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El spleen de París
El tiro y el cementerio

de Charles Baudelaire

Nota: Poema número 45 de El spleen de París (Los pequeños poemas en prosa). Traducción de Enrique Díez Canedo, 1935.


«A la vista del cementerio, Bebidas.» ¡Muestra singular -díjose nuestro paseante-, pero buena para excitar la sed! De fijo que el dueño de esta taberna sabe apreciar a Horacio y a los poetas discípulos de Epicuro Quizá hasta conoce el profundo refinamiento de los antiguos egipcios, para quien no había buen festín sin esqueleto o sin un emblema cualquiera de la brevedad de la vida.»

Y entró, se bebió un vaso de cerveza frente a las sepulturas y se fumó lentamente un cigarro. Luego tuvo la ocurrencia de bajar a aquel cementerio de hierba tan alta, tan invitadora, y en que reinaba un sol tan rico.

En efecto, la luz y el calor eran rabiosos y hubiérase dicho que el sol, ebrio, se revolcaba cuan largo era sobre una alfombra de flores magníficas, alimentadas por la destrucción. Un inmenso rumor de vida llenaba el aire -la vida de los infinitamente pequeños-, cortado a intervalos regulares por el crepitar de los disparos de un tiro próximo, que estallaban como la explosión de los tapones del champaña en el zumbido de una sinfonía con sordina.

Entonces, bajo el sol que le calentaba los sesos y en la atmósfera de los ardientes perfumes de la muerte, oyó que una voz cuchicheaba en la tumba donde se había sentado, y la voz decía: «¡Malditos vuestros blancos y vuestras escopetas, turbulentos vivos, que tan poco os cuidáis de los difuntos y de su divino reposo! ¡Malditas vuestras ambiciones, malditos vuestros cálculos, impacientes mortales, que venís a estudiar el arte de matar junto al santuario de la Muerte! ¡Si supierais cuán fácil de ganar es el premio, cuán fácil de tocar es la meta, y cómo todo es nada, menos la Muerte, no os fatigaríais tanto, laboriosos vivos, y menos a menudo vendríais a turbar el sueño de los que tanto tiempo ha dieron en el blanco, en el único blanco verdadero de la detestable vida!»


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