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–Orden del día: continúa la discusión del presupuesto de Obligaciones eclesiásticas.

En el Salón de Sesiones se marcó un movimiento de fuga: el mismo pánico que desbanda los ejércitos y disuelve las multitudes Se levantaban los más resueltos para escapar, y los seguían en su fuga grupos enteros, aclarándose por momentos los escaños.

La Cámara estaba llena desde primera hora. Era día de emociones: una discusión entre el jefe del Gobierno y un antiguo compañero que ahora estaba en la oposición; un antagonismo de viejos compadres, en el que salían a luz los secretos de la intimidad, todas las antiguas artimañas en común para sostenerse en el poder. Y el silencioso público que se deleitaba con este pugilato, los diputados que llenaban los escaños, las dos masas que se estrujaban a ambos lados de la presidencia, emprendieron la fuga al ver terminado el incidente, sabiéndoles a poco las dos horas de alusiones y punzantes recuerdos.

El nombre del orador que iba a hablar sobre las obligaciones eclesiásticas contuvo un poco aquella fuga; produjo el efecto de un gran recuerdo histórico lanzado en medio de una dispersión. Algunos diputados volvieron a sus asientos, mirando a los bancos más extremos de la izquierda, donde asomaba tras el rojo respaldo una gran cabeza blanca, en la que brillaban las gafas con luz semejante a la de una sonrisa dulcemente irónica.

Púsose en pie el anciano. Era tan pequeño, tan débil de cuerpo, que aún parecía estar sentado. Toda la fuerza de su vida se había concentrado en la cabeza, enorme, de nobles línea, sonrosada en la cúspide, entre los blancos mechones echados atrás. Su cara pálida tenía esa transparencia de cera de una vejez sana y vigorosa, a la que añadían nueva majestad las barbas plateadas, brillantes, luminosas, como las que el arte da siempre al Todopoderoso.

Aguardaba con los brazos cruzados a que cesase el rumor de colmena revuelta que zumbaba en el salón y los últimos fugitivos hubiesen transpuesto las puertas de salida. Por fin, comenzó a hablar ante la Cámara casi vacía, entre los siseos de los periodistas, que, asomados a su tribuna como un gran racimo de cabezas, imponían silencio para no perder palabra.

Era el patriarca de la Cámara. Representaba la revolución, no sólo política, sino social y económica; era el enemigo de todo lo que existe; sus teorías causaban profunda irritación, como una música nueva e incomprensible que alterase el oído adormecido. Pero se le escuchaba con respeto, con la veneración que inspiraban sus años y su historia irreprochable. Su voz tenía el sonido débil y dulce de una lejana campanilla de plata; y en el silencio del salón se desarrollaba su palabra con cierta unción evangélica, como si al hablar pasase ante sus ojos la visión de un mundo mejor, de la sociedad perfecta del porvenir, sin opresión ni tristezas, tantas veces soñada en la soledad de su gabinete de estudio.

Rafael estaba a la cabeza del banco de la Comisión , algo separado de sus compañeros. Le dejaban espacio libre, como los toreros al camarada que va a matar. Había apilado en su asiento legajos y volúmenes, por si se le ocurría citar textos en su contestación al venerable orador.

Le contemplaba en silencio, admirándolo. Aquél sí que era fuerte, con la dureza y la frialdad del hielo. Habría tenido sus pasiones, como todos; en ciertos momentos se escapaba a través de su exterior inmutable y tranquilo un arranque de vehemencia. Sus ardores de poeta perdido en la política delatábanse algunas veces, como esos volcanes que, ocultos bajo una sima de nieve, se revelan con lejano trueno. Pero había sabido ajustar su existencia al deber, y sin creer en Dios, sin otro apoyo que la filosofía, la fuerza de su virtud era tal, que desarmaba a los más apasionados enemigos.

¡Y a un hombre así había de contestarle él!... Comenzaba a sentir miedo, y para recuperar el ánimo paseaba su mirada por el salón. Lo que llamaban una media entrada los familiares de la casa. En los escaños veíanse esparcidos algunos grupos de diputados; la tribuna pública, llena de gente popular, quieta y en recogimiento, como si bebiese la palabra del viejo republicano. En las otras tribunas, poco antes repletas de curiosos para contemplar el pugilato de primera hora, sólo quedaban los forasteros, mirando abajo con expresión de asombro, deslumbrados por los fantásticos trajes de los maceros y con el propósito firme de no moverse hasta que los despidieran. Algunas señoras de la clase de parlamentarias, que acudían todas las tardes de bronca, rumiaban caramelos y miraban con extrañeza a aquel viejo de terrible fama, cuyo nombre jamás se pronunciaba en sus tertulias, admirando su aspecto bondadoso y la natural distinción con que llevaba la levita. ¡Parecía imposible!... En la tribuna diplomática sólo quedaba una señora, lujosamente vestida, con un gran sombrero de plumas negras, tras el cual casi desaparecía un joven rubio, peinado, en bandós, correcto y estirado. Sería alguna extranjera, Rafael la tenía frente a su banco, y veía su mano enguantada apoyándose en el antepecho de la tribuna, agitando el abanico con escandaloso crujido. El resto de su cuerpo se confundía en la penumbra de la tribuna al echarse atrás para cuchichear y reír con su acompañante.

Distraído por aquella revista, Rafael apenas atendía al orador. Había adivinado todo lo que estaba diciendo, y esto le satisfacía. Así no quedaba desbaratado el andamiaje de la larga contestación que tenía preparada.

Aquel hombre era inflexible e inmutable. Llevaba treinta años diciendo lo mismo. Aquel discurso lo había leído Rafael un sinnúmero de veces. Estudiando atentamente los males nacionales, los abusos imperantes en el país, había formulado una crítica completa y despiadada, en la que resaltaban los absurdos por el efecto del contraste. Con la convicción de que la verdad sólo es una y nada tan nuevo como ella, venía repitiendo su crítica, todos los años, en un estilo puro, conciso, sonoro, que parecía esparcir en el ambiente el maduro perfume de los clásicos.

Hablaba en nombre de la España del futuro, de un pueblo que no tendría reyes, porque se gobernaría por sí mismo; que no pagaría sacerdotes, porque, respetando la conciencia nacional, permitiría todos los cultos sin privilegiar alguno. Y con sencilla amenidad, como si construyese y juntase versos, emparejaba cifras, haciendo resaltar la manera absurda con que la nación se despedía de un siglo de revoluciones, durante el cual todos los pueblos habían conseguido más que el nuestro.

En el mantenimiento de la casa real se gastaba más que en la enseñanza pública. El sostenimiento de una sola familia resultaba de más valía que el despertar a la vida moderna de todo un pueblo. En Madrid, en la capital, a la vista de todos ellos, las escuelas instaladas en inmundos zaquizamís; iglesias y conventos surgiendo de la noche a la mañana como palacios encantados en las principales calles. En veintitantos años de Restauración, más de cincuenta edificios religiosos, completamente nuevos, estrechando la capital con una cintura de edificios flamantes; y, en cambio, una sola escuela moderna, como la de cualquier población pequeña de Inglaterra o Suiza. La juventud, débil, apagada, egoísta y devota, contrastando con sus padres, que adoraban los generosos ideales de la libertad y la democracia y hacían revoluciones. El hijo, envejecido, con el pecho lleno de medallas, sin más vida intelectual que las reuniones de cofradía, confiando su porvenir y su voluntad al jesuita introducido en la familia por la madre, mientras el padre sonríe amargamente, reconociendo que es de otro mundo, de una generación que se va: la que logró galvanizar la nación por un momento con la protesta revolucionaria.

La Iglesia , cobrando todos sus servicios a los fieles y cobrando al mismo tiempo del Estado. La Hacienda , demandando economías, mientras se crean nuevos obispados y las Obligaciones eclesiásticas aumentan en provecho del alto clero, sin beneficio para el populacho de sotana, para los de abajo, que necesitan entregarse a la más despiadada codicia, explotando sin escrúpulos la Casa Dios. Y mientras tanto, sin dinero para las obras públicas, poblaciones sin caminos, regiones enteras sin haber oído jamás el silbato del ferrocarril, que resuena en regiones salvajes de Asia y África, campiñas pereciendo de sed mientras los ríos pasan junto a ellas llevando hacia el mar sus inútiles aguas.

El estremecimiento de la convicción pasaba por la Cámara , silenciosa, anhelante, para no perder nada de aquella voz débil, lejana, como salida de una tumba. Todos sentían en el ambiente el paso de la verdad, y cuando terminó con una invocación al futuro, en el cual no existirían absurdos ni injusticias, se hizo más profundo el silencio, como si un viento glacial, una brisa de muerte hubiese aleteado sobre aquellas cabezas que creían estar deliberando en el mejor de los mundos.

Al terminar el venerable orador se levantó Rafael, pálido tirando de los puños de la camisa, dejando pasar algunos minutos para que se calmara la agitación de la Cámara , ansiosa de expansionarse, de murmurar, después del largo recogimiento a que le había obligado la palabra tenue y concisa del anciano.

Si a Rafael le había de animar la benevolencia del auditorio, buen principio tenía. El salón se vaciaba por momentos. Era la fuga prevista apenas se levanta el señor de la Comisión a contestar a las oposiciones teniendo al lado un rimero de papeles.

Un lata: ¡huyamos! Y pasaban por enfrente de Rafael, atravesando el hemiciclo, los grupos de compañeros, mientras arriba, en las tribunas, la dispersión era general, como si el edificio se incendiase. Las señoras, mascando el último caramelo y viendo terminado por aquel día el desfile de hombres ilustres, abandonaban las tribunas. Abajo las aguardaba el coche para dar un paseo por la Castellana. Aquella extranjera de la tribuna diplomática también se movía para irse. Pero, no: daba la mano a su acompañante, le despedía y se quedaba, moviendo aquel abanico que con su revoloteo turbaba a Rafael. Muchas gracias, señora. Aunque él, por su gusto, hubiera querido que se marchasen todos, que no quedasen en el salón otras personas que el presidente y los maceros, para hablar con menos miedo. Le atemorizaba la tribuna pública, donde no se había movido nadie, aguardando sin duda la rectificación del venerable orador: toda aquella aglomeración de blusas blancas y pecheras sin corbata, rematadas por cabezas morenas que le miraban con fija frialdad, como diciendo: «Ahora veremos lo que contesta ese tío.»

Rafael comenzó por un elogio a la historia intachable, a la consecuencia política, a la sabiduría de aquel venerable septuagenario que todavía tenía fuerzas para batallar por los ideales de su juventud. Era de rúbrica un exordio como éste; así los hacía el jefe. Y al hablar, su vista se fijaba angustiosamente en el reloj. Quería ser largo, muy largo. Si no hablaba hora y media o dos horas, estaba deshonrado. Era el tiempo que correspondía a un hombre de su importancia.

Había visto a los jefes de partido, a los caudillos de grupo, hablar toda una tarde, desde las cuatro hasta las ocho, roncos y congestionados, sudando como cavadores, con el cuello de la camisa hecho un trapo sucio, y mirando al gran reloj del salón con angustia de condenado. «Aún falta una hora para levantar la sesión», decían los amigos. Y el gran orador, como un caballo cansado, pero de buena sangre, sacaba nuevas fuerzas y emprendía otra vez la carrera, falto de espacio para galopar, volviendo sobre sus pasos, repitiendo lo que había dicho un sinnúmero de veces, resumiendo la media docena de ideas desenvueltas en cuatro horas de sonora charla. Los buenos discursos se apreciaban reloj en mano. El rey de la casa era un señor rubio que desde los bancos de la oposición se divertía molestando al jefe del gobierno: un diputado eterno, con fuerza para hablar tres días seguidos.

Rafael había oído ponderar la concisión y la claridad de la oratoria moderna en los Parlamentos de Europa. Los discursos de los jefes de Gobierno en París o en Londres llenaban media columna de un periódico. También el venerable orador a quien iba a contestar, por ser original en todo, hablaba con esta conclusión: cada período encerraba tres o cuatro ideas. Pero él no se dejaba tentar por la austeridad oratoria; creía que el peso y la medida sin tasa eran cualidades indispensables en la elocuencia y deseando llenar todo un cuaderno del Diario de Sesiones, para que allá en su distrito se asombraran ante el interminable batallón de columnas impresas, hablaba y hablaba, sin más preocupación que no soltar idea alguna, guardándolas todas con avaro celo, con la certeza de que cuanto más se conservara prisioneras, más larga y solemne resultaría su oración.

Llevaba hablando un cuarto de hora sin contestar a nada del anterior discurso, llenando de flores al ilustre personaje. Su señoría era respetable por esto y aquello, había hecho lo otro y lo de más allá..., pero... Y al llegar por fin al pero, comenzó a soltar algo de lo que traía preparado. Su señoría era un ideólogo de inmenso talento, pero siempre fuera de la realidad; quería gobernar los pueblos con arreglo a las teorías adquiridas en los libros, sin atenerse a la práctica, al carácter propio e indestructible que tiene cada nación.

Y había que oír con qué ligero tono y desprecio marcaba aquello de ideólogo, y lo de sabiduría adquirida en los libros, y lo de vivir fuera de la realidad.

«Muy bien; así, así», le decían los compañeros de Comisión, moviendo sus cabezas peinadas, lustrosas, e indignados contra todos los seres que quisieran vivir fuera de la realidad. Había que cantarles las verdades a los ideólogos.

Y el ministro, amigo de Rafael, el único que ocupaba el banco azul, abrumado con su enorme tronco el pupitre, volvía su cabeza de búho gordo, pelado y con agudo pico, para sonreír benévolamente al joven.

El orador continuaba, cada vez más sereno, fortalecido por aquellas muestras de aprobación. Hablaba de los detenidos y profundos estudios que la Comisión había hecho en los presupuestos. Era el más modesto, el último, pero allí estaban sus compañeros –todos aquellos señores con levita inglesa y pelo partido de la frente a la nuca–, jóvenes estudiosos, que le habían ilustrado con sus profundas apreciaciones, y cuando ellos no habían hecho más economías, era porque resultaba imposible.

Y las cabezas de la Comisión se movían para murmurar con el optimismo del agradecimiento:

–¡Pero este Brull habla muy bien!...

El Gobierno estaba dispuesto a cuantas economías fuesen prudentes y factibles, sin menoscabo de la dignidad del país; pero era el Gobierno de una nación eminentemente religiosa, favorecida por Dios en todos sus trances, y no tocaría un céntimo de las obligaciones eclesiásticas. ¡Jamás!; eso, ¡jamás!

Su voz resonaba con ese triste eco que conmueve las casas vacías. Miró llevaba media hora hablando y aún no había comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cámara estuviese vacía. ¡Tan bien como marchaba aquello!... Frente a él, en la penumbra de la tribuna diplomática, seguí moviéndose el abanico, distrayéndole con su aleteo. ¡Diablo de señora! Bien podía estarse quieta.

El presidente, siempre con la campanilla en la mano, inquieto y vigilante cuando hablaba alguien de las oposiciones, descansaba ahora, con los ojos entornados y la cabeza en el respaldo del sillón, dormitando con la confianza de un director que no teme desafinaciones. Los vidrios de la claraboya tomaban un tinte acaramelado con los rayos del sol, pero abajo sólo descendía una luz verde y difusa, una claridad de bodega, discreta y dulce, que parecía sumir la Cámara en una calma monástica. Por las ventanas del techo, encima de la presidencia, veíanse pedazos de cielo azul impregnados de la suave luz de una tarde de primavera. Un palomo blanco revoloteaba a lo lejos en estos cuadros azules.

Rafael sintió un desmayo de la voluntad, una invasión de entorpecedora pereza. Aquella sonrisa dulce de la Naturaleza asomando a los tragaluces de la lóbrega cripta parlamentaria le hizo pensar en sus campos de naranjos, y por un capricho de la imaginación, vio praderas cubiertas de flores, damas vestidas de pastoras, como en los abanicos antiguos, bailando sobre la punta de sus tacones rojos al son de juguetones violines, y sintió un impulso de acabar en cuatro palabras, de tomar el sombrero y huir para perderse en las arboledas del retiro. Existiendo el sol y las flores, ¿qué hacía allí, hablando de cosas que no le importaban?... Pero se repuso pronto de aquella rápida crisis. Cesó de buscar entre los legajos amontonados en el escaño, de hojear papeles para disimular su turbación, y tremolando el primer pliego que encontró a mano, continuó su discurso.

No se le ocultaba la intención que guiaba a su señoría al combatir aquel presupuesto. «»Sobre este punto tenía él ideas particulares y propias. «Yo entiendo que su señoría, proponiendo economías, busca también combatir las instituciones religiosas, de las que es enemigo.»

Y al llegar a este punto, Rafael se lanzó en loca carrera, pisando terreno firme y conocido. Toda esta parte del discurso la tenía preparada, párrafo por párrafo: una apología del catolicismo, de la fe religiosa, unida íntimamente a la historia de España, con arranques líricos y estremecimientos de entusiasmo, como si predicase una nueva cruzada.

Veía en los bancos de enfrente el brillo irónico de unas gafas, el estremecimiento de una barba blanca sobre los brazos cruzados, como si una sonrisa bondadosa e indulgente saludase el desfile de tantos lugares comunes, mustios y descoloridos como flores de trapo. Pero Rafael no se intimidaba. Ya le faltaba poco para llegar a una hora de discurso. Adelante, adelante, a soltar todos sus arranques líricos sobre la gran epopeya nacional y cristiana. Y desfilaban por el oratorio cinematográfico la cueva de Covadonga; un árbol fantástico de la Reconquista , «donde el guerrero colgaba su espada, el poeta su arpa», etcétera, etc., pues todos acudían a colgar cualquier cosa; los siete siglos de batallas por la cruz, plazo algo largo, mediante el cual fue expulsada del suelo español la impiedad sarracena. Y a continuación los grandes triunfos de la unidad católica. España, dueña de casi todo el mundo; el sol, obligado a alumbrar eternamente la tierra española; las carabelas de Colón llevando la cruz a las tierras vírgenes: la luz del cristianismo saliendo de entre los pliegues de la bandera nacional para esparcirse por toda la Tierra.

Y como si hubiera sido una señal aquel himno a la luz cristiana entonado por el orador, casi invisible en la penumbra del salón, comenzaron a encenderse las lámparas eléctricas, saliendo de la oscuridad los cuadros, los dorados, los escudos, las figuras duras y chillonas pintadas en la cúpula.

Rafael se sentía trémulo, fuera de sí, embriagado por la facilidad con que desenvolvía su discurso. Aquella ola de luz que se derramaba por el salón en plena tarde, mientras en la claraboya aún brillaba el sol, parecíale la repentina entrada en la gloria, que venía hacia él para darle el espaldarazo del renombre.

Arrebatado por su verbosidad, seguía soltando cuanto había almacenado aquellos días en su pensamiento. «En vano se cansaba su señoría; España era profundamente religiosa; su historia era la del catolicismo; se había salvado en todos los conflictos abrazada a la cruz.» Y abarcaba todas las grandes luchas nacionales: desde las batallas en que la piedad popular veía a Santiago en su caballo blanco cortando las cabezas de la morisma con alfanje de oro, hasta el levantamiento de los pueblos contra Napoleón, tras el pendón de la parroquia y con el escapulario al pecho. No hablaba una palabra del presente; dejaba en pie aquella crítica despiadada del viejo revolucionario, despreciándola como un ensueño de ideólogo, y se enfrascaba en su canto al pasado, afirmando por centésima vez que habíamos sido grandes por ser católicos; que en el momento que no lo fuimos, todos los males del mundo cayeron sobre nosotros; y hablaba de los excesos de la revolución, de la tormentosa República del 73, cruel pesadilla de las personas sensatas, y del cantón de Cartagena, el supremo recurso de la oratoria ministerial, una verdadera fiesta de caníbales, un horror jamás conocido en la tierra de los pronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir al auditorio el terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto era no haber revolucionado nada... Y a continuación una apología entusiástica de la familia cristiana; del hogar católico, nido de virtudes y dulzuras, con tal fervor, que no parecía sino que en los países donde no imperaba el catolicismo eran todas las casas repugnantes lupanares u horrorosas cuevas de bandidos.

–Muy bien, Brull, muy bien –mugía el ministro, de bruces en su pupitre, oyendo con delicia sus propias ideas en boca del joven.

El orador descansó un instante, paseando su mirada por las tribunas, iluminadas ahora por las lámparas. La dama de la tribuna diplomática había cesado de abanicarse, mirándole fijamente.

Faltó poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por la sorpresa. ¡Aquellos ojos!... ¡Tal vez una asombrosa semejanza! Pero, no: era ella; le sonreía con la misma sonrisa burlona de los primeros tiempos...

Sentía la turbación del pájaro que se revuelve en el árbol sin poder librarse de la mirada magnética de la serpiente encogida junto al tronco. Aquellos ojos que se burlaban de él trastornaban todas sus ideas. Quiso acabar, callarse pronto; cada minuto le parecía un suplicio; creía oír los mudos chistes que aquella boca estaría haciendo a costa suya.

Miró otra vez el reloj; con quince minutos más redondeaba el discurso. Y emprendió una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economía de ideas para prolongar la peroración, soltándolas todas de golpe, con el deseo de terminar cuanto antes. «El Concordato..., obligaciones sagradas con el clero..., sus antiguos bienes..., compromisos de estrecha amistad con el papado, padre generoso de España... En fin: que no podía hacerse economías ni por valor de un céntimo y que la Comisión sostenía el presupuesto sin reforma alguna.»

Al sentarse sudoroso, conmovido, restregándose con fuerza el congestionado rostro, los compañeros de banco le felicitaron tendiéndole las manos. «Era todo un orador; debía lanzarse, hablar más; tenía condiciones.»

Y del banco de abajo venía el mugido del ministro:

–Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo. El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación, repitiendo sus mismas afirmaciones de antes las cuales no habían sido contestadas.

–Me he cansado mucho –suspiraba Rafael contestando a las felicitaciones.

–Salga usted si quiere –dijo el ministro–. Yo pienso contestar la rectificación. Es un deber de cortesía con un diputado tan antiguo.

Rafael levantó la cabeza y vio vacía la tribuna diplomática. Aún creyó distinguir en su lóbrego fondo las grandes plumas del sombrero.

Salió del banco apresuradamente y se lanzó al pasillo, donde lo detuvieron muchos para felicitarle. Ninguno lo había oído, pero todos le daban la enhorabuena, le estrechaban la mano, impidiéndole avanzar. De nuevo creyó ver, al extremo del corredor, al pie de la escalera de las secciones, destacándose sobre la vidriera de salida, aquellas plumas negras y ondulantes.

Se abrió paso entre los grupos, sordo a las felicitaciones, empujando a los que le tendían la mano, y tropezó en la cancela de cristales con dos compañeros que miraban hacia afuera con ojos de entusiasmo.

–¡Qué hembra!, ¿eh?

–Parece extranjera. Será mujer de algún diplomático.


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