III

Prosiguieron asiduamente las visitas con regocijo por parte de las dos madres. Fernanda revivía, tornaba visiblemente a su prístino ser. Vicente, más enamorado cada día, no había logrado aún la completa tranquilidad del ánimo, porque el misterio que en la vida anterior de su novia traslucía continuaba indescifrado. En sus discreteos galantes, de exquisita delicadeza, intentó alguna vez provocar una confidencia leal; pero Fernanda enmudecía, y un celaje obscuro pasaba sobre su rostro hechicero y místico. Desde su ventana, antes de bajar a la visita, solía el joven hablar con ella, y aun tomar parte en el candoroso divertimiento de la señorita con los nenes. Oía la inocente cantinela: ambo ató matarilerilerite, y contestaba: matarilerilerón... En el juego de escondites intervenía con los risueños avisos de: frío, frío... caliente... que te quemas.

Un día salió a la ventana y no vio a Fernanda, ni sintió el rumor de su graciosa charla con los amiguitos. No tuvo tiempo de pasar de la extrañeza a la confusión, porque entró su madre y le dijo: «Hoy no bajaremos. Fernanda tuvo anoche un enfriamiento y no han querido que se levante. En cama está; la he visto. Parece que su indisposición no es de cuidado. Yo iré después sin ti. Gracia me ha dicho que quiere contarme algo que tú y yo no sabemos todavía.

-Ya era tiempo, madre. Convendrá usted conmigo en que no debieron tardar tanto en descorrer el velo.

-Hijo mío, no sabemos lo que habrá tras el velo. Sin duda es cosa de mucha gravedad... Hace un rato, al decirme Gracia que hoy me contará las causas del duelo de la familia, se le demudó el rostro... derramó algunas lágrimas... Dime: en tus conversaciones con la niña ¿no has tenido arte y malicia para provocar la confianza?...

-La he visto llegar al borde de la confianza y retroceder como espantada... Sólo me ha dicho claramente que este amor suyo no es el primero... Otro amor hubo... Le duele a uno ser segunda parte en estas cosas, ¿verdad, madre?... ¿Por qué te ríes?... ¿Quieres decir que hay casos en que lo segundo es mejor que lo primero?».

Poco más hablaron. Volvió Lucila a la casa vecina, y el chico romántico, abrumado de melancolías, sin ganas de pasear, ni de conversar con sus amigotes, acogiose a la sociedad de sus amados libros. Trozos favoritos leyó de dramas y poemas; pero no pudiendo encadenar su atención, se entretuvo en mirar estampas. Días antes había comprado a Durán un libro bello y voluminoso, La Mitología Griega, con texto eruditísimo y sugestivas ilustraciones. Largo rato invirtió en ver dioses y diosas, ninfas del aire y el agua, sátiros, héroes divinos y divinidades humanizadas, copias de estatuas más o menos desnudas, por las cuales conocemos el Olimpo y sus aledaños. En una hermosa lámina de las Musas detúvose con examen contemplativo, porque en ella había notado, desde que por primera vez la vio, una curiosa particularidad: la semejanza, más bien exacto parecido de su madre Lucila con Melpómene, la musa de la Tragedia. Una y otra tenían las mismas facciones: nariz y boca eran idénticas; y cuando Lucila, por algún enojo doméstico, fruncía su helénico entrecejo, creyérase que la personificación del numen de Sófocles y Esquilo andaba por estos mundos.

Hojeando el libro de las bellas deidades, mató Halconero un buen espacio de tiempo; y cuando, a las dos horas de partir, volvió Lucila de la casa de Ibero, hallábase el romántico por tercera vez con los ojos puestos en las figuras arrogantes de las hermanas de Apolo. Lo primero que Vicente dijo a su madre, viéndola entrar alterado el rostro y fruncido el ceño, fue que nunca había sido más patente su parecido con la iracunda Melpómene.

«¿Quién es esa? -dijo Lucila mirando la figura y su leyenda-. ¡Ah! es la señora Musa de los dramas y tragedias... Pues, hijo, ¿es esto casualidad o magnetismo? Tragedia es lo que te traigo.

-¿Qué dices?

-Tragedia, lance de teatro es lo que ignorábamos, lo que yo sé ya, y tú sabrás ahora... En dos palabras te lo cuento. Luego sabrás pormenores... Fernanda tuvo un novio, caballero andaluz muy galán, pero más falso que Judas. La entretuvo y engañó con bonitas palabras largo tiempo... engañó también a la familia... la pidió en matrimonio, y haciendo la comedia del casorio, a otras enamoraba con doblez y villanía. No abusó de Fernanda porque no pudo, porque esta fue siempre la misma virtud... Fue leal, ciega, enamorada... confió locamente en el hombre mentiroso y pérfido. Un día, a poco de oír de los labios del caballero protestas de amor, descubrió sus amoríos infames con una tal... no recuerdo el nombre... rubia, medio italiana, medio judía, medio religiosa, casi monja, casi diabla. Supo el sitio y ocasión en que la empecatada hembra se había de reunir con el mal caballero para escapar juntos a tierras andaluzas... Deja que recuerde bien... Lo que te cuento pasaba en Vitoria... en lugar solitario, noche obscurísima... Para concluir: Fernanda sorprendió a su rival, y antes que llegase al punto en que la esperaba con un coche el maldito don Juan... ¡es terrible, hijo mío!... la hirió con una espada... le atravesó el corazón... la dejó seca... ¿Has visto?... ¡Y creemos que sólo en el teatro hay tragedias cuando da en escribirlas algún poeta que jamás mató un mosquito! ¿Has visto?... Asómbrate, hijo, y de aquí a mañana no vuelvas de tu asombro... no vuelvas de tu admiración».

Hijo y madre se miraron un rato con fijeza intensísima. Vicente permaneció mudo un mediano rato, viendo más claro que nunca el parentesco fisonómico entre su madre y Melpómene. Con terrible entrecejo, cerrado vigorosamente el puño con que golpeaba la mesa, Lucila pronunció estas entonadas estrofas: «Admiro a la mujer valiente, que supo llenar de ira el corazón que tuvo lleno de amor... Admiro a la heroína que castigó la maldad, matando a la rival embustera, prostituida y ladrona... Así... así. Digan lo que quieran, esto no es crimen: es justicia, es virtud... Y aún le faltó matar al bandido, al canalla... aunque debemos reconocer que la medio monja y medio judía era más culpable que él. Ella le embaucaba... así pienso yo... ella le arrastró a la fuga; él era el robado y ella la ladrona... Bien, Fernanda, bien... Eres la mujer fuerte, que no espera de los hombres la justicia... Los hombres hacen la justicia para sí, no para nosotras. Ellos matan a sus rivales, ellos odian, y a nosotras nos mandan que seamos muñecas de amor».

Un tanto sorprendido de la vehemencia con que hablaba su madre, Vicente rompió en elogios de Fernanda, ensalzando su bizarra valentía. ¿Cómo no amar a mujer tan grande?... Acerca de su pureza, repitió Lucila que no tenían los padres de ella la menor duda... Ansiaba Vicente narración del suceso con todos sus aspectos y pormenores, como quien anhela leer y saborear un hermoso poema después de haber oído sucinta referencia de su asunto. La tragedia y su protagonista tuviéronle tarde y noche en febril exaltación. Veía todas las cosas agrandadas monstruosamente, y revestidas de un vivo resplandor de aurora boreal; agrandado veía su amor hasta lo infinito, y la heroína se le representaba con la majestuosa elegancia y la perfección estética de las diosas paganas. Amar a una mujer trágica, ¡qué hermosura! Amar a la que en sus divinos ojos dejaba traslucir el alma de Esquilo, ¡qué felicidad! Era una felicidad que espantaba y un terror placentero... En tal estado de bárbaro delirio le encontró su madre a la mañana siguiente. ¡Efervescencia de amor y poesía en un cerebro congestionado por la excesiva asimilación literaria!

A la hora de costumbre después de comer, fueron hijo y madre a la casa vecina. En un aposento alto vio Vicente a Fernanda. Hallábase la damita recluida y resguardada del frío, cuello y cabeza envueltos en una nube, para que todo fuese a la moda olímpica. El galán creyó ver en la hermosa figura de su amada la reproducción de Polimnia, pensativa, rebozada en sutil velo, conforme aparece en una escultura famosa. Fernanda le acogió con afecto delicado. Sentáronse el uno junto al otro, y sin vigilancia de ninguno de la familia, hablaron cuanto quisieron. Departían vagamente, como paseantes desocupados en elíseos jardines, y se miraban para enmendar con los ojos la cortedad de la palabra... Ya se tuteaban. «Sé que estás enterado de mis desventuras», dijo ella, creyendo decir poco. Y él prosiguió: «Son desventuras de almas superiores que se elevan sobre la turbamulta de los mortales. Tú has sido grande en la acción. Los demás, y yo entre ellos, no hemos hecho nada que merezca referirse».

La confianza crecía rápidamente. Fernanda era sincera y expresiva en su lenguaje, proyectando en rayos o chispas la espiritual acción, que era la facultad primera de su alma. «Dudo mucho -dijo al caballero-, que después de saber lo que sabes, sigas queriéndome... Si te inspiro repugnancia o miedo, retírate tranquilamente a tus libros y busca en ellos el modelo de la mujer esclava del hombre». A lo que replicó Halconero que la quería infinitamente más; que amaba en ella la fuerza psíquica, creadora en el amor, destructora en los casos de rivalidad y justicia. La fuerza le subyugaba en su expresión moral y estética. De aquí partieron para un vivo y alterno tiroteo de protestas y promesas, en que se daban mutua fianza del presente y del porvenir. Fernanda encontraba en él su segundo amor, basado en la estimación. Hallábase Vicente en la eflorescencia robusta y total del primero, que había de ser único. En él ponía toda su existencia, y el amor no perecería sin llevarse la vida por delante.

Aquella misma tarde, cuando Fernanda se recogió a su alcoba, acompañada de su madre, don Santiago Ibero refirió a Vicente toda la historia, un ejemplar compendio de acción humana con sucesivas formas de idilio, madrigal, novela, drama y tragedia. No olvidó el Coronel el tremendo epílogo, las fatigas y malos ratos que hubo de pasar la familia para sustraer a la justicia el terrible suceso. Alcanzado este fin, los señores de Ibero abandonaron la ciudad de Vitoria, y luego la casa patrimonial de La Guardia, creyendo con razón que su dolor se atenuaría huyendo de la escena ensangrentada y pavorosa.

Pasó un día. Al levantarse, serían las nueve, supo Vicente que su madre estaba en la casa vecina. De allí la habían llamado al amanecer con urgente apremio... Sin entretenerse en interrogaciones, su ansiedad le llevó a la indagación directa, personal... Corrió a la casa de Ibero. En la puerta vio un coche. Al entrar, una mujer le dijo que la señorita Fernanda estaba muy malita... Franqueó la corta escalinata, y en la sala baja halló a Lucila, que oía las órdenes facultativas del doctor Alejandro Miquis. Este salió a ocupar el coche que le esperaba. Lucila, leyendo la consternación en el rostro de su amado hijo, acudió a sosegarle con dulces palabras: «No hay motivo de alarma, creo yo. Ello ha sido una indisposición de más aparato que gravedad. Los padres se han asustado... Naturalmente... adoran a su hija. Ya está mejor... El reposo y buenos calditos la restablecerán. Mañana podrás verla...

-¿Pero qué...?

-Un repentino ataque de... no recuerdo el término... un vómito de sangre.

-Hemoptisis...

-Eso mismo. Anoche se acostó tan tranquila. Despertó de madrugada... acudió la criada que duerme en la misma alcoba... acudieron todos... En fin, si no hay gravedad manifiesta, la pobrecita ha quedado muy débil... Quietud y calma le ha recomendado el médico, y hablar lo menos posible... Mañana podrás verla; hoy conviene tenerla en completo reposo, para que no se repita el ataque... ¡Lástima de mujer, tan bella y tan buena!... Buena podemos llamarla a pesar de aquella fiereza con que liquidó sus cuentas de amor...».