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En la timba del Frescales



IEditar

-¡Mala puñalaíta que le den al que inventó la trampa y mala puñalaíta que me den a mí en el sitio aonde más daño me jaga!

-¿Y me quisieras tú decir qué es lo que a ti te pasa hoy pa estar soltando por esa boca tantas mieles de panales?

-¿Qué quiées tú que a mí me pase? Que estoy más negro que el betún, que bien dijo el que dijo: «Comío te veas de trampas chicas.» Que no sé ya por dónde tirarme, que el corazón le hipotecaría yo hoy por dos pesetas al peor de mis enemigos, que no se puée vivir de estas jechuras que yo vivo; que el día menos pensao me voy a jacer yo más boquetes en mi presona que tiée boquetes una criba garbancera.

-Vamos, Paco, una miajita de pesqui y una miajita de contravapor, que no creo yo que la cosa sea pa tanto; que, a la fin y a la postre, tú tiées un jornal que no es un puñao de virutas.

-¿Y qué son cuatro púas, que son las que yo gano; qué son cuatro púas teniendo que darles, manque no sea más que un pistolete por barba a los seis gurripatos y a mi María, y a la madre de mi María, y a mi sobrina Cloto? Y además de los pistoletes, tener que vestir, y que pagar casa, y que fumar, y que afeitarse y que...

-Sí, en eso tiées muchísima razón -dijo, interrumpiendo a Paco, Antoñico el Muñequero-; que no tengo yo más que dos gorriones en mi cubril y gano catorce riales, y el día que se me ladea el carro, ese día nos tenemos que acostar tos más relimpios que patenas.

-Yo es que me he dio jechando la cuerda al cuello poco a poco, porque es que hoy se pie, pongo por caso, cinco duros a ganancias, y como no se puéen pagar, pus pa pagarlos se buscan otros cinco, y aluego se buscan diez, y aluego se buscan veinte... Y, total, que la gente se cansa y los amigos se cansan. Y con razón, y con más razón que naide, el tendero, que tiée que pagar lo que vende. Y lo que le pasa al tendero le pasa al del carbón, y lo que le pasa al del carbón le pasa al del aceite, y lo que le pasa al del aceite le pasa al de la berza. Y, total, que estoy ya tan requetelíao, que pa medio dir tirando tan siquiera del argaijo necesitaba yo cien chuscos por lo menos, y como eso es como si se necesitara una mina en el Perú, pos velay tú, aún estoy pensando en qué sitio me debo meter el zambombazo pa acabar de una vez de pasar fatiga.

Y dicho esto, quedó Paco sumergido en una meditación honda y sombría, mientras su amigo le contemplaba con expresión también meditabunda.

Durante algunos instantes permanecieron en silencio ambos amigos, silencio que fue el primero en romper el Muñequero:

-Pos mira: lo mejor que hacemos es agüecar el ala y dirnos a ca del Frescales a tomarnos dos chatos del de los Moriles, que nos caerán la mar de requetebién, porque es que yo no he visto bálsamo más archisuperior pa cuando uno tiée pintaos al negro humo toítos los interiores.

-Sí, vámonos aonde te dé la repotentísima gana -exclamó Cárdenas, que de buen grado hubiera huido de sí mismo por huir de aquel tropel de tristezas que abrumaban y entenebrecían su espíritu y amargaban su existencia.

El Frescales estaba que hacía la barba, y con razón, que con la entrada en la cárcel de Manolito el Gallareta habíase quedado desamparada su timba, de la que empezaba a huirse la gente más formal de la aficionada a jugarse hasta el cuero cabelludo, por temor al enganche con alguno de los que, acaudillados por el Maroto, dedicábanse a cobrar el barato en los lugares no garantizados por alguno de sus colegas en arrogancias y bravura.

Y como este bandurrio famoso, enterado de que el Gallareta había ido a pasar la temporada veraniega a sus posesiones del Pasillo, habíase metido, decidido a escribir una de sus páginas más gloriosas, en el garito del Frescales, andaba éste de tan mal humor, que al notar que Paco Cárdenas y su compadre, Antoñico el Muñequero, pedían con acento un tantico despótico que dejara de servir a los demás por servirles a ellos primero Periquito el Tarambana, mozo de la taberna, díjole a éste con acento brusco y desabrido:

-Sí, hombre, sí, tira lo que tengas en la mano, manque lo que tengas en ella sea una luna veneciana, y si arguno dice que él ha llegao primero, le das una puñalá en la ingle, que lo primero de to es servir a esas dos balas perdías.

Paco Cárdenas, que jamás había sabido hablar alto a nadie, enterose en aquel momento, por primera vez, qué era sentirse con ganas de pelea, y avanzando lentamente hacia el Frescales, cogió a éste con dos dedos por uno de los botones de la limpia guayabera, y

-No sea usté inocente, señó Frasquito -le dijo con voz suave-. No sea usté inocente, porque a veces ya sabe usté lo que pasa en esta vía, y hoy por cuasi na, de balde cuasi y cuasi, si sa menester poniendo dinero encima, le daría yo una puñalá al mismo sol que reluce.

-Pos ajúntate conmigo, chavó -dijo el Frescales-, que estoy más requemao que un cirio. Tu supónte que al Gallareta le han metío en chirona a cumplir lo que le echaron el mes pasao por mo de lo del Cartulina, y al enterarse de qua ya no hay espantajos en la jaza, se me ha colao toa la pandilla del Altozano, y como es naturá, no hay quien se talle dos pesetas, porque es que nadie está dispuesto a buscarse una ruina.

-¿Y por qué no le habla usté al Toli u al Espartales?

-¡Quita, hombre! Porque ésos tiéen la condinga en el velo del paladar, y como ellos saben que el que lleva la bandera con los del Altozano es el Maroto, pos velay tú, no hay nadie que se atermine a dicirle ni pío. Y lo que yo te digo que como Dios no lo remedie, voy a tener que cerrar o traspasar el establecimiento.

Paco Cárdenas habíase quedado pensativo oyendo al tabernero, y cuando aquél hubo concluido,

-Y oiga usté, señó Frasquito -le preguntó-, y usté disimule la curiosidá, ¿cuánto es lo que le da usté por vigilar esto al Gallareta?

-Pos dos chuscos ca veinticuatro horas y to lo que quiée tomar de café y de bebía y de to lo que el cuerpo le píe, y además que siempre que a cualisquiera le sopla una güena racha, le da lo más o lo menos. En fin, que pa mi cuenta que la noche que menos, se lleva por ca remo un machacante a sus cubriles.

Paco Cárdenas se acordó de que él ganaba cuatro pesetas trabajando desde que el sol echaba sus luces hasta que se ponía, y en cambio de que el Gallareta vestía y vivía como un príncipe, que todo el día no hacía otra cosa que lucir el garbo por el distrito, que tenía en un dedo un solitario con el cual hubiera tenido él bastante para salir de apuros. Y pensando en todo esto, un profundo suspiro se escapó de su garganta.


IIEditar

El Maroto penetró escoltado por su guardia pretoriana en la sala de juego, decorada con una larga mesa de pino cubierta por amplio y no muy flamante tapete verde; algunos cuadros en que se veían representadas algunas de las suertes más clásicas del toreo, alguna mesa pequeña para servir en ella lo que pedía a la distinguida concurrencia, una lámpara con varios mecheros de gas y algunas sillas de las de más humilde abolengo.

La mesa estaba rodeada por una multitud heterogénea que envenenaba el espacio con su hálito impuro, y el humo del tabaco envolvía como en una neblina los rostros de los jugadores; los que ganaban reían y chufleaban refrescando las resecas fauces con algún que otro cortado de aguardiente; los perdidosos, con las cejas fruncidas, ponían miradas siniestras y amenazadoras en las cartas que con atormentadora lentitud iba haciendo aparecer uno de los que tallaban; los más veteranos en aquellas clases de lides, sentados en torno de la mesa, apuntaban algunos las jugadas creyendo poder someter a sus cábalas la veleidosa fortuna.

Paco Cárdenas, grave y cejijunto, fumaba silencioso, recostado contra la pared, próximo a los que tallaban, y cerca de él le observaba con disimulo el tabernero, que no confiaba mucho en lo que de modo tan decidido hubo de decirle aquél en la noche anterior, al oírle lamentarse de la ausencia del Gallareta, que le dijo:

-Pos si usté quiere y me da lo mismo que al otro, yo le prometo a usté que no va a haber quien diga ni pío tan siquiera tan y mientras esté yo arrimao a la mesa del tapete.

Pronto cundió la chilla de que Paco Cárdenas era el sustituto del Gallareta, y

-¡Camará, mucho cudiao, caballeros! -dijo el Sordina en tono de zumba al verle penetrar seguido del Muñequero y del señor Frasquito en la habitación-, que está ahí el que nos va a dicir a tos los que estornudamos que aquí nadie se constipa sin pedirle antes premiso.

La velada fue deslizándose como una seda, y ya el Muñequero empezaba a tranquilizarse cuando un murmullo sordo le hizo volver la cara hacia la puerta, en la que acababa de aparecer el Maroto.

El Sordina sonrió sin poder disimular el júbilo que le proporcionaba la presencia del famoso baratero, y aprovechando la primera oportunidad, díjole a éste, con acento mortificante, a la vez que le indicaba disimuladamente al suplente del Gallareta.

-Esta noche sa menester que se vaya usté con la mar de cudiao, compadre, que, según dice el papelito, ha vinío en lugar del Gallareta a no dejarnos ni resollar Paco Cárdenas, el nieto de la Boliche.

El Maroto fijó una mirada desdeñosa en el tallista, y

-Pero si ese alma mía es to azúcar, hombre, si eso es más durce que un petisú; si ése dicen que ha nacío del beso de dos panales.

Paco Cárdenas adivinó que el Sordina le disparaba al Maroto; se acordó del asedio que le tenían puesto las necesidades más perentorias de sus hijos encuerinos y casi hambrientos; de su María, casi aniquilada por la adversidad, y acercándose, pálido pero con reposada actitud, al Maroto, díjole a la vez que se hurgaba cortésmente el ala del amplio pavero:

-¿Me permite usté dos palabras?

-¿Y usté qué es lo que tiée que platicar conmigo? -le preguntó aquél, mirándole con expresión desdeñosa.

A Paco Cárdenas se le descompuso el semblante al oír el acento mortificante con que aquél hubo de pronunciar aquellas palabras; mas disimulando sus impresiones, no obstante, le dijo con algo de siniestro en la mirada:

-Ya le he dicho a usté que tengo que platicar con usté dos palabras y que me quisiera beber con usté dos cortaos de aguardiente.

El Maroto se encogió de hombros, y

-Güeno, hombre, si es un capricho, no quiero yo que por mí se malogre la criatura.

Y descendieron ambos; delante, Paco, con serena actitud, y el Maroto contoneándose gallardamente, y diez minutos después volvían a penetrar ambos en la sala de juego, y una hora después se alejaba el caudillo de los del Altozano seguido de su temible guardia negra, sin que hubiera turbado la tranquilidad de los honrados padres de familia que pasaban allí el rato en tan edificante, solaz y honestísimo recreo.

Y cuando aquella madrugada, ya terminada la partida, se encontró el Muñequero con Paco Cárdenas a solas con éste en la calle, a la sazón solitaria, sin más testigos que la luz de la luna y un sereno que dormitaba en el zaguán de uno de los edificios, preguntó el primero al segundo:

-¿Me quisieras tú decir, que estoy rabiando toa la noche por saberlo, qué fue lo que tú platicaste con el Maroto cuando le sacaste de la sala?

Paco Cárdenas le repuso, sonriendo y encogiéndose de hombros:

-Pos lo que le dije fue: «Mire usté, compadre, cuando yo acerté anoche el puesto del Gallareta, lo acerté poique estaba pensando con qué jerramienta me había de cortar la yugular, si con una navaja barbera o si con una de Albacete. Y tan es la chipé lo que le estoy a usté diciendo, que yo le juro a usté por los chorreles que Dios me dio y por la mía compañera, que si no da la casolidá de que el señó Frasquito me hubiera ofrecío este puesto, no hubiera visto el sol de hoy ni estaría yo como estoy aquí con usté bebiéndome estos cortaos.»

-¿Y qué fue lo que te contestó el Maroto?

-El Maroto me miró a las niñas de los ojos, como si quisiera metérseme por ellas dentro del corazón, y después de mirarme a las niñas de los ojos, se alevantó y me tendió la mano, y me la apretó y nos fuimos arriba, y na... Créelo tú, Antonio, créelo tú, que eso de la guapeza es cosa muchas veces más mollar de lo que muchos se piensan.