En busca de una novia

Los milagros de la Argentina
En busca de una novia
 de Godofredo Daireaux


El príncipe de Guadarrama, una vez en posesión del poder supremo, pensó que su deber más urgente era asegurar por un matrimonio conveniente la continuación de la raza amenazada de rápida extinción, ya que él era su último vástago. Para que llenase su unión todos los requisitos necesarios era preciso hallar una novia de tan múltiples y variadas condiciones, que pronto se dio cuenta de lo difícil y ardua que sería la tarea.

Rodeado de excelentes consejeros, de los cuales el mejor era, por supuesto, su augusta madre, se lo pasaba estudiando con ellos la larga lista de princesas casaderas, lista esmeradamente elaborada por todos los embajadores de Guadarrama acreditados en las diversas cortes europeas.

Pero, a pesar de tener a la vista también las fotografías más hábilmente retocadas, de las más jóvenes y hermosas, ninguna, en el montón, llegaba a arrancarle el impetuoso grito por todos esperado: «¡Esta quiero!» Hasta que resolvió Su Alteza dar una jira personal por todas las cortes donde pudiese tener alguna esperanza de ver realizarse el sueño que su alma y corazón había forjado.

Pues, aunque a ninguno de sus consejeros oficiales lo hubiese confesado, y que sólo su señora madre recibiera al respecto sus confidencias, había formado el proyecto de no atenerse exclusivamente a las conveniencias políticas para elegir a la que debía compartir con él las alegrías y las amarguras de la vida. Bastante penoso suele ser, en nuestros días, el ejercicio del poder real, para que siquiera tenga el que reina y sufre las perpetuas zozobras de los modernos tronos el consuelo de suaves goces en un hogar amable.

El día que ante el consejo reunido expresamente para oír su real decisión declaró que iba a salir él personalmente en busca de una novia, fue de gran agitación en la corte. de profundo asombro. Más de una peluca venerable se estremeció en su correspondiente pelada, más de una boca agriamente arrugada quiso dejar oír observaciones; pero, por muy atinadas que hubiesen podido ser, el joven príncipe de Guadarrama les atajó la salida, abriendo bien grande, en benévola pero socarrona risa, su ancha boca de abultada barba hereditaria. Y se tuvieron que callar los viejos y sesudos consejeros del simpático muchacho. Quizás, en el fondo, también encontraban que tenía mucha razón.

El día siguiente, armó viaje el príncipe, recorriendo en su automóvil varias ciudades y villas de sus dominios, clavando sus grandes y risueños ojos con intensa curiosidad en todas las mujeres que le salían. al paso; tanto que, dos o tres veces, estuvo a punto de desgraciarse con el vehículo, distraído por la belleza de algunas de sus súbditas.

Fué agasajado, como es natural, en palacios y castillos, por los duques, marqueses y condes de sus Estados, y pudo ver que, sin ir muy lejos, podría encontrar en su propia tierra mil mujeres hermosas, educadas y dignas, por cierto, de ser elegidas para esposa del soberano.

Y casi, casi dejó entender que particularmente una de ellas podría quizá impedir que siguiese viaje. Pero bastó que alguien adivinara su apenas esbozada intención para que, al momento, brotasen envidias, chismes, habladurías de las cuales no se pudo evitar que en parte se enterase Su Alteza. No vaciló ni un rato; en el acto se despidió, volvió a palacio y se aprontó a salir para su jira por las cortes europeas.

Aprovechó la ocasión para enseñar al mundo que, si por una serie de desgracias, ya no tenía escuadra el estado de Guadarrama, su príncipe todavía poseía un yate y sabía navegar; y por mar, se fue primero al reino de Nordlandberg, donde, por informes oficiosos pero dignos del mayor crédito, sabía que el Rey siempre tenía disponible todo un surtido de princesas de edades varias, discretamente escalonadas como para que cualquier candidato, o muy joven o muy viejo, y por difícil que fuera, encontrase siempre como satisfacer su anhelo. Hermosas, por lo demás, en general, y de suprema distinción, instruidas y educadas con el mayor esmero, eran conocidas y ponderadas en todas las cortes europeas, y de entre ellas solían surtirse de soberanas los reyes más copetudos.

Desgraciadamente, cuando llegó nuestro príncipe a la capital del Nordlandberg, acababa el viejo rey de hacer importantes entregas y quedaba medio desurtido.

-«Todavía me quedan seis»- le dijo, asimismo, con tono bonachón; y efectivamente, los grandes y vivarachos ojos negros del príncipe, más de una vez, cruzaron sus relámpagos con modestos reflejos celestes y tiernos de ciertos ojos azules de subyugadora suavidad. Pero no era lerdo el hombre y supo mirar con calma; tan bien, que una mañana, desde la cubierta de su yate, se le vio saludando por última vez las matrimoniales costas del reino del Nordlandberg, con su sonrisa de befo socarrón.

Cruzó el mar del Norte y se fue a la tierra de unos isleños, donde nunca faltan tampoco, dicen, numerosas princesas deseosas de casarse. Fue agasajado en mil formas en la corte del Rey; le dieron bailes suntuosos y también fiestas campestres, para que tuviese ocasión de ver a las candidatas en diversos trajes y posturas. Vio, conversó, lo pensó bien y no se animó; no entendía el idioma, y la cuestión religiosa era todo un problema, con esa gente. ¿Qué diría el Papa?... Se fue.

En el país de las «Ciénagas», fuera de la misma reina, no había nada, y ya era casada. Se internó en el continente. Abundan ahí, en varios reinos, las princesas casaderas; pero muchas eran de linaje dudoso, y hasta las de raza más noble parecían, por lo tosco, hijas de cocineras, con sus manazas coloradotas. También últimamente, algunas habían hecho hablar demasiado de si para que se pudiese tener mucha confianza en la fidelidad de esas rubias de pelo pálido y de ojos de carnero.

Asimismo, en una de esas cortes, casi se dejó embaucar el joven príncipe. Se vio rodeado de tan hermosas princesas, tan elegantes, tan llenas de gracia voluptuosa, de carnes tan espléndidas, de formas tan esculturales, que por poco se lleva a su tierra a una parienta cercana de su propia madre. Por suerte recibió de ésta misma oportuna advertencia de evitar este peligro, y, disparando, se fue más al Sur.

¡Ah! ¡cielo divino! ¡cuán poco extraño le pareció al príncipe que, bajo tan hermosa bóveda, nacieran tantas mujeres hermosas! Pero no había en todo el reino princesa en edad de casarse y tuvo que contentarse con recorrer de punta a punta, en loca carrera de automóvil, la venerable tierra que de tantos y tan maravillosos acontecimientos ha sido teatro, políticos, guerreros, intelectuales, artísticos, religiosos, desde la legendaria llegada de Eneas a esas costas, hasta la resurrección actual, digna en un todo del heroico pasado de la cuna de la raza latina.

Sintió no encontrar allí lo que buscaba y cruzó en parte Francia para volver a sus Estados; pero de antemano sabía que en esa tierra de acentuado socialismo, y de anticlericalismo ardiente, ya no había princesas. No se había animado a ir a Rusia, país en pleno derrumbe, y volvió medio desconsolado, al pensar que los pelucones del consejo le iban a poder imponer por esposa cualquier solterona fea y desagradable.

Efectivamente, pronto empezaron las insinuaciones, y las indirectas, y trataron de meterle por los ojos a varias de las que por allá había visto secándose de viejas, en sus cortes más o menos lujosas y aburridas.

De repente soltó, como en súbita inspiración, su ancha boca de gruesos labios, una regia carcajada, y, dejando pasmados a sus ancianos y correctos consejeros, resolvió emprender viaje en su yate para la América del Sur. Fue un clamor en la corte. -¿Qué iría a hacer Su Alteza en semejantes países? Puras Repúblicas, violentamente segregadas de la madre patria, en un desgarramiento cuya herida todavía sangraba; países nuevos, pobres todavía, poblados de aventureros, a veces quizá de noble estirpe, pero cuyos descendientes hoy dedicados únicamente a ganar plata no podrían en ninguna forma haber engendrado la princesa de cuentos de hadas con que soñaba el joven monarca.

Nada había querido oír y obedeciendo a su capricho, como quien manda -pues, ¿de qué serviría tener el mando, si no fuese para... obedecer a sus fantasías?- cruzó el Océano. No quería saber nada, por supuesto, de los yanquis, ni de Cuba, la revoltosa; no se detuvo en el Brasil más que para conocer sus puertos y la vegetación encantadora de su territorio, gustándole poco el habla portuguesa y los modales a la vez zalameros y rudos de esa gente, y en derechura vino a dar al puerto de Buenos Aires.

Viajaba en el mayor incógnito; no quería antes de tiempo despertar la curiosidad, pues su intención era darse cuenta por sí mismo de la veracidad de los que tanto ponderan la hermosura y la gracia de las hijas del Plata. Asistió a una representación de gala en la Opera y quedó embobado ante la espléndida abundancia de incomparables beldades ahí presentes. Dicen que, durante toda la representación, sus grandes ojos quedaron embelesados y sus labios entreabiertos por la admiración. El corazón de Su Alteza el príncipe de Guadarrama quedaba conquistado por la hermosura argentina. Desgraciadamente, -pues, al salir del teatro, decía: «¿Quién fuera musulmán?»- no podía casarse con todas las preciosas señoritas que, toda la noche, pudiera contemplar (hubieran sido ya demasiadas reinas), y resolvió verlas de más cerca para conocerlas mejor y tomar una resolución definitiva.

Se hizo presentar en la mejor sociedad argentina; hizo muchas visitas, asistió a varias fiestas, y se vio muy festejado, no por su título que todos ignoraban, sino solamente, lo que mucho más le agradaba, en su calidad de mozo guapo, simpático y bien educado. Ni siquiera se informó nadie de si era o no rico. Lo que más lo seducía en la mujer argentina era encontrar en ella a la misma mujer de su tierra, pero con otros encantos. Había entre ellas descendientes de vascos, de catalanes, de gallegos y de andaluces, y si bien en todas todavía podría conocer el tipo primitivo de las distintas razas de su tierra, el príncipe de Guadarrama les encontraba una suavidad de facciones y de modales lo más exquisita. El mismo idioma que hablaban había perdido las tonadas guturales y duras del habla nativa y le pareció que palabras de amor así pronunciadas debían de ser irresistibles.

Y así fue. Vino el día en que se concretaron sus anhelos en una hermosa niña, perteneciente a una de las más antiguas y distinguidas familias argentinas, descendiente, por lo demás, y sin mayores cruzamientos, del famoso rey de Asturias el gran Pelayo. El príncipe se le declaró, dándosele a conocer por lo que en realidad era, y la muchacha se quiso morir, cuando lo supo. Pero por tan poco no se muere la hija de un conquistador; y el padre, consultado, con la mayor sencillez y sin hacerse rogar, concedió al príncipe de Guadarrama la mano de su hija.

-«Todavía me quedan seis» -agregó en tono bonachón, quizá con la vaga esperanza de que el príncipe tuviera hermanos, o algunos amigos, con o sin corona, pero de buena posición, que se interesasen en tomar esposas americanas.

Y puede ser muy bien que entre la moda, pues la muestra que se llevó a su tierra el príncipe reinante de Guadarrama no es para menos.


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