justicia que el dinero, eran de parecer que se debía socorrer a Aderbal y castigar severamente la muerte de su hermano. Era el principal de éstos Emilio Scauro, hombre noble, resuelto partidario, amigo de mando, de honores y riquezas; pero que tenía gran arte para ocultar sus vicios. Viendo éste la publicidad y descaro con que regalaba el rey y temiendo (como acontece en tales casos) no le hiciese odioso tan infame libertad, contuvo en esta ocasión su avaricia.
 
Pero, no obstante eso, prevaleció en el Senado el partido de los que anteponían el favor o el interés a la justicia. La resolución fue enviar diez diputados para que dividiesen entre Aderbal y Jugurta el reino que había sido de Micipsa, y entre éstos fue el primero Lucio Opimio, varón ilustre y entonces muy acreditado en el Senado, porque siendo cónsul, con la muerte de Cayo Graco y Marco Fulvio había vengado acérrimamente a la nobleza de los insultos de la plebe. Jugurta, aunque había sido su amigo en Roma, procuró además de esto esmerarse cuanto pudo en su hospedaje, y a fuerza de dones y promesas consiguió al fin de él que sacrificase su crédito, su fidelidad y sus cosas todas a la conveniencia ajena. Del mismo medio se valió para con los otros y ganó a los más de ellos; pocos antepusieron su honor al interés. En la división, pues, que se hizo, la parte de Numidía, contigua a la Mauritania, que era la más fértil y poblada, se adjudicó a Jugurta; la otra, en que habla más puertos y edificios y que a la vista, aunque no en realidad, era la mejor, fue dada en parte a Aderbal.
 
El asunto está pidiendo que expliquemos brevemente la situación de África y digamos algo de aquellas gentes con quienes tuvimos guerra o fueron nuestras aliadas; bien que de los sitios y regiones que, o por lo excesivo del calor, o por su aspereza y soledad, son poco frecuentadas de las gentes, no me será fácil contar cosas ciertas y averiguadas; lo demás procuraré explicarlo con cuanta más brevedad pueda.
 
e libertad, contuvo en esta ocasión su avaricia.
Pero, no obstante eso, prevaleció en el Senado el partido de los que anteponían el favor o el interés a la justicia. La resolución fue enviar diez diputados para que dividiesen entre Aderbal y Jugurta el reino que había sido de Micipsa, y entre éstos fue el primero Lucio Opimio, varón ilustre y entonces muy acreditado en el Senado, porque siendo cónsul, con la muerte de Cayo Graco y Marco Fulvio había vengado acérrimamente a la nobleza de los insultos de la plebe. Jugurta, aunque había sido su amigo en Roma, procuró además de esto esmerarse cuanto pudo en su hospedaje, y a fuerza de dones y promesas consiguió al fin de él que sacrificase su crédito, su fidelidad y sus cosas todas a la conveniencia ajena. Del mismo medio se valió para con los otros y ganó a los más de ellos; pocos antepusieron su honor al interés. En la división, pues, que se hizo, la parte de Numidía, contigua a la Mauritania, que era la más fértil y poblada, se adjudicó a Jugurta; la otra, en que habla más puertos y edificios y que a la vista, aunque no en realidad, era la mejor, fue dada en parte a Aderbal.
 
96

ediciones