Abrir menú principal

Episodios sangrientos del año 1840 (Versión para imprimir)

Esta es la versión para imprimir de Episodios sangrientos del año 1840.

El presente texto ha sido copiado de Wikisource, biblioteca en línea de textos originales que se encuentran en dominio público o que hayan sido publicados con una licencia GFDL. Puedes visitarnos en http://es.wikisource.org/wiki/Portada


Autor: F. B.Editar



Editar

Hacen diez y seis años que tuvieron lugar en Buenos Ayres los sucesos que se refieren en el presente folleto. No es una novela la que ofresco á mis compatriótas, porque no poseyendo la poética y facunda imajinacion de un Mármol, nunca podría hacerlo ni mediocremente siquiera, y solo me he concretado a hacer una narracion con algunos detalles particulares, empleando para ello el estilo natural y sencillo, siéndome difícil usar de esas flores de retórica con que suelen dar colorido á sus obras los literatos del dia; por cuanto mis facultades intelectuales se hallan bajo una esfera muy limitada. Es mi objeto únicamente recordar los hechos criminales que dejó para la historia la administracion del célebre Rosas, cometidos bajo su patrocinio.


F. B.


Buenos Aires — 1856.





CLUB de la Sociedad Popular Restauradora de la Mas-horcaEditar

En la calle de Chacabuco entre las de Estados Unidos y Europa, estaba situado un corralon que servia de cuartel á un escuadron de Vigilantes de á Caballo, cuyos gefes eran Ciriaco Cuitiño y su segundo Andres Parra, ambos Coroneles innomine, hechos por el héroe del desierto.

Eran las siete de la noche del 26 de Setiembre del año de 1840. Cuitiño, se hallaba sentado frente á una mesa que contenia varios legajos en los cuales descollaba la Gaceta mercantil, la cual momentos antes estaba leyendo el famoso decreto de confiscacion. Vestía esa noche de pantalon azul de paño, franja punzó chaqueta de paño de grana, distinguiéndose en el cuello una palma bordada de oro, sombrero de felpa negro, y un poncho de paño azul forrado de otro de grana le cubria todo el cuerpo.

Parra, se hallaba vestido del mismo modo, con la diferencia de tener un pañuelo punzó atado en la cara. El primero de estos dos celebres personages tenia un mate en la mano izquierda, y con el dedo meñique de la derecha quitaba la ceniza de su cigarro cuya blancura justificaba su procedencia.

En los lados laterales de la misma habitacion veianse sentados los individuos siguientes: Manuel Troncoso, Silverio Badia, Bernardino Cabrera, Santos Perez, Juan Merlo, Leandro Alen, Victor Martinez y varios otros cuya descripcion y numero creo supérfluo detallar. Lo que diré, es que estos individuos eran colaboradores del gran club mashorquero, cuyo primer presidente fué D. Pedro Burgos, coronel y compadre de Rosas; despues lo subrogó Cuitiño en tan digno empleo. Todos estaban emponchados y con las caras cubiertas, dejando apenas visibles los ojos.

Un soldado vestido de chiripá y camiseta punzó, armado de carabina y sable estaba de centinela en la puerta principal. Entrando por el zaguan y á la mano derecha se encontraba una habitación que servia para cuerpo de guardia. Varios soldados se hallaban sentados alrededor de un fuego cuya llama, á veces opaca, reflejaba en los rostros de esos hombres máquinas que obraban movidos por la fuerza motriz de Ciriaco Cuitiño. De vez en cuando algunos arrebatados de licores báquicos pronunciaban un brindis á la salud del Ilustre: el que era saludado con fuertes palmadas y aclamaciones.

Después que Cuitiño concluyó de tomar mate, se levantó y dirigiéndose á Parra, le dijo: "¿Que horas son compadre?

—Serán las siete y media segun creo, poco mas ó menos, repuso Parra, y sería bueno, agregó, que tomásemos algun cordial antes de marchar, que segun informes tengo, querido compadre, los pájaros caerán en la jaula despues de las ocho: bien podemos emplear media hora sin perjuicio del servicio, en vaciar una docena de esas inglesas que tiene Vd.

—Siempre jovial y de buen humor compadre. A propósito: ¿cree Vd. que echaremos el guante á esos jilgueros?

—No veo ninguna dificultad, á no ser que Vd. se arrepienta.....

—Voto á sanes compadre, y que mal me conoce. Vd. sabe que la mitad de mi cuerpo se halla inservible; pues bien con la otra mitad puede Vd. contar como tres y dos son cinco.

En efecto, la mocion de Parra, fué aprovada é inmediatamente se dispuso mandar por la cerveza.

Los demas individuos hablaban en voz baja, y Troncoso era el único que tomaba parte aunque en silencio en el diálogo de los dos compadres. Cuando estuvo la cerveza en la mesa, sirvió á los dos Coroneles y á sus cólegas, los que antes de apurar el contenido pronunciaron sus federales brindis.

Cuitiño estaba sufriendo horribles dolores á juzgar por su semblante, y no pudo menos que esclamar dirigíéndose á su compañero:

—Sabe Vd. compadre que mi maldita enfermedad se complace en atormentarme? ¡Cuánto siento no poderla degollar! Todavia conservo los dolores que esperimenté la noche del 4 de Mayo en el bajo de la residencia: ¿se acuerda compadre?

—Toma si me acuerdo; nunca crei que un puñado de hombres se defendiesen tan bravamente como aquellos energúmenos de unitarios.

—Es que eran militares; el uno Coronel y el otro subalterno; y que bien manejaban las armas.

—Oh! en cuanto á eso compadre, los unitarios nos llevan ventaja.

—Si; pero el caso es que José el surdo se limpió á uno de ellos.

"Señor Coronel" dijo el individuo conocido por el nombre de el surdo "permítame que no ande con alusiones: lo que es del Cézar al Cézar, y lo que ha hecho este fiel servidor merece los honores de una pública declaracion por parte de V. S. de haber sido yo quien degolló al salvage unitario Ignacio Oliden, segun es de pública y notoria fama, y que harto trabajo me dió para hacerlo pasar a mejor vida."

—Amigo, dijo Troncoso desde su asiento, todos hemos tenido que hacer esa noche malhadada, y asi es que es inútil que Vd. quiera individualizarse.

—Lo cierto es, repuso el surdo, picado sin duda de la observacion de su co-asesino que á mi no se me escapó el pájaro; mientras que á Vd., que tanto decanta su destreza, se le evaporó de las manos.

—Convengo en que se voló; pero no sin haberle enterrado dos pulgadas de mi facon en el cuadril y en la muñeca.[1]

—En fin, señores, dijo el gefe de los asesinos, yo estoy satisfecho que todos Vds. se han portado como unos héroes, y que siempre que se ofrezca se distinguirán.

—Dice bien el señor Coronel, repuso Bernardino Cabrera, que hasta entonces habia guardado silencio, limitándose á llenar y vaciar seis ó siete vasos de cerveza: "puede V. S. estar seguro que cuando llegue el caso hemos de verter la última gota de sangre por sostener la santa causa de la federacion."

Un bravo prolongado fue la contestacion que se le dió a este discurso improvisado.

Levantóse Cuitiño, y tomando la palabra espuso lo siguiente:

—Antes de salir, señores, debo advertir á tan selecto auditorio, lo que tenemos que hacer. Yo debía mandar, señores, y Vds. obedecerme: pero quiero darles esta prueba de confianza. "Herrarum humanan est", dice un célebre latino, y tomando una órden que estaba sobre la mesa, leyo lo siguiente:

"En la calle de Lujan número 14, casa que alquila Da. Josefa Gonzalez, viven los individuos salvages unitarios Clemente Sañudo y Pedro Echanagucia. La hora mas cierta para la captura es á las ocho de la noche. Una hora despues deben haber dejado de existir." Aqui había una M.

Concluida la lectura, el reloj del Cabildo dió ocho campanadas.

—"Las ocho acaban de dar," dijo el cabo de guardia, parándose en el dintel de la puerta de la oficina.

—Está bien, añadió Cuitiño, dirijiéndose á la puerta seguido de los asesinos.

Salieron del cuartel y entraron en casa de éste, el cual se armó de su puñal y un par de pistolas. Cuando hubo concluido esclamó: he dicho antes que quiero comunicarles lo que debemos hacer ahora y en lo ulterior: esta reunion tiene por objeto el esterminio de los salvajes unitarios, que vendidos al estranjero tratan de borrar del catálogo de las naciones libres el nombre del pueblo Arjentino. Los unitarios, queridos amigos, trabajan con infatigable celo y actividad para desprestigiar al Restaurador, á nuestro Padre, como dice D. Bald....

La emocion no dejaba continuar al Geje de los bandidos y sacando un pañuelo se enjugó el rostro, y continuó. Tenemos por fortuna, un gobernador dispuesto á no cejar ante las pretensiones de esa gran nacion que se llama Francia. Nosotros espontaneamente, y sin mas intéres que salvar el honor nacional comprometido por los enemigos de Dios y de nosotros, hemos de derramar hasta la ultima gota de sangre, la de nuestros hijos, y el porvenir de nuestras familias, en pró y provecho de nuestro amo y señor. Al efecto, señores, juremos por el nombre preclaro de D. Juan Manuel de Rosas, constituirnos en sus mas acérrimos sostenedores, y perecer primero antes qne abandonarlo.

¡Juramos! sí, juramos, defenderlo hasta el último trance, repitieron todos los degolladores.

¡Viva el Coronel, vivaaaaa...!

Marchemos, dijo este, y lo siguieron sus cómplices.



  1. Alude al Sr. D. José Maria Salvadores, que resultó herido en la noche del suceso á que se refiere el degollador.





Dos víctimasEditar

En la calle de Lujan N. 14, en una casa de humilde apariencia, alquilaba una señora llamada Da. Josefa Gonzalez. En la espresada casa en dos piezas interiores vivian dos jóvenes; uno era D. Pedro Echanagusia y el otro D. Clemente Sañudo; ambos individuos gozaban de una buena y merecida reputacion, tanto por su posicion de familia, cuanto por su trato social. Las piezas que habitaban se hallaban arregladas con la mayor cencillez sin carecer de aseo. La ocupacion de estos dos desgraciados víctimas de la tiranía, era el corretaje.

Dias antes del 26 de setiempre de 1840 varios de sus amigos les habian prevenido que estuviesen con cautela, por cuanto algunos de los federales netos, los habian clasificado de Salvajes Unitarios; pero ellos como no se mezclaban en asuntos políticos, si bien simpatizaban con la causa de la libertad, no sospechaban que sus opiniones secretas pudiesen comprometerlos.

Sin embargo, desde la noche anterior, esto es, el 25, no se habian visto hasta el momento en que se reunieron en los cuales tenia lugar el diálogo siguiente:

—¿Crées tú Sañudo, que si permanecemos en el pais seamos víctimas de las persecuciones de Rosas?

—No dudo un momento, querido Echanagusia, y me asisten razones fundadas para ello. Escucha: anoche he estado en casa de las muchachas, y lo primero que me dijeron, es que han oido á un sujeto muy allegado a Rosas, que entre los individuos que figuran en la lista de degüellos que Cuitiño debe practicar, nuestras pobres humanidades se hallan inscriptas: y á mas que esta fiera se ha propuesto dar principio en nosotros.

—Hombre! esa es una noticia algo seria que no debemos desperdiciarla, y bien merece la pena de ponernos en guardia, tomando medidas de seguridad.

—Con efecto, mi caro amigo: yo estoy resuelto mañana indefectiblemente, á buscar los medios de evadirnos; a pesar que desde el malogrado suceso de Linch, Oliden, y demás infelices, es algo sino del todo difícil encontrar personas que se animen á llevarnos fuera del pais.

—Yo tambien, añadió Echanagusia, mañana lo primero que haré, es informarme lo que hay sobre este asunto. Necesito ademas, arreglar ciertos negocios, y reunir todo el dinero que se pueda, que con este elemento mucho se alcanza: es una llave que vence las mas sólidas cerraduras. A otra cosa, amigo, ¿qué horas tienes?

—Las ocho y media; precisas salir?

—Si, querido Sañudo: se me ocurre una idea, que si es tan feliz en sus resultados como en su concepcion estamos bien.

—Veamos amigo esa bella idea.

—En la ribera, prosiguió Echanagusia, vive un italiano que tiene una ballenera que mas de una vez ha salvado la vida de muchos perseguidos: este individuo ha hecho amistad conmigo desde una ocasion que le manejé un negocio de interes, el cual tuve la felicidad de arreglarlo de una manera ventajosa; desde entonces me ha hecho muchos ofrecimientos, á si es que, ¿no te parece que la oportunidad nos brinda, y que debo aceptar los servicios que el italiano puede prestarnos, con sus brazos y su bote?

—Magnífica idea, amigo, preciso es no perder tiempo: mientras tu vas en busca de nuestro hombre, yo os espero con el té.

—Convenido, repuso Echanagusia, y tomando el sombrero, salió precipitadamente á la calle.

En el interin, Sañudo se puso á arreglar sus papeles y escribir una carta que seria para anunciar á su familia la resolucion que habia tomado. Despues que hubo escrito, tomó la carta y la leyó, entregandose sin duda á profundas meditaciones. ¡Pobre, Elvira!, decia el joven sacando un retrato en miniatura y contemplandolo al favor de la luz prosiguió:

¡Si, voy á partir, no hay remedio; asi lo quiere el destino. Tu retrato imagen adorada me acompañará hasta el sepulcro...!

La noche estaba oscura y tenebrosa, el viento Sud-Este soplaba reciamente. El cielo se habia cubierto de una sabana negra y espesa, no permitiendo á las estrellas prestasen su fulgor.

Un grupo de diez ó doce hombres emponchados, venian silenciosamente deslizandose cual sombras fantasticas, en direccion á la casa morada de nuestros jovenes.

El que presidia la marcha era Ciriaco Cuitiño, que traia la acera de la derecha. Al llegar á la boca calle, se dividio él grupo en dos pelotones, tomando el mando del segundo, Andres Parra.

Cuitiño, aproximándose á Parra, y bajando la voz, le dijo: Vd. entrará derecho al cuarto de los salvajes; lo acompañarán, Cabrera, Alen, Badia, etc. cualesquiera de los dos que esté le caerá encima y dará un silvido que será contestado por otro. Yo me quedaré en la puerta para impedir la salida.

—Bueno, contestó el asesino, y cruzando la calle se reunió á sus dignos cómplices.

Dadas las disposiciones siguieron ambos, seguido cada uno de su grupo respectivo. Llegaron á la puerta de la casa, que cuando Echanagusia salió dejó entre cerrada. En aquellos momentos el desgraciado Sañudo preparaba el té, como se lo habia prometido á su amigo. Un ruido que sintió hácia la puerta lo hizo distraerse por un momento, y creyendo ser su amigo que venia de vuelta, esclamó con la mayor naturalidad, "apresurate, Pedro, y cierra". A este tiempo entró la turba de asesinos y se lanzó cual fiera hambrienta, sobre el inerme jóven, el cual le fué de todo punto imposible hacer la menor resistencia.

Inmediatamente lo ataron con un cordel y le intimaron silencio sopena de ser apuñaleado en el acto.

El tigre Cuitiño con una voz de trueno y una risa de satisfaccion sarcástica esclamó dirijiéndose á Sañudo.

—¿Donde está su compañero?

—Se ha ido á Montevideo, contestó el generoso amigo creyendo salvar á Echanagusia pero en estos instantes tenia lugar otra escena en la puerta de la calle.

El jóven Echanagucia volvía para su casa acompañado del italiano barquero. Los espias que habian quedado en acecho en la puerta de la casa, así que vieron venir hácia ellos dos personas, dijo el Sardo: "ahí vienen dos y son ellos" y luego con un aire de seguridad añadió; agarre Vd. á uno y yo atrapo al otro, y acto continuo se lanzó el degollador hacia Echanagucia que ignoraba semejante incidente.

El italiano no aguardó que le echaran guante y se puso en polvorosa, en direccion al bajo, seguro de sustraerse á las pesquizas de sus nuevos perseguidores.

Echanagucia echó mano á su baston y se puso en guardia descargando de cuando en cuando sendos palos al que mas lo acometió; pero la lucha era desigual, y pronto le cayeron encima todos los asesinos, llenandolo de improperios.

No tuvieron mas tiempo los dos amigos asi que se vieron que esclamar:

—¡Sañudo!

—¡Echanagucia!

—¡Silencio! —repuso Cuitiño, y llamando á Parra, le ordenó que siguiera por la calle de la Defensa conduciendo á Sañudo; y él á la vez siguió en pos del primer peloton á Echanagucia. Cuando llegaron á inmediaciones de la barranca de Marcot, dió vuelta Parra y dijo á su cólega : "para dónde" "al Hueco de los Sauces, compadre, contestó el antropófago Cuitiño."

Los asesinos seguian guardando el mas profundo silencio y tomaron la direccion que se les habia indicado. Pocos pasos despues, Echanagucia se dirijió a Bernardino Cabrera que iba á su lado y le dijo: "amigo, yo creo que Vdes. me llevan por equivocacion, pues que hoy he estado en la casa del Gobernador, y ya ven Vdes. que esto debe satisfacerles."

"Está bueno, siga no mas" contestó Cuitiño. Sañudo que iba en el primer peloton ó grupo, paróse de súbito y profirió las siguientes palabras: "cobardes, asesinos; no creáis que la muerte me aterra; solo siento que nuestra pobre patria [1] va á ser destrozada por las garras del tigre Rosas. Si algun dia el noble y heróiro pueblo de Buenos Aires, troza las férreas cadenas que lo sujetan al despota abominable, sabrá pedir cuenta de este asesinato quo cobardemente vais á ejecutar."

Cuitiño, furioso al verse insultado esclamó "ponganle una mordaza á ese salvaje" al instante dos sayones cumplieron esta órden. Sañudo á pesar de eso continuó lanzando imprecaciones contra sus verdugos.

Un cuarto de hora después, llegaron, al hueco denominado de los "Sauces". En aquellos momentos el viento soplaba con violencia y parecia que la ira de Dios reprobaba semejante atentado.

Aproximándose uno de los asesinos á Cuitiño, le dijo: esta piedra que tenemos á nuestros pies indica que es el punto convenido. "Que sean ejecutados": fué la repuesta que dio ese hombre fiera.

A esta órden imperiosa y terrible, dada por el hotentote Ciriaco Cuitiño, segundo tomo de Oribe, los asesinos aprontaron sus puñales para hundirlos en los inocentes y generosos corazones de los jóvenes Echanagusia y Sañudo.

Bernardino Cabrera se colocó á la derecha de Sañudo, y otro asesino á la izquierda: igual operacion se hizo con Echanagucia. Los puñales están listos, dijo Cabrera. Listos están, contentaron los matadores.

¿Qué falta? repitió Cuitiño. La órden de Vdes. repuso Cabrera. Un momento, por piedad; aun no he concluido de encomendar mi alma al Dios Omnipotente dijo el desgraciado Echanagusia.

—Ahora! gritó el monstruo Cuitiño, sucediendo un ¡ay!!! lastimero lanzado por las victimas: cayeron estas en el suelo revolcandose en su sangre.


 


Las diez de la noche cantaba el sereno de la manzana inmediata. El viento habia calmado, y el fulgor de las estrellas daba alguna claridad. Señores dijo Cuitiño dirigiéndose á los asesinos: vamos al cuartel á echar un trago, y tomando la calle del Buen Orden siguieron hasta llegar á su destino.

Una hora después entraban por la puerta del cuartel, Cuitiño y sus complices.

En la habitacion que servia de oficina habian preparado con anticipacion un abundante refresco, con sus licores correspondientes.

—No hay que sentarse, señores, sin lavarnos antes las manos, repuso el Gefe de los bandidos. Todos imitaron esta ceremonia. ¡Rara coincidencia entre Cuitiño y Poncio Pilatos, que despues de condenar á muerte al Salvador del Mundo, se lavó las manos para purificarse!

En seguida tomaron asiento segun el órden de sus grados, teniendo á su frente y en medio de la habitacion, la mesa y bebidas.

—Pido un poco de atencion, camaradas, dijo Cuitiño, tomando al mismo tiempo un vaso lleno de ginebra, y añadió: —Brindo a la salud de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes: que la Providencia prolongue sus dias tan precisos para la salvacion de la patria; y se empinó el vaso.

—¡Bravo! ¡Bravísimo! ¡Viva el Coronel! ¡Viva!

—Ahora le toca al Coronel Parra.

—Pero señores, yo no sé discutir tan bien como mi compadre Ciriaco, —dijo esta hiena abortada del infierno.

—No importa señor, diga V. S. cualquiera cosa, contestó Troncoso. Entonces tomando Parra un vaso, lo llevó á sus labios y con bastante dificultad esclamó: "A la de mi compadre Ciriaco."

—Superior, muy bien! contestó la canalla.

—Ahora le toca al ayudante Troncoso.

Este sin andar con vueltas llenó un vaso y se paró cuadrándose como un soldado.

—Brindo por el esterminio del bando traidor salvage unitario, y que asi como bebo este vino, les beba la sangre.

Un prolongado repiqueteo de los vasos que hacian chocar unos con otros, fué la demostracion con que acogieron el brindis, del célebre flagelo del Puente de Barracas.

—Señores, dijo a su vez Cabrera: —Brindo porque nuestros puñales se hundan sin asco en el corazon de todos los gringos [2].

Volvieron los aplausos á repetirse con mas calor, en razon á que Baco iba gradualmente descomponiendo el caletre á los espectadores.

—Se ha concluido por hoy queridos amigos, nuestra nocturna tarea. Espero que de hoy en adelante nadie faltará de asistir á este espectáculo. Mucho y muchísimo tenemos que hacer. Con que asi á afilar sus puñales, y hasta mañana. Dijo Cuitiño á sus fieles servidores.

—Buenas noches, coronel, dijeron en coro.

—Buenas sean para Vdes.

Los asesinos se despidieron, unos para sus casas y otros á ver si encontraban algun transeunte para despojarlo y matarlo si necesario lo creyeran.



  1. El joven, Sañudo era natural de Santa Fé pero tenia tanta afección á Buenos Aires, que sentía orgullo en decir que era su patria.
  2. El año de 1840 y siguiente se apostrofaba con esta frase á todos estrangeros de cualquier nacion y condicion que fuera, y Rosas aplaudia y reia con todos los pulmones cuando veia esto.




UNA FARSA de la Administración de RosasEditar

Al dia siguiente de la noche en que fueron inmolados los desgraciados Echanagucia y Sañudo, esto es el 27 de Septiembre, amanecieron sus cadáveres en el hueco de los Sauces. Nadie dudaba que Rosas fuera el que dispuso la degollacion.

Para probar la hipocresía de este hombre abominable, transcribimos á continuacion el parte oficial que ese mismo dia se pasó al gefe de Policia por el insigne comisario de la 4º seccion. Hélo aquí.

"¡Viva la federacion! Rosas Independencia ó Muerte! Seccion 4º de Policia Buenos Aires Septiembre 27 de 1840. Al Señor Gefe del Departamento General de Policia. El comisario qne firma ha recibido parte del alcalde del cuartel 24 avisando que en la madrugada en las inmediaciones del Hueco de los Sauces ignorando quienes son por no conocerlos, y han sido trasladados al corralon de carros públicos. Dios Guarde á V. S. muchos años. Lorenzo Laguna."

En seguida el Gefe del departamento, con la misma fecha dá cuenta al Gobernador delegado D. Felipe Arana, adjuntando el parte del referido comisario, y el Gobierno ordena se proceda al esclarecimiento del hecho y fecho se dé cuenta.

El Juez de Paz de la parroquia de San Telmo pone en conocimiento de la autoridad haberse presentado en el juzgado de su cargo una muger llamada Josefa Gonzales diciendo que en la noche anterior unos desconocidos se habian llevado en calidad de presos á sus inquilinos Pedro Echanagusia y Clemente Sañudo, y que las llaves de las habitaciones las habian dejado en su poder para que las entrgase al juzgado; asi es que teniendo que salir ese dia las llevaba al Juez.

El juez de 1ª instancia en lo criminal á quien le estaba cometido el esclarecimiento de ese atentado, se dirige al de policia con fecha 31 de octubre del mismo año, diciendole entre otras cosas que para proceder con mas acierto, necesitaba tener un conocimiento oficial de las clasificaciones de Echanagusia y Sañudo; es decir si eran federales ó Salvajes Unitarios.

Mientras tenia lugar esta farsa ridícula que probaba á las claras qne todo no era mas que un pretesto especioso, para alejar las sospechas que indudablemente tendrían que recaer sobre el tirano, si Da. Josefa Gonzalez denunciaba otros pormenores de los cuales resultarían otros y por fin concluiria si hubieran procedido legalmente, á dar con los asesinos: Rosas ponia en vijencia el barbaro decreto de confiscacion fecha 16 de setiembre del año 40.

Con la publicacion del citado decreto quedó suspendida la informacion sumaria, fijandose en la conciencia de los hombres sensatos la idea de no ser otro el autor principal, que el mismo Rosas.

Pocos dias despues de este suceso, una bandera de remate flameaba á merced del viento puesta en uno de los postes pertenecientes á la casa donde habian vivido los malogrados jóvenes, anunciando la venta de varios objetos. ¡Cosa singular! Entre los varios individuos que asistían al remate, hallabanse entre mesclados dos de los asesinos, y estos por decontado fueron los preferidos. Objetos que representaban el valor de 200 pesos papel fueron vendidos por 15 y 20: el producto liquido se redujo á mil y pico de pesos de la misma moneda, cantidad demasiado exigua.

Segun el cálculo de varios inteligentes, si hubieran vendido las existencias pertenecientes á esos desgraciados, de un modo legal y á la más alta postura, el producto al menos, hubiera escedido en diez tantos mas de lo que se sacó por el decreto sancionado por la sala de Rosas. Ese famoso decreto produjo dos resultados. El primero labró la fortuna de los acérrimos sostenedores de la monstruosa tiranía, y de la miseria en que yacían, pasaron á la opulencia, llegando el escandalo hasta ostentar las mujeres impudicas de esos hombres menguados, las alhajas y otros objetos que eran de las familias á quienes se les aplicó el decreto. El segundo tuvo efectos opuestos; es decir de la opulencia en que vivian mis familias pasaron a la indijencia sin tener mas delito que no profesar las ideas de esa mentida federacion, palabra que servia para esplotar con ella el fanatismo de unos y la conveniencia de otros.

Asi que el general Lavalle evacuó el territorio de la provincia, con el ejército de patriotas que lo acompañaban; Rosas comenzó á obtener el fín que se había propuesto al publicar el decreto, que no era otro, bien lo saben todos, que un pretesto para apoderarse de cuantiosos bienes que cayeron en sus mamos y en las de sus ideas.

En la campaña muy principalmente se hallaba la fuente inagotable que habia de saciar la codicia de sus dignos sostenedores, y allí por consiguiente se esparcieron cual plaga de destructora langosta.

Millares de cabezas de ganado pertenecientes á honrados ciudadanos que no se adherian al sistema de sangre, fueron á acrecentar las estancias del hombre que poseia casi la mitad de la campaña, parte como patrimonio, parte como usurpacion, fuera del ganado que servia para abastecer al ejército estacionado en Santos Lugares; y cuyo cuerambre se convirtió en dinero que por varios canales corria a los bolsillos del celebre autócrata de Santos Lugares.

En la ciudad la mayor parte de los empleados fueron agraciados por el pródigo Juan Manuel, dándoles en propiedad casas con todo el amueblado correspondiente, y hubieron familias á quienes se confiscaron sus bienes, muebles é inmuebles, que el mismo dia en que. se les notificó el embargo fueron arrojadas á la calle ignominiosamente, teniendo que pernoctar fuera de sus casas, sin encontrar hogar ni auxilios; ¿y por qué? porque eran salvages unitarios, y cual parias tenian que andar vagando y errantes hasta que la caridad de algunas almas piadosas les tendiese una mano amiga.

Desde entonces las familias que se hallaban vinculadas á los patriotas de la causa noble y santa de la libertad, solo pensaron en abandonar el suelo patrio en que un dia nacieron, y buscar un asilo y el pan de la amargura en el estrangero.

En esos aciagos dias, el populacho fanático lanzaba en las calles de la patria de Moreno, Beruti, Belgrano, Castelli, el terrible anatema de: ¡Mueran los Salvages Unitarios! á ¡degüello muchachos! paseándose con banderas desplegadas precedidos de algunos personages que les gustaba participar de lo que llamaban "entusiasmo federal ó federal entusiasmo."

¡Contraste raro! Mientras esa horda de facinerosos, verdaderos flajelos de la humanidad se entregaba al beberaje en las plazas y lugares públicos, celebrandolos triunfos que obtenia el ejército de Rosas, en las Provincias del interior, las familias residentes en Buenos Aires, sumidas en la mayor afliccion se encerraban en sus hogares, ó donde la caridad les hubiese prestado asilo, y alli agrupadas con recogimiento ante la imagen del crucificado, imploraban su divina proteccion para que cesasen esas escenas de sangre y degüellos consecutivos.

El tirano había agotado los recursos que su diabólico ingenio le sugeria para vincular en las masas ignorantes del pueblo, el odio á los que no eran sus adeptos. Las delaciones se pusieron á la órden del dia. Los criados delataban á sus amos, diciendo que eran unitarios, que todo el menage interior de sus casas era celeste, que en altas y determinadas horas de la noche se reunian diversas personas con el fin de maquinar contra el gobierno y mil otras sandeces de esa jaez, concluyendo que no querían volver á casa de sus amos.

A todos estos delatores públicos y privados, el Ilustre Restaurador les daba sumas considerables de dinero, para estimularlos á que ejercieran tan detestable oficio: decimos oficio, porque para algunos era una profesion legal, creyéndose favorecidos con decir: soy espía de Rosas. Como consecuencia inmediata de sistema tan maquiavélico, la sociedad quedó dividida, las relaciones de familia, interceptadas entre el puñal del asesino y la delación de sus criados. No satisfecho aun el Ilustre con la sangre que se vertia, le era preciso manifestar complacencia á la vista de una cabeza dividida del cuerpo, como la del malogrado Selarayan, ó de una muger flajelada.

En las plazas de la Victoria, Monserrat y varias otras, dió á la canalla bailes públicos, y al retirarse paseaban su inmundo retrato, ora en la extremidad de una bandera, ó bien en un carro triunfal, tirado á pié por las negras y señoras uncidas cual bestias.

Para establecer lo que él llamaba democrácia federal, hizo que su hija precediese á las lavanderas en sus órgias y saraos que efectuaban en la rivera, y allí se ha visto mas de diez veces altenar en el cielito y pericon á la hija del Gobernador y Capitán General con la negra mas ruin y beoda que pudiera encontrarse.

La autorizó tambien para que hiciera las veces de gobernador y confidencial; como sucedió dando nombramientos militares en el regimiento denominado "Las Lavanderas." Entre éstas habían coronelas, subcoronelas, mayoras, capitanas, ayudantas y abanderadas. El emblema de su estandarte era: ROSAS FEDERACIÓN ó MUERTE. Era tal la familiaridad que habian contraido con la niña, que hasta la besaban y acariciaban cual lo hiciera un chiquillo mimado con su nodriza.






Instalación de la Sociedad Restauradora de la MAS-HORCAEditar

Rosas, lanzándose en la carrera del crímen, trató de no detenerse ante consideraciones de ningun género. Profanó la religion, corrompió las costumbres y concluyó por santificar el crímen mismo. ¡Pobre Patria! preparaos para ser devorada por la fiera pantera.

Como no siempre el despotismo hace depravar todos los corazones, Rosas se fijó en ciertos hombres, y aunque no tenia los conocimientos del Dr. Gall, no por eso le fué difícil elegirlos como instrumentos ciegos para que secundasen sus instintos sanguinarios.

Por otra parte, tanto en religion como en política, el fanatismo ha servido para el entronizamiento de los Tiranos, siendo una columna formidable para apoyarse, y desde allí ejercer á salvo toda clase de iniquidades.

No le fué muy difícil encontrar satélites. El primero que se presentó fué el Coronel D. Pedro Burgos, compadre del tirano. Este le facultó para que instalase una sociedad con el pomposo título de Restauradora de la Mas-horca. Al momento acudieron á inscribir sus nombres los bandidos mas famosos que se conocian en esa época. Las cualidades que se requerian para ser miembro de la sociedad, eran ser buen federal, poner á disposicion de S. E. la vida, fama y porvenir; manejar con destreza el puñal, y jurar hundirlo en el corazon de las personas que fueran clasificadas de salvages. El uniforme federal consistia en la chaqueta [1] sombrero de felpa y penacho punzó, con el chaleco federal.

Cuando se hubo completado el núumero prefijado, se procedió al nombramiento de varias comisiones con los títulos siguientes: "Comision de sangre" su presidente Ciriaco Cuitiño. "Comision flageladora" su presidente Manuel Troncoso. "Comision de embargo y delatora" su presidente Julián Salomon. "Comision clasificadora de las opiniones políticas." Ciertos jueces de paz que ejercieron el cargo sucesivamente. Creo inútil referir que escritores aventajados, lo han hecho con tanto acierto.

Los lectores que quieran imponerse de algunos pormenores curiosos pueden consultar las Tablas de Sangre; la Amalia; los Misterios de Buenos Aires; y otras obras y folletos que tratan sobre la materia; como tambien algunos números del Comercio del Plata, que redactaba el malogrado Dr. D. Florencio Varela. [2]

Mientras la mas-horca cumplia con infatigable celo y actividad las prescripciones de su instituto, los fusilamientos tenian lugar en la Cárcel Pública, Cuartel de Serenos, Guardia Argentina, Cuartel de Cuitiño, en la Cuna ó cárcel de deudores, y en el Batallon Libertad [3]. A estos se siguieron las persecuciones, violencias, personerías y mil otras arbitrariedades; llegando el caso de exigir á varios ciudadanos un numere de veinte hombres, que hicieran el servicio de soldado, al que se les condenaba por unitarios.

En los templos y lugares públicos veiánse multitud de individuos pertenecientes á la Sociedad Popular; unos con vergas, otros con tarros de brea y los demás con tijeras. Las señoras que por olvido ó inadvertencia salian á la calle sin el indispensable moño, eran flageladas publicamente, acabando de completar la ignominia con colocarles el cintajo embreado.

Desde las ocho de la noche no se veian en las calles otras personas que grupos de hombres emponchados, con las caras cubiertas y sus puñales en la cintura. La ciudad presentaba el lúgubre aspecto de la mansion de los muertos. ¿Y quién se atrevia á salir de su casa, cuando ni en ella estaba seguro de ser asesinado? Solo los degolladores que cual aves fatídicas se paseaban en bandadas, lanzando al aire cohetes voladores, que era la señal que les servia de inteligencia para reunirse.

Rosas patrocinaba estos crímenes, y consideraba á sus autores como la palanca inconmovible que sostenia su colosal poder. Se valió del color rojo é hizo de él un distintivo, denominado el cintillo federal. Era estremadamente afecto á este color, tal vez por coincidir con sus instintos sanguinarios. A la manera que hizo el feroz Bailio Griszlar con Guillermo Tell, libertador de la Suiza su patria, obligándolo como á todos á doblar la rodilla y saludar á su sombrero que habia mandado colocar en la plaza de Altorf, colgado de una percha, quizo tambien el célebre Rosas, obligar á que su retrato y su nombre recibiera igual prueba de respeto. A fuerza de astucia consiguió que la plebe le rindiera un culto y veneracion especial.

Al principio se limitó á que los hombres y mugeres llevasen, éstos el cintajo del escarnio, y aquellas el memorable moño. En algunas de estas, morenitas, el color encarnado hacía un bonito efecto de visualidad. Algunos ostentaban un entusiasmo indecible, cuando la cinta flotaba caprichosamente mezclándose entre sus bucles de ébano. El efecto que estos pingajos hacian, en el ánimo de un conocido naturalista que había en esa época, fué el mismo que le produjo la primera vez que lo vió, un pájaro conocido por el nombre de cardenal.

No pareciéndole al Restaurador suficiente prueba de adhesion á su santa causa de la federacion, que llevasen el distintivo federal, puramente liso, prescribió que se pusieran lemas ridículos, de "mueran los salvages asquerosos uuitarios" y este odioso lema se gravó en los billetes que representan nuestro medio circulante.

Muy pronto aparecieron sus humildes seides, con sus divisas federales, cuyas inscripciones bordadas de oro, probaban mas la obediencia; y ser netos á macho y martillo. Poco á poco el cintajo lizo antes, ya no ofrecia espacio que no ocupase, cuando no los lemas, dos retratos del ilustre y de la venturosa heroina. Mas tarde se presentó Rosas con su chaleco federal, y al dia siguiente los empleados civiles y militares descollaban por sus lujosos y elegantes chalecos de rica tela. De los trages, pasó á los edificios, y en poco tiempo no quedó casa que su esterior no fuese pintado de bermellon. Los templos siguieron la moda; sus dignos curas arrebatados de entusiasmo federal, no omitian medios con tal de que sus parroquias apareciesen federalmente arregladas.

No concluia aqui la mania de llosas, ó su capricho por el color de sangre. Cinco años despues ordenó al Gefe de Policía, que los carros fúnebres, perdieran su negro color, y se convirtieran en galeras pintadas de colorado, haciendo singular contraste con la mision á que están destinados estos fúnebres vehiculos.

En medio de su loco desvarío su ociosa é inventiva imaginacion, casi siempre le sugeria alguna idea, y una de ellas fue ocurrirsele decir un dia que estaba con la buena; que no tendria inconveniente en cambiar la celeste techumbre, y en su lugar poner una sábana roja. Entre sus paniaguados no faltó quien aplaudiese tamaña y monstruosa concepcion, citándole la ereccion de la torre de Babel, y añadiendo que asi como fueron los hijos de Noé, los que dispusieron su construccion, habría sido el Gran Rosas el génio fecundo, el Apolo luminoso, que no solo hubiese hecho esta metamórfosis, sinó que hasta las piedras microscópicas del mar, hubieran salido á vestir el color encarnado, perdiendo su natural celeste.

No es estraño que serviles aduladores le hicieran concebir tamaños absurdos, cuando hemos visto profanar el Santuario de Dios, colocando al lado del Omnipotente, el retrato de ese tirano abominable, recibiendo el incienso que solo debe tributarse á la Divina Magestad.



  1. Rosas había declarado la guerra al frac y levita por salvages unitarios.
  2. El 20 de Marzo de 1848, fué asesinado por induccion de Oribe, en la ciudad heróica de Montevideo. —Recordemos este hecho y perpetuémoslo en la memoria para maldecir el nombre del asesino.
  3. Quién le diria á la estatua de la Libertad, que su nombre habia de servir para que se ostentase en las bayonetas del batallon de Mariano Maza, enemigo acérrimo de esa misma libertad!!





¡Sangre! ¡Sangre!Editar

El súbdito frances D. Juan Pedro Varangot, vivia con su familia en la calle de Chacabuco. Esta víctima del puñal de la mas-horca, animado por un sentimiento de noble generosidad y grandeza de alma, solia visitar con frecuencia á varios ciudadanos á quienes Rosas hacia sufrir todo género de torturas en la prision denominada la Cuna; y alli por consiguiente les participaba noticias de sus familias, siendo conductor de sumas de dinero que estos mandaban para subvenir á sus necesidades.

Uno de los presos en la cuna, persona de mucha respetabilidad, y cuyo nombre es muy conocido en nuestro pais, le habia dicho á Varangot varias veces, que por él no espusiera su vida, que estaba demasiado persuadido de los sentimientos humanitarios que lo distinguian, y que mirára que tenia familia, á la cual era muy factible le sucediese algo, si sospechaban que él mantenia relaciones con los llamados unitarios.

Pero este señor cuyo celo y amor por servir á sus amigos, y aun á aquellos que le eran desconocidos era proverbial, no tenia fundamento para creer atentasen contra una vida que se habia consagrado á hacer bien y socorrer á los necesitados. Por otra parte, su calidad de estrargero lo garantia, segun él lo creia, contra toda tentativa de violencia hacia su persona y familia.

Muchos estrangeros residentes en Buenos Aires, en la epoca aciaga de los degüellos, habian simpatizado con la causa de la libertad bajo cuya bandera combatia dignamente el General D. Juan Lavalle.

Esta conducta tan noble como patriótica, trajo sobre ellos el ódio del Tirano, y los puñales de sus asalariados asesinos fueron á embotarse mas de una vez en el corazon de esos ilustres estrangeros, en los que se contaban á Tiola y varios otros sacrificados barbaramente por el defensor del continente americano.


 


Era el 9 de Octubre de 1840. Ese dia el Sr. Varangot acompañado de su esposa había salido á dar un paseo, y cerca de la oración regresaba para su casa, muy ageno de lo que momentos despues le iba á pasar. La señora traia en la mano un magnífico ramillete de flores, y venia consultando con su esposo repetir el paseo al dia siguiente, cosa que al Sr Varangot le complacia sobre manera. Era exelente esposo y buen padre, como tambien leal y generoso amigo.

En la boca-calle antes de llegar á su casa, se hallaban apostados varios individuos emponchados y con las caras cubiertas, notándose entre ellos á Ciriaco Cuitiño, que era el gefe principal de los bandidos. Cuatro asesinos vinieron siguiendo á la conyugal pareja, y en los fondos de la casa permanecieron en acecho los demas salteadores.

Llega Varangot á la puerta de su casa, abre, y tras él y su señora entra la mashorca, y lo primero que hace es apoderarse de Varangot, atarlo y conducirlo á las piezas interiores. A la señora tambien la ataron y la encerraron en un cuarto sin luz, amenazándola con la muerte si proferia la menor palabra. No pudo menos esta infeliz que accidentarse, pero ni esta circunstancia ni las lágrimas de la familia fueron suficientes para ablandar esos duros é insaciables corazones de caribes. Creo que ni en los Hotentotes, Cafres ni Antropófagos, se podrian encontrar hombres tan malvados como aquellos facinerosos. Dejemos á la señora encerrada en el cuarto, separada de su esposo é hijos, y véamos la escéna que tenia lugar en el interior de la casa.

Cuitiño con una mirada imponente contemplaba al desgraciado Varangot, que bañados sus ojos de lágrimas, preveia el desgraciado fin que le esperaba, y se acordó de las palabras que su amigo el preso le había dicho dias antes; pero ya era tarde.

—Dónde está el dinero, gringo salvage; dijo el monstruo Cuitiño al desgraciado Varangot.

—Desáteme señor, y le entregaré todo el que poseo, no reservando ni las alhajas de mi esposa.

—Nada de eso: asi atado diganos el paraje, que hemos de dar con él. Estos gringos suelen esconder las onzas y patacones hasta en las letrinas.

—Creo que en esa cómoda hay algunos billetes que he cambiado en el banco; dijo Varangot, señalando al mismo tiempo una que estaba en la habitación en que se hallaban los asesinos.

Inmediatamente se lanzó Bernardino Cabrera y sus compañeros, y estrajeron cuanto hallaron al paso, revolviendo como hurones todos los departamentos de la casa. Robaron todas las alhajas y objetos de ropa, no dejando ni las parrillas que uno de los soldados encontró en la cocina.

Varangot permanecia atado, y de vez en cuando llegaban hasta él, los ayes lastimeros que el dolor de las ataduras arrancaban á su señora.

El por su parte no sufria menos; pero creia que el cuadro que se ofrecia á su vista no era mas sino un robo con violencia, y esperaba que la justicia de su patria adoptiva investigase y castigase á los perpetradores.

Desgraciado Varangot! La justicia ó por mejor decir, Rosas que la pisoteaba, y solo la invocaba para escarmiento, era precimente el que ordenaba su muerte. Desde que se le confirió la suma del poder público en 1835, ya la justicia perdió su fuerza, y la razon el derecho.

Concluido el saqueo, salieron los asesinos llevándose á Varangot, llenándolo de improperios y apostrofándolo con las palabras de: gringo salvage unitario.

La esposa de este desgraciado, habia recobrado el sentido y lloraba amargamente pidiendo le dieran á su esposo, al padre de sus hijos. Creia como él, que todo no era sinó un robo, no figurándose que dos horas despues vestiria el luto del dolor.

Solo Dios sabe las reflexiones á que se entregaria esa desgraciada señora, á quien no le habian dejado en su casa ni una silla en que sentarse.


 


Dos cuadras antes de llegar al cuartel, Cuitiño qeu iba detrás de los asesinos, apresuró el paso, y llegando donde iba Varangot, le dijo:

—Me dá Vd. cien mil pesos y lo dejo libre.

—Pero señor; que he hecho para que se me trate asi, y luego se me exija esa enorme cantidad por mi libertad; cuando no he dado el menor motivo para que se me conduzca atado como un malhechor? Repare Vd. que mi señora queda encerrada y atada, necesitando probablemente de mi ayuda para qué vuelva en sí. ¡Oh señor, esto es terrible! compadézcase Vd. de un pobre estrangero que no se mezcla en mas negocios que buscar un pan para su familia.

—Nadie se muere por otro. Me da Vd. el dinero ó no?

—Le daré á Vd. lo que tengo.

—Y á cuanto asciende la suma?

—No lo se; Vd. tome esta cartera y guárdese el contenido.

Cuitiño, lijero como un lince, se echó al bolsillo la cartera, y luego esclamó: "adelante."

Un instante mas corto que el tiempo que ha sido preciso para narrar el diálogo fué lo suficiente para que llegasen al lugar del suplicio. [1]

Un soldado que estaba en la puerta de la famosa oficina del célebre gefe de los bandidos, recibió la órden de este para que se retirase y se pusiese por la parte de afuera á esperar órdenes.

—Donde ha quedado Santos Perez, señor Cabrera?

—Ahí en el cuerpo de Guardia, señor.

—Que venga inmediatamente.

Al instante se presentó el individuo, cuya mision era cortar cabeza, y cuadrándose delante de su gefe esclamó:

—A la órden de V. S.

—Ese hombre que esta ahí, y señaló á Varangot, degüellelo y en seguida lo lleva al hueco de la Concepcion, arroja al aire un cohete volador, y véngase al cuartel. Cuidado eh!

—Muy bien, señor, asi lo haré.

La noche, estaba tan oscura que apenas se distinguian los objetos mas voluminosos á un palmo de distancia, y como era necesario encender luz para efectuar el asesinato, Perez pidió su linterna y la puso debajo del poncho. Provisto de esta, y armado de una cuchilla de dascarnar, la contempló, y probándola en su callosa mano, esclamó: Está como para cortar un pelo.

En seguida salieron del cuerpo de Guardia y cruzaron un pequeño pasillo oscuro, luego pasaron al corralon y al llegar á los corredores que habia en este, el soldado que iba de acompañante tomó la linterna que le entregó Perez, mientras que él echaba á tierra á su víctima.

Varangot se sorprendió á la vista de semejante hombre, cuya mirada satánica, imprimia miedo, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano, esclamó:

—Justo y misericordioso señor; piedad para un desgraciado. Tomen vdes. cuanto me ha quedado y déjenme libre para ir á mi casa. Les prometo embarcarme mañana sin falta, palabra de caballero.

—No hay piedad, repuso el degollador. Los despojos de la víctima pertenecen al verdugo, y acabando de decir esto lo agarró por la cintura y lo arrojó al suelo. El cómplice aplicó la luz al cuello de Varangot.... Un minuto despues cayó su cabeza bañada en sangre.

Entre los dos degolladores despojaron al desgraciado, y atándolo á la cola de un caballo, fué arrastrado por la calle y tirado en la plaza de la Concepcion.



  1. El cuartel de Cuitiño era verdaderamente un suplicio: alli se castigaba, se mataba y se cometian toda clase de escándalos.




La casa de RosasEditar

La casa morada de D. Juan Manuel Rosas, en el año de 1840, es la misma que hoy sirve para las oficinas públicas de la actual Administracion; con la diferencia que en ese tiempo era un vasto edificio de arquitectura antigua, habiendo sido construido años despues el famoso que hoy existe.

Era el 15 de Noviembre de 1840. Rosas se hallaba en su habitacion, y vestia de chaqueta azul, pantalon de paño con un vivo encarnado y su gorra con vicera.

Estaba sentado en uu sillon enorme, en el cual cuando queria recostarse tiraba un resorte y quedaba al momento hecho cama. Dos hombres hablaban con él, uno era Cuitiño y el otro Parra; el que tenia la palabra era el primero. Un sirviente aguardaba en el dintel de la puerta á que su amo lo llamara para que tomase el mate.

—Que se dice de bueno, querido coronel, dijo Rosas mirando con atencion á su brazo derecho, como él llamaba á Cuitiño.

—Lo que se dice es que V. E. es muy misericordioso con esos perros salvajones.

—Ya lo veo, mi fiel amigo, mi política es demasiado tolerante.

—Pues Señor, permitame V. E. que le diga: que esa política es la que menos conviene en las actuales circunstancias. Es preciso sangre, Señor. Nosotros hemos jurado sostener á V. E. en el puesto que ocupa, porque de la conservacion de V. E., en él pende la salvacion de la patria.

—Y Vd. no sabe que para verter sangre, y para asegurar el porvenir de las familias es preciso apoyarse en las bayonetas, fieles guardianes de mi poder?

—Lo sé, Señor; lo sé. V. E. está plenamente convencido como lo estamos todos, que no hay un solo habitante de nuestro pais que no se halle animado y deseoso de llamarse soldado de Rosas. Hombres son los que sobran; lo que falta es que S. E. nos autorice para obrar ampliamente y sin piedad, á fin de deflorar nuestra tierra de esos vichos venenosos de unitarios.

—Y Vd. los aborrece de veras coronel?

—Tan los aborrezco Señor, que bien lo sabe S. E. Las pruebas recientes de mi ódio las he manifestado a S. E., presentándole las orejas del salvage aquel que degollé por órden que me dió.

—Si, ya me acuerdo. ¿Y el dinero que camino tomó?

—Lo he repartido á los muchachos, y á los que se han enrolado en el regimiento.

—¿Y cuales son los individuos que forman su regimiento?

—Los abastecedores, carretilleros y de otros grémios, pero en los que tengo plena confianza es en los primeros, por ser hombres que lo entienden. V. E. ha visto no ha mucho, que apenas invadió la provincia el asesino Lavalle, al momento se reunieron mas de mil milicianos, equipados á su costa.

Rosas se sonrió maliciosamente al oir el discurso de su coronel, viendo que se avivaba cada vez mas.

Parra como no era orador no hacía mas que sorberse mate tras mate, aprovechando mientras su cólega hablaba.

Cuitiño iba á proseguir, pero Rosas le interrumpió diciéndole:

—¡Cuantos se han enrolado en la sociedad!

—No traigo la lista nominal, Exmo. Señor, pero el número es muy crecido.

—Bien, es preciso que Vd. me informe lo que han hecho las diversas comisiones.

—Cuitiño toció, escupió en seguida, y luego se espresó en estos términos;

—Si la relacion que tengo el honor de hacer á V. E. verbalmente, la hubiese hecho redactar con mi ayudante Troncoso, seguro estoy que habria sido del gusto de V. E.; pero del mejor modo que me sea posible me espediré en el asunto. V. E. disimulará si mi estilo oratorio no es como el de ciertos diputados que V. E. tiene á su lado en la Sala de Representantes.

—Desde el mes de Mayo del presente año [mes de América] han sido dados de baja ó borrados de la lista viviente los individuos que á continuacion se espresan:

Ignacio Oliden, Francisco Linch, N. Meson, N. Riglos, Clemente Sañudo, Pedro Echanagucia, Juan Pedro Varangot, Sisto Quesadas, Juan Barragan, Santiago Amarillo, Miguel Yané, A. Romero, N. Gandara, N. Zapata [á] Jorobado, Mariano Lamadrid, Antonio Dunoyó, Juan Nobrega y su peon, Manuel Fernand.

Estos son Señor, mas ó menos los trabajos que ha hecho la comision de Sangre; unas veces presidiéndola Cabrera, otras yo y las demás mi compadre Parra, asociado del Secretario Troncoso. Por fin, Señor, todos los individuos que constituyen la comision, son dignos del aprecio y destinguida consideración de V. E. Recomiendo en particular á Juan Merlo por sus importantes delaciones que hace diariamente.

Rosas, interin Cuitiño hacía la relación de los degüellos, leia la gaceta, y cuando hubo concluido de informarle, se levantó, tiró de un cajon de su escritorio y sacó unos billetes de banco que repartió á sus servidores dándoles las gracias.





El Castigo de DiosEditar

Vamos a pasar diez años, en cuyo lapso, han ocurrido diversos acontecimientos políticos que no se relacionan con el asunto que motiva este imperfecto y humilde trabajo. La historia de los crímenes de Rosas es muy vasta. Compuesta en su mayor parte de elementos heterogéneos, sería muy difícil presentar un trabajo acabado: no obstante, dia llegará en que debido á la paciencia y laboriosidad de los hombres de letras, se reúnan esos elementos dispersos, que servirán para el complemento de la historia.....

El 3 de Febrero de 1852, quedó sepultada en Caseros, la tiranía mas espantosa de que haya ejemplo en la historia. Allí fue la tumba del despotismo y la cuna de la libertad. Una nueva era de paz y de ventura se abrió para el pueblo de Buenos Aires, y con ella entró en el uso de sus derechos e instituciones, merced a los esfuerzos de los héroes que componían el Ejército Libertador. El tirano huyó despavorido a ocultarse en un buque inglés, y desde la cubierta pudo observar, sin duda alguna, el embanderamiento con que la ciudad, su víctima, celebraba su derrota.

En los días que sucedieron al memorable 3 de Febrero, hubo una afluencia inmensa de las personas que se hallaban en la emigración. Hubo padres que no conocían a sus hijos, efecto de la larga separación en que habían vivido.

La opinión pública, señaló a los asesinos del año 40, pidiendo justicia y no venganza, pero estos corrieron a postrarse de hinojos ante el General en Jefe del ejército que acababa de vencer a Rosas. No tan solo alcanzaron perdón, sino que se les facultó para que repelieran la fuerza con la fuerza.

A manera que se fue calmando la efervescencia, fueron apareciendo esos hombres funestos al rededor de otros, que por generosidad u otras circunstancias les servían de égido. La prensa sostuvo con energía y firmeza la necesidad que había de reparar los males inmensos inferidos al pueblo víctima; y pedía que los asesinos fueran juzgados, y expiasen en un patíbulo los crímenes inauditos que habían cometido. No pedía venganza sino justicia. Así se pasó desde el mes de Febrero hasta el 1°. de Diciembre de 1852, en que estalló una sublevación en la campaña, encabezada por el ex-coronel Lagos. No se hicieron esperar los asesinos, y en el mismo día en que se hallaban militando bajo las banderas de la rebelión. Continuaron portándose como antes, y aun con mas furor. El célebre Troncoso volvió al Puente de Barracas, y ejerció sus venganzas, castigando a unos e insultando a otros. Pero la Divina Providencia en sus designios inescrutables, permitió que esos hombres viniesen para que expiasen sus crímenes a la faz del pueblo que se los vio cometer, y que sufría en silencio vilipendio tanto.

En efecto el 14 de Julio de 1853, el pueblo de Buenos Aires, se entregó al mas viro regocijo por la feliz terminación del asedio, y el triunfo de la noble causa.

Al día siguiente fueron capturados por nuestras fuerzas algunos de los asesinos famosos de los años 40 y 42, y sucesivamente la justicia de Dios, hizo que salvo muy corto número cayesen los demás criminales. La cárcel de Buenos Aires recibió en los calabozos a Ciriaco Cuitiño, Leandro Alen, Silverio Badía, Manuel Troncoso, Fermín Suárez, Antonino Reyes y varios otros que tenían mas o menos delitos. La justicia entró a ejercer sus funciones, sin coacción, y aunque habían algunos que querían conmutar la pena capital por la de destierro, no obstante, al fin se sentenciaron a muerte.

El 17 de Octubre del mismo año en que se concluyó el sitio, fueron ejecutados en la Plaza del "25 de Mayo", los reos Silverio Badía y Manuel Troncoso. El 31 del misno sufrió la pena de muerte Fermín Suárez con suspensión del cadáver en la horca. El 29 de Diciembre del mismo, fueron ejecutados Ciríaco Cuitiño y Leandro Alen, quedando sus cadáveres suspendidos por espacio de cuatro horas a la expectación pública. Así concluyeron unos hombres que llenaron de luto y dejaron en la miseria a mil familias.