Emilio Zola

 
EMILIO ZOLA.

Los mas grandes poetas han sido siempre los mas castos: no nombraré entre los nuestros sino a Klopstock y Herder, Schiller y Goethe. ¿Cual es la nación que ha producido, en todo tiempo, las poesías mas desvergonzadas? Es precisamente la que no tiene éxito, casi, en ningún otro género: la nación francesa; testigo Voltaire, más poeta en la “Pucelle” que en la “Henriade”.

Richter «Introduction à
l'Esthétique».


Necesito apenas observar que un poema merece su título únicamente en tanto que excita elevando el alma. El valor del poema, esta en razón de la fuerza con que despierta ese sentimiento de elevación.

Edgar Poe, «The poetic
principle».


¿Qué es Emilio Zola, ante la filosofía, ante la crítica razonada, ante el amor al arte, ante el santo culto por la poesía?

Siempre que algún individuo más ó menos superior se ha levantado en un campo de opiniones, pregonando principios opuestos á los que rigen la producción del pensamiento en su país, y ha pretendido hacer escuela, y llamarse innovador, y arrastrar en su nueva corriente las aguas acostumbradas á seguir el curso señalado por el gusto dominante, ha nacido una efervescencia de emociones, una nerviosidad de sentimientos, que ha dado origen á luchas encarnizadas, á juicios falsos, á discusiones interminables y enojosas, en la que nunca se ha podido extrañar de la simple teoría, el yo, la personalización de cada escritor, con todo el cortejo de sus pasiones individuales.

Ejemplo de esta afirmación es suministrado por el recuerdo de las luchas que han engendrado las diversas modificaciones que ha sufrido el sentimiento religioso en todos los países; y no entran como pequeños factores en esa demostración los disturbios ocasionados por los bruscos cambios de sistemas políticos. Pero conviene más á mi objeto recordar especialmente, las animadas controversias seguidas á causa de la tradición literaria que rompió últimamente en Francia la escuela romántica, con Victor Hugo á la cabeza.

Las formas que hasta entonces habían servido para modelar el pensamiento de los poetas griegos, así como del gran Corneille, eran estrechas para la fiebre que se apoderó de los entusiastas corazones que recibieron elementos de vida, en un aire cargado aún con los perfumes embriagadores y deslumbrantes de la santa Revolución Francesa.

Las variadas emociones de la vida de la libertad, daban acceso á un mundo nuevo; las sublimes escenas de la revolución, latentes aún en el recuerdo de todos sus hijos, carecían de historia que las conservara á la admiración y enseñanza de la posteridad, y de poetas que las cantaran; faltaba el acento del juez, y el himno que las perpetuara á través de las edades.

La gloria conquistada enorgullecía á todas las almas. El espíritu gigante de Napoleón Bonaparte deslumbraba todavía. Aquellos hombres y aquellas mujeres de la Revolución, aparecían en la brillante lontananza en que se habían hundido para siempre, héroes de alma antigua.

El campo estaba, pues, preparado. Había recuerdos que hacían brotar el pensamiento, como un sol ardiente arranca de las entrañas de la tierra, las flores más ricas en matices. Las almas eran jóvenes y las tendencias artísticas venían acumulándose de mucho atrás.

El día que Cimabue encontró al Giotto modelando en la arena una rústica cara, nació la era brillante del Renacimiento. El poderoso soplo alcanzaba á los descendientes del viejo Aronel.

Originado en Italia, el hermoso incendio del retorno á las bellas épocas del arte, debía quemar con su fuego sagrado las almas de todos los hombres de pensamiento elevado.

El Romanticismo fué un deslumbramiento, un volcán. Las nuevas ideas derribaron á las antiguas del trono del Favor Público, y la revolución quedó hecha.

¡Pero qué luchas! ¡Qué discusiones! ¡Qué de cartuchos quemados de una y otra parte! Como leones se batieron clásicos y románticos. Estos tenían por lábaro el entusiasmo por la libertad, el amor exaltado por lo nuevo, y aquellos, la desesperación de los Reyes por derecho divino, que buscan en vano un apoyo en instituciones que se derrumban ante el mismo soplo que á ellos abate.

Fuera, pues, mi tarea demasiado atrevida, si pretendiera abrir juicio en medio del ardor de un debate como aquél; pero felizmente para todos, no se trata de ninguna revolución en el arte, capaz de turbar los criterios, é impedir por ahí, que la verdad, que la· simple y pura verdad, sea dicha.

La fiebre romantica ha declinado, y principiamos á ver claro en el fondo de ese hermoso deslumbramiento que se llamó Romanticismo. Hemos venido á la vida en época menos cargada de vapores embriagadores que la que preparó aquella revuelta literaria, y nos hallamos, por consiguiente, en circunstancias más favorables para tener opiniones imparciales.

Así, si es cierto que en momentos de debate es casi imposible hacer de los contendientes crítica severa y justa, no es cierto que el mismo motivo de turbación para el juicio exista, en momentos en que el debate no es entre dos escuelas, en que no hay innovadores y resistentes á la innovación, en que sólo se trata de la aparición de un hombre y de unos principios que afortunadamente nadie sigue.

Lo repito, y lo repito con íntima satisfacción: nadie imita á Emilio Zola. Al ménos sus imitadores no han sido tan afortunados como él, pues la autoridad se ha visto obligada á suprimir los inmundos papeles que se expendían al pueblo bajo el título de Le Boudoir, Événement Français, etc.

No se trata, pues, de crítica contra una escuela, como se pretende llamar la literatura de Zola; no hay escuela sin discípulos; no hay tal maestro; no hay tal debate. Cualquiera puede hablar sin pasión á propósito de un solo hombre, cuya acción se ejerce sobre pocas organizaciones.

Se me dirá, quizá, que empeñezco á placer la influencia de Zola, y se me poñdrá por delante la cifra de los volúmenes vendidos... Ah, mon Dieu! la piedra de escándalo de la inmoralidad es siempre un motivo de éxito. En el teatro, se aplaude generalmente lo más picante, ¡y con un entusiasmo que raya en delirio!.... Es que las bajas pasiones son fácilmente excitadas. Que se recuerde el éxito obtenido en todas partes por la Dama de las Camelias», «El Baroncito de Faublas», etc. y se me dará la razón.

Emilio Zola no ha venido á revelarnos un mundo nuevo, ni siquiera una forma nueva ó bella en que dé á conocer ese mundo. Á la par de nuestra enseñanza de cada día, vamos recogiendo en lo íntimo de nuestro hogar el conocimientó de esos datos que él nos ofrece, sobre la vida secreta, sobre los misterios de cada cuerpo, sobre las desgraciadas conexiones que nos ligan á nuestros parientes, los animales inferiores, y que llevamos á cabo en la sagrada soledad de nuestro cuarto de descanso, ya que, felizmente, la civilización nos ha arrancado á la vida salvaje, y nos es posible ocultar á las miradas de nuestros hermanos aquello que sabemos que les desagrada, por su naturaleza anti-poética y repugnante.

¿Ha creído que iba á decirnos algo nuevo? Desgraciadamente, sabemos tanto como él en ese terreno... La triste realidad de nuestra condición miserable no nos es desconocida, y es por eso que buscamos en el arte un motivo de continua eleváción, hacia punto que nos alejen del grosero placer que nos tienta á cada paso.

¿Quiere arrebatarnos al culto de la ridícula exageración romántica, por la presentación de cuadros que ofrecen caracteres enteramente opuestos á los de aquella escuela? Entonces ha caído él también en el error de exagerar los defectos del círculo literario que combate, en cuanto los ha creído dignos de un castigo tan inmundo como el que les ha infligido.

¿Sostiene simplemente que el arte debe concretarse á copiar la naturaleza, ya sea ésta baja, elevada, bella ó monstruosa?

Podríamos responderle que para eso tenemos el procedimiento fotográfico, y que nuestro buen sentido nos llevaría á emplearlo para la reprodución de los más lindos tipos, en las más lindas excenas que pudiéramos encontrar. Jamás iríamos á sorprenderlos en el momento en que se nos ocultan, justamente para evitarnos el espectáculo de sus miserias, á pretexto de que así haríamos «naturalismo».

¡Naturalismo! ¿Acaso tiene Zola tampoco el derecho de llamar así á su método de composición? No ha inventado él la teoria del realismo, ni sus obras pueden aspirar á ese título honroso. Podemos retrazar el orígen de la escuela naturalista á la más remota antigüedad del arte, siempre que nos sea permitido entender por naturalismo», un más estrecho amor á la verdad que el que vincula el enrolamiento en la escuela clásica, idealista ó romántica.

Y digo permitir, porque á causa de la falta de adjetivos apropiados, se ha dado en llamar realista á la literatura de Zola, desviando así la palabra de su sentido recto y honesto.

En efecto, los recientes trabajos de Verón han demostrado que la escultura griega, en no bajo grado, cuenta con obras que son pura y simplemente la copia de la naturaleza, sin que á su confección haya presidido el pensamiento de representar en ellas modalidades eleva das del espíritu, como ha sucedido con el Júpiter de Fidias. Pero han resultado ser obras bellas, porque los artistas han elegido para modelo, ya que no el tipo de la perfección tal como cada uno, según su idiosincrasia, lo imaginaba, al menos, los tipos reales en sus momentos de mayor belleza. Una muger linda puede dejar de serlo durante algunas circunstancias que dejo á la picaresca inventiva de mis lectores imaginar; y toda la idealización que han prestado los artistas griegos incapaces de crear, á los tipos que tomaron por modelos, fué justamente el de representarlos en sus momentos más felices. Lo que ha hecho el Sr. Zola es exactamente lo contrario: por un gusto que sólo me explico pensando en los paquidermos y palmípedos que aman el vivir en los parajes en que es mayor la fetidez y la suciedad, se ha deleitado en escoger para sus cuadros todo aquello que los verdaderos amantes del arte rechazan, todo aquello que los sacerdotes de la poesía ocultan á los demás y aun á sí mismos, con la tierna solicitud de una madre que borra con sus santas mentiras los defectos de los hijos de su corazón.

Antes que Zola apareciera, «naturalismo» no había significádo más que copia de la naturaleza, en sus momentos de mayor poesía. El tipo y las circunstancias que lo rodeaban, eran presentados con toda la fidelidad posible; pero el culto por lo bello se reservaba el derecho de escoger los tipos más agradables en sus más agradables instantes.

Ahí tenemos el lado realista de la escultura griega, tal como podemos apreciarlo por los poetas y críticos que han llegado hasta nosotros.

Ahí tenemos, en pintura, la escuela flamenca, con su jefe, Rubens. ¿Se dirá que, porque este gran pintor ha representado la abundancia y el rústico colo carne de las mujeres de su país, no ha idealizado sus obras, en tanto que ha huido de los detalles repugnantes en que podía haber cogido ó imaginado á los tipos que le han servido de modelo?

Ahí tenemos, en literatura, á Carlos Dickens. ¿Acaso por ser menos ideal en sus pinturas que los demás novelistas, acaso por haber hecho realismo, sus obras se le parecen á las de Emilio Zola? Es siempre un amor estrecho por la verdad, mas por verdad agradable, por la verdad posible de ser presentada sin ropaje.

El admirable Alejandro Manzoni, el maestro de la novela por excelencia, el mágico escritor que ha superado á todo el mundo en la pintura de la realidad, en «I Promessi Sposi», el hombre de genio que no ha sido igualado por nadie en el terreno de la novela realista, aquél que ha servido de guía y de inspiración al estilo de «Los Miserables», fuente de pureza de lengua, de sentimientos delicadísimos, verdadero semillero de poesía, ¿escogió jamás sus sencillos personajes en los momentos desgraciados y repugnantes que ha escogido el autor de Nana?

Teniendo que hacer hablar continuamente á los aldeanos y gente de baja extracción, en su propio lenguaje, sencillo, natural y destituído de la belleza uniforme y de convención que estilan los novelistas, Manzoni ha sabido tener esta suprema delicadeza de no presentar sus personajes sino cuando debían ser, por los sentimientos que expresaban, más simpáticos al leclor.

¿Y se discutirá que el huir de la pintura de las escenas inmundas, en cuya descripción se place tanto el señor Zola, importa desfigurar el cuadro de le verdad? ¿Querrá decirse que el ocultamiento de los detalles de baja naturaleza, que necesariamente deben existir en la vida terrena de un sér humano, es un pecado contra la fidelidad que parece pregonar la idea de naturalismo?

¡No, por Dios! Más ó menos bien analizadas, todos tenemos las mismas ideas respecto del objetivo del Arte. No ha sido nunca y no puede ser otro, que el de mejorar. Toda la fórmula del progreso está en esa palabra; por el culto á lo bello, nos hemos modificado, pasando sucesivamente de nuestras primeras etapas de tendencias groseras y puramente vegetativas, hasta ser el hombre de pensamientos elevados, que busca sin cesar, como un ave que remonta su vuelo al espacio, más ancho campo á sus santas aspiraciones de libertad.

¿Qué fuera del Arte, si no tendiera á elevar nuestra inteligencia en el amor de una vida cada vez más pura? Es justamente presentándonos de continuo las más bellas formas y las más altas ideas, cosas ambas que implican ocultación de detalles groseros, que el Arte cumple su sagrado ministerio en la Humanidad. Es así como entra á figurar en el número de los factores del Progreso.

Zola no es, pues, un poeta, puesto que le falta el sentimiento de delicadeza que caracteriza á esos sublimes desterrados, y que los lleva á hacer la selección de los detalles más bellos que por todas partes ofrece la naturaleza, de tal manera que es posible medir las fuerzas del alma artista, por el más ó menos gusto que ha tenido en esa selección.

Escogiendo para sus cuadros los colores que, por desgraciados y repugnantes, han sido cuidadosamente evitados por todos los poetas del mundo, ha venido á chocar este santo amor por lo más bello que, según es grande ó pequeño, da idea de la elevación y cultura intélectual de las sociedades.

Lo que ha hecho, lo que hace, es pervertir el sentido moral, en tanto que como escritor es leído y gustado por las gentes de organización tan baja y tan grosera como la de él, que reciben así un apoyo á sus tendencias brutales, que se sumerjen cada vez más en el lodazal de sus miserables pasiones, que cavan prematuramente una tumba á las ideas progresistas que podían más tarde brotar en ellos, del germen que la civilización había arraigado en sus almas.

Como todas las ideas, el culto por lo bello no es innato: se adquiere; es simple obra de la educación. La semilla da frutos grandes ó pequeños, según la calidad del terreno, según como el espíritu del hombre está preparado para la iniciación en el sagrado misterio. Si en las almas sencillas, poco cultivadas, se deposita el germen de una literatura como la de Zola, lo que se hace es retardar para esa alma el momento del Progreso, la hora de abrir sus ojos á la luz de la Libertad.

Sí. Es solo la educación, la elevación intelectual, la que es capaz de dar libertad á las almas. Zola, en la grandiosa tarea del Progreso, representa el papel que representó la Religion Católica en la Edad Media.

El autor de L'Assmmoir no es tampoco un artista. Sus narraciones, no por ser sencillas y naturales, son bellas. Hay una gran distancia entre el lenguaje simple de la vida ordinaria, y el estilo bajo, lleno de imágenes vulgares y torpes.

Edmundo de Amicis, el galano escritor, saludado con alborozo por el moderno mundo del arte, es, sin embargo, el hombre de lenguaje más sencillo y más fácil. Profesa la teoría manzoniana, que nada de lo escrito es bueno, si al leerlo, no nos parece una conversación.

¡Y qué diferencia entre su lenguaje y el de M. Emilio Zola! Cuando de Amicis habla, ó hace hablar á los demás, emplea unas palabras tan gráficas, tan naturales, tan poco forzadas, que uno las va presintiendo, por decirlo así, y no se sorprende de haber bajado hasta las más impalpables gradaciones de un pensamiento familiar ó de haber subido por la escala de pensamientos tan simples, hasta el elevado pináculo de una emoción conmovedora.

El alma de De Amicis se vé toda á través de sus escritos, y uno se siente orgulloso de que en el mundo haya almas como esa, tan puras, tan sencillas y al mismo tiempo, tan elevadas. ¿Pero puede algún hombre de los que guarden dentro de sí altas aspiraciones, enorgullecerse de que haya almas como la de Zola, incapaces de comprender el anhelo por lo bueno, lo grande, lo noble?

¿Puede aspirar con justicia al nombre de artista, quien no siente condensarse en su espiritu el cúmulo de vagas aspiraciones que son otras tantas armonías para los seres en medio de los cuales vive?

La calidad de artista implica un alma sensible en extremo, capaz de impresionarse en un grado más alto que el vulgo, por los detalles que á éste son simpáticos ó desagradables. Vive un artista en la sociedad que lo ha engendrado, y su delicadeza de sentimientos, su susceptibilidad extraordinaria, lo lleva hasta encontrar antipáticos ciertos colores, ciertos pensamientos, hasta ciertas palabras, que disgustan á la mayoría de las gentes que forman el medio en que respira.

Es esta maravillosa cualidad lo que le hace amable. Su espíritu vibra al unísono, pero con un timbre más rico, en el mismo sentido que el espíritu popular. Llega á ser la representación de los deseos, que en el pueblo son vagos resplandores, ó débiles murmullos. Él recoge estas voces yesos celajes, los agrupa, los armoniza, les da cuerpo, los anima con un poco de su vida exhuberante, y la obra de arte nace, y nace como un producto de las vagas aspiraciones de todos los hombres, sus hermanos.

¿Y quién, entre los hijos de este siglo, osará decir que Mr. Emilio Zola, con su literatura de orgía romana, con su lenguaje torpe y licencioso, es la representación de su época?

¡Cómo! ¿la Francia industrial, la Francia política, la Francia literaria, la Francia científica, piensa como Mr. Zola? ¿Y ese lenguaje es el suyo?....

Si, pues, el autor de Nana, no es ni poeta, ni artista. ¿qué es? ¿Cuáles son sus derechos á ser oído? ¿Es quizá un filósofo? Veamos.

Todos los sueños que la humanidad ha acariciado durante siglos, todos los absurdos sistemas de incomprensible metafísica de las viejas escuelas, se han derrumbado como un ejército de fantasmas, ante el soplo vigoroso del método experimental.

La revolución iniciada en el mundo de las entidades imaginarias por Voltaire, y continuada por la escuela de Mr. Carlos Darwin y Mr. Herbert Spencer, ha sujetado todos los conocimientos á un examen implacable y minucioso. Hoy, sabemos lo que somos.

Sabemos, por ejemplo, que nuestro hermoso estado actual, no es más que la consecuencia de una evolución de los organismos, que pasando sucesiva y lentamente de una forma poco elevada á otra cada vez más alta, se han colocado en condiciones de responder á las variadas exigencias de la vida contemporánea.

El hombre es de un producto del medio. Hay instintos felices que, bien desarrollados, contribuyen poderosamente á la vida del progreso; y hay otros que, si no son restringidos y abolidos, perjudican á la existencia individual y colectiva, retrogradando ciertos ejemplares de la especie á modalidades inferiores.

Un hábito de favorecimiento de los primeros, y de represión de los segundos, debe operar en el modus vivendi de los seres las modificaciones necesarias para obtener la mayor suma de felicidad.

Esta es la psicología de la época; este es el credo del mundo científico.

Si Mr. Zola es un filósofo de la escuela moderna, como parece pretender, debe haber aceptado la fórmula de que el hombre es tanto más apreciable cuanta mayor es la utilidad que produce á la gran familia humana.

Cuanto más infatigable es uno, como obrero del progreso, tanto mayor respeto se le debe.

¿Cree Mr. Zola haber cumplido con los preceptos que prescribe la filosofía moderna á sus obreros?

¿Ha favorecido con su literatura repugnante el desarrollo de los buenos instintos, y ha trabajado por la represión de los instintos groseros y perjudiciales? ¿Cree haber fortificado en sus conciudadanos el santo amor al deber de hacer el mayor bien posible? ¿Cree haber reavivado en las mujeres de su país el amor por la vida honesta, por los pensamientos honestos, por las palabras honestas?

No. Con el más sincero deseo de decir la verdad, sostengo que no, que no ha hecho ninguna de las cosas que habría hecho si fuera un filósofo de la nueva escuela, de esos que, como Mr. Herbert Spencer, sustituyen en su alma, á todos los cultos, el sublime culto del amor al Progreso de la Humanidad.

Zola, pues, no es ni un poeta, ni un artista, ni un filósofo.

¿Es, quizá, un buen padre de familia, un buen burgués, y esta última virtud servirá de excusa á sus errores como escritor?

Si yo hubiera tenido la desgracia de escribir un libro como «Nana», me parece imposible que tuviera el valor de presentarme delanle de mi madre, con la tranquilidad de todos los días.... ¿No tiene, pues, Zola una mujer é hijos y sobre todo, hijas? ¿Es posibie que un «padre» aconseje á sus «hijas» la lectura de una obra como «Nana»?

¡Ah! cuando en el porvenir se descuente en el banco del agradecimiento público las acciones de los hombres que se han levantado de cualquier manera sobre el nivel de los hombres, sus hermanos; cuando se realice esta bella promesa de tantos siglos, el dicernimiento de premios y castigos, según la huella ó mala vida que hemos llevado en la tierra; cuando la justicia sea hecha de la única manera posible, es decir, por mano de hombres, no será por cierto Mr. Emilio Zola quien figure entre los que hicieron bien por amor á la Humanidad.

Era un hombre de talento, se dirá; pudo instruirse, y dedicar sus fuerzas á la obra del Progreso, mas prefirió el aplauso efímero de las inconscientes masas populares, y empleó sus aptitudes en contra de la civilización, en contra del Arte, en contra de la Poesía, en contra de la Moral.


Diciembre 18 de 1880.