El zorro y el puma

Fábulas argentinas
El zorro y el puma

de Godofredo Daireaux


Siempre debería rebosar la fiambrera del puma; pero mata sólo por matar, sin saber conservar nada; teniéndose a menudo que contentar con cualquier cosa para no morirse de hambre.

El zorro, que también aunque no sea por tonto, conoce las duras leyes de la necesidad, un día, vio que el puma se encontraba sin nada que comer; él tenía dos perdices, y haciéndose el generoso, con todo desprendimiento le ofreció una.

Pero, el día siguiente, como su amigo había carneado varias ovejas, le pidió que le cediera por favor un cuartito para almorzar.

-¿Qué va a hacer con un cuarto, amigo? -contestó el puma-; tome, no más; sirvase, coma y llévese lo que quiera para su casa.

El zorro bien sabía que así sería y no se hizo rogar; se llenó hasta más no poder, y en pago de su perdiz tuvo de comer por ocho días.

Es preciso saber dar en este mundo. Pero también es preciso saber prometer; y cuando se le presentó la ocasión, no la desperdició.

Los ovejeros empezaban a cuidar mucho sus corrales y la vida se hacía difícil. El zorro andaba flaco como pulga de pobre, y en ayunas, encontró a su amigo el puma con una perdiz que por suerte acababa éste de cazar.

-¿Y va a comer usted esta porquería? -le dijo el zorro al puma-; cuando allí, cerquita, tiene una majada rodeada y sin perros.

-¿Dónde? -dijo el puma.

Véngase conmigo: lo llevo.

-Bueno; entonces tiro la perdiz; es flaca, de todos modos.

-No la tire; démela: la voy a comer; a mí me gustan más las aves.

Y el zorro se comió la perdiz con pico, patas y pluma, y le dijo al otro: «Venga, no más».

Agarró por entre las pajas, dio vueltas y vueltas, hasta que en un descuido del puma, lo dejó buscar sólo las ovejas del cuento.