Enciclopedia Chilena/Folclore/Indio habiloso, El, Cuento araucano

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El Indio habiloso
Artículo de la Enciclopedia Chilena

Este artículo es parte de la Enciclopedia Chilena, un proyecto realizado por la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile entre 1948 y 1971.
Código identificatorio: ECH-2902/12
Título: El Indio habiloso
Categoría: Folclore


Indio habiloso, El, cuento araucano.

Mito araucano narrado por Ramón Trincau, de Rio Bueno, a S. de Saunière y reproducido por ella en sus "Cuentos Populares Araucanos y Chilenos" (en la Rev. Chi. de Hist. y Geogr., N°25, Santiago, 1917).

Se realizó un gran machitún, al que asistió un gran gentío y se bebió mucho, de manera que hubo muchos embriagados.

También concurrieron muchos indios e indias hermosas desde Argentina, que llegaron muy bien vestidos, en grandes caballos, con monturas, cinturones y valiosos adornos de plata. Todos eran muy ricos, menos un indiecito, que era muy pobre, aunque extremadamente habiloso. Este era de afuera, pero no de Argentina.

Se acercó a los huéspedes de la otra banda y les ofreció apuestas, pues deseaba ganar dinero.

Uno de los venidos desde Argentina era un cacique rico, que llegó acompañado por su hija. El indiecito pobre inspeccionó los caballos, los vestidos, las monturas, las espuelas, las riendas y cuanto traían, y todo lo gustó extremadamente. Pero mucho más le gustó la hija del cacique.

También a él le hizo la proposiciónn de que apostaran, lo que el rico cacique aceptó de inmediato. Pero le preguntó cuanto apostarían.

- Yo no tengo nada -le contestó el indiecito-, pero si pierdo pagaré con mi trabajo.

-Bien -dijo el cacique, yo apostaré tres vacas paridas con sus terneritos.

El indiecito le pidió entónces que indicara en qué consistiría la apuesta, y aquel le contestó:

- Me ha invitado a comer un amigo en su casa. Tu me deberás quitar la comida del plato sin tocarlo. Si lo consigues, te doy las vacas.

El muchacho aceptó y se fué.

Trepó entónces sobre el techo de la casa en que estaba invitado el cacique, esperó hasta ver donde se sentaba y abrió en seguida la totora del techo sobre aquel, sin que nadie lo observara.

Le sirvieron al rico un plato. Muy lleno estaba y sabroso parecía. Se aprestaban para saborear la comida, cuando el indiecito dejó caer un gran escupo por el agujero en el plato: tan grande fué, que derramó toda la comida.

Furioso, se levantó el rico y quiso castigar a quien lo había insultado. Pero se presentó el indiecito y reclamó haber ganado la apuesta.

El rico le tuvo que entregar las tres vacas con sus terneritos.

Pero lo excitó la astucia que había demostrado el indiecito, y no se dió por vencido.

- Te daré todas mis ovejas -le propuso- si eres capaz de hacerme levantar de mi cama y me la quitas, sin emplear fuerza.

- Bueno, pues, -le contestó el muchacho.

En la noche se fué a acostar el rico en casa de otro amigo. El indiecito, que lo esperaba ocultamente. Había recogido todas las hormigas de un hormiguero, que tenía reunidas en un saco. Trepó sobre el techo de la ruca, hizo un agujero en él, y cuando el rico se ha­bía dormido, vació todo el contenido del saco sobre la cama.

Las hormigas penetraron en la cama, le cubrieron todo el cuerpo y la cara, lo cosquillaron y lo clavaron, de modo que el rico saltó como loco de la cama y salió corriendo del reciento. Entónces el indiecito salto por el forado a la pieza y se llevó la cama del rico.

El rico se había ido al rio, para bañarse y librarse de las hormigas, y cuando regresó de madrugada, lo estaba esperando el indiecito, quien, sonriéndose, le dijo:

- Gané.

Así, el rico tuvo que entregarle todas sus ovejas.

El segundo chasco que se llevó lo irritó aún más, y lo indujo a ofrecer una tercera apuesta:

- Te daré mi caballo -le dijo- si logras quitármelo sin tocarme.

- Bueno, pues, -le contestó el indiecito.

Se fué a cortar unos quiscos y los amarró a la cola del caballo, sin que el rico lo notara.

Más tarde, éste montó la bestia y le clavó las espuelas de plata para que corriera. Estaba a orillas de un gran rio, y apenas el caballo comenzó a correr, su cola se movía briosamente, y los quiscos lo clavaban al dar sobre sus piernas traseras.

El caballo se volvió furioso, corrió como rayo y, desesperado, se largó al rio con el jinete. Este, para no ahogarse, soltó las riendas de plata y abandonó su montura, cuya cincha se había reventado y que fué arrastrada por la corriente.

Salió nadando a la orilla, donde lo estaba esperando el indiecito, pidiéndole le pagara el precio de la apuesta.

Pero el rico no lo pudo hacer, porque el rio se había llevado también al caballo.

El indiecito aparentó enfurecerse por el no-cumplimiento y expresó al rico que lo mataría.

Para aplacar su ira, le ofreció entónces a su hija, lo que aquel aceptó, como compensación por el caballo perdido.

El indiecito habiloso se caso entónces con ella y fué rico, pues tuvo vacas y ovejas.

Pero quiso también mucho a su mujercita. El tema de una persona que se impone a un poderoso por su habilidad, es de índole universal y aparece en muchos cuentos. También la forma, de enriquecerse por medio de apuestas ganadas, es universal. Sin duda, el orígen del cuento es remotísimo, y ha sido adaptado por muchos pueblos a sus ambientes nacionales. Lo mismo ha ocurrido en este caso con los araucanos, en que se relatan, a través de la trama, costumbres que les son particularísimas, como la compra de la novia, la vida en la ruca, la techumbre de ésta, etc.

Naturalmente, el cuento, en su forma actual, no puede ser muy remoto, al menos en lo referente al episodio relacionado con el caballo, que sólo fué introducido por los españoles. Pero es un hecho que los cuentos se adaptan constantemente a los ambientes variables, haciéndose incluso a menudo anacrónicos.

La versión araucana tiene un encanto especial y que consiste en que sólo al final, casi por casualidad, pero en realidad preparado con mucha antelación, se produce el desenlace que realmente interesaba al indiecito: lograr a la bella hija del cacique como esposa.