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El tulipán negro
Capítulo XII: La ejecución
de Alejandro Dumas




Cornelius no tenía que dar más de trescientos pasos fuera de la prisión para llegar al pie del patíbulo.

Al final de la escalera, el perro lo miró pasar tranquilamente; Cornelius creyó incluso observar en los ojos del moloso una cierta expresión de dulzura que lindaba con la compasión.

Tal vez el perro conociera a los condenados y no mordiera más que a los que salían libres.

Se comprende que cuanto más corto fuera el trayecto de la puerta de la prisión al pie del patíbulo, más lleno estuviera de curiosos.

Eran aquellos mismos que, mal apagada la sed de sangre de la que habían bebido ya tres días antes, esperaban una nueva víctima.

Así, apenas apareció Cornelius, un aullido inmenso se prolongó por la calle, se extendió por toda la superficie de la plaza, y se alejó en diferentes direcciones, por las calles que conducían al patíbulo, y que la muchedumbre llenaba.

De este modo, el patíbulo parecía una isla que estuviera batida por el oleaje de cuatro o cinco tumultuosos ríos.

En medio de aquellas amenazas, de esos aullidos y de estas vociferaciones, para no oírlas, sin duda, Cornelius se había absorbido en sí mismo.

¿En qué pensaba ese justo que iba a morir?

No era ni en sus enemigos, ni en sus jueces, ni en sus verdugos.

Era en los bellos tulipanes que vería desde lo alto del cielo, bien en Ceilán, bien en Bengala, bien más lejos, cuando sentado con todos los inocentes a la derecha de Dios, pudiera contemplar con piedad esta tierra donde habían degollado a los señores Jean y Corneille de Witt por haber pensado demasiado en la política, y donde iban a degollar al señor Cornelius van Baerle por haber pensado demasiado en los tulipanes.

«Cuestión de un golpe de espada -decía el filósofo-, y mi bello sueño comenzará.»

Solamente quedaba por saber si como al señor De Chalais, al señor De Thou, y otras gentes mal ajusticiadas, el verdugo no le reservaba más de un golpe, es decir, más de un martirio, al pobre tulipanero.

No por ello Van Baerle subió menos resueltamente los escalones del patíbulo.

Subió orgullosamente, porque lo estaba, de ser el amigo de aquel ilustre Jean y el ahijado de aquel noble Corneille que los bellacos, reunidos para verle, habían despedazado y quemado tres días antes y colgado en aquel mismo lugar.

Se arrodilló, rezó su oración, y observó no sin experimentar una viva alegría que al posar su cabeza sobre el tajo y manteniendo sus ojos abiertos, vería hasta el último momento la ventana enrejada de la Buytenhoff.

Por fin llegó la hora de hacer ese terrible movimiento: Cornelius posó su mentón sobre el bloque húmedo y frío. Pero en ese momento, a su pesar, sus ojos se cerraron para sostener más resueltamente el horrible alud que iba a caer sobre su cabeza y a engullir su vida.

Un destello brilló sobre el piso del patíbulo; el verdugo levantaba su espada.

Van Baerle dijo adiós al gran tulipán negro, seguro de despertarse diciendo buenos días a Dios en un mundo hecho de otra luz y de otro color.

Tres veces sintió pasar por su cuello tembloroso el viento frío de la espada.

Pero ¡oh, sorpresa!

No sintió ni dolor ni conmoción.

No vio ningún cambio de matiz.

Luego, de repente, sin saber por quién, Van Baerle se sintió levantado por unas manos bastante dulces y se encontró pronto sobre sus pies, un poco vacilante.

Volvió a abrir los ojos.

Alguien leía algo a su lado, sobre un gran pergamino sellado con un gran timbre de cera roja.

Y el mismo sol, amarillo y pálido como conviene a un sol holandés, lucía en el cielo; y la misma ventana enrejada le miraba desde lo alto de la Buytenhoff; y los mismos bellacos, ya no aullantes sino pasmados, le contemplaban desde abajo, en la plaza.

A fuerza de abrir los ojos, de mirar, de escuchar, Van Baerle comenzó a comprender esto: Que monseñor Guillermo, príncipe de Orange, temía sin duda que las diecisiete libras de sangre que Van Baerle, con unas onzas más tenía en el cuerpo, no hicieran desbordar la copa de la justicia celeste; que había sentido piedad por su carácter y sus apariencias de inocencia.

En consecuencia, Su Alteza le había otorgado la gracia de la vida... Por eso la espada que se había alzado con aquel reflejo siniestro había volteado tres veces alrededor de su cabeza cómo el pájaro fúnebre alrededor de la de Turnus, pero no se había abatido sobre ella y había dejado intactas sus vértebras.

Por eso era que no había sentido ni dolor ni conmoción. Por eso, que el sol continuaba riendo en el mediocre azul, cierto, aunque muy soportable de las bóvedas celestes.

Cornelius, que había esperado a Dios y al panorama tulípido del Universo, quedó realmente un poco decepcionado; pero se consoló haciendo jugar con cierto bienestar los resortes inteligentes de esa parte del cuerpo que los griegos llamaban trachelos y que nosotros denominamos modestamente cuello.

Y luego Cornelius esperó que la gracia sería completa, y que se le iba a devolver la libertad y sus platabandas de Dordrecht.

Pero en eso se equivocó, porque como decía por aquel tiempo madame De Sévigné, había un post scriptum en la carta, y lo más importante de esta carta estaba encerrado en el post scriptum.

Por ese post scriptum, Guillermo, estatúder de Holanda, condenaba a Cornelius van Baerle a prisión perpetua.

No era demasiado culpable para la muerte, pero sí lo era para la libertad.

Cornelius escuchó, pues, el post scriptum, y luego, después de la primera contrariedad producida por la decepción que aquél aportaba, pensó:

«¡Bah! No se ha perdido todo. La reclusión perpetua tiene algo de bueno. Está Rosa en la reclusión perpetua. Están también mis tres bulbos del tulipán negro.»

Pero Cornelius olvidaba que las Siete Provincias pueden tener siete prisiones, una por provincia, y que el pan del prisionero es menos caro en cualquier parte que en La Haya, que es una capital.

Su Alteza Guillermo, que no tenía, al parecer, los medios para alimentar a Van Baerle en La Haya, lo enviaba a cumplir su prisión perpetua a la fortaleza de Loevestein, muy cerca de Dordrecht y, sin embargo, por desgracia, muy lejos.

Porque Loevestein, dicen los geógrafos, está situada en la punta de la isla que forman, frente a Gorcum, el Waal y el Mosa.

Van Baerle sabía bastante historia de su país para no ignorar que el célebre Grotius había sido encerrado en ese castillo después de la muerte de Barneveldt, y que los Estados, en su generosidad hacia el célebre publicista, jurisconsulto, historiador, poeta y teólogo; le habían concedido la suma de veinticuatro sous en Holanda por día para su alimentación.

«A mí, que estoy muy lejos de valer lo que Grotius -se dijo Van Baerle-, me asignarán doce sous con gran trabajo, y viviré muy mal, pero en fin, viviré.»

Luego, de repente, golpeado por un terrible recuerdo, exclamó en voz alta:

-¡Ah! ¡Ese país es húmedo y nubloso! ¡Y el terreno es malo para los tulipanes! Y, además, Rosa, Rosa que no estará en Loevestein -murmuró ya en tono menor, dejando caer sobre el pecho la cabeza a la que tan poco había faltado para que cayera más abajo.

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