España antes y después de 1833: 1

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.

ESPAÑA ANTES Y DESPUÉS DE 1833Editar

I.Editar


Agitaciones y revueltas incesantes registran los anales españoles anteriores al siglo XVI, y nada más natural cuando la guerra de la reconquista, empezada al principio del siglo VIII, en que se verificó la irrupción de los árabes en España, no se vio terminada hasta que en 1492 alzaron los Reyes Católicos la Cruz en los muros de Granada y se verificó en 1516 la unión de las coronas de Aragón y de Castilla.

Grande y poderosa dejó la Monarquía Carlos V de Alemania y I de España al abdicar en su hijo Felipe II la corona, y este hábil Rey, al morir el 13 de Setiembre de 1598, no dejó menoscabados el poder y la importancia de la nación española.

En el reinado de su hijo Felipe III decrecen uno y otra; su decrecimiento sigue aumentando durante el de Felipe IV, y más todavía en el de su sucesor el débil y valetudinario Carlos II el hechizado, último monarca de la dinastía austríaca, á quien sucedió en 1700 Felipe V, primer Rey de la rama de Borbon, que ocupó el trono, después de una cruda guerra de sucesión á que puso término el famoso tratado de Utrech en 1713. A esta dinastía pertenecieron los Reyes Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y su hijo Fernando VII, que subió al trono en Marzo de 1808, época en que empezó la gran epopeya de la famosa guerra de la Independencia, cuyo primer cuadro fué la célebre causa del Escorial en 1807, y los motines de Aranjuez y de Madrid en 1808, actos de carácter revolucionario, si bien provocados por sucesos vergonzosos, que casi siempre en la historia de todos los pueblos fueron origen de lamentables perturbaciones.

Mas si la monarquía española venia experimentando doloroso decrecimiento, especialmente desde el reinado de Felipe IV; si aun el cambio de dinastía no dio al país por de pronto más que una perturbadora guerra de sucesión y una pobreza tal como la que registran los anales del reinado de Felipe V, primer Rey de la casa de Borbon, la prudencia y economía del pacífico Fernando VI que imperó solos 12 años, alentó las esperanzas que hubiera realizado el gran monarca Carlos III, á no haberse mezclado en cuestiones exteriores, de las que poco ó ningún provecho debía sacar España.

Sin embargo, si respecto á las cuestiones exteriores, en los anales del reinado de Carlos III, aparecen errores, aunque hijos de estímulos generosos de engrandecimiento y gloria militar, no por eso menos deplorables; en lo tocante al gobierno interior del país hubo una provechosa iniciativa, favorable al verdadero progreso, debida á los distinguidos hombres políticos á quienes aquel soberano confió las riendas del Estado; los nombres ilustres de Aranda, Campomanes, Roda y Floridablanca, han pasado con gloria á la posteridad, y al leer la famosa instrucción reservada dirigida á la Junta de Estado, que se creó por Real decreto de 8 de Julio del año 1787, los hombres pensadores no podrán menos de encontrar en ella gérmenes de un progreso lento, pero seguro, que hubiera podido levantar á España á la altura de las naciones más adelantadas; mas habrán de preguntarse al mismo tiempo, ¿por qué quedaron infecundos tan plausibles é ilustrados propósitos?

Solo la fecha de la creación de esta junta, al mediar el año 1787, explica con harta claridad la causa. Carlos III dejó de existir en Diciembre de 1788; la amenazadora revolución de Francia, empezada en 1789, hizo detener por el pronto los útiles proyectos de los prudentes é ilustrados Ministros de este Monarca.

Por otra parte, cambiadas las condiciones políticas en 1789, á consecuencia del tránsito del reinado de Carlos III al de su hijo Carlos IV; separados, cuando no desterrados y perseguidos los ilustrados Ministros que habian iniciado las mejoras progresivas, quedaron estas como anuladas, sustituyéndose á sus pensamientos regeneradores un justo y general temor de que el torrente político del pais vecino envolviese á España en perturbaciones semejantes á las que aquel sufria, y que principiaron con la reunión de los estados generales, primera escena del sangriento drama que ofreció á la Europa espantada el cadalso del desgraciado Luis XVI en 1793.

En mi condición de monárquico, permítaseme echar un velo sin trasparencia sobre el menguado gobierno de Carlos IV; su trágico fin fué una abdicación, arrancada por una revolución, que puede servir de ejemplo á los Reyes por un lado, y por otro á los pueblos de los peligros de separarse de los principios de equidad y justicia, sin los cuales los tronos peligran y los pueblos no pueden ser venturosos.

Grandes esperanzas concibió España al subir al trono el Rey Fernando VII, y acaso habríanse realizado sin la inicua invasión de Napoleón I, Emperador de los franceses, la cual es sobrado conocida para que yo me detenga á mencionarla, pues que elocuentes y autorizadas plumas lo han hecho con extensión y acierto; pero habré de indicar las consideraciones que naturalmente se desprenden de los sucesos, señalando las consecuencias sociales y políticas que produjeron antes y después.

Medio de prosperidad y progreso para España, hase querido aseverar por algunos, que hubiera podido ser la invasión francesa en 1808, apoyándose en la simple comparación del deplorable atraso social, político é industrial en que estábamos entonces, con respecto á los adelantos y progresos á que había llevado á la Francia su horrible revolución, terminada por una dictadura militar, que aspiró ciega á la monarquía universal europea.

Mas una nación tan altiva como la nuestra, en donde la idea de independencia fué siempre tan fuerte y vigorosa, no era posible que aceptase nada que tuviera carácter de una imposición extranjera, aunque tuviese apariencias de ventaja; y si al aspecto de coacción se unía la funesta y justa impresión general contra la felonía atroz empleada con Fernando VII, ídolo entonces del país, que en su nuevo reinado veía un iris de ventura tan codiciado por todos; la precisa consecuencia debía ser, y fué en efecto, el alzamiento general para combatir, hasta el exterminio á los invasores, valiéndose para ello de todos los elementos religiosos, políticos y sociales sobre que se habia fundado nuestra monarquía, desde anteriores siglos.

Dos eran los principios esenciales y supremos de nuestra sociedad, la religión y el Rey. Un clero rico y poderoso en el orden moral y material se encargó de presentar la invasión como amenazadora contra las creencias religiosas encarnadas é identificadas en los usos y costumbres del país. Existia también una aristocracia, aunque no de tanta fuerza moral, ni de tanto influjo como el clero entonces, pues desde Carlos V, aquella altiva y poderosa á la par que levantisca nobleza castellana y aragonesa de la Edad Media había perdido su carácter político, convirtiéndose sus individuos en criados y palaciegos, y habiendo su abatimiento sucesivo dado por resultado que el clero, unido al bajo pueblo y al Rey, dispusiese desde entonces despóticamente de la suerte del Estado. Si bien semianulada la grandeza, no era pobre todavía, y sin existir apenas clase media, se aunaron todas las opiniones contra la invasión y se aprestó con ánimo resuelto la nación á resistirla, tomando por enseña «guerra á muerte al invasor extranjero,» defensa unánime de la religión, de la monarquía y del Soberano tan pérfidamente cautivado. Todas las demás cuestiones no se tomaron en cuenta por el país al principiar la guerra de 1808.

Aunque fueron tales los elementos que se aunaron para resistir á los enemigos exteriores, su acción común era no poco difícil, tanto por la manera con que la invasión se verificó, como por los medios de astucia y perfidia á la vez empleados por los invasores para ocupar el territorio español. Y esto fué lo que hizo fácil que Fernando VII pudiese ser conducido á Francia y sometido á la voluntad de su Emperador, quedando España huérfana y sin centro de unidad para el gobierno de la nación.

Mas el sentimiento de independencia, convertido en ardiente entusiasmo patriótico, dominó todas las dificultades, si bien no tardó en mostrarse en primer término el espíritu local innato en España, estableciéndose en cada provincia su gobierno particular, no pudiendo menos de ser todos débiles y faltos de la cohesión necesaria para que todas las fuerzas nacionales reunidas combatieran con éxito en favor de su independencia.

De la necesidad reconocida de esta unión, nació la Junta central, para cuya presidencia la opinión pública designó al ilustre ministro de Carlos III, Conde de Floridablanca, retirado y oscurecido en su convento de franciscanos de Murcia, en donde habia hallado asilo contra la persecución del hombre hasta entonces poderoso, pero que hubo de escapar milagrosamente del furor del pueblo en Aranjuez, en Marzo de 1808, buscando después amparo en los invasores. Aquel anciano respetable, murió apenas llegado á Sevilla en 1809, cargado de años y servicios, que recompensó España en sus últimos dias. Con todo, no por la muerte de su octogenario presidente, abandonó la Junta central su puesto y el cargo de centralizar el poder gubernamental.

La invasión progresaba no obstante rápidamente á la sazón, pues si bien en Bailen se habia demostrado que las águilas francesas, siempre vencedoras hasta entonces, no eran invencibles; á pesar del vigor de la nacional resistencia las numerosas y aguerridas huestes francesas obligaron á refugiarse en Cádiz los débiles elementos que constituían el naciente Gobierno de la España armada, pero decidida á resistir con todo esfuerzo y á todo trance á los invasores.

Ya reunidos en Cádiz los únicos elementos de gobierno de que el pais podia disponer, era natural que buscasen fuerza material y moral donde pudiera hallarse. La alianza con Inglaterra primero y principalmente, y la de Rusia después, fueron para España en aquella ocasión de gran valia en el orden material, pero no bastaba para llenar la primera necesidad del momento, cual era la creación de un centro de gobierno fuerte, que reconocido y acatado por toda España, utilizase con provecho los medios que el pais podia reunir contra los invasores y aprovechase las alianzas extranjeras que pudo adquirir.

No habiendo Rey, el ejercicio de la soberanía no podia disputarse á la nación, y el modo de ejercerla se lo habia facilitado oportunamente un decreto del mismo monarca en que se mandaba reunir Cortes, antiquísima y venerable institución que habia sido siempre la tabla de salvación á que se habia asido España en sus turbulentas y frecuentes revueltas y conflictos anteriores.

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