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En San Cayetano



IEditar

Vengan con nosotros los que nos leen y no teman a los rayos del sol, que una fresca brisa de Levante templa sus vigores y acaricia el ramaje que proyecta sus movibles sombras en el polvoriento camino que festonean dos largas filas de chumberas como acudilladas acá y acullá por árboles altísimos y frondosos.

Vengan con nosotros y esparcien sus miradas por la radiante perspectiva que embellecen los viñedos en los declives de la montaña, el verdinegro olivar entre cuyas ramas deja oír la tórtola solitaria su ronco arrullo; el áureo rastrojo, en que el ganado sestea; los blancos caseríos y las eras limpísimas, donde llegado que sea el crepúsculo vespertino, rendirán las resecas mieses su grano de oro a los rudos requerimientos de la cobra regida por el trillador, que turbará la solemne quietud del atardecer con sus canciones.

Miren cómo alegran el camino la acansinada recua; el arriero que dormita delegando su misión en el liviano; la galera que cruje amenazando romperse en las desigualdades del terreno; algún que otro poderoso de los caseríos próximos, que pregona lo holgado de su vivir merced a lo flamante de su indumentaria y a lo bien enjaezada que luce la fuerte cabalgadura; el ventorrillero que reposa bajo el verde parral con la barba en el pecho y sobre el abdomen las encallecidas manos, y miren cómo delante de una de las blancas alcubillas, medio oculta entre los pencares, rompe el tono áureo del camino con la nota brillante de su rojo zagalejo y de su chaquetilla gris una moza de robusto y de gallardo empaque que vuelca sobre el enorme cántaro el cubo rebosante de agua fresca y cristalina.

Y después de haber contemplado el panorama penetren los que nos siguen en la venta de San Cayetano, no sin quitarse antes el sombrero ante la imagen del Santo encerrada en una tosca hornacina; saluden a la ventera, una cuarentona renegrida por el sol y picardeada por sus tratos y contratos con la arriería andante; al ventero, un hombrecillo todo nervios y marrullerías, de solapado sonreír y de mirar malicioso, y como nunca por cortés condenóse ningún nacido, saluden también con un «A la paz de Dios, señores» a los en la venta congregados por la sed y por el cansancio, y oigan tras los saludos de rúbrica entre gente bien nacida, lo que dice el señor Antón el Zorzales al reanudar la interrumpida conversación, que dirige a su típico auditorio:


IIEditar

-Pos, señores, como sus diba diciendo, tan de púas está lleno el Zamora que menester es enguatarse pa cojelle, y, si sus lo digo, es por si sus lo tropezáis por ahí, por aquello de que más vale un «Por si muerde» que un «Camará, me ha mordío».

-Es que lo que le ha pasáo al Zamora tiée la mar de filo y la mar de contrafilo; que es mucha labor la que se ha cargao con él Cristóbal el Mulete y la Niña del Romero.

-Peor se la quiso jugar él a dambos, que poique el padre de la zagala le debía unos cuantos maravedíes y er probe no los tenía pa pagárselos, lo puso entre la espá y la paré y de la necesiá jizo ley y de la jambre martillo.

-Pero ¿cómo fue eso, tío Antón, que a mí de eso no me ha llegáo entoavía ni un sonío tan siquiera?

-Pos si es asina, has tenío tú que está sirviendo al rey o cuasi, cuasi, difunto.

-Es que yo vengo de segar en la campiña de Jerez y, por eso, no estoy enteráo de la copla que usté canta.

-Pos si es asina pelillos a la mar, y pa que tú te enteres te diré que Cristóbal el Mulete estaba en amoríos con la del Romero cuasi dende que andaban a gatas.

-¡Toma! ¡de eso estábamos enteraos tós jace ya un puñao de días!

-¿Y estás tú tamién enterao de que el padre de la del Romero le tenía hipotecáo al Zamora el lagar y que ya estaba vencía la hipoteca?

-No, señor, que eso no lo sabía el hijo de mi padre, el señor Paco el Rumboso.

-Pos bien, ya te lo digo; la hipoteca estaba vencía y er Zamora estaba prendaíco der tó de la der Romero, la cual ya le había dicho más veces que no que abejas tié una cormena y que púas un zarzal, pero como cuando er queré se mos mete en el alma por toicos los ventanales, se nos aletarga la razón y la consencia; pos velay tú, al mozo se le gorvió negro lo blanco un día y le ijo al tío Pepe el Perejiles que si su retoño no se casaba con él, él diba a tener el gusto de ponellos a dambos al relente del camino.

-Pos eso jué una charraná de las que Dios no se orvía de jechar en er platillo.

-Sí que jué una charraná, pero como el padre de la Niña le tiée tanto apego cuasi como a ella al cubril en que ha nacío, como no hay en él parmo e tierra que no haiga regáo con el suor de su frente, como er día que le quitaran a él su lagarillo sería como si le quitaran el sol que lo alumbra y lo calienta, pos velay tú, el hombre encomenzó a machacar en la zagala diciéndole que si no consentía en dejar al Cristóbal y en casarse con el Zamora diba a tirarse de cabeza por el Tajo de los Azules.

-Pos pa decille eso a una hija sa menester tener de corcho er corazón y amarillo el pensamiento.

-Esa es la verdá que no es más que una, pero la Niña, que no se muerde la lengua cuando no es debío, pues no se la ha mordío, y le dijo al tío Pepe: -Mire usté, padre, no quieo yo que usté se tire por el Tajo de los Azules, y si a su mercé le tiran mas estos manchones y estos pencares que mi feliciá, yo transijo, yo me casaré con Joseito el Zamora.

-Entonces es con Joseito con quien se ha casao la del Romero.

-Er lunes por la mañana se casó con él, que los casó er cura de la Ermitica.

-¿Entonces por qué está er Zamora, como usté dice, que sa menester enguantarse pa cojelle?

-Pos está asina por lo que le pasó endispués, que lo que le pasó al salir de la ermita le viée largo y durillo de roer al de mejores molares; como que estaba yo allí y me queé que si me sangran no doy ni gota de caldo, como que me queé como se quearon tos, como si nos hubieran dao con un mazo en la mollera.

-Pero, hombre, ¿qué jué lo que pasó, que estoy que me errito por sabello?

-Pos lo que pasó jué una cosa que cuasi espanta, y que pasó cuando acabábamos de salir de la ermita los novios y los conviáos; por cierto que diba la del Romero que embestía de regraciosa, pero más amarilla que el panal de la cera.

-Y el Zamora, ¿cómo diba?

-Relamiéndose, y mirando a la Niña como diciéndole con los ojos: -Te voy a comer, te voy a comer sin mascarte tan siquiera.

-Y el de los Perejiles, ¿cómo diba?

-El de los Perejiles una miajita caviloso; como si le estuviera dando er corazón lo que diba a ocurrir, lo que ocurrió, que lo que ocurrió jué que apenitas se había montáo er Zamora en el macho, un macho más reluciente que una torre de marfil y más bien enjaezáo que er mismo sol, y cuando ya diba yo a ponelle la mano como estribo a la zagala pa montársela a la grupa, y cuando argunos encomenzaban a gritar: «¡Vivan los novios!», pataplún... sentimos de pronto el trotar de un jaco, y, camará, en menos tiempo en que puéo yo contallo, se cargó el Cristóbal su faena.

-¿Pero qué jizo el Cristóbal?

-Pos lo que jizo jué encañonarnos a tós con el retaco diciendo: -No hay que asustarse ni que moverse, caballeros, poique al que píe, lo frío. Y, endispués de decir esto, se fue pa el Zamora, alevantó el retaco, cogío por el cañón, y ¡vaya si tiée duros los cascos el Zamora, caballeros!

-¿Y qué jué lo que jizo el Zamora, tío Zorzales?

-¿Pos qué diba a jacer el hombre?, salir dando volteretas por la umbría, y tan y mientras el Mulete montó en su jaco, cogió a la Niña, que se dejó coger por el talle, y endispués de colocársela a la grupa, pos ná, picó espuela el gachó, y que te alivies, moreno...!

-¿Y no se ha güerto a saber naita de nenguno de los juíos?

-De ellos no se ha sabío más sino una carta que recibió el Perejiles, en cuya carta le icía su hija que ya estaba el hombre servío der tó, que como él lo que más quería era sus manchones, que se queara con sus manchones y con Pepico el Zamora.

Y si nuestros lectores quisieran tener más noticias de Cristóbal el Mulete y de la Niña del Romero, ya procuraremos llevarlos de nuevo otro día a la venta de San Cayetano para que puedan preguntarle por los dos al tío Antón el Zorzales.