XIV

«Verás lo que ha pasado -dijo el Coronel Ibero a su amigo Vicente, cuando embozados en sus pañosas salían del Congreso entre dos y tres de la madrugada del 19 de Marzo-. Como he pasado la noche entre bastidores, he visto el manejo de la maquinaria. ¿Por qué sortilegio diabólico se cambió la suerte, y los 123 votos que las oposiciones creían suyos pasaron a ser del Gobierno? Vas a saberlo. Hay en las Cortes una fraccioncita de cinco, seis o siete individuos que se han puesto el rótulo de independientes... Ya sabes cómo califica el Marqués de Albaida a los independientes, descomponiendo la palabra... Pues estos caballeros que tal nombre se dan, son familiarmente conocidos con el apodo de los Perlinos, porque en ciertos días se reúnen a comer en el café de la Perla. Son, en puridad, pretendientes disgustados: uno lo está con Sagasta porque le negó no sé qué favor, otro con Rivero porque no le despachó tal o cual expediente. Lo cierto es que se han juramentado para constituirse en grupo atrabiliario, o en puerco-espines políticos que no se casan con nadie.

Refirió Halconero que en la tribuna de los periodistas, a donde se pasó para estar con Segismundo, oyeron, a eso de la una, voces tremendas que muy cerca sonaban. Preguntado el hujier, este les dijo: «Son los señores perlinos, que están en la Sección Sexta».

«Sabrás ahora quién daba esos gritos -prosiguió Ibero-. En el Salón de Sesiones, los amigos del General y los secretarios de la Mesa contaban y recontaban los diputados adictos y no adictos para poder anticipar el resultado de la votación. La cuenta no salía... faltaban votos... En esto dijeron a Prim que los independientes estaban reunidos en una sala de arriba, y que se abstendrían o votarían en contra... Montó en cólera don Juan, y llamando a su amigo el doctor Mata, que, según parece, tiene algún ascendiente sobre los puerco-espines, le dijo: «Perico, vete a la Sección Sexta y no bajes sin traerte a esos majaderos a paso de carga, y si se resisten, subiré yo por ellos». Los gritos que oíste los dio Mata poniéndolos de vuelta y media por no querer votar con la mayoría, como era su deber. Ello fue que todos menos uno entraron por el aro... Me río yo de ciertas independencias cuando hay un pastor que sabe conducir las manadas de hombres... A la voz de Radicales, a defenderse, balaron todos el voto, y se salvó la situación... se salvó la Patria».

Añadió el Coronel que Prim era la clave de la libertad y del porvenir de España, y que si aquel hombre faltase, volveríamos tarde o temprano al reino de las camarillas, bajando de tumbo en tumbo hasta ponernos otra vez debajo de las tocas de Sor Patrocinio y del solideo del Padre Claret. Lo que parece vencido y muerto no lo está, y a cada momento sentimos el resuello del fantasmón que quiere volver a darnos guerra y a metérsenos en casa... De este asunto pasó el Coronel a otro que particularmente le interesaba, y era que Prim quería traerle de nuevo al servicio activo. Base principal de su política era tener a su lado a todos los hombres de probada lealtad y firmeza... Locuaz estaba don Santiago aquella noche. No bastándole el corto trayecto del Congreso a su casa para desahogar su mente congestionada, se pasearon un rato entre la plaza del Rey y la entrada al Ministerio de la Guerra por el Barquillo, dándose el uno al otro sus opiniones sobre el grande hombre que regía las Españas. Después de apurar los conceptos encomiásticos, Halconero puso una sombra en la espléndida figura del Presidente del Consejo, y fue de este modo:

«Grande admiración debemos a Prim por su energía, por su buen tino como pastor de pueblos y por su habilidad o astucia política; que en él se manifiestan reunidos el león y el zorro. En alto grado posee el valor, la inteligencia; pero los sentimientos de moralidad... de esa moralidad que debemos llamar pública, no están en él muy claros... El hombre se va con Maquiavelo, sin comprender que el maquiavelismo no encaja en el genio, en los humores, como dice Mariana, del pueblo español. La idea de vender a los Estados Unidos la Isla de Cuba es un alarde de positivismo llevado a las últimas consecuencias, y ese positivismo será siempre mirado como una ignominia en esta nación romántica, que ha sabido conquistar colonias y perderlas; pero venderlas no, mi querido don Santiago.

-También oí yo esa monserga de la venta de Cuba -dijo Ibero en tono displicente-; pero no lo he creído. Recordarás que hace pocas noches, en casa, hablamos de esto a Marcelo Azcárraga, Jefe de la Sección de Campaña en el Ministerio. De él y de Sánchez Bregua se dice que son los brazos de Prim... Pues Marcelo, al oírlo, rezongó malhumorado: 'No debe hablarse de semejante asunto sin conocerlo a fondo'.

-Bien comprende usted, mi Coronel, que don Marcelo no ha de decir cosa alguna que sea depresiva para su Jefe. El mal humor de ese señor y el de otros adláteres de Prim demuestran que lo de la venta es verdad. ¿Y cree usted que se vende un pedazo de España con sus habitantes, como se vendería una dehesa con sus rebaños? Los millones que cogiera España por ese negocio se le desvanecerían como el humo.

-En eso estamos conformes... Y de veras te digo que cuando oigo hablar de vender un lote del solar español, me corre un cierto escalofrío por el espinazo, y se me salen a la boca las expresiones de ira que son verbo patriótico para nosotros los aragoneses... Yo, no obstante lo que se dice, pienso que Prim no es hombre que se ponga, como quien dice, enfrente de la vergüenza nacional. Yo te prometo que he de enterarme de lo que haya... pues sin duda algo se ha tratado que pudo motivar esos desatinos. Las ideas más altas pueden, hijo mío, convertirse de honradas en afrentosas al pasar de la mente de un grande hombre al magín desconcertado del vulgo... Y ya sabes, tú lo has dicho: en ciertos terrenos, toda España es plebe». Con esta sensata resolución de buscar elementos de juicio, aconsejada por la lógica y la hora (las tres y media de la madrugada), se despidieron, y cada cual se fue a buscar su descanso.

En lucha interna vivía por aquellos días el Coronel Ibero, solicitado por Prim para volver al servicio de la patria, y requerido por su propio espíritu a la quietud y al cuidado de sus haciendas. Gracia, que al oír las primeras indicaciones de don Marcelo, mandatario de Prim, había sentido repugnancia de ver a su amado esposo en los trajines militares, se dejó al fin picar de la ambición. El ascenso Brigadier no se haría esperar; y luego... Mariscal de Campo y Teniente General como tenerlo en la mano... El principal motivo de que don Santiago quisiera terminar sus días en la vida privada, era el aplanamiento en que le habían dejado la desaparición de su primogénito y la muerte de Fernanda. Acerca de esto, Demetria y su esposo don Fernando opinaban que la actividad marcial sería para las heridas del alma mejor medicina que el vivir sedentario...

En estas dudas, inclinándose a ratos de una parte, a ratos de otra, Ibero iba muy a menudo a Buenavista donde disfrutaba el privilegio de la franca entrada en el despacho del General. Pensando en sus cosas y en los graves aprietos que enzarzados unos en otros le salían al Gobierno, se fue al Ministerio una mañana, en los postreros días de Marzo. Llegó al portal por los desmontes de la calle de Alcalá, dejó a la derecha la escalera grande, y por una puerta humilde, a mano izquierda, llegó a la escalera de servicio privado, por donde a sus habitaciones particulares subía el Ministro y Presidente del Consejo. Todos los ordenanzas le conocían. Bastó un simple anuncio para que se le franqueara el paso a la estancia en que Prim despachaba los asuntos corrientes.

«No podías llegar más a tiempo, Santiago -dijo el héroe de los Castillejos, señalándole el asiento frontero al suyo en la mesa de despacho-. Hace un momento decía yo al amigo Azcárraga y a Sánchez Bregua: 'Hoy que necesitamos a Ibero, verán ustedes cómo viene. Tengo yo una suerte loca para las evocaciones. Me siento magnético... Cuando deseo ver a un amigo, el amigo viene; cuando deseo perder de vista a otro, ese otro se muere, o se lo llevan los demonios'. Siéntate, y fuma un cigarro».

La estancia era grande y señoril, sillería y paredes vestidas de seda carmesí rameada de blanco. Fuera de la escocia y techo, en que subsistían pinturas del género tonto-pompeyano, un tono de noble elegancia imperaba en la sala-despacho del Ministro. Aristócrata por naturaleza, ya que no por nacimiento, Prim amaba los esplendores suntuarios, y quería convertir el palacio de la Guerra en morada de príncipes.

A la derecha del General se sentaba Sánchez Bregua, Mariscal de Campo y Subsecretario; a la izquierda el Coronel Azcárraga, Jefe de la Sección de Campaña. Los tres vestían de paisano. El Subsecretario, terminada la firma, recogía y apilaba los papeles, después de quitar a cada uno los polvos secantes, devolviendo estos al arenillero.

El Presidente del Consejo siguió así: «Como los pasillos de tu propia casa conoces tú, querido Santiago, los caminos de Estella a Vitoria, de Estella a La Guardia...». Afirmó Ibero que todo aquel terreno se lo sabía de memoria, y por él andaría con los ojos cerrados. Tratábase de adoptar con tiempo las medidas necesarias para cerrar el paso a una partida carlista que, según confidencias recientes, se formaba en las Amézcoas para recorrer y alborotar los pueblos ribereños del Ega... Asesoró Santiago, diciendo que con un par de columnas en Santa Cruz de Campezu y otra en Gauna o Maeztu, bien organizadas y al mando de oficiales conocedores del país, bastaría para destruir cuantas partidas de carcas o de bandoleros salieran de las guaridas altas de Urbasa y Andía. «No se olvide, mi General, de tener bien guarnecidas las posiciones de Peñacerrada y Pipaón, para cortar, en caso preciso, el paso al merodeo en la Ribera alavesa, que ha sido siempre la querencia de esos malditos».

Según indicó Azcárraga, para llevar una columna a Santa Cruz de Campezu tendría que sacarla de Vitoria o de Logroño. Con la organización de las fuerzas que había que mandar a Cuba, forzosamente quedarían muy mermadas las guarniciones de las plazas del Norte...

«Y las del Sur -dijo Prim con acento amargo-. Tenemos menos ejército del que pide nuestra guerra interior. Tanto hemos dicho ¡libertad, libertad! que ahora hemos de gritar ¡soldados, soldados!... O en otros términos, necesitamos libertad armada». De estos breves conceptos se derivó un diálogo vivo de apreciaciones y recuerdos. El uno relató episodios de Navarra, el otro de Cataluña o del Maestrazgo, y cada cual puso un renglón en la vaga y amena historia de España. Y partiendo de aquella documentación fragmentaria, don Juan Prim cogió de la mesa una goma de borrar y un pedazo de lacre, como don Quijote cogió las bellotas en el convite de los cabreros, y jugando distraídamente con aquellos objetos, sin que esto significara más que un ritmo maquinal o compás de la palabra, dio a la suya rienda suelta, no para celebrar, como el otro, la edad y siglos dichosos, sino para lamentarse de los afanados y difíciles que le habían tocado en suerte. Y ello fue en el estilo llano y descosido que usan los héroes en esta edad de hierro y papel, como por la muestra se verá:

«Prefiero, amigos, el tiempo de guerra declarada, con las viseras altas y las caras al sol, a esta paz guerrera en que nos sentimos cercados de enemigos, sin saber por dónde han de atacarnos, ni con qué semblantes vienen, ni qué arreos traen; paz que no es paz, sino un estado rabioso en el país y en los que lo gobiernan, pues todos rabiamos, todos maldecimos nuestra ineptitud para buscar y encontrar términos de inteligencia... Habrán ustedes visto, como yo, que España padece desde el año anterior una calentura muy alta, que más se enciende cuanto más agua fría tratamos de echar sobre ella con nuestra paciencia y nuestra moderación. No hay templanza que baste; no hay razón con fuerza suficiente para llevar la tranquilidad a este manicomio... Yo creo que pocos han de igualarme en energía y coraje cuando la ocasión lo pida; pero también digo que en paciencia doy quince y raya a los santos del calendario, y haré gala de esta virtud cuando todos se hayan disparado en la insensatez... Pero tengo en mis manos el porvenir de la Nación, y la Nación ha de decirme algún día: 'Juan Prim, no más paciencia, hijo'.

»Bien a la vista está que nuestro país ha venido a ser una caldera puesta al fuego. El agua hierve, hierve... Hace días, Figueras me dijo que prefiere la república más loca a la monarquía mas cuerda y liberal. Yo creo que no dice lo que siente, o que libre de responsabilidad, se entretiene en tratar los problemas de hoy con las ideas del siglo veintitrés... España sigue hirviendo. Los federales quieren que yo me ponga un gorro colorado, y salga por ahí con unas tijeras descosiendo el mapa de España, y haciendo cantones como los de Suiza. Yo digo que la Suiza que conocemos no se hizo con tijeras, sino con hilo y aguja. Primero existían los cantones; después vino la nación confederada... ¡Federalismo! ¡Ah! yo admiro a mi paisano Pi y Margall. Es gran filósofo y hombre de perfecta rectitud y pureza. Pero entiendo que la pureza pura y la recta rectitud no hacen los pueblos, ni los sacan de los atolladeros hondos en que se atascan por obra y gracia de la historia de cada día. La historia no es filósofa cuando está pasando, sino después que ha pasado, cuando vienen los sabios a ponerle perendengues... Los pueblos no entienden la filosofía cuando están descalabrados, febriles y muertos de hambre. El único filósofo que puede crear obras duraderas es el Tiempo, y nosotros, plantados en un hoy apremiante, tenemos la misión de resolver el problema de un solo día... Este día puede ser de veinte, de cincuenta, de cien años...

»El agua española hierve; pero se dan casos en que puedo meter los dedos en ella sin quemarme. Hay entre los políticos actuales alguno o algunos que me dicen: 'Prim, no se devane los sesos buscando rey, y pues usted conduce el carro, llévelo por el camino llano y hágase Rey de derecho; que de hecho ya lo es...'. Oigo estas cosas, y... como digo... no me quemo, antes bien enfrío el agua al meter en ella mis dedos... ¿Qué quieren?, ¿que haga yo el Iturbide, o el tiranuelo de otra república americana? No he nacido para eso... El rey que a España traigamos será de sangre Real, será rama de una gloriosa dinastía, y personificará la fusión perfecta del principio monárquico y del principio democrático... No será rey ningún figurón de quien el pueblo español pueda decir: te he conocido ciruelo...

»Las cabezas están en ebullición: pondría mil ejemplos; pero quiero fijarme en el más expresivo, en la cabeza de Paúl y Angulo, que ha llegado al mayor desvarío y exaltación, por no saber encerrar las ideas dentro de los límites que marca la razón. ¡Oh! la razón de Paúl es un cohete continuo que va por los aires estallando sin cesar, y derramando chispas cuando sube, lo mismo que cuando baja... El pobre Paúl es un caso digno de estudio. En ocasiones me ha parecido un niño, en ocasiones un desalmado. De todo tiene un poco... Yo le quiero; no puedo olvidar que me ayudó y sirvió, mostrando un corazón más grande que la copa de un pino... Después ha enloquecido, como si las ideas se le volvieran infecciosas, envenenándole el cuerpo y el alma. Tales han sido sus exigencias, tan desconsiderados sus ataques a mi persona, que he tenido que mandarle a paseo... Y de paseo está. Fugitivo después de la sublevación federal, vivió en Lisboa, luego en Londres... ¿Y saben ustedes lo que se le ha ocurrido para matar sus ocios en el destierro? No lo creerán si no lo afirmo con toda seriedad, si no les aseguro que tengo pruebas irrebatibles del mayor desatino que ha podido caber en cabeza humana... Oigan esto, que es lo más célebre...

»De Londres vino Paúl a París, donde organizó una peregrinación a Roma. ¡Y qué peregrinación tan pía! Era una partida de aventureros italianos y españoles, de demagogos franceses, lo más perdido de cada casa. El objeto de la peregrinación era disolver a latigazos o a puntapiés el Concilio Ecuménico... arrojando de San Pedro a los obispos, y... no sé lo que haría con el Papa... ¿Hase visto demencia igual?... (Risas de los tres oyentes.) Pues ya tenía unos noventa peregrinos, todos ellos de lo más bragado que existe en el mundo, cuando hubo de abandonar su empresa, porque Mazzini, a quien dio conocimiento de ella, le escribió diciéndole que no intentara locura tan descomunal... Quien ha visto la carta me ha contado el hecho, y el consejo de mi amigo Mazzini... Pues al tono de ese cerebro delirante están hoy muchos cerebros españoles. Cada uno chilla y desentona por su lado. Díganme ustedes qué director de orquesta podría concertar estas músicas, y sacar un sonido agradable de esta desafinación sin fin». (Asombro, risas y comentarios donosos de los oyentes. El héroe les convidó a almorzar.)