Escenas de corral

Escenas de corral de Hans Christian Andersen
traducción de Leopoldo García Ramón

Una ánade llegó de un rincón de Portugal, según algunos historiadores, y del mediodía de España, según otros; pero esto importa muy poco; lo que conviene saber es que la llamaban la Portuguesa; puso huevos y después la mataron y la metieron en el asador; tal fue el curso de su existencia.

Los patos machos y hembras que de estos huevos salieron, y más tarde sus hijuelos, fueron llamados también portugueses; esto constituía su nobleza. Al cabo de algunos años, no quedó de toda la raza más que una ánade; habitaba un corral en el que moraban también gallinas y un gallo que se paseaba con jactancia.

«Me atolondra con sus agudos gritos, -se dijo un día el ánade-, pero me agrada por sus hermosas plumas; aunque no sea de la familia de los patos, no puedo menos de confesar que es muy buen mozo. Debería, empero, moderar la robustez de su voz; es un arte que solo la buena educación enseña; aquí tan solo los pájaros canoros la poseen, los que cantan en los tilos del jardín contiguo. ¡Qué delicioso es su canto! Os conmueve el alma. Es un verdadero canto portugués; todo lo que es bueno y excelente lo llamo yo portugués. Si tuviese a mi lado a uno de esos pajarillos sería para él una madre, una madre afable y cariñosa; está en mi naturaleza, en mi sangre portuguesa.»

Mientras así hablaba, uno de los pajarillos cayó del tejado al corral; el gato había estado a pique de cogerlo y le había roto el ala. «¡Cosas del endemoniado gato! -dijo la Portuguesa-. Siempre hace lo mismo, como cuando yo tenía hijos. ¡Y dejan a un ser semejante pasearse por el tejado! No creo que en Portugal se tolere tamaño abuso.»

Se acercó al pajarillo y se apesadumbró sobre su suerte; los otros patos llegaron también y expresaron su compasión.

«¡Pobre animalito! -decían, uno después del otro.

¡Cuánto le compadecemos! Porque, en el fondo, somos artistas también; no sabemos cantar, pero tenemos todo el aparato necesario para ello, y solo nos atormenta una continua ronquera.

-Frases bellas son esas, -dijo la Portuguesa-; yo quiero hacer algo por este pequeñito, es mi deber.

Y acercándose a un cubo lleno de agua batió sus alas, de modo que el pajarillo recibió tal rociada que por poco se ahoga; pero la intención era buena. «Esto es lo que se llama socorrer al prójimo, -dijo el ánade-; ¡imítenme los demás!»

«¡Pío, pío!» -dijo el pajarillo, cuando recobró el sentido y pudo sacudir el agua que cubría su alita rota. Había comprendido que la Portuguesa, si obraba con poco tino, no dejaba de quererlo. «¡Qué buen corazón tenéis, señora!» -dijo, temblando de que la buena dama le suministrase un segundo baño.

«Nunca he reflexionado en las cualidades de mi corazón, -dijo ella-; lo único que sé es que amo a todas las criaturas, exceptuando al gato. Esto no puede exigirse de mí, pues se comió una vez a dos de mis anadinas. Ahora, disponed como si estuvieseis en vuestra casa. No es cosa difícil estar a gusto y a sus anchas entre los extraños, y no es otra mi historia, pues por mi porte y plumaje debéis haber colegido que soy, originaria de muy lejos de aquí. Mi marido, aquel pato obeso que allí veis durmiendo la siesta, no es de mi raza, es de este país. Pero no tengo yo pizca de orgullo. Si necesitáis algo dirigíos a mí; si alguien hay aquí capaz de comprenderos, tal vez soy yo.»

Las otras ánades se empujaban con las alas, oyendo este magnífico discurso, cuando terminó, lanzaron fuertes rap rap que podían tomarse por una aprobación aunque cosa muy distinta fuesen. Formaron un corro alrededor del pajarillo.

«Esta Portuguesa, -se decían-, sabe menear la sin hueso mejor que nosotras, no puede negarse. Pero, si no hablamos tan bien, no por eso dejamos de apiadarnos de vos, pajarito. Si nada podemos hacer por vos, a lo menos no os ensordecemos.

-¡Qué voz más deliciosa poseéis! -prosiguió el decano de la corporación-; debe ser una dulce satisfacción la de poder procurar, como vos, tanta alegría, placer tanto. Pero no me es posible apreciar como inteligente vuestro lindo cantar, y prefiero no haceros un cumplimiento estúpido.

-No le atormentéis, tanto, -dijo la Portuguesa-; tiene necesidad de descanso y de cuidados. Amiguito, ¿queréis que os dé otro baño?

-No tal, no tal, -exclamó el pájaro-; dejad que me seque y me caliente.

-Es singular, -replicó la Portuguesa-, a mí solo me cura una cosa, es el agua fría. Tal vez os hará provecho la distracción. Vuestras vecinas las gallinas, van a venir a visitarnos; entre ellas hay dos pequeñitas, chinas, que tienen unas plumas en la patas como si llevasen pantalones; tienen mucha gracia y el elegancia; han venido de muy lejos y son, como yo, personas distinguidas.»

Las gallinas llegaron, en efecto, con su gallo; estaba aquel día este, de buen humor y muy cortés, es decir, que no estaba del todo insoportable.

«Sois en verdad pájaro canoro, -dijo-, y hacéis de vuestra vocecita cuanto una vocecita puede hacer. Pero necesitaríais más fuerza, más extensión, para que todos oyesen que sois un macho.»

Las dos chinas habían permanecido inmóviles y seducidas a la vista del pajarillo; tenía erizadas aun las plumas, a causa del baño, y las parecía un pollito chino. «¡Qué mono es!» -exclamaron; y se pusieron a hablar con él en voz baja y contenida, conforme a los preceptos de la urbanidad china.

«Somos de vuestra especie, pichón mío, -dijo la que llevaba la palabra-; las ánades, sin excluir a la Portuguesa, son aves acuáticas. Tal vez no habéis oído nunca hablar de nosotras; nadie repara mucho en nosotras, ni siquiera las gallinas, por más que somos de una especie tan rara. ¿Qué nos importa? Pasamos tranquilamente al lado de toda esa gente sin educación y sin principios. No nos gustan las querellas y decimos de los demás todo lo bueno que en ellos encontramos. Pero, en realidad, exceptuando a nosotras dos y a nuestro gallo, no hay en este corral ningún ser de algún valor. Mirad, ¿veis allá abajo aquel palo de plumas negras? No os fiéis de él, es un traidor. Ese de las plumas verdes y amarillas es lo más disputador del mundo; no hay medio de taparle la boca. Aquella ánade que se está bañando habla mal de todo el mundo, lo que es un defecto horrible. Tan solo la Portuguesa puede frecuentarse; tiene alguna educación; pero habla muy a menudo de su Portugal.»

Llegó el marido de la Portuguesa que, a primera vista, creyó que el pajarillo era un gorrión. No se avergonzó nada de su equivocación. «No conozco la diferencia que puede haber entre vosotros, -dijo-, y me es igual; los pajarillos no son más que juguetes, objetos de diversión, no me interesan en lo más mínimo.

-No os formalicéis por lo que dice, -replicó la Portuguesa-; es buen esposo, buen padre de familia, pero no aprecia más que lo positivo. Ha llegado para mí el momento de irme a descansar; el descanso engorda, y considero como un deber engordar bien para que el día en que me sirvan a la mesa de nuestra ama, pueda hacer honor a mi querido Portugal.»

Se extendió al sol con comodidad; pestañeó un tanto y acabó por cerrar los ojos. El pajarillo tenía mucho que hacer con su ala rola; en fin acabó por colocarse bien apretándose contra su protectora para tener calor, y se encontró a gusto.

Las gallinas no dormían la siesta; picoteaban, escarbaban la tierra; en verdad, si habían venido a visitar a los palos no era para otra cosa. Después de haber comido se marcharon y las dos chinas fueron las primeras.

De pronto, la cocinera echó al corral un cesto de mondaduras de berzas y otros residuos; metió esto tanto ruido que se despertó toda la sociedad patesca y se puso a dar aletazos, asustada. También se despertó la Portuguesa y al levantarse empujó con violencia al pajarillo.

-«¡Pío! -dijo-; ¡ay! señora, ¡qué golpe me habéis dado en mi herida!

-¿Y por qué os ponéis en mi camino? -exclamó ella-. No seáis tan delicados. Yo también estoy nerviosa a veces, y no por eso lanzo pies a cada paso.

-No os enfadéis, -dijo el pajarillo-, ese pío no era más que un grito de dolor y no un reproche hacia vos.»

La Portuguesa estaba ya lejos y no oyó la excusa; corrió a tomar su parte del regalo y se infló muy mucho. Luego, volvió a tenderse al sol. El pájaro se acercó y quiso agradarla cantando una de sus más bonitas canciones:

Tillelelí
Es la mi alma para ti,
Pi-pi-pi
Pi-pi-pi

«Después de comer, duermo, -interrumpió, la Portuguesa-. Debéis observar las costumbres de la casa. Dejadme echar un sueño.»

El pajarillo quedó atolondrado con esta observación; ¡deseaba tanto dar gusto! Cuando la señora ánade se despertó lo talló a su lado; tenía en el pico un grano de trigo que había descubierto y que puso a los pies de su protectora. Pero esta había tenido el sueño agitado y no estaba de buen humor.

«Bueno es eso para un pollo, -dijo-. Además, en regla general, no quiero que estéis siempre metidos entre mis patas.

-¿Por qué me reñís? -preguntó el pajarillo-. ¿Qué os he hecho?

-¡Hecho! -replicó la Portuguesa-. Os haré observar que es ese un modo de hablar muy vulgar.

-Vamos, -dijo el pajarillo-, ayer lucía aquí el sol para mí y hoy el aire está cargado, el cielo se ha ennegrecido.

-¿Es posible equivocarse así? -dijo ella-. No os conozco más que desde esta mañana. Es verdad sois muy tonto, amiguito.

-Perdonadme, -dijo-, y no me miréis con esos ojos malos que me dan miedo.

-¡Imprudente! -exclamó la Portuguesa-; creo que me comparáis al gato, a ese animal feroz, ¡a mí, que no tengo en las venas una gota de sangre que no sea noble! Me inspiráis lástima y quiero cuidaros. Pero, bueno es que aprendáis a tratar a la gente.»

Y esto diciendo, le dio un picotazo; el pobre cantor cayó muerto; su delicada cabecita estaba separada del tronco.

«¡Otra! ¿qué es ello? -dijo la Portuguesa-. ¡Cómo! ¿No podía soportar esta ligera corrección? En ese caso es que no había nacido para vivir en este mundo. He sido para él una madre, tengo el convencimiento, pues poseo un buen corazón.»

En este momento el gallo lanzó un formidable qui-quiriqui. «Me hacéis morir con vuestro cacareo, -dijo la Portuguesa-; vos sois la causa de todo. Él no tiene cabeza y yo estoy a pique de perder la mía.

-¡No es grande la pérdida! -dijo el gallo.

-Hablad de él con más respeto, -replicó el ánade-. Tenía muchísimo talento, cantaba a las mil maravillas, era muy mono, muy lindo y muy cariñoso; y esto no es usual en los animales, aunque más frecuente que entre los seres que se llaman hombres.»

Y los patos acudieron alrededor del pobre pajarillo muerto. Son personas apasionadas en el amor como en el odio. Como de nada podían tener envidia, se manifestaron muy compasivos.

También se presentaron las gallinas chinas; gemían como las otras, con dolorosos glu-glus. Pero no tenían los ojos tan colorados como los patos.

«¿En dónde hay seres más tiernos y más sensibles que nosotros? -decían.

-¡Oh! en mi país hay todavía más corazón, -exclamó la Portuguesa.

-Dejemos este asunto, -replicó su marido, el pato obeso-. Busquemos de qué cenar. En cuanto a ese juguete roto, hay miles idénticos en los árboles. Los hallaréis cuando se os antoje. ¡Lo que importa, es comer bien!»


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