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–Los amigos te esperan en el Casino. Sólo te han visto un momento esta mañana; querrán oírte: que les cuentes algo de Madrid.

Y doña Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda y escudriñadora de madre severa, que recordaba a Rafael sus inquietudes de la niñez.

–¿Vas directamente al Casino?... –añadió–. Ahora mismo irá Andrés.

Saludó Rafael a su madre y a don Andrés, que aún quedaban a la mesa saboreando el café, y salió del comedor.

Al verse en la ancha escalera de mármol rojo, envuelto en el silencio de aquel caserón vetusto y señorial, experimentó el bienestar voluptuoso del que entra en un baño tras un penoso viaje.

Después de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estación, de los vítores y música hasta ensordecer, apretones de mano aquí, empellones allá y una continua presión de más de mil cuerpos que se arremolinaban en las calles de Alcira para verlo de cerca, era el primer momento en que se contemplaba solo, dueño de sí mismo, pudiendo andar o detenerse a voluntad, sin precisión de sonreír automáticamente y de acoger con cariñosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocía.

¡Qué bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonante con el eco de sus pasos! ¡Qué grande y hermoso le parecía el patio, con sus cajones pintados de verde, en los que crecían los plátanos de anchas y lustrosas hojas! Allí habían pasado los mejores años de su niñez. Los chicuelos que entonces le espiaban desde el gran portalón, esperando una oportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramón Brull, eran los mismos que dos horas antes marchaban, agitando sus fuertes brazos de hortelanos, desde la estación a la casa, dando vivas al diputado, al ilustre hijo de Alcira.

Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio, aunque allá en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha de que en la preparación del recibimiento habían entrado por mucho las ambiciones de su madre y la fidelidad de don Andrés, a la sazón coligados con todos los amigos unidos a la grandeza de los Brull, caciques y señores del distrito.

Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después de algunos meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil en el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los graneros –de las que tantas veces se había retirado de niño, advertido por los gritos de su madre–, y al final, como un velo azul y luminoso, un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro los racimos de inflamadas naranjas.

Le parecía ver aún a su padre, el imponente y grave don Ramón, paseando por el patio con las manos atrás, contestando con pocas y reposadas palabras las consultas de los partidarios que le seguían en sus evoluciones con mirada de idólatras. ¡Si hubiera podido resucitar aquella mañana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!

Un ligero rumor, semejante al aleteo de dos moscas, turbaba el profundo silencio de la casa. El diputado miró al único balcón que estaba entreabierto. Su madre y don Andrés hablaban en el comedor. Se ocuparían de él, como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en un instante el bienestar de la soledad, abandonó el patio, saliendo a la calle.

Las dos de la tarde. Casi hacía calor, aunque era el mes de marzo. Rafael, habituado al viento frío de Madrid y a las lluvias de invierno, aspiraba con placer la tibia brisa que esparcía el perfume de los huertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

Años antes había estado en Italia con motivo de una peregrinación católica: su madre lo había confiado a la tutela de un canónigo de Valencia, que no quiso volver a España sin visitar a don Carlos, y Rafael recordaba las callejuelas de Venecia al pasar por las calles de la vieja Alcira, profundas como pozos, sombrías, estrechas, oprimidas por las altas casas, con toda la economía de una ciudad que, edificada sobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y sólo deja a la circulación el terreno preciso.

Las calles estaban solitarias. Se habían ido a los campos los que horas antes las llenaban en ruidosa manifestación. Los desocupados se encerraban en los cafés, frente a los cuales pasaba apresuradamente el diputado, recibiendo al través de las ventanas el vaho ardiente en que zumbaban choques de fichas y bolas de marfil y las animadas discusiones de los parroquianos.

Llegó Rafael al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la vieja ciudad, edificada sobre la isla. El Júcar peinaba sus aguas fangosas y rojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balanceábanse amarradas a las casas de la orilla. Rafael reconoció entre ellas la barca que en otro tiempo le servía para sus solitarias excursiones por el río, y que, olvidada por su dueño, iba soltando la blanca capa de pintura.

Después se fijó en el puente: en su puerta ojival, resto de las antiguas fortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roída, como si por las noches vinieran a devorarla todas las ratas del río, y en los dos casilicios que guardaban unas imágenes mutiladas y cubiertas de polvo.

Eran el patrón de Alcira y sus santas hermanas: el adorado San Bernardo, el príncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraído al cristianismo por la mística poesía del culto, ostentando en su frente destrozada el clavo del martirio.

Los recuerdos de su niñez, vigilada por una madre de devoción crédula e intransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquella estatua desfigurada y vulgar era el penate de la población, y la cándida leyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo inventada por la religiosidad popular venía a su memoria.

El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correrías de predicador y se detenía en el puente, ante la casa de un veterinario, pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse, le exigía el herrador el precio de su trabajo; e indignado San Vicente, por su costumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Júcar, exclamando:

–Algún día dirán: así estaba Alcira.

–No, mentres Bernat estiga –contestaba desde su pedestal la imagen de San Bernardo.

Y, efectivamente, allí estaba aún la estatua del santo, como centinela eterno vigilando el Júcar para oponerse a la maldición del rencoroso San Vicente.

Es verdad que el río crecía y se desbordaba todos los años, llegando hasta los mismos pies de San Bernat, faltando poco para arrastrarle en su corriente; es verdad también que cada cinco o seis años derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometía otras espantables fechorías, obedeciendo la maldición del patrón de Valencia; pero el de Alcira podía más, y buena prueba era que la ciudad seguía firme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros de cada vez que llovía mucho y bajaban las aguas de Cuenca.

Rafael sonriendo al poderoso santo como un amigo de su niñez, pasó el puente y entró en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa y despejada, como si las apretadas casas de la isla, cansadas de la opresión, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparciéndose con el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.

El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino. Hasta él llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros días con motivo de su llegada. ¿Qué iba a hacer allí? Hablar de los asuntos del distrito, de la cosecha de la naranja o de las riñas de gallos; describirles cómo era el jefe del Gobierno y el carácter da cada ministro. Pensó con cierta inquietud en don Andrés, aquel mentor que, por recomendación de su madre, si se despegaba de él alguna vez, era para seguirle de lejos... Pero, ¡bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempo le quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel salón lleno de humo, donde todos, al verle, se abalanzarían a él, mareándole con sus preguntas y confidencias.

Y embriagado cada vez más por la luz meridional y aquellos perfumes primaverales en pleno invierno, torció por una callejuela, dirigiéndose al campo.

Al salir del antiguo barrio de la Judería y verse en plena campiña, respiró con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda la vida, la frescura y los colores de su tierra.

Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes y redondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadas hojas; sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las máquinas del riego; la humedad de las acequias, unida a las tenues nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una neblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde con reflejos de nácar.

A un lado alzábase la colina de San Salvador, con su ermita en la cumbre rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedad popular parecía hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivo que le hacía abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.

Era algo más que la belleza del campo lo que le atraía fuera de la ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la mañana en el vagón, lo primero que vió antes de abrir los ojos fué un huerto de naranjos, la orilla del Júcar y una casa pintada de azul, la misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas del follaje, allá en la ribera del río.

¡Cuántas veces la había visto en los últimos meses con los ojos de la imaginación!...

Muchas tardes, en el Congreso, oyendo al jefe, que desde el banco azul contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro, como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollábase una neblina parda, como si espesara la penumbra húmeda de bodega en que está siempre el salón de sesiones, y sobre este telón destacábanse como visión cinematográfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas abiertas, y por una de ellas salía un chorro de notas, una voz velada y dulcísima cantando lieders y romanzas que servían de acompañamiento a los duros y sonoros párrafos del jefe del Gobierno. De repente, Rafael despertaba con los aplausos y el barullo. Había llegado el momento de votar, y el diputado, viendo todavía los últimos contornos de la casa azul que se desvanecían, preguntaba a su vecino de banco:

–¿Qué votamos? ¿Sí o no?

La misma visión se le presentaba por las noches en el teatro Real, allí donde la música sólo servía para hacerle recordar la voz del huerto extendiéndose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las comidas con los compañeros de Comisión, cuando con el veguero en los labios, retozándoles la alegría voluptuosa de una digestión feliz, iban todos a acabar la noche en alguna casa de confianza, donde no corriera peligro su dignidad de representante del país.

Ahora volvía a ver con intensa emoción aquella casa y marchaba hacia ella, no sin vacilaciones, con cierto temor que no podía explicarse y que agitaba su diafragma, oprimiéndole los pulmones.

Pasaban los hortelanos junto al diputado, cediéndole el borde del camino, y él contestaba distraídamente a su saludo.

Todos ellos se encargarían de contar dónde le habían visto. No tardaría su madre en saberlo. Por la noche, tempestad en el comedor de su casa. Y Rafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en su situación. ¿A qué iba allá? ¿Por qué empeñarse en complicar su vida con dificultades que no podía vencer? Recordaba las dos o tres escenas cortas, pero violentas, que meses antes había tenido con su madre. El furor autoritario de aquella señora tan devota y rígida de costumbres

Al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de una extranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad, y de la que sólo hablaban bien los hombres en el Casino, cuando se veían libres de la protesta de sus familias.

Fueron escena borrascosísimas. Por aquellos días lo iban a elegir diputado. ¿Es que quería deshonrar el nombre de la familia, comprometiendo su porvenir político? ¿Para eso había arrastrado su padre una vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas veces escopeta en mano? ¿Una perdida podía comprometer la casa de los Brull, arruinada por treinta años de política y de elecciones para los señores de Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tanto sacrificio consiguiendo la diputación y tal vez el medio de salvar las antiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...

Rafael, anonadado por aquella madre enérgica, que era el alma del partido, prometió no volver más a la casa azul, no ver a la perdida, como la llamada doña Bernarda con una entonación que hacía silbar la palabra.

Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de su promesa, volvió. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos, ocultándose como cuando de niño marchaba con los camaradas a comer fruta en los huertos. El encuentro con una labradora, con un chicuelo o con un mendigo le hacía temblar, a él, cuyo nombre repetía todo el distrito y que de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, el eterno ensueño de su madre. Y al presentarse en la casa azul tenía que fingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno. Así, sin que lo supiera su madre, siguió viendo a aquella mujer hasta la víspera de su salida para Madrid.

Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntábase qué esperanza le movía a desobedecer a su madre, arrostrando su temible indignación.

En aquella casa sólo había encontrado una amistad franca y despreocupada, un compañerismo algo irónico, como de persona obligada por la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menos repulsivo. ¡Ay!, ¡cómo veía aún las risas escépticas y frías con que eran acogidas sus palabras, que él creía de ardorosa pasión! ¡Qué carcajada aquella, insolente y brutal como un latigazo, el día en que se atrevió a decir que estaba enamorado!

–Nada de romanticismo, ¿eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamos amigos, sea, con la condición de que me trate como a un hombre. Camaradas y nada más.

Y mirándolo con sus ojos verdes, luminosos, diabólicos, se sentaba al piano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera con la magia del arte levantar una barrera entre los dos.

Otro día estaba nerviosa; le molestaban las miradas de Rafael, sus palabras de amorosa adoración, y le decía con brutal franqueza:

–No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres; pero si alguno me hiciese volver al amor, no sería usted, Rafaelito.

Y él, allí, insensible a los arañazos y desprecios de aquel terrible amigo con faldas, indiferente ante los conflictos que la ciega pasión podía provocar en su casa.

Quería librarse del deseo, y no podía. Para arrancarse de tal atracción pensaba en el pasado de aquella mujer; se decía que, a pesar de su belleza, de su aire aristocrático, de la cultura con que le deslumbraba a él, pobre provinciano, no era más que una aventurera que había corrido medio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa el conseguirla, hacerla su amante, sentirse en el contacto carnal camarada de príncipes y célebres artistas; pero ya que era imposible, ¿a qué insistir, comprometiéndose y quebrantando la tranquilidad de su casa?

Para olvidarla, rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendo convertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido cuando, tras esta gimnasia de su voluntad, pensaba en ella sin sentir el deseo de poseerla, una satisfacción de eunuco, que contempla frío e indiferente, como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.

Al principio de su vida en Madrid se creyó curado. Su nueva existencia, las continuas y pequeñas satisfacciones del amor propio, el saludo de los ujieres del Congreso, la admiración de los que venían de allá y le pedían una papeleta para las tribunas; el verse tratado como compañero por aquellos señores, de muchos de los cuales hablaba su padre con el mismo respeto que si fuesen semidioses; el oírse llamar señoría, él a quien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en los bancos de la mayoría conservadora con un batallón de duques, condes y marqueses, jóvenes que eran diputados como complemento de la distinción que da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto le embriagaba, le aturdía, haciéndole olvidar, creyéndose completamente curado.

Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de la novedad, estos halagos del amor propio, volvían los tenaces recuerdos a emerger en su memoria. Y por la noche, cuando el sueño aflojaba su voluntad en dolorosa tensión, la casa azul, los ojos verdes y diabólicos de su dueña y la boca fresca, grande y carnosa, con su sonrisa irónica que parecía temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran el centro inevitable de todos sus ensueños.

¿Para qué resistir más? Podía pensar en ella cuanto quisiera; esto no lo sabría su madre. Y se entregó a unos amores de imaginación, en los cuales la distancia hermoseaba aún más a aquella mujer.

Sintió el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y la distancia parecían allanar los obstáculos. Su madre no era tan temible como él creía. ¡Quién sabe si al volver allá –ahora que él mismo se creía cambiado por su nueva vida– le sería fácil continuar aquellas relaciones, y preparada ella por el aislamiento y la soledad, lo recibiría mejor!

Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones de los partidarios y de doña Bernarda, que le pedían que hiciese algo –fuese lo que fuese–, algo beneficioso para la ciudad, una tarde, a primera hora, cuando en el salón de sesiones no estaban más que el presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en la tribuna, se levantó, con el almuerzo subido a la garganta por la emoción, para pedir al ministro de Fomento más actividad en el expediente de las obras de defensa de Alcira contra las invasiones del río: un mamotreto que contaba unos sesenta años de vida y aún estaba en la niñez.

Después de esto ya podía volver con la aureola de diputado práctico, «celoso defensor de nuestros intereses materiales», como lo titulaba el semanario de la localidad, órgano del partido. Y aquella mañana al bajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado, sordo a la Marcha Real y a los vivas, se levantaba sobre las puntas de los pies, buscando ver a lo lejos entre las banderas, la casa azul con sus masas de naranjos.

Al llegar a ella, por la tarde, la emoción erizaba su epidermis y oprimía su estómago. Pensó por última vez en su madre, amante de su prestigio y temerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogos que por la mañana se asomaban a la puerta de los cafés burlándose de la manifestación; pero todos sus escrúpulos se desvanecieron al ver la cerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules en que se apoyaba la puerta de verdes barrotes; y, empujando ésta, entró en el huerto.

Los naranjos extendíanse en filas, formando calles de roja tierra anchas y rectas, como las de una ciudad moderna tirada a cordel en la que las casas fuesen cúpulas de un verde oscuro y lustroso. A ambos lados de la avenida que conducía a la casa extendían y entrelazaban los altos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ella los primeros botones, anunciando la primavera.

Entre el rumor y la brisa agitando los árboles y el parloteo de los gorriones que saltaban en torno

Desde Valencia hasta Játiva, en toda la inmensa extensión cubierta de arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago título de la Ribera, no había quien ignorase el nombre de Brull y la fuerza política que significaba.

Como si no se hubiera realizado la unidad nacional y el país siguiera aún dividido en taifas o valiatos, como cuando existía un rey moro en Carlet, otro en Denia y otra en Játiva, el régimen de elecciones mantenía una especie de señorío inviolable en cada distrito, y al recorrer en el gobierno de la provincia el mapa político, siempre que se fijaban en Alcira decían lo mismo:

–Ahí estamos seguros. Contamos con Brull.

Era una dinastía que venía reinando treinta años sobre el distrito, cada vez con mayor fuerza.

El fundador de la casa soberana había sido el abuelo de Rafael, el ladino don Jaime, que había amasado la fortuna de la familia con cincuenta años de lenta explotación de la ignorancia y la miseria. Comenzó de escribiente en el Ayuntamiento; después había sido secretario en el Juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de Propiedad. No quedó empleo menudo de los que ponen en contacto a la ley con el pobre que él no monopolizase, y de este modo, vendiendo la justicia como favor o la astucia para dominar al rebelde, fué haciendo camino y apropiándose pedazos de aquel suelo riquísimo, que adoraba con ansias de avaro.

Charlatán solemne, que a cada momento hablaba del artículo tantos de la ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenían tanta fe en su sabiduría como miedo a su mala intención, y acudían a solicitar su consejo en todos los conflictos, pagándole como a un abogado.

Cuando hizo una pequeña fortuna, continuó en las modestas funciones para conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los labriegos todo el que está en buenas relaciones con la ley; pero en vez de ser un pedigüeño, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se dedicó a sacarles de apuros prestándoles dinero con la garantía de las futuras cosechas.

Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de los labradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Por esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia, y que él colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid. Nada de ventas plazos. Dinero al contado: los caballos no eran de él –según afirmaba con la mano puesta en el pecho– y sus dueños querían cobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedecer a su gran corazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra, pidiéndolo a cualquier amigo.

Caía en la trampa el infeliz labriego, impulsado por la necesidad, y se llevaba el caballo, después de firmar con toda clase de garantías y responsabilidades el préstamo de una cantidad que no había visto, pues el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero, la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueño del caballo. Total: que el rústico adquiría una bestia sin regateo por el duplo de su valor, habiendo además tomado a préstamo una cantidad con crecido interés. En cada negocio de éstos, don Jaime doblaba el capital. Después venían inevitablemente los apuros de la víctima: los intereses amontonándose; las nuevas concesiones, más ruinosas todavía, para amansar a don Jaime y que diese un mes de respiro.

Todos los miércoles, día de mercado en Alcira y de gran aglomeración de hortelanos, la calle donde vivía don Jaime era un jubileo. Se presentaban a pedir prórrogas, entregando algunas pesetas como donativo gracioso que no influía en la rebaja del débito; solicitaban otros un préstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al avariento rábula; y lo extraño del caso era que, según notaban los vecinos, toda aquella gente, después de dejar allí cuanto tenía, marchaba contenta, con rostro de satisfacción, como si acabara de librarse de un peligro.

Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabía presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los otros, de los ocultos dueños del dinero y los caballos, hombres sin entrañas que le apretaban a él, haciéndole responsable de las faltas de los deudores. Aquellos disgustos los merecía, por tener buen corazón, por meterse a hacer favores; y tal convicción sabía infundir a sus víctimas el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiación del campo o de la casita, aún decían con resignación muchos de los despojados:

–Él no tiene la culpa. ¿Qué había de hacer el pobre si le obligan? Son los otros, los otros que se chupan la sangre del pobre.

Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campo aquí, luego otros más allá, después un tercero, que unía a los dos, y a la vuelta de muy pocos años formaba un hermoso huerto de naranjos, adquirido con más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandando sus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y el estómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas, tuteándolas con fraternal cariño, dándoles palmaditas en la espalda, cuando llegaban con nuevas peticiones, y jurando que le haría morir en la calle como un perro aquella manía de hacer favores.

Así fué prosperando, sin que las burlas de las gentes de la ciudad le hicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos, que le temían como a la ley y creían en él como en la Providencia.

Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserón señorial, que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó a frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que, aunque despreciándole, le abrieron un hueco entre ellos, con esa instintiva solidaridad d la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos, se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas a la iglesia y estuvo siempre al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alcira otras personas que las que al llegar la cosecha recogían miles de duros; los demás eran la canalla.

Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempañado, y dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían de intermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón. Era su único heredero: una mala cabeza que alteraba con sus genialidades el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull, descansando de sus rapiñas.

El padre sentía una satisfacción animal al verlo grande, fuerte, atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aún por sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en las pequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejo usurero teniendo a su lado tal hijo!

Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho hacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajado él haciéndose rico? Recordaba la época en que, pobre escribiente, tenía que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente con el espinazo doblado. No quería que a su hijo lo llevasen de aquí para allá, como una máquina.

–¡Mucho dorado –exclamaba con el desprecio del que no se siente atraído por las exterioridades–, mucho galón, pero al fin un esclavo!

Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la ciudad, completando la grandeza de la familia, iniciada por él; apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.

Sería abogado: la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente deseo de antiguo rábula ver a su vástago entrando con la frente alta en el vedado de la ley, donde él se había introducido siempre cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una cadena al pie.

Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se apagaban los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además, tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta, regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas tardes entretenido en el tiro de palomo, donde era más conocido que en la Universidad.

Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado, con unos ojos imperiosos endurecidos por pobladas cejas, había sido creado para la acción, para la actividad; era incapaz de enfocar su inteligencia en el estudio.

El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia tenía a su hijo a media ración –como él decía–, sólo le enviaba el dinero justo para vivir; pero víctima a su vez de aquellas malas artes con las que en otro tiempo explotaba a los labriegos, había de hacer frecuentes viajes a Valencia, buscando arreglo con ciertos usureros que hacían préstamos al hijo en tales condiciones que la insolvencia podía conducirle a la cárcel.

Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazañas del príncipe, como le llamaba don Jaime al ver la despreocupación con que gastaba el dinero. En las tertulias de familias amigas se hablaba con escándalo de las calaveradas de Ramón. De una riña por cuestión de juego a la salida de un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompañaba de día al taller y de noche al baile.

El viejo Brull no quiso tolerar por más tiempo las calaveradas de su hijo y le hizo abandonar los estudios. No sería abogado; al fin, no era necesario un título para ser personaje. Además, se sentía achacoso; le era difícil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba la ayuda de aquel hijo que parecía nacido para imponer su autoridad a cuantos le rodeaban.

Hacía tiempo que había fijado su atención en la hija de un amigo suyo. En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa había muerto poco antes de retirarse él de los negocios, y el viejo Brull se indignaba ante el descuido y falta de interés de las criadas. Casaría a su Ramón con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes, que heredaría de sus padres tres hermosos huertos. Además, llamaba la atención por lo hacendosa y económica, con una parsimonia en sus gastos que rayaba en tacañería.

Ramón obedeció a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza rural, creía que una persona decente no podía oponerse a la unión con una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.

El suegro y la nuera se entendían perfectamente. Enternecíase el viejo viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el más leve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba el menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores de naranja por un céntimo de más o de menos en la arroba. Aquella nueva hija era el consuelo de su vejez.

Mientras tanto, el príncipe cazaba por la mañana en los montes cercanos y se pasaba la tarde en el café; pero ya no le satisfacía el aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni visitaba la partida del piso superior. Buscaba la tertulia de personas serias, era amigo del alcalde, y hablaba de la necesidad de que todas las personas pudientes estuviesen unidas para meter en un puño a la pillería.

–Ya le pica la ambición –decía el viejo alegremente a su nuera–. Déjale, mujer; él se abrirá paso... Así le quiero ver.

Comenzó por entrar en el Ayuntamiento, y pronto adquirió notoriedad. La menor objeción en el Consistorio era para él una ofensa personal: terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor gloria era que los enemigos se dijeran: «Cuidado con Ramón... Mirad que es muy bruto.»

Y junto con su acometividad, mostraba, para captarse amigos, una esplendidez que era el tormento de su padre. Hacía favores; mantenía a todos los que por su repulsión al trabajo y su mala cabeza eran temibles; daba dinero a los que servían de heraldos de su naciente fama en tabernas y cafés.

Su ascensión fué rápida. Los viejos que le protegían y guiaban se vieron postergados. Al poco tiempo fué alcalde; su influencia, encontrando estrecha la ciudad, se esparció por todo el distrito y encontró firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubría las trampas de los Ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio; lograba que la Guardia Civil no persiguiera con mucho encono a los roders que, por un escopetazo certero en tiempos de elecciones, iban fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movía sin la voluntad de don Ramón, al que los suyos llamaban con respeto el quefe.

Su padre murió viéndole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza realizaba su sueño: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres, completando el acaparamiento del dinero. Y también antes de morir vió perpetuada la dinastía de los Brull con el nacimiento de su nieto Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insípidos de un matrimonio al que sólo unía la costumbre y el deseo de dominación.

El viejo Brull murió como un santo. Salió de la vida ayudado por todos los últimos sacramentos; no quedó clérigo en la ciudad que no empujase su alma camino del cielo con nubes de incensario en los solemnes funerales; y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo, recordaban aquellos días de mercado en los cuales el rebaño de los huertos venía a dejarse esquilar en su despacho de rábula, toda la gente sensata que tenía que perder lloró la muerte del hombre digno y laborioso que, salido de la nada, había sabido crearse una fortuna con su trabajo.

En el padre de Rafael aún quedaba mucho de aquel estudiantón que tanto había dado que hablar. Sus gustos de libertino rústico le hacían perseguir a las hortelanas, a las muchachas que empapelaban la naranja en los almacenes de exportación. Pero tales devaneos quedaban en el secreto: el miedo al quefe ahogaba la murmuración, y como además costaban poco dinero, doña Bernarda no se daba por enterada.

No amaba a su marido; tenía el egoísmo de la señora campesina que considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar dinero.

Por una anomalía notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de palabrotas de plazuela cuando había que defender el dinero de la casa disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha, era tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberanía sobre el distrito.

Cada elección abría una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramón recibía el encargo de sacar triunfante a tal señor desconocido, que apenas si pasaba un par de días en el distrito. Era la voluntad de los que gobernaban allá en Madrid. Había que quedar bien, y todos los pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrían a espita rota los toneles de las tabernas; se distribuían puñados de pesetas entre los más reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don Ramón; y su mujer, que vestía hábito para gastar menos y guisaba la comida con tal estrechez que apenas si dejaba algo para los criados, era la más espléndida al llegar la lucha, y poseída de fiebre belicosa, ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.

Era esto un cálculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente era un préstamo que cobraría con creces en un día determinado. Y acariciaba con sus ojos penetrantes al pequeñín moreno e inquieto que tenía sobre sus rodillas, viendo en él al privilegiado que recogería el resultado de todos los sacrificios de la familia.

Se había refugiado en la devoción como en un oasis fresco y agradable en medio de su vida monótona y vulgar, y experimentaba una sensación de orgullo cuando algún sacerdote amigo le decía a la puerta de la iglesia:

–Cuide usted mucho de don Ramón. Gracias a él, la ola de la demagogia se detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el distrito. Él es quien tiene en un puño a los impíos.

Y cuando tras una declaración como ésta, que halagaba su amor propio, dándole cierta tranquilidad para después de la muerte, pasaba por las calles de Alcira con su hábito modesto y su mantilla no muy limpia, saludada con afecto por los vecinos más importantes, le perdonaba a su Ramón todos los devaneos de que tenía noticia y daba por bien empleados los sacrificios de fortuna.

Si no fuera por ellos, ¿qué ocurriría en el distrito?... Triunfarían los descamisados, aquellos menestrales que leían los papeles de Valencia y predicaban la igualdad. Tal vez se repartirían los huertos y querrían que el producto de las cosechas, inmensa pila de duros que dejaban ingleses y franceses, fuera para todos. Pero para evitar tal cataclismo allí estaba su Ramón, el azote de los malos, el campeón de la buena causa. Que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones escopeta en mano, y así como sabía enviar a presidio a los que le molestaban con su rebeldía, lograba conservar en la calle a los que con varias muertes en su historia se prestaban a servir al gobierno, sostenedor del orden y de los buenos principios.

Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardías se desparramaban por el distrito, sin que bastasen a reemplazar su hueco algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramón contemplaba impávido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad tanto como de su poder.

Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachón bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes mostachos, en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.

–Don Ramón, debía usted quitarse esos bigotes–, le decían los curas amigos con acento de cariñoso reproche–. Parece usted el propio Víctor Manuel, el carcelero del Papa,

Pero aunque don Ramón era un ferviente católico –que casi nunca iba a misa– y odiaba a los impíos verdugos del santo Padre, sonreía acarciándose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna semejanza con un rey.

El patio de la casa era el solio de su soberanía. Sus partidarios le encontraban paseando de un extremo a otro por entre los verdes cajones de los plátanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte y algo encorvada por la edad; una espalda majestuosa, capaz de sostener a todos sus amigos.

Allí administraba justicia, decidía la suerte de las familias, arreglaba la vida de los pueblos; todo con pocas y enérgicas palabras, como un rey moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus súbditos a cielo descubierto. En los días mercados se llenaba el patio. Deteníanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle tenían cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el zumbido de la rústica aglomeración.

Don Ramón los escuchaba a todos, grave, cejijunto, con la cabeza inclinada, teniendo a su lado al pequeño Rafael, apoyándose en él con un además copiado de los cromos, donde él había visto a ciertos reyes acariciando al príncipe heredero.

Las tardes de sesión en el Ayuntamiento, el cacique no podía abandonar su patio. En la casa municipal no se movía una silla sin su permiso, pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su voluntad oculta.

Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la casa del pueblo al patio de don Ramón.

Los escasos enemigos que tenía en el Municipio, gente de oficio –como decía doña Bernarda–, devoradora de papeles contrarios al rey y a la religión, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebaño de don Ramón se estremecía de cólera e impotencia. ¡Había que contestar! A ver: uno que fuese en seguida a consultar al quefe.

Y salía un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa señorial echando los bofes, sonreía con satisfacción viendo que el quefe estaba allí, paseando como siempre por su patio, dispuesto a sacarlos del apuro como inagotables Providencia. Deteníase en sus paseos don Ramón, meditaba un rato y acababa diciendo con fosca voz de oráculo: «Bueno, pues contestadle aquello y lo de más allá.» El partidario salía desbocado como un caballo de carreras; todos sus compañeros se agrupaban ansiosos para conocer la sabia opinión, y se establecía un pugilato entre ellos, queriendo casa uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las santas palabras, hablando todos a la vez, como pájaros que de repente ven la luz y rompen a cantar desaforadamente.

Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefacción y el silencio, nueva corrida en busca de la consulta; y así transcurrían las sesiones, con gran regocijo del barbero Cupido –la peor lengua de la ciudad–, el cual, siempre que se reunía el Municipio, decía a los parroquianos:

–Hoy es día de fiesta: corrida de concejales en pelo.

Cuando las exigencias del partido le hacían abandonar la ciudad, era su esposa, la enérgica doña Bernarda, la que atendía las consultas, dando respuestas, en concepto de partido, tan acertadas y sabias como las del quefe.

Esta colaboración en el sostenimiento de la autoridad de la familia era lo único que unía a los dos esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que jamás había experimentado la menor emoción en su roce conyugal y se prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fría, enrojecía de emoción cada vez que el jefe admitía como buenas sus ideas. ¡Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decía muchas veces don Andrés, el amigo íntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio, formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religión de los Brull, esparcida por todo el distrito.

Allí donde don Ramón no podía ir, se presentaba don Andrés como si fuese la propia persona del jefe. En los pueblos lo respetaban como vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los plátanos; y los que no se atrevían a aproximarse a éste con súplicas, buscaban a aquel solterón de carácter alegre y familiar, que siempre tenía una sonrisa en su cara tostada, cubierta de arrugas, y un cuento bajo su bigote recio, tostado por el cigarro.

No tenía parientes, y pasaba casi todo el día en la casa de Brull. Era como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y acostumbrados todos a él, resultaba indispensable para la familia. Don Ramón le había conocido en su juventud de modesto empleado del Ayuntamiento, y lo enganchó bajo su bandera, haciéndole al poco tiempo su jefe de estado mayor.

Según él, no había persona de más mala intención y con más memoria para recordar nombres y caras. Brull era el caudillo que dirigía las batallas; el otro ordenaba los movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y deshechos.

Don Ramón era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir a sus impulsos, la gente de acción del partido hubiera hecho cada día una muerte. Don Andrés hablaba con seráfica sonrisa de enredarle las patas al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un chaparrón de papel sellado sobre le distrito, promoviendo procesos complicados que no terminaban nunca.

Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de Rafael, acompañándole a pasear por los huertos, y cerca de doña Bernarda desempeñaba las funciones de consejero de confianza.

Aquella mujer arisca y severa únicamente se mostraba expansiva y confiada con don Andrés. Cuando éste la llamaba su ama o la señora maestra, no podía evitar un movimiento de satisfacción, y con él se lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las antiguas damas por el escudero de confianza.

En entusiasmo por la gloria de la casa los unía con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban, creyendo que doña Bernarda, despechada por las infidelidades del cónyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrés, que sonreía con desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en pequeños negocios, indignábase si la maledicencia se cebaba en su amistad con la señora.

Lo que más íntimamente unía a las tres personas era el afecto de Rafael, aquel pequeño que había de ilustrar el apellido de Brull, realizando las ilusiones del abuelo y el padre.

Era un muchacho tranquilo y melancólico, cuya dulzura parecía molestar a la rígida doña Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los ojos, encontraba fija la mirada del pequeño.

–Anda a jugar al patio –decía la madre.

Y el pequeño salía inmediatamente, triste y resignado, como obedeciendo una orden penosa.

Don Andrés era el único que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por los huertos, cogiendo flores para él, fabricándole flautas de caña. Él fué quien se encargó de acompañarle a la escuela y de hacerse lenguas de su afición al estudio. Si era serio y melancólico es porque iba para sabio, y en el Casino del partido les decía a los correligionarios:

–Ya veréis lo que es bueno así que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un Cánovas.

Y ante aquella reunión de gente tosca, pasaba como un relámpago la visión de un Brull jefe de Gobierno, llenando la primera plana de los periódicos con discursos de seis columnas y al final Se continuará; y todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho España, como ahora manejaban el distrito.

Jamás príncipe heredero creció entre el respeto y la adulación que el pequeño Brull. En la escuela, los muchachos lo miraban como un ser superior que por bondad descendía a educarse entre ellos. Una plana bien garrapateada, una lección repetida de corrido, bastaba para que el maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos, dijera con tono profético:

–Siga usted tan aplicado, señor de Brull. Usted está destinado a grandes cosas.

Y en las tertulias a que asistía su madre, le bastaba recitar una fabulita o lanzar alguna pedantería de niño aplicado que desea introducir en la conversación algo de sus lecciones, para que inmediatamente se abalanzasen a él las señoras, cubriéndole de besos.

–Pero ¡cuánto sabe este niño!... ¡Qué listo es!

Y alguna vieja añadía sentenciosamente:

–Bernarda, cuida del chico que no estudie tanto. Eso es malo. ¡Mira qué amarillento está!...

Terminó sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el protagonista de los repartos de premios, el primer papel en todas las comedias organizadas en el teatrillo de los frailes. El semanario del partido dedicaba un artículo todos los años a los sobresalientes y premios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don Ramón Brull, esperanza de la patria, que ya merece el título de futura lumbrera».

Cuando Rafael volvía a casa con el pecho cargado de medallas y los diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de señoras que habían asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se hundía en el bolsillo del chaleco, por la costumbre de agradecer del mismo modo todas las acciones gratas.

–Muy bien –murmuraba la bronca voz–. Así me gusta... Toma un duro.

Y hasta el año siguiente rara vez se veía el muchacho acariciado por su padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, había sorprendido la severa mirada del imponente señor fija en él, como si quisiera adivinar el porvenir.

Don Andrés se encargó de su instalación en Valencia al comenzar los estudios en la Universidad. Se cumpliría el deseo del abuelo, abortado en el padre.

–¡Este sí que será abogado! –decía doña Bernarda, poseída del mismo afán que el viejo por aquel título, que para ella el ennoblecimiento de la familia.

Y temiendo que la corrupción de la ciudad despertase en el hijo las mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrés a la capital y escribía cartas y más cartas a los amigos de Valencia, y en especial a un canónigo de su confianza, para que no perdiese de vista al muchacho.

Pero Rafael era juicioso: un modelo de jóvenes serios, según decía a su madre el buen canónigo. Los sobresalientes y premios del colegio de Alcira continuaban en Valencia, y además don Ramón y su esposa se enteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo en la Juventud jurídicoescolar, una reunión nocturna en una aula de la Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo temas tan originales como si «la revolución Francesa había sido buena o mala» o «El socialismo comparado con el cristianismo».

Algunos muchachos terribles, que habían de entrar en casa antes de las diez, so pena de arrostrar la indignación de los padres, se declaraban rabiosos socialista y asustaban a los bedeles maldiciendo la propiedad, sin perjuicio de proponerse –tan pronto como terminasen la carrera– conseguir una notaría o un registro. Pero Rafael, siempre mesurado y correcto, no era de éstos; figuraba en la derecha de la docta asamblea, y en todas las cuestiones sostenía el criterio sano, pensando con Santo Tomás y otros sabios que le señalaba el canónigo encargado de su dirección.

Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del partido, que, para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Según leemos en la Prensa de la capital...»

–¡Qué muchacho! –decían a doña Bernarda los curas de la población–. ¡Qué pico de oro! Ya lo verá usted: será otro Manterola.

Y la devota señora, cuando Rafael, por fiestas o vacaciones, volvía a casa, cada vez más alto, con modales que a ella se le antojaban la quinta esencia de la distinción y vistiendo con arreglo al último figurín, se decía con una satisfacción de madre fea:

«Será un real mozo. Todas las chicas de la ciudad lo desearán. No habrá más que escoger.»

Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barba rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo, que le daba el aspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco alquicel y ricas babuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de África.

Cada vez que volvía a su casa el estudiante era recibido por su padre con la misma caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetes del Banco; pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza acariciábale cada vez con mayor flojedad, pesaba menos.

Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de su padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave, imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos, sólo quedaba en él el macizo esqueleto; marcábanse en aquel cuello, que antes parecía la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la piel colgante y fláccida, y los arrogantes mostachos, cada vez más blancos caían con desmayo como una bandera rota.

Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera, empañada por lágrimas de despecho, con que acogió la madre sus temores.

–¡Que se muera cuanto antes!... ¡Para lo que hace!... ¡Que el Señor nos proteja llevándoselo pronto!

Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se desarrollaba junto a él, oculto y silencioso.

Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápula oscura y misteriosa, atravesaba el último torbellino de sus tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercanía de la vejez, antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y el poderoso jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era una puesta de sol que incendiaba su vida.

Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiro loco, sin más guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa señorial, donde su amigo don Andrés intentaba en vano consolar a la esposa.

–¡Pero ese hombre! –rugía iracunda doña Bernarda–. Ese hombre nos va a perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.

Era un apetito loco, que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta verde, sin sazonar. Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil, en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al anochecer, al borde de un camino, las vírgenes apenas salidas de la niñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias faldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidades del partido, y lo veían entrar en los arrabales buscando jornaleras de formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con antelación a trabajar en sus huertos; compraba a docenas de mujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos, que al día siguiente eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más entusiastas correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo de sus debilidades, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabal, morenotes, fuertes y ceñudos, como si fueran una reproducción del quefe. Por la noche, cuando don Ramón, rendido por la lucha con el insaciable demonio que le arañaba las entrañas, roncaba dolorosamente con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los tristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacos brazos sobre el pecho, lo miraba ceñuda, con unos ojos que parecían apuñalarlo, y rogaba mentalmente:

–¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tanto asco!

Y el Dios de doña bernarda debió de oírla, pues su marido marchaba rápidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumía, sin preocuparse de la pérdida de sus fuerzas y d la tos que sonaba como un trueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de su pecho.

–Cuídese usted, don Ramón –decían los curas amigos, únicos que osaban aludir a los desórdenes de su vida–. Va usted haciéndose viejo, y a su edad, vivir como un joven es llamar a la muerte.

Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de sus hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo que cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.

Aún acarició a su hijo el día que lo vió entrar en el patio, escoltado por don Andrés, con el título de abogado.. Le regaló su escopeta, una verdadera joya admirada por todo el distrito, y un magnífico caballo. Y como si sólo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que él no supo realizar, a los pocos días lanzó su última tos, sonaron quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orla negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llegó la gente como en procesión para ver si el cadáver del poderoso don Ramón Brull, que sabía detener o acelerar el curso de la justicia de la Tierra, se pudría lo mismo que los despojos de los demás hombres.



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