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En los Balkanes: los Estados; las razas, las ambiciones

En los Balkanes: los Estados; las razas, las ambiciones de Julián Juderías
Nota: Julián Juderías «En los Balkanes: los Estados; las razas, las ambiciones» (septiembre de 1912) La Lectura, pp. 238-248.


EN LOS BALKANES: LOS ESTADOS; LAS RAZAS, LAS AMBICIONES, POR JULIÁN JUDERÍAS.

 Es indudable que atravesamos en estos momentos un período decisivo de la historia contemporánea y que los futuros cronistas de nuestro tiempo utilizarán la guerra de los Balkanes como punto de partida de una nueva época. El conflicto ha estallado de una manera tan imprevista y se ha desarrollado con tal rapidez, que estamos llegando al desenlace del mismo cuando todavía no hemos salido de la sorpresa que produjo su iniciación.
 Confiadas las grandes Potencias en ¡a eficacia de sus fórmulas y en la inalterabilidad de sus convencionalismos, ninguna creyó que los pequeños Estados balkánicos se atreverían á perturbar con sus ambiciones el famoso statu quo de la península, pero los Estados balkánicos, no sólo se han atrevido á perturbar el statu quo, sino que han depuesto sus rivalidades y se han lanzado unidos contra el enemigo común.
 El público que se agolpa ante los transparentes de los periódicos y que comenta con más ó menos calor los incidentes de la lucha tal vez no se da cuenta de lo que ésta significa ni de la importancia que tiene desde el punto de vista etnográfico, religioso y político. Suele ocurrir con los hechos históricos, por muy señalados que sean, lo que con las pinceladas de las decoraciones de teatro que, vistas de cerca son toscas y groseras, y sólo á distancia es como adquieren la debida armonía. La misma proximidad de los sucesos políticos que durante nuestra vida se desarrollan hace que nos causen mucho menos efecto que un acontecimiento del cual nos separan los siglos, es decir, que ya ha ocupado en la historia el lugar que le corresponde. La guerra actual tiene, sin embargo, una importancia que nadie puede desconocer y acerca de la cual conviene llamar la atención. Su influencia se ejercerá, no sólo en la esfera política, modificando el mapa de los Balkanes, anulando quizá el poderío de los turcos, arrojándolos tal vez á Asia, sino también en la vida social de Europa. En primer lugar, ilumina con reflejos de epopeya las páginas monótonas, repletas de egoísmos, de pequeñeces y de materialismos de la historia contemporánea y viene á dar un mentís á las modernas doctrinas pacifistas, tan irrealizables como sabias y humanitarias, demostrando que «la pólvora seca y la espada afilada» siguen siendo los amos del mundo. Pero, además de esto, la guerra que actualmente se desarrolla en los campos de Macedonia y de Tracia y convierte en tragedia la vida de las antiguas ciudades de Bizancio, tiene una significación más alta, cuyo influjo llegará hasta las comarcas más apartadas del lugar de la contienda. Es el último episodio de la larga y sangrienta lucha entre musulmanes y cristianos en Europa, lucha que, iniciada hace muchos siglos, quedó por espacio de algunos circunscrita á la región oriental del viejo mundo. La derrota de los turcos causará indudablemente una impresión profunda en los musulmanes. Turquía era el único Estado musulmán que conservaba su independencia en medio del general abatimiento de los creyentes mahometanos. Durante el siglo xix cayeron bajo el poder de los Estados cristianos todos ó casi todos los países islamitas. Conquistado ó protegido el mundo musulmán no podía ya disponer libremente de sus destinos. Turquía era la única que se había mantenido independiente, soberana y hasta amenazadora ante las ambiciones de los cristianos. Hoy le llega su vez, y la Sublime Puerta se halla á dos pasos de caer en manos de sus enemigos seculares.
 Para comprender la magnitud del desastre padecido por los turcos basta con recordar el enorme poderío de que en otro tiempo disfrutaron. Por espacio de siglos enteros este poderío, fomentado por el belicoso espíritu de la raza y por el fanatismo religioso, fue una preocupación constante y una amenaza terrible para Europa.
 A partir del siglo xiii, coincidiendo su aparición con la decadencia moral y material del imperio bizantino, sus huestes victoriosas se esparcieron por el Asia menor y engrandecieron sus dominios á expensas de los emperadores griegos. Por lo rápida y decisiva, así como por los lugares en que se dieron las batallas, fue aquella invasión musulmana algo parecido á la guerra actual, con la diferencia de que ahora los papeles están invertidos.
 Amurates I conquistó á Andrinópolis y derrotó á los búlgaros, servios, bosníacos y albaneses en la memorable batalla de Kosowo (1389); Bayaceto I derrotó á los cristianos en Nicópolis y extendió sus dominios por los Balkanes; Amurates II puso cerco á Constantinopla, y aun cuando el éxito no siempre le fue favorable, se apoderó de Salónica y de la Albania Septentrional, de Corinto y de Patras y convirtió en tributarios á los príncipes del Peloponeso. La toma de Constantinopla llevada á cabo por Mahomed II, la ruina definitiva del imperio de Bizancio y las conquistas sucesivas de Servia, de Bosnia, de Grecia, de Valaquia y de Crimea demostraron la pujanza de la raza invasora y la habilidad de sus capitanes. El imperio por ellos constituido sobre las ruinas del imperio griego lindaba en Europa con Hungría, con el Adriático y el Mediterráneo; se dilataba hasta los confines de Marruecos por la ribera meridional de este mar, y en Asia abarcaba todos los territorios hasta Persia y el mar de las Indias. Mahomed II fue el que organizó el imperio y le dio sus leyes fundamentales. Los sucesores de este príncipe no estuvieron á la altura de su misión, excepción hecha del famoso Solimán I, aliado de Francia contra la Casa de Austria, sitiador de Viena, conquistador de Túnez y de Argel. Pero aquel esplendor iba á durar poco. La batalla de Lepanto, primer fracaso de las armas otomanas, inició la decadencia del imperio. Cada guerra fue, á partir de entonces, un desastre; cada tratado llevó consigo una disminución territorial. El tratado de Sitvarotok puso un límite á las expansiones otomanas en Europa; el de Carlowitz, á principios del siglo xvii, arrebató á los turcos la Hungría, la Transilvania, la Podolia, la Ukrania, la Dalmacia, la Morea y el territorio de Azoff; la paz de Ruschuk, en 1774, dio á Rusia la protección de los subditos cristianos del Sultán; á principios del siglo xix se insurrecciona Servia, cae Belgrado en poder del famoso Jorge el Negro, de quien descienden los Karageorgevich y aquel territorio consigue la autonomía; poco después se subleva la Moldavia y á continuación Grecia, sin el auxilio de nadie, acaudillada por héroes de leyenda como Miaulis, Kanaris y Mavrocordato, sacude el yugo de los turcos á la vez que se afianza la autonomía de Servia y que se separan del imperio la Valaquia y la Moldavia. En 1875 fue la Herzegovina la que se sublevó. Dos años después, la guerra turco-rusa, terminada en 1878 con el tratado de San Estéfano, dio á Bulgaria una independencia relativa y abrió á Rusia el camino del mar Egeo por una parte y del golfo Pérsico por otra. Aquel mismo año el Congreso de Berlín modificó á su sabor el mapa político de los Balkanes. Reunido para evitar las consecuencias de las rivalidades y de las ambiciones anglorusas, trazó como quiso las fronteras de los nuevos Estados balkánicos, sin tener á veces en cuenta las aspiraciones de los pueblos que los constituían. El imperio otomano quedó reducido á la mitad. Los diplomáticos reunidos en Berlín delimitaron los territorios de Bulgaria, constituyeron la provincia de Rumelia, dieron la Besarabia rumana á Rusia, el distrito búlgaro de Nísch á Servia, ensancharon algún tanto el territorio de Montenegro, otorgaron á Austria á título de ocupación provisional la Bosnia y la Herzegovina, rectificaron las fronteras de Rumania, y, á pesar de esta labor ingente, no contentaron del todo á ninguno de los interesados y dejaron intacto el germen de nuevas discordias y de nuevas guerras sangrientas. Con un afán inexplicable de conservar, disminuido y todo, el imperio otomano, que no merecía ciertamente por su conducta con los cristianos tamañas consideraciones, convirtieron en tributarios de Turquía á los nuevos Estados, y el Sultán, á pesar de todos los pesares, pudo consolarse pensando en que aquellos territorios seguían unidos á Turquía por estrechos lazos políticos, por sutiles convencionalismos diplomáticos. Las grandes Potencias fueron las que consiguieron beneficios más positivos. Rusia se llevó la Besarabia y el territorio de Batum, Inglaterra se quedó con Chipre, Austria ocupó la Bosnia y la Herzegovina. Los pueblos que acababan de libertarse del yugo turco fueron los que menos ganaron. Habían conseguido, sí, la independencia, pero seguían siendo tributarios de Turquía, la cual les miraba con cierto desdén y no les trataba como á iguales. Sus fronteras se habían trazado, pero casi todos ellos veían con disgusto que quedaban fuera de sus territorios comarcas y ciudades que desempeñaron importante papel en sus historias respectivas. Rumania deploraba la pérdida de la Besarabia; Servia veía con disgusto que Uskub, su antigua capital, seguía siendo turca; Montenegro contemplaba con envidia el puerto de Scutari; Bulgaria echaba de menos la soñada salida al mar Egeo. Pero todos estos países eran demasiado nuevos, carecían aún de la consistencia necesaria para pensar en nada que no fuera su organización interior, y mientras la supresión de la tutela á que estuvieron sometidos y la implantación de un régimen nuevo daba lugar en ellos á grandes perturbaciones, la desmembración del imperio turco proseguía. Poco á poco fueron cayendo en manos de cristianos las colonias turcas del Mediterráneo: después de Argel, Túnez y Egipto, como hoy Trípoli, pasaron á poder de Europa. Más tarde fue Servia la que proclamó su independencia; después fue Austria la que se anexionó con carácter definitivo la Bosnia y la Herzegovina; á raíz de este acontecimiento Bulgaria rompió los lazos que todavía la unían á Turquía, y Grecia, últimamente ha admitido en su Parlamento á los diputados de Creta. La guerra actual es el último episodio de la lenta desaparición del imperio otomano y si éste no ha sido ya borrado del mapa de Europa, lo ha debido, más que á su fuerza, al temor que inspira el reparto de sus dominios, temor que ha dado lugar algunas veces á excesivas tolerancias, á culpables indiferencias por parte de las grandes Naciones cristianas. Por fin, hoy se plantea de una manera inevitable el problema de Oriente. Reducidos ya á un territorio insignificante en Europa, acosados por Bulgaria, por Servia, por Grecia y por Montenegro; á punto de verse sitiados en la capital del imperio y desposeídos de ella, los turcos ven llegado el fin de su poderío en Europa. Si ésta no interviene, si los pueblos coligados no ven detenido su ímpetu por las grandes Potencias, se habrán logrado en el siglo xx los anhelos sentidos por la Europa del siglo xvi.
 Lo más curioso de todo, lo que más sorprende en esta serie de inesperados acontecimientos, de formidables batallas, de épicas victorias, cuyo rumor ha venido á turbar la paz de las Cancillerías; lo que otorga á esta guerra de razas, de verdadera reconquista, un carácter providencial, es que los vencedores son países pequeños, que apenas han asentado sobre bases sólidas su moderna organización, cuyas fuentes de riqueza apenas están desarrolladas y cuya población está constituida por elementos heterogéneos, difíciles de fusionar y más difíciles aún de unir en una idea común, en una idea genuinamente nacional.
 El iniciador de la guerra, Montenegro, es el más pequeño de todos. Según la estadística de 1910 su superficie es de 9.080 kilómetros cuadrados, y su población, de 250.000 almas, de las cuales 223.000 profesan la religión ortodoxa griega; 12.500, la católica, y 14.000, la mahometana. Enclavado el territorio montenegrino entre la Herzegovina y la Dalmacia y las provincias turcas de Novi Bazar y de Scutari, no tiene más salida al mar que una estrecha faja de tierra donde se hallan Antivari y Dulcigno, sus dos únicos puertos. Los ríos que atraviesan Montenegro tampoco sirven para las relaciones comerciales: el Tara y el Piwa son afluentes de la Drina y corren hacia el Norte, y el Zeta y el Marasch desembocan, lo mismo que el Kieka, en el lago de Scutari. Además, el territorio es de lo más abrupto y de lo más pobre de Europa. Cuenta una leyenda que cuando el Señor quiso dar á cada país su parte de piedras, atravesó las nubes cargado con un saco enorme. Por desgracia pesaban tanto, que el saco se rompió precisamente encima de Montenegro, el cual quedó enterrado bajo las piedras de Dios. Saliendo de la pequeña ciudad dálmata de Cattaro y recorriendo el pintoresco camino que conduce á Montenegro, se llega á una altura de 1.000 metros y desde allí se contempla al Oeste el Viejo Montenegro y al Este la comarca llamada Los Montes (Brda). La vegetación es escasa, los árboles crecen con timidez entre peladas rocas y la tierra absorbe rápidamente las aguas pluviales. La comarca denominada Brda se halla en mejores condiciones. Abundan en ella los riachuelos, y las faldas de las montañas están cubiertas de vegetación. Las localidades próximas al lago de Scutari son las más fértiles y recuerdan las de la Europa meridional. Abundan allí los olivos, las higueras, los granados, los almendros y los morales, y la agricultura podría ser fuente de grandes riquezas si los habitantes fuesen más pacienzudos y metódicos. Pero el montenegrino se contenta con poco. Su casa es una choza donde vive en compañía de los animales domésticos; su comida consiste en maíz, pan y cebolla, á veces queso, carnero los días señalados, y café, vino y azúcar en épocas de extraordinaria prosperidad. La ropa vistosa es el único lujo. Por tal de tener un dzaman (chaleco) rojo con bordados, un gunj (levita) de paño blanco ó azul, un jelek (abrigo sin mangas) bordado en seda y oro y una faja de seda multicolor, vende sus vacas y hasta sus tierras. A pesar de la Constitución que recientemente concedió Nicolás I, y no obstante la enseñanza obligatoria, la cultura ha hecho pocos progresos en Montenegro. La lucha constante con los turcos ha impreso en el carácter montenegrino una huella profunda. Allí la vida de un hombre no cuenta. El ofendido mata á su ofensor, y la ley le absuelve; al ladrón se le castiga con más dureza que al asesino. Todos van armados de pistolas y de fusiles. Los pastores custodian sus rebaños escopeta en mano. Por una futesa se traba un combate; por una mirada, por una palabra, se convierte la frontera turca en lugar de trágica batalla. El Parlamento montenegrino es un mito. Los presupuestos del reino, aprobados sin discusión, son un misterio. El Ministerio de la Guerra se paga con 200.000 coronas, y esta cantidad no basta para comprar los cartuchos que necesita su ejército. La Deuda pública es otro misterio. La voluntad del rey es la que se impone, sin que nadie proteste ni trate de averiguar la razón de ciertas determinaciones. Eso sí, como potencia militar, Montenegro aventaja á todos los demás Estados. Estando una vez en Cettiña el príncipe heredero de Austria, el rey quiso demostrarle cómo podía movilizar su ejército. En treinta y seis horas todas las tropas, en traje de campaña, estuvieron reunidas en los alrededores de la capital. Y es que todos los montenegrinos son soldados por naturaleza y por instinto, y, sin constituir un ejército permanente, llenan en un momento dado los cuadros de los regimientos.
 El rey de Montenegro es una de las personalidades políticas más eminentes de Europa. Diez y nueve años tenía cuando ocupó el trono. Montenegro era entonces mucho más pobre que hoy. La capital era poco menos que inaccesible. El territorio no llegaba á la mitad del actual. Nicolás I, después de luchar largos años contra los turcos, construyó caminos, multiplicó las escuelas, organizó el correo y el telégrafo, casó admirablemente á sus hijos, se creó poderosas amistades en Europa y consiguió que le reconocieran como rey. Su energía y su valor son proverbiales. Su instinto diplomático no lo es menos. Si las circunstancias le favorecen sacará no escaso partido de la lucha que ha sido el primero en iniciar.
 Bulgaria es, sin género alguna de duda, la cabeza que dirige el actual movimiento contra Turquía. Bulgaria tiene una extensión total de 63.751 kilómetros cuadrados; la Rumelia oriental, anexionada á Bulgaria, eleva esta cifra á 96.345 kilómetros cuadrados. Su población total asciende (1905) á 4.028.239 habitantes, que, según el censo de 1900, se repartían del siguiente modo:

Búlgaros . . . . . . . . . 2.887.684

Turcos . . . . . . . . . 530.275
Rumanos . . . . . . . . . 71.704
Griegos . . . . . . . . . 68.457
Zíngaros . . . . . . . . . 89.083
Judíos . . . . . . . . . 33.655
Alemanes . . . . . . . . . 3.491
Rusos . . . . . . . . . 1.020
Otras razas . . . . . . . . . 58.914

     3.744.283

 Los búlgaros constituyen una raza que se distingue perfectamente de las demás que habitan en los Balkanes. Los griegos se burlan de ellos y los llaman cabezas vacías. Es gente testaruda que persigue una idea hasta que la ve realizada. Son, ante todo, campesinos apegados á la tierra. Sus cualidades y sus defectos son las del campesino: robustez, economía, actividad, sobriedad. El búlgaro es esencialmente demócrata porque todavía no existen allí entre las clases sociales las diferencias creadas por la riqueza en los pueblos de Europa. No tienen aristocracia; la burguesía empieza á formarse; las grandes fortunas —lo que allí se llaman grandes fortunas— consisten en tierras, y sus poseedores son hijos ó nietos de labradores que redondearon sus fincas con el sudor de su frente. Dentro de poco padecerá Bulgaria los mismos males que Europa; hoy por hoy la cuestión social apenas si se ha iniciado en los grandes centros: en Sofía, con sus 67.920 habitantes; en Filipópolis, con sus 42.849; en Varna y en Ruschuk, que no pasan de los 33.000. La historia de Bulgaria independiente comienza en 1878 con el tratado de San Estéfano que terminó la guerra ruso-turca. En treinta y cuatro años Bulgaria ha pasado, de ser una provincia turca, á ser una región autónoma, y de la autonomía á la independencia. Sus partidaríos políticos adolecen de los defectos inherentes á la precipitación con que se formaron. La historia de Bulgaria en los primeros años de su autonomía, bajo la regencia del Príncipe de Battenberg y el protectorado de Rusia, y después bajo el gobierno del Príncipe Fernando de Coburgo hasta una época reciente, es una serie de pronunciamientos militares, de intrigas políticas, de persecuciones sectarias y de ensayos de organización. El país ha progresado notablemente á pesar de los disturbios políticos. La anexión de la Rumelia oriental en 1885 y la guerra con Servia poco después demostraron que los búlgaros, lejos de ser una quantité négligeable, podían poner en grave riesgo la paz de los Balkanes. Si Austria no declara entonces que Servia era su protegida, los búlgaros se apoderan de Belgrado y ponen término á la independencia de aquel reino. Comenzó entonces para Bulgaria una época de trastornos políticos y de tremendas proscripciones. Sus dos hombres de Estado más importantes, Stambulof y Karavelof, lucharon encarnizadamente. En aquella lucha sucumbió el Príncipe de Battenberg y acabó el protectorado de Rusia. Rusia había creído que los búlgaros eran más maleables, y se encontró con que tomaban en serio el régimen parlamentario y aspiraban á ser algo más que una colonia moscovita. Después de algunos meses de indecisión, durante los cuales desempeñó Stambulof un papel parecido al de Bonaparte en las postrimerías del Directorio, fue elegido para regir los destinos de Bulgaria un príncipe dinamarqués, y después el Príncipe Fernando de Sajonia Goburgo, hijo de la Princesa Clementina, nieto de Luis Felipe, el cual, no solamente ha sabido mantenerse en el trono, sino impulsar á Bulgaria por el camino del engrandecimiento político y del progreso material. Soportando la tiranía del Richelieu búlgaro, del famoso Stambulof, hasta que un asesinato político le libró de tan molesto consejero, navegando hábilmente en el proceloso mar de las intrigas y de las ambiciones políticas en forma de no disgustar á Rusia y de aproximarse á Austria, y aprovechando sagazmente las circunstancias, el Príncipe Fernando logró que un Estado tan modesto como Bulgaria, tan desprovisto de recursos, tan expuesto á las contingencias políticas, llegase á ser un factor respetable y respetado de la política europea. Hoy día Bulgaria, completamente pacificada, próspera, con un buen ejército, con la hacienda al día, amiga de Rumania y de Servia, de Grecia y de Austria, favorecida por Rusia, no puede compararse con el país inquieto y pobre á cuya capital llegó en 1887 ignorando si las Potencias reconocerían la validez de su elección en la asamblea de Tirnovo el Príncipe de Coburgo.
 Servia ha tenido en estos últimos tiempos una historia más accidentada que Bulgaria. Esta puede vanagloriarse de veinticinco años de paz. Servia, desde la insurrección de Jorge el Negro, primero de los Karageorgevich, hasta nuestros días, no ha disfrutado de la tranquilidad necesaria para su desenvolvimiento. Pocos países tienen historia más accidentada que éste, y aun después de la revolución que devolvió el trono á Pedro I, la paz política ha distado mucho de restablecerse. Y no hablemos de Grecia, cuya vida política es un perpetuo embrollo, con sus crisis diarias, sus intrigas, sus pronunciamientos y su hacienda poco menos que intervenida por las Potencias extranjeras. Sin embargo, estos pueblos se han unido en una empresa común y se hallan á punto de ver logrados sus ideales. ¿Hasta qué punto lo conseguirán? Difícil es decirlo. Más fácil sería, tal vez, pronosticar para después de la guerra actual una lucha más encarnizada todavía entre ellos. Y la razón es obvia. El tratado de Berlín que ratificó su independencia y les asignó límites geográficos fue una manera que tuvo Europa de solucionar un conflicto. No fue algo definitivo. Los límites á cada uno señalados fueron arbitrarios, y el cumplimiento del convenio depositó en los países balkánicos la semilla de futuros conflictos. Esta semilla ha dado su fruto ahora. Bulgaria, Servia, Montenegro, Grecia y Rumania, tan luego se vieron dueñas de sus destinos y en camino de representar un papel en la política del mundo, volvieron los ojos al pasado y buscaron en él una razón que justificase sus ambiciones. Cada uno de estos pueblos se fijó en una época de su historia, en la más gloriosa, en la que llegó al apogeo de la gloria y concibió la esperanza de resucitarla. Los búlgaros soñaron con reconstituir el imperio de Simeón, los griegos, el de Bizancio; los rumanos, el de San Esteban; los servios, el de Duchan. Y como quiera que estos imperios se dilataron en épocas sucesivas por los mismos territorios, superponiéndose unos á otros, de aquí que sus ambiciones y sus ideales sean, las más de las veces, contrarios y creen entre ellos grandes rivalidades.
 Un libro reciente plantea este problema de una manera clara y precisa (I)[1]: «¿Pueden seguir siendo los búlgaros lo que son con el territorio que les adjudicaron los sucesos de 1878 y de 1885? ¿Podrían contentarse con explotar su suelo, que es fecundo, con reducir sus gastos militares y con enriquecerse por medio del trabajo? Esta solución idílica sería quizá la más sabia, pero como no prevalecerá; es inútil estudiarla. De un modo ó de otro, por la diplomacia ó por las armas, el reparto político de la península se modificará. Bulgarai no quedará encerrada en sus actuales fronteras, á menos que una derrota sangrienta la obligue á ello; durante más ó menos tiempo, la presión extranjera logrará tal vez conservarla en un equilibrio inestable que prometerá ser eterno, pero tarde ó temprano se perderá este equilibrio y estallará la guerra, por lo menos con Turquía, quizá con otros vecinos á los que hoy día la unen relaciones de amistad. Mirando las cosas desde fuera este porvenir belicoso es deplorable; desde el punto de vista búlgaro es una necesidad. Se sabe, en efecto, que la Bulgaria actual es casi exclusiva y necesariamente agrícola, pero Bulgaria no tiene la riqueza ni el temperamento de una Holanda pastoral, encantada con sus campos, y necesita, por lo menos, lo que ha hecho que Holanda sea rica: la posibilidad de un gran comercio marítimo. Ahora bien, Bulgaria no tiene salida más que á un lago, al mar Negro y el deseo de salir fuera, ese deseo que impulsó á Rusia hacia el Báltico, hacia Constantinopla y hacia el mar de China, atormenta también á Bulgaria. ¡Contemplando el mapa de su patria piensan los búlgaros en que para quedar completa, necesita la Macedonia, y este deseo, esta esperanza, está tan arraigada porque hubo un momento en que casi se realizó «la Bulgaria mayor». Entre el tratado de San Estéfanoy el de Berlín, que lo reformó, Bulgaria llegaba hasta el mar y englobaba comarcas que fueron búlgaras en otro tiempo. No discuto la tesis; me limito á exponerla: los búlgaros necesitan llegar hasta el mar Egeo, desde Dedeagach hasta Kavalay absorber á Salónica. Podrán dejar en poder de los turcos á Constantinopla, pero ¿cómo no anexionarse la Macedonia, Monastir, Vodena, que fueron centro del Gobierno búlgaro durante la Edad Media? La región de Uskub y hasta la de Pirot, aunque se reputen búlgaros, podrían cederse á Servia, lo mismo que la prolongación de la Tesalia satisfaría á Grecia; los territorios búlgaros de Besarabia y los rumanos del norte del Danubio quedarían como están, pero Rumania tendría que trasladar su frontera á las orillas de ese río.»
 «Frente á los esfuerzos que hacen los búlgaros conspiran los griegos, cuyas ambiciones tienen por objeto casi los mismos territorios. Los griegos sueñan con el imperio de Bizancio, y su patriotismo se exalta ante esta idea. En su favor hablan los recuerdos históricos que otros pueblos pueden invocar también, pero que, tratándose de ellos, hallan más eco en la raza latina porque se apoyan, no en momentáneas invasiones bárbaras, sino en siglos de gloriosa posesión. El Oriente es el mundo griego antiguo, y en la historia moderna de Grecia este pasado desempeñó un papel preponderante. Dícese que los griegos modernos no son descendientes de los antiguos, que la raza se ha corrompido mediante el aluvión de pueblos eslavos victoriosos, y preciso es confesar que aun teniendo actualmente los griegos no pocos defectos de que adolecían los antiguos, no han sabido asentar sobre bases sólidas su estado moderno. Los pobres griegos no han sabido tener hacienda, ni ejército, ni orden político, lo cual no es obstáculo para que hablen de la gran idea, de la reconstitución del imperio bizantino...»
 El autor de este libro, interesante é instructivo desde muchos puntos de vista, hace notar la diferencia de criterio existente entre los pueblos balkánicos: Bulgaria, soñando con territorios servios; Servia, codiciando territorios búlgaros; Grecia, ambicionando comarcas á las cuales aspiran, al mismo tiempo, Bulgaria y Servia, y las grandes Potencias, Austria y Rusia, interesadas directamente en el conflicto, viendo el modo de aprovecharse de las ambiciones de los pueblos pequeños que les abren el camino que conduce al logro de las suyas propias.

 Dos hechos, sin embargo, parecen deducirse claramente de los acontecimientos actuales: primero, la derrota definitiva de Turquía, su expulsión de Europa; segundo, la constitución en la península de los Balkanes de un Estado nuevo, ya sea efecto de la federación de los actuales, ya sea producto del triunfo sobre los otros del más fuerte, del más astuto...


  1. (I)  L. de Launay, La Bulgarie d'hier et de demain.