X

Volvieron los dos amigos a Carabanchel, donde pasaron juntos la noche. Vicente contó a su madre lo que había visto, esmerándose en la veracidad, bien adornada de los más sutiles pormenores, y poco después anotaba en su cuaderno el sangriento drama del sábado 12 de Marzo. Terminó la velada con el acuerdo de que Lucila volvería con su hijo a Madrid... Y en la siguiente mañana, cuando Bravo y Halconero salieron a buscar coche, toparon de manos a boca, en la carretera, a la menor de las tres damas negras, que el Carbonerín con chunga y solecismo llamaba las ecuménicas. Era Rafaela Milagro, que había pasado la noche en la casa de su amiga la viuda de Oliván. Como Vicente se asustara del encuentro, Enrique le dijo: «Pues ayer por la mañana, cuando entraba yo en la calle de Toledo para coger el coche en la tienda del botijo, me encontré a la estantigua mayor, la feroz Domiciana... Temblé y me dije: 'Malum signum. Algo muy grave tendremos hoy'. Ya ves cómo acerté...». Serían las nueve cuando salieron con Lucila. La buena señora partió desconsolada, oyendo el tierno piar de la infantil pollería.

Fue para Vicente aquel domingo, 13 de Marzo, día de variadas sorpresas y emociones. Iba por la calle de Alcalá viendo el señorío concurrente a las misas de Calatravas y San José, cuando se encontró de sopetón al coronel Ibero, el cual, después de abrazarle con paternal afecto, le reconvino cariñosamente en esta forma: «Pícaro, no has ido a vernos... Tu madre nos dijo: «Vendrá mañana», y ese mañana no acaba de llegar... Vivimos con Demetria... Mi cuñada y su marido desean conocerte... «¡Pero ese chico!... ¿Qué hace que no viene?...». Enrojecido de vergüenza, se disculpó Halconero con vagas razones en que puso toda su alma. Y prosiguió Ibero: «Ven pronto, y conocerás a las dos niñas de Demetria... Verás qué monas, qué simpáticas... Y bastante instruiditas...». La confusión de Halconero subió de punto, y su vergüenza le encendió más el rostro cuando vio venir a la señora de Calpena con sus dos hijas que salían de San José. Las tres llevaban luto por Fernanda. «Aquí las tienes... -dijo don Santiago-. ¡Vaya, que es casualidad!». Hecha la presentación, se metió Vicente en el berenjenal de los saludos, entreverados con excusas, apretando lindas manos, y desenvolviéndose atropelladamente del gracioso enredo en que le ponían la cortesía y la timidez.

En Demetria vio acabado modelo de gracia y afabilidad, y en las dos damiselas, lindas muchachas muy interesantes, si bien harto inferiores al clásico tipo de su prima Fernanda. Acompañando a la noble familia por la calle de las Torres hasta la del Barquillo, dijo Vicente que había presenciado el desafío y muerte del Infante don Enrique; y al comentario que hicieron las damas y el Coronel, este agregó informes auténticos, transmitidos aquella misma mañana por un testigo presencial, don Fermín Lasala. «Cuando llegó a su residencia, a las once de ayer, el Duque de Montpensier iba tan atribulado, que los amigos que allí le aguardaban le creyeron herido. Federico Rubio le sostenía; entre todos le llevaron a su habitación... Diéronle a beber tazas de tila con éter, y temiendo una congestión, por la tarde le sangraron... En la noche del viernes al sábado, don Antonio no pudo conciliar el sueño... Redactó un codicilo... Su esposa le había telegrafiado estas palabras: No te batas; despréciale... La respuesta de él fue: Nada temas; no pienso batirme...».

Y la sin par Demetria llevó también su parte de testimonio al suceso del día. «Pepe Beramendi le dijo anoche a Fernando que el pobre don Enrique confesó y comulgó anteayer en las Descalzas Reales, donde está sepultada su esposa, Elena de Castelví... Lo supo por el propio capellán de las Descalzas, señor Pulido y Espinosa... Don Enrique llegó hace poco de París: allí tiene a sus hijos menores, internos en el Liceo Napoleón... Le amargaba el presentimiento de una desgracia próxima. Vivía solo y aislado en su caserón frío de la Costanilla, donde le visitaban republicanos de los más rabiosos, muchos de ellos afiliados en la Masonería. Contaba el Infante... así lo refiere el Capellán de las Descalzas... que al despedirse en París de la Reina doña Isabel, esta le dijo: «Si vas a España, primo mío, haz cuanto puedas para que no sea Rey Montpensier». El hombre así lo prometió, y ha cumplido, porque de esta tragedia ha salido el vencedor imposibilitado para pretender una corona que ayer manchó de sangre...». En las despedidas se mezcló profanamente el espanto de la tragedia con el lindo entremés de instar al chico de Halconero a que apresurase la visita. No se preocupara de la hora... De tarde, salían poco; de noche, nunca... Adiós, adiós, y finezas y apretoncitos de manos.

Encantado quedó Vicente, y al retirarse a su casa (que ya se aproximaba la hora de comer), hacía propósito de pagar sin demora su deuda social con tan noble familia. En la calle Mayor se encontró a Segismundo García Fajardo, el cual le dijo que el cadáver de don Enrique había sido trasladado a su casa, donde le embalsamarían para exponerle al público. La masa popular proyectaba una demostración de simpatía con su poco de ruido y parambomba. Quedaron en reunirse por la tarde en el Café Universal, para de allí alargarse a la Costanilla y ver lo que pasaba.

Acudió Halconero a la cita, y con Segismundo y otros amigotes de este, pasó largos ratos de conversación perezosa en aquella parte interior del Universal, que formaba un martillo con salida al portal de la casa, departamento en que se reunían los canarios, servidos por Pepe el Malagueño. Era una tertulia de las más amenas de Madrid, compuesta de estudiantes de Derecho, de Medicina y de Caminos, y reforzada por personas mayores curtidas de marrullería y experiencia. Corrieron allí de boca en boca noticias referentes al duelo del día anterior, las unas verosímiles, extravagantes las otras, muchas de ellas transmitidas por el verbo inconsciente del Malagueño, que de mesa en mesa llevaba con el servicio sus fantásticos discursos. No ha existido mozo de café que en tan alto grado poseyera el don de las peroratas hinchadas y burlescas para divertir a los parroquianos. «Sé de buena tinta -dijo un chico de Derecho- que el reloj del Infante desapareció mientras estuvo tendido en el campo del honor, antes de la llegada de la justicia...». «Pues a mí me consta (esto lo dijo un caballero viejecito, clérigo sin hábitos) que con el reloj volaron veinte mil duros en billetes, que del señor Martín Esteban había recibido don Enrique por venta de sus muebles: lo sé por el barbero que afeita al Capellán de las Descalzas Reales».

No podía faltar el comento de un discreto canario: «También es ocurrencia ir a un duelo con veinte mil duros en el bolsillo». Y el otro completó así su informe: «No le dejaron más que los retratos de sus hijos, y una carta-orden que le dio Napoleón III para su Embajador en Madrid, encargando a este que velara por la seguridad del Infante». «Pues yo sé... -dijo el Malagueño en pie frente a los parroquianos-. En la mesa de los bolsistas lo han relatado... Pregunten a los bolsistas que están de cuerpo presente en aquella mesa... Pues yo sé que el Infante escribió a Espartero para que viniese a ser su padrino. Y Espartero le contestó: «allá voy»... Vele ahí por qué adelantaron el desafío... Porque si llega a venir el de Logroño, por primera medida consagra al don Enrique Rey de España por los cuatro costados»... Y Segismundo habló así: «Dinos, Pepe, ¿no has oído tú que la pistola de don Enrique la cargaron sin bala?». Y el Malagueño respondió besándose los dedos: «Por esta cruz, que nada oí de ese desacierto... Lo que sí dijo el jorobeta vendedor de fósforos es que los padrinos volvieron a Madrid un poco ajumados, y que Montpensier se tapó la boca con el pañuelo, y luego los ojos, para que no se le conociera que lloraba cuando vio muerto a su contrincante... Lloró y puso sus gritos en el sol, diciendo: '¡Ay, Dios mío, qué día tan desgraciado!... Yo no quería matarle, sino darle una lección del catecismo... por deslenguado y contraproducente...'. El Infante había insultado al Duque con piropos provocativos en letra de molde, sarcasmo y vituperio con las de Caín... No iban a matarse, sino a velar por el honor consabido de mancomún, quedando en situación pacífica, y desagraviados de suyo cada cual. Con un pim-pum y tente tieso se cumplía para la visualidad. Pero las pistolas no entendían de fililíes, señores, y hubo la de caiga el que caiga. Esto es lo que llamamos tragedia superior... Según viene el tiempo, tendremos tragedia para todo el año... ¡Va!».

Con este grito acudió al servicio de otros parroquianos, dejando a los primeros en el vértigo de sus conversaciones... El voluble Segismundo, que ya se cansaba de aquella forma de ociosidad, propuso a su amigo tomar el aire en un corto paseo. Salieron, y apenas traspasada la puerta del café, vieron tropel de gente que subía por la calle de Alcalá, con voces y risas que les sonaron a motín. El rumor de jarana era, en aquel bendito tiempo, el tono corriente del resuello de las multitudes, y los ciudadanos no se asustaban de oírlo. Tranquilos y casi gozosos se metieron entre el gentío, ansiando saber por qué chillaba el buen pueblo de Madrid.

Oyendo aquí, preguntando allá, enteráronse los dos muchachos de que había salido por las calles una manifestación de protesta contra las quintas. ¡Oh, la eterna pesadilla del pueblo español! ¡Neurosis de rabia impotente!... Iban los manifestantes por Recoletos un poco desmandados, cuando acertó a pasar entre ellos el General Prim, que a caballo volvía de su paseo en la Castellana. Hombres y mujeres se arremolinaron en torno al jinete, cortándole el paso... Manos convulsas le conminaron, voces airadas le pidieron que cumpliese los sagrados compromisos de la Revolución.

El héroe se mantuvo sereno y digno; díjoles que ejercitaran con más comedimiento el derecho de manifestación, y picando el caballo, se zafó gallardamente. La multitud no se dio por convencida; siguió tras él... Cerca ya de la Cibeles le arrojaron una piedra, que dio en el anca del caballo... El General vio a tres bigardones con las peladillas en la mano, dispuestos a tirar. A los policías que allí se le agregaron, ordenó que los detuviesen y los llevasen al Ministerio de la Guerra... Total: que en presencia de Prim, los criminales rompieron a llorar... ¡Ellos no habían sido!... Se ignoraba lo que pasó después. Probablemente, el General les pondría en libertad. No era hombre que, por un quítame allá esa piedra, se enfrascara en la devoción del Orden y del sacro Principio de Autoridad.

«Pues anochece ya -dijo Segismundo a su compañero-, vámonos a San Ginés, a rastrear mi conquista eclesiástica. Pasaremos un rato bueno. Pero no te asustes si en el sagrado recinto nos encontramos a la Triple Hécate, como tú dices; que si al entrar tomamos agua bendita, las Ecuménicas quedarán desarmadas de sus atroces maleficios». Allá se fueron gozosos, y llegaron cuando concluía la función vespertina con Sermón y Reserva. En el patio de la calle del Arenal les estorbó el paso el tropel de mojigatería de ambos sexos, y colocados en atisbo junto a un puesto de flores, vieron salir en la última tanda a las tres negras mujeres. Ya sabía Segismundo que en la calle se separarían, partiendo dos hacia la Puerta del Sol, y la tercera en dirección contraria, para reunirse en otra iglesia una hora más tarde, después de cenar. Así fue. Domiciana y Rafaela tiraron de una parte; y cuando la Donata quedó sola, se le agregaron los dos jóvenes para darle convoy hasta su casa.

«Dispénseme la sin par Donata -le dijo Segismundo con fino rendimiento-, si hemos llegado tarde a San Ginés... La culpa es de este amigo, que tenía su arreglito y Cuarenta Horas en el Oratorio del Olivar.

-Déjeme en paz -respondió la dama, tétrica por su obscura y pobre vestimenta, blanca y bella por su faz de Dolorosa compungida-. Ya le he dicho que no me siga, que no me ronde ni me hable en la calle, y menos en la iglesia... Es usted enfadoso, y trae consigo, aunque quiera disimularlo, un olor de masonería que apesta.

-No soy masón, Donata, ni lo es mi amigo, a quien con todo el respeto debido presento a usted... Vicente Halconero y Ansúrez, de familia noble y cristiana, niño sensato y puro, que por las noches y de mañanita reza el Con Dios me acuesto, con Dios me levanto... Si usted nos lo permite, le daremos escolta hasta su santa casa.

-Ni quiero que me acompañen, ni voy a mi casa, don Segismundo -replicó la Ecuménica, concediendo a los galanes, por especial misericordia, una leve sonrisa de amabilidad-. Esta noche no ceno, porque las sobrinas del Cura de San Ginés se empeñaron en darme merienda más fuerte de lo que tolera mi estómago... Chocolate del que llaman macho, con dos ensaimadas, y encima cabello de ángel y otras golosinas. Puede creerme que me ha quedado acidez y rescoldera... Ya no voy a casa. Esperaré a mis amigas en Santa Catalina de los Donados, tres pasos de aquí, donde tenemos la Novena de San José.

-Por mi fe y mi salvación le juro, hermosa Donata, que poco antes de encontrar a usted estábamos Vicente y yo en gran perplejidad por decidir en qué iglesia gozaríamos la Novena del Santo Patriarca. Y ahora que usted nos indica el modesto santuario de Santa Catalina, ya no dudamos, y allí nos meteremos, que yendo detrás de usted entraremos en la Gloria.

-Embustero, farsante, váyase con Dios, si con Dios pueden ir los masones.

-Hermana, ya le dije que me salí de la Masonería y abominé de sus gatuperios infernales, porque usted así lo quiso. La bella Donata es mi redentora, y yo su hermano espiritual.

-Malos vientos corren para el Masonismo, señor don Segismundo. Ya ve usted lo que le ha pasado a ese pobre don Enrique. Pues esta tarde, en la Castellana mismamente, han apedreado a don Juan Prim. Parece que la descalabradura ha sido tremenda, y que entre cuatro le llevaron al Ministerio de la Guerra, dejando tras de sí un reguero de sangre».

Díjole Segismundo que el caso no había sido tan grave, y Halconero se asombró de que Donata y sus amigas, que en el momento de la pedrea se hallaban devotamente recogidas en San Ginés, conocieran con tales pormenores lo sucedido en Recoletos.

«En el recogimiento de la iglesia sabemos nosotras todo lo que ocurre -replicó la ecuménica con vaga petulancia-, y no aletea en Madrid una mosca sin que el zumbidito llegue a la capilla, a la sacristía o al confesonario... Y digo más... digo que aun de diabluras y francachelas masónicas sabemos más que ustedes, los que se pasan la vida ganduleando en calles y cafés... De seguro no saben que esta noche hay gran jolgorio y aquelarre solemne en esa casa donde está de cuerpo presente el pobre señor a quien dio muerte Montpensier, otro que tal... Pues en presencia del propio Infante difunto y condenado, habrá zarabanda con salterio, brindis con cítara o bandurria, y todas las escandalosas ceremonias que usan esos protervos para ofender a Dios.

-No lo sabíamos -dijo Segismundo afectando sorpresa y gravedad-; pero pues lo decís vos, gentil Donata, ello ha de ser cierto, como Dios es nuestro Padre».

En esto, llegando los tres cerca de la Costanilla de los Ángeles, vieron espeso gentío que estorbaba la entrada por la calle del Arenal. La plazoleta de Santa Catalina de los Donados estaba también favorecida de público... Por la travesía pasaron, y en la puerta de la menguada iglesia se detuvieron para contemplar, en las ventanas de la casa del Infante, la claridad de los hachones funerarios.

«Vicente amigo -dijo Segismundo revistiendo de solemnidad su intención picaresca-, penetra sin miedo en esa casa impía, para que veas y aquilates y puedas contarnos todas las borricadas que hagan esta noche los de la Acacia, con triángulo y garatusas. En esta plazoleta te esperaré, después de platicar un ratito con mi redentora dentro de la iglesita de mis amigos los Donados, pues donado quiero ser y a la santa fundación entregarme con bienes y persona». Fue Vicente a la casa mortuoria, y Segismundo, desobedeciendo a Donata que no quería compañía de hombre en los actos de culto, se coló tras ella en Santa Catalina.