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En la plazoleta que formaban frente a la casa azul los altos y tupidos rosales, erguíanse cuatro palmeras que, abandonadas muchos años, dejaban colgar las secas ramas como miembros muertos debajo de las palmas nuevas, arrogantes y rumorosas. Hundidos en el follaje de los rosales, a la entrada de la plazoleta, había dos bancos antiguos de mampostería, blanqueados con cal, con el asiento y el respaldo de viejos azulejos valencianos de una trasparencia aterciopelada, en la que resaltaban los floreados arabescos, los caprichos multicolores de una fabricación heredada de los árabes. Eran bancos con la elegancia de líneas de un sofá del pasado siglo, frescos y de saludable dureza, en los que gustaba sentarse Leonora por las tardes, cuando las palmeras extendían su sombra en la plazoleta.

En uno de ellos leía la sencilla doña Pepita la historia del santo del día, ayudada por unas antiguas gafas con montura de plata. Beppa, la doncella escuchábala atenta para comprender todas las palabras, con una admiración respetuosa de muchacha de la campiña romana familiarizada con la devoción desde sus primeros años.

En el otro banco estaban leonora y Rafael. La artista, con la cabeza baja, seguía el movimiento de sus manos, ocupadas en la confección de una de esas labores que sólo sirven para pasar más fácilmente el tiempo engañando la atención.

Rafael la encontraba cambiada por los meses de ausencia. Vestía con sencillez, como una señorita de la ciudad; su cara y sus manos tan blancas antes, habían tomado, con la continua caricia del sol, una transparencia dorada de trigo maduro; los dedos mostrábanse en toda su esbeltez, libres de sortijas, y en el lóbulo sonrosado de las orjas, los sutiles agujeros no soportaban el peso, como otras veces, de la gruesa masa de brillantes.

–Estoy hecha una campesina, ¿verdad? –dijo, como si leyera en los ojos de Rafael el asombro por aquel cambio–. La vida del campo obra estos milagros; un día de adorno, mañana otro, va una despojándose de todo lo que antes era como una parte del cuerpo. Me siento mejor así... ¿Creerá usted que hasta tengo abandonado mi tocado, y allí se pierden todos cuantos perfumes traje? Agua fresca, mucha agua..., eso es lo que me gusta. ¡Cuán lejos está ya aquella Leonora que había de pintarse todas las noches como un payaso para mostrarse al público! Míreme usted bien: ¿cómo me encuentra? ¿No es verdad que parezco una de sus vasallas? De seguro que, si salgo esta mañana a darle vivas a la estación, no me reconoce entre los grupos.

Rafael intentó decir que la encontraba más hermosa que antes, y así lo creía de buena fe. La veía más cerca de su persona: era como si descendiese de su altura para aproximarse a él. Pero Leonora, advinando sus palabras y queriendo evitarlas, se apresuró a seguir hablando.

–No diga usted que le gusto más así. ¡Qué disparate! ¡Ahora que viene usted de madris, de ver un mundo que no conocía...! Pero, en fin, a mí me gusta esta sencillez, y lo que me importa es agradarme a mí misma. Ha sido una transformación lenta, pero irresistible; el campo me ha saturado con su calma; se me ha subido a la cabeza como una embriaguez mansa y dulce, y duermo, y duermo, siguiendo esta vida animal, monótona y sin emociones, deseando no despertar nunca. ¡Ay Rafaelito! Como no ocurra algo extraordinario y el diablo tire de la manta, me parece que aquí me quedo para siempre. Pienso en el mundo como un marino piensa en el mar cuando se ve en su casa después de un viaje de continuos temporales.

–Sí; quédese usted –dijo Rafael–. No puede usted figurarse el miedo que he pasado en Madrid, pensando si la encontraría o no al volver.

–No mienta usted –dijo sonriendo Leonora dulcemente, con cierta expresión de gratitud–. ¿Cree usted que por aquí no nos hemos enterado de lo que hacía en Madrid? Usted, que nunca tuvo grandes relaciones de amistad con el bueno de Cupido, le ha escrito con frecuencia, contándole tonteras; todo para, al final, como posdata importantísima, encargar saludos a la ilustre artista, tranquilizándose al recibir la respuesta la noticia de que esa ilustre artista aún estaba aquí. ¡Poco me he reído leyendo esas cartitas!

–Eso le demostrará a usted que yo no mentía el día que le aseguré cierta cosa. Le demostrará que no la he olvidado en Madrid. No, Leonora; no la olvido. Esta ausencia ha agrandado más mi afecto.

–Gracias, Rafael – dijo la artista con gravedad, como si en ella no fuese ya posible la ironía de otros tiempos–. Estoy convencida de ello, y me entristece, pues es inútil. Ya sabe usted que no puedo corresponderle... Hablemos de otra cosa.

Y apresuradamente, queriendo desviar con su charla el curso de la conversación, que le parecía peligroso, comenzó a hablar de sus rústicos placeres.

–Tengo un gallinero que es un encanto. ¡Si me viera usted por las mañanas, rodeada de plumas y cacareos, arrojando el maíz a puñados, teniendo a raya a los gallos, que se meten bajo mis faldas y me pican los pies! Me parece mentira que sea yo la misma de otros tiempos, que blandía la lanza e interpretaba, así, regularmente, los ensueños de Wagner. Ya verá usted a mi gente. Tengo gallinas de una fecundidad asombrosa, y, como un ratero, revuelvo todas las mañanas la paja para sorberme los huevos todavía calientes... El piano lo tengo olvidado. Hace más de una semana que no lo había; pero esta tarde, no sé por qué, sentí el deseeo de rozarme un poco con los genios. Tenía sed de música..., algo de los caprichos melancólicos de otros tiempos. Tal vez el presentimiento de que usted vendría; los recuerdos de aquellas tardes en que usted estaba arriba, sentadito e inmóvil como un bobo, escuchándome... Pero no vaya usted a creer, señor diputado, que todo aquí es juego con las gallinas y pereza campestre. Han entretenido mi soledad de este invierno cosas serias. He hecho en la casa grandes obras. Un cuarto de baño que escandaliza a mi pobre tía y hace que le diga a beppa que es pecado pensar tanto en las cosas del cuerpo. Aunque olvidadas mis antiguas costumbres, yo no podía pasar sin el baño; es el único lujo que conservo, y mandé venir de Valencia artesanos con mármoles y maderas finas para que arreglasen una preciosidad. Ya lo verá usted; cosa buena. Si algún día me da el arrechucho de huir y levanto el vuelo, ahí quedará eso, para que mi pobre tía se indigne a cada instante viendo que su loca sobrina gastó tanto dinero en tonterías pecaminosas, como ella dice.

Y reía mirando a la inocente doña Pepa, que allá en el otro banco explicaba por centésima vez a la italiana los portentosos milagros del patrón de Alcira, con el anhelo de que la extranjera pusiera su fe en el santo, dando de lado a todos los bienaventurados de su país.

–No crea usted –continuó la artista– que yo le olvidado en ese tiempo. Soy su amiga, y lo de usted me interesa. He sabido por Cupido, que de todo se entera, lo que usted hacía en Madrid. También he figurado entre sus admiradores. ¡Lo que puede la amistad!... Yo no sé que será esto; pero tratándose del señor Brull, me trago las mayores mentiras, aun sabiendo que lo son. Cuando usted habló en el Congreso sobre eso del río, envié a Alcira a comprar el periódico, y lo leí no sé cuántas veces, creyendo ciegamente cuanto allí decían en su honor. Yo he hablado con Gladstone en un concierto de la reina en Windsor; he conocido a hombres que llegaron por su palabra a presidentes de República; y no digamos de los políticos de España: a la mayoría de ellos los tuve como cadetes en mi camarín una vez que canté en el Real. Y a pesar de esto, yo tomé en serio por unos días los elogios disparatados con que le incensaban sus correligionaros. En mi imaginación aparecía usted al mismo nivel que todos esos señores solemnes y poderosos que he conocido. ¿Por qué será esto? Tal vez el aislamiento y la calma, que agrandan las cosas; tal vez el ambiente de esta tierraa, en la que es imposible vivir sin ser súbdito de Brull... ¿Si me iré enamorando de usted sin saberlo?

Y volvía a reír con la risa regocijada y francamente burlona de otros tiempos. Lo había recibido grave y sencilla, influida por el cambio que la soledad, la vida campestre y el deseo de descanso producían en ella. Pero al contacto de Rafael, al ver en sus ojos aquella expresión amorosa, que ahora se marcaba con más atrevimiento, reaparecía la mujer de antes y reía con la misma carcajada irónica, que penetraba como acero en las carnes del joven.

–¿Y qué de extraño tendría eso? –preguntó audazmente Rafael, imitando la sonrisa burlona–. ¿No podría ser que usted, compadecida de mí, acabase por amarme? ¿No se han visto cosas más imposibles?

No –dijo rotundamente Leonora–. No le amaré a usted nunca... Y si llegase a amarlo –continuó en un tono dulce y casi maternal–, se lo ocultaría piadosamente, para evitar que usted se exaltara viéndose correspondido. Toda la tarde estoy evitando esta explicación. He hablado de mil cosas, me he enterado de su vida en Madrid hasta en detalles que nada me importan, todo para impedir que llegásemos a hablar de amor. Pero con usted es imposible; hay que abordar la materia más pronto o más tarde. Ya que usted lo quiere, sea... Yo no lo amaré nunca; yo no debo amarle. Si lo hubiera conocido lejos de aquí, aproximados por las circunstancias, como en aquella noche de la inundación, no digo que no. Pero ¡aquí!... Serán escrúpulos, de los que puede usted reírse, pero me parece que amándole cometería un delito: algo así como si entrase en una casa y agradeciera la hospitalidad robando un objeto.

–Pero ¿qué disparates son ésos? –exclamó Rafael–. ¿Qué quiere usted decir??... Crea que no la entiendo.

–Como usted vive aquí, que no se da cuenta del ambiente que le rodea. ¡Amarse sólo por el amor! Eso puede ser en ese mundo del cual vengo, donde la gente no se escandaliza, donde la virtud es ancha y no pincha, y cada uno, por egoísmo, porque respetan sus debilidades, procura no censurar las ajenas. Pero ¡aquí!... Aquí el amor es un camino recto que forzosamente ha de conducir al matrimonio; y vamos a ver: ¿sería usted capaz de mentir asegurando que se casaría conmigo?...

Miraba de frente al joven con sus grandes ojos verdes, luminosos y burlones, con tal franqueza, que Rafael inclinó la cabeza tartamudeando.

–No se casaría usted, y haría muy bien. ¡Como que resultaría una solemne barbaridad! Yo no soy de las mujeres que sirven para eso. Muchos me lo han propuesto en mi vida, acreditándose con ello de imbéciles. Más de una vez me han ofrecido sus coronas de duque o de marqués, creyendo que con esto me aprisonaban, me podían conservar cuando yo, sintiendo fastidio, pretendía levantar el vuelo. ¡Casada yo! ¡Qué disparate!

Reía como una loca, con una risa que hacía daño a Rafael. Era una carcajada sardónica, de inmenso desprecio, que recordaba al joven la risa de Mefistófeles en su infernal serenata a Margarita.

–Además –continuó Leonora, serenándose–, usted no se da cuenta de lo que soy aquí. ¿Cree usted que ignoro lo que de mí se dice en la ciudad?... Me basta ver los ojos con que me contemplan las señoras las pocas veces que voy allá. Y también conozco lo que le ocurriría a usted antes de ir a Madrid. Aquí se sabe todo, Rafaelito; el chismorreo de esa pobre gente es tan grande, que llega hasta esta soledad. Conozco perfectamente el odio que la madre de usted me tiene, y hasta he oído algo de disgustos domésticos por si usted venía o no venía aquí. Si ahora han de repetirse esas cosas tan enojosas, le ruego que no vuelva; seré siempre su amiga; pero no viéndonos, ganaremos usted y yo.

Rafael se sentía avergonzado al ver que Leonora conocía sus secretos. Se creía ridículo, y para salir del paso afirmó con petulancia:

–No crea usted en tales cosas: son chismes de enemigos. Yo soy mayor de edad, y me figuro que, sin miedo a mamá, puedo ir a donde mejor me parezca.

–Sea así; siga viniendo, ya que tal es su gusto; pero no me negará usted que existe contra mí una hostilidad declarada. Y si yo llegase a amarle, ¡Dios mío!, ¿qué dirían entonces de mí? Creerían que había venido únicamente para seducir a su don Rafael, y ya ve usted cuán lejos estoy de ello. Con esto perdería la tranquilidad, que tanto me gusta. Si ahora hablan contra mí, ¡figúrese lo que sería entonces!... No; yo deseo permanecer quieta. Que me muerdan, cuanto quieran, pero que sea sin motivo, por pura envidia. Ya ve usted el caso que hago.

Y mirando hacia el punto donde estaba la ciudad, oculta tras las filas de naranjos, reía desdeñosamente.

Volvió otra vez aquella franqueza regocijada, de la que se hacía ella la primera víctima, y continuó, bajando el tono de voz, con un acento confidencial y cariñoso:

–Y luego, Rafaelito, usted no se ha fijado bien en mí. ¡Si soy casi una vieja!... Ya lo sé: no necesito su advertencia: tenemos la misma edad, pero la diferencia de sexo y de vida aumenta considerablemente la mía. Usted es hombre y casi comienza ahora a vivir. Yo voy desde los dieciséis años rodando por el mundo, de escenario en escenario, y este maldito carácter, este afán de no ocultar nada, de no mentir, ha contribuido a hacerme peor de lo que soy. Yo tengo en el mundo muchos enemigos, que a estas horas se creerán felices con mi inexplicable desaparición. En nuestra vida de artistas es imposible adelantar un paso sin despertar el odio del camarada, la más implacable de las pasiones. ¿Y sabe usted lo que han dicho de mí esas buenas gentes? Pues que soy una mujer galante, más bien que una artista: una especie de cocota, que canta y se exhibe en el escenario como en un escaparate.

–Eso es una infamia –dijo Rafael con arrogancia–. Quisiera que alguna vez lo dijesen delante de mí.

–¡Bah! No sea usted niño. Será una infamia, pero no carece de fundamento. He sido algo de eso que dicen; pero a los hombres les corresponde más culpa que a mí... He sido una loca, sin freno en mis caprichos, dejándome tentar unas veces por el esplendor de la riqueza, otras por la hermosura o por el valor, huyendo tan pronto como me convencía de que no había de encontrar nada nuevo, sin importarme la desesperación de los hombres al ver su ensueño interrumpido. Y de toda esta carrera loca, desesperando a unos, enloqueciendo a otros, trastornando la vida en muchos puntos de Europa, he sacado una consecuencia: o eso que los poetas llaman amor no existe y es una invención agradabilísima, o yo no he nacido para amar y soy inmune, pues después de una vida tan agitada, cuando recopilo el pasado, reconozco que mi corazón no ha sentido de verdad... ni esto.

Y hacía chasquear entre los dientes la uña sonrosada y aguda de su pulgar.

.A usted se lo digo todo –continuó–. Después de su larga ausencia, en la que alguna vez me he acordado de usted, siento el deseo de que me conozca bien, y para siempre. A ver si así vivimos tranquilos. Comprendo que ansíen confesarse esas buenas mujeres de los huertos, que van en busca de cura caminando bajo el sol o la lluvia. Esta tarde necesito yo decirlo todo. Aunque quisiera evitarlo, no podría. Tengo aquí dentro un diablillo que empuja y empuja para echar afuera todo mi pasado.

–Pues hable usted. Si soy su confesor y merezco su confianza, algo voy adelantando.

–¿Para qué quiere usted adelantar en mi corazón si está vacío? ¿Cree usted que haría una gran cosa conquistándome? ¡Si yo no valgo nada! No ría usted: no valgo nada. Aquí, en esta soledad, puedo examinarme detenidamente y lo reconozco: nada. ¿El físico..., sí: confieso que no soy fea; y aunque lo negase con ridícula modestia, ahí está mi historia para probar que he gustado mucho. Pero, ¡ay, Rafaelito!, eso es el exterior, la fachada, y con unos cuantos inviernos que lluevan sobre ella quedará despintada y llena de grietas. Pero, interiormente, créame usted, soy una ruina. Con tantas fiestas y alborotos, los tabiques se caen, los pisos se bambolean. He corrido muy aprisa; me he quemado las alas por arrojarme de cabeza en la llama de la vida. ¿Sabe usted lo que soy? Una de esas barcas viejas caídas en la playa, que vistas de lejos aún conservan el color de sus primeros viajes, pero que sólo piden el olvido para ir envejeciendo y pudriéndose sobre la arena. Y usted, que empieza ahora, ¿se presenta pidiendo un puesto en la peligrosa carroña que al volverv al oleaje perecería, llevándoselo a fondo?... Rafael, amigo mío, no sea usted tonto. Yo soy buena amiga para amiga; no puedo ser ya más..., aun cuando le amase. Somos de diferente casta. Lo he estudiado a usted, y veo que es sensato, honrado y tímido. Yo soy de la casta d los locos, de los desequilibrados; me alisté para siempre bajo las banderas de la bohemia, y no puedo desertar. Cada uno por su camino. Usted encontrará fácilmente una mujer que lo haga feliz... Cuanto más tonta, mejor... Usted ha nacido para padre de familia.

Rafael creyó que se burlaba de él, como otras veces. Pero no; su acento era sincero, su rostro no estaba contraído por la sonrisa irónica; hablaba con ternura, como amonestando a un hijo que sigue torcidos derroteros.

–Sea usted como es. Si el mundo se compusiera de gente como yo, resultaría imposible la vida. También tengo mis ratos en que quisiera transfigurarme, ser ave de corral como toda la gente que me rodea. Pensar en el dinero y en lo que comeré mañana; comprar tierras, discutir con los labriegos, estudiar los abonos, tener hijos que me preocupen con sus resfriados y los zapatos que rompen; no llevar mis aspiraciones mundanales más allá de vender bien la cosecha. Hay momentos en que quisiera ser gallina. ¡Qué bien! Un cercado de cañas por todo mundo, la comida al alcance del pico, y pasar horas y más horas al sol, inmóvil sobre una caña... ¿Se ríe usted? Pues esta vida he comenzado a ensayarla, y me va muy bien. Voy todos los miércoles al mercado, compro pollos y huevos, discuto por gusto con las vendedoras, para acabar dándoles lo que piden; convido en la chocolatería a las hortelanas de este contorno, y vulevoa casa escoltada por todas ellas, que se admiran al oírme hablar con Beppa en un lenguaje extraño. ¡Si viera usted lo que me quieren!... En sus ojos leo el asombro al reconocer que la siñoreta no es tan mala como dicen las de la ciudad. ¿Recuerda usted la pobre hortelana enferma que vimos en la ermita aquella tarde? Pues viene por aquí con frecuencia, y siempre le doy algo. También ésa me quiere... Todo esto es muy agradable, ¿verdad? Paz; cariño de los humildes; una anciana inocente, mi pobre tía, que parece haberse rejuvenecido teniéndome aquí. Sin embargo, cualquier día, esta corteza rústica formada por el sol y el aire de los huertos se romperá en mil pedazos, y volverá a aparecer la de siempre, la valquiria. ¡A caballo en seguida! ¡A galopar otra vez por el mundo, entre la tempestad de placeres, aclamada por el coro del deseo brutal!... Presiento que esto va a ocurrir. Hasta la primavera he jurado estar aquí. Pero la primavera comienza a aletear sobre este suelo. Mire usted estos rosales, mire esos naranjos... ¡Ay! Me da miedo la primavera: ha sido siempre para mí la estación fatal.

Quedó pensativa algunos minutos. Doña Pepa y la italiana se habían metido en la casa. La buena vieja no podía pasar mucho tiempo fuera de la cocina.

Leonora había dejado caer su labor sobre el banco y miraba a lo alto, marcándose la suave curva de su garganta en tensión. Parecía sumida en un éxtasis, como si pasase ante sus ojos la nostálgica visión del pasado.

De pronto se incorporó con un estremecimiento.

–Creo que estoy enferma, Rafael. No sé qué tengo hoy. Tal vez la extrañeza de verlo, de seguir esta conversación que evoca mi pasado, después de tantos meses de calma... No hable usted; no diga nada, por favor. Usted tiene la rara habilidad, sin saberlo, de hacerme hblar, de recordarme lo que deseo tener olvidado... A ver: déme usted el brazo; paseemos por el jardín; esto me sentará bien.

Se levantó Leonora, apoyándose en el brazo de Rafael, y comenzaron a pasear por la ancha avenida que conducía a la plazoleta desde la verja de entrada. Al alejarse de la casa, por entre las tupidas copas de los naranjos, la artista sonrió maliciosamente, moviendo una mano en actitud de amenaza.

–Confío en que usted habrá vuelto de su viaje más serio y respetuoso. Nada de juegos y atrevimientos, ¿eh? Ya sabe usted que soy fuerte y como las gasto.



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