España trágica : 16

España trágica : 16 de Benito Pérez Galdós

Al tener que referir el cómo y cuándo recibió Halconero la carta, y dónde fue a leerla con el curioso manuscrito que contenía, la Historia, más pudibunda y remilgada en aquel caso que en otro alguno, se tapó la cara y disfrazó su voz para que no se la tuviese por persona de baja ralea. A su parecer, era grande ignominia que aquel documento, digno de ser guardado en el relicario de Simancas, pasase a lugares profanos que envilecen todo lo que en ellos entra... La narradora de los grandes hechos humanos no tuvo reparo en decir que la costurerilla encontró a don Vicente saliendo de su casa; que le entregó la carta en la misma puerta, y que el galán, guardándola cariñosamente en el bolsillo del pecho, se lanzó al laberinto de calles y callejuelas; pero, dicho esto, se negó rotundamente a puntualizar y describir el sitio adonde fue a parar con su cuerpo el hijo de Lucila.

Digna de respeto es la gazmoñería de la sabia Matrona. Por conducto más abajo se sabe que Halconero dio fondo en un gabinete exornado de frescachonas láminas al cromo, de panderetas y pasajes taurinos, y que a su vera se puso una linda muchacha rubia, la cual con gozosos modales y tiernas voces celebraba su presencia... Sábese también que por el camino, desde la calle de Segovia a la mansión X, la curiosidad y el amor le impulsaron a romper el sobre de la carta. Lo abultado de esta le había puesto en gran inquietud. Enterose rápidamente del contenido, y con propósito de leer despacio al volver a su casa, metió la esquela y papel adjunto en el bolsillo interno de su levita... Lo que ocurrió en la entrevista con la ninfa de cabellos de oro, no se narra. La Historia está presente, y vuelta de cara a la pared para no ver nada, recomienda con bronca voz la total omisión de lo que allí se ve y se oye. Al terrible veto escapa alguna frase aguda, que sale volando como ágil mariposa o pajarita: «Por mi salud, que estoy contenta. Y tú, ¿qué tienes? ¿Por qué está mi nene tanpensatibiribiris?...».

Luego, la blanca mano sobadora, estrujando el pecho, promovió bajo el paño un áspero ruido de papel. El que usan en los Ministerios, de consistencia pergaminosa, se delata al menor roce y canta las rigideces burocráticas. «¿Qué es esto?». La respuesta fue seca: «Esto no es nada que a ti te interese. Haz el favor de...». Pasó un cuarto de hora, algo más quizás. El tiempo duerme a veces, y no sabe darse cuenta de sí mismo. Con osada rapacidad, la mano blanca sustrajo del bolsillo los papeles rumorosos, y de un brinco saltó la ninfa al otro extremo de la habitación. Reía como loca empuñando su presa, con la insolente amenaza de no dejársela quitar... Estalló de súbito una repugnante porfía entre hombre y mujer. Con no poco trabajo, valiéndose de la fuerza, de la autoridad varonil, y viéndose obligado a golpear a la linda mujer en diferentes partes de su cuerpo y rostro, pudo Halconero recobrar lo suyo. Los chillidos de ella y sus bárbaras expresiones alborotaron la casa. Acudieron a la trapatiesta dos mujeres y un hombre, que ayudaron a contener el salvaje furor felino de la chica de cabellos de oro. Estos quedaron en un bello desorden. Diríase que despeinó a la ninfa la mano de un dios iracundo. De su pecho, ahogado por el esfuerzo muscular, brotaron voces de amante duelo, amostazadas con groseras locuciones que ensuciaban los oídos. Acudieron las mujeres a sujetar a la fiera, que en el espasmo de su ira arrojaba sobre el caballero cuantos proyectiles a mano encontraba: una bota, un candelero, un corsé... Y el hombre echó sus brazos al galán, diciéndole con acento de amistad conciliadora: «Basta, Vicente... ¿Qué ha sido?... Sosiégate... A esta gente hay que tratarla de cierto modo. No vale incomodarse... Es de mal gusto llegar a la riña material...».

La Historia, que no contenta con taparse la cara se había hecho invisible dentro de una espesa nube, sugirió a los amigos la resolución de marcharse con viento fresco. Era esta la táctica mejor para dar fin a la batalla. Cogieron a toda prisa la puerta, y escaleras abajo, Vicente, que apenas hablar podía por causa del sofoco, balbució estas palabras: «En el momento de llegarte a mí para sujetarme, no te conocí, Segismundo...

-No me conociste porque me he quitado el bigote; estoy transfigurado, y parezco un respetable clérigo».

Comprendió Halconero el por qué de la metamorfosis; mas no quiso entretenerse por el momento en asunto tan baladí. Diole cuenta de lo que había motivado su enojo con la Eloísa, y añadió: «Hemos de leer juntos un papel político de importancia. ¿A dónde nos vamos?». Propuso Segismundo que se fueran a un café, y Halconero indicó que no iría donde encontraran tertulia de amigos, pues debían leer a solas, lejos de toda indiscreción y fisgoneo de curiosos. A esto dijo el otro que no le proponía llevarle a su casa, pues ya no la tenía, y el albergue en que moraba míseramente estaba muy lejos. Ya en la calle, Segismundo puso en su rostro la mixtura de aflicción y dignidad que usar solía en sus apelaciones a la bondadosa largueza del amigo: «Ateniéndome a la significación, no casual, sino providencial, de nuestro encuentro, te digo, Vicente de mi alma, que eres el hombre designado por Dios, o por los Hados, como quieras, para proporcionarme doscientos reales que me hacen mucha falta... Déjame que te explique...».

Sin esperar las explicaciones, el liberal amigo, que en cien apreturas le había echado una mano, ofreció remediarle aquel mismo día. «No puedes figurarte, querido Vicente -dijo Segismundo en tono patético-, a qué extremos llega mi desamparo. Mi padre me ha echado de casa; mi madre dice que no quiere verme ni en pintura, y el tío Beramendi, que siempre fue mi paño de lágrimas, también se me ha puesto de uñas. Yo reconozco que he sido un tronera, que he despilfarrado el dinero mío y el ajeno, que mis travesuras han llegado a la frontera del delito... Efectos de la edad, de la sangre joven, enardecida por el estudio de la Historia contemporánea... No te asombres: los que conocemos la efervescencia revolucionaria y psicológica de los tiempos modernos, padecemos la dolencia del olvido moral... Las ambiciones del hijo del siglo, como nos llama Roque Barcia, tienden al quebranto de toda ley... Discurriendo así, mi angustia y desesperación me determinaron a pedir un socorro a la Josefona, mujer de buenos sentimientos y de corazón hasta cierto punto magnánimo, a pesar de su vil oficio, del cual dijo Cervantes que es de los más necesarios en la república... Y estando yo convenciendo a la Josefona de que bien podía prestarme sin menoscabo de su erario los doscientos reales, oímos el bullicio de tu altercado con la Eloísa, y al encarar contigo vi claro, como la luz del día, que la Providencia que yo buscaba en aquella casa no era la Josefona, sino tú».

Contestole Vicente risueño y afable que él actuaría de Providencia siempre que el amigo le prometiera lealmente variar de conducta y ponerse a tono con su familia y la sociedad.

«Eso haré -replicó el otro casi compungido-; pero entre tanto, como mi tocayo el de La vida es sueño, he de recitar el apurar cielos pretendo... Sin casa ni hogar, vivo del amparo que me ha dado Romualdo Cantera en un cuartucho de la casa en que tiene su barbería... La comida es por mi cuenta, y de servírmela en el pesebre se encarga una feroz harpía a quien tengo por aborto del Infierno,vulgo de la Fábrica de Tabacos. Con todo, allí vivo tranquilo y casi contento. El contacto del pueblo me tonifica, me inspira ideas grandiosas, a veces épicas... Yo digo que frente al pueblo libre me educo en la oratoria tribunicia, como Demóstenes robustecía su voz hablando frente a las olas del mar embravecido».

Del brazo atravesaron la Puerta del Sol, sin saber qué dirección tomarían para llegar a un lugar reservado. Decidiéndose a subir hacia Santa Cruz, Halconero quiso saber en que ocasión se había rapado su amigo el bigote, y Segismundo le dio franca explicación del caso. «Esa perra ecuménica pareciome rendida la víspera de Dolores... Contaba yo con que me franqueara su nido al día siguiente, y me decidí a limpiarme de pelos la cara para ser más de su gusto... Pero la indina me salió con el pío-pío de que hasta después de Semana Santa no podía ser, y no en su casa, sino en otra de una fiel amiga suya temerosa de Dios...

»No tuve más remedio que apencar con el aplazamiento, y llegado el día de Pascua me encontré compuesto y sin novia, mejor dicho, descompuesto, o dígase afeitado... Luego vino mi degradante pobreza, y encontrándome tan raso de bolsillo como de cara, no me atreví a presentarme a la Donata, pues no tenía ni para pagar un coche, ni para convidarla tan siquiera a leche merengada, o a café con media... Un caballero tronado es hombre al agua. Escribí a mi santurrona diciéndole que me había torcido un pie, y al siguiente día se me apareció en la calle con la estantigua de Domiciana. Una y otra me agraciaron con un mirar benévolo, y yo me hice el cojo y pasé de largo con el aire más compungido que pude poner en mí. No desisto, Vicente; sé que mañana irán a San Sebastián.Cuarenta Horas y Noventa del Alumbrado... A la salida irá cada pájara a su nido... Yo sé dónde podré coger a la mía, que ya no duerme en la calle de Silva, sino en la de Embajadores, junto a San Cayetano».

Completando los informes biográficos que Vicente deseaba, Segismundo acabó de pintarse a sí mismo con estos graciosos trazos: «En mi pobre domicilio estudio, leo cuanto puedo, que para eso me he llevado allí parte de mis libros. Y al propio tiempo me divierto y juego a las máscaras algunos días. En el Rastro me he comprado un bonete seboso y una sotana raída. Cuando el pueblo de aquellos barrios se agita y sale vociferando, con el refuerzo de la turba chillona de las cigarreras, me calo mi bonete, endilgo la funda negra, y con esto y mi cara de cura, salgo a mi balcón y les echo cada discurso que tiembla Dios. Ya clamen contra las Quintas, ya contra otra cosa, yo despotrico en mi púlpito, y les vuelvo locos con aquellas palabras de Lamennais: «Soldado, ¿a dónde vas? A la conquista de mis derechos», y otras majaderías por el estilo. Yo cito a Platón, a Descartes, a Roque Barcia, y les atribuyo cuantos disparates se me ocurren. Soy dichoso. Me aplauden a rabiar. Al final les doy mi bendición, saludo y me meto para adentro».

En esto llegaron a la Plaza Mayor, y Vicente propuso entrar en el café del Gallo, donde no encontrarían gente curiosa y patriotera que les estorbase. Pero Segismundo, temeroso de no hallar en aquel apartado sitio el deseado aislamiento, guió hacia otro lugar, bajando la Escalerilla y siguiendo por Cuchilleros hasta Puerta Cerrada. Metiéronse en la taberna de Lucas, que tenía un departamento interior para borrachos distinguidos, y allí se instalaron en banquetas, uno a cada lado de la mesa mojada de vino. La luz era escasa; pero se podía leer sin dificultad. Sacó Vicente el papel, arrugado en la lucha con Eloísa, y se dispuso a leerlo. «Al final -dijo- hay una nota de letra de don Santiago, en que me recomienda la mayor discreción. Entérate, Vicente: ni en todo ni en parte debe pasar esto al dominio público, pues es por hoy cosa reservada.

¿Tiene alguna cabecera o título?

-Dice así: «Bases propuestas por el general Prim para conceder a la Isla de Cuba la autonomía, o la completa emancipación».

En el momento en que Halconero esto leía, la Historia, que con los dos amigos había entrado invisible en la tasca indecente, se dejó ver... quiero decir, que espiritualmente hubo de presidir la reunión, y entre los dos jóvenes tomó asiento, sin mostrar repugnancia del ambiente plebeyo y vinoso. En la mesa puso la gentil Matrona sus codos augustos, y con ambas manos sostuvo su rostro clásico, modelado por los padres de la estatuaria. Atentos los ojos y el oído a la lectura, que era recreo inocentísimo de dos almas españolas, no vio profanación en los lectores ni en el sucio lugar que les albergaba; antes bien, dio con su presencia grave solemnidad a lo que se leía. Su laureada frente no se humilló en aquel cuadro de apariencias groseras; los bordes de su clámide recamada de elegantes grecas, resbalaban de su cuerpo soberano y caían en el suelo entre polvo, heces de vino y salivazos, sin que estas confundidas suciedades en manera alguna los manchasen.

Por abreviar, resumió Vicente en pocas palabras las cláusulas primeras: «Empieza diciendo que los insurrectos depondrán las armas, y que hecho esto, el Gobierno español concederá una generosa y amplia amnistía... En seguida procederá Cuba a la elección de sus diputados a Cortes: sin este requisito no se podrá legislar sobre aquella provincia con arreglo a la Constitución del Estado... Cuando los diputados cubanos libremente elegidos se encuentren en la Península, el Gobierno español presentará a las Cortes un Proyecto de ley concediendo a la Isla de Cuba amplias libertades, llegando, si necesario fuese, a la autonomía bajo el protectorado de España, y aun a la completa independencia, si fuese indispensable para la felicidad de ambos pueblos... El procedimiento que habría de seguirse y las compensaciones que España habría de reclamar se acomodarían a la extensión y alcance que la Nación diese a sus concesiones...».

-No está eso bien claro -dijo Segismundo- ¿Quieres que yo lo lea y le saque la miga?

-Espérate un poco, que o mucho me engaño, o la miga está en los siete artículos que siguen. Los leeré despacio, atendiendo a la idea más que a la forma, y viendo si una y otra están en perfecta concordancia. (Vicente lee con lentitud reflexiva.)

«Para llegar a la emancipación, juzgaría el Gobierno indispensable:

1.º Que así se acordara por los habitantes de la Isla, y por medio de un plebiscito.

2.º Que la Isla emancipada se obligase a garantir la seguridad individual, y las propiedades y derechos de los españoles avecindados o residentes en Cuba.

3.º Que por cierto número de años, diez por ejemplo, se concedieran ventajas al comercio español, quedando este, al terminar aquel plazo, en las condiciones de la nación más favorecida.

4.º Que se daría indemnización a España por el valor de todas las propiedades inmuebles, fortalezas, establecimientos militares o civiles, caminos, puertos, faros y demás obras públicas; en una palabra, de todos los bienes inmuebles que la nación española posee en la Isla.

5.º Que esta tomaría a su cargo una parte de la Deuda pública de España. Para deslindar bien la carga que la Isla aceptaría por este concepto y por el del párrafo anterior, se computarían los valores en doscientos cincuenta millones de pesos en metálico, y España no recibiría nada de su importe, limitándose a que la Isla pagase los intereses de la parte de Deuda española que al tipo corriente, en una fecha convenida, fuese el equivalente de la indicada suma en metálico.

6.º El cumplimiento de este contrato exigiría forzosamente la intervención de una Potencia que lo garantizase; y en este concepto, España aceptaría gustosa la de los Estados Unidos de América. Esta garantía, en cuanto al pago de la suma convenida, consistiría en que los acreedores de España, a quienes cupiese tal ventaja por sorteo, tendrían derecho a canjear sus títulos por otros de la Nación garantizadora. Si no lo hiciesen, esta pagaría los intereses por semestres en Madrid o en París, a voluntad del Gobierno español.

7.º El tratado que estipulase tales condiciones se habría de someter al Poder legislativo de los Estados Unidos, así como a las Cortes Constituyentes, sin cuyo requisito no tendría valor alguno, ni crearía ninguna clase de compromiso.

Tales son las indicaciones que hoy pudieran hacerse; pero deberán ser puramente confidenciales, dando sólo lectura de ellas con toda reserva, sin entregar copia».


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