VIII

Pasado un lapso de tiempo inapreciable (como toda fracción de tiempo perdido), y disuelta la tertulia, Halconero bajaba por la Costanilla de los Ángeles llevando a su lado a Segismundo García Fajardo; delante iban Bravo y Santamaría, el cual, después de secretearse un instante con su amigo, entró en la casa del Infante. Siguieron los tres por la calle del Arenal. Enrique encontró a su amigo Felipe Ducazcal y se fue con él; Segismundo se metió en San Ginés, donde, según dijo, ojeaba una conquista... ya le contaría... caza mayor... una hermosa res de las que corren a la querencia del coto eclesiástico, y en él había que perseguirla y cobrarla.

Despidiéronse a la entrada del patio, y Vicente se alegró de encontrarse solo. Cabizbajo marchó a su casa, condoliéndose de que en su alma no encontraba calor nada de lo que en derredor suyo veía. La política callejera le hastiaba cada día más. Amaba al pueblo; pero no había sabido ponerse a tono con él, ni logró tampoco armonizar con las pasiones populares la ciencia extraída de los libros. El clamoreo de los clubs, la gárrula y ociosa charla de cafés y cafetines, que un día le divirtieron, ya le fatigaban. Veíase metido en el charco de las ranas pidiendo libertad, y la algarabía de aquellos batracios le resultó más molesta y jaquecosa que la de los que pedían un rey, siquier fuese de palo. Diariamente veía crecer Halconero el vacío que en su existencia dejó la muerte de Fernanda; vacío de sentimientos no más, pues las ideas abundaban y crecían con extrañas ramificaciones.

En su casa no hallaba medio de abrigarse contra el frío espiritual, porque su madre, que era para él único foco de calor, continuaba en Carabanchel entretenida con el abuelo en sus trabajitos de avicultura y de jardinería potajera. Con sus hermanos pequeños Manolo y Bonifacia se entretuvo el resto de la tarde; comió con su padrastro don Ángel, que si bien excelente persona, era un buen bloque de hielo espiritual, y al fin se recogió en la soledad plácida y casi religiosa de su aposento, donde le hacían dulce compañía la lectura y la meditación. Muchos días antes de lo que ahora se narra Vicente había encerrado en una gaveta de su mesa aquel Diario en que anotar solía, por Enero, impresiones varias y cuenta corriente de sucesos públicos y privados. El rayado libro yacía en el cajón, como Fernanda en su nicho; pero de pronto se le antojó al caballero inhumarlo, y llenando con largas cruces el espacio correspondiente a las fechas en claro, reanudó sus apuntes con casos de pura psicología, rápidas notas del estado de su ánimo. Véase la muestra.

«4 de Marzo.- Yo me siento aristócrata... ¿Y en qué te fundarías tú, Vicente Halconero y Ansúrez, para justificar ese sentimiento? En ninguna ley de sangre. Ni por la línea paterna ni por la materna me salen próceres ni caballeros. Mi padre fue labrador, de gloriosa dinastía de destripaterrones. Por su belleza, puede mi madre suponerse descendiente de los dioses del Olimpo; pero en el árbol de su linaje no aparecen héroes castellanos. Plebeyo soy, según lo que reza mi fe de bautismo. Y, sin embargo, tengo a mi padre por noble.

Mucho he pensado en esto ayer y hoy... Buscando mis ejecutorias, digo y sostengo que no hay en el mundo ademán más noble que el de mi abuelo Jerónimo Ansúrez. ¿Quién le iguala en la dicción castiza, quién le aventaja en las actitudes de gran señor? O mi abuelo es un prócer disfrazado de villano, o los villanos de antigua cepa labradora, del tipo del Alcalde de Zalamea, son los verdaderos fundadores de razas nobles. Esto me induce a estampar aquí un disparate, que entrego a mi propio paradojismo para sacar de él una gran verdad: La aristocracia es la agricultura.

5 de Marzo.- Poetas y dramaturgos me han enseñado el amor al pueblo. Yo amo al pueblo... en principio. Pero viéndome en contacto con las multitudes bullangueras y sudorosas, me han nacido estos instintos aristocráticos. Son ellos más fuertes que yo, y van invadiéndome poco a poco. Me sucede una cosa muy rara: soy más tímido ante el Carbonerín que ante cualquier persona de mayor categoría social. Envidio la acción de Felipe, y me figuro que también él siente algo de aristocrático rebullicio dentro de sí. No sé por qué me figuro que Carbonerín ama al pueblo... en principio. Sin rebozo alguno y confiado en el secreto de este Diario, estampo aquí mi pensamiento:Ven pronto, Dictadura.

8 de Marzo.- Me agradaría mucho conocer y tratar al Infante don Enrique. Veré si Santamaría quiere llevarme a su casa, presentarme... Los individuos de estirpe real y de dinastía destronada, ¿cómo son, qué piensan, qué dicen? Este ilustre señor permanece en España privado de toda distinción jerárquica; se llama demócrata, y si no lo es, hace cuanto puede por parecerlo. Además, es pobre: ¿qué mayor diploma de democracia que la pobreza? Su familia, que en la proscripción harto hace con atender a sí misma, le abandona, por no decir que le desprecia. Su hermano don Francisco, que le pagaba la casa de la Costanilla, hogaño tiene que cuidarse de pagar la propia en París...

Los resquemores del Infante datan de los días ya lejanos en que se consumó el enorme desacierto de las Bodas Reales... Así lo dicen los que conocen el asunto y han sido testigos de la creciente inquietud de este descontentadizo nieto de Carlos IV... Sólo de vista conozco al Infante. Se parece a don Francisco de Asís; pero el rostro de don Enrique es más varonil que el de su hermano. La frente y el cabello rizoso les dan semejanza... Lo demás del rostro indica en don Enrique un vivir de fatigas y aun de pasiones que no advertimos en el mirar inexpresivo y cuajado del esposo de doña Isabel... Una tarde, estando yo en la tienda de Prast, calle del Arenal, vi salir al Infante con un paquetito de dulces o pasteles que debían de ser para sus niños. Vestía con decencia un tanto estropeada y en uso cuidadoso. Al verle me dije: 'Adiós, sombra de Borbón, errabunda en los círculos del Infierno Revolucionario...'. Para mí solo escribo estas tonterías. No creo que el Infante dé que hablar a la Historia».

A la siguiente noche, don Ángel Cordero, que había cenado fuera de casa con sus amigos Barca y el Marqués de Santa Cruz de Aguirre, furibundos montpensieristas, entró poseído de grande enojo, que manifestaba con temblor de manos y pataleo semejante al de los chiquillos contrariados en sus travesuras. No satisfecho con desahogar a solas su rabietina, se lanzó a profanar la soledad de Vicente, que con sus lecturas y su Diario se entretenía como un estudiantón traga-libros. Entró, pues, rezongando en la leonera, y con el ademán resuelto y la voz tartajosa le sacó para llevarle a su despacho.

«Ven acá, hijo, para que te enteres de este papelucho... de esta infamia, por no decir canallada indecente...». La voz del buen señor se volvió lúgubre y remedaba el escucha y tiembla que en toda tragedia se oye como anuncio de un terrible relato. «¿Qué es esto?» -dijo Vicente cogiendo de la mano trémula el arrugado papel y pasando por él sus ojos. «Dudo que la indignación te deje leerlo hasta el fin -indicó don Ángel-. Dámelo... yo te leeré los trozos más desvergonzados para que veas a qué extremo llegan el cinismo y la grosería de ese desgraciado Príncipe. Tú dirás, como digo yo, que el que esto ha escrito está más loco que todos los huéspedes de Leganés. Sólo así se concibe que un magnate... que un individuo de sangre Real se produzca... es lo que digo... se produzca como suele producirse la plebe de los barrios bajos... Lee... no... dame... yo leeré el manifiesto que ha echado a las calles el titulado Infante... Atiende... escucha; reprime tu repugnancia: 'Cumple a mi honor romper el silencio, etc...'. En este párrafo se revuelve contra los que le acusan de hallarse acobardado ante el señor Duque, o en tratos sumisos con él... Luego... verás... se burla de los que piensan que Antonio I será coronado por don Juan Prim... y en el siguiente párrafo estampa estas ignominias: 'No hay causa, dificultad, intriga ni violencia que entibien el hondo desprecio que me inspira su persona, sentimiento justísimo que por su truhanería política experimenta todo buen español...'.

-Fuertecillo viene el hombre -dijo Vicente más risueño que indignado-. Esas querellas que entre ciudadanos del montón no pasan de Juan y Manuela, entre Príncipes adquieren tal resonancia, que bien puede meter el cuezo en ellas la trompetera Clío.

-Para mí, lo más indigno es lo que voy a leerte: 'Este Príncipe, tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos, cuya conducta infame tan claramente describe la Historia de Francia, habría sido proclamado Rey en las aguas de Cádiz si un ilustre compañero mío de Marina no se negase a manchar su uniforme indisciplinándose por Montpensier...'. Si lo dice por Topete, miente el bellaco, pues Topete no proclamó a la Infanta, porque Prim ¡ay! le ganó la acción echando por delante la Soberanía Nacional y diciendo a Topete (él mismo me lo ha contado): 'Luego se verá... Que la Nación decida'. Y la Nación no ha dicho todavía que sí ni que no... Este papelucho habla del dinero montpensierista, dando a entender que habrá diputados que voten al Duque mediante conquibus... No mil veces, Infante loco: le votarán por convicción y patriotismo.

-No se sulfure, don Ángel... y considere que en este juego de la elección de Rey, si no son triunfo las espadas, tal vez lo sean los oros».

Tan desconcertado y nerviosillo estaba el buen Cordero, que sus manos no tenían sosiego. Quitábase el lindo gorro, lo amasaba entre sus dedos hasta dejarlo como una pelota, y después lo desenvolvía para coronar de nuevo con él su prestigiosa calva... El papel difamatorio pasó de las manos de don Ángel a las de Vicente, que siguió leyendo: «¡Dicen los mercenarios que Montpensier es un ser perfecto, y el iris de paz y el Dios de bondad!... Por eso cuanta sangre se ha derramado, y tal vez se derrame antes de su completa desaparición, cae sobre su cabeza de pretendiente... El liberalismo de Montpensier, conducido por la fiebre de hacerse Rey, es tan interesado, que se merece la terrible lección que de cuando en cuando impone la justicia de las naciones indignadas».

-Más adelante verás sus ridículos alardes de patriotismo. Gibraltar le entristece... los héroes del 2 de Mayo le entusiasman. Mentira, fatuidad... Sigue...».

Vicente leyó: «En 1808, cuando mi padre provocaba el levantamiento del valiente pueblo de Madrid, era la invasión armada contra nuestra patria, y hoy es la invasión hipócrita, jesuítica y sobornadora, de los orleanistas contra nuestro país, tan cansado, tan desilusionado y tan ametrallado por los gobiernos...». Luego daba el Manifiesto su nota detonante con la bomba final: «Montpensier representa el nudo de la conspiración orleanista contra el emperador Napoleón III, conspiración en que entraron ciertos españoles de señalada clase. Pero que sepan esos conspiradores de Francia y España que, caída la dinastía imperial, no la heredarán los Orleans, sino Rochefort, o lo que es lo mismo, la República Francesa... Y sepan también que en España el esclarecido Espartero es el hombre de prestigio y el objeto de la veneración nacional, y de ninguna manera el hinchado pastelero francés...».

Así terminaba la rencorosa diatriba del de Borbón contra el de Orleans. Inquieto y medroso, don Ángel Cordero concretó sus recelos en esta forma: «Pienso, querido Vicente, que los propósitos de ese infernal don Enrique no se limitan al escándalo. Lo que has leído es una provocación, un reto para llevar al Duque a un lance de los llamados de honor... Se le insulta, se le induce a volver por su dignidad, le obligan a batirse, y pim, pum, le matan... ¡Qué manera tan sencilla de resolver la cuestión de interinidad! Al Rey más calificado, ¿te enteras? más grato a la opinión, se le quita de en medio con un poco de farándula caballeresca y un mucho de alevosía... y ¡viva la Pepa!... La Pepa es la republiquilla federal... Pero... lo que yo digo: podría suceder que les saliera la criada respondona. ¿Has oído tú que el don Enrique es un gran tirador?

-Nunca oí tal cosa -replicó Vicente-; pero bien podría ser verdad, que el juego de las armas fue siempre arte de príncipes... ¿Cree usted, don Ángel, que esta querella entre el Orleans y el Borbón acabará en desafío?

-No, hijo, no. Sería lamentable, pues por mucho que igualen los odios, Montpensier, llamado a ser nuestro soberano, no debe rebajarse...».

Y midiendo la estancia con paso de tendero meditabundo, remató su pensamiento con estas sesudas razones: «Don Antonio debe apuntar a su enemigo con el arma del desprecio... Buen tirador de desdenes es el Duque, que el año pasado, cuando don Enrique le insultó llamándole naranjero y volcando sobre él todo el diccionario de las verduleras, no tuvo más respuesta que un silencio verdaderamente augusto. Hoy, sin embargo, podría suceder que, fueran las cosas por otro camino... En confianza te diré que ayer y hoy han menudeado ciertas embajadas entre el caserón de la Costanilla y el palacio de Fermín Lasala... Iban y venían mensajeros del honor... ¡qué guasa!... ese moro barbudo... ¿cómo se llama? ¿Emilio, Remigio...?

-Emigdio Santamaría.

-Y el otro barbudo sevillano, médico y federal, Federico Rubio... De otra parte los generales Córdova y Alaminos... No sé, no sé lo que traman... No he podido enterarme bien; pero se me antoja que la caballería andante ha tomado cartas en el asunto... Para mí que el don Enrique cantará el yo pecador con tal que le socorran de garbanzos y panecillos... Es triste cosa para los que creemos en la dignidad de las casas Reales... Pero a nadie más que a sí mismo debe culpar el Infante de haber venido tan a menos. Él es su propio enemigo; él se ha hundido, se ha encenagado en sus propios desaciertos y locuras... Yo digo que quien busca el escándalo, en él perece... Es tarde, Vicente; acostémonos... Y para concluir: nuestra vivienda está tristísima sin tu madre... diré más, está muy fría. Tu madre es el calor. Harás un bien a toda la familia si te vas a Carabanchel y la convences de que es hora de venir a darnos su abrigo. Y no hablo yo precisamente del calor físico, sino del calor doméstico... No ha de ser todo el cariño para los polluelos... Que venga, que venga y medraremos todos... Nuestro nido está helado... Cada cual, según su estado propio, echa de menos las plumas de la madre, de la... En fin, hijo, que duermas mejor que yo... Vete y tráela, para que termine nuestra desaborida soledad».

Con estas dulces quejas, retirose el buen Cordero a la matrimonial alcoba, y no tardó en estirarse en su lecho, cuyas frías anchuras no eran por entonces vergel, sino páramo desolado... Obediente a su padre político, el chico de Halconero se fue temprano a Carabanchel, y encontró a Lucila tan embelesada en la crianza de las nuevas generaciones gallinescas, que le fue penoso convencerla de que los hijos del hombre y el hombre mismo tenían mayor derecho a su maternal asistencia. Horas dulcísimas pasaba la celtíbera en el entretenido enredo de prestar el primer socorro a los que salían del cascarón, y en alimentar a los que ya sabían comer, ya echaban sus traguitos de agua elevando al cielo los tiernos picos, y habían aprendido el lindo juego de escarbar la tierra para buscar comida. Luego ponía Lucila todo su cuidado en rodearles de precauciones contra la humedad y contra ruines animalejos.

La casa patética, donde expiró el Lucero de la tarde, hallábase aún desalquilada, coyuntura que aprovechó Vicente para renovar y espaciar sus melancolías en la huerta solitaria, empapándose en el dolor con deleite romántico y místico. La noche pasó en ensueños medio sentimentales, medio literarios, interrumpidos por insomnios en que recobraba su imperio la realidad. Era como un poema en verso con metódicos comentarios en prosa. Muy de mañana, antes de la hora en que solía dejar el lecho, entró su madre a llamarle con apremio. «Hijo, levántate: ahí está Enrique Bravo. Viene a buscarte. Le he preguntado que a dónde vais, y me ha respondido con esta tontería: «Que se levante y se vista pronto; vamos a ver la Historia de España».

Saltó Vicente de la cama y aprisa se vistió. Faltaba un cuarto para las nueve cuando los dos amigos salían a la calle y de la calle al campo. Enrique le dijo que la Historia de España que iban a ver podría resultar una página trascendente o un renglón burlesco, según el humor que en aquel día tuviera el Destino, árbitro de la existencia de los hombres y de los pueblos. Y Vicente replicó así: «El toque está en que madama Clío se ponga el coturno de dorados tacones, o las chinelas de orillo, en que traiga el péplum o una bata de tartán a cuadros blancos y negros».

Lenguaje más positivo habló Enrique diciendo: «Aunque se quiere guardar secreto, yo he sonsacado la confianza de Santamaría... Démonos prisa. Soy amigo de un teniente, subalterno del comandante de la Escuela de Tiro, y espero que podremos meter el hocico y ver de cerca la función... El programa es magnífico... A diez metros avanzando... Pistola, y condiciones verdaderamente trágicas. Falta que los actores correspondan al interés y a la pasión que se ha querido poner en la obra...». A campo traviesa anduvieron los dos amigos largo trecho en dirección del arroyo de Luche, y cuando se hallaban a corta distancia de la carretera de Extremadura vieron que por esta venía un coche de dos caballos... detrás otro... luego simones... «Aquí están... Son los héroes del día, los sacerdotes de la Historia, acompañados de sus acólitos; van a oficiar... van a celebrar la misa en la mesa o ara del Destino. Adelante, Vicentillo, y tratemos de colarnos en el templo... ¡Hermoso día para una fiesta en honor del Honor!...

-Yo tengo mis dudas, Enrique. En mi corazón se balancea un péndulo doloroso... ¿Resultará Historia o gacetilla?