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Yo caminaba doliente
(¡como tantos caminantes!)
cuando encontré, de repente,
los trozos de una serpiente
que aun vibraban palpitantes.
Y, ante aquel cuadro abatida,
con angustia y con horror
pensó el alma dolorida:
«¡Ya en el ser no queda vida,
y aun sigue vivo el dolor!»