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Tipos y paisajes criollos - Serie IV
Era nueva


Era nuevaEditar

¿Qué ocurre? ¿Se me turba la vista? O ¿se me ha descompuesto el aparato?... No, por cierto; ni una, ni otra cosa; pero van cambiando tan rápidamente los tipos criollos que me complacía en retratar, y modificándose tan hondamente el paisaje pampeano que hacía mis delicias, recuerdos queridos de cuando mi vigor me permitía hacer lo que hoy sólo puedo contar, que sí no renuncio en presentarlos como los ven todavía los ojos de mi memoria, pronto me van a tachar de embustero.

Y por esto es que me paro. Pero juro que así los he conocido y que no han nacido de mi sola fantasía las siluetas y los horizontes que he pintado; así lo podrán atestiguar muchos hombres, no muy ancianos todavía, que, como yo, los han visto.

¿Existe todavía el gaucho? -Sí, todavía existe; pero tan diferente del gaucho que he conocido en 1880, como lo era ese mismo, de su antecesor de veinte años antes, el imperecedero Martín Fierro.

Es preciso internarse cada vez más en los territorios todavía despoblados, para encontrar el tipo genuino del gaucho irreducible, refractario a toda disciplina, heredero empedernido del nomadismo original. Siempre ha ido retirándose hacia el desierto, arrollado sin cesar por la ola de la población, y sólo desaparecerá del todo, en su tipo primitivo, cuando ya no sepa, a donde ir, sin chocarse con la civilización que avanza.

En cada etapa, merma el número de los que así resisten, quedando muchos de ellos envueltos en las volteadas del progreso, conquistados al trabajo por la necesidad y el ejemplo.

El roce continuo del gaucho con el extranjero va modificando sus costumbres de dejadez y de imprevisión: se burlaba, antes, del trabajador y de su economía; ya no se burla; imita.

Siente, comprende, que hay que elegir: o quedarse y trabajar, o huir y seguir entregándose a los azares de la vida errante, que lo lleva cada vez más lejos, sin esperanza, de mejorar su suerte.

Lo aconsejan bien, y, muchas veces, lo convencen, la tierra que se cultiva, las haciendas, que se refinan. No cede siempre al primer tirón; se enfurruña y se va; pero siempre lo alcanza el progreso y le toca la espalda. Se da vuelta, mira: el desierto en que vagaba se ha vuelto chacras; lo que, más allá, había creído otro desierto más inaccesible, está invadido; los años vienen, trayendo consigo el sosiego y los deseos de vivir tranquilo; y se entrega. ¿Qué más iría a hacer? Los alambrados cubren, con las mallas de su red inextricable, toda la llanura; la inmensidad ha quedado destrozada por los caminos y las tranqueras; las haciendas, casi mansas, no necesitan lazo; se cuidan solas, en pequeños potreros, y las vacas son todas tamberas.

Los montes se multiplican, y hasta el mismo Pampero se siente domado, vencido. En canales hondos y numerosos, ora corre apurada el agua que, antes, se estancaba, durante meses, en los cañadones anegados, ora se desparrama obediente, detenida por la mano, del hombre que, por fin, corrigió la Naturaleza, en los campos amenazados por la sequía.

Los pajonales y los juncales, guarida del matrero y de las fieras, han desaparecido, dejando que, en su sitio, la alfalfa, esa maravilla, extienda su preciosa alfombra verde, salpicada de novillos, inagotable reserva de las carnicerías europeas. El jinete que, en su largo viaje, en vez de ir cruzando campo, tiene que dar vuelta, con su tropilla, para no pisar trigales, ha dejado, a la fuerza, de ser gaucho errante.

Seducido por el arado, atará en él su pingo, tirando el poncho que estorba, el mate que hace perder tiempo; sin, por esto, dejar de ser buen domador y de lidiar con astucia, fuerza y paciencia, con los animales mañeros.

Sus huascas, cortadas en cuero comprados con cuchillo de cerrar, que ya no quiere ser arma, no, por esto, serán trabajadas con menos primor. El alcohol y el juego tendrán poco atractivo para este gaucho de nueva laya, capaz de leer con fruición el libro civilizador que enseña a cultivar bien la tierra y a cuidar con esmero las haciendas, o el que recrea y alumbra el espíritu, mientras descansa el cuerpo.

Perderá, con la cultura, algo de esta resignación burlona que siempre le permitió, a pesar de su coraje natural, sobrellevar sin rebelión violenta, casi sin quejarse, los peores males y las mayores penurias; pero conservará, de su genio nativo, la espiritual ironía que, aguzada por la instrucción y ayudada por el buen sentido, podrá, más que la fuerza, contribuir a reformar las leyes opresoras y a derribar a los que de ellas abusan.

Cuando haya, para él, tantas escuelas como de pulperías ha habido para sus antepasados, pronto se verá que el gauchaje sólo ha sido turba, mientras no se ha tratado de hacerlo gente, y saltará a la vista que la ignorancia en la cual lo han mantenido, era como el agua que se echa en las orejas del bagual, para poderlo jinetear.

¡Qué inmensa fuerza moral y física ha desperdiciado el país, al dejar sacrificado, tanto tiempo, ese elemento fundamental y valioso de la raza! Y sino, que lo digan los que, salidos de esta multitud, por alguna circunstancia feliz, han sabido ocupar su sitio en la sociedad.

Ahí, es cierto, sale, a veces, a relucir el voraceo, hijo casi legítimo de las privaciones pasadas, con su tendencia a abusar de toda ventaja lograda, haciendo del poder, el gaucho mal pulido que a él llega, y según el escalón a que ha podido treparse, una tiranía grande o pequeña que, para castigar al contrario o favorecer al amigo, no vacila en prostituir a la justicia, en pisotear las leyes económicas, en comprometer el interés público, en conculcar las libertades más sagradas.

Pero siempre han sido, son y serán pasajeros estos males, pues no faltan, ni jamás dejará de haber hombres de buena voluntad que, por sus nobles esfuerzos, traten de hacer de la Pampa el emporio de producción y de vida fácil y dichosa, que la destinó a ser la Naturaleza.


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