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Doña Bernarda no llegó a sospechar el motivo por el cual su hijo se levantó al día siguiente pálido y ojeroso, como quien ha pasado una mala noche. Tampoco sus amigos políticos adivinaron por la tarde la razón por la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuése a encerrarse en la atmósfera densa del Casino.

Los más bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez más de la gran noticia que hacía una semana traía revuelto al partido: iban a ser disueltas las Cortes. Los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro de dos o tres meses, antes de finalizar el año, nuevas elecciones. Y con ellas, el triunfo ruidoso y unánime de la candidatura de Rafael

Don Andrés y los más graves de sus adeptos andaban preocupados recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que forman sus cálculos en vísperas de la declaración de mayor de edad del príncipe.

El íntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull era el más enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los periódicos, a Rafael le faltarían unos cuantos meses, cinco o seis, para cumplir los veinticinco años. Pero él había escrito a Madrid consultando a los personajes del partido.

El ministro de la Gobernación se mostraba conforme, había precedentes, y aunque a Rafael le faltase el requisito de la edad, el distrito sería para él. Ya no enviarían a Madrid más cuneros. Se acabaron los señorones desconocidos. Y toda la grey brullesca se preparaba para la lucha, con el entusiasmo ruidoso del que sabe que el triunfo está asegurado de antemano.

Todas estas manifestaciones dejaban frío a Rafael. Él, que tanto había deseado la llegada de las elecciones para verse libre allá en Madrid, permanecía insensible aquella tarde, como si se tratara de la suerte de otro.

Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrés, con otros tres prohombres, jugaban su diaria partida, y esperaba el momento en que viniera, cual de costumbre, a sentarse junto a él, para que lo contemplasen en sus funciones de regente, cobijando bajo su autoridad y sabiduría de maestro al príncipe heredero.

Bien mediada la tarde, cuando el salón del Casino estaba menos concurrido, la atmósfera más despejada y las bolas de marfil quietas, sobre el paño verde, don Andrés dió por terminada la partida, aproximándose a su discípulo, rodeado, como siempre, por los partidarios más pegajosos y aduladores.

Rafael fingía escucharlos, mientras preparaba mentalmente la pregunta que desde el día anterior deseaba hacer a don Andrés.

Por fin se decidió.

–Usted conoce a todo el mundo, ¿quién es una señora muy guapa que parece extranjera y que encontré ayer en la montaña de San Salvador?

Comenzó a reír el viejo, echando atrás la silla para que su vientre, estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la mesa.

–¿También tú la has visto? –dijo entre los estertores de su risa–. Pues, señor, ¡qué ciudad esta! Llegó anteayer, y todos la han visto ya, y no hablan de otra cosa. Tú eres el único que faltaba a preguntarme... ¡Jo, jo, jo! Pero ¡qué ciudad esta!

Después, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuó más tranquilo:

–Pues esa señora extranjera, como tú dices, es de aquí, y ha nacido en la misma calle que tú. ¿No conoces a doña Pepa, la del médico, como la llaman, una señora pequeña que tiene un huerto junto al río y vive en una casa azul que se inunda siempre que sube el Júcar? Era dueña de la casa que tenéis un poco más arriba de la vuestra, y se la vendió a tu padre; la única compra que hizo don Ramón, ¿no te acuerdas?

Sí, creía conocerla. Poniendo en tensión su memoria, salía de los más remotos rincones una señora vieja, arrugada, con la espalda algo curva y una cara de simpleza y bondad. La veía con el rosario al puño, la silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decía con aire protector: «Esa doña Pepa es muy buena; un alma de Dios... La única persona decente de su familia.»

–Sí, sé quién es; la conozco –dijo Rafael.

–Pues esa señora extranjera –continuó don Andrés– es sobrina de doña Pepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora ha ido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno, que tanto dió que hablar en sus tiempos...

¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquel nombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez. Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo, de súbitas alarmas, en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza tembloroso; de amenazas cuando, negándose a dormir porque lo acostaban temprano, su madre le decía con voz imperiosa:

–Si no callas y duermes, llamará al doctor Moreno.

¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba, como si las hubiera visto entrar en el Casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas, los ojos grandes y ardientes mirando siempre con exaltación, y el cuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull evocándola desde los recuerdos de su infancia.

Tal vez era una buena persona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período de su vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño, al encontrar en una calleja al terrible doctor, que lo miró con sus ojos de brasa, acariciándole las mejillas bondadosamente con una mano que al arrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todos los chicuelos cuando los acariciaba el doctor.

¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él con terribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabía ciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión; pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes y cristianas.

Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo tenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que sostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la indignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que a costa de esta locura soltaban sus amigos los domingos en el púlpito.

Y lo peor era que con tales brujerías no había enfermedad que se resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales entre la tosca gente de los huertos, que lo adoraban con tanto afecto como temor. Devolvía la salud a los que habían declarado incurables los viejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerables sabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en su elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevos medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y libracos que recibía de muy lejos.

A los enemigos los desconcertaba, en su murmuración, la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres, añadiendo muchas veces una limosna, e indignábalos la testarudez con que se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos principios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesor para ponerse en tales manos.

–¡Pillo!... ¡Hereje!... ¡Descamisado!... –exclamaba doña Bernarda–

Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre mostrábase por entonces más sombrío que nunca y apenas salía del patio.

A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el entrecejo respetuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros..., todos menos la casa de Brull.

La Monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madrid los hombres de la Revolución de Septiembre, Los industrialillos de la ciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles en las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a los que antes los habían tenido bajo el pie.

Se daban en las calles vivas a la República , faltaba poco para que se encendieran cirios ante la estampa de Castelar; y entre ese torbellino de discursos, aclamaciones, Marsellesa a todas horas y percalina tricolor, destacábase el fanático médico predicando en las plazas, hablando en las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en las veladas nocturnas del Casino republicano de la ciudad; entusiasta hasta el lirismo, repetía con diversas palabras las odas oratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España de una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la Historia.

La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un mitin, pasaba por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá, ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo. «¿Hasta cuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y aunque nadie la insultaba ni le pedía un alfiler, hablaba de la necesidad de trasladarse a otro punto.

Aquellas gentes pedían la República , eran de la Repartidora , como ella decía; al paso que marchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría el saqueo de la casa, tal vez el degüello de ella y su hijo.

–¡Déjalos, mujer! –decía el caído cacique con burlona sonrisa–. No son tan malos como crees. Que sigan cantando la Marsellesa y dando vivas, ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Los carlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.

Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre, un excelente chico, al que los libros habían trastornado. Lo conocía mucho: habían ido a la escuela juntos, y jamás quiso unirse al corro de maldiciones contra Moreno. Lo único que pareció molestarle fué que, a raíz de la proclamación de la República , los entusiastas del doctor quisieron enviarlo diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco, cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no había osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le inspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...

Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería del triste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era un sedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la que cumplía sus gustos sin obstáculo alguno.

Sus convicciones lo arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos, provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en las organizaciones del partido, y después de una reunión pública pasaba días y días encerrado en su casa entre sus libros y revistas, sin más compañía que la de su hermana, dócil y devota, que lo adoraba, aunque lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafael recordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a las principales familias obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.

El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad. ¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aquel talento portentoso era adquirido con malas artes, fruto de su impiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar el violonchelo, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían a pasar con él algunos días –todos gente greñuda y estrambótica, que hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta unción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira–, la gente se agolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los que poco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones y ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.

–Sí, don Andrés –dijo Rafael–; recuerdo perfectamente al doctor Moreno.

El miedo que le había inspirado en la niñez y las diabólicas melodías que por la noche llegaban hasta su camita estaban aún frescos en su memoria.

–Pues bien– continuó el viejo–: esa señora es la hija del doctor. ¡Qué hombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el setenta y tres! Algo sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado completamente por la música; tenía cosas graciosísimas. Se casó con una hortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era... para perpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gente fuerte y sana. Por esto, lo menos era preocuparse de la posición de la esposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa, fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valió a la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencias del parto murió a los pocos días, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.

Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Los agitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones, donde el ahondar en la vida ajena es el más vivo de los placeres.

–Y ahora viene lo bueno –continuó don Andrés–. El loco del doctor tenía dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no lo sabéis) es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que se sacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o se diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo preocupado, con el nombre que había de ponerle. Quería llamarla Emilia, para hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba más Leonora (¡fijaos bien!, no digo Leonor, Leonora), que, según nos dijo él, era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera que leía él a ratos perdidos como yo leo el periódico. El recuerdo del extranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantas vecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran por nombre Leonora. Figuraos qué contestaría el cura después de buscar en vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del Ayuntamiento, y tuve que intervenir. Era antes de la revolución; mandaba González Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Poo. Y, sin embargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! Se plantó en la iglesia, donde no había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a su gusto. Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sin cuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana. En la disputa, llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidos en la sacristía cuadrilla de bramantes...

–Los llamaría brahmanes –interrumpió Rafael.

–Sí; eso es; y también bonzos; así, por chunga: de esto me acuerdo bien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor. Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco: «Será Leonora, por razones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo se las explicase.» ¡Que tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre y yo para amansar a los buenos curas; querían formarle un proceso por sacrílego, ultrajes a la religión y qué sé yo cuántas cosas más. Nos dió lástima. ¡Ay hijo mío! En aquel tiempo, una causa así era más de cuidado que hacer una muerte.

–¿Y cómo ha seguido llamándose? –preguntó un amigo de Rafael.

–Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor: tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen que es muy guapa; se parece a su madre, que era una rubia, la más buena moza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora, no era gran cosa como finura, pero nos dejó asombrados a todos...

–Y Moreno, ¿qué se hizo? –preguntó otro–. ¿Es verdad, como se dijo hace años, que se había pegado un tiro?

–Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quién sabe! ¡Se marchó tan lejos!... Cuando al caer la república volvió el tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún que al morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetado más que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid, daba orden a los gobernadores de que se abriesen la mano, dejándonos en completa libertad para barrer lo que quedaba de la Revolución , y los que antes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no los tomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; iba al huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado a Leonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo su afecto. ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda su banda de amigotes se agarraban a tiros con la tropa en las calles de Alcira, dando vivas a la federal... Su soledad y la tristeza de la derrota le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo tenía una alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso de sus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él. Aprendía rápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violonchelo de papá, y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmenso montón de solfas que guardaban en el granero junto con los libros malditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa y sonora. «Será una artista, una gran artista», decía su padre, entusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de sus protegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela, que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué os parece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de que haya nacido aquí.»

Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos, y añadió tras larga pausa:

–La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como ya mandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Lo perdimos de vista; no le hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa era lo único que nos lo traía a la memoria. Supimos un día, por su hermana doña Pepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudad donde estuviste tú, Rafael, a Milán, que, según me han contado, es el mercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una gran tiple. Ya no lo vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa no debió marchar bien. Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo. Se conoce que allá vivían en la miseria. En unos cuantos años voló toda la fortunita que el doctor había heredado de sus padres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa, que era de los dos hermanos, para enviarle el último dinero, y se trasladó al huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta Horas. Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantas mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonado por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros, que murió en un hospital, solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz y que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la maldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con reyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijos míos! Esto quien lo sabe es el barbero

Cupido. Como se cree artista porque toca la guitarra, y además figura entre los de la cáscara amarga y le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que ha seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer. Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro, un apellido extranjero. Como es tan métomentodo ese Cupido y en su barbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquería de doña pepa a saludar a la eminente artista, como él dice. Cuenta y no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una casa; de trajes de seda..., ¡la mar!; sombreros, no sé cuántos; estuches sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía la maldita encargó a Cupido que avisara al jefe de la estación para que envíe, así que llegue, lo que falta por venir: el equipaje gordo, un sinnúmero de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestan un capital por su traslado... ¡Y eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que le cuesta de ganar!

Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo dándole con el codo a Rafael, que lo escuchaba absorto.

–Pero ¿se queda aquí? –preguntó el joven–. Acostumbrada a correr el mundo, ¿le gusta este rincón?

–Nada se sabe de eso –contestó don Andrés–; ni el mismo Cupido pudo averiguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos, se ha traído la casa encima, como el caracol.

–Pues es fácil que se aburra pronto –dijo un amigo de Rafael–. Si cree que aquí la van a admirar y mirar como en el extranjero!... ¡La hija del doctor Moreno! ¡Del médico descamisado, como le llama mi padre! Han visto ustedes qué personaje?... Y luego, ¡con una historia! Anoche se hablaba de su llegada en todas las casas decentes, y no hubo señor que no prometiese de abstenerse de todo trato con ella. ¡Si cree que Alcira es como esas tierras donde se baila el cancán y no hay vergüenza, se lleva chasco!

Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.

–¡Sí, hijos míos; se lleva chasco! Aquí hay mucha moral, y, sobre todo, mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero no queremos que nadie se entere. Me temo que esta Leonora se pase la vida sin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criada franchuta que dicen ha traído. Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis lo que dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo de vivir sola, de no ver gente; y cuando el barbero le habló del señorío de Alcira hizo un gesto burlón, como si se tratara de gente despreciable de poco más o menos. Esto es lo que más se comentaba anoche por las señoras. Ya se ve: ¡acostumbrada a ser la querida de grandes personajes!

Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar la idea, provocando su risa.

–¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo y has estado en aquellos países podías dedicarte a conquistarla, aunque sólo fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también hay personas. Dicen que es muy guapa, ¡y qué demonio!, la cosa no será muy difícil. ¡Cuando sepa quién eres!...

Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de que el prestigio de su príncipe era tal, que forzosamente había de turbar a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de la tarde anterior, le parecían una crueldad.

Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una pavorosa visión, y añadió con tono respetuoso:

–Pero no; fuera bromas. No hagas casa de lo que digo. Tu madre sufriría un gran disgusto.

El nombre de doña bernarda, representación de la temible virtud, al caer en medio de la conversación, puso serios a todos los del corro.

–Lo más extraño –dijo Rafael, que deseaba desviar la conversación– es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han pasado años y más años sin que nadie pronunciase su nombre.

–Estas son cosas de aquí –contestó el viejo–. Los de vuestra edad no la habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija, han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer que, como dice tu madre, es la deshonra de Alcira. De cuando en cuando se sabía algo: una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propaganda por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras que se inventaban no se sabe dónde ni por quién. Todo esto quedaba oculto, como el fuego bajo la ceniza. Si a esta muchacha no se le hubiera ocurrido volver a Alcira..., nada. Pero ha venido, y de pronto todos hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he considerado siempre una pájara de cuenta; pero aquí se miente mucho, mucho; se le levanta un falso testimonio al mismo Verbo Divino, y no será tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de él?...

Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació, sus infancias habían transcurrido casi juntas; y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida se habían sentido separados por la frialdad de lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la ciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles, de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa. Pero le detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por el retrato de Pi y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella mujer sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

Por entre la arboleda veía el balcón de la casa, y en él una mujer desdoblando ropas brillantes, de finos colores: faldas que sacudía para borrar los pliegues de la opresión en las maletas.

Era la doncella italiana, aquella Beppa de pelo rojizo que había visto en la tarde anterior acompañando a su señora.

Creyó que la muchacha lo miraba, que lo reconocía por entre el follaje, a pesar de la distancia; y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que se ve sorprendido en plena travesura volvió la espalda y se alejó rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción, como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora sólo con llegar a las inmediaciones de su casa azul.



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