XXIII

Solos al fin Halconero y Enrique, este seguía encadenando con sus dos brazos al amigo, que, poseído de frenética indignación, no se arredraba ante el número y fuerza superior de la mesnada de Paúl. «¿Pero estás loco? ¿Qué podemos nosotros contra esa cuadrilla de bárbaros armados de trabuco? ¿Traes revólver?... ¿No?... Pues yo sí, y no lo saqué, porque de nada me habría servido... Cálmate, y reflexiona. En rigor, no debes considerarte agraviado por las palabras soeces de un hombre que trae esta noche dentro del buche una bodega tan grande como las que tuvo en Jerez. ¿Qué adelantas ahora con provocarle si él había de poder más que tú?... Lo que te digo. Las injurias de ese botarate no deshonran más que al mismo que las pronuncia».

No cedía la furia de Vicente; pero la descomunal tensión muscular y nerviosa tocó a su fin, y el hombre habría caído al suelo si su amigo no le sostuviera. «Busca donde pueda sentarme», murmuró Halconero, agotado el aliento... La iglesia de Maravillas les ofreció los escalones de su puerta berroqueña, y allí se sentaron los dos. «Descansa; vuelve a la razón -le dijo Bravo-. Podemos retar a un enemigo insolente; pero a un loco de atar no... Y un loco embriagado carece de personalidad». «Pues que lo diga -replicó Halconero, con respiración-. Declárese irresponsable; eche la culpa al vino... cante la palinodia... y pida perdón...

-Eso no lo hará. Es tan soberbio como provocativo. Buscaremos la intervención de amigos suyos de los más adictos, como Balbona, Montesinos, Quintín, y no será difícil que consigan de ese bruto una explicación franca»... Sosteniendo su cabeza con ambas manos, perdida la mirada en la obscuridad de la calle, permaneció Vicente como esfinge un mediano rato sin dar respuesta al amigo. Este oyó al fin palabras dichas con estoica frialdad. «Déjate de pasteleos indignos y de parlamentar con facinerosos. Mañana, tan seguro como hay Dios, busco yo al miserable que me ha ofendido, y él y yo solos ajustaremos esta cuenta.

-Considera, querido Vicente, que estás a punto de casarte...

-Yo no me caso si antes no mato a ese hombre, o me mata él a mí. Me ha herido en lo más vivo del alma. Con cien vidas de él no quedaría mi honor bastante satisfecho... ¿Qué hora es? Será muy tarde. Las once y media escasamente... No te empeñes ahora en llevarme a cafés o chocolaterías... No podré distraerme con nada, ni comer ni beber... Dentro de mí se ha metido de repente una idea, un bulto, un mundo... no sé cómo decírtelo; y mientras no eche de mí esa idea, esa pasión o lo que fuere, mi existencia está interrumpida. A donde voy ahora es a mi casa... y no a dormir; me será imposible. Quiero estar junto a mi madre... sentirla cerca de mí aunque no la vea...».

Poco después, andando los dos taciturnos hacia la calle de Segovia, que era largo camino, Vicente rompió el silencio para decir a su amigo: «Cuidado, Enrique; cuidado con contar a mi madre el suceso de esta noche. Desde ahora te advierto que si hablas de esto a mi madre, perderás el único amigo que te queda... Más te digo: seré tu enemigo irreconciliable». Con medias palabras prometió Bravo callar, y al despedirse dejó en la puerta su promesa vaga, y se retiró con sus reservas hondas.

En vela estuvo Halconero toda la noche, viendo la inmensa procesión que no acababa de pasar por dentro de su espíritu; procesión de agravio recibido, de honor no satisfecho, de amor a su madre, de odio a su enemigo, del forzoso escarmiento que había de seguir a la soez injuria. Examinándose a sí mismo, vio llegada la gran crisis de su existencia. Hasta entonces había vivido en pasiva normalidad, arrimadito a las faldas de una madre amantísima. Sus necesidades, desde lo elemental hasta lo superfluo, estaban plenamente satisfechas; todo lo recibía de la incansable providencia materna: el vivir sereno y sin fatigas, la ilustración fácil y el solaz literario, los amores. Si estos fueron desgraciados con Fernanda, felices eran con Pilarita. Con esta le daban esposa linda, buena, rica y de familia ilustre. Bienes tan eficaces no alteraron ni en un punto la pasividad del hijo de Lucila, que con hechuras y estampa de hombre se perpetuaba en la niñez, dulcemente mimado por la madre, por los amigos, por la sociedad.

Pero ¡ay! que de pronto surgió en el Limbo infantil el momento de la virilidad activa; apareció el caso en que había de decidir Vicente si era hombre completo o no lo era. Hasta entonces no se le presentó ocasión de conocer en sí el más claro signo de la voluntad humana, que es el valor, con sus facetas de dignidad, de firmeza estoica, de menosprecio de la vida. Reconoció que al llegar ocasión tan solemne no se sentía débil, sino por el contrario asistido de una vigorosa fuerza interior, y el copioso archivo literario que llevaba en su cerebro no le estorbó para lanzarse camino de la bravura y aun del heroísmo, antes bien le alentaba, le esclarecía con rutilantes ejemplos.

En resolución, castigaría con prontitud, dureza y crueldad proporcionadas al agravio, la insolencia de su enemigo. Sin ceder en su fiero propósito, veía bien claro que se colocaba en un terreno divisorio entre la vida y la muerte, con más probabilidades de muerte que de vida. Porque el plan de Vicentito era ir enteramente solo al escarmiento de Paúl, sin padrinos ni médicos, despreciando la tramitación caballeresca y en cierto modo elegante de los lances de honor.

Aunque Bravito prometió no informar a Lucila del suceso de la calle de la Palma, no estaba Vicente seguro de que el amigo cumpliera. Temía que con miras de sentimentalismo ñoño, Enrique faltase a la discreción... ¿Qué hacer? Bien sabía que Bravo se levantaba muy tarde. Determinó, pues, el improvisado paladín echarse fuera de casa antes que el oficioso amigo llegara, y esto no había de ser hasta mediodía. Con el embuste de que Beramendi le había convidado a almorzar, despidiose de Lucila, diciéndole que no le esperase hasta la noche... ¡Oh, qué dolor ver la cara de la celtíbera, que en el hijo clavó sus ojos con cierta lumbre patética y recelosa! Al salir intentó Vicente sofocar su pena con fortísima presión de la voluntad. «Mi madre -pensaba-, se ha puesto hoy la cara trágica... ¿Sospechará?». La idea de que tal vez no la vería más le puso por un momento en consternación desgarradora, determinando en él un punzante cariño a la vida... ¡Fuera, fuera melindres! ¿Qué valía la vida sin honor?

En el café Oriental tomó un tente en pie, y después se fue a divagar por el Prado y Retiro, sin otro móvil que hacer tiempo hasta la hora en que solía visitar a su novia. En la casa de esta entró a las cuatro, después de un prolijo estudio de histrionismo para ponerse máscara y ademanes de alegría, que no dejasen traslucir el sorteo de vida o muerte que llevaba en su alma. Y tan bien hizo su papel de hombre sereno y feliz, que Pilarita no sorprendió en él la menor sombra de inquietud. Hablaron... de lo mismo, del día dichoso, sólo separado del presente por una semana cachazuda, que deslizaba sus instantes con lentitud de caracol...

Llevaba Halconero bien guardado un revólver que le regaló meses antes su tío Leoncio, dueño a la sazón de un hermoso almacén y taller de armería. Vicente no había usado nunca el arma, que era del mejor sistema conocido entonces, y en tan buena ocasión pensaba estrenarla dignamente... Quedó, pues, Pilarita engañada por la bien fingida serenidad de su prometido, que supo sustraer a toda sospecha el conflicto anímico y el instrumento de muerte. En la despedida, con promesa de volver por la noche, la señorita vio partir a su novio tranquila y risueña, prolongando su alma en pos de la de él con un cariñoso hasta luego.

Bajó Halconero rápidamente los primeros peldaños de la escalera, como si se precipitase al fondo de un abismo; mas de pronto se paró sacudido por un lúgubre pensamiento. «¡Ay, Pilar, Pilar, mujer mía! Noventa y nueve probabilidades contra una me dicen que no te veré más... Pero ¿es esto posible? ¡Y tan posible!... No te veré más... no seré tu marido; quedarás viuda antes de casada». Y al pensarlo dio tan fuerte golpe con la mano en el barandal de la escalera, que esta se estremeció en toda su angulosa longitud de abajo arriba. Por un instante vaciló su ánimo, acogiéndose a la idea del desistimiento de su aventura... ¿No sería mejor aplazarla para después de la boda? Así quedaría Pilar en viudez legal y canónica, no en la desabrida situación de viuda soltera... En el trastorno de su mente llegó a creer que, si consultaba el caso con su futura, esta opinaría lo mismo.

Al coger calle, se afianzó Vicente en su resolución caballeresca. El aplazamiento era una cobardía... Y en buena lógica, ¿por qué habían de ser noventa y nueve las probabilidades de muerte? Bien pudieran ser cincuenta, mitad por mitad entre la muerte y la vida. Sobre todos los cálculos en casos tales, se cernía con las alas extendidas el ave misteriosa de lo imprevisto, la fatalidad, que lo mismo podía ser desdichada que favorable... Metiose por calles transversales para llegar a Recoletos, y seguir luego por la Castellana, recorriéndola toda sin otra idea que hacer tiempo hasta las diez de la noche, hora infalible para encontrar a Paúl en la redacción de El Combate.

En nocturno paseo por rondas y proyectadas vías fue dejando minutos, horas, y cuando se aproximaban las diez entraba en la calle Ancha de San Bernardo por la de las Navas de Tolosa. Despacito avanzó hacia el fin de su caminata. Por la calle de las Beatas hizo su entrada en los Mostenses. Antes de dirigirse a la redacción, en la esquina de la escalinata que conduce a la travesía de la Parada, dio la vuelta a los tinglados de la plaza por el Oeste, con el fin de reconocer el terreno; cruzó frente a la calle del Álamo; detúvose en la rinconada; en la bocacalle de la travesía del Conservatorio vio dos bultos que guardaban las esquinas. Nada de esto extrañó a Vicente, pues ya sabía que los mesnaderos de Paúl guarnecían la redacción, diariamente vigilada por la policía y a veces asaltada por la Partida dela Porra. Uno de los bultos que custodiaban la callejuela, dejaba ver su rostro: Vicente creyó reconocer al ferocísimo, al membrudo y peludo Paco Huertas; pero no podría jurar que fuese él... Al dar la vuelta, vio en la esquina de la calle del Rosal a otro individuo, que por lo hinchado del embozo debía de llevar trabuco bajo la capa. No se le despintó a Vicente la cara de aquel tipo. Era uno de los Quintines, héroe con Paco Huertas de la barricada del 22 de Junio en Antón Martín.

Entró en la casa de El Combate por una pieza baja en que tenían el cierre y despacho para la venta de números. El recinto estaba obscuro, y en él había hombres y muchachos cuya condición y oficio no era fácil precisar. Tipógrafos no eran, porque el periódico se componía y tiraba en la imprenta de Tello, Isabel la Católica, 23. Un chico señaló a Vicente la escalera que a la redacción conducía. Subiendo por ella topó el joven con un hombre conocido que bajaba. Era Tachuela, el dueño de la taberna donde comía Segismundo. Repitió Vicente su pretensión de ver sin demora al señor Paúl, y el tabernero, fluctuando entre la desconfianza y la cortesía, le dijo: «No sé si podrá verle. Está trabajando... Suba y pregunte, que don José recibe siempre a los amigos... y a los enemigos».

Peldaños arriba, Halconero tuvo una lúcida visión, hechura de su considerable saber histórico y literario. Y pensando que no era muy airoso compararse a una mujer, aunque esta fuese grande heroína, se comparó con Carlota Corday cuando subía la escalera de la casa de Marat, hasta llegar, guiada por la sirviente, a la estancia en que el brutal revolucionario y libelista aguardaba la muerte, metido en su baño... Apenas llegó arriba, vio Halconero la claridad de un aposento, y en este al terrible Paúl, no en el baño, sino escribiendo, encorvado sobre una mesa bajo la luz de un quinqué colgante... Junto a él, en pie, estaba el diputado federal jerezano Ramón Cala.

Sin pedir permiso ni andar en etiquetas, Halconero se coló dentro de la salita. El director y el redactor de El Combate le miraron sin gran extrañeza, quizás por estar hechos a las visitas de sorpresa, sin previa licencia de entrada. Después de mirarle, atendieron a lo suyo. Dichas por Paúl algunas palabras al redactor, este se retiró a una estancia próxima, concediendo a Vicente una sonrisa benévola.

Alzó Paúl los ojos de lo que escribía, dejando salir de su boca una interrogación rutinaria, sin interés: «¿Qué se le ofrece, caballero?...

-Yo creí -dijo Halconero firme de acento y sereno de rostro-, que bastaba mi presencia para que usted comprendiera...

-Pues no caigo... pero, en fin, señor mío, con decírmelo usted salimos de dudas... Dispénseme un momento. Déjeme acabar este sueltecillo... cuestión de medio minuto... y luego hablaremos todo lo que usted quiera».

Con un monosílabo asintió Vicente, y en la corta espera, viendo y oyendo el rasguear de la pluma del jerezano, pensaba que este se hallaba completamente fresco, y que la hora del copeo no había llegado aún.

Terminó Paúl en breve tiempo su trabajo; dio un silbido; vino un chico de la imprenta, en cuyas manos negras puso las cuartillas, con una orden seca, y...

«Pues usted dirá... ¿Por qué no se sienta?

-Gracias: estoy bien así... Si no comprende usted a qué vengo, es que ha perdido completamente la memoria...

-¿A ver, a ver?

-Perder la memoria de anoche acá, es cosa incomprensible, a no ser que usted se quite la memoria cuando le conviene, como se quita uno los guantes o el sombrero.

-¿A ver?... Explíquese mejor», dijo Paúl fríamente, sacando su revólver y poniéndolo sobre la mesa, junto a las cuartillas en blanco.

Halconero requirió en su bolsillo el arma que traía, y sin sacarla, sacó del pecho estas graves razones: «Yo le avivaré la memoria diciéndole que anoche nos cruzamos usted y yo en la calle de la Palma. Usted llevaba consigo un tropel de gente; yo iba con Enrique Bravo. Los amigos de usted se permitieron insultar a Enrique. Luego, usted, sin la menor provocación de mi parte, vino hacia mí, y con formas soeces me injurió... Personalmente no me hacían gran mella sus ofensas; pero usted injurió también a la primera señora del mundo, que para mí es mi madre, y esto no se lo tolero yo a ningún nacido. Vengo, pues, a que usted se trague todo lo que dijo, o de lo contrario tendré que romperle la crisma, exponiéndome, como es natural, a que usted me la rompa a mí.

-Bien, joven -replicó el hombre terrible tirándose hacia atrás en el sillón, con sonrisa más guasona que iracunda-. Así me gusta a mí la gente. Estoy a sus órdenes. Elija dos amigos que vengan a tratar con los míos las condiciones del lance...

-La magnitud del agravio me manda prescindir de esa farsa, de las formas y etiquetas del duelo. Sin testigos nos entenderemos mejor usted y yo... Y si no se aviene a que nos matemos con esta sencillez primitiva, me veré en la precisión de asesinarle... Decida pronto.

-Decido que sí... que se hará como lo desea el chico de Halconero -afirmó Paúl echándose adelante...-. Quiero ver si es usted un hombre, aunque el verlo me cueste la pena de matarle, con lo que haré a su señora madre daño mayor que el causado por las palabras que de ella dije... palabras y ofensas de que no me acuerdo, ¡caray!... puede creérmelo.

-¡Lo niega, lo niega y se desdice ahora! -exclamó Vicente con mayor coraje.

-No niego, señor mío -replicó Paúl flemático en grado sumo-. Digo que no me acuerdo; pero pues usted afirma que dije esto y lo otro y no sé qué, yo lo doy por cierto. Me basta su testimonio, y ya ve que hago honor a su palabra... Nada, nada: nos batiremos en esa forma primitiva que desea, forma verdaderamente trágica y hermosa... Se asombrará usted si le digo que empiezo a sentirme cansado de la vida... ¡Esta lucha, esta tensión continua...! Lo peor será que el instinto de defensa pueda más que mi cansancio, y que le mate a usted... Por muy bien que tire el chico de Halconero, yo tiro más... Nada: lo dicho, dicho... Me parece que no hay prisa, que podemos esperar a la madrugada. En cuanto yo cierre el periódico, estaré a su disposición... Tome asiento, espere, o vuelva por aquí: como usted guste».

Dijo Vicente que esperaría, y cuando con heroica paciencia se sentaba en la silla más próxima, entró Ramón Cala con cuartillas que había de someter a su amigo. Después de examinarlas rápidamente, Paúl dijo a Cala: «Este señor viene a desafiarme por palabras que, según él, pronuncié anoche... palabras ofensivas para su madre... ¿Tú te acuerdas?».

Ramón Cala, que debajo de la fiereza revolucionaria y de los arrestos demagógicos ocultaba una bondad angelical, se explicó en esta forma: «Palabras, sí, que no tienen ningún valor... dichas en momentos de abandono y alegría... alegría que sale de los vapores de la cabeza, levantados por unas copas de más... ¿Y por eso quieren matarse?». Llegose a Vicente, y agraciándole con una sonrisa y un palmetazo en el hombro, le dijo: «Mire usted, joven: yo lo arreglaría de este modo...». Y en el momento de oír Halconero el de este modo, subió del piso bajo y de la plazuela un gran estruendo; sonó un tiro... otro tiro...

Paúl saltó de su asiento gritando: «¡La Porra, la Porra! ¡A ellos!». Con brinco felino corrió a coger un trabuco colgado tras de la puerta. Sus voces parecían gruñidos al decir: «Joven... usted no sirve para estas trifulcas. Quédese aquí. ¡A ellos, a ellos!».