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El tulipán negro
Capítulo XV: El postigo
de Alejandro Dumas




Gryphus iba seguido del moloso.

Le hacía realizar su ronda para que cuando llegara la ocasión reconociera a los prisioneros.

-Padre mío, -dijo Rosa- aquí está la famosa celda de la que el señor De Grotius se evadió. ¿Recordáis al señor De Grotius?

-Sí, sí, ese bribón de De Grotius; un amigo de aquel bandido de Barneveldt al que vi ejecutar cuando yo era niño. ¡Ah! ¡Ah! Así que ésta es la celda de la que se evadió. Pues bien, yo respondo de que nadie se evadirá de ella jamás.

Y, abriendo la puerta, comenzó en la oscuridad su discurso al prisionero.

En cuanto al perro, se dirigió gruñendo a olfatear las pantorrillas de Van Baerle, como preguntándole con qué derecho no estaba muerto, él a quien había visto salir entre el escribano y el verdugo, camino del cadalso.

Pero la bella Rosa lo llamó, y el moloso acudió al lado de la muchacha.

-Señor -dijo Gryphus levantando su farol para tratar de proyectar un poco de luz alrededor de él-, ved en mí a vuestro nuevo carcelero. Soy jefe de los portallaves y tengo las celdas bajo mi vigilancia. No soy malo, pero sí inflexible en lo que concierne a la disciplina.

-Os conozco perfectamente, mi querido señor Gryphus --contestó el prisionero entrando en el círculo de luz que proyectaba el farol.

-Vaya, vaya, sois vos, señor Van Baerle -se asombró Gryphus-. ¡Ah! Sois vos; ¡vaya, vaya, vaya, como nos encontramos!

-Sí, y veo con gran placer, mi querido señor Gryphus, que vuestro brazo va de maravilla, ya que es el brazo con el que sostenéis el farol.

Gryphus frunció el entrecejo.

-Ved lo que ocurre en política -comentó-; siempre se cometen faltas. Su Alteza os ha dejado la vida, yo no lo habría hecho.

-¡Bah! -exclamó Cornelius-. ¿Y por qué?

-Porque vos sois de los hombres que siempre conspiran; vosotros los sabios tenéis tratos con el diablo.

-¡Ah, maese Gryphus! ¿Estáis descontento de la forma en que os arreglé el brazo, o del precio que os pedí? -preguntó riendo Cornelius.

-¡Por el contrario, voto a bríos! ¡Por el contrario! -refunfuñó él carcelero-. Me habéis arreglado muy bien el brazo; hay alguna brujería en esto: al cabo de seis semanas me servía de él como si nada le hubiera sucedido. Con tal motivo el médico de la Buytenhoff, que conoce su oficio, quería rompérmelo de nuevo para arreglármelo según las reglas, prometiendo que, esta vez, estaría tres meses sin poderlo utilizar.

-¿Y vos no habéis querido?

-Yo dije: «No.» Mientras pueda hacer la señal de la cruz con este brazo -Gryphus era católico-, mientras pueda hacer la señal de la cruz, me río del diablo.

-Pero si os reís del diablo, maese Gryphus, con mayor razón debéis reíros de los sabios.

-¡Oh! ¡Los sabios, los sabios! -exclamó Gryphus sin responder a la interpelación-. ¡Los sabios! Preferiría tener diez militares a guardar, que un solo sabio. Los militares fuman, beben, se emborrachan; son dulces como corderos cuando se les da aguardiente o vino del Mosa. Pero un sabio, ¿beber, fumar, emborracharse? ¡Pues sí! Es sobrio, no gasta nada en eso, y así mantiene su cabeza fresca para conspirar. Pero empiezo por deciros que no os resultará fácil conspirar. En primer lugar nada de libros, nada de papeles, nada de galimatías. Fue con los libros como el señor De Grotius se salvó.

-Yo os aseguro, maese Gryphus -replicó Van Baerle- que tal vez haya tenido por un instante la idea de salvarme, pero ciertamente ya no la tengo.

-¡Está bien! ¡Está bien! -concedió Gryphus-. Vigilaos vos mismo, yo haré otro tanto. Esto es igual, es igual. Su Alteza cometió una falta grave.

-¿No dejando que me cortaran la cabeza...? Gracias, gracias, maese Gryphus.

-Sin duda. Ved si los señores De Witt no están ahora bien tranquilos.

-Es espantoso eso que decís, señor Gryphus -replicó Van Baerle volviéndose para ocultar su desagrado-. Olvidáis que uno era mi amigo, y el otro... el otro mi segundo padre.

-Sí, pero recuerdo que tanto el uno como el otro eran unos conspiradores. Y además, hablo por filantropía.

-¡Ah! ¿De veras? Explicad, pues, un poco esto, querido Gryphus, pues no lo comprendo muy bien.

-Sí. Si vos os hubierais quedado en el tajo de maese Harbruck...

-¿Y bien?

-¡Pues bien! No sufriríais ya. Mientras que aquí, no os oculto que voy a haceros la vida muy dura.

-Gracias por la promesa, maese Gryphus.

Y mientras el prisionero sonreía irónicamente al viejo carcelero, Rosa detrás de la puerta le respondía con una sonrisa llena de angélica consolación.

Gryphus se dirigió a la ventana.

Había todavía bastante luz para que se viera, sin distinguirlo, un horizonte inmenso que se perdía en una bruma grisácea.

-¿Qué vista hay desde aquí? -preguntó el carcelero.

-Muy hermosa -contestó Cornelius mirando a Rosa.

-Sí, sí, demasiada vista, demasiada vista.

En este momento, los dos palomos, espantados por la aparición y, sobre todo, por la voz de aquel desconocido, salieron de su nido, y desaparecieron asustados en la niebla.

-¡Oh! ¡Oh! ¿Qué es esto? -preguntó el carcelero.

-Mis palomos -respondió Cornelius.

-¡Mis palomos! -exclamó el carcelero-. ¡Mis palomos! ¿Es que un prisionero tiene alguna cosa suya?

-Entonces -dijo Cornelius- ¿los palomos que el Buen Dios me ha prestado...?

-He aquí una infracción -replicó Gryphus-. ¡Unos palomos! ¡Ah!, joven, joven, os prevengo de una cosa, y es que, no más tarde de mañana, estos pájaros hervirán en mi olla.

-Sería preciso primero que vos los cogierais, maese Gryphus -dijo Van Baerle-. Vos no queréis que sean mis palomos; todavía son menos vuestros, os lo juro, que lo son míos.

-Lo que está diferido, no está perdido -refunfuñó el carcelero- y no más tarde de mañana, les retorceré el cuello.

Y mientras profería esta maligna promesa a Cornelius, Gryphus se inclinó hacia fuera para examinar la estructura del nido. Lo que dio tiempo a Van Baerle para correr a la puerta y estrechar la mano de Rosa que le dijo:

-Esta noche, a las nueve.

Gryphus, enteramente ocupado con el deseo de coger al día siguiente los palomos como había prometido hacer, no vio nada, no oyó nada; y como había cerrado la ventana, agarró a su hija por el brazo, salió, dio una doble vuelta a la llave, empujó los cerrojos, y se fue a hacer las mismas promesas a otro prisionero.

Apenas hubo desaparecido, Cornelius se acercó a la puerta para escuchar el ruido decreciente de los pasos. Luego, cuando se apagaron, corrió a la ventana y demolió de punta a rabo el nido de los palomos.

Prefería alejarlos para siempre de su presencia que exponer a la muerte a los gentiles mensajeros a los que debía la dicha de haber vuelto a ver a Rosa.

Aquella visita del carcelero, sus brutales amenazas, la sombría perspectiva de su vigilancia de la que conocía los abusos, nada de todo eso pudo distraer a Cornelius de los dulces pensamientos y, sobre todo, de la dulce esperanza que la presencia de Rosa acababa de resucitar en su corazón.

Esperó impacientemente a que sonaran las nueve horas en el torreón de Loevestein.

Rosa había dicho: «A las nueve, esperadme.»

La última nota de bronce vibraba todavía en el aire cuando Cornelius oyó en la escalera el paso ligero y la ropa susurrante de la bella frisona, y enseguida el enrejado de la puerta sobre la que Cornelius van Baerle fijaba ardientemente los ojos se iluminó.

El postigo acababa de abrirse por fuera.

-Aquí estoy -dijo Rosa todavía completamente sofocada por haber tenido que subir la escalera-. ¡Aquí estoy!

-¡Oh, buena Rosa!

-¿Estáis contento de verme?

-¡Me lo preguntáis! Pero ¿cómo os las habéis arreglado para venir? Decidme.

-Escuchad, mi padre se duerme cada noche casi enseguida después de cenar; entonces, le acuesto un poco aturdido por la ginebra; no se lo digáis a nadie porque, gracias a este sueño, podré venir cada noche a charlar una hora con vos.

-¡Oh! Os lo agradezco, Rosa, querida Rosa.

Y diciendo estas palabras, Cornelius acercó tanto su rostro al postigo que Rosa retiró el suyo.

-Os he traído vuestros bulbos de tulipán -dijo.

El corazón de Cornelius saltó. No se había atrevido a preguntar todavía a Rosa lo que había hecho con el precioso tesoro que le había confiado cuando creyó que iba a la muerte.

-¡Ah! ¡Los habéis, pues, conservado!

-¿No me los habíais dado como una cosa que os era muy querida?

-Sí, pero precisamente porque os los había dado, me parece que son vuestros.

-Hubieran sido míos después de vuestra muerte y estáis vivo, por fortuna. ¡Ah! Cómo he bendecido a Su Alteza. Si Dios concede al príncipe Guillermo todas las felicidades que le he deseado, el rey Guillermo será ciertamente no sólo el hombre más dichoso de su reino sino de toda la tierra. Vos estáis vivo, digo, y aunque conservando la Biblia de vuestro padrino Corneille, estaba resuelta a traeros vuestros bulbos; solamente, que no sabía cómo hacerlo. Ahora bien, acababa de tomar la resolución de ir a pedir al estatúder la plaza de carcelero de Gorcum para mi padre, cuando la nodriza me trajo vuestra carta. ¡Ah! Lloramos mucho juntas, os respondo de ello. Pero vuestra carta no hizo más que reafirmarme en mi resolución. Entonces fue cuando partí para Leiden; ya sabéis el resto.

-¿Cómo, querida Rosa -exclamó Cornelius- pensabais, antes de recibir mi carta, venir a reuniros conmigo?

-¡Sí, pensaba en ello! -respondió Rosa dejando que su amor pasara por delante de su pudor-. ¡Pero si no pensaba en otra cosa!

Y diciendo estas palabras, Rosa se puso tan bella que, por segunda vez, Cornelius precipitó su frente y sus labios contra el enrejado, sin duda para agradecérselo a la hermosa joven.

Rosa retrocedió como la primera vez.

-En verdad -dijo con aquella coquetería que late en el corazón de toda joven- en verdad, he lamentado muy a menudo no saber leer; pero nunca tanto y de la misma forma que cuando vuestra nodriza me trajo vuestra carta; tenía en mi mano esa carta que hablaba para los demás y que, pobre tonta que soy, estaba muda para mí.

-¿Habéis lamentado a menudo no saber leer? -preguntó Cornelius-. ¿Y con qué motivo?

-Toma -dijo la joven riendo- para leer todas las cartas que me escribían.

-¿Vos recibíais cartas, Rosa?

-Por centenares.

-Pero ¿quién os las escribía...?

-¿Quién me escribía? Primero, todos los estudiantes que pasaban por la Buytenhoff, todos los oficiales que iban a la plaza de armas, todos los dependientes e incluso los mercaderes que me veían en mi ventana.

-¿Y con todas esas notas, querida Rosa, qué hacíais vos?

-Unas veces -respondió Rosa- me las hacía leer por alguna amiga, y esto me divertía mucho, pero al cabo de cierto tiempo, ¿para qué perderlo escuchando todas esas tonterías? Las quemaba.

-¡Al cabo de cierto tiempo! -exclamó Cornelius con una mirada turbada a la vez por el amor y la alegría.

Rosa bajó los ojos, ruborizada.

De forma que no vio acercarse los labios de Cornelius que no encontraron, por desgracia, más que el enrejado; pero que a pesar de este obstáculo, enviaron hasta los labios de la joven el aliento ardiente del más tierno de los besos.

Ante esa llama que quemó sus labios, Rosa se puso muy pálida, más pálida tal vez que en la Buytenhoff, el día de la ejecución. Lanzó un gemido lastimero, cerró sus bellos ojos y huyó con el corazón palpitante, intentando en vano comprimir con la mano los latidos de su corazón. Cornelius, al quedarse solo, se vio reducido a aspirar el dulce perfume de los cabellos de Rosa, que permaneció como cautivo entre el enrejado.

Rosa había huido tan precipitadamente que se había olvidado de devolver a Cornelius los tres bulbos del tulipán negro.

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