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El sitio de Bredá (Versión para imprimir)

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Personas
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El sitio de Bredá


El sitio de Bredá

Pedro Calderón de la Barca

 


EL MARQUÉS ESPÍNOLA.
ALONSO LADRÓN.
EL CONDE JUAN DE NASAU.
MARQUÉS DE BARLANZÓN.
PABLOS BALLÓN.
MARQUÉS DE BELVEDER.


DON FRANCISCO DE MEDINA.
DON FADRIQUE BAZÁN.
DON GONZALO DE CÓRDOBA.
DON LUIS DE VELASCO.
DON VICENTE PIMENTEL.
MADAMA FLORA.


ALBERTO, viejo.
CARLOS, niño.
ENRIQUE DE NASAU.
MORGAN, inglés.
JUSTINO DE NASAU.
LAURA.


UN INGENIERO.
ESTELA.
PRÍNCIPE DE POLONIA.
UN SARGENTO.
UNA ESPÍA, de villano.
CONDE ENRIQUE DE VERGAS.


>>>

Jornada I
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El sitio de Bredá Jornada I Pedro Calderón de la Barca


Tocan cajas y chirimías, salen el MARQUÉS ESPÍNOLA y ALONSO LADRÓN, capitán.
ALONSO:

Hoy es, señor, el venturoso día
que obediente a las órdenes que diste,
que el tiempo de lisonjas y honor viste;
porque el bronce y las armas a porfía
le ven alegre y le obscurecen triste,
cuando, confusos entre sí, presumo
que es la aurora su luz, la noche el humo.
Aquí la plaza de armas has mandado
hacer y aquí la frente de banderas,
que son ciento y noventa, y numeradas
el ejército ya por sus hileras
es la muestra que han hecho y que he hallado
que entre propias naciones y extranjeras,
de ejércitos del Rey solo son treinta
y cuatro mil seiscientos y noventa.
Las del país, que llaman escogidos,
son dos mil, de felices esperanzas,
y seis mil y ochocientos prevenidos
de los que llaman gente de finanzas,
de la Liga Católica lucidos
cinco mil y trecientos, que a venganzas
ya se previenen, cinco mil la gente
de nuestro Emperador, noble y valiente.
Hasta aquí repetí la infantería
y no menos admira la opulenta
majestad de la gran caballería,
si se reduce a número su cuenta
de ejércitos del reino, más había
siete mil y seiscientos y sesenta;
dos mil, no sé si diga Martes fieros,
de bandas, de hombres de armas y de arqueros.


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ESPÍNOLA:

Mi humilde celo, mi temor piadoso
dichosamente sus aplausos fía
a la fe de Felipo poderoso,
cuarto planeta de la luz del día;
y espero que su intento religioso
ha de asombrar en Flandes la herejía,
dando el sangriento fin alguna hazaña,
alabanzas al cielo, honor a España.
Estos, ¿quién son?
(Tocan cajas.)

ALONSO:

Seis regimientos llegan,
dos borgoñones, cuatro de alemanes,
cuyos tercios al conde Juan se entregan
y marqués Barlanzón, ambos Roldanes.
(Sale el CONDE JUAN DE NASAU, de alemán, y el MARQUÉS BARLANZÓN, de tudesco.)

JUAN:

Denos los pies.

ESPÍNOLA:

Los brazos no se niegan
a dos tan valerosos capitanes.
Sean Vueseñorías bien venidos.


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JUAN:

Siendo de Vuexcelencia recibidos
con tanto honor, es fuerza lo seamos.

ESPÍNOLA:

¡Buena gente, Marqués!

BARLANZÓN:

Señor, recelo
que es de provecho; pues en fin llevamos
gente nacida en el rigor del hielo.
¿Vamos a Grave, o al infierno vamos?
Que voto a Dios que ha de tener el cielo
poco que aposentar, si considero
que están ya aposentados con Lutero.
(Tocan.)

ALONSO:

Estos son italianos y valones.

ESPÍNOLA:

¿Sufren mucho en un sitio estos soldados?

ALONSO:

Si el saco esperan, sí.

ESPÍNOLA:

No los baldones,
que pelean tan bien.

ALONSO:

Si están pagados.


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(Sale de inglés PABLOS BALLÓN y MARQUÉS DE BELVEDER, italiano.)
PABLOS:

Así cumplen, señor, obligaciones
los que a tu sombra viven obligados.

ESPÍNOLA:

Señor Pablos Ballón, ilustre conde
de Belveder...

BELVEDER:

Por mí el honor responde.
(Tocan.)

ALONSO:

Estos son españoles. Ahora puedo
hablar, encareciendo estos soldados,
y sin temor; pues sufren a pie quedo
con un semblante bien o mal pagados.
Nunca la sombra vil vieron del miedo,
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto,
solo no sufren que les hablen alto.
En tres tercios su gente determina
divertirse, y tres maeses se previenen:
el uno es don Francisco de Medina,
y don Juan Claros de Guzmán, que tiene
sangre al fin de Guzmán; y por divina
muestra de su valor, con ellos viene
un capitán famoso, un don Fadrique
Bazán, a quien la fama altar dedique.


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(Salen DON FRANCISCO DE MEDINA con hábito de Santiago, y DON FADRIQUE BAZÁN con jineta.)
ESPÍNOLA:

Vuesa merced, señor Fadrique, sea
mil veces bien venido, que con esto
mi intento más alcanza que desea.

MEDINA:

Siempre a servir al Rey estoy dispuesto.

FADRIQUE:

Previniendo la fama que ligera
los vientos rompe con veloces alas,
que líneas son de la sutil esfera,
troqué al acero cortesanas galas,
los ecos de la envidia lisonjera
al ruido leve de espirantes balas,
la alegre corte a la marcial campaña.
Y al fin por Flandes he trocado a España.
(Tocan.)

ALONSO:

Don Gonzalo de Córdoba ha venido.


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ESPÍNOLA:

Como en las guerras del Palatinado
Maese de campo general ha sido,
puesto ninguno en Flandes ha ocupado,
que no hay que darle, aunque haya merecido
victorioso, prudente, afortunado,
ser general, porque a su bisabuelo
en él enseña repetido el cielo.
No ha perdido fación, y no ha tenido
suceso desdichado ni infelice,
gracias a su valor; porque yo he oído,
y a voces el ejército lo dice,
que todos los soldados han vencido
por Dios y por el Rey, ¡suerte felice!,
y los suyos, ¿qué gloria aquesta igualo?,
por Dios y por el Rey y don Gonzalo.
(Sale DON GONZALO DE CÓRDOBA.)

ESPÍNOLA:

Ya no puedo temer desdicha alguna,
pues nuevo Amiclas, a decir me obligo
que va, ¡oh gran don Gonzalo!, la fortuna
de Fernández de Córdoba conmigo.

GONZALO:

Vuexcelencia remita la importuna
retórica a los brazos, que si hoy sigo
su milicia, del Betis al Hidaspes
me harán eterno mármoles y jaspes.
(Tocan un clarín.)


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ALONSO:

Ya el gran Velasco, general valiente,
va conduciendo la caballería.
Con él viene el ilustre don Vicente
Pimentel, que llegó de Lombardía,
cabo de mil caballos.

ESPÍNOLA:

Benavente,
ilustre rama de su tronco, envía
aquel que al mundo dio fértiles plantas,
aunque la muerte haya deshecho tantas.
Pues ya el rebelde bárbaro, ¿qué espera?
Si muerto el mundo aqueste nombre yace,
en cuanto mira el sol desde la esfera
adonde siempre muere y siempre nace.
En dos mitades dividir quisiera
el alma.
Salen los dos.

LUIS:

Bien tal honra satisface
nuestros deseos.

ESPÍNOLA:

Triunfos soberanos
tendréis con imitar vuestros hermanos.


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VICENTE:

Yo, que siendo el menor, será forzoso
serlo en valor también, hoy solicito
mostrar, de mis hermanos envidioso,
que, si no los excedo, los imito,
pues su blasón el tiempo presuroso
en láminas de bronce tiene escrito
cuando en la tierra y mar, para memorias,
se escriben con su sangre sus vitorias.
Murió en Vergas mi hermano don García,
lograda con su muerte su esperanza.
Vuexcelencia perdone la osadía,
que no es vil, aunque es propia la alabanza,
donde es tan justa. Aqueste mismo día
insigne triunfo nuestra gente alcanza;
que pareció, no triste, alegre suerte,
que pagó su vitoria con su muerte.
Don Alonso en Verceli, que amparado
de un cestón por instantes esperaba,
de máquinas de fuego rodeado,
la ardiente flecha de frondida aljaba,
de un rayo artificial arrebatado,
que trueno y lumbre a un mismo tiempo daba,
subió tan alto, que entre fuego y viento,
de sus huesos ignora el monumento.
Cuando el mar, envidioso de la tierra,
del viento y fuego, por grandezas sumas
quiso en azul campaña, en naval guerra,
manchar con nuestras sangres sus espumas;
y del profundo seno desencierra
dos holandeses, aves, cuyas plumas
eran de pino, pues con él volaban,
que hijas del viento serlo imaginaban.
Por heladas campañas discurría


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VICENTE:

en su alcance con otras dos don Diego;
y cuando, atento a su fación, se vía
sordo el mar, mudo el aire y el sol ciego,
cada cual de las cuatro parecía
sobre balas de sal, montes de fuego,
siendo a tanto esperar humo importuno
de sus hados volcanes de Neptuno.
La más igual batalla que ha tenido
en sus ondas el medio mar de Europa,
esta fue. Mas después de haber vencido
la española arrogancia cuanto topa,
mi hermano, a su fortuna agradecido,
estaba desarmándose en la popa,
y apenas quita el peto, ¡oh suerte triste!
¿Qué prevención a lo fatal resiste?
Cuando una bala, ¡caso lastimoso!,
le rompe el pecho con furor violento,
porque allí con su sangre venturoso
quedase inoble ya tanto elemento.
Entró en Nápoles muerto y vitorioso.
Y yo, que a un punto envidio lo que siento,
vengo a ofrecer a Dios y al Rey la vida
cuanto bien empleada, bien perdida.


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ESPÍNOLA:

Valerosos caballeros,
a cuyo poder augusto
hoy fía el Cuarto Filipo
la máquina de dos mundos,
por órdenes de Su Alteza
la señora Infanta, cuyo
valor dignamente eterno
vivirá siglos futuros,
hoy a veinte y seis de agosto
en Tornante estamos juntos.
El invierno viene ya,
en Flandes, más importuno;
porque, acercándose al Norte,
va sintiendo sus influjos.
Si no están entretenidos
los soldados en algunos
de los sitios que se ofrecen
para vitorioso asunto
de nuestras armas, podrán
amotinarse; y no dudo
que la esperanza del saco
pueda sufrir con más gusto
el grave peso a las armas,
cuando el diciembre, que anuncio,
molduras de escarcha y hielo
labre en sus hombros robustos.


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ESPÍNOLA:

Dos plazas se nos ofrecen,
que cualquiera dellas juzgo
por dichoso fin. Bredá
tiene inexpugnable muro
por los fosos que le cercan;
que el siempre contino curso
del mar, que río munda
sus calles, le ayudan mucho;
y es una plaza tan fuerte
que han pasado siete lustros,
que son treinta y cinco años,
que la ganaron los suyos,
y nunca la hemos cobrado:
¡afrenta y baldón injusto
de las armas españolas,
pero así al cielo le plugo!
Grave es una villa rica,
y de su asiento presumo
que fuera muy importante
al dichoso fin que busco.
El conde Enrico de Vergas
doce mil caballos tuvo
a la vista de sus torres,
y escribió lo que pronuncio:
«Yo estoy a vista de Grave,
donde informarme procuro
qué gente tiene de guerra,
y qué defensa en sus muros.


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ESPÍNOLA:

Y como a mí se me envíe
ocho mil hombres, presumo
que podré tomarla, siendo
de los ocho mil que busco,
los cuatro mil españoles».
Ahora advertidme qué rumbo,
qué disinio seguiremos;
porque yo siempre me ajusto
al parecer acertado,
a los prudentes discursos
de tan valientes soldados,
cuyo consejo procuro,
cuya voluntad estimo,
y a cuya voz me reduzgo.

GONZALO:

Señor, si consideramos
que aquí dos plazas tenemos,
en cuyo sitio podemos
entretenernos, y estamos
dudosos en la elección,
y el Conde avisa que en Grave
nuestro disinio se sabe,
estará con prevención
esperando a ver tu intento,
y tendrá toda la tierra
con prevenciones de guerra,
con munición y sustento.
Bredá está más descuidada,
pongamos sitio a Bredá.


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BARLANZÓN:

¿Y no se advierte que está
Bredá también mal cercada?
Es una fuerza invencible
y un sitio sin esperanza
de vitoriosa alabanza
que por armas no es posible
tomarla, como se ve.
Comiendo y no peleando,
¿quién ha de estar esperando
a que por hambre se dé?
LUIS Quien advierta que la gloria
es más prudente y modesta,
y más noble cuando cuesta
menos sangre la vitoria.
Si una vez se ven cercados,
vendrán a darse a partidos,
y como estén conseguidos
nuestros intentos osados,
será más piadosa hazaña,
que ellos se vengan a dar,
como al fin venga a quedar
Bredá por el rey de España,
que es lo que se intenta.

JUAN:

Sí,
mas que le den desconfío,
pues pudiendo por el río
meterles socorro, así
podemos estar mil años
esperando a que se den.


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VICENTE:

¿Y no se podrán también
remediar aquesos daños?

BARLANZÓN:

¿Y cuando se remediaran
con alguna estratagema,
dejará de ser gran flema
esperar que se entregaran?

BALLÓN:

Si no quieren pelear
los españoles, sitiemos
a Bredá, y nos estaremos
dos mil años sin llegar
a las manos.

FADRIQUE:

Ya se sabe
que siempre los españoles
son en la milicia soles.
Vuexcelencia vaya a Grave,
y cumpla la voluntad
de los que ocuparse quieren
en sitio, que el saco esperen
sin mucha dificultad.

ESPÍNOLA:

Caballeros: bien está.

BALLÓN:

Ir a Grave es lo mejor.


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[UNOS]:

(Dentro.)
¡Vamos a Grave, señor!

OTRO:

¡Señor, vamos a Bredá!

ESPÍNOLA:

¡Oh españoles! Ya es forzoso
que me determine yo;
y pues mi consejo halló
vuestro parecer dudoso,
vamos a Grave, que quiero
seguir en esta ocasión,
flamencos, vuestra opinión.

ALONSO:

[Aparte.]
Ya ¿con qué paciencia espero
que salgan estos gabachos
con cuanto quieren? Mas es
que los congracia el Marqués,
porque ve que están borrachos.

ESPÍNOLA:

El marqués de Barlanzón
y el valiente conde Juan
con sus tercios llevarán
la vanguardia.


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JUAN:

Dignos son
de ese lugar mis deseos,
cuando el honor, que me llama,
espera ocupar la fama
con vitoriosos trofeos.

BARLANZÓN:

Ve donde tú te aconsejes;
que yo en cualquiera ocasión
un auto de inquisición
he de hacer destos herejes.

ESPÍNOLA:

Señor, la caballería
será de grande provecho
en el costado derecho,
porque por allí podría
venir el conde Mauricio,
que a aquella parte se ve
su ejército.

LUIS:

Yo daré
de mis deseos indicio,
callando cuerdo y valiente;
que el remitirse es gran mengua
de las manos a la lengua.

ESPÍNOLA:

Vaya, señor don Vicente.

VICENTE:

Iré a serviros fiel.


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ALONSO:

Bien dirán vuestros blasones
que son más que cien flinflones
un español Pimentel.
(Vanse los dos.)

ESPÍNOLA:

En el izquierdo, Ballón
ha de ir acompañado
del de Belveder, formado
un cuerpo a cada escuadrón.
(Vanse los dos.)
Vingarte la artillería,
de todas partes cercada,
lleve en medio bien guardada,
que yo con la infantería
de los españoles quedo
en la retaguardia.

ALONSO:

¡Andar!
Juro a Cristo que he de hablar,
que ya sufrirlo no puedo.
Hoy sin duda has pretendido
obscurecer el honor
de España. ¿Cuándo, señor,
en la retaguardia han ido
españoles que se ofrecen?...


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ESPÍNOLA:

Basta, capitán Ladrón,
que yo sé en toda ocasión
honrarlos como merecen.
Oid, después de reportaros,
lo que mi honor determina:
don Francisco de Medina,
a don Juan Niño, a Juan Claros
y demás Maeses de campo
españoles, les llevad
este orden y avisad
que cuando ya marche el campo
a Grave, la retaguardia
venga la vuelta de Bredá,
pues con aquesto vendrá
entonces a ser vanguardia,
y a ser Bredá la cercada;
que yo solo he pretendido,
con la muestra que he fingido,
que dejen desamparada
aquella fuerza, enviando
a Grave, con falso intento,
municiones y sustento.
Pero siempre imaginando
que este es el fin de una hazaña
tal, que a mí me ha de costar
la vida o ha de quedar
Bredá por el rey de España.
(Tocan.)


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MEDINA:

Beso mil veces tus pies.
Ya el ejército a marchar
empieza.

ESPÍNOLA:

Hasta llegar
a Teteringe no des
el orden. Vueseñoría
ha de ser mi camarada,
porque así vea lograda
tan alta ventura mía:
porque si en vós considero
competidos igualmente
hoy un general valiente
y un prudente consejero,
a conquistar me anticipo
el mundo con fuerza altiva,
porque eterno el nombre viva
de Isabel y de Filipo.


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(Vanse tocando cajas, y sale MADAMA FLORA y ALBERTO, su padre y CARLOS, su hijo y ENRIQUE DE NASAU.)
ENRIQUE:

¿Qué grave melancolía
con apacibles enojos
pudo en tus hermosos ojos
eclipsar la luz del día?
Cese la injusta porfía,
que con pálido arrebol
da rayos al tornasol,
que el mundo de luces dora,
porque llorar el aurora
ya la vimos, mas no el sol.
A Bredá, madama, vienes,
donde te adora el lugar.
Si esas lágrimas previenes
en exequias a la vida
de tu esposo, el llanto impida
verte de tu padre honrada,
de tu hijo acompañada
y de tu esclavo servida.
Supe que a Bredá venías,
y a este vallaje salí
a recebirte, que así
cumplen corteses porfías
las obligaciones mías.
Descansa a esta sombra, en tanto
que nos da treguas el llanto
suspenso en tus bellos ojos,
porque desdichas y enojos
se han de sentir, mas no tanto.


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FLORA:

Tan justo es mi sentimiento,
que quien pretende templar
su rigor, más que el pesar
me quita el entendimiento.
Si es forzoso mi tormento,
forzoso será que muera;
porque, si yo no sintiera,
tuviera en desdicha tanta
alma inferior a la planta,
al pez, al ave, a la fiera.
De cierzo la furia helada
siente una piedra arrancada,
siente una temprana flor
de su centro con dolor;
brama una fiera, el rigor
dice mudo el pez, y un ave
con tono dulce y suave,
canta amor y celos llora;
que al fin el que más ignora,
sentir las desdichas sabe.
Siente el cielo y se obscurece
cubierto de un pardo velo,
y si al fin no siente el cielo,
por lo menos lo parece.


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FLORA:

Toda alteración padece,
tal vez la tierra tembló,
bramó el aire, el mar gimió,
y el sol hizo al mundo guerra,
porque todos en la tierra
saben sentir, sino yo.
Cuando en amorosos lazos,
mi amante esposo, ¡ay de mí!,
verle esperaba, le vi
herido y muerto en mis brazos,
partida el alma a pedazos,
todas las armas rompidas,
y por funestas heridas
abrió, ¡qué infelices suertes!,
bocas para entrar mil muertes,
y para salir mil vidas.
Confieso que en la defensa
de su religión murió;
mas para no sentir yo
no es bastante recompensa.


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ENRIQUE:

Enfrena el dolor y piensa
el sangriento fin que alcanza
mi rigor y tu esperanza;
que si tu luz no se niega,
has de ver a donde llega
el brazo de mi venganza.
Daré al matador la muerte
si le alcanzo. ¡A Dios pluguiera
que el mismo Espínola fuera,
porque de una misma suerte
mi brazo atrevido y fuerte,
hoy pusiera con la hazaña
de venganza tan extraña
fin a tus desdichas grandes,
al miedo y temor de Flandes,
a la presunción de España!
Que tanto se ensoberbece
con los aplausos que ves
de ese noble ginovés,
que si a rendirle se ofrece,
estrecho el mundo parece,
y no es mucho, siendo tal
este altivo general
que al rey de España convida
con la hacienda y con la vida,
animoso y liberal.


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FLORA:

El venirme yo a Bredá,
es porque cierto se sabe
que piensa sitiar a Grave,
donde el ejército va.
Allí el conde Enrico está
con su gente, por saber
de aquella fuerza el poder
según de su intento creo,
y con el mismo deseo,
plaza de armas hizo ayer
en Tornante el General,
donde el ejército vio,
tan numeroso, que dio
envidia a la celestial
esfera, viéndole igual
en todo sus luces bellas;
porque, al competir con ellas,
excedió, dando desmayos,
el resplandor a sus rayos,
y en número a sus estrellas.
De Quilche en el campo llano,
viniendo a Bredá le vi;
y mil veces presumí
ser maridaje lozano
del invierno y del verano,
que en las armas los rigores,
en las plumas las colores,
eran admirando al cielo,
los unos, montes de hielo,
los otros, campos de flores.


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FLORA:

No así los rayos corteses
del sol con dulces fatigas,
mieses labraron de espigas
en los abrasados meses,
como de los fresnos mieses
la gallarda infantería;
y al mirarlos, parecía
que espigas de acero daba,
y que, al compás que marchaba,
el céfiro los movía.
La caballería inquieta
pasó, abreviando horizontes.
¿Diré que marcharon montes,
con obediencia sujeta
al compás de la trompeta?
Sí, pues al son lisonjero
del bronce dulce, aunque fiero,
la trompa que se desata,
era un escollo de plata,
era un peñasco de acero.
(Sale MORGAN, inglés.)

MORGAN:

Del Príncipe mi señor
ahora trujo estas cartas
un correo, y yo sabiendo
que en este villaje estabas,
que está apenas media legua
de la villa, sin tardanza
vine a traerle.


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ENRIQUE:

Veré
lo que Su Alteza me manda.
 (Lee.)
«Ahora acabo de saber
que el ejército de España,
con prevenciones de guerra,
la vuelta de Grave marcha.
De Bredá saldréis al punto
que esta recibáis, sin falta,
y la gente que estuviere
en la villa, se reparta
para socorrer a Grave,
con bastimento y con armas
y munición, advirtiendo
no sea la gente tanta,
que pueda hacer a Bredá
en tiempo ninguno falta.
Dejad por gobernador,
para su defensa y guarda,
a Justino, nuestro hermano,
y de la villa no salga
tampoco el inglés Morgan;
que, por estar en la cama,
no voy en persona yo.
Los cielos os guarden. Dada
en Vergas a veinte y seis
de agosto». ¡Desdicha extraña!
¿Qué tanta gente de guerra,
Morgan, estará alojada
en Bredá?


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MORGAN:

Ocho mil hombres.

ENRIQUE:

Pues de aquesos ocho salgan
los dos mil, y por el río
vamos en veloces barcas
porque lleguemos más presto.
 [Aparte.]
O porque, yendo en el agua,
templen sus heladas ondas
este fuego que me abrasa.
(Vase.)

MORGAN:

Señora, ya es forzoso
me deis licencia a que vaya
sirviéndoos, puesto que Enrique
faltó por tan justa causa
a esta obligación.

FLORA:

Yo estimo
la lisonja cortesana,
mas no he de entrar en Bredá
hasta que en sombras heladas
hagan los rayos del sol
el mar sepulcro de plata.
En aquestas caserías
esperaré, acompañada
de la familia que traigo
y de mi padre, que basta
para excusaros de hacerme
esa merced.


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MORGAN:

Más agrada
quien obedeciendo yerra
que quien acertando cansa.
(Vase.)

CARLOS:

[A FLORA.]
Mil veces he pretendido
buscar remedio a tus ansias;
mas yo, ¿cómo podré darte
el consuelo que me falta?
Mi padre perdió la vida
en defensa de su patria,
si puedo decir que muere
quien vive eterno a la fama.
Contigo viene mi abuelo,
vive segura y honrada
al amparo de mis bríos,
y al respeto de sus canas.

ALBERTO:

En estas hermosas flores
te sienta un poco y descansa,
mientras destas caserías
llamo la gente, que salga
a entretenerte, y decirnos
qué nuevas tienen.


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FLORA:

Turbada
estoy, que un temor me hiela,
una sospecha me abrasa,
(Échase a dormir.)
y astrólogo el corazón,
no sé qué le avisa al alma.
(Ruido dentro.)

CARLOS:

Parece que se ha rendido
al sueño, y en él traslada
a sus hermosas mejillas
de los claveles la grana,
del jazmín la castidad,
mezclando púrpura y nácar.
Pero ¿qué rumor es este?
Desde aquellos montes bajan,
temerosos, los villanos,
que de su miedo se amparan.
¿Qué les obliga? Pues duerme
Flora, iré a saber la causa;
que, para darla cuidado,
no será bien despertarla.

ALONSO:

(Dentro.)
¡Huid, pastores, huid;
que el ejército de España
ya pisa vuestras riberas!


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OTRO:

Pongamos fuego a las casas.

OTRO:

¡A la villa!

OTRO:

¡Fuego, fuego!

FLORA:

(Despierta.)
¡Fuego, que el alma se abrasa!
¡Padre! ¡Hijo! ¿Qué es aquesto?
Sola estoy, no me acompañan
sino solo mis desdichas;
parece que no son hartas,
que aun para hacer compañía,
hacen las desdichas falta.
En un abismo de fuego
estoy, ¡ay cielos!, helada,
que al arbitrio del destino
no le obedecen las plantas.
Todo es iras el desierto,
toda es rayos la campaña,
todo es portentos la tierra,
todo es el cielo venganzas.
Tanto, encendiendo los aires,
a las nubes se levantan
las centellas, que parecen
estrellas desencajadas,
luces que al abismo bajan,
a sorberse todo el mundo,
sola la menor de tantas.


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(Salen ALBERTO y CARLOS.)
ALBERTO:

Entre la piedad del fuego...

CARLOS:

Entre el rigor de las llamas...

ALBERTO:

Vengo a buscarte.

CARLOS:

He venido
a verte.

ALBERTO:

Oye lo que pasa.
A un lado de esa ribera,
un tercio emboscado estaba,
de suerte que no le vieron
las espías, que fue causa
de que estuviese la gente
agora tan descuidada.
Salió de allí y los villanos,
que así las órdenes guardan,
retirándose a la villa,
quemaron sus pobres casas.
¡Perdidos somos! Bredá
sin duda ha de ser sitiada,
después que de bastimentos
y gente ha quedado falta.
¡Huyamos, pues! ¿Qué esperamos?


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FLORA:

De Grave salí por causa
de huir el peligro, parece
que vine a buscarle; ¡tanta
es mi contraria fortuna,
mi desdicha y mi desgracia!,
que el que ha de ser desdichado
las prevenciones le dañan.
(Dentro LADRÓN.)

LADRÓN:

¡Huid, villanos!

ALBERTO:

Perdidos
somos; que ya su arrogancia
nos ha hallado.
(Sale DON FADRIQUE.)

FADRIQUE:

Más piedad
tiene el fuego que mi espada.


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FLORA:

A tus plantas, español
generoso, que la gala
tuya lo dice, y el brío
no lo desmiente, a tus plantas
está pidiendo la vida
una mujer desdichada;
aunque, si eres español,
mujer que te diga basta.
No permitas que ese acero,
cuya cuchilla templada
está en la enemiga sangre
que ya le sirve de vaina,
se ocupe en tres inocentes
vidas, porque, ¿qué alabanzas
dará manchar este cuello,
estas tocas y estas canas?
Tres vidas están sujetas
a un golpe: si acaso alcanza
el orden que traes licencia
a una piedad tan hidalga,
danos las vidas. Yo quise
decirte, estaba turbada,
que a precio de algunas joyas,
piedras, perlas, oro y plata;
mas tu piadoso semblante
puso freno a mis palabras,
y a tanto respeto obliga
esa presencia bizarra,
que aun creo que el pensamiento
con ser tan veloz te agravia.
Y si el orden con que vienes
no admite este ruego, pasa
mi pecho el primero, así
moriré más consolada,
no mirándolos, porque
somos tres cuerpos y un alma.


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FADRIQUE:

Hermosa madama, cuando
mi desdicha fuera tanta
que me obligara el respeto
a tan lastimosa hazaña,
le rompiera más el hecho;
que ninguna ley agravia
tanto que en la ejecución
sea la obediencia infamia.
No he de ser menos cortés
que estas vividoras llamas,
que me están diciendo aquí
el respeto que te guardan.
Que, como en un templo a quien
sacrílego fuego abrasa,
quedó entre muertas cenizas
la imagen libre, y la estatua
de la diosa, que allí tuvo
altar, sacrificio y ara;
así por reliquia quedas
de todas estas campañas,
compitiendo fuego a fuego,
rayo a rayo y llama a llama.
No traigo más orden yo
que llegar a las murallas
de Bredá, donde venimos.
Aquesas riquezas guarda,
y porque de otros soldados,
madama, segura vayas,
dos caballos he traído.
Huid los dos, y a las ancas
del uno irás tú: españoles
son, no temas.


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FLORA:

No me espantan,
que pienso que cortesía
saben los brutos de España.
(Vanse y sale LADRÓN.)

LADRÓN:

Tanto a todos te adelantas,
que el primero que ha llegado
a vista de las murallas
de Bredá, has sido, señor.

FADRIQUE:

Pues si vengo en la vanguardia
del tercio de don Francisco
de Medina, cosa es clara
que había de ser el primero.
¿Mas qué triunfo, qué alabanza
consigo de haberlo sido?

LADRÓN:

Pues cuerpo de Dios, ¿no es nada
llegar hasta aquí? Yo apuesto
que si se cuenta en España,
que no falte quien replique,
que nunca malsines faltan,
que el darte el lugar que tienes
es lisonja o alabanza.


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FADRIQUE:

Carlos Quinto respondió,
diciéndole el duque de Alba,
que temía no creyesen
algunos aquella hazaña
de haber con solos siete hombres
sujetado siete barcas:
«¿Qué importa que no lo crean,
si a mí el ser verdad me basta?»
Y eso mismo te respondo
en la ocasión que me aguarda,
cumpla con mi obligación,
que el que lo juzgue en España
por pasión o por lisonja,
no viene a quitarme nada.
(Sale MEDINA.)

MEDINA:

¡Cuál huyeron los villanos!

ALONSO:

¡Oh, qué maldita canalla!
Muchos murieron quemados,
y tanto gusto me daba
verlos arder, que decía,
atizándoles las llamas:
«Perros, herejes, ministro
soy de la Inquisición santa».


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(Tocan.)
MEDINA:

De la ciudad van saliendo
en tropas algunas mangas
de arcabuceros.

FADRIQUE:

En tanto
que llega la retaguardia,
escaramuzar podremos
con ellos, y para guarda
podemos tomar aquestos
molinos de viento y agua.

ALONSO:

¿Molinos de viento? Ya
me parece su demanda
aventura del famoso
don Quijote de la Mancha.
(Retíranse a un lado y salen MORGAN y JUSTINO.)

MORGAN:

¡Ea, famosos flamencos!
Hoy las victoriosas armas
muestren sangrientas que están
siempre a vencer enseñadas.


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JUSTINO:

No permitáis que así tomen
puesto a vista de las altas
torres de Bredá. Humillemos
esta española arrogancia.

FADRIQUE:

Pues si conocéis que somos
españoles, ¿cómo aguarda
vuestro valor que volvamos?
Pues sabéis de veces tantas,
que los españoles nunca
vuelven con cobarde infamia
de donde una vez llegaron.

MORGAN:

¡Guerra, guerra!

FADRIQUE:

¡Cierra España!
(Pelean y vanse, y salen el MARQUÉS ESPÍNOLA y los demás.)

ESPÍNOLA:

¿Qué rumor es aqueste que escuchamos?

JUAN:

Según en breves lejos divisamos,
el tercio de Medina
a la muralla tanto se avecina
que apoderado está de unos molinos,
a la puerta de Amberes tan vecinos,
que desde el muro, que asaltar promete,
distan no más que tiro de mosquete.


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ESPÍNOLA:

Pues don Vicente Pimentel acuda
luego al punto a ayudallos,
con cuatro compañías de caballos.

VICENTE:

Ya, como ha descubierto lo restante
del ejército nuestro, el arrogante
escuadrón que a estorbarlos ha salido,
y de quien hasta aquí se ha defendido,
cobarde se retira.

BARLANZÓN:

Su ligereza admira.
(Sale MEDINA.)

MEDINA:

Vitoria ofrece su temprana ruina.

ESPÍNOLA:

¿Qué es eso, don Francisco de Medina?

MEDINA:

A vista apenas de Bredá llegamos,
cuando vueltas miramos
todas las caserías,
antes que en llamas, en cenizas frías;
¡tanta la actividad era del fuego!
Divulgose la luz, y salió luego
de la ciudad a defender el paso
un valiente escuadrón que presumía
sernos estorbo; mas la compañía
de don Fadrique Bazán, que era
de todas la primera,
de tal manera el puesto ha defendido...


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ESPÍNOLA:

Don Francisco, no más; ya os he entendido.
No me alabéis a nadie que no quiero
parezcáis con verdades lisonjero;
yerra de que no han de agradecerse
a un hombre las acciones
a que nace obligado
un noble caballero, que el soldado
con empresas, trofeos y blasones,
no hace más que cumplir obligaciones:
luego ningún aplauso
en su alabanza nueva
si paga en sangre lo que en sangre deba.
Lo que yo haré será premiarles esto,
dando a los españoles ese puesto.
Y pues tan cerca de Bredá se vieron,
ya no será razón que atrás se vuelvan,
a sustentar el puesto se resuelvan,
pues a tomarle allí se resolvieron.

FADRIQUE:

Y yo, que agradecido me confieso
por tal merced, a Vuexcelencia beso
las manos.


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(Sale ALONSO LADRÓN.)
ALONSO:

A los muros ha salido
a vernos todo el pueblo.

VICENTE:

¡Y qué lucido
nos muestra sus almenas,
de variedad y de hermosura llenas!

ALONSO:

Bien parece, guardando sus decoros,
terrado de Madrid en día de toros;
pues verás, si la vista allá enderezas,
un alto promontorio de cabezas.
(En lo alto MORGAN y JUSTINO, FLORA y LAURA, CARLOS y ALBERTO.)

LAURA:

Llégate a ver el campo numeroso,
que es a los ojos un objeto hermoso
que suspende y divierte.

FLORA:

En nuestra ruina su rigor se advierte.


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ESPÍNOLA:

El marqués Barlanzón con un trompeta
llegue de paz al muro,
y a su gobernador haga seguro
el intento que tengo,
y con la gente a sitiarle vengo;
que, si quiere entregarse,
y en buena guerra a tal partido darse,
se admitirá; y si no se rinde luego,
le tengo de abrasar a sangre y fuego.

BARLANZÓN:

Toca, trompeta, y vámonos llegando.
(Tocan.)

JUSTINO:

De paz se va a los muros acercando
con un trompeta un hombre.
Haré que mi respuesta les asombre.

MORGAN:

Si es en la guerra ceremonia usada
pedir así partidos,
muertos nos han de ver, y no vencidos.
Al cañón prevenido el fuego apresta,
y lléveles su muerte la respuesta.
(Disparan.)

ESPÍNOLA:

Del muro dispararon.


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VICENTE:

Y a Barlanzón en el suelo derribaron.

JUAN:

Herido y arrastrando por la tierra,
se va acercando más.

ESPÍNOLA:

A retiralle,
valientes caballeros, acudamos.

ALONSO:

Téngase Vuexcelencia, que aquí estamos
mil soldados que iremos,
y la ciudad y todo nos trairemos.
(Vanse algunos a retiralle.)

ESPÍNOLA:

Bien nos ha recibido
Bredá; yo pienso que esta salva ha sido
adelantada y gloria,
que publica con fiesta mi vitoria.
(Sacan a BARLANZÓN en hombros.)

FADRIQUE:

¿Qué fue, Marqués?


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BARLANZÓN:

¿Ha visto Useñoría
por ahí ciento y cincuenta
diablos que llevan una pierna?
Pues eso fue, no es nada,
una pierna no más de una bolada.
¿Qué piensan estos perros luteranos?
¿Piernas me quitan y me dejan manos?

ESPÍNOLA:

Retírese el Marqués, ¡oh cielo, cuánto
sentí su pena!, en tanto
que en tres partes su ejército dispongo
y al señor don Gonzalo le propongo
el intento que tengo prevenido;
que yo, de sus consejos advertido,
de mi celo ayudado,
en la fe de Filipo confiado,
vencer dichoso espero,
y más cuando al principio considero
que es tan dichoso el día
en que tan alta empresa determino;
pues día de Agustino
será felice contra la herejía,
porque el piadoso celo
desta divina hazaña
dé triunfos a la fe, glorias al cielo,
opinión a Filipo y honra a España.


Jornada II
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Salen descubriendo a ESPÍNOLA en una tienda escribiendo, y LADRÓN a un lado.
ESPÍNOLA:

Alonso.

ALONSO:

Señor.

ESPÍNOLA:

Ninguno
llegue a hablarme, porque tengo
mil cosas que despachar
a España, cuando me veo
cercado de obligaciones
y de mil cuidados lleno.

ALONSO:

Manda que no hagan ruido
en la ciudad; porque pienso
que no te deje escribir
el que tienen allá dentro.

ESPÍNOLA:

¿Cómo?

ALONSO:

Están haciendo señas
desde esos muros soberbios
con chinillas de a cincuenta
libras de plomo, lloviendo
sobre nosotros granizo
de pólvora, tan espeso
que estorba el humo a la vista
más que la ilumina el fuego.


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ESPÍNOLA:

Al ruido escribiré,
que si en Julio César leo
que en la guerra le tocaban
un harpa, a cuyos acentos
escribía sus vitorias,
yo que vitorias no tengo
escribiré mis cuidados,
incitados de los ecos
del bronce, si no más dulce,
más apacible instrumento.
(Disparan.)

ALONSO:

¡No es nada! Todos los diablos
deben de andar allí dentro;
que tanto fuego no puede
salir sino del infierno.

ESPÍNOLA:

Esta la Gaceta es
por donde advertirme quiero.
Dice así: «Milán. El duque
de Feria, gran caballero,
salió con veinte mil hombres».
Y no es el mundo pequeño
trofeo de su valor.
(Disparan.)


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ALONSO:

¡Oh, cuál silban por el viento
los pajaritos de plomo!

ESPÍNOLA:

«Nápoles. El de Alba ha puesto
toda su gente en campaña».
¡Que nunca guerras se vieron
sin señor deste apellido
ni soldado de Toledo!
(Disparan.)

ALONSO:

Tira, que un doblón te cuesta
cada tiro. Este consuelo
no me le podrás quitar.
Juro a Cristo que me huelgo.


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ESPÍNOLA:

«El Brasil. Las dos armadas
desde Lisboa salieron
con la más lucida gente
que se ha visto». ¡Quiera el cielo
tengan el fin que desean!
«Génova (con temor leo)
oprimida está del duque
de Saboya, porque ha puesto
su campo a dos leguas della,
y aun llegado su esfuerzo...»
Yo sé bien que no llegara,
si yo estuviera. Mas vuelvo
a mirar dónde llegó.
«A la montaña que ha puesto
naturaleza por guarda
de sus edificios, siendo
rústico muro que sirve
de coluna al firmamento».
Perdone el valor, la envidia
perdone, si me enternezco
con tal nueva, que tal vez
es valor el sentimiento;
y mi patria me perdone,
si visto bruñido acero
y no es en defensa suya;
que aunque tuviera por cierto
que había, caso imposible,
de ser humilde trofeo
de las vencedoras armas,
que tantas veces pudieron
serlo de España, piedad
de su generoso pecho.


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ESPÍNOLA:

Y aunque supiera también
que bastara a defenderlo
mi persona, no dejara
la empresa que en Flandes tengo,
por mi patria, por mi honor,
ni por mi vida. No puedo
al Rey servirle con más,
ni agradecerle con menos.
Génova tiene su amparo,
pues, ¿qué temor, qué recelo
puede ocuparla, si solo
el nombre de España ha puesto
terror al mundo, tocando
con sus manos sus extremos?
Díganlo Italia, el Brasil,
y Flandes, que a un mismo tiempo
embarazados con guerras,
su poder están diciendo.
¿Qué mucho, pues, que un monarca,
que a un tiempo tiene docientos
mil hombres en la campaña,
peleando y defendiendo
la fe, pida a sus vasallos
ayuden al justo celo,
sirvan a la acción piadosa
de tan religioso efeto?
El alma y la vida es poco,
que la hacienda de derecho
natural es suya; aunque
a su dilatado imperio
sirva de testigo el sol,
sin que le falte un momento.


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(Sale un INGENIERO.)
INGENIERO:

¿Qué hace su Excelencia?

ALONSO:

Agora
su Excelencia está escribiendo.
No puede hablarse.

INGENIERO:

Mandome
que ahora viniese.

ESPÍNOLA:

¿Qué es eso?

ALONSO:

El ingeniero está aquí.

ESPÍNOLA:

Ve tú, llámame al momento
a don Gonzalo Fernández
de Córdoba, porque tengo
que aconsejarme con él.
Vaya diciendo, maestro,
¿en qué estado están las barcas?

INGENIERO:

Señor, doce barcas tengo...


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ESPÍNOLA:

Bien le oigo, pero escribo,
porque no perdamos tiempo.

INGENIERO:

Sobre el río fabricadas,
que llaman barcas de fuego.

ESPÍNOLA:

Ya sé del modo que son.
Tiene cada una dentro
gran turba, que así se llama,
de piedras, árboles gruesos,
peñascos, piezas quebradas,
tierra, vigas, plomo y hierro.
Estas tienen solo un hombre
cada una; y él, en viendo
que se acerca el enemigo,
no hace más que pegar fuego,
y arrojarse al agua; ella
empieza a encenderse luego,
arrojando de sí cuanto
encierra su vientre y siendo
un Etna de fuego horrible.

INGENIERO:

Estas tienen solo un riesgo.

ESPÍNOLA:

Es, ¿que no vengan a nado
los enemigos? Ya siento
la ocasión, las mismas armas
nuestras les sirvan a ellos.


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INGENIERO:

Sí, pero un remedio tiene.

ESPÍNOLA:

Eso se remedia haciendo
una estacada en el río
de muchos árboles, puestos
en puntas unos con otros,
llenos de puntas de acero,
para que topando en ellas
ovas o hombres, al momento
se hagan dos mil pedazos.
¿No quiere decirme esto?
(Salen DON GONZALO y LADRÓN.)

GONZALO:

¿Qué me manda Vuexcelencia?

ESPÍNOLA:

Vaya a trabajar, maestro,
yo iré por allá después.
Señor, un negocio quiero
tratar con Vuexcelencia,
para tomar su consejo.
La señora Infanta escribe
que ha sabido por muy cierto
que el príncipe de Polonia
viene a Flandes, con intento
de ver el sitio famoso
que a Bredá tenemos puesto.
Vuexcelencia me diga,
¿qué entrada, recibimiento
y salva le hemos de hacer?
Advirtiendo que es afecto
a España, y que en Roma ha estado
de su parte, y después desto,
que es Príncipe soberano
y señor de dos imperios.


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GONZALO:

Pues lo que se debe hacer
es que el de Vergas, fingiendo
una batalla trabada,
saque en su recibimiento
toda la caballería
dos leguas de Bredá, luego
el conde de Salazar
tenga los arcabuceros
a una legua, y con la salva
real le reciban, haciendo
que al punto la artillería
responda en confusos ecos.
Junto a la tienda, señor,
de Vuexcelencia, al derecho
lado se levante otra,
donde al Príncipe esperemos
los maeses y capitanes,
los cabos y los sargentos,
con Vuexcelencia; después
en sus acciones veremos
lo que se debe advertir.

ESPÍNOLA:

Paréceme buen acuerdo.


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(Sale DON VICENTE.)
VICENTE:

Otra vez han intentado
hacer con un terrapleno
los de la muralla un dique;
y debe de ser su intento,
que como las ondas bajan
retardando y deteniendo
su curso, venga a verter
sobre el ejército nuestro
todo el río y anegarnos.

GONZALO:

Vuexcelencia para esto
puede hacerle nuevas madres
al río, para que al tiempo
que se vaya rebalsando,
tomando otro curso nuevo
no pueda ofendernos.

ALONSO:

Yo
diera un arbitrio más bueno
para impedirlo.

ESPÍNOLA:

Y, ¿cuál es?


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ALONSO:

Pusiera allí los tudescos,
y dijérales: «El dique
que veis se derribe luego
o moriremos ahogados».
Que yo aseguro que ellos,
por no beber agua, vayan
a derribarlo al momento.
(Sale BARLANZÓN con pierna de palo.)

BARLANZÓN:

Señor, unas buenas nuevas
traigo.

ALONSO:

Y aun no es caso nuevo
que, siendo buenas, caminen
con pies de palo.

ESPÍNOLA:

Ya espero
a saber qué son.

BARLANZÓN:

Enrique
de Nasau su gente ha puesto
a la vista nuestra y dice
que ha venido con intento
de meter en la ciudad
socorro. Agora veremos
si esto es guerra o si es estarnos
con las manos en el seno.


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ESPÍNOLA:

El conde de Salazar
salga a campaña al momento
con el escuadrón volante,
y estense los tercios quedos,
vengan por donde vinieren;
que no será buen acuerdo,
por acudir a una parte,
las otras desamparemos.
(Sale DON FADRIQUE BAZÁN.)

FADRIQUE:

Por la tierra y por el agua
quieren meter el sustento
dentro de la fortaleza.

ESPÍNOLA:

Pues, don Fadrique, ¿qué es eso?

FADRIQUE:

Barcas vienen por el río
con gente y socorro.

ESPÍNOLA:

Esto
me da más cuidado. Al punto
sobre aquel fuerte que ha hecho
Pablo Ballón, cuatro piezas
se pongan. ¡Pluguiera al cielo
tuviera yo la estacada
hecha, que yo sé cuán presto
se volvieran!


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FADRIQUE:

Pues, ¿qué aguardas
para que se haga?

ESPÍNOLA:

Temo
que han quedado los soldados
sin fuerzas y sin aliento
de las fortificaciones
hechas en tan breve tiempo,
y no querrán trabajar.

VICENTE:

Pues cuando no quieran ellos,
¿aquí no estamos nosotros?

FADRIQUE:

¿Qué esperamos, caballeros?
Nosotros hemos de ser
a esta facción los primeros.

GONZALO:

Así a nuestra imitación
veréis como acuden luego
los soldados.


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(Toman todos espuertas, azadones y hachas.)
FADRIQUE:

Vengan hachas
y azadones, poblaremos
ese caudaloso río
destos árboles, haciendo
las ondas senda inconstante
a los suspiros del viento.

VICENTE:

Esta amena población
de los montes traslademos
a las olas, y parezcan
errantes bosques amenos.

GONZALO:

Unos corten y otros lleven
los secos árboles.
(Disparen y cae la tienda.)

ALONSO:

¡Cielos!,
desquiciados de los polos
se trastorna el firmamento.

ESPÍNOLA:

Una bala es que se ha entrado,
derribando y deshaciendo
grande parte de mi tienda.


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BARLANZÓN:

¡Miren qué poco respeto!
¡Sin licencia se nos entran
a conversación!

ESPÍNOLA:

A los cielos
doy gracias que vivo estoy.

ALONSO:

Si no te hizo mal, lo mismo,
aunque haya dado a tus plantas,
fuera haber dado en Toledo.

ESPÍNOLA:

¡A la estacada, soldados!

FADRIQUE:

Ya los españoles puestos
están para trabajar.

VICENTE:

Ya los rudos instrumentos
truecan las doradas armas.

ESPÍNOLA:

¡Oh españoles, oh portentos
de la milicia y asombro
del mismo Marte! Yo espero,
en vuestro valor fiado,
que he de unir los dos imperios,
siendo escudo de Filipo
el águila de dos cuellos.


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(Vanse, y salen LAURA y FLORA.)
LAURA:

Es la fama sol que dio
en una sutil vidriera;
pues aunque el sol quede fuera,
el resplandor penetró.
A mis oídos llegó,
guardándome a mí el decoro
que en estos casos ignoro,
el nombre de un caballero
que no le he visto y le quiero,
no le conozco y le adoro.
Mas para informarme dél,
si es mi pena venturosa,
baste que es, ¡oh Flora hermosa!,
español y Pimentel.
Aquel agrado y aquel
noble y discreto apellido,
¿qué pecho no le ha rendido?,
¿qué gusto no se ha inclinado?,
¿qué libertad se ha negado?,
¿qué afición se ha resistido?


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FLORA:

Parecidas, Laura, son
tu desventura y la mía.
Libre del amor vivía,
cuando su dulce pasión
hizo en el fuego impresión;
pues en abismo tan fiero
yo vi un cortés caballero,
que, aunque en el alma le imprimo,
no sé quién es y le estimo,
no le conozco y le quiero.
Y porque las dos estemos
satisfechas en los daños
de los confusos engaños
que igual las dos padecemos...
Mas ¿qué notables extremos
nos causan nuevos enojos?
(Sale ESTELA.)

ESTELA:

Esos hermosos despojos,
esparcidos por el viento,
den suspiros a mi aliento,
den lágrimas a mis ojos.

FLORA:

Estela, ¿qué es esto? ¿Así
haces extremos tan graves?

ESTELA:

Tú que me consuelas, ¿sabes
la causa que tengo?


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FLORA:

Sí,
sí la sé, pues que perdí
la libertad que perdiste,
vi los rigores que viste,
y lloro tu mismo mal;
porque es a todos igual
una desdicha tan triste.

ESTELA:

Según eso, ¿ya has sabido
el bando que han publicado
Morgan y Justino?

FLORA:

Ha estado
suspenso y mudo el sentido,
en sus penas divertido.
Pero, ¿qué nueva impiedad
mandan?

ESTELA:

Que de la ciudad
salgan, ¡qué torpes consejos!,
los mancebos y los viejos
que tuvieren en su edad
a menos de quince años
y a más de sesenta.


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FLORA:

¡Ay Dios!
Que en ese bando los dos,
padre y hijo, que mis daños
con amorosos engaños
hacen dulces, comprehendidos
están.

ESTELA:

Hoy verás perdidos
consuelos tan desdichados,
pues hoy saldrán desterrados,
de su patria aborrecidos.
Mas ¿para qué a decir llego
lo mismo, Flora, que ves?

FLORA:

Si esta mi desdicha es,
ya en mis lágrimas me anego.
(Salen MORGAN tras el padre, JUSTINO tras el hijo.)

MORGAN:

Salid de la villa luego.

ALBERTO:

¡Ay de mí! ¿Podré sufrir
mi muerte?

JUSTINO:

Habéis de salir.


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CARLOS:

Señor, advierte...

JUSTINO:

Ya está
advertido.

FLORA:

¿Quién podrá
tantos golpes resistir?
¿Posible es que sus tiranas
fuerzas no templen sus daños
a la piedad destos años
y al respeto destas canas?
Las fieras más inhumanas
tienen respeto y amor;
pues, ¿qué furia, qué rigor,
con injusto parecer,
hoy ha pretendido hacer
nuestra desdicha mayor?
¿Qué importa una y otra vida
tan triste, tan desdichada,
una, sin razón cortada;
otra, sin razón rompida?
Del céfiro la atrevida
furia marchita el candor
del más vivo resplandor;
que no es trofeo bastante,
Justino, una flor infante,
Morgan, una helada flor.


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JUSTINO:

Madama, piadoso intento,
que no cruel, los destierra;
que inútiles en la guerra,
no han de comer el sustento
de aquellos cuyo ardimiento
hoy resistirse pretende
al poder que nos ofende;
porque un viejo nos lastima,
un niño nos desanima
y un soldado nos defiende.
Minando una peste va,
de que estamos todos llenos;
y siendo la gente menos,
menos su furia será,
el sustento durará
más ya; que esto se imagina
en la dieta medicina,
porque no llegue a tocar
la peste al cuerpo, a cortar
un brazo se determina.
Y en reparo natural,
cuando un golpe se endereza
a herirnos en la cabeza,
la mano acude leal
como parte principal.


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JUSTINO:

Así resistir podremos
estos bárbaros extremos;
que es bien, pues tales estamos,
porque todos no muramos,
que la mitad nos matemos.
Y porque los expelidos
quejas no puedan tener,
tu hijo y padre han de ser
en el bando comprehendidos.
Pero a tus quejas movidos,
viendo que la pena airada
se mira en ti duplicada,
quiero en tan triste fortuna
seas comprehendida en una,
y en otra privilegiada.
Escoge, presentes tienes
los dos, y siendo hija y madre,
tienes hijo y tienes padre.
Determina a quién previenes
la vida, y si te detienes,
quizá no tendrás lugar.
Sola te quiero dejar,
en tanto que a arrojar voy
el puente, un hora te doy
para poderlo pensar.
(Vanse MORGAN y JUSTINO.)


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FLORA:

¿Adónde podré volver,
¡cielos!, en tantos enojos,
si a todas partes los ojos
tienen desdichas que ver?
¿A quién he de responder
cuando me llaman iguales
dos afectos principales,
dos impulsos diferentes,
dos aprehensiones vehementes,
dos acciones naturales?
No sé qué hacer, ¡ay de mí!
Mi vida o mi muerte ignoro.
Aquí me llama el decoro
de padre, el amor allí
de hijo, de aquel recibí
el ser, que he de conocer;
pero a aqueste le di el ser,
que he de aumentar generosa.
¿Qué elección es más piadosa,
obligar o agradecer?

CARLOS:

¿Qué es lo que dudosa y triste
esperas para nombrarme?
Pues a mí puedes quitarme
la vida que tú me diste;
no aquel ser que recibiste
puedes en esta ocasión
negar, y es más noble acción
asistir con la piedad
antes que a la voluntad,
señora, a la obligación.


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ALBERTO:

Si a la obligación debemos
asistir siempre, ¿no ves
que, aumentar nuestro ser, es
la obligación que tenemos?
Todos con esta nacemos,
y así debes acudir
a tu hijo, y eligir
su vida, porque la mía
es sombra caduca y fría,
cuando él empieza a vivir.

CARLOS:

Porque empiezo, debo ser
quien de Flora se despida;
pues teniendo menos vida
tengo menos que perder.

ALBERTO:

De otra suerte has de entender
ese modo de decir,
de pensar y discurrir,
con que convencido estás;
pues quien ha vivido más
tendrá menos que vivir.

CARLOS:

Un árbol marchito vi
del sol a las luces rojas,
y vi cortarle las hojas
porque viva el tronco así.
Rama de ese tronco fui,
muera yo y la planta viva.


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ALBERTO:

También veo al que cultiva
campos, si bien te aconseja
que el tierno pimpollo deja,
y el seco tronco derriba.

CARLOS:

¿No ves, Alberto, ese río
que por opuesto lugar
del mar sale, y vuelve al mar
como a centro helado y frío?
Pues así este curso mío
a ti ha de volver. Tú fuiste
mar, que tus ondas me diste,
de ti he nacido; y así
es justo que vuelva a ti
a darte el ser que me diste.

ALBERTO:

¿Y tú no ves el farol
que el mundo de rayos dora,
que entre la noche y la aurora
muere el sol y nace sol,
y siempre es un arrebol,
siempre es una llama ardiente?
Así una vida consiente
en dos una luz entera,
y es bien que en mi ocaso muera
para que nazca en tu oriente.


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CARLOS:

Yo soy joven, y tal vez
resistiré osado y fuerte.

ALBERTO:

Yo no temeré la muerte,
pues ya he visto a la vejez.

CARLOS:

Madre...

ALBERTO:

Hija...

FLORA:

¿Qué juez
se vio en las dudas que lucho?
Mi dolor, mi llanto escucho,
pues en tanta confusión
el que tiene más razón
es el postrero que escucho.
Cuando un acero se entrega
a dos imanes, ¡ay Dios!,
porque su violencia a dos
le inclina, a ninguno llega;
por darse a los dos, se niega;
y en trance tan importuno
respondiera solo a uno;
mas si dos causas me inflaman
el pecho, porque me llaman
dos, no respondo a ninguno.


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(Sale MORGAN.)
MORGAN:

Dime, Flora, si eligió
alguno tu voto.

LOS DOS:

Sí.

MORGAN:

¿Y a quién has nombrado?

JUNTOS:

A mí.

MORGAN:

¿Quién va desterrado?

JUNTOS:

Yo.


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FLORA:

Escucha, Morgan, que a uno
hice de mi voto empleo;
que cuando nombrar deseo
el uno, y me determino,
al primero que me inclino,
es al postrero que veo.
Pero si atento al juicio
de mi voz el mundo está,
en mis extremos verá
que doy de mi honor indicio.
Sea triste sacrificio
un hijo al piadoso altar
de un padre, porque al juzgar
en tan grande confusión,
será más noble elección
agradecer que obligar.
Carlos, Carlos, tú has de ser
de mis brazos desterrado,
tú, ciegamente entregado,
de la villa has de salir.

CARLOS:

Yo voy contento a morir.
Dame, madre, mil abrazos
antes que tan breves lazos
pueda la muerte romper,
puesto que no me he de ver
otra vez en estos brazos.


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MORGAN:

Vamos, pues.

ALBERTO:

A mi dolor
ninguna desdicha iguala;
¿qué sentencia fuera mala,
si trujo tanto rigor
la sentencia en mi favor?
¡Oh, mal haya la importuna
estrella, que sin ninguna
piedad me influyó al nacer
larga vida, para ser
objeto de la fortuna!
¡Plega a Dios que en sus historias,
Bredá, escriban mil naciones
con tus ruinas sus blasones,
con tu sangre sus vitorias!
Cubra el olvido tus glorias,
y si alabanzas deseas,
postrados tus muros veas;
corra sangriento el confín
tu misma sangre, y al fin
desierta campaña seas.
¡Esas azules banderas,
que aspas queman en las luces
del sol, con las rojas cruces
entapicen sus esferas!
¡A tus mismas ansias mueras,
siendo una venganza extraña
fin desta infelice hazaña!
Y porque todo lo tengas,
¡plega a los cielos que vengas,
Bredá, a ser del rey de España!
(Vanse.)


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(Sale el PRÍNCIPE DE POLONIA y ESPÍNOLA, y todos los que pudieren acompañándolos, atabales y trompetas, y al cabo chirimías, cuando salgan el de Polonia y ESPÍNOLA.)
ESPÍNOLA:

Venga tu Alteza, ¡oh Príncipe excelente!,
cuya vida felice, cuyo Estado
en quieta paz, en dulce unión se aumente
a lo voraz del tiempo reservado.
Venga tu Alteza venturosamente
en alas de su fama celebrado,
desde el dosel de su templada corte
a los helados piélagos del norte.
Aquí su fama vivían segura
las edades del pájaro fenicio,
que en llamas de su amor, en lumbre pura,
a su misma deidad es sacrificio
de aquel que se labró la sepultura
y cuna se labró, dándose indicio
de inmortal, viendo que es prodigio humano,
ascua y ceniza, pájaro y gusano.
Que yo, con verme a tus divinas plantas,
dueño me juzgaré de las estrellas,
sin prevenir la indignación de cuantas
tristes influyen, predominan bellas;
que si a tan alta esfera me levantas,
¿qué oposición podrán hacerme aquellas
sustitutas del sol, que en su porfía
son mariposas de la luz del día?


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PRÍNCIPE:

Vivas, ¡oh Ambrosio!, cuyo brazo fuerte
es repetido Marte en la campaña,
dando al mundo terror, miedo a la muerte,
a Génova opinión y honor a España,
vivas la edad del sol, en quien se advierte
un fénix celestial, que en rayos baña
las plumas, con que nueva vida adquiere,
pues nace en vós cuando en otros muere.
Que yo, después de haberte conocido,
ni glorias más ni más honor deseo;
que en tu presencia solo he conocido
más triunfos que imperios mil poseo.
¡Felice patria aquella que ha tenido
siempre tan celebrado su trofeo!
¡Felice por sus hijos su decoro!

ALONSO:

 [Aparte.]
Y más felice por su plata y oro.

PRÍNCIPE:

¿Quién es aquel prudente, aquel famoso
a quien la fama superior confiesa
a Trajano valiente y vitorioso,
en cuyos hombros dignamente pesa
el imperio español, el valeroso
don Gonzalo de Córdoba?


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GONZALO:

El que besa
tus plantas, al favor agradecido,
soberbio ya de haberle merecido.

PRÍNCIPE:

¡Vive Dios, don Gonzalo, si tuviera
un vasallo mi imperio, que segundo
a vuestro invicto abuelo conociera,
como en vós reconoce, con profundo
valor y ánimo heroico, no estuviera
reservada a mi imperio en todo el mundo
parte, desde la India a la Noruega,
donde se ofrece el sol, donde se niega!
¿Y en qué estado, Marqués, está la fuerza?
¿No se rinde la villa?

ESPÍNOLA:

Es imposible
que se pueda ganar jamás por fuerza;
que es su muro, señor, inacesible.
Mas no será posible que se tuerza,
mi pretensión altiva y invencible;
pues ha de ser de España, ¡vive el cielo!,
o mi sepulcro este flamenco suelo.

PRÍNCIPE:

¿Y qué nuevas de dentro habéis tenido?


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ESPÍNOLA:

Vuestra Alteza advirtió como soldado,
algunos que rindiéndose han venido,
buenos principios de la entrega han dado.
Bastante indicio de su hambre ha sido
haber niños y viejos desterrado;
pero al salir, yo les salí al encuentro,
hice otra vez que se volvieran dentro;
que, teniendo en el río la estacada,
imposible es socorro por la tierra.
No tengo ya que recelarme en nada,
pues ellos mismos se han de hacer la guerra.
Mientras la gente es más que está sitiada,
más la vitoria en mi esperanza cierra;
ni las asalto ni combato el muro,
que estoy con más contrario más seguro.

PRÍNCIPE:

No vi en mi vida tal razón de Estado.

ESPÍNOLA:

Descanse agora un poco Vuestra Alteza;
saldrá después, donde con más cuidado
los cuarteles verá y su fortaleza;
y de todos sus puestos informado
podrá advertirme con la sutileza
de su ingenio, porque con alta gloria
todos tengamos parte en la vitoria.
Vuestra Alteza descanse: Señor conde
de Salazar, Vueseñoría puede
al Príncipe asistir.


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LUIS:

Bien corresponde
a mi cuidado el cargo que concede
Vuexcelencia, señor.

ESPÍNOLA:

Yo voy a donde
ordene los cuarteles, porque quede
admirado de ver grandeza extraña.

PRÍNCIPE:

El mayor rey del mundo es el de España.
(Sale el SARGENTO mayor.)

LUIS:

El Sargento mayor hablarte quiere.

SARGENTO:

Vengo a que Vuestra Alteza me dé el nombre.

PRÍNCIPE:

¿Qué nombre os he de dar?

SARGENTO:

El Marqués quiere
que Vuestra Alteza, y esto no le asombre,
gobierne todo el tiempo que estuviere
en su ejército.


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PRÍNCIPE:

Digno de renombre
es el Marqués, decilde que yo debo
esta lisonja; mas que no me atrevo
a suplir la prudente fortaleza
de su ingenio, y es fuerza divertirme
de peso que oprimió tanta grandeza.

SARGENTO:

Orden expresa tengo de no irme
hasta que lleve el orden de tu Alteza.

PRÍNCIPE:

Pues no puedo a sus cargos eximirme
es bien que a obedecerle me anticipe.
Llegad, Sargento. El nombre es San Felipe.
¡Por cuántos modos tiene lisonjeros,
aunque corteses, la lisonja entrada!
¡Qué bien España hospeda forasteros!
(Disparan.)

LUIS:

Y aun es en hospedarlos desgraciada.

PRÍNCIPE:

¿Qué salva es esta agora, caballeros?

LUIS:

La vianda, que pasa aderezada
donde te está esperando.


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PRÍNCIPE:

¡Oh españoles,
de cortesía y de milicia soles!
(Vanse.)
(Quédanse DON VICENTE y DON FADRIQUE y LADRÓN.)

FADRIQUE:

Con la libertad que ofrecen
las treguas al bronce dadas,
las murallas coronadas
de hermosas damas parecen.

VICENTE:

Vámonos llegando al muro,
donde todos los soldados,
galanes y enamorados,
se acercan con el seguro
que tanta quietud consiente.

FADRIQUE:

Dos damas hermosas vi
hacia esta parte.

ALONSO:

Y aquí
advierta el piadoso oyente
que esto desta suerte pasa,
cuando la guerra está quieta,
y que no pone el poeta
la impropiedad de su casa.


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(Salen a la muralla FLORA y LAURA apartadas.)
FLORA:

Yo vengo en esta ocasión
a la muralla, por ver
a quien he de agradecer
aquella pasada acción
de haberme vuelto a mi hijo
a mis brazos.

LAURA:

Y yo vengo
por ver si en algo entretengo
el dolor en que me aflijo.

VICENTE:

Llegaos vós a aquella parte,
que en esta me quedo yo.

FADRIQUE:

Mil veces el cielo vio
juntos a Venus y a Marte;
y así no es notable error
que hagan unión tan segura
el rigor con la hermosura,
la guerra con el amor.

LAURA:

Los que le fingen valiente,
para que el nombre le cuadre,
le dan a Marte por padre,
que su orgullo no consiente
ser hijo de un vil herrero.


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FLORA:

Vós no debéis de saber
las leyes que ha de tener
por precepto el caballero
que aquí se fingiere amante.

VICENTE:

Sí sé.

FLORA:

¿Sois español?

VICENTE:

Sí. ¿En qué lo visteis?

FLORA:

Lo vi
en que sois tan arrogante.
No queréis ignorar nada,
todo a su brío lo fía
la española bizarría,
con presunción confiada.

ALONSO:

Aunque os habéis engañado,
¿quién argüiros podrá?
Cuando vuestro ingenio está
aquí tan sutilizado,
que la agudeza que escucho
no es muy grande.


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FLORA:

¿En qué lo veis,
soldado?

ALONSO:

En que no coméis,
y el hambre adelgaza mucho;
tanto, que es obligación
que cualquiera sea discreta.

FLORA:

¿Y por qué?

ALONSO:

Porque en la dieta
tenéis voto y opinión.

FLORA:

Con el hambre a veces lucho,
que vós no sufrierais quedo.

ALONSO:

¿En qué lo veis?

FLORA:

En el miedo,
que el miedo acredita mucho
las cosas, y se os hiciera
mucho mayor de lo que es.
 [Aparte.]
Mas, alma, ¿qué es lo que ves?
¡Ay pena celosa y fiera!
Con Laura está el caballero
que a mí la vida me dio.
No fui tan dichosa yo,
entre amor y celos muero.


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LAURA:

¿Cómo os llamáis?

FADRIQUE:

Don Fadrique
de Bazán me llamo.

LAURA:

 [Aparte.]
¡Ay Dios!
No sois el fingido vós,
con lo imposible me engaño:
¿cómo sabré si es aquel
don Vicente Pimentel?

FADRIQUE:

 [Aparte.]
O finge a la vista engaño
la muralla desde aquí,
o aquella la dama es
a quien piadoso y cortés
vida en los casares di.
¿Cómo la pudiera hablar?

FLORA:

 ([Aparte.]
Yo no puedo sufrir, ¡cielos!,
a mis ojos tantos celos.
Trocaré a Laura el lugar.)
¡Ah Laura! ¿Queréis feriarme
ese lugar por el mío?
Que de cierto desvarío
pretendo así asegurarme.


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LAURA:

Sí. Dad licencia, que os doy
la palabra de volver.
 [Aparte.]
Así pretendo saber
si es aquel.

FADRIQUE:

Como quien soy
que no he visto, don Vicente,
mujer en toda mi vida
tan cortés, tan entendida,
tan hermosa y tan prudente.
Troquemos lugar ([Aparte.] Así
le obligaré que me dé
el que deseo); porque
gocéis de su ingenio aquí
un rato.
(Truécanse todos.)

VICENTE:

De buena gana,
y aun la dama y todo os diera,
porque esta es muy bachillera,
muy presumida y muy vana.

FLORA:

Faltándoos dama tan bella,
diréis gallardo español
que en el ausencia del sol
os ha salido una estrella.


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VICENTE:

No diré, pues advertido
en engaño tan confuso,
sol, que una vez se me puso,
otra vez me ha amanecido.

FLORA:

 [Aparte.]
¡Ay de mí! En vano procura
amor nuevas glorias ya
con mudarse, que no está
en el lugar la ventura.

LAURA:

Mil deseos que en mí están
luchando por conoceros,
me traen, caballero, a veros.

FADRIQUE:

Don Fadrique de Bazán
os dije que me llamaba,
y aquesto os vuelvo a decir,
que no tengo de mentir.

LAURA:

Pues, ¿qué causa os obligaba
a mudaros?

FADRIQUE:

La que a vós.


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FLORA:

Siempre los discursos van
a su principio, si están
en un pensamiento dos.

ALONSO:

¿Y qué es vuestro pensamiento
en las mudanzas que hacéis?
Sin duda fantasmas veis
con el desvanecimiento.

FLORA:

Si os tengo de responder,
llegaos más, porque os entienda.

ALONSO:

¿Llegarme? ¡Dios me defienda!
Que eso es lo que no he de hacer.

FLORA:

Pues parlar no será justo,
que a mí dar voces me cueste.

ALONSO:

Sí, que estáis llenas de peste,
aunque es peste de buen gusto.

FLORA:

En mí aquesos accidentes
no se dejan conocer.


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ALONSO:

No, que si no hay que comer,
no echareis menos los dientes.
Pero confesadme a mí
si el amor la causa fue
desta mudanza.

FLORA:

No sé
cómo deciros que sí.

ALONSO:

Hambre y amor imagino
en este instante, ¡por Dios!,
que debéis de ser las dos
damas de hijos de vecinos.

FLORA:

¿Por qué?

ALONSO:

Las más celebradas,
en necedades tan ciertas,
siempre las veo muy muertas
de hambre y muy enamoradas.
Pero ¿qué ruido es aquel,
de cajas y de trompetas?


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(Tocan cajas.)
FADRIQUE:

El príncipe de Polonia,
que ya sale de la tienda
a visitar los cuarteles.
Dadnos, señoras, licencia.

FLORA:

¿Volveréis a vernos?

FADRIQUE:

Sí.
¿A qué horas?

ALONSO:

A cualquiera,
si no es a la del comer,
porque no conocen esta.

FADRIQUE:

Yo vendré.

FLORA:

Pues no os mudéis
otra vez, por vida vuestra;
que el mudarse a mí me toca
por ser mujer.

FADRIQUE:

Norabuena,
firme seré.


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FLORA:

Yo también.

LAURA:

¡Quién a vuestro campo fuera
a ver la fiesta!

ALONSO:

A comer,
diréis mejor; pero vengan
con sola una condición.

FLORA:

¿Cuál es?

ALONSO:

Que en una talega
traigan toda su comida;
bien cabrá, aunque sea pequeña,
porque no nos quedan menos
enemigos en la fuerza.


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(Quítanse del muro, y salen tocando chirimías el PRÍNCIPE [DE] POLONIA y ESPÍNOLA con acompañamiento.)
ESPÍNOLA:

Esta, Príncipe excelente,
es Bredá invencible, esta
es del rebelde enemigo
la más importante fuerza.
Yace en los Países Bajos,
donde los confines cierran
de Batavia, de Celandia
y Brabante; bien lo muestra
el río, que decir Marche
en flamenco idioma suena
lo que término o confín
en la castellana lengua.
Está en altura del polo
cerca del norte cincuenta
y un grados, bien sus influjos
destemplados aires muestran.
Escritos en triangular,
y sírvese por tres puertas,
de Cinequen, de Valduque
y de Amberes; hay en ellas
diez soberbios baluartes
que la guardan y defienden,
de Masfelt y de Lamberto,
Nasau, Mauricio, a quien llegan
Norte, Holanda, Honoc, Locros,
Bernebelt y Blanquenvega.


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ESPÍNOLA:

Los tres están repartidos
entre la gente francesa
y valona; están a cargo
de un coronel que sustenta
toda esa máquina en peso,
que es hombre de inteligencia,
muy altivo y ingenioso,
y que si por él no fuera
se hubieran rendido, tanto
los anima y los alienta;
Morgan se llama, es inglés.
Los otros tres los gobiernan,
con gente de los países,
Oteribe y Gris, y quedan
cuatro al señor de Loqueren.
Justino de Nasau muestra,
gobernador de la villa,
gran valor y gran prudencia.
Tiene dentro un sumptuoso
templo, donde se celebran.
Predicar permite aquí
que torpedad de la lengua,
que mudo falte el acento,
y quede la luz suspensa.
Predicar, habiendo sido
con piedad y reverencia,
culto del mayor milagro
que ha obrado la Omnipotencia,
hoy a restaurar su templo
negando a tantas ofensas.


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ESPÍNOLA:

Tres fosos tiene en sus muros,
que aquí distantes la cercan,
y llena de fuego y agua,
es centro de tres esferas.
Fundada está sobre el mar,
siendo sus ondas soberbias,
aun a los rayos de Joven
inexpugnable defensa;
y con estar sobre el agua,
a tanto el ingenio llega
de su belicosa gente,
nacida, en efeto, en tierra
donde la escuela de Marte
tiene por primera escuela,
donde antes que hablar, aprenden
a pelear, pues las primeras
voces que escuchan naciendo,
son las cajas y trompetas.
A tanto llega, en efeto,
su ingeniosa diligencia,
que están minados de suerte,
que si asaltarla quisiera,
siendo posible ganarla
por las armas, no lo fuera
reducir a cantidad
de números y de cuentas
la gente que nos costara
ganar un palmo de tierra.


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ESPÍNOLA:

Es capaz, caso notable,
de cien mil hombres de guerra;
pues hoy, con haberse muerto
de una grave pestilencia
más de ochenta mil personas,
quedan más de otras ochenta.
Tiene mucho bastimento,
y cuando no le tuvieran,
esta es gente que en las calles
cavan, cultivan y siembran;
y aquí unas rústicas plantas
son tan fértiles, que llevan
en breves días el fruto,
de que a veces se sustentan.
Tienen siempre en abundancia
para los caballos yerba;
labran la pólvora dentro,
de suerte, que no desean
sino solo libertad;
¡quiera Dios que no la tengan!
De fuera de la ciudad
bien ha visto Vuestra Alteza
los cuarteles; pero quiero,
porque más noticia tenga,
referirlos. Tiene el sitio,
cosa en nuestros tiempos nueva,
pues no le vieron mayor
en los suyos Troya y Grecia.


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ESPÍNOLA:

Tiene en torno treinta millas,
que son castellanas leguas
diez; y de suerte que dista,
por la geometría hecha
la demostración, del muro
nuestro campo apenas media;
que, aunque a dos y medio toca,
y en rectitud no pudiera
estar tan cerca; por eso
en la figión se cuentan
del diámetro las líneas
con las puntas y las cuestas.
Hízose el sitio tan grande,
porque, estando en esta tierra
tan pujante el enemigo,
de ningún modo pudiera
cercarlos. Y es la razón,
yo lo he visto en la experiencia,
si para una villa sola,
que tiene apenas dos leguas
de contorno, gasto diez
para cercarla; diez, fueran
por la multiplicación
menester más de docientas.
Y si diez, sesenta y cinco
mil hombres tengo, no hubiera
para las docientas gente
en toda Europa. Bien hecha
está la demostración,
más de un desvelo me cuesta.


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ESPÍNOLA:

Son las fortificaciones
todas labradas a prueba
de cañón, y los dividen
tres graduadas hileras,
inferior y superior
y mediana; de manera
que pasean tres soldados
a un mismo tiempo por ellas.
En el valle de Ginequen,
que es este, puse mi tienda,
que es un portátil alcázar,
y está del muro tan cerca,
que ya he visto algunas veces
entrar sus balas en ella.
De mi cuartel a la espalda
está un colegio y iglesia
de los padres jesuitas,
que hasta aquí su celo llega.
Aquí con gran devoción
los sacramentos frecuentan;
que es bien acuda por armas
el que por la fe pelea.
Más abajo, algo inclinada
hacia la mano derecha,
guardada de artillería
la frente está de banderas;
son ciento y noventa, y luego
empiezan a formar vuelta
los tres tercios españoles,
gente bizarra y experta.


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ESPÍNOLA:

Don Juan Claros de Guzmán,
ya se sabe su nobleza,
don Francisco de Medina,
don Juan Niño. Luego empiezan
regimientos alemanes,
y en una pequeña huerta
el conde Juan de Nasau,
que es su cabo, se aposenta.
El barón de Barlanzón
con los italianos cierra
el primero fuerte real
del oriente; mas afuera,
el marqués de Barlanzón.
Fue la causa que estuviera
doblado aqueste cuartel,
que a esta parte tuvo puesta
Mauricio su gente; así,
para mayor resistencia,
se pusieron tres naciones
por esta parte, que eran
borgoñones y valones
y los italianos. Esta
es del príncipe de Orange,
una quinta hermosa y bella;
es casa de recreación
suya, cuyas plantas besa
el río; por aquí sale
de la villa con más fuerza
despeñado, y a este llaman
el bosque de las cigüeñas.


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ESPÍNOLA:

Aquí tengo yo una inclusa
labrada para que vierta
toda su corriente el río;
porque estando el mar tan cerca,
pudiera ser de algún daño
cuando a dar tributo llega,
corriendo del mediodía
su caudalosa soberbia
al setentrión. De aquí
se ha cogido el agua llena
de veneno, que en la villa,
virtud de posibles yerbas,
avenenaron el río,
en cuyos hombros se asienta
el segundo fuerte real.
Luego, hasta el tercero, empiezan
otra vez los alemanes,
cuyo número a su cuenta
tiene el marqués de Braibones,
gente del país de afuera,
y liegeles siguen luego,
haciendo que les sucedan
irlandeses, escoceses,
y ingleses, con lo cual llega
al fuerte real de Occidente,
las fabricadas trincheas.
El marqués de Belveder
con más italianos muestra
su poder aquí; y por ser
el camino de Bruselas
esta parte, no se ha puesto
aquí tanta resistencia.


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ESPÍNOLA:

Este es un brazo del río,
y al término donde llega
a incorporarse, está el puente
de barcas de fuego. Estas
son cada una un volcán,
que por instantes revientan
llamas, que entre fuego y humo
opuestas al cielo vuelan.
Tiénelas Pablo Ballón,
y en el puente hay cuatro piezas;
de modo que por el río
es imposible que puedan
meter socorro; que está
debajo del agua hecha
una estacada, porque
ya vimos que es sutileza
de ingenieros navegar
barcas del agua cubiertas.
Demás de todo, esta gente
que está en los cuarteles, quedan
veinte mil caballos fuertes,
que en volante escuadrón llegan
socorriendo a cualquiera parte,
porque en ningún tiempo sea
menester desamparar
ninguna grandeza llega.


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ESPÍNOLA:

Vuestra Alteza advierta esto,
a que el ejército tenga
de costa, que son por cuenta
seis mil doblones. ¿Qué rey,
sino el de España, pudiera
sustentarlo? Esto, sin sueldos.
¿Qué más bien? ¿Qué más grandeza?
No se ha visto en todo el mundo
tanta milicia compuesta,
convocada tanta gente,
unida tanta nobleza;
pues puedo decir no hay
un soldado que no sea
por la sangre y por las armas
noble. ¿Qué más excelencia?
¿Qué mayor blasón de España?
¡Quieran los cielos que sean,
para más honra de Dios,
propagación de su Iglesia,
alabanza de Filipo,
honor suyo y gloria nuestra!

PRÍNCIPE:

Ya ¿qué tengo que mirar?
Solo el rey de España reina,
que todos cuantos imperios
tiene el mundo son pequeños,
sombra muerta a imitación
desta superior grandeza.
Admirado y dignamente,
es bien que a Polonia vuelva
donde tenga que envidiar
tales vasallos, que emplean
su valor tan altamente
por rey, cuya vida sea,
desmintiendo a lo mortal,
como a su alabanza, eterna.
(Vanse.)


Jornada III
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Salen JUSTINO y MORGAN.
[VOCES]:

(Dentro.)
¡Ríndase la villa!

MORGAN:

Ciego
de enojo y cólera voy.

JUSTINO:

Rabiando de pena estoy,
dando con los ojos fuego.
¡Vecinos, oíd! ¿Así
el temor os sobresalta,
que ánimo y valor os falta
para resistiros?

[VOCES]:

 (Dentro.)
Sí.
(Dentro.)

[VOCES]:

No.


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(Sale FLORA.)
FLORA:

No te canses que ya es mucha
tu pretensión y tu muerte.

JUSTINO:

¿De qué modo?

FLORA:

Desta suerte,
si no lo sabes, escucha.
Después, Justino, que la dura guerra
pasó a Flandes, en tanto desconsuelo,
que no solo prodigio fue a la tierra,
sino también calamidad del cielo,
-también aquel que en sus doseles yerra
caracteres que imprime en azul velo,
con que reparte al mundo de una suerte
dádivas de la vida y de la muerte-
tanto la voluntad se ve rendida
al hambriento furor, al golpe fuerte,
que duda entre las luces de la vida,
que ignora entre las sombras de la muerte
si asiste el alma a su porción unida,
si falta desasida; y desta suerte,
como a un tiempo dolor y horror recibe,
ignora cuándo muere o cuándo vive.


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FLORA:

Cuál por las calles, ya tristes desiertos,
con la voz en los labios temerosa,
va tropezando entre los cuerpos muertos,
por llegar a los brazos de su esposa;
y allí, con los discursos más inciertos,
se quiere despedir, duda y no osa,
porque teme, al formarse la palabra,
que el alma espera a que los labios abra.
Cuál negándose al mísero sustento,
que le concede una porción escasa,
le lleva la mitad de su alimento
al impedido padre, que en su casa
camaleón se vive de su aliento,
y a nueva vida con su vista pasa;
y como la piedad duda y estima,
una vez se desmaya y otra se anima.
Cuál el cabello a su discurso deja
cubrir la espada y enlazar el cuello;
y siendo su fatiga quien la aqueja,
piensa que es quien la ahoga su cabello,
las manos tuerce y la sutil madeja
cruel aparta, y cuando vuelve a vello,
siendo lisonja de los aires vanos,
llora, y vuelve a torcer las blancas manos.
Cuál, pues, al corriente de ese río
llega a templar la desigual congoja;
bébese el mar, y viendo el centro frío
otra vez, otra vez el labio moja.
¡Qué fácilmente engaña el albedrío!
Templa la sed y el hambre le acongoja,
que el natural deseo de la vida
agua le da, aunque alimento pida.


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FLORA:

¿Cuántos, de esa montaña despeñados,
a su misma pasión vimos rendidos?
¿Cuántos, a su furor precipitados,
pendientes de un cordel, de un hierro heridos,
de mortales venenos ayudados,
de prolijos peñascos oprimidos?
Y, al fin, es en tormentos tan esquivos,
Bredá un sepulcro que nos guarda vivos.
Pues ¿qué alivio tenemos, qué esperanza,
si a nuestra muerte hemos de ser testigos,
y para dar a España más venganza,
somos nuestros mayores enemigos?
¿Qué favor, qué socorro, qué mudanza
enmienda podrá ser a sus castigos,
si, cuando tantas penas padecemos,
nosotros a nosotros nos vencemos?
¿Qué minas brotan de arrogancia llenas?
¿Qué encuentro padecemos fuerte y duro?
¿Qué asalto nos derriba las almenas?
¿Qué artillería nos fatiga el muro?
Nosotros nos labramos nuestras penas,
nosotros les hacemos más seguro
el triunfo. Pues ¿qué hacemos, qué esperamos?
Átropos somos, nuestra vida hilamos.
Ya Enrique de Nasau se ha retirado,
imposible el socorro me parece,
por agua y tierra el paso está tomado,
mengua el valor y la desdicha crece.
Esa nueva moneda que has labrado,
¿qué importa, si la plata no me ofrece
interés y ella misma es infelice?


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FLORA:

«Bredá sitiada por España» dice.
¿No es furor que se mate quien no espera
a que le mate el hambre dura y fuerte?
Luego es furor también de esa manera,
porque no me la den, darme la muerte.
Entre del español la furia fiera,
venza, triunfe y castigue de una suerte;
porque es furor, aunque el vivir dilate,
matarme yo, porque otro no me mate.

JUSTINO:

Madama, todo el rigor
veo, sufro, siento y lloro;
mas de la muerte no ignoro
que será muerte mejor
a las manos del valor,
que no a las del enemigo,
y así estos discursos sigo;
pero si no puede más
la humana fuerza, hoy verás
que a satisfacer me obligo
tantas quejas. No pretendo
para la esperanza mía
de término más de un día;
porque en este solo entiendo
que Enrique entrará rompiendo
el sitio que no ha podido,
que ya la gente ha venido
de Marfil. Y siendo vana
esta esperanza, mañana
nos daremos a partido.
Suframos hoy, que yo estoy
satisfecho que vendrá,
y que el socorro entrará
en la villa.


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[VOCES]:

 (Dentro.)
Solo hoy
damos de término.
(Sale LAURA.)

JUSTINO:

Soy
contento.

LAURA:

Las voces mías
penetren las celosías
de diamante y de zafir,
pues no podemos vivir
sino solos once días.

FLORA:

¿Qué es esto, Laura?

LAURA:

Han contado
el sustento que tenemos
en la villa y no podemos
con tanto límite dado
vivir, ¡qué infelice estado!,
sino once días.


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FLORA:

Pedir
que nos vamos a rendir
al campo; que no hay ninguna
triste o mísera fortuna
que no la enmiende el vivir.
¿Es Bredá acaso Numancia?
¿Pretende tan necia gloria?
¿Será la primer vitoria,
ni la de más importancia?
No es pérdida, que es ganancia
la guerra; pues ¿qué esperamos?
¿Por qué no nos entregamos?
Que no hay libertad perdida
que importe más que la vida.
Vamos a rendirnos.

TODOS:

Vamos.
(Disparan y salen LADRÓN, ESPÍNOLA, DON VICENTE, DON GONZALO y DON FRANCISCO DE MEDINA.)

ESPÍNOLA:

¡Jesús mil veces!


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GONZALO:

¿Así?
Señor, Vuexcelencia pone
en tanto riesgo su vida.
¿Qué alabanzas, qué blasones
podrán ser satisfaciones
a una desdicha tan noble,
aunque España con su muerte
el mundo a sus plantas postre?

MEDINA:

Perdóneme Vuexcelencia,
que ha sido grande desorden,
y aun es desesperación
de su vida.

LADRÓN:

O me perdone
o no me perdone a mí,
juro a Dios, aunque se enoje,
que fue grande necedad
llegar divertido a donde
pudieron con una bala,
que el viento encendido rompe,
quitar el freno al caballo
que bañado en sangre corre.


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ESPÍNOLA:

Señor don Gonzalo, andaba
dando en los cuarteles orden
para esperar la ocasión
que hoy Enrique nos propone;
que el socorro que ha venido
de Masfelt, y otros señores
de Flandes, le da esperanza
para que sus presumpciones
piensen entrar en Bredá,
para cuyo efeto pone
en la campaña docientos
carros y treinta mil hombres.
En aquesto andaba, cuando
corrió los vientos veloces
un rayo, que lumbre y trueno
puso entre el plomo y el bronce.
Quitome el freno al caballo,
mas si no me alcanzó el golpe,
lo mismo fuera haber dado
en Toledo.

ALONSO:

[Aparte.]
Esas razones
dije, cuando entró la bala
en la tienda, y desde entonces
se acuerda dellas. ¡Por Dios,
que no olvida lo que oye!


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(Sale DON FADRIQUE.)
FADRIQUE:

Ya Enrique se va llegando.
¿No escuchas las dulces voces
de las cajas y trompetas?
¿No ves azules pendones
que, a imitación de las nubes,
ufanos al sol se oponen?

ESPÍNOLA:

¿Pues ves toda aquesa gente,
que en formados escuadrones
hace una selva de plumas
en variedad de colores?
Pues en viéndonos la cara,
plega a Dios que no se tornen,
como otras veces lo han hecho.

VICENTE:

Ya de más cerca se oyen
las cajas.


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ESPÍNOLA:

Pues los cuarteles
esperen a ver por dónde
nos embiste, y los demás
tercios, puestos y naciones,
no desamparen los suyos;
que el volante escuadrón corre
a todas partes, y hoy
espero que el cuello dome
a esta herética arrogancia,
religión dañada y torpe.
Pues hoy en cualquier suceso,
que deste encuentro se note,
tengo de entrar en Bredá,
postrando a mis plantas nobles
la oposición de sus muros,
la eminencia de sus torres.
Si es bueno el intento nuestro,
porque ya sus presumpciones
quedarán desengañadas,
y no hay poder que no estorbe.
Si es malo, porque con él
nueva esperanza no cobre,
y vean tantas ruinas
sangrientas ejecuciones.
Vueseñoría, señor
don Gonzalo, a cargo tome
en este cuartel de España
el gobierno; y pues conoce
su cólera, cuando vea
que no pelean, reporte
su arrogancia, porque temo
que colérico se arroje
en viendo en otro cuartel
trabados los escuadrones.
 (Vase.)


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FADRIQUE:

¡Oh, si llegara por este
puesto de los españoles
Enrique, qué alegre día
fuera a nuestras intenciones!

VICENTE:

No somos tan venturosos,
que esa dicha, señor, logre.

LADRÓN:

Yo apostaré que va a dar
allá con esos flinflones,
con quien se entienda mejor,
que dicen, cuando nos oyen
«Santiago, cierra España»,
que aunque a Santiago conocen
y saben que es patrón nuestro,
y un apóstol de los doce,
el «cierra España» es el diablo,
y que llamamos conformes
a los diablos y a los santos,
y que a todos nos socorren.

MEDINA:

Si en el camino de Amberes
vino marchando, se pone
frente de los italianos.


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FADRIQUE:

Ya parece que se rompen
los campos.

ALONSO:

¡Cuerpo de Cristo!
¡Que de aquesta ocasión gocen
los italianos y estemos
viéndolos los españoles
sin pelear!

GONZALO:

La obediencia
es la que en la guerra pone
mayor prisión a un soldado,
más alabanza y más nombre
que conquistar animoso,
le da el resistirse dócil.

FADRIQUE:

Pues si no fuera más gloria
la obediencia, ¿qué prisiones
bastaran a detenernos?
(Tocan.)

ALONSO:

Con todo eso, no me enojen
estos señores flamencos;
que si los tercios se rompen,
tengo de pelear hoy
aunque mañana me ahorquen.


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VICENTE:

¡Qué igualmente que se ofenden!
(Tocan.)

FADRIQUE:

¡Y qué bien suenan las voces
de las cajas y trompetas
a los compases del bronce!

MEDINA:

¡Viven los cielos, que han roto
el cuartel de los valones!
(Tocan.)

FADRIQUE:

Ya llega a los italianos.
¡Que a tanto me obligue el orden
de la obediencia, que esté,
cuando tal rumor se oye,
con el acero en la vaina!
¡Que digan que estando un hombre
quedo, más que peleando,
cumple sus obligaciones!

VICENTE:

Ya roto y desbaratado
el cuartel se ve. ¿No oyes
las voces? ¡Por Dios que pienso
que entre en la villa esta noche!


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ALONSO:

¿Cómo en la villa?

FADRIQUE:

¿En la villa?
La obediencia me perdone,
que no ha de entrar.

VICENTE:

Embistamos,
que se enoje o no se enoje
el General.

GONZALO:

Caballeros,
piérdase todo y el orden
no se rompa.

FADRIQUE:

No se falta
a nuestras obligaciones,
que en ocasiones forzosas
no se rompe, aunque se rompe.


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VICENTE:

Pero atentos a la acción
que intenta atrevido un hombre,
mudo el viento se detiene,
y el sol se ha parado inmóvil.
¿No ves al mayor sargento
italiano, que se opone
al ejército de Enrique,
y animando con sus voces
toda la gente, detiene
el paso a los escuadrones
del enemigo? Esta acción
ha de darte eterno nombre,
Carlos Roma, y dignamente
mereces que el Rey te honre
con cargos, con encomiendas,
con puestos y con blasones.
¡Con la espada y la rodela
furioso los campos rompe
y a su imitación se animan
los italianos! ¡Que gocen
ellos la gloria y nosotros
lo veamos! Aquí es noble
la envidia, y aun la alabanza;
que España, que en más acciones
se ha mirado vitoriosa,
no es razón que quite el nombre
a Italia de la vitoria,
si ellos son los vencedores.


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FADRIQUE:

Desbaratados y rotos
miden los vientos veloces
los flamencos, ya queda
por suyo el honor; coronen
su frente altivos laureles,
y en mil láminas de bronce
eternos vivan, tocando
hoy los extremos del orbe.
(Tocan, dase la batalla y sale ENRICO.)

ENRIQUE:

Yo pienso que el mismo Marte
mis campos destruye y rompe
cada vez, ¡cielos!, que veo
un bello, un gallardo joven
que, ministro de la Parca,
tiene obediente a su estoque
en cada amago una vida,
y una muerte cada golpe.
Aquel valiente italiano,
que con la rodela sobre
las armas, bello y valiente,
era Marte, siendo Adonis,
¡ha quién supiera quién es!
¡Cielos, que tanto aficione
el valor, que el enemigo
le confiesa y le conoce!
Sí, estos brazos mereciste,
vuélvanse mis escuadrones
desesperados de entrar
en Bredá, y no provoquen
las cajas, y a retirarnos
nos llamen, Bredá dé orden
de entregarse; que imposibles
son ya todos mis favores.
Entréguense infamemente
que yo voy corrido donde
mi desdicha y su venganza,
mi muerte o su afrenta llore.


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(Vase y sale ESPÍNOLA, y todos con él.)
FADRIQUE:

Ya Enrique se ha retirado,
desesperado de dar
el socorro.

ESPÍNOLA:

Si a llegar
hoy, en los de Italia ha hallado
tal resistencia, ¿qué mucho
que se vuelva, pues bastaba,
donde su valor estaba,
para defenderse?

ALONSO:

[Aparte.]
Esto escucho.


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VICENTE:

Carlos Roma valeroso
al peligro se arrojó,
dignamente mereció
nombre inmortal y glorioso.
Su Majestad premiará,
porque su valor entienda
el pecho de una encomienda,
que tan merecida está,
puesto que los italianos
en esta facción han sido
solos los que han conseguido
tantos triunfos soberanos.
(Ruido dentro.)

GONZALO:

Gran novedad es aquesta
que la vista maravilla.

VICENTE:

Fuegos hacen en la villa.

BARLANZÓN:

Fácil está la respuesta,
sin duda quieren quemarse
los herejes.

ALONSO:

No será
la primera vez; que ya
lo hemos visto, por no darse.


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(Sale MEDINA con una espía de villano.)
MEDINA:

Esta es una oculta espía
que disfrazado venía,
señor; él podrá decir
deste fuego el fundamento.

ESPÍNOLA:

¿Quién eres?

ESPÍA:

Un labrador.

BARLANZÓN:

Este es espía, señor,
mejor lo dirá el tormento.

ESPÍNOLA:

¿Dónde en este traje vas?

ESPÍA:

Pues tan desdichado fui,
que luego en tus manos di,
de mí el intento sabrás.
Resuelto y determinado,
siendo una encubierta espía
dije a Enrique que entraría
en la villa.

ESPÍNOLA:

¿Cómo?


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ESPÍA:

A nado.
Por eso cartas no entrego.

ESPÍNOLA:

¿Y qué habías de decir?

ESPÍA:

Que se traten de rendir
con buenos partidos luego,
porque ya el conde Mauricio
ha muerto, y él ha quedado
ajeno y desesperado
de ayudarles. Bien da indicio
desto el fuego, pues así
dicen que no hay qué comer,
y no pueden defender
más la fortaleza. A mí
decir la verdad me abone.

ESPÍNOLA:

En fin. ¿Mauricio murió?

BARLANZÓN:

El primero es que me ahorró
de decir: ¡Dios te perdone!

ESPÍNOLA:

¡Hola!, este hombre esté preso.

FADRIQUE:

Allí una blanca bandera,
con los vientos lisonjera,
está en la muralla.


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ESPÍNOLA:

Eso
es señal de paz. Lleguemos
al muro, que desde allí
habla un hombre, y desde aquí
me parece que le oiremos.
Algún contento imagino.
(MORGAN al muro.)

MORGAN:

Soldados, ¿está el Marqués
donde me escuche?

ESPÍA:

Sí.

MORGAN:

Pues
estame atento. Justino
de Nasau, gobernador
de Bredá, quiere entregar
la fuerza, como acetar
quiera el piadoso valor
tuyo un lícito partido.
Y para que efeto tenga,
Enrique de Vergas venga
aquí a tratarlo, que ha sido
la causa de no salir
el estar malo en la cama.


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ESPÍNOLA:

Hoy es dichosa mi fama,
Bredá se quiere rendir.
¿Qué partido pedirá
que no sea fácil? Ladrón,
llamadme sin dilación
al conde Enrique, que ya
se entrega Bredá. Diréis
a Justino que me pesa
de su enfermedad y que esa
convenencia que os hacéis
acetaré, como sea
tal que a todos esté bien.

MORGAN:

Pues, invicto Ambrosio, ¿quién
otro suceso desea?

GONZALO:

Dese la villa y quedemos
señores della, y vencidos
o entregados, los partidos
que pidieren, acetar.


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ESPÍNOLA:

Sí, porque no importan más
del mundo los intereses,
que haber estado dos meses
sobre este sitio y jamás
el ser liberales fue
desmérito. Así se vea
que es, lo que aquí se desea,
que esta fortaleza esté
por España. Para esto
tanto tiempo hemos estado,
tanta hacienda se ha gastado,
y tantas vidas se han puesto
a peligro; pues advierte
agora, ¿qué condición
de más consideración
no podrá ser que una muerte?

LADRÓN:

El Conde está aquí.
(Sale el de VERGAS.)

ESPÍNOLA:

¿Qué habrá,
señor, que advertirle a quien
alcanza y sabe también
lo que debe hacerse? Ya
se quiere rendir la villa,
Vueseñoría ha de entrar
dentro a parlamentear.
Y puesto que ella se humilla,
no hay que apretar demasiado,
que mayor nobleza ha sido
tener lástima al vencido
que verle desestimado
con arrogancia.


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VERGAS:

Yo iré
y advertiré sus razones,
veré sus proposiciones
y sus partidos oiré,
sin dejar efetuado
ninguno, volveré a dar
cuenta y para confirmar
lo que quedare tratado,
se nombrarán diputados
de ambas partes para el día
señalado.

ESPÍNOLA:

Useñoría
lleve por acompañado
al marqués de Barlanzón.

VERGAS:

Con ese no más iré
muy honrado.

BARLANZÓN:

Yo entraré
con sola una condición,
que escondan al artillero
que la pieza disparó,
pues a conocerle yo,
he de matarle primero
que hablar nada.


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LUIS:

¿Y qué seguro
nos dan?

BARLANZÓN:

¿Qué seguridad
más que su necesidad?
No hay que temer.

ESPÍNOLA:

¡Ha del muro!

MORGAN:

¿Qué es lo que mandas?

ESPÍNOLA:

Ya aquí
está el Conde.

MORGAN:

Brevemente
echa el rastrillo y el puente
en un punto, porque así
siempre el fuerte esté cerrado.

VERGAS:

Los dos habemos de entrar.
(Cae el puente.)

BARLANZÓN:

Estos andan por quebrar
la pierna que me ha quedado.

ESPÍNOLA:

Yo espero entrar allá presto.
Pero ¿quién causa este ruido?


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[VOCES]:

 (Dentro.)
No queremos que a partido
se dé la villa.

ESPÍNOLA:

¿Qué es esto?

FADRIQUE:

Parece que amotinado
el ejército no quiere
los partidos.

ESPÍNOLA:

Pues no altero
mi intento, en esto acertado.
Mas yo sabré con prudencia
obligarlos, recorriendo
los cuarteles y pidiendo
su voto y su convenencia.

GONZALO:

Este de tudescos es.

ESPÍNOLA:

Tudescos, Bredá se ofrece
a partido; ¿qué os parece?
¿Que le acetemos?


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[VOCES]:

 (Dentro.)
Después
que vimos el inhumano
rigor del helado invierno
y sufrimos el eterno
fuego del cruel verano,
no es bien que partidos quieran.

FADRIQUE:

Estos son valones.

ESPÍNOLA:

Ya
valones, quiere Bredá
entregarse.

[VOCES]:

 (Dentro.)
Cuando esperan
los soldados aliviar
los trabajos padecidos,
con el saco entretenidos,
¿quieres se vengan a dar
para librarse?

GONZALO:

Es en vano
que pierdan sus intereses.


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ESPÍNOLA:

Agresores escoceses,
y ingleses, hoy os allano
mi tienda, en ella podéis
vuestra codicia aplacar.
Si Bredá se quiere dar,
su desinio no estorbéis.

[VOCES]:

 (Dentro.)
Hemos padecido mucho,
y es muy poco interés cuanto
puedes darnos tú.

ESPÍNOLA:

¡Que tanto
os mueva! ¿qué es lo que escucho?
Que si todos van así,
no tendrá efeto el intento.
Así remediarlo intento:
oíd, españoles.

ENRIQUE:

Di.

ESPÍNOLA:

Para una empresa tan alta
como el fin desta vitoria,
para conseguir su gloria
solo vuestro voto falta.
¿Qué respondéis?


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[VOCES]:

 (Dentro.)
Que se dé,
con partido o sin partido,
como quede conseguido
nuestro intento, y es que esté
por el Rey. Y si no quieren
pasar esotras naciones
por pactos ni condiciones,
españoles se prefieren
a dar al Rey el dinero,
joyas, vestidos y cuanto
tuvieren, porque con tanto
oro, que es un reino entero,
su codicia esté pagada,
nuestra gloria conseguida,
dando la hacienda y la vida
tan dignamente empleada,
al Rey, pues mayor hazaña
es que no manche en tal gloria
con la sangre la vitoria,
y sea Bredá de España.

TODOS:

Quede Bredá por el Rey,
y aceta la condición.

FADRIQUE:

Todos a su imitación
convienen, por justa ley,
en las entregas, corridos
de verles tan liberales.


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ESPÍNOLA:

¡Oh españoles! ¡Oh leales
vasallos! ¡Cuanto atrevidos,
para la guerra sujetos,
para la paz obedientes,
cuanto sujetos valientes,
y en todo extremo perfetos!
De la gentilidad dudo
que por Dios hubiesen dado
altares a Marte armado,
y no a un español desnudo.
'(Vanse, y salen JUSTINO, VERGAS, MORGAN y BARLANZÓN.)'

JUSTINO:

Vueseñoría, señor,
sea bien venido.

VERGAS:

Deme
Vueseñoría los brazos,
y diga ¿cómo se siente?

JUSTINO:

No estoy bueno, mas ¿qué mucho
no tenga salud, si este
término me pone hoy
poco menos que a la muerte?

VERGAS:

Mucho ha sentido el Marqués,
Justino, vuestro accidente
de poca salud.


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JUSTINO:

Las manos
al Marqués beso mil veces.

BARLANZÓN:

Ya bastan las cortesías.
Vueseñorías se sienten,
sepamos a qué venimos.

VERGAS:

Aunque no traigo poderes
del Marqués para firmar
el concierto, como quede
convenido entre nosotros,
después diputados pueden
de entrambas partes nombrarse
para que lo que concierten,
capitulado se firme.
(Saca un papel.)

JUSTINO:

Pues yo traigo escrito este
memorial de condiciones.

VERGAS:

Veamos, pues.
(Dos criados le lleguen.)

JUSTINO:

Este bufete
llegad y dejadnos solos.
Dice así: «Primeramente
se dé perdón general
a cuantos hoy Bredá tiene
en forma amplísima».


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VERGAS:

Es justo
que, pues que se rinden, queden
perdonados. Adelante,
que el perdón se les concede.

BARLANZÓN:

Escribamos dos a un tiempo,
para que un traslado quede
en Bredá para resguardo,
y el otro al Marqués se lleve.

JUSTINO:

«La segunda condición
es que todos los burgueses
puedan quedar en la villa,
y en dos años resolverse
si quieren su domicilio,
y que, si no le quisieren,
puedan al fin de dos años
llevar o vender sus bienes,
y que, si quisieren irse
al presente, libremente
lo puedan hacer, según
que mejor les estuviere:
que los que quedaren, vivan
en su religión».


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VERGAS:

No tiene
que leer más Vueseñoría,
que hay muchos inconvenientes.
Que los burgueses, vecinos
es lo mismo, en Bredá queden,
que se vayan y dos años
tengan para resolverse,
está bien.

BARLANZÓN:

¿Qué nos importa
que se vayan o se queden?

VERGAS:

Pero llevar sus haciendas,
¿cómo puede concederse,
si es dejar pobre la villa?

JUSTINO:

Sí, pero los que tuvieren
hacienda en ella, jamás
se irán, porque ellos no pueden
llevar las casas y campos.

BARLANZÓN:

Y los tratantes que tienen
en los muebles las haciendas,
¿no podrán llevar los muebles?


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JUSTINO:

Si de burgueses tratamos,
¿qué importan los mercaderes?
Fuera de que los partidos,
que en esto se les hiciere,
les harán irse o quedarse.

VERGAS:

En esto he de resolverme.
Escriban: «que los vecinos
puedan salir al presente
o en dos años, y llevar
o vender todos sus bienes».
Que en toda esta condición
he llegado a concederles,
porque en esotra ha de ser
todo lo que yo quisiere.
Vivir en su religión
nadie quitárselo puede,
pero con tales partidos,
que ha de ser ocultamente,
sin escándalo ninguno;
porque de ninguna suerte
han de tener señalado
lugar donde se celebren
su predicación ni ritos,
ni enterrarse donde hubiere
poblado, ni ha de quedar
un dogmatista que llegue
a informarlos en su seta,
que todos encontinente
han de salir de la villa.


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JUSTINO:

Rigor demasiado es ese.

BARLANZÓN:

Pues rigor o no rigor
demasiado o lo que fuere,
no se ha de quedar un tilde
del capítulo.

JUSTINO:

Pues cesen
estas capitulaciones.

BARLANZÓN:

Ya han cesado. Morgan, vuelve
a echar el puente.

VERGAS:

Marqués,
deténganse.

BARLANZÓN:

Echen el puente,
salgamos presto de aquí,
o juro a Cristo que eche
por encima de esos muros
casa, sillas y bufete.
¿Estanse muriendo de hambre
y quieren hacerse fuertes?


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JUSTINO:

Cuando de hambre muramos,
no nos espanta la muerte,
que sabremos poner fuego
a la villa, y que nos queme
antes que vernos rendidos.

BARLANZÓN:

No espanta el fuego a un hereje.

VERGAS:

¿En qué quedamos?

JUSTINO:

En esto.

MORGAN:

En las fortunas crueles,
cuando eres vencido sufre,
y súfranse cuando vences.

JUSTINO:

Vuelve a escribir.

BARLANZÓN:

Y yo vuelvo.


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VERGAS:

Pero el capítulo es este:
«Que en su religión cualquiera
pueda vivir quietamente,
y que para los vecinos
que en su religión murieren,
se les señale apartado
un jardín donde se entierren.
(Va escribiendo BARLANZÓN.)
Que salgan los dogmatistas
de la villa brevemente,
sin que en ella quede uno
tan solo, pena de muerte».

BARLANZÓN:

Ya está.

JUSTINO:

Antes que pasemos,
¿qué imposiciones o leyes
han de tener los vecinos?

VERGAS:

Las que han tenido otras veces.
Vean lo capitulado
con los de Brabante, y queden
con todas las exenciones
que los brabanzones tienen,
que yo no inovo partidos.
Mas también, como ellos, deben
recibir a los soldados
que de guarnición pusieren
Su Majestad, y se avengan
con ellos conformemente.


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JUSTINO:

Escríbase así: estos son
vecinos. Los mercaderes
y tratantes, ¿cómo quedan?

VERGAS:

Como antes se estaban queden,
solo que para salir
a tratar afuera, lleven
pasaporte del que aquí
por gobernador hubiere,
y con este pasaporte
registrados, salgan y entren
a tratar y contratar
cuanto se les ofreciere.

JUSTINO:

Ahora digo que en tal tiempo
los tesoreros no deben
dar cuentas, y los ministros
que fiel y rectamente
han servido al magistrado,
comprehendidos se confiesen
en el perdón general.

BARLANZÓN:

Pues ellos, ¿qué culpa tienen
en haber servido bien
si así cumplen lo que deben?


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VERGAS:

Que se entiendan los ministros
del modo que los burgueses.
Solo, que no nos den cuenta
los tesoreros, nos tiene
dudosos.

BARLANZÓN:

Aquesto es dinero,
no miremos intereses,
no den cuentas, adelante.

JUSTINO:

¿Y de qué modo la gente
de guerra saldrá? Porque
no saliendo honrosamente,
no saldrán.

BARLANZÓN:

Señor, de aqueso
todo cuanto ellos quisieren.


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VERGAS:

Honrar al vencido es
una acción que dignamente
el que es noble vencedor,
al que es vencido le debe.
Ser vencido no es afrenta,
luego no fuera prudente
acuerdo que no salieran
honrados. Sus armas lleven,
sus cajas y sus banderas.
Mientras más lucidos fueren,
será mayor la vitoria,
porque esto se les concede
a oficiales y a ingenieros,
y los demás dependientes
de los ejércitos, saquen
sus familias y sus bienes.

BARLANZÓN:

Solo así por la señal
de ser vencidos, no lleven
cuerdas caladas ni balas,
sino en la boca.

JUSTINO:

Más debe
honrarse al vencido, ya
que a esto nos trujo la suerte.


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BARLANZÓN:

Pues esta, ¿no es harta honra,
y mucha más que merecen?

JUSTINO:

Merecen mucho.

VERGAS:

Es verdad.

JUSTINO:

Y si no sacan, por ese
desprecio, la artillería,
no saldrán.

BARLANZÓN:

Pues que se queden
con hambre y sed.
[Aparte.]
En mi vida
vi flamenco tan valiente.

JUSTINO:

Pues quedemos a morir.

BARLANZÓN:

Aun bien, que no habrá que hacerles
las honras.

VERGAS:

A Useñorías
les suplico que se sienten.

JUSTINO:

Escriba que saquen armas
y artillería.


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BARLANZÓN:

Ya es ese
mucho pedir.

VERGAS:

«Cuatro piezas
saquen y dos morteretes,
como no sean las cuatro
de doce, que Bredá tiene
con armas de Carlos Quinto,
que este Emperador valiente
las dejó a esta villa, y él
las hizo labrar, y cesen
las contiendas».

MORGAN:

Ya está escrito.

JUSTINO:

En este castillo tiene
el gran príncipe de Orange
guardados algunos muebles.

VERGAS:

Que se saquen, para esto
se dan de plazo seis meses.

JUSTINO:

Algunos soldados hay
que por dos inconvenientes
no pueden salir: son deudas
y enfermedad.


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VERGAS:

Los que deben,
hagan una obligación
de pagarlas llanamente,
y salgan.

BARLANZÓN:

¿Obligación?
Eso es lo que ellos se quieren.
¡Qué puntuales serán!
Yo apuesto que eternamente,
por su obligación, aquestos
soldados son los que deben.

VERGAS:

«Los enfermos, en sanando,
salgan, y aquellos que hubieren
estado dos años, puedan
vender dentro de dos meses
sus haciendas y salir,
y los presos que estuvieren
de ambas partes queden libres».

JUSTINO:

Muy igual partido es ese.

VERGAS:

¿Hay más capítulos?

JUSTINO:

No.

VERGAS:

Esto queda desta suerte.


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BARLANZÓN:

¿Y cuándo se han de entregar?

JUSTINO:

Saldremos a seis de aqueste
mes de turno.

VERGAS:

Bien está.
Cada uno su papel lleve.
Nombraranse diputados,
con órdenes y poderes,
si las capitulaciones
agradaren.

JUSTINO:

Me parece
muy bien.

BARLANZÓN:

¡Qué hermosa es la villa!
Una cosa solamente
le faltaba, pero ya
perfeta en todo se ofrece.

JUSTINO:

¿Y qué era, alemán?

BARLANZÓN:

Flamenco,
tener el dueño que tiene.


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(Vanse, y salen ESPÍNOLA y soldados.)
ESPÍNOLA:

Señor don Francisco, ¿cómo
Su Alteza ha quedado?

MEDINA:

Tiene
la salud que deseamos
y que su virtud merece.
Alegrose con la nueva,
y dice, señor, que quiere
oír la primera misa
que en la villa se celebre,
y que la diga su Obispo
día del Corpus, con solene
fiesta.

ESPÍNOLA:

Pues no se derriben
las trincheas y cuarteles,
que al fin se holgará de verlo.

GONZALO:

De la muralla parece
que se descuelga otra vez
aquel levadizo puente.

FADRIQUE:

Y ya el conde Enrique sale.


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ESPÍNOLA:

Vueseñoría mil veces
sea, señor, bien venido.

VERGAS:

Todo su concierto es ese,
Vueseñoría le repase,
y mire qué le parece.

ESPÍNOLA:

Señor don Gonzalo, en todo
estimo sus pareceres.

FADRIQUE:

¡Oh qué celebrado día!
Bien el ejército tiene
soldados de treinta años
de milicia, que no pueden
contar lo que yo he llegado
a ver en tiempo tan breve.

GONZALO:

Todo aquesto está muy bien.


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ESPÍNOLA:

No hay sino que al punto lleguen
a rendirse. Ya Bredá
es del rey de España, y ¡plegue
al cielo que el mundo sea
su trofeo eternamente!
Al Rey mi señor le lleve
quien le diga que a sus pies
quisiera humilde ponerle
cuanto el sol desde su esfera
ilumina, sin que deje
de asistir a sus imperios,
temidos dichosamente,
desde la aurora de flores
hasta las sombras de nieve,
que Bredá, una villa humilde,
trofeo a sus plantas breve
se conoce, y que reciba
el deseo, si es que tiene
que agradecer el deseo
a quien en su nombre vence,
y más quien, para defensa
en sus ejércitos, tiene
los Córdobas y Guzmanes,
Velascos y Pimenteles.


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ESPÍNOLA:

Y aunque supiera también
que bastara a defenderlo
mi persona, no dejara
la empresa que en Flandes tengo,
por mi patria, por mi honor,
ni por mi vida. No puedo
al Rey servirle con más,
ni agradecerle con menos.
Génova tiene su amparo,
pues, ¿qué temor, qué recelo
puede ocuparla, si solo
el nombre de España ha puesto
terror al mundo, tocando
con sus manos sus extremos?
Díganlo Italia, el Brasil,
y Flandes, que a un mismo tiempo
embarazados con guerras,
su poder están diciendo.
¿Qué mucho, pues, que un monarca,
que a un tiempo tiene docientos
mil hombres en la campaña,
peleando y defendiendo
la fe, pida a sus vasallos
ayuden al justo celo,
sirvan a la acción piadosa
de tan religioso efeto?
El alma y la vida es poco,
que la hacienda de derecho
natural es suya; aunque
a su dilatado imperio
sirva de testigo el sol,
sin que le falte un momento.


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JUSTINO:

Escuche,
que todas son desta suerte:
«Perdón general a todos,
que vecinos o burgueses
puedan quedar en la villa,
viviendo muy quietamente
sin escándalo, que haya
un jardín en que se entierren;
que salgan los predicantes,
que se reciba la gente
de guarnición, hospedados
quieta y amigablemente,
que no den los tesoreros
cuenta, y los vecinos queden
exentos de imposiciones
nuevas, y que se proceda
como los de brabanzones,
que los ministros se entienden
en el perdón general,
que tratantes salgan y entren
con pasaportes, que saquen
armas, piezas y mosquetes
sin balas, y lleven cuatro
piezas y dos morteretes,
que del príncipe de Orange
se saquen todos los muebles,
que hagan una obligación
los soldados que debieren,
y que los enfermos tengan
plazo de salir dos meses,
que los presos de ambas partes
estén libres».


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ESPÍNOLA:

Desta suerte
lo firmo.

JUSTINO:

Pues da licencia
para que salga la gente.

LADRÓN:

Mucho te holgarás de verlo,
que los predicantes vienen
cubiertos todos de luto,
señal del dolor que tienen;
los caballos despalmados,
que a cada paso parece
que mueren; muchos soldados
con sus hijos y mujeres.
Mas, puesto que tú lo ves,
¿para qué pretendo hacerte
relación? ¡Oh con qué hambre
que aquestas mujeres vienen!


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'(Salgan todos los que pudieren por una parte, y por otra, entrando los españoles, y después a la puerta JUSTINO con una fuente, y en ella las llaves.)'
JUSTINO:

Aquestas las llaves son
de la fuerza, y libremente
hago protesta en tus manos
que no hay temor que me fuerce
a entregarla, pues tuviera
por menos dolor la muerte.
Aquesto no ha sido trato,
sino fortuna que vuelve
en polvo las monarquías
más altivas y excelentes.

ESPÍNOLA:

Justino, yo las recibo,
y conozco que valiente
sois, que el valor del vencido
hace famoso al que vence.
Y en el nombre de Filipo
Cuarto, que por siglos reine,
con más vitorias que nunca,
tan dichoso como siempre,
tomo aquesta posesión.


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GONZALO:

Dulces instrumentos suenen.

LUIS:

Ya el sargento en la muralla
las armas de España tiende.

SARGENTO:

Oíd, soldados, oíd.
¡Bredá por el rey de España!

ESPÍNOLA:

¡Y plegue al cielo que llegue
a serlo el mundo rendido
desde levante a poniente!
Y con esto se da fin
al Sitio, donde no puede
mostrarse más quien ha escrito
obligado a tantas leyes.

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