Abrir menú principal

El tulipán negro
Capítulo XXX: En el que se comienza a imaginar cuál era el suplicio reservado a Cornelius Van Baerle
de Alejandro Dumas




El coche rodó todo el día. Dejó Dordrecht a la izquierda, atravesó Rótterdam, alcanzó Delft. A las cinco de la tarde había recorrido, por lo menos, veinte leguas.

Cornelius dirigió algunas preguntas al oficial que le servía a la vez de guardia y de compañero, pero, por circunspectas que fueran sus demandas, tuvo el disgusto de verlas sin respuesta.

Cornelius lamentó no tener a su lado a aquel guardia tan complaciente que hablaba sin hacérselo de rogar.

Sin duda, le hubiera proporcionado sobre los motivos de ésta, su extraña tercera aventura, detalles tan graciosos y explicaciones tan precisas como sobre las dos primeras.

Pasaron la noche en el coche. Al día siguiente, al alba, Cornelius se halló más allá de Leiden, teniendo al mar del Norte a su izquierda y al mar de Haarlem a su derecha.

Tres horas después entraban en Haarlem.

Cornelius no sabía en absoluto lo que había ocurrido en Haarlem, y nosotros le dejaremos en esta ignorancia hasta que sea sacado de ella por los acontecimientos.

Pero no puede suceder lo mismo con el lector, que tiene el derecho de ser puesto al corriente de las cosas, incluso antes que nuestro héroe.

Hemos visto que Rosa y el tulipán, como dos hermanos o como dos huérfanos, habían sido dejados, por el príncipe de Orange, en casa del presidente Van Systens.

Rosa no recibió ninguna noticia del estatúder antes de la tarde del día en que lo había visto de frente.

Hacia la tarde, un oficial entró en la casa de Van Systens: venía de parte de Su Alteza a invitar a Rosa a que se llegara al Ayuntamiento.

Allí, en la gran sala de las deliberaciones donde fue introducida, halló al príncipe, que escribía. Estaba solo y tenía a sus pies un gran lebrel de Frisia que le miraba fijamente, como si el fiel animal quisiera intentar hacer lo que ningún hombre podía hacer... leer en el pensamiento de su amo.

Guillermo continuó escribiendo un instante todavía; luego, levantando la mirada y viendo a Rosa de pie cerca de la puerta:

-Acercaos, señorita -dijo sin dejar lo que escribía.

Rosa dio unos pasos hacia la mesa.

-Monseñor -saludó deteniéndose.

-Está bien -contestó el príncipe-. Sentaos.

Rosa obedeció, porque el príncipe la miraba. Pero apenas el príncipe hubo vuelto los ojos sobre el papel, se retiró avergonzada.

El príncipe acabó su carta.

Durante ese tiempo, el lebrel había acudido ante Rosa y la había examinado y acariciado.

-¡Ah! ¡Ah! -exclamó Guillermo dirigiéndose a su perro-. Bien se ve que es una compatriota; la reconoces.

Luego, volviéndose hacia Rosa y fijando sobre ella su mirada escrutadora y velada al mismo tiempo, dijo:

-Veamos, hija mía...

El príncipe tenía veintitrés años, Rosa dieciocho o veinte; habría hablado mejor diciendo mi hermana.

-Hija mía -repitió con ese acento extrañamente imponente que helaba a todos los que se le acercaban-, estamos solos, charlemos. No temáis y hablad confiada.

Todos los miembros de Rosa empezaron a temblar y, sin embargo, no había más que benevolencia en la fisonomía del príncipe.

-Monseñor... -balbuceó.

-¿Vos tenéis un padre en Loevestein?

-Sí, monseñor.

-¿No le amáis?

-No le amo, por lo menos, monseñor, como una hija debería amar a su padre.

-Es malo no amar a su padre, hija mía, pero es bueno no mentir a su príncipe.

Rosa bajó los ojos.

-¿Y por qué razón no amáis a vuestro padre?

-Mi padre es malo.

-¿Y de qué forma se manifiesta su maldad?

-Mi padre maltrata a los prisioneros.

-¿A todos?

-A todos.

-Pero ¿no le reprocháis maltratar a uno en particular?

-Mi padre maltrata particularmente al señor Van Baerle, que...

-¿Que es vuestro amante?

Rosa retrocedió un paso.

-Al que yo amo, monseñor -respondió con orgullo.

-¿Desde hace tiempo? -preguntó el príncipe.

-Desde el día en que le vi.

-¿Y vos, le visteis...?

-A la mañana siguiente del día en que fueron tan terriblemente ejecutados el ex gran pensionario Jean y su hermano Corneille.

Los labios del príncipe se apretaron, su frente se plegó, sus párpados se bajaron de forma que ocultaron un instante sus ojos. Al cabo de un momento de silencio, continuó:

-Pero ¿de qué os sirve amar a un hombre destinado a vivir y a morir en prisión?

-Si vive y muere en prisión, monseñor, me servirá para ayudarle a vivir y a morir.

-¿Y vos aceptaríais esta posición de ser la mujer de un prisionero?

-Sería la más orgullosa y la más feliz de las criaturas humanas siendo la esposa del señor Van Baerle; pero...

-Pero ¿qué?

-No me atrevo a decirlo, monseñor. No me atrevo. Perdonad.

-Hay una nota de esperanza en vuestro acento; ¿qué esperáis?

La muchacha levantó sus bellos ojos sobre Guillermo, sus ojos límpidos y de una inteligencia tan penetrante que fueron a buscar la clemencia dormida en el fondo de ese corazón sumido en un sueño que parecía el de la muerte.

-¡Ah! Ya comprendo.

Rosa sonrió juntando sus manos.

-Confiáis en mí -dijo el príncipe.

-Sí, monseñor.

-¡Hum!

El príncipe selló la carta que acababa de escribir y llamó a uno de sus oficiales.

-Señor Van Deken -ordenó-, llevad a Loevestein este mensaje; tomaréis nota de las órdenes que doy al gobernador, y en lo que a vos respecta, ejecutadlas. El oficial saludó, y pronto se oyó repicar bajo la bóveda sonora de la casa el vigoroso galope de un caballo.

-Hija mía -prosiguió después el príncipe-, el domingo es la fiesta del tulipán, y el domingo es pasado mañana. Poneos muy bella con los quinientos florines que tengo aquí; porque deseo que ese día sea una gran fiesta para vos.

-¿Cómo quiere Vuestra Alteza que me vista? -murmuró Rosa.

-Poneos el vestido de las esposas frisonas -dijo Guillermo-, os sentará muy bien.

Capítulo XXX