España trágica : 27

España trágica : 27 de Benito Pérez Galdós

A medias tan sólo se ufanaba el león hispano del reciente triunfo, porque si su energía, su ingenio y perseverancia habían al fin salvado el inmenso atasco de encontrar un Rey y traerle acá, no estaban con esto desarmadas las imponentes dificultades que por humana ley circundaban a un suceso tan fuera de lo común; que siempre fue más fácil despachar a un soberano y sacudirse toda una dinastía, que traer a un viejo reino familia y monarca de naciones y climas extraños. Bien lo comprendía el General, sin que le arredrase la magnitud de su empresa, así en lo ya hecho, como en lo que restaba por hacer.

Si no temía complicación internacional, porque el aplomo europeo había de alterarse muy a su gusto, de Pirineos adentro veía dos fuerzas enemigas, a cual más poderosa: de un lado el Federalismo, de otro la Aristocracia. Si distinto era el terreno en que estos fieros dragones acampaban, diferentes en mayor grado eran sus armas, su táctica y sus banderas. Con menos ruido que los republicanos, con envenenadas ironías y menosprecios de damas linajudas, el bando borbónico había de dar más guerra que las muchedumbres mal vestidas, vociferantes en el extremo contrario del social.

Pero con sólo pensar en ello, a don Juan le salían del corazón y de toda el alma estímulos de resistencia contra tales enemigos, y se le ocurrían ardides para inutilizarlos; que su genio asistido de su paciencia era inagotable en recursos defensivos... Al propio tiempo pensaba en el viaje del Rey, ya próximo; en su llegada a Cartagena, y en los preparativos y precauciones para recibirle dignamente. Y aún faltaba que las Cortes despacharan asuntos pertinentes al cambio de política, y que votaran la Lista Civil; faltaba dictar infinidad de disposiciones que eran el puente por donde la Nación había de pasar de la Interinidad a un estado efectivo. En la cabecera de aquel puente estaba Prim, presidiendo el paso de la muchedumbre social, y fijándose bien en los que iban derechos o torcidos.

La actitud del General era en aquellos días serena, revelando alguna fatiga, actitud y expresión de insomnio, de mala salud y de confianza en la propia voluntad. No participaba de la zozobra de sus íntimos, que presentían atentados criminales contra él. Dos conjuraciones fueron descubiertas; pero no parecían cosa formal. Prim las tuvo por conjuras de opereta. No consentía que se le supusiera medroso, ni gustaba de ver su camino guardado por policías. A pesar de esto, algunos de sus amigos iban al Congreso armados de revólver, y no se apartaban del General cuando al pasillo curvo salía con algún otro Ministro a fumar un cigarro.

La labor testamental de las Cortes era premiosa y áspera, últimos andares de un mecanismo ya oxidado. En la cabecera del banco azul, Prim apuraba su energía cachazuda; creyérase que se agotaba su numen fecundísimo para el sorteo de las dificultades. Vieron los amigos acentuado el verdor de su cara y empañado el claro timbre de su voz. Alguien dijo que la cara del General se revestía de una extraña expresión mística. Era que lo restante de la obra no había de consumarlo el valor, sino la paciencia.

El Combate de Paúl, abrumado de denuncias y multas, perseguido en los Tribunales por el Fiscal y en la calle por los corchetes, determinó suicidarse, y despidiose del público en una hoja furibunda, en la cual losdefensores de los derechos del hombre declaraban que debían cambiar la pluma por el fusil. Cargando, pues, el fusil hasta la boca, y atacándolo con furia, los hombres de El Combate decían: «Una mayoría facciosa, prostituida y encenagada hasta la hediondez... maniató traidoramente la soberanía a la espuela del dictador don Juan Prim».

Y más adelante: «La Patria está en peligro. Basta ya de dudas y vacilaciones... ¿Hay algún español que dude y vacile ante el golpe de Estado de un pequeño dictador? Pues ese español es un cobarde, un ciudadano indigno, un hombre degenerado, un miserable... Ignominia y baldón para el ciudadano español que, al saber que el Rey extranjero ha manchado con su planta el suelo español, no se apresure a lavarlo con su sangre...».

En otro lugar hablaba de la Revolución, declarándola enteca, y añadía: «Mas por uno de esos milagros de ciencia de curar, el hierro, el acero y el plomo la robustecerán muy pronto, tan robustamente, que no la conocerá la madre que la parió. Al tiempo, y un poquito de calma, no más que un poquito; que el verdadero fiat lux no se hará esperar muchos días».

Nadie hacía caso de estas groseras bravatas. Pero no faltaban otros signos y barruntos de la vesania pública que a los amigos del General inquietaba. En la mañana del 26 fue Vicente Halconero a casa de su novia, no ciertamente a tortolear con Pilarita, que para esto sobraba tiempo en las tardes y noches de amoroso palique. Acompañábale Enrique Bravo, y ambos, validos de la confianza del primero en la casa, se colaron en el cuarto del Coronel, que estaba vistiéndose para ir al Ministerio de la Guerra.

«Pues llegamos a tiempo -dijo Vicente, mostrándole un papel con lista de nombres-; y usted, mi querido don Santiago, prestará un gran servicio a su amigo el General Prim, diciéndole que mande prender a los diez individuos comprendidos en esta nota».

Tomó Ibero el papel; leyó los nombres, que en unos eran apellidos, en otros apodos, en los menos designación completa de la persona, con el oficio y las señas de residencia. Quedó Ibero suspenso, y a su estupor siguió un mohín de incredulidad. «Entiendo -les dijo-, que no es este el primer soplo que a Buenavista llega. Don Juan no hace caso. Confía en su buena estrella, y en lo que hemos dado en llamar hidalguía del pueblo español. Por lo que he podido observar, más teme por don Amadeo que por sí mismo... Pero, en fin, debemos dar curso a estos avisos por lo que pudiera tronar. Decidme ahora por qué conducto ha llegado a vuestras manos este papel... Noto que la escritura es tuya, Vicente.

-Escribí los nombres al dictado -replicó Halconero-. El apuntador ha sido un amigo nuestro llamado Segismundo García. Si mi escritura me compromete, acepto la responsabilidad de la delación... Por el honor nacional doy la cara en este asunto... Yo acuso de tentativa de asesinato a los que están en esa lista.

-El delator -dijo Bravo- es un amigo a quien queremos mucho, perdonándole sus extravagancias, su vivir de bohemio en contacto con la ínfima plebe. Es hombre de talento extraordinario, nutrido por copiosas lecturas; pero en él distinguimos el hervor paradójico, la brillantez retórica y el flujo de originalidad, del sentido moral y de la rectitud del corazón».

Hechas estas manifestaciones, los amigos saludaron a las damas y señoritas, y con Ibero volvieron a la calle. Este subió a Buenavista por la rampa de la calle del Barquillo, y los amigos se reunieron con Segismundo, que les esperaba en la Plaza del Rey. Vestía el bohemio la ropa de Vicente, ya mal traída y afeada por manchas y algún siete. «He cumplido un deber de conciencia -les dijo, andando los tres hacia la calle de Alcalá-. No sé si entramos en el período épico, o salimos de una epopeya fallida, de un mal ensayo con chambones y héroes de la legua. Os confieso que estoy desorientado, y no sé si esto acabará en novela por entregas, o en diálogos filosóficos en el estilo del nuevo Platón, alias Roque Barcia.

-Has hecho muy bien -dijo Vicente- en traernos esa lista, que hacemos nuestra. Si algo temes, escóndete. Vente a mi casa. Los diez de la lista dormirán esta noche en la cárcel.

-De veras os digo que el elemento trágico traído a la Historia de España por esos Brutos de tan baja calidad, no entra en mis sentires de poeta histórico. De otro modo han de ser las tragedias. Danton y Robespierre me aterran, pero no me repugnan. Son la tempestad que purifica, no la alcantarilla que retrotrae sus aguas inmundas para verterlas sobre la sociedad. He delatado por vergüenza revolucionaria. Y ahora, mis queridos amigos, no me tildéis de pusilánime si os digo que abandono mi albergue de La Lechuga y mi pesebre de Botoneras para volverme a miCorinto de abajo, al amparo del buen Cantera y de mi morcón tutelar la Señángela... Me hago la cuenta de que salvar una vida da derecho al sueño tranquilo. El ansia de paz y del dormir largo y sin visiones lúgubres me ha llevado de nuevo a la vertiente Sur... Dejadme correr hacia allá, que hoy he mandado con un mozo de cuerda mis pobres bártulos, un cofre con más libros que ropa, y quiero ver si han llegado felizmente las únicas riquezas que poseo... Adiós. Si esta noche o mañana tuviera que comunicaros algo nuevo, iré a tu casa, Vicente... y no dejéis hoy de la mano el asunto de la lista, que en estas cosas un minuto de pereza puede traer largos días de lágrimas. Abur».

Partió el pícaro por la calle del Turco, acompañado de Bravo, y Vicente volvió a la casa de su novia, donde había de pasar todo el día. El tiempo no era propicio para callejear. ¡Felices los que libres de cuidados tenían lumbre a qué arrimarse, y corazones amantes que dieran al alma confortante abrigo! A pesar de que la vida del afortunado mortal, hijo de Lucila, se hallaba fuertemente defendida contra la social intemperie, no gozaba el hombre la plenitud de la felicidad. Su salud no era completa; su anemia no estaba vencida; su ánimo, rebelándose a ratos contra las visiones alegres, quería llevarle a una región de sombríos presagios. Ya la boda se había fijado definitivamente para el día de Reyes, y en ambas familias nadie temía la emergencia de nuevos obstáculos.

A la hora del almuerzo, le dijo Ibero que don Juan Prim había leído la nota con indiferencia. Sonrisa de incredulidad acompañó a las palabras con que hubo de ordenar al Subsecretario que pasase la lista al Gobernador. Otra relación semejante, con alguna diferencia en los nombres, había recibido por conducto de Ricardo Muñiz. En el vago interés del General hacia las delaciones, vio Halconero como un desprecio del amaneramiento histórico. Amaneramiento era la repetición pedestre de las amenazas de muerte contra los hombres colocados en la cumbre social. Por lo mismo que estos avisos acusaban una monotonía tediosa en el arte de la Historia, el grande hombre no debía darles la menor importancia. En el curso de los sucesos faltaría toda majestad, si lo que había pasado en diversas ocasiones hubiese de ocurrir siempre. Conviene desconfiar de todo lo que se anuncia y de todo lo que se espera. En aquel caso, lo artístico era pedir al Destino venturas no previstas ni anunciadas por el vulgo...

Nada digno de mención pasó en el resto del día en la feliz morada de los Iberos y Calpenas. El 27 por la mañana fue Ricardo Muñiz a Buenavista, y almorzando con Prim se quejó doloridamente de que el Gobernador no hubiese preso más que a uno de los diez de la lista. El General, con escasa atención en el asunto, le dijo que viese a Rojo Arias y al coronel de la Guardia Civil, encareciéndoles mayor diligencia, y con su amigo y sus ayudantes se fue al Congreso.

Apurada fue la labor parlamentaria en aquel día. El anterior, 26, partió de Génova la fragata Numancia conduciendo a don Amadeo, y la dotación del soberano popular no había sido aún aprobada por las Cortes. Un orador del grupo de Cánovas, el señor Bugallal, abogado de retóricas difusas y de acentos fiscales que difícilmente llevaban consigo la persuasión, combatió la Lista Civil en un discurso agrio... habló mucho de lo divino, poco o nada de lo humano que se debatía. Le contestó Prim, sacando del alma las heces de su paciencia. Se veía que el hombre anhelaba llegar al fin de una lucha que aun para titanes habría sido fatigosa. Su oratoria fue aquel día seca y dura... Habló después Navarro y Rodrigo, con despejo y firme dialéctica.

En el curso de la discusión, dilatada y sin relieve, no pocos amigos se acercaron al banco azul a saludar al Presidente del Consejo. En el propio sitio sostuvo con este una larga conversación Ricardo Muñiz. Díjole que aquel día, 27 de Diciembre, banqueteaban los masones en memoria de San Juan Evangelista. ¿Qué tenía que ver el santo Apóstol con los caballeros de la Acacia? Nada. La Masonería se congregaba en fiesta solemne dos veces al año: Solsticio de verano y Solsticio de invierno, San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Elágape de aquel invierno se celebraba en el Hotel de las Cuatro Naciones, calle del Arenal.

Prim había ingresado recientemente en el Gran Oriente Nacional de España. Diéronle el cargo de Portaestandarte del Supremo Consejo de la Orden. Su grado era el 18, con título de Caballero Rosa Cruz. Al darle cuenta de la solemnidad masónica de aquel día, Muñiz le encareció la necesidad de honrarla con su presencia. Prim se mostró indolente, poco propicio a conceder a tales comedias el poco tiempo de que disponía. «Fíjese, Ricardo, en que necesito algún reposo. Llevo una vida que no es para llegar a viejo. Mañana sin falta saldré para Cartagena a recibir al Rey, que ayer partió de Génova. En el Ministerio tengo mil asuntos que debo despachar entre esta noche y mañana. Vaya usted al banquete; discúlpeme con estas razones, y con otras que a usted se le ocurrirán...». Insistió Muñiz en que fuese, aunque su visita no durara más que algunos minutos. La asistencia del grande hombre sería muy grata, etc... En esto quedaron, y poco después se levantó la sesión. La Lista Civil fue aprobada por 115 votos contra 8. Para todos fue como el despertar de un mal sueño, y en Prim se pudo advertir la sensación de un descanso inefable.

Requerían los diputados sus gabanes o capas para echarse a la calle, que la noche se presentaba en extremo glacial, noche de infinita soledad y tristeza. Por las calles desiertas discurrían a escape las contadas personas a quienes alguna obligación ineludible lanzaba de sus hogares. Los coches rodaban sin ruido sobre un suelo acolchado de fango y nieve. En el arroyo, las ruedas dejaban paralelas serpenteantes; en las aceras, las huellas impresas a compás de andadura parecían marcar el paso de seres invisibles. La atmósfera era una opacidad quieta y lechosa que rodeaba de nimbos las luces próximas y desvanecía las lejanas en dudosas penumbras. Ruidos de la calle: un ligero roce de algodones que al ser comprimidos crujían como el serrín...

Interior del Congreso: el Conde de Reus hablaba en el pasillo curvo con Rojo Arias, Gobernador de Madrid. ¿Le recomendaba que pusiera pronto en recaudo a los hombres de la trágica lista? Es probable que así fuese, y también que el flamante Gobernador, guardándola en su bolsillo, dijera que se ocuparía del asunto... todo ello sin precipitación, y estudiando los antecedentes de cada individuo, para que no se le acusara de arbitrariedad... Poco después de esto se vio al General en el pasillo recto, frente a la puerta del salón de Conferencias. Allí encontró a varios federales, con quienes sostuvo un afable diálogo: «Lo que debiera usted hacer -dijo a García López-, es venirse conmigo a Cartagena a recibir al Rey».

Contestaron los enemigos festivamente, y uno de ellos le aconsejó con sincero interés que no confiara demasiado en su buena estrella y se precaviese contra riesgos probables. Otro habló de prontas algaradas, y Prim dijo: «Que haya juicio. Llegado el caso, tendré la mano dura»... Algunas palabras cambió con Morayta, excusándose nuevamente de asistir al banquete masónico... Aparecieron luego Sagasta y Herreros de Tejada, que habían convenido en acompañar a don Juan al Ministerio. Se encaminaron a la salida por la calle de Floridablanca. En la portería, los ordenanzas y un guardia de Orden Público charlaban tranquilamente, apiñados alrededor de un brasero.

En la calle, el intenso frío no ahuyentó a los desocupados que se recrean viendo el entrar y salir de personajes. Sagasta y Herreros de Tejada subieron a la berlina de Prim; siguioles este, dejándoles los sitios de preferencia. Pero de pronto Sagasta y su acompañante se acordaron de que una ocupación urgente les obligaba a tomar otro rumbo. Salieron; los ayudantes del General, que ya se iban a pie, retrocedieron y entraron en el coche, que al instante partió... Al doblar la esquina de la calle del Sordo, un resplandor súbito iluminó la blancura opalina de la niebla. Uno de los ayudantes miró al través del vidrio. No era nada... Un fumador que encendía su cigarro.


Episodios Nacionales : España trágica de Benito Pérez Galdós
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