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En la venta del Tiznao

En la venta del Tiznao de Arturo Reyes



-Yo nací en Alcalá de los Gazules, jeché los colmillos en Estepa y me afeité por primera vez en Jerez de los Caballeros.

-Pos yo di er primer jipío en Teba, pero como los que me trujieron ar mundo eran trajinantes, pos trajinando, trajinando, se puée icir que me he criao en las provincias de Jerez, de Graná, de Málaga y de Armería.

-Pos mi bato era belonero, y mu hombre de bien, mejorando lo presente, y natural de Benamocarra, y se llamaba Juan Caéna, pero era más conocío por el Panales, poique era hombre to miel, y a mi madre le dicían la señá Catite.

-¡Camará!, pos tendrá osté durce jasta la perilla del ombligo.

-¡Digo! Como que, según ice to er mundo, yo soy cuasi caramelo.

-Pos ajúntese osté conmigo, que soy to azúcar, y vamos a poner ya mesmo, entre dambos, una confituría.

-Menester era, poique lo que es el oficio no va dando ya ni pa jechá jumo tan siquiera; como que ya se alumbran elértricamente jasta en el Torcal antequerano.

-Pos no le digo a osté na del mío; yo soy albardonero y de los de punta; pero, ¡lo que pasa!, to está ea vez más peor, poique es que el que tiée una bestia la tiée, además de esmayá, como quien dice, en cueros vivos.

-La verdá es que la vía es una cuesta ca vez más empiná, y sa menester saber jasta latín pa poer arrecoger un puñao e trigo, u tres manojos de espárragos, u cuatro gotas de aceite pa jacer unas malas migas.

-Como que si no juera poique a uno no le sale de aentro, ni le rempuja la inclinación, debía uno ya haberse tirao por un mal balate.

-¡Digo! Como que si no juera poique a mí to lo que güele a caena perpetua me pone er pelo e punta, a estas horas debería yo estar en uno e los puertos e la sierra, con el alto en la boca y la escopeta en la mano.

-No, hombre, eso no; la hombría e bien es lo primero. ¡Qué diría en el otro mundo la señá Catite al verlo a osté en un tan mal terreno y en tan malilla postura!

-Me paece a mí que eso lo ice osté con una miajita de quea, compadre.

-¿Yo? ¡Ca, hombre, ca! Esto que yo igo, lo igo con er corazón en la mano; es que a mí esa vía aperreá me da mieo. Como que yo no sé cómo se podrá vivir a sarto e mata, y sobre to cómo puée jechar un rengue sosegao el hombre que tiée una mota en la consencia.

-Ni yo tampoco lo compriendo. ¡Camará!, que hay cosas que na más que de pensallas le dan a uno repelusnos y escalofríos.

-¿Y tiée osté en su cubril muchos gazapos, compadre?

-Milenta mil mal contaos, y tos entoavía con ombliguero. ¿Y osté tiene muchos gurripatillos?

-Milenta mil millones. Si no se puée ya ni mirar a las jembras, si es que yo no jago más que mirar a la mía, y entoavía no la he mirao, y ya está escupe que te escupe.

-¿Y cómo puée osté llevá tanto grano pa tanto pajarico?

-Ahí verá osté. ¿Y osté cómo se arregla, compadre?

-Pos ahí verá osté; como osté se arreglará fijamente: ¡comiéndose jasta las crines!

-Y ahora, ¿hacia aónde se camina?

-Pus pa El Burgo. Yo soy argo pariente der cura; mejor dicho, de una parienta der cura..., la Olores, la hija mayor de los Amargosos, una jembra que de un estornúo parte un ladrillo y comba un plato...; pero mujer de bien, eso sí, mu mujer de bien, y aparte de unos belenes que tuvo con Perico el del Borge y con los Panchos e Granaíllo, no se le conoce na no limpio en sus jarapos.

-¿Y qué? ¿Osté no va allí más que a su calor?

-Voy poique siempre que voy er cura me da argo pa que me vaya pronto der pueblo, poique como siempre que voy me esmejoro, er cura, que me estima bien, me ice que aquel clima me sienta mal, y lo que pasa, como el hombre tiée güen fondo, pos me alivia... Dios se lo pague..., ¡que a ese güen señor pa jacer obras e cariá lo echó su madre a este mundo!

-Pos míe osté: no cría Dios dos cosas más desiguales. Yo tamién tengo un pariente que es cura, y lo del parentesco es por condurto de una sobrina suya que es tamién argo parienta mía, y pasa to lo contrario: siempre el hombre está a güertas con que me quée en er pueblo sin más obligación que jacer to lo que él y la parienta me manden.

-Pos, ¡camará!, yo no sé en qué está osté pensando. ¡Pos si ese negocio es más bonito que la Girarda!

-Calle osté, hombre. ¡Osté sabe lo pesaílla que es la Curra y el mar genio que tiée er cura!

-Y eso qué importa. ¿Tiée osté más que tener resirnación cuando platique con ella y que ser humirde cuando le platique el otro?

Y sólo el Supremo Hacedor sabe hasta cuando hubiera durado el diálogo de nuestros dos benditos protagonistas de no haber penetrado en aquel momento en la Venta del Ventolera, que así designan en Humaina y Roalabota el lugar donde aquellos dos nobles patricios platicaban, un nuevo personaje, hombre ya pasado, plegado, arrugado y casi del todo torcido por más de setenta navidades, vestido típica y pobremente y envuelto el escuálido busto en una manta que debió empezar a prestarle sus servicios, sin duda, allá en sus ya más que remotas, remotísimas mocedades.

El ventero, que había estado escuchando el diálogo mantenido por el albardonero y el hijo de la señá Catite, panza arriba sobre el empedrado suelo y con un albardón por almohada, medio incorporóse a la entrada del nuevo personaje, y

-¡Ah!, que es usté, tío Cantales -exclamó, tumbándose de nuevo sobre el no muy bien mullido lecho, después que hubo conocido al recién llegado.

Este paseó una mirada por el interior de la cocina, y

-Que Dios te bendiga y tamién a la compaña -exclamó, avanzando lentamente hacia el ventero.

-¿Y de aónde viée usté a estas horas, a pique de un repique?

-Pos na, que me entretuve una miaja en el lagarillo del Serenito, y aluego que me han entretenío tamién en la Jaza de los Picapica el sargento del puesto con dos de los suyos, que, sigún parece, van esta noche a cazar alondras con los cencerros.

-¿Y en qué te entretuvieron esas palomas torcaces?

-En preguntarme jasta con qué me quito la caspa, ¡camará!... ¡Y que no preguntan los gachones con mucha fantesía! ¡Y no le contestes, y te zumban una de tortas que se te cae jasta el apellío!

Lo dicho por el tío Cantales parecía haber interesado en grado sumo a los nacidos en Teba y en Alcalá de los Gazules, y

-Oiga osté, agüelo -preguntóle éste al tío Cantales, con acento un tantico inseguro-, ¿jacia aónde irigían el ala esos güenos mozos? Poique es que yo me tengo que dir, y quisiera tirar por el mesmo camino que ellos y dir a su amparo, que no quisiera yo que cuatro chavicos que llevo me los manoseara el Muleto, ese mal nacío, que, según icen, trae de cabeza a toítos los del tricornio.

-No me miente osté ar Muleto tan siquiera, que se me quita er jálito -exclamó el de los albardones, incorporándose como asustado, al oír que podía tropezarse con aquél en su camino-; no me lo miente osté, ¡que me ha puesto osté que me ajogo en una saliva!

-Y que no es sólo el Muleto el que anda ahora por estos andurriales -exclamó el dueño de la venta con acento lleno de ironía-; que no es ése sólo, que si antes teníamos un cangro en er partío, ahora tenemos dos cangros, poique, sigún parece, se ha corrío jacia acá dende la serranía e Ronda el Niño del Vizcaíno.

-¡Virgen Santa e los Dolores! -exclamó el descendiente del tío Panales, con asustada expresión-. ¡Er Niño der Vizcaíno! Ahora sí que me voy yo tamién en busca de los del correaje amarillo y no me aseparo de ellos jasta que entremos en poblao.

-Esos mozos no se meten con los probes, y lo que es yo no les tengo mala voluntá -exclamó el tío Cantales, encogiéndose de hombros-. Y tan no les tengo mala voluntá que yo, que no me los he trompezao entoavía, si me los trompezara ahora mismo, pongo por caso, y yo hubiera visto como he visto a los del tricornio, les diría: «Oye tú, Muleto, y oye tú, Niño, a ver si sus largáis de aquí, que sus va a goler la cabeza a pórvora y sería un contra Dios que sus pasara cosa de tan mal arate.»

Y al decir esto sonrió irónicamente el viejo, mirando con ojos radiantes de malicia a los para él, sin duda, desconocidos.

Estos posaron la interrogadora mirada en el tío Cantales; después miró el de Alcalá de los Gazules al hijo ilustre de Teba, sonriéronse disimuladamente ambos, y:

-Qué, ¿mos vamos pa allá en amor y compañía, no sea cosa que vayamos a tener un mal tropiezo por esos malos caminos? -preguntó el primero al segundo.

-Pos míe usté, no ha pensao usté malillamente, poique la verdá es que está la noche una miajita primatérica y siempre ven más cuatro ojos que dos, y siempre puéen más que un retaco dos retacos.

Y minutos después salían ambos próceres de la venta saltando las bardas del corral, y decíale el tío Cantales al ventero con acento tranquilo y reposado:

-¡Camará, y que mo de poner pies en porvorosa! Pos ni que jueran esas dos criaturitas el Muleto y el Niño del Vizcaíno.

El ventero miró, con expresión socarrona, al tío Cantales, se rascó la cabeza después y canturreó:

«Yo soy un hombre cabal,
y lo soy por dos razones:
porque me gustan las jembras

y protejo a los ladrones.»