El sí de las niñas (Versión para imprimir)

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El sí de las niñas


El sí de las niñas se representó en el Teatro de la Cruz el día 24 de enero de 1806, y si puede dudarse cuál sea entre las comedias del autor la más estimable, no cabe duda en que ésta ha sido la que el público español recibió con mayores aplausos. Duraron sus primeras representaciones veinte y seis días consecutivos, hasta que llegada la cuaresma se cerraron los teatros como era costumbre. Mientras el público de Madrid acudía a verla, ya se representaba por los cómicos de las provincias, y una culta reunión de personas ilustres e inteligentes se anticipaba en Zaragoza a ejecutarla en un teatro particular, mereciendo por el acierto de su desempeño la aprobación de cuantos fueron admitidos a oírla. Entretanto, se repetían las ediciones de esta obra: cuatro se hicieron en Madrid durante el año de 1806, y todas fueron necesarias para satisfacer la común curiosidad de leerla, excitada por las representaciones del teatro.

¡Cuánta debió ser entonces la indignación de los que no gustan de la ajena celebridad, de los que ganan la vida buscando defectos en todo lo que otros hacen, de los que escriben comedias sin conocer el arte de escribirlas, y de los que no quieren ver descubiertos en la escena vicios y errores tan funestos a la sociedad como favorables a sus privados intereses! La aprobación pública reprimió los ímpetus de los críticos folicularios: nada imprimieron contra esta comedia y la multitud de exámenes, notas, advertencias y observaciones a que dio ocasión, igualmente que las contestaciones y defensas que se hicieron de ella, todo quedó manuscrito. Por consiguiente, no podían bastar estos imperfectos desahogos a satisfacer la animosidad de los émulos del autor, ni el encono de los que resisten a toda ilustración y se obstinan en perpetuar las tinieblas de la ignorancia. Éstos acudieron al modo más cómodo, más pronto y más eficaz, y si no lograron el resultado que esperaban, no hay que atribuirlo a su poca diligencia. Fueron muchas las delaciones que se hicieron de esta comedia al tribunal de la Inquisición. Los calificadores tuvieron no poco que hacer en examinarlas y fijar su opinión acerca de los pasajes citados como reprensibles; y en efecto, no era pequeña dificultad hallarlos tales en una obra en que no existe ni una sola proposición opuesta al dogma ni a la moral cristiana.

Un ministro, cuya principal obligación era la de favorecer los buenos estudios, hablaba el lenguaje de los fanáticos más feroces, y anunciaba la ruina del autor de El sí de las niñas como la de un delincuente merecedor de grave castigo. Tales son los obstáculos que han impedido frecuentemente en España el progreso rápido de las luces, y esta oposición poderosa han tenido que temer los que han dedicado en ella su aplicación y su talento a la indagación de verdades útiles y al fomento y esplendor de la literatura y de las artes. Sin embargo, la tempestad que amenazaba se disipó a la presencia del Príncipe de la Paz; su respeto contuvo el furor de los ignorantes y malvados hipócritas que, no atreviéndose por entonces a moverse, remitieron su venganza para ocasión más favorable.

En cuanto a la ejecución de esta pieza, basta decir que los actores se esmeraron a porfía en acreditarla y que sólo excedieron al mérito de los demás los papeles de doña Irene, doña Francisca y don Diego. En el primero se distinguió María Ribera, por la inimitable naturalidad y gracia cómica con que supo hacerle.

Josefa Virg rivalizó con ella en el suyo, y Andrés Prieto, nuevo entonces en los teatros de Madrid, adquirió el concepto de actor inteligente que hoy retiene todavía con general aceptación.


El sí de las niñas del Leandro Fernández de Moratín
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Acto primero - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Acto segundo - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI

Acto tercero - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII

Escena primera
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El sí de las niñas - Acto primero


DON DIEGO, SIMÓN

(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)

DON DIEGO ¿No han venido todavía?


SIMÓN. No, señor.


DON DIEGO. Despacio la han tomado, por cierto.


SIMÓN. Como su tía la quiere tanto, según parece, y no

la ha visto desde que la llevaron a Guadalajara...

DON DIEGO. Sí. Yo no digo que no la viese, pero con media

hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluido.

SIMÓN. Ello también ha sido extraña determinación la

de estarse usted dos días enteros sin salir de la
posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre
todo, cansa la mugre del cuarto, las sillas
desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el
ruido de campanillas y cascabeles y la
conversación ronca de carromateros y patanes,
que no permiten un instante de quietud.

DON DIEGO. Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me

conocen todos el Corregidor, el señor Abad, el
Visitador, el Rector de Málaga... ¡Qué sé yo!
Todos... Y ha sido preciso sentarme quieto y no
exponerme a que me hallasen por ahí, y no he
querido que nadie me vea.

SIMÓN. Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. Pues

¿hay más en esto que haber acompañado usted a
doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del
convento a la niña y volvernos con ellas a
Madrid?

DON DIEGO. Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.


SIMÓN. Adelante.


DON DIEGO. Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y

no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por
Dios te encargo que no lo digas... Tú eres
hombre de bien, y me has servido muchos años
con fidelidad... Ya ves que hemos sacado a esa
niña del convento y nos la llevamos a Madrid.

SIMÓN. Sí, señor.


DON DIEGO. Pues bien... Pero te vuelvo a encargar que a

nadie lo descubras.

SIMÓN. Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.


DON DIEGO. Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti. Yo, la

verdad, nunca había visto a la tal doña Paquita;
pero mediante la amistad con su madre he
tenido frecuentes noticias de ella; he leído
muchas de las cartas que escribía; he visto
algunas de su tía la monja, con quien ha vivido
en Guadalajara; en suma, he tenido cuantos
informes pudiera desear acerca de sus
inclinaciones y su conducta. Ya he logrado
verla; he procurado observarla en estos pocos
días, y a decir verdad, cuantos elogios hicieron
de ella me parecen escasos.

SIMÓN. Sí, por cierto... Es muy linda y...


DON DIEGO. Es muy linda, muy graciosa, muy humilde... Y

sobre todo ¡aquel candor, aquella inocencia!
Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí... Y
talento... Sí señor, mucho talento... Con que,
para acabar de informarte, lo que yo he pensado
es…


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Acto primero - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Acto segundo - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI

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Escena primera 2
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El sí de las niñas - Acto primero


DON DIEGO, SIMÓN

(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)


SIMÓN . Porque ya lo adivino. Y me parece excelente

idea.

DON DIEGO . ¿Qué dices?


SIMÓN . Excelente.


DON DIEGO . ¿Con que al instante has conocido?...


SIMÓN . ¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole a usted

que me parece muy buena boda. Buena, buena.

DON DIEGO . Sí señor... Yo lo he mirado bien, y lo tengo por

cosa muy acertada.

SIMÓN . Seguro que sí.


DON DIEGO . Pero quiero absolutamente que no se sepa hasta

que esté hecho.

SIMÓN . Y en eso hace usted bien.


DON DIEGO . Porque no todos ven las cosas de una manera, y

no faltaría quien murmurase y dijese que era
una locura, y me...

SIMÓN . ¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica

como ésa, eh?

DON DIEGO . Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso sí.

Porque, aquí entre los dos, la buena de doña
Irene se ha dado tal prisa a gastar desde que
murió su marido que, si no fuera por estas
benditas religiosas y el canónigo de Castrojeriz,
que es también su cuñado, no tendría para poner
un puchero a la lumbre... Y muy vanidosa y
muy remilgada, y hablando siempre de su
parentela y de sus difuntos, y sacando unos
cuentos allá que... Pero esto no es del caso...
Pero yo no he buscado dinero, que dineros
tengo; he buscado modestia, recogimiento,
virtud.

SIMÓN . Eso es lo principal... Y, sobre todo, lo que usted

tiene ¿para quién ha de ser?

DON DIEGO . Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una mujer

aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la
casa, economizar, estar en todo?... Siempre
lidiando con amas, que si una es mala, otra es
peor: regalonas, entremetidas, habladoras, llenas
de histérico, viejas, feas como demonios... No
señor: vida nueva. Tendré quien me asista con
amor y fidelidad, y viviremos como unos
santos... Y deja que hablen y murmuren, y...

SIMÓN . Pero siendo a gusto de entrambos, ¿qué pueden

decir?

DON DIEGO . No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán que la

boda es desigual, que no hay proporción en la
edad, que...

SIMÓN . Vamos, que no me parece tan notable la

diferencia. Siete u ocho años, a lo más.

DON DIEGO . ¿Qué, hombre? ¿Qué hablas de siete u ocho

años? Si ella ha cumplido diez y seis pocos
meses ha.

SIMÓN . Y bien, ¿qué?


DON DIEGO . Y yo, aunque gracias a Dios estoy robusto y...

Con todo eso, mis cincuenta y nueve años no
hay quien me los quite.

SIMÓN . Pero si yo no hablo de eso.


DON DIEGO . Pues ¿de qué hablas?


SIMÓN . Decía que... Vamos, o usted no acaba de

explicarse, o yo lo entiendo al revés... En suma,
esta doña Paquita ¿con quién se casa?

DON DIEGO . ¿Ahora estamos ahí? Conmigo.


SIMÓN . ¿Con usted?


DON DIEGO . Conmigo.


SIMÓN . ¡Medrados quedamos!


DON DIEGO . ¿Qué dices...? Vamos, ¿qué?


SIMÓN . ¡Y pensaba yo haber adivinado!


DON DIEGO . Pues ¿qué creías? ¿Para quién juzgaste que la

destinaba yo?

SIMÓN . Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo de

talento, instruido, excelente soldado,
amabilísimo por todas sus circunstancias... Para
ése juzgué que se guardaba la tal niña.

DON DIEGO . Pues no señor.


SIMÓN . Pues bien está.


DON DIEGO . ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir

a casar!... No señor, que estudie sus
matemáticas.

SIMÓN . Ya las estudia; o por mejor decir, ya las enseña.


DON DIEGO . Que se haga hombre de valor y...


SIMÓN . ¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor a un

oficial que en la última guerra, con muy pocos
que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías,
clavó los cañones, hizo algunos prisioneros y
volvió al campo lleno de heridas y cubierto de
sangre?... Pues bien satisfecho quedó usted
entonces del valor de su sobrino, y yo le vi a
usted más de cuatro veces llorar de alegría,
cuando el rey le premió con el grado de teniente
coronel y una cruz de Alcántara.

DON DIEGO . Sí, señor; todo es verdad; pero no viene a

cuento. Yo soy el que me caso.

SIMÓN . Si está usted bien seguro de que ella le quiere, si

no la asusta la diferencia de la edad, si su
elección es libre...


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Acto primero - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Acto segundo - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI

Acto tercero - escena - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII

Escena primera 3
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El sí de las niñas - Acto primero


DON DIEGO, SIMÓN

(Sale DON DIEGO de su cuarto. SIMÓN, que está sentado en una silla, se levanta.)

DON DIEGO . Pues ¿no ha de serlo...? Doña Irene la escribió

con anticipación sobre el particular. Hemos ido
allá, me ha visto, la han informado de cuanto ha
querido saber, y ha respondido que está bien,
que admite gustosa el partido que se le
propone... Y ya ves tú con qué agrado me trata,
y qué expresiones me hace tan cariñosas y tan
sencillas... Mira, Simón, si los matrimonios muy
desiguales tienen por lo común desgraciada
resulta, consiste en que alguna de las partes
procede sin libertad, en que hay violencia,
seducción, engaño, amenazas, tiranía
doméstica... Pero aquí no hay nada de eso. ¿Y
qué sacarían con engañarme? Ya ves tú la
religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio;
ésta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es
una señora de excelentes prendas; mira tú si
doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas
ellas me han dado cuantas seguridades puedo
apetecer. La criada, que la ha servido en Madrid
y más de cuatro años en el convento, se hace
lenguas de ella; y, sobre todo, me ha informado
de que jamás observó en esta criatura la más
remota inclinación a ninguno de los pocos
hombres que ha podido ver en aquel encierro.
Bordar, coser, leer libros devotos, oír misa y
correr por la huerta detrás de las mariposas, y
echar agua en los agujeros de las hormigas,
éstas han sido su ocupación y sus diversiones...
¿Qué dices?

SIMÓN . Yo nada, señor.


DON DIEGO . Y no pienses tú que, a pesar de tantas

seguridades, no aprovecho las ocasiones que se
presentan para ir ganando su amistad y su
confianza, y lograr que se explique conmigo en
absoluta libertad... Bien que aún hay tiempo...
Sólo que aquella doña Irene siempre la
interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena
mujer, buena...

SIMÓN . En fin, señor, yo desearé que salga como usted

apetece.

DON DIEGO . Sí, yo espero en Dios que no ha de salir mal.

Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué
fuera de tiempo me recomendabas al tal
sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con
él?

SIMÓN . Pues ¿qué ha hecho?


DON DIEGO . Una de las suyas... Y hasta pocos días ha no lo

he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos
meses en Madrid... Y me costó buen dinero la
tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está;
pero voy al asunto. Llegó el caso de irse a
Zaragoza a su regimiento... Ya te acuerdas de
que a muy pocos días de haber salido de
Madrid, recibí la noticia de su llegada.

SIMÓN . Sí, señor.


DON DIEGO . Y que siguió escribiéndome, aunque algo

perezoso, siempre con la data de Zaragoza.

SIMÓN . Así es la verdad.


DON DIEGO . Pues el pícaro no estaba allí cuando me escribía

las tales cartas.

SIMÓN . ¿Qué dice usted?


DON DIEGO . Sí, señor. El día tres de julio salió de mi casa, y

a fines de septiembre aún no había llegado a sus
pabellones... ¿No te parece que, para ir por la
posta hizo muy buena diligencia?.

SIMÓN . Tal vez se pondría malo en el camino, y por no

darle a usted pesadumbre...

DON DIEGO . Nada de eso. Amores del señor oficial y

devaneos que le traen loco... Por ahí, en esas
ciudades, puede que... ¿Quién sabe?... Si
encuentra un par de ojos negros, ya es hombre
perdido... ¡No permita Dios que me le engañe
alguna bribona de estas que truecan el honor por
el matrimonio!

SIMÓN . ¡Oh! No hay que temer... Y si tropieza con

alguna fullera de amor, buenas cartas ha de
tener para que le engañe.

DON DIEGO . Me parece que están ahí... Sí. Busca al mayoral,

y dile que venga, para quedar de acuerdo en la
hora a que deberemos salir mañana.

SIMÓN . Bien está.


DON DIEGO . Ya te he dicho que no quiero que esto se

trasluzca, ni... ¿Estamos?

SIMÓN . No haya miedo que a nadie lo cuente.


(SIMÓN se va por la puerta del foro. Salen por la misma las tres
mujeres, con mantillas y basquiñas. RITA deja un pañuelo atado
sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.)


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Escena segunda
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DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO
DOÑA FRANCISCA . Ya estamos acá.


DOÑA IRENE . ¡Ay! ¡qué escalera!


DON DIEGO . Muy bien venidas, señoras.


DOÑA IRENE . ¿Conque usted, a lo que parece, no ha salido?


(Se sientan DOÑA IRENE y DON DIEGO.)

DON DIEGO . No, señora. Luego, más tarde, daré una

vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de
dormir, pero en esta posada no se duerme.

DOÑA FRANCISCA . Es verdad que no... ¡Y qué mosquitos! Mala

peste en ellos. Anoche no me dejaron parar...
Pero mire usted, mire usted (Desata el pañuelo
y manifiesta algunas cosas de las que indica el
diálogo) cuántas cosillas traigo. Rosarios de
nácar, cruces de ciprés, la regla de San Benito,
una pililla de cristal... Mire usted qué bonita. Y
dos corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto
viene aquí!... ¡Ay! Y una campanilla de barro
bendito para los truenos... ¡Tantas cosas!

DOÑA IRENE Chucherías que la han dado las madres. Locas

estaban con ella.

DOÑA FRANCISCA ¡Cómo me quieren todas! ¡Y mi tía, mi pobre

tía, lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.

DOÑA IRENE Ha sentido mucho no conocer a usted.


DOÑA FRANCISCA Sí, es verdad. Decía: ¿Por qué no ha venido

aquel señor?

DOÑA IRENE El padre capellán y el rector de los Verdes nos

han venido acompañando hasta la puerta.

DOÑA FRANCISCA Toma (Vuelve a atar el pañuelo y se le da a

RITA, la cual se va con él y con las mantillas al
cuarto de DOÑA IRENE), guárdamelo todo allí,
en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las
puntas... ¡Válgate Dios! ¡Eh! ¡Ya se ha roto la
Santa Gertrudis de alcorza!.

RITA . No importa; yo me la comeré.




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Escena tercera I
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El sí de las niñas - Acto primero


DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO


DOÑA FRANCISCA ¿Nos vamos adentro, mamá, o nos quedamos

aquí?

DOÑA IRENE Ahora, niña, que quiero descansar un rato.


DON DIEGO Hoy se ha dejado sentir el calor en forma.


DOÑA IRENE ¡Y qué fresco tienen aquel locutorio! Vaya, está

hecho un cielo...
(Siéntase DOÑA FRANCISCA junto a su madre.)

DOÑA FRANCISCA Pues con todo, aquella monja tan gorda, que se

llama la madre Angustias, bien sudaba... ¡Ay!
¡cómo sudaba la pobre mujer!.

DOÑA IRENE Mi hermana es la que está bastante delicadita.

Ha padecido mucho este invierno... Pero, vaya,
no sabía qué hacerse con su sobrina la buena
señora... Está muy contenta de nuestra elección.

DON DIEGO Yo celebro que sea tan a gusto de aquellas

personas, a quienes debe usted particulares
obligaciones.

DOÑA IRENE Sí, Trinidad está muy contenta, y en cuanto a

Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado
mucho despegarse de ella; pero ha conocido que
siendo para su bienestar, es necesario pasar por
ello... Ya se acuerda usted de lo expresiva que
estuvo, y...

DON DIEGO Es verdad. Sólo falta que la parte interesada

tenga la misma satisfacción que manifiestan
cuantos la quieren bien.

DOÑA IRENE Es hija obediente, y no se apartará jamás de lo

que determine su madre.

DON DIEGO Todo eso es cierto, pero...


DOÑA IRENE Es de buena sangre, y ha de pensar bien, y ha de

proceder con el honor que la corresponde.

DON DIEGO Sí, ya estoy; pero ¿no pudiera, sin faltar a su

honor ni a su sangre...?

DOÑA FRANCISCA ¿Me voy, mamá?

(Se levanta y vuelve a sentarse.)

DOÑA IRENE No pudiera, no señor. Una niña bien educada,

hija de buenos padres, no puede menos de
conducirse en todas ocasiones como es
conveniente y debido. Un vivo retrato es la
chica, ahí donde usted la ve, de su abuela que
Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En
casa tengo el cuadro, ya le habrá usted visto. Y
le hicieron, según me contaba su merced, para
enviársele a su tío carnal el padre fray Serapión
de San Juan Crisóstomo, electo obispo de
Mechoacán.


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Escena tercera 2
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DON DIEGO Ya.


DOÑA IRENE Y murió en el mar el buen religioso, que fue un

quebranto para toda la familia... Hoy es, y
todavía estamos sintiendo su muerte;
particularmente mi primo don Cucufate,
Regidor perpetuo de Zamora, no puede oír
hablar de Su Ilustrísima sin deshacerse en
lágrimas.

DOÑA FRANCISCA Válgate Dios, qué moscas tan...


DOÑA IRENE Pues murió en olor de santidad.


DON DIEGO Eso bueno es.


DOÑA IRENE Sí, señor; pero como la familia ha venido tan a

menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay
facultades... Bien que, por lo que puede tronar,
ya se le está escribiendo la vida; y quién sabe
que el día de mañana no se imprima, con el
favor de Dios.

DON DIEGO Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.


DOÑA IRENE Lo cierto es que el autor, que es sobrino de mi

hermano político, el canónigo de Castrojeriz, no
la deja de la mano; y a la hora de ésta lleva ya
escritos nueve tomos en folio, que comprenden
los nueve años primeros de la vida del santo
obispo.

DON DIEGO ¿Con que para cada año un tomo?


DOÑA IRENE Sí, señor, ese plan se ha propuesto


DON DIEGO ¿Y de qué edad murió el venerable?


DOÑA IRENE De ochenta y dos años, tres meses y catorce

días.

DOÑA FRANCISCA ¿Me voy, mamá?


DOÑA IRENE Anda, vete. ¡Válgate Dios, que prisa tienes!


DOÑA FRANCISCA ¿Quiere usted (Se levanta y después de hacer

una graciosa cortesía a DON DIEGO, da un
beso a DOÑA IRENE y se va al cuarto de ésta)
que le haga una cortesía a la francesa, señor don
Diego?

DON DIEGO Sí, hija mía. A ver.


DOÑA FRANCISCA Mire usted, así.


DON DIEGO ¡Graciosa niña! ¡Viva la Paquita, viva!


DOÑA FRANCISCA Para usted una cortesía, y para mi mamá un

beso.


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Escena cuarta I
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DOÑA IRENE, DON DIEGO


DOÑA IRENE Es muy gitana y muy mona, mucho.


DON DIEGO Tiene un donaire natural que arrebata.


DOÑA IRENE ¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni

embelecos de mundo, contenta de verse otra vez
al lado de su madre, y mucho más de considerar
tan inmediata su colocación no es maravilla que
cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime a
los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en
favorecerla.

DON DIEGO Quisiera sólo que se explicase libremente acerca

de nuestra proyectada unión, y...

DOÑA IRENE Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.


DON DIEGO Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco

alguna inclinación, oyéndoselo decir con
aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería
para mí una satisfacción imponderable.

DOÑA IRENE No tenga usted sobre ese particular la más leve

desconfianza; pero hágase usted cargo de que a
una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo
que siente. Mal parecería, señor don Diego, que
una doncella de vergüenza y criada como Dios
manda, se atreviese a decirle a un hombre: yo le
quiero a usted.

DON DIEGO Bien, si fuese un hombre a quien hallara por

casualidad en la calle y le espetara ese favor de
buenas a primeras, cierto que la doncella haría
muy mal; pero a un hombre con quien ha de
casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle
alguna cosa que... Además, que hay ciertos
modos de explicarse...

DOÑA IRENE Conmigo usa de más franqueza. A cada instante

hablamos de usted, y en todo manifiesta el
particular cariño que a usted le tiene... ¡Con qué
juicio hablaba ayer noche, después que usted se
fue a recoger! No sé lo que hubiera dado porque
hubiese podido oírla.

DON DIEGO ¿Y qué? ¿Hablaba de mí?


DOÑA IRENE Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es

para una criatura de sus años un marido de
cierta edad, experimentado, maduro y de
conducta...

DON DIEGO ¡Calle! ¿Eso decía?


DOÑA IRENE No, esto se lo decía yo, y me escuchaba con una

atención como si fuera una mujer de cuarenta
años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella,
que tiene mucha penetración, aunque me esté
mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el
ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el
día? Casan a una muchacha de quince años con
un arrapiezo de dieciocho, a una de diecisiete
con otro de veintidós: ella niña, sin juicio ni
experiencia, y él niño también, sin asomo de
cordura ni conocimiento de lo que es mundo.
Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha
de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar a los
criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir a los
hijos? Porque sucede también que estos
atolondrados de chicos suelen plagarse de
criaturas en un instante, que da compasión.


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Escena cuarta II
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DON DIEGO Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos a

muchos que carecen del talento, de la
experiencia y de la virtud que son necesarias
para dirigir su educación.

DOÑA IRENE Lo que sé decirle a usted es que aún no había

cumplido los diecinueve cuando me casé de
primeras nupcias con mi difunto don Epifanio,
que esté en el cielo. Y era un hombre que,
mejorando lo presente, no es posible hallarle de
más respeto, más caballeroso... Y, al mismo
tiempo, más divertido y decidor. Pues, para
servir a usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy
largos de talle, cuando se casó conmigo.

DON DIEGO Buena edad... No era un niño, pero...


DOÑA IRENE Pues a eso voy... Ni a mí podía convenirme en

aquel entonces un boquirrubio con los cascos a
la jineta... No, señor... Y no es decir tampoco
que estuviese achacoso ni quebrantado de salud,
nada de eso. Sanito estaba, gracias a Dios, como
una manzana; ni en su vida conoció otro mal,
sino una especie de alferecía que le amagaba de
cuando en cuando. Pero luego que nos casamos,
dio en darle tan a menudo y tan de recio, que a
los siete meses me hallé viuda y encinta de una
criatura que nació después, y al cabo y al fin se
me murió de alfombrilla.

DON DIEGO ¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de

don Epifanio...

DOÑA IRENE Sí, señor; pues ¿por qué no?


DON DIEGO Lo digo porque luego saltan con... Bien que si

uno hubiera de hacer caso... ¿Y fue niño o niña?

DOÑA IRENE Un niño muy hermoso. Como una plata era el

angelito.

DON DIEGO Cierto que es consuelo tener, así, una criatura,

y...

DOÑA IRENE ¡Ay, señor! Dan malos ratos; pero ¿qué importa?

Es mucho gusto, mucho.

DON DIEGO Yo lo creo.


DOÑA IRENE Sí, señor.


DON DIEGO Ya se ve que será una delicia y...


DOÑA IRENE ¡Pues no ha de ser!


DON DIEGO Un embeleso el verlos juguetear y reír, y

acariciarlos, y merecer sus fiestecillas
inocentes.

DOÑA IRENE ¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los

tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los
cuales sólo esta niña me ha venido a quedar;
pero le aseguro a usted que...


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Escena quinta
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El sí de las niñas - Acto primero


DOÑA IRENE, RITA


DOÑA IRENE ¡Válgame Dios! Ahora que me acuerdo...

¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!

RITA Señora.

(Saca debajo del brazo unas sábanas y almohadas.)

DOÑA IRENE ¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de comer?


RITA Sí, señora. Más ha comido que un avestruz. Ahí

le puse en la ventana del pasillo.

DOÑA IRENE ¿Hiciste las camas?


RITA La de usted ya está. Voy a hacer esotras antes

que anochezca, porque si no, como no hay más
alumbrado que el del candil y no tiene garabato
me veo perdida.

DOÑA IRENE Y aquella chica, ¿qué hace?


RITA Está desmenuzando un bizcocho para dar de

cenar a don Periquito.

DOÑA IRENE ¡Qué pereza tengo de escribir! (Se levanta y se

entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará
con mucho cuidado la pobre Circuncisión.

RITA ¡Qué chapucerías! No ha dos horas, como quien

dice, que salimos de allá, y ya empiezan a ir y
venir correos. ¡Qué poco me gustan a mí las
mujeres gazmoñas y zalameras!

(Éntrase en el cuarto de DOÑA FRANCISCA.)


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Escena sexta
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El sí de las niñas - Acto primero


CALAMOCHA


CALAMOCHA (Sale por la puerta del foro con unas maletas,

botas y un látigo. Lo deja todo sobre la mesa y
se sienta en el banco.)

¡Con que ha de ser el número tres! Vaya en
gracia... Ya, ya conozco el tal número tres.
Colección de bichos más abundante no la tiene
el Gabinete de Historia Natural... Miedo me da
de entrar... ¡Ay!, ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí
que son agujetas... Paciencia, pobre Calamocha,
paciencia... Y gracias a que los caballitos
dijeron: no podemos más, que si no, por esta vez
no veía yo el número tres, ni las plagas de
Faraón que tiene dentro... En fin, como los
animales amanezcan vivos, no será poco...
Reventados están...
(Canta RITA, desde adentro.
CALAMOCHA se levanta desperezándose.)
¡Oiga!.- ¿Seguidillitas?... Y no canta mal...
Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado
estoy!


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Escena séptima
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RITA, CALAMOCHA


RITA Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de ropa, y...

(Forcejeando para echar la llave.)
Pues cierto que está bien acondicionada la llave.

CALAMOCHA ¿Gusta usted de que eche una mano, mi vida?


RITA Gracias, mi alma.


CALAMOCHA ¡Calle!... ¡Rita!


RITA ¡Calamocha!


CALAMOCHA ¿Qué hallazgo es éste?


RITA ¿Y tu amo?


CALAMOCHA Los dos acabamos de llegar.


RITA ¿De veras?


CALAMOCHA No, que es chanza. Apenas recibió la carta de

doña Paquita, yo no sé adónde fue, ni con quién
habló, ni cómo lo dispuso; sólo sé decirte que
aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos
venido como dos centellas por ese camino.
Llegamos esta mañana a Guadalajara, y a las
primeras diligencias nos hallamos con que los
pájaros volaron ya. A caballo otra vez, y vuelta
a correr y a sudar y a dar chasquidos... En suma,
molidos los rocines y nosotros a medio moler,
hemos parado aquí con ánimo de salir mañana...
Mi teniente se ha ido al Colegio Mayor a ver a
un amigo, mientras se dispone algo que cenar...
Esta es la historia.

RITA ¿Con que le tenemos aquí?


CALAMOCHA Y enamorado más que nunca, celoso,

amenazando vidas... Aventurado a quitar el hipo
a cuantos le disputen la posesión de su Currita
idolatrada.

RITA ¿Qué dices?


CALAMOCHA Ni más ni menos.


RITA ¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la

tiene amor.

CALAMOCHA ¿Amor?... ¡Friolera!... El moro Gazul fue para

con él un pelele, Medoro un zascandil y
Gaiferos un chiquillo de la doctrina.

RITA ¡Ay! ¡cuando la señorita lo sepa!


CALAMOCHA Pero, acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con

quién estás?... ¿Cuándo llegaste?... Qué...


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Escena séptima II
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El sí de las niñas - Acto primero


RITA Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dio en

escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía
concertado su casamiento en Madrid con un
caballero rico, honrado, bienquisito, en suma,
cabal y perfecto, que no había más que apetecer.
Acosada la señorita con tales propuestas, y
angustiada incesantemente con los sermones de
aquella bendita monja, se vio en la necesidad de
responder que estaba pronta a todo lo que la
mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto
lloró la pobrecita, qué afligida estuvo. Ni quería
comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era
preciso disimular, para que su tía no sospechara
la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado
el primer susto, hubo lugar de discurrir
escapatorias y arbitrios, no hallamos otro que el
de avisar a tu amo, esperando que si era su
cariño tan verdadero y de buena ley como nos
había ponderado, no consentiría que su pobre
Paquita pasara a manos de un desconocido, y se
perdiesen para siempre tantas caricias, tantas
lágrimas y tantos suspiros estrellados en las
tapias del corral. Apenas partió la carta a su
destino, cata el coche de colleras, y el mayoral
Gasparet, con sus medias azules, y la madre y el
novio, que vienen por ella: recogimos a toda
prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres,
nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y
en dos latigazos llegamos antes de ayer a
Alcalá. La detención ha sido para que la
señorita visite a otra tía monja que tiene aquí,
tan arrugada y tan sorda como la que dejamos
allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante
una por una todas las religiosas, y creo que
mañana temprano saldremos. Por esta
casualidad nos...

CALAMOCHA Sí. No digas más... Pero... ¿Con que el novio

está en la posada?

RITA Ese es su cuarto

(Señalando el cuarto de DON DIEGO,
el de DOÑA IRENE y el de DOÑA FRANCISCA),
éste el de la madre, y aquél el nuestro.

CALAMOCHA ¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?


RITA No, por cierto. Aquí dormiremos esta noche la

señorita y yo; porque ayer, metidas las tres en
ese de enfrente, ni cabíamos de pie, ni pudimos
dormir un instante, ni respirar siquiera.

CALAMOCHA Bien. Adiós.

(Recoge los trastos que puso sobre la mesa, en ademán de irse.)

RITA Y ¿adónde?


CALAMOCHA Yo me entiendo... Pero el novio, ¿trae consigo

criados, amigos o deudos que le quiten la
primera zambullida que le amenaza?

RITA Un criado viene con él.


CALAMOCHA ¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se

disponga, porque está de peligro. Adiós.

RITA ¿Y volverás presto?


CALAMOCHA Se supone. Estas cosas piden diligencia y,

aunque apenas puedo moverme, es necesario
que mi teniente deje la visita y venga a cuidar
de su hacienda, disponer el entierro de ese
hombre, y... ¿Con que ése es nuestro cuarto, eh?

RITA Sí. De la señorita y mío.


CALAMOCHA ¡Bribona!


RITA ¡Botarate! Adiós.


CALAMOCHA Adiós, aborrecida

(Éntrase con los trastos al cuarto de DON CARLOS).


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Escena octava I
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El sí de las niñas - Acto primero


DOÑA FRANCISCA, RITA


RITA ¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios! ¡Don

Félix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce...
(Sale CALAMOCHA del cuarto de DON CARLOS
y se va por la puerta del foro.)
¡Oh! Por más que
digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de
hacer una?... Quererlos, no tiene remedio,
quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le
vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no
sería una lástima que...? Ella es.
(Sale DOÑA FRANCISCA.)

DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Rita!


RITA ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?


DOÑA FRANCISCA ¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre...

Empeñada está en que he de querer mucho a ese
hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me
mandaría cosas imposibles... Y que es tan
bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con
él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado
picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no
miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

RITA Señorita, por Dios, no se aflija usted.


DOÑA FRANCISCA Ya, como tú no la has oído... Y dice que don

Diego se queja de que yo no le digo nada...
Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora
mostrarme contenta delante de él, que no lo
estoy por cierto, y reírme y hablar niñerías... Y
todo por dar gusto a mi madre, que si no... Pero
bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)

RITA Vaya, vamos, que no hay motivo todavía para

tanta angustia... ¡Quién sabe!... ¿No se acuerda
usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el
año pasado en la casa de campo del intendente?

DOÑA FRANCISCA ¡Ay! ¿Cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me

vas a contar?

RITA Quiero decir que aquel caballero que vimos allí

con aquella cruz verde tan galán, tan fino...

DOÑA FRANCISCA ¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?


RITA Que nos fue acompañando hasta la ciudad...


DOÑA FRANCISCA Y bien... Y luego volvió, y le vi, por mi

desgracia, muchas veces... Mal aconsejada de ti.

RITA ¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo?

Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el
convento. Él no entró jamás por las puertas, y
cuando de noche hablaba con usted, mediaba
entre los dos una distancia tan grande, que usted
la maldijo no pocas veces... Pero esto no es del
caso. Lo que voy a decir es que un amante como
aquél no es posible que se olvide tan presto de
su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto
hemos leído a hurtadillas en las novelas no
equivale a lo que hemos visto en él... ¿Se
acuerda usted de aquellas tres palmadas que se
oían entre once y doce de la noche, de aquella
sonora punteada con tanta delicadeza y
expresión?


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Escena octava II
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El sí de las niñas - Acto primero


DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras

viva conservaré la memoria... Pero está
ausente... Y entretenido acaso con nuevos
amores.

RITA Eso no lo puedo yo creer.


DOÑA FRANCISCA Es hombre al fin, y todos ellos...


RITA ¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con

los hombres y las mujeres sucede lo mismo que
con los melones de Añover. Hay de todo; la
dificultad está en saber escogerlos. El que se
lleve chasco en la elección quéjese de su mala
suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay
hombres muy embusteros, muy picarones; pero
no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas
tan repetidas de perseverancia y amor. Tres
meses duró el terrero y la conversación a
oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted
que no vimos en él una acción descompuesta, ni
oímos de su boca una palabra indecente ni
atrevida.

DOÑA FRANCISCA Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le

tengo tan fijo aquí... aquí...
(Señalando el pecho.)
¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh!
Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios!
¡Es lástima! Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se
acabó... No habrá dicho más... Nada más.

RITA No señora, no ha dicho eso.


DOÑA FRANCISCA ¿Qué sabes tú?


RITA Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá

puesto en camino, y vendrá volando a consolar a
su amiga... Pero...
(Acercándose a la puerta del cuarto de DOÑA IRENE.)

DOÑA FRANCISCA ¿A dónde vas?


RITA Quiero ver si...


DOÑA FRANCISCA Está escribiendo.


RITA Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza a

anochecer... Señorita, lo que la he dicho a usted
es la verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.

DOÑA FRANCISCA ¿Qué dices? No me engañes.


RITA Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar

conmigo.

DOÑA FRANCISCA ¿De veras?


RITA Sí, señora... Y le ha ido a buscar para...



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Escena octava III
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El sí de las niñas - Acto primero


DOÑA FRANCISCA ¿Con que me quiere?... ¡Ay, Rita! Mira tú si

hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué
fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas
leguas sólo por verme..., porque yo se lo
mando... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh!,
yo le prometo que no se quejará de mí. Para
siempre agradecimiento y amor.

RITA Voy a traer luces. Procuraré detenerme por allá

abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y
qué piensa hacer, porque hallándonos todos
aquí, pudiera haber una de Satanás entre la
madre, la hija, el novio y el amante; y si no
ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de
perder en ella.

DOÑA FRANCISCA Dices bien... Pero no; él tiene resolución y

talento, y sabrá determinar lo más conveniente...
Y ¿cómo has de avisarme?... Mira que así que
llegue le quiero ver.

RITA No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y

en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me
entiende usted?

DOÑA FRANCISCA Sí, bien.


RITA Pues entonces no hay más que salir con

cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora
mayor; la hablaré de todos sus maridos y de sus
concuñados, y del obispo que murió en el mar...
Además, que si está allí don Diego...

DOÑA FRANCISCA Bien, anda; y así que llegue...


RITA Al instante.


DOÑA FRANCISCA Que no se te olvide toser.


RITA No haya miedo.


DOÑA FRANCISCA ¡Si vieras qué consolada estoy!


RITA Sin que usted lo jure lo creo.


DOÑA FRANCISCA ¿Te acuerdas, cuando me decía que era

imposible apartarme de su memoria, que no
habría peligros que le detuvieran, ni dificultades
que no atropellara por mí?

RITA Sí, bien me acuerdo.


DOÑA FRANCISCA ¡Ah!. Pues mira cómo me dijo la verdad.

(DOÑA FRANCISCA se va al cuarto de DOÑA IRENE; RITA,
por la puerta del foro.)


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Escena primera
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El sí de las niñas - Acto segundo


(Teatro oscuro.)


DOÑA FRANCISCA Nadie parece aún...

(DOÑA FRANCISCA seacerca a la puerta del foro y vuelve.)
¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy
una simple, que sólo pienso en jugar y reír, y
que no sé lo que es amor... Sí, diecisiete años, y
no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien,
y la inquietud y las lágrimas que cuesta.


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Escena segunda
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El sí de las niñas - Acto segundo


DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA


DOÑA IRENE Sola y a oscuras me habéis dejado allí.


DOÑA FRANCISCA Como estaba usted acabando su carta, mamá,

por no estorbarla me he venido aquí, que está
mucho más fresco.

DOÑA IRENE Pero aquella muchacha, ¿qué hace que no trae

una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y
yo que tengo un genio como una pólvora...
(Siéntase.) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego?
¿No ha venido?

DOÑA FRANCISCA Me parece que no.


DOÑA IRENE Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y

mira que no gusto de repetir una cosa dos veces.
Este caballero está sentido, y con muchísima
razón.

DOÑA FRANCISCA Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más.


DOÑA IRENE No es esto reñirte, hija mía, esto es aconsejarte.

Porque como tú no tienes conocimiento para
considerar el bien que se nos ha entrado por las
puertas... y lo atrasada que me coge, que yo no
sé lo que hubiera sido de tu pobre madre...
Siempre cayendo y levantando... Médicos,
botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don
Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los
veinte y los treinta reales por cada papelillo de
píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que
un casamiento como el que vas a hacer, muy
pocas le consiguen. Bien que a las oraciones de
tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos
agradecer esta fortuna, y no a tus méritos ni a
mi diligencia... ¿qué dices?

DOÑA FRANCISCA Yo, nada, mamá.


DOÑA IRENE Pues nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!...

En hablándote de esto, no te ocurre nada que
decir.


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Escena tercera
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DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA


(Sale RITA por la puerta del foro con luces
y las pone encima dela mesa.)

DOÑA IRENE Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no

venías.

RITA Señora, he tardado porque han tenido que ir a

comprar las velas. Como el tufo del velón la
hace a usted tanto daño...

DOÑA IRENE Seguro que me hace muchísimo mal, con esta

jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor
al cabo tuve que quitármelos; ¡si no me
sirvieron de nada! Con las obleas, me parece
que me va mejor... Mira, deja una luz ahí y
llévate la otra a mi cuarto, y corre la cortina, no
se me llene todo de mosquitos.

RITA Muy bien (Toma una luz y hace que se va.)


DOÑA FRANCISCA (Aparte, a Rita.) ¿No ha venido?


RITA Vendrá.


DOÑA IRENE Oyes, aquella carta que está sobre la mesa,

dásela al mozo de la posada para que la lleve al
instante al correo...
(Vase RITA al cuarto de DOÑA IRENE)
Y tú, niña, ¿qué has de cenar?
Porque será menester recogernos presto para
salir mañana de madrugada.

DOÑA FRANCISCA Como las monjas me hicieron merendar...


DOÑA IRENE Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero

para el abrigo del estómago...
(Sale RITA conuna carta en la mano, y hasta el fin de la escena
hace que se va y vuelve, según lo indica el diálogo.)
Mira, has de calentar el caldo que
apartamos al medio día, y haznos un par de
tazas de sopas, y tráetelas luego que estén.

RITA ¿Y nada más?


DOÑA IRENE No, nada más... ¡Ah!, y házmelas bien

caldositas.

RITA Sí, ya lo sé.


DOÑA IRENE Rita.


RITA (Aparte) Otra. ¿Qué manda usted?


DOÑA IRENE Encarga mucho al mozo que lleve la carta al

instante... Pero no, señor; mejor es... No quiero
que la lleve él, que son unos borrachones, que
no se les puede... Has de decir a Simón que digo
yo que me haga el gusto de echarla en el correo.
¿Lo entiendes?

RITA Sí, señora.


DOÑA IRENE ¡Ah! mira.


RITA (Aparte) Otra.


DOÑA IRENE Bien que ahora no corre prisa... Es menester que

luego me saques de ahí al tordo y colgarle por
aquí, de modo que no se caiga y se me lastime...

(Vase RITA por la puerta del foro.) ¡Qué noche
tan mala me dio!... ¡Pues no se estuvo el animal
toda la noche de Dios rezando el Gloria Patri y
la oración del Santo Sudario!... Ello, por otra
parte, edificaba, cierto; pero cuando se trata de
dormir...


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Escena cuarta
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DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA


DOÑA IRENE Pues mucho será que don Diego no haya tenido

algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto
que es un señor muy mirado, muy puntual...
¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien
hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se
porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de
posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de
oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa
blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué
despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú
no parece que atiendes a lo que estoy diciendo.

DOÑA FRANCISCA Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería

interrumpir a usted.

DOÑA IRENE Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua;

pajaritas del aire que apetecieras las tendrías,
porque como él te quiere tanto, y es un caballero
tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira,
Francisquita, que me cansa de veras el que
siempre que te hablo de esto, hayas dado en la
flor de no responderme palabra... ¡Pues no es
cosa particular, señor!

DOÑA FRANCISCA Mamá, no se enfade usted.


DOÑA IRENE No es buen empeño de... ¿Y te parece a ti que

no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?...
¿No ves que conozco las locuras que se te han
metido en esa cabeza de chorlito?... ¡Perdóneme Dios!

DOÑA FRANCISCA Pero... Pues ¿qué sabe usted?


DOÑA IRENE ¿Me quieres engañar a mí, eh? ¡Ay, hija! He

vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y
mucha penetración para que tú me engañes.

DOÑA FRANCISCA (Aparte) ¡Perdida soy!


DOÑA IRENE Sin contar con su madre... Como si tal madre no

tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera
sido con esta ocasión, de todos modos era ya
necesario sacarte del convento. Aunque hubiera
tenido que ir a pie y sola por ese camino, te
hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio
de niña éste! Que porque ha vivido un poco de
tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza
el ser ella monja también... Ni qué entiende ella
de eso, ni qué... En todos los estados se sirve a
Dios, Frasquita; pero el complacer a su madre,
asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus
trabajos, ésa es la primera obligación de una
hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.

DOÑA FRANCISCA Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado

abandonarla a usted.

DOÑA IRENE Sí, que no sé yo...


DOÑA FRANCISCA No, señora. Créame usted. La Paquita nunca se

apartará de su madre, ni la dará disgustos.

DOÑA IRENE Mira si es cierto lo que dices.


DOÑA FRANCISCA Sí, señora, que yo no sé mentir.


DOÑA IRENE Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo

que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no
te portas en un todo como corresponde...
Cuidado con ello.

DOÑA FRANCISCA (Aparte) ¡Pobre de mí!



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Escena quinta 1
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DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA
(Sale DON DIEGO por la puerta del foro,
y deja sobre la mesa sombrero y bastón.)

DOÑA IRENE Pues ¿cómo tan tarde?


DON DIEGO Apenas salí tropecé con el rector de

Málaga, Padre Guardián de San Diego, y el doctor
Padilla, y hasta que me han hartado bien de
chocolate y bollos no me han querido soltar...
(Siéntase junto a DOÑA IRENE.)
Y a todo esto, ¿cómo va?

DOÑA IRENE Muy bien.


DON DIEGO ¿Y doña Paquita?


DOÑA IRENE Doña Paquita, siempre acordándose de sus

monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de
bisiesto y pensar sólo en dar gusto a su madre y
obedecerla.

DON DIEGO ¡Qué diantre!. ¿Con que tanto se acuerda de...?


DOÑA IRENE ¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo

que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad así, tan...

DON DIEGO No, poco a poco, eso no. Precisamente en esa

edad son las pasiones algo más enérgicas y
decisivas que en la nuestra, y por cuanto la
razón se halla todavía imperfecta y débil, los
ímpetus del corazón son mucho más violentos...
(Asiendo de una mano a DOÑA FRANCISCA,
la hace sentar inmediata a él.)
Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al
convento de buena gana?... La verdad.

DOÑA IRENE Pero si ella no...


DON DIEGO Déjela usted, señora, que ella responderá.


DOÑA FRANCISCA Bien sabe usted lo que acabo de decirla...

No permita Dios que yo la dé que sentir.

DON DIEGO Pero eso lo dice usted tan afligida y...


DOÑA IRENE Si es natural, señor, ¿No ve usted que...?


DON DIEGO Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga

usted a mí lo que es natural. Lo que es natural
es que la chica esté llena de miedo, y no se
atreva a decir una palabra que se oponga a lo
que su madre quiere que diga... Pero si esto
hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.

DOÑA FRANCISCA No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo;

lo mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.


El sí de las niñas del Leandro Fernández de Moratín
Advertencia

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Escena quinta 2
Pág. 22 de 55
El sí de las niñas - Acto segundo


DON DIEGO ¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan

delicadas, los padres que tienen juicio no
mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí,
todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de
evitar después las resultas funestas de lo que
mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos
matrimonios infelices, uniones monstruosas,
verificadas solamente porque un padre tonto se
metió a mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas
veces una desdichada mujer halla anticipada la
muerte en el encierro de un claustro, porque su
madre o su tío se empeñaron en regalar a Dios
lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor; eso no
va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy
de aquellos hombres que se disimulan los
defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son
para enamorar perdidamente a nadie; pero
tampoco he creído imposible que una muchacha
de juicio y bien criada llegase a quererme con
aquel amor tranquilo y constante que tanto se
parece a la amistad, y es el único que puede
hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo,
no he ido a buscar ninguna hija de familia de
estas que viven en una decente libertad...
Decente, que yo no culpo lo que no se opone al
ejercicio de la virtud. Pero, ¿cuál sería entre
todas ellas la que no estuviese ya prevenida en
favor de otro amante más apetecible que yo? Y
en Madrid, ¡figúrese usted en un Madrid!...
Lleno de estas ideas, me pareció que tal vez
hallaría en usted todo cuanto yo deseaba...

DOÑA IRENE Y puede usted creer, señor don Diego, que...


DON DIEGO Voy a acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo

me hago cargo, querida Paquita, de lo que
habrán influido en una niña tan bien inclinada
como usted las santas costumbres que ha visto
practicar en aquel inocente asilo de la devoción
y la virtud; pero, si a pesar de todo esto, la
imaginación acalorada, las circunstancias
imprevistas, la hubiesen hecho elegir sujeto más
digno, sepa usted que yo no quiero nada con
violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón y mi
lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la
pido a usted, Paquita: sinceridad. El cariño que
a usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su
madre de usted no es capaz de querer una
injusticia, y sabe muy bien que a nadie se le
hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí
prendas que la inclinen, si siente algún otro
cuidadillo en su corazón, créame usted, la
menor disimulación en esto nos daría a todos
muchísimo que sentir.


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Escena quinta 3
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DOÑA IRENE ¿Puedo hablar ya, señor?


DON DIEGO Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin

intérprete.

DOÑA IRENE Cuando yo se lo mande.


DON DIEGO Pues ya puede usted mandárselo, porque a ella

la toca responder... Con ella he de casarme, con
usted no.

DOÑA IRENE Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni

conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?...
Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió
pocos días ha, cuando le di parte de este
casamiento. Que aunque no la ha vuelto a ver
desde que la tuvo en la pila, la quiere
muchísimo; y a cuantos pasan por el Burgo de
Osma les pregunta cómo está, y continuamente
nos envía memorias con el ordinario.

DON DIEGO Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O,

por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso
con lo que estamos hablando?

DOÑA IRENE Sí señor que tiene que ver, sí señor. Y aunque

yo lo diga, le aseguro a usted que ni un padre de
Atocha, hubiera puesto una carta mejor que la
que él me envió sobre, el matrimonio de la
niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller,
ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien
dice, un hombre de capa y espada con un
empleíllo infeliz en el ramo del viento, que
apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y
sabe de todo, y tiene una labia - y escribe que da
gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le
parezca a usted, y muy buenos consejos que me
daba en ella... Que no es posible sino que
adivinase lo que nos está sucediendo.

DON DIEGO Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que

a usted la deba disgustar.

DOÑA IRENE Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole

hablar de mi hija en unos términos que...? ¡Ella
otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal
hubiera... ¡Válgame Dios!... La mataba a golpes,
mire usted... Respóndele, una vez que quiere
que hables y que yo no chiste. Cuéntale los
novios que dejaste en Madrid cuando tenías
doce años, y los que has adquirido en el
convento al lado de aquella santa mujer. Díselo
para que se tranquilice, y...

DON DIEGO Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.


DOÑA IRENE Respóndele.


DOÑA FRANCISCA Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan...


DON DIEGO No, hija mía; esto es dar alguna expresión a lo

que se dice; pero enfadarnos, no por cierto.
Doña Irene sabe lo que yo la estimo.


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Escena quinta 4
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DOÑA IRENE Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente

agradecida a los favores que usted nos hace...
Por eso mismo...

DON DIEGO No se hable de agradecimiento; cuanto yo puedo

hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña
Paquita esté contenta.

DOÑA IRENE ¿Pues no ha de estarlo? Responde.


DOÑA FRANCISCA Sí, señor, que lo estoy.


DON DIEGO Y que la mudanza de estado que se la previene

no la cueste el menor sentimiento.

DOÑA IRENE No, señor, todo al contrario... Boda más a gusto

de todos no se pudiera imaginar.

DON DIEGO En esa inteligencia, puedo asegurarla que no

tendrá motivos de arrepentirse después. En
nuestra compañía vivirá querida y adorada, y
espero que a fuerza de beneficios he de merecer
su estimación y su amistad.

DOÑA FRANCISCA Gracias, señor don Diego... ¡A una huérfana,

pobre, desvalida como yo!...

DON DIEGO Pero de prendas tan estimables, que la hacen a

usted digna todavía de mayor fortuna.

DOÑA IRENE Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.


DOÑA FRANCISCA ¡Mamá!

(Levántase, abraza a su madre y se acarician mutuamente.)

DOÑA IRENE ¿Ves lo que te quiero?


DOÑA FRANCISCA Sí, señora.


DOÑA IRENE ¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro

pío sino el de verte colocada antes que yo falte?

DOÑA FRANCISCA Bien lo conozco.


DOÑA IRENE ¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?


DOÑA FRANCISCA Sí, señora.


DOÑA IRENE ¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!


DOÑA FRANCISCA Pues ¿qué? ¿No la quiero yo a usted?


DON DIEGO Vamos, vamos de aquí.

(Levántase DON DIEGO y después DOÑA IRENE.)
No venga alguno y nos halle a los tres llorando como tres
chiquillos.

DOÑA IRENE Sí, dice usted bien.

(Vanse los dos al cuarto de DOÑA IRENE. DOÑA FRANCISCA va
detrás y RITA, que sale por la puerta del foro, la hace detener.)


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Escena sexta
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El sí de las niñas - Acto segundo


DOÑA FRANCISCA, RITA


RITA Señorita... ¡Eh!, chit..., señorita...


DOÑA FRANCISCA ¿Qué quieres?


RITA Ya ha venido.


DOÑA FRANCISCA ¿Cómo?


RITA Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un

abrazo con licencia de usted, y ya sube por la
escalera.

DOÑA FRANCISCA ¡Ay, Dios!... Y ¿qué debo hacer?


RITA ¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no

gastar el tiempo en melindres de amor... Al
asunto... y juicio... Y mire usted que en el paraje
en que estamos, la conversación no puede ser
muy larga... Ahí está.

DOÑA FRANCISCA Sí... Él es.


RITA Voy a cuidar de aquella gente... Valor, señorita,

y resolución.
(RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)

DOÑA FRANCISCA No, no, que yo también... Pero no lo merece.



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Escena séptima
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DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA


(Sale DON CARLOS por la puerta del foro.)

DON CARLOS ¡Paquita!... ¡Vida mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo

va, hermosa, cómo va?

DOÑA FRANCISCA Bien venido.


DON CARLOS ¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más

alegría?

DOÑA FRANCISCA Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que

me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo
sabe usted... Después de escrita aquella carta,
fueron por mí... Mañana a Madrid... Ahí está mi
madre.

DON CARLOS ¿En dónde?


DOÑA FRANCISCA Ahí, en ese cuarto.

(Señalando al cuarto de DOÑA IRENE.)

DON CARLOS ¿Sola?


DOÑA FRANCISCA No, señor.


DON CARLOS Estará en compañía del prometido esposo.

(Se acerca al cuarto de DOÑA IRENE, se detiene y vuelve.)
Mejor... Pero, ¿no hay nadie más con ella?

DOÑA FRANCISCA Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted

hacer?

DON CARLOS Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que

esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero
tiempo hay... Él también será hombre de honor,
y no es justo insultarle porque quiere bien a una
mujer tan digna de ser querida... Yo no conozco
a su madre de usted ni... Vamos, ahora nada se
puede hacer... Su decoro de usted merece la
primera atención.

DOÑA FRANCISCA Es mucho el empeño que tiene en que me case

con él.

DON CARLOS No importa.


DOÑA FRANCISCA Quiere que esta boda se celebre así que

lleguemos a Madrid.

DON CARLOS ¿Cuál?... No. Eso no.


DOÑA FRANCISCA Los dos están de acuerdo, y dicen...


DON CARLOS Bien... Dirán... Pero no puede ser.


DOÑA FRANCISCA Mi madre no me habla continuamente de otra

materia. Me amenaza, me ha llenado de temor...
Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...

DON CARLOS Y usted, ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido

quererle mucho?

DOÑA FRANCISCA ¡Ingrato!... Pues ¿no sabe usted que...? ¡Ingrato!


DON CARLOS Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.


DOÑA FRANCISCA Y el último.


DON CARLOS Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar

que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien?
(Asiéndola de las manos.)

DOÑA FRANCISCA ¿Pues de quién ha de ser?


DON CARLOS ¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!...

Una sola palabra de esa boca me asegura... Para
todo me da valor... En fin, ya estoy aquí...
¿Usted me llama para que la defienda, la libre,
la cumpla una obligación mil y mil veces
prometida? Pues a eso mismo vengo yo... Si
ustedes se van a Madrid mañana, yo voy
también. Su madre de usted sabrá quién soy...
Allí puedo contar con el favor de un anciano
respetable y virtuoso, a quien más que tío debo
llamar amigo y padre. No tiene otro deudo más
inmediato ni más querido que yo; es hombre
muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen
para usted algún atractivo, esta circunstancia
añadiría felicidades a nuestra unión.

DOÑA FRANCISCA Y ¿qué vale para mí toda la riqueza del mundo?


DON CARLOS Ya lo sé. La ambición no puede agitar a un alma

tan inocente.

DOÑA FRANCISCA Querer y ser querida... Ni apetezco más ni

conozco mayor fortuna.

DON CARLOS Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y

esperar que la suerte mude nuestra aflicción
presente en durables dichas.

DOÑA FRANCISCA Y ¿qué se ha de hacer para que a mi pobre

madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me
quiere tanto!... Si acabo de decirla que no la
disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que
siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con
tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté
a decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted
para salir de estos ahogos.

DON CARLOS Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?


DOÑA FRANCISCA ¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que

estuviera yo viva si esa esperanza no me
animase? Sola y desconocida de todo el mundo,
¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese
venido, mis melancolías me hubieran muerto,
sin tener a quién volver los ojos, ni poder
comunicar a nadie la causa de ellas... Pero usted
ha sabido proceder como caballero y amante, y
acaba de darme con su venida la prueba mayor
de lo mucho que me quiere.
(Se enternece y llora.)

DON CARLOS ¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita,

yo solo basto para defenderla a usted de cuantos
quieran oprimirla. A un amante favorecido,
¿quién puede oponérsele?. Nada hay que temer.

DOÑA FRANCISCA ¿Es posible?


DON CARLOS Nada... Amor ha unido nuestras almas en

estrechos nudos, y sólo la muerte bastará a
dividirlas.


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Escena octava
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RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA


RITA Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted.

Voy a traer la cena, y se van a recoger al
instante... Y usted, señor galán, ya puede
también disponer de su persona.

DON CARLOS Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada

tengo que añadir.

DOÑA FRANCISCA Ni yo.


DON CARLOS Hasta mañana. Con la luz del día veremos a este

dichoso competidor.

RITA Un caballero muy honrado, muy rico, muy

prudente; con su chupa larga, su camisola limpia
y sus sesenta años debajo del peluquín.
(Se va por la puerta del foro.)

DOÑA FRANCISCA Hasta mañana.


DON CARLOS Adiós, Paquita.


DOÑA FRANCISCA Acuéstese usted, y descanse.


DON CARLOS ¿Descansar con celos?


DOÑA FRANCISCA ¿De quién?


DON CARLOS Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.


DOÑA FRANCISCA ¿Dormir con amor?


DON CARLOS Adiós, vida mía.


DOÑA FRANCISCA Adiós.

(Éntrase al cuarto de Doña Irene.)


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Escena nona
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DON CARLOS, CALAMOCHA, RITA


DON CARLOS ¡Quitármela! (Paseándose con inquietud.) No...

Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre
ha de ser tan imprudente que se obstine en
verificar este matrimonio repugnándolo su
hija... mediando yo... ¡Sesenta años!...
Precisamente será muy rico... ¡El dinero!...
Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.

CALAMOCHA (Sale CALAMOCHA por la puerta del foro.)

Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado,
y... a lo menos, parece cabrito. Tenemos una
magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni
otra materia extraña, bien lavada, escurrida y
condimentada por estas manos pecadoras, que
no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la
Tercia... Conque, si hemos de cenar y dormir,
me parece que sería bueno...

DON CARLOS Vamos... ¿Y adónde ha de ser?


CALAMOCHA Abajo... Allí he mandado disponer una angosta

y fementida mesa, que parece un banco de herrador.

RITA (Sale por la puerta del foro con unos platos,

taza, cucharas y servilleta.)
¿Quién quiere sopas?

DON CARLOS Buen provecho.


CALAMOCHA Si hay alguna real moza que guste de cenar

cabrito, levante el dedo.

RITA La real moza se ha comido ya media cazuela de

albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(Éntrase al cuarto de DOÑA IRENE.)

CALAMOCHA Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.


DON CARLOS Conque, ¿vamos?


CALAMOCHA ¡Ay, ay, ay!...

(CALAMOCHA se encamina a la puerta del foro,
y vuelve; se acerca a DON CARLOS y hablan
hasta el fin de la escena, en que CALAMOCHA
se adelanta a saludar a SIMÓN.)
¡Eh! ¡Chit! Digo...

DON CARLOS ¿Qué?


CALAMOCHA ¿No ve usted lo que viene por allí?


DON CARLOS ¿Es Simón?


CALAMOCHA El mismo... Pero, ¿quién diablos le...?


DON CARLOS ¿Y qué haremos?


CALAMOCHA ¿Qué se yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da

usted licencia para que...?

DON CARLOS Sí, miente lo que quieras... ¿A qué habrá venido

este hombre?


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Escena décima
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SIMÓN, DON CARLOS, CALAMOCHA


(SIMÓN sale por la puerta del foro.)
CALAMOCHA Simón, ¿tú por aquí?


SIMÓN Adiós, Calamocha ¿Cómo va?


CALAMOCHA Lindamente.


SIMÓN ¡Cuánto me alegro de...!


CALAMOCHA ¡Hombre! ¿Tú en Alcalá? ¿Pues qué novedad es

ésta?

SIMÓN ¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto va

sanes!.

DON CARLOS ¿Y mi tío?


SIMÓN Tan bueno.


CALAMOCHA Pero, ¿se ha quedado en Madrid, o...?


SIMÓN ¿Quién me había de decir a mí...? ¡Cosa como

ella! Tan ajeno estaba yo ahora de... Y usted, de
cada vez más guapo... Conque usted irá a ver al
tío, ¿eh?

CALAMOCHA Tú habrás venido con algún encargo del amo.

SIMÓN. ¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino!
¡Ya, ya!

CALAMOCHA Alguna cobranza tal vez, ¿eh?


DON CARLOS Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de

hacienda en Ajalvir... ¿No has venido a eso?

SIMÓN ¡Y qué buena maula le ha salido el tal

administrador! Labriego más marrullero y más
bellaco no le hay en toda la campiña... Conque
¿usted viene ahora de Zaragoza?

DON CARLOS Pues... Figúrate tú.


SIMÓN ¿O va usted allá?


DON CARLOS ¿A dónde?


SIMÓN A Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?


CALAMOCHA Pero, hombre, si salimos el verano pasado de

Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?

SIMÓN ¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan

más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un
camino muy malo.

CALAMOCHA (Aparte, separándose de SIMÓN. ¡Maldito seas

tú, y tu camino, y la bribona que te dio papilla!)

DON CARLOS Pero aún no me has dicho si mi tío está en

Madrid o en Alcalá, ni a qué has venido, ni...

SIMÓN Bien, a eso voy... Sí señor, voy a decir a usted...

Conque... Pues el amo me dijo...


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Escena undécima 1
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DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA


DON DIEGO (Desde adentro.)

No, no es menester; si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.
(DON CARLOS se turba y se aparta a un extremo del teatro.)

DON CARLOS ¡Mi tío!


DON DIEGO ¡Simón!

(Sale DON DIEGO del cuarto de DOÑA IRENE, encaminándose al
suyo; repara en DON CARLOS, y se acerca a él.
SIMÓN le alumbra, y vuelve a dar la luz sobre la mesa.)

SIMÓN Aquí estoy, señor.


DON CARLOS (Aparte) ¡Todo se ha perdido!


DON DIEGO Vamos... Pero... ¿quién es?


SIMÓN Un amigo de usted, señor.


DON CARLOS (Aparte) Yo estoy muerto.


DON DIEGO ¿Cómo un amigo?... ¿Qué?... Acerca esa luz.


DON CARLOS Tío.

(En ademán de besar la mano a DON DIEGO, que le aparta de sí con enojo.)

DON DIEGO Quítate de ahí.


DON CARLOS Señor.


DON DIEGO Quítate... No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?


DON CARLOS Si usted se altera y...


DON DIEGO ¿Qué haces aquí?


DON CARLOS Mi desgracia me ha traído.


DON DIEGO ¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero...

(Acercándose a DON CARLOS.) ¿Qué dices?
¿De veras ha ocurrido alguna desgracia?
Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?

CALAMOCHA Porque le tiene a usted ley, y le quiere bien, y...


DON DIEGO A ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido

de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te
asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna
locura has hecho que le habrá de costar la vida a
tu pobre tío.

DON CARLOS No, señor, que nunca olvidaré las máximas de

honor y prudencia que usted me ha inspirado
tantas veces.

DON DIEGO Pues ¿a qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas?

¿Es algún disgusto con tus jefes?... Sácame de
esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de
este afán.

CALAMOCHA Si todo ello no es más que...


DON DIEGO Ya he dicho que calles... Ven acá.

(Tomándolo de una mano se aparta con él a un extremo
del teatro y le habla en voz baja.)
Dime, ¿qué ha sido?

DON CARLOS Una ligereza, una falta de sumisión a usted.

Venir a Madrid sin pedirle licencia primero...
Bien arrepentido estoy, considerando la
pesadumbre que le he dado al verme.

DON DIEGO ¿Y qué otra cosa hay?


DON CARLOS Nada más, señor.



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Escena undécima 2
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DON DIEGO Pues ¿qué desgracia era aquella de que me

hablaste?

DON CARLOS Ninguna. La de hallarle a usted en este paraje...

y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba
sorprenderle en Madrid, estar en su compañía
algunas semanas, y volverme contento de
haberle visto...

DON DIEGO ¿No hay más?


DON CARLOS No, señor.


DON DIEGO Míralo bien.


DON CARLOS No, señor... A eso venía. No hay nada más.


DON DIEGO Pero no me digas tú a mí... Si es imposible que

estas escapada se... No, señor... ¿Ni quién ha de
permitir que un oficial se vaya cuando se le
antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
Pues si tales ejemplos se repitieran mucho,
adiós disciplina militar... Vamos... Eso no puede ser.

DON CARLOS Considere usted, tío, que estamos en tiempo de

paz; que en Zaragoza no es necesario un
servicio tan exacto como en otras plazas, en que
no se permite descanso a la guarnición... Y, en
fin, puede usted creer que este viaje supone la
aprobación y la licencia de mis superiores; que
yo también miro por mi estimación, y que
cuando me he venido, estoy seguro de que no
hago falta.

DON DIEGO Un oficial siempre hace falta a sus soldados. El

rey le tiene allí para que los instruya, los proteja
y les dé ejemplos de subordinación, de valor, de virtud.

DON CARLOS Bien está; pero ya he dicho los motivos...


DON DIEGO Todos esos motivos no valen nada... ¡Porque le

dio la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío
de usted no es verle cada ocho días, sino saber
que es hombre de juicio, y que cumple con sus
obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero
(Alza la voz, y se pasea inquieto.)
yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan
otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es
marcharse inmediatamente.

DON CARLOS Señor, si...


DON DIEGO No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted

no ha de dormir aquí.

CALAMOCHA Es que los caballos no están ahora para correr...

Ni pueden moverse.

DON DIEGO Pues con ellos (A CALAMOCHA) y con las

maletas al mesón de afuera. Usted
(A DON CARLOS) no ha de dormir aquí... Vamos
(A CALAMOCHA) tú, buena pieza, menéate.
Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya
hecho, sacar los caballos y marchar... Ayúdale
tú... (A SIMÓN.) ¿Qué dinero tienes ahí?

SIMÓN Tendré unas cuatro o seis onzas.

(Saca de un bolsillo algunas monedas
y se las da a DON DIEGO.)

DON DIEGO Dámelas acá... Vamos, ¿qué haces?...

(A CALAMOCHA.) ¿No he dicho que ha de ser al
instante? Volando. Y tú (A SIMÓN) ve con él,
ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se
hayan ido.
(Los dos criados entran en el cuarto de DON CARLOS.)


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Escena duodécima 1
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DON DIEGO, DON CARLOS


DON DIEGO Tome usted. (Le da el dinero.) Con eso hay

bastante para el camino... Vamos, que cuando yo
lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No
conoces que es todo por tu bien, y que ha sido
un desatino lo que acabas de hacer?... Y no hay
que afligirse por eso, ni creas que es falta de
cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre;
y en obrando tú según corresponde, seré tu
amigo como lo he sido hasta aquí.

DON CARLOS Ya lo sé.


DON DIEGO Pues bien, ahora obedece lo que te mando.


DON CARLOS Lo haré sin falta.


DON DIEGO Al mesón de afuera.

(A los dos criados, que salen con los trastos del
cuarto de DON CARLOS, y se van por la puerta del foro.)
Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan...
Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres
en la ciudad... ¡Cuidado! Y a eso de las tres o
las cuatro, marchar. Mira que yo he de saber a la hora
que sales. ¿Lo entiendes?

DON CARLOS Sí, señor.


DON DIEGO Mira que lo has de hacer.


DON CARLOS Sí, señor; haré lo que usted manda.


DON DIEGO Muy bien... Adiós... Todo te lo perdono... Vete

con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas a
Zaragoza; no te parezca que estoy ignorante de
lo que hiciste la vez pasada.

DON CARLOS Pues ¿qué hice yo?


DON DIEGO Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué

más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.

DON CARLOS Quede usted con Dios.

(Hace que se va, y vuelve.)

DON DIEGO ¿Sin besar la mano a su tío, eh?



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Escena duodécima 2
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El sí de las niñas - Acto segundo


DON CARLOS No me atreví.

(Besa la mano a DON DIEGO y se abrazan.)

DON DIEGO Y dame un abrazo, por si no nos volvemos a ver.


DON CARLOS ¿Qué dice usted? ¡No lo permita Dios!


DON DIEGO ¡Quién sabe, hijo mío! ¿Tienes algunas deudas?

¿Te falta algo?

DON CARLOS No, señor, ahora no.


DON DIEGO Mucho es, porque tú siempre tiras por largo...

Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien,
yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien
doblones de orden mía. Y mira cómo los
gastas... ¿Juegas?

DON CARLOS No, señor, en mi vida.


DON DIEGO Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te

acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?

DON CARLOS No, señor. Porque usted me quiere mucho, me

llena de beneficios, y yo le pago mal.

DON DIEGO No se hable ya de lo pasado... Adiós.


DON CARLOS ¿Queda usted enojado conmigo?


DON DIEGO No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero

ya se acabó... No me des que sentir.
(Poniéndole ambas manos sobre los hombros.)
Portarse como hombre de bien.

DON CARLOS No lo dude usted.


DON DIEGO Como oficial de honor.


DON CARLOS Así lo prometo.


DON DIEGO Adiós, Carlos. (Abrázanse.)


DON CARLOS (Aparte, al irse por la puerta del foro)

¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!


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Escena treceava
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DON DIEGO Demasiado bien se ha compuesto dispuesto...

Luego lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo
mismo escribírselo que... Después de hecho, no
importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al
tío!... Como una malva, es.
(Se enjuga las lágrimas, toma la luz y se va a su cuarto.
El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.)


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Escena catorceava
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DOÑA FRANCISCA, RITA


(Salen del cuarto de DOÑA IRENE. RITA sacará una luz
y la pone encima de la mesa.)

RITA Mucho silencio hay por aquí.


DOÑA FRANCISCA Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.


RITA Precisamente.


DOÑA FRANCISCA ¡Un camino tan largo!


RITA ¡A lo que obliga el amor, señorita!


DOÑA FRANCISCA Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo, ¿qué no

hiciera por él?

RITA Y deje usted, que no ha de ser este el último

milagro. Cuando lleguemos a Madrid, entonces
será ella... El pobre don Diego, ¡qué chasco se
va a llevar! Y por otra parte, vea usted qué
señor tan bueno, que cierto da lástima...

DOÑA FRANCISCA Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre

despreciable, ni mi madre hubiera admitido su
pretensión, ni yo tendría que disimular mi
repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don
Félix ha venido, y ya no temo a nadie. Estando
mi fortuna en su mano, me considero la más
dichosa de las mujeres.

RITA ¡Ay!, ahora que me acuerdo... Pues poquito me

lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo
yo también la cabeza... Voy por él.
(Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE.)

DOÑA FRANCISCA ¿A qué vas?


RITA El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.


DOÑA FRANCISCA Sí, tráele, no empiece a rezar como anoche...

Allí quedó junto a la ventana... Y ve con
cuidado, no despierte mamá.

RITA Sí, mire usted el estrépito de caballerías que

anda por allá abajo... Hasta que lleguemos a
nuestra calle del Lobo, número siete, cuarto
segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese
maldito portón, que rechina que...

DOÑA FRANCISCA Te puedes llevar la luz.


RITA No es menester, que ya sé dónde está.

(Vase al cuarto de DOÑA IRENE.)


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Escena quinceava
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SIMÓN, DOÑA FRANCISCA


(Sale por la puerta del foro SIMÓN.)
DOÑA FRANCISCA Yo pensé que estaban ustedes acostados.


SIMÓN El amo ya habrá hecho esa diligencia; pero yo

todavía no sé en dónde he de tender el rancho...
Y buen sueño que tengo.

DOÑA FRANCISCA ¿Qué gente nueva ha llegado ahora?


SIMÓN Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.


DOÑA FRANCISCA ¿Los arrieros?


SIMÓN No, señora. Un oficial y un criado suyo, que

parece que se van a Zaragoza.

DOÑA FRANCISCA ¿Quiénes dice usted que son?


SIMÓN Un teniente coronel , un oficial de caballería y

su asistente.

DOÑA FRANCISCA ¿Y estaban aquí?


SIMÓN Sí, señora; ahí en ese cuarto.


DOÑA FRANCISCA No los he visto.


SIMÓN Parece que llegaron esta tarde y... A la cuenta

habrán despachado ya la comisión que traían...
Conque se han ido... Buenas noches, señorita.
(Vase al cuarto de DON DIEGO.)


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Escena dieciseisava
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DOÑA FRANCISCA, RITA
DOÑA FRANCISCA ¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No

puedo sostenerme... ¡Desdichada!
(Siéntase en una silla junto a la mesa.)

RITA Señorita, yo vengo muerta.

(Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa;
abre la puerta del cuarto de DON CARLOS y vuelve.)

DOÑA FRANCISCA ¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?


RITA Deje usted que todavía no creo lo que he visto...

Aquí no hay nadie... Ni maletas, ni ropa, ni...
Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los
he visto salir.

DOÑA FRANCISCA ¿Y eran ellos?


RITA Sí, señora. Los dos.


DOÑA FRANCISCA Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?


RITA Si no los he perdido de vista hasta que salieron

por la Puerta de Mártires ... Como DOÑA FRANCISCA.
¿Y es ese el camino de Aragón?

RITA Ése es.


DOÑA FRANCISCA ¡Indigno!... ¡Hombre indigno!


RITA Señorita...


DOÑA FRANCISCA ¿En qué te ha ofendido esta infeliz?


RITA Yo estoy temblando toda... Pero... Si es

incomprensible... Si no alcanzo a descubrir qué
motivos ha podido haber para esta novedad.

DOÑA FRANCISCA ¿Pues no le quise más que a mi vida?...

¿No me ha visto loca de amor?

RITA No sé qué decir al considerar una acción tan

infame.

DOÑA FRANCISCA ¿Qué has de decir? Que no me ha querido

nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para
esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!...
(Levántase, y RITA la sostiene.)

RITA Pensar que su venida fue con otro designio, no

me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de
tener celos?... Y aun eso mismo debiera
enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay
que decir que habrá tenido miedo de su
competidor.

DOÑA FRANCISCA Te cansas en vano... Di que es un pérfido, di que

es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.

RITA Vamos de aquí, que puede venir alguien y...


DOÑA FRANCISCA Sí, vámonos... Vamos a llorar... Y ¡en qué

situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?

RITA Sí, señora; ya lo conozco.


DOÑA FRANCISCA ¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién?

Conmigo... Pues ¿yo merecí ser engañada tan
alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este
galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi
delito, cuál es? (RITA coge la luz y se van
entrambas al cuarto de DOÑA FRANCISCA.)


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Escena primera
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO, SIMÓN


(Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero
con vela apagada y la jaula del tordo.
SIMÓN duerme tendido en el banco.)

DON DIEGO (Sale de su cuarto acabándose de poner la bata.)

Aquí, a lo menos, ya que no duerma, no me
derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se...
¡Cómo ronca éste!... Guardémosle el sueño
hasta que venga el día,, que ya poco puede
tardar... (SIMÓN despierta y se levanta.) ¿Qué
es eso? Mira no te caigas, hombre.

SIMÓN Qué, ¿estaba usted ahí, señor?


DON DIEGO Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede

parar.

SIMÓN Pues yo, a Dios gracias, aunque la cama es algo

dura, he dormido como un emperador.

DON DIEGO ¡Mala comparación!... Di que has dormido como

un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni
ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.

SIMÓN En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?


DON DIEGO Poco ha que sonó el reloj de San Justo, y, si no

conté mal, dio las tres.

SIMÓN ¡Oh!, pues ya nuestros caballeros irán por ese

camino adelante echando chispas.

DON DIEGO Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo

prometió, y espero que lo hará.

SIMÓN ¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé!

¡Qué triste!

DON DIEGO Ha sido preciso.


SIMÓN Ya lo conozco.


DON DIEGO ¿No ves qué venida tan intempestiva?


SIMÓN Es verdad. Sin permiso de usted, sin avisarle,

sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy
mal... Bien que por otra parte él tiene prendas
suficientes para que se le perdone esta
ligereza... Digo... Me parece que el castigo no
pasará adelante, ¿eh?

DON DIEGO ¡No, qué...! No señor. Una cosa es que le haya

hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos
cogía... Te aseguro que cuando se fue me quedó
un ansia en el corazón.
(Suenan a lo lejos tres palmadas, y poco después se oye
que puntean un instrumento.)
¿Qué ha sonado?

SIMÓN No sé... Gente que pasa por la calle. Serán

labradores.

DON DIEGO Calla.


SIMÓN Vaya, música tenemos, según parece.


DON DIEGO Sí, como lo hagan bien.


SIMÓN Y ¿quién será el amante infeliz que se viene a

gorjear a estas horas en ese callejón tan
puerco?... Apostaré que son amores con la moza
de la posada, que parece un mico.

DON DIEGO Puede ser.


SIMÓN Ya empiezan, oigamos...

(Tocan una sonata desde adentro).
Pues dígole a usted que toca muy lindamente el pícaro
del barberillo.

DON DIEGO No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy

bien que afeite.

SIMÓN ¿Quiere usted que nos asomemos un poco, a ver...?


DON DIEGO No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la

importancia que darán ellos a la tal música!...
No gusto yo de incomodar a nadie.
(Salen de su cuarto DOÑA FRANCISCA y RITA,
encaminándose a la ventana. DON DIEGO
y SIMÓN se retiran a un lado, y observan.)

SIMÓN ¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí a un ladito.


DON DIEGO ¿Qué quieres?


SIMÓN Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele

a faldas que trasciende.

DON DIEGO ¿Sí?... Retirémonos.



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Escena segunda
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El sí de las niñas - Acto tercero


DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN


RITA Con tiento, señorita.


DOÑA FRANCISCA Siguiendo la pared, ¿no voy bien?

(Vuelven a tocar el instrumento.)

RITA Sí, señora... Pero vuelven a tocar... Silencio...


DOÑA FRANCISCA No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.


RITA ¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.


DOÑA FRANCISCA Calla. Sí, él es... ¡Dios mío!

(Acércase RITA ala ventana, abre la vidriera y da tres palmadas.
Cesa la música.)
Ve, responde... Albricias, corazón. Él es.

SIMÓN ¿Ha oído usted?


DON DIEGO Sí.


SIMÓN ¿Qué querrá decir esto?


DON DIEGO Calla.

(DOÑA FRANCISCA se asoma a la ventana.
RITA se queda detrás de ella.)

(Los puntos suspensivos indican las interrupciones
más o menos largas que deben hacerse.)

DOÑA FRANCISCA Yo soy... Y ¿qué había de pensar viendo lo que

usted acaba de hacer?... ¿Qué fuga es ésta?... Rita
(Apártase de la ventana, y vuelve después a asomarse),
amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor,
al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está,
tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, don
Félix! Nunca le he visto a usted tan tímido...
(Tiran desde adentro una carta que cae por la
ventana al teatro. DOÑA FRANCISCA la busca
y, no hallándola vuelve a asomarse.)
No, no la he cogido; pero aquí está sin duda...
¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día
los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?...
Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita
de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a
usted que estará el mío?... No me cabe en el
pecho. Diga usted.
(SIMÓN se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer.)

RITA Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.


DOÑA FRANCISCA ¡Infeliz de mí!... Guíame.


RITA Vamos...

(Al retirarse tropieza con SIMÓN. Las
dos se van al cuarto de DOÑA FRANCISCA.)
¡Ay!

DOÑA FRANCISCA ¡Muerta voy!



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Escena tercera
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DON DIEGO, SIMÓN


DON DIEGO ¿Qué grito fue ése?


SIMÓN Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó

conmigo.

DON DIEGO Acércate a esa ventana, y mira si hallas en el

suelo un papel... ¡Buenos estamos!

SIMÓN (Tentando por el suelo, cerca de la ventana.)

No encuentro nada, señor.

DON DIEGO Búscale bien, que por ahí ha de estar.


SIMÓN ¿Le tiraron desde la calle?


DON DIEGO Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y dieciséis años y

criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.

SIMÓN Aquí está.

(Halla la carta, y se la da a DON DIEGO.)

DON DIEGO Vete abajo, y enciende una luz... En la

caballeriza o en la cocina... Por ahí habrá algún
farol... Y vuelve con ella al instante.
(Vase SIMÓN por la puerta del foro.)


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Escena cuarta
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO ¿Y a quién debo culpar?

(Apoyándose en el respaldo de una silla.)
¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?...
¿Sobre quién..., sobre quién ha de caer esta cólera,
que por más que lo procuro no la sé reprimir?... ¡La
naturaleza la hizo tan amable a mis ojos!... ¡Qué
esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué
felicidades me prometía!... ¡Celos...! ¿Yo...? ¡En
qué edad tengo celos...! Vergüenza es... Pero
esta inquietud que yo siento, esta indignación,
estos deseos de venganza, ¿de qué provienen?
¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que...
(Advirtiendo que suena ruido en la puerta del
cuarto de DOÑA FRANCISCA, se retira a un
extremo del teatro.)
Sí.


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Escena quinta
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DON DIEGO, RITA, SIMÓN


RITA Ya se han ido...

(Observa, escucha, asómasedespués a la ventana
y busca la carta por elsuelo.)
¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien
escrito, pero el señor don Félix es un
grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi alma!...
Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen
por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos
conocido! ¿Y este maldito papel?... Pues buena
la hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?...
Mentiras, mentiras y todo mentira.

SIMÓN Ya tenemos luz.

(Sale con luz. RITA se sorprende.)

RITA ¡Perdida soy!


DON DIEGO (Acercándose.) ¡Rita! ¿Pues tú aquí?


RITA Sí, señor, porque...


DON DIEGO ¿Qué buscas a estas horas?


RITA Buscaba... Yo le diré a usted... Porque oímos un

ruido muy grande...

SIMÓN ¿Sí, eh?


RITA Cierto... Un ruido y... Y mire usted

(Alza la jaula, que está en el suelo),
era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene duda...
¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo
está, vaya... Algún gato habrá sido. Preciso.

SIMÓN Si, algún gato.


RITA ¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que

está todavía!

SIMÓN Y con mucha razón... ¿No te parece, si le

hubiera pillado el gato?...

RITA Se le hubiera comido.

(Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared.)

SIMÓN Y sin pebre... Ni plumas hubiera dejado.


DON DIEGO Tráeme esa luz.


RITA ¡Ah! Deje usted, encenderemos ésta

(Enciende la vela que está sobre la mesa),
que ya lo que no se ha dormido...

DON DIEGO Y doña Paquita, ¿duerme?


RITA Sí, señor.


SIMÓN Pues mucho es que con el ruido del tordo...


DON DIEGO Vamos.

(Se entra en su cuarto. SIMÓN va con
él, llevándose una de las luces.)


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Escena sexta
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El sí de las niñas - Acto tercero


DOÑA FRANCISCA, RITA


DOÑA FRANCISCA (Saliendo de su cuarto.)

¿Ha parecido el papel?

RITA No, señora.


DOÑA FRANCISCA ¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?


RITA Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una

luz, y me hallé de repente, como por máquina,
entre él y su amo, sin poder escapar, ni saber
qué disculpa darles.
(Coge la luz y vuelve a buscar la carta, cerca de la ventana.)

DOÑA FRANCISCA Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo

hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?...

RITA Yo no lo encuentro, señorita.


DOÑA FRANCISCA Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único

que faltaba a mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.

RITA A lo menos por aquí...


DOÑA FRANCISCA ¡Yo estoy loca! (Siéntase.)


RITA Sin haberse explicado este hombre, ni decir

siquiera...

DOÑA FRANCISCA Cuando iba a hacerlo, me avisaste, y fue preciso

retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me
habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en
aquella carta vería yo los motivos justos que le
precisaban a volverse; que la había escrito para
dejársela a persona fiel que la pusiera en mis
manos, suponiendo que el verme sería
imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre
aleve que prometió lo que no pensaba cumplir...
Vino, halló un competidor, y diría: Pues yo,
¿para qué he de molestar a nadie ni hacerme
ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas
mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... Primero
es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz.
¡Dios mío, perdón!... ¡Perdón de haberle
querido tanto!

RITA ¡Ay, señorita!

(Mirando hacia el cuarto de DON DIEGO.)
Que parece que salen ya.

DOÑA FRANCISCA No importa, déjame.


RITA Pero si don Diego la ve a usted de esa manera...


DOÑA FRANCISCA Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?...

¿Y piensas tú que tengo alientos para
levantarme?... Que vengan, nada importa.


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Escena séptima
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DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA, SIMÓN, RITA


SIMÓN Voy enterado, no es menester más.


DON DIEGO Mira, y haz que ensillen inmediatamente al

Moro, mientras tú vas allá. Si han salido,
vuelves, montas a caballo y en una buena
carrera que des, los alcanzas... Los dos aquí,
¿eh...? Conque, vete, no se pierda tiempo.
(Después de hablar los dos, junto al cuarto de DON DIEGO,
se va SIMÓN por la puerta del foro.)

SIMÓN Voy allá.


DON DIEGO Mucho se madruga, doña Paquita.


DOÑA FRANCISCA Sí, señor.


DON DIEGO ¿Ha llamado ya doña Irene?


DOÑA FRANCISCA No, señor... (A RITA.) Mejor es que vayas allá,

por si ha despertado y se quiere vestir.
(RITA se va al cuarto de DOÑA IRENE.)




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Escena octava 1
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DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA


DON DIEGO ¿Usted no habrá dormido bien esta noche?


DOÑA FRANCISCA No, señor. ¿Y usted?


DON DIEGO Tampoco.


DOÑA FRANCISCA Ha hecho demasiado calor.


DON DIEGO ¿Está usted desazonada?


DOÑA FRANCISCA Alguna cosa.


DON DIEGO ¿Qué siente usted?

(Siéntase junto a DOÑA FRANCISCA.)

DOÑA FRANCISCA No es nada... Así un poco de...

Nada... no tengo nada.

DON DIEGO Algo será; porque la veo a usted muy abatida,

llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita?
¿No sabe usted que la quiero tanto?

DOÑA FRANCISCA Sí, señor.


DON DIEGO Pues ¿por qué no hace usted más confianza de

mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto
en hallar ocasiones de complacerla?

DOÑA FRANCISCA Ya lo sé.


DON DIEGO ¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo,

no desahoga con él su corazón?

DOÑA FRANCISCA Porque eso mismo me obliga a callar.


DON DIEGO Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de

su pesadumbre de usted.

DOÑA FRANCISCA No, señor; usted en nada me ha ofendido... No

es de usted de quien yo me debo quejar.

DON DIEGO Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá...

(Acércase más.) Hablemos siquiera una vez sin
rodeos ni disimulación... Dígame usted: ¿no es
cierto que usted mira con algo de repugnancia
este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va
que si la dejasen a usted entera libertad para la
elección, no se casaría conmigo?

DOÑA FRANCISCA Ni con otro.


DON DIEGO ¿Será posible que usted no conozca otro más

amable que yo, que la quiera bien, y que la
corresponda como usted merece?

DOÑA FRANCISCA No, señor; no, señor.


DON DIEGO Mírelo usted bien.


DOÑA FRANCISCA ¿No le digo a usted que no?


DON DIEGO ¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal

inclinación al retiro en que se ha criado, que
prefiera la austeridad del convento a una vida más...?

DOÑA FRANCISCA Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.



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Escena octava 2
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO No tengo empeño de saber más... Pero de todo

lo que acabo de oír resulta una gravísima
contradicción. Usted no se halla inclinada al
estado religioso, según parece. Usted me
asegura que no tiene queja ninguna de mí, que
está persuadida de lo mucho que la estimo, que
no piensa casarse con otro, ni debo recelar que
nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es
ése? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que
en tan poco tiempo ha alterado su semblante de
usted, en términos que apenas le reconozco?
¿Son éstas las señales de quererme
exclusivamente a mí, de casarse gustosa
conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así
la alegría y el amor?

(Vase iluminando lentamente del teatro,
suponiendo que viene la luz del día.)

DOÑA FRANCISCA Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales

desconfianzas?

DON DIEGO Pues ¿qué? Si yo prescindo de estas

consideraciones, si apresuro las diligencias de
nuestra unión, si su madre de usted sigue
aprobándola y llega el caso de...

DOÑA FRANCISCA Haré lo que mi madre me manda, y me casaré

con usted.

DON DIEGO ¿Y después, Paquita?


DOÑA FRANCISCA Después..., y mientras me dure la vida,

seré mujer de bien.

DON DIEGO Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me

considera como el que ha de ser hasta la muerte
su compañero y su amigo, dígame usted: estos
títulos, ¿no me dan algún derecho para merecer
de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que
usted me diga la causa de su dolor? Y no para
satisfacer una impertinente curiosidad, sino para
emplearme todo en su consuelo, en mejorar su
suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis
diligencias pudiesen tanto.

DOÑA FRANCISCA ¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.


DON DIEGO ¿Por qué?


DOÑA FRANCISCA Nunca diré por qué.


DON DIEGO Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!...

Cuando usted misma debe presumir que no
estoy ignorante de lo que hay.

DOÑA FRANCISCA Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no

finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no
me lo pregunte.

DON DIEGO Bien está. Una vez que no hay nada que decir,

que esa aflicción y esas lágrimas son
voluntarias, hoy llegaremos a Madrid, y dentro
de ocho días será usted mi mujer.

DOÑA FRANCISCA Y daré gusto a mi madre.


DON DIEGO Y vivirá usted infeliz.


DOÑA FRANCISCA Ya lo sé.



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Escena octava 3
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo

que se llama criar bien a una niña: enseñarla a
que desmienta y oculte las pasiones más
inocentes con una pérfida disimulación. Las
juzgan honestas luego que las ven instruidas en
el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el
temperamento, la edad ni el genio no han de
tener influencia alguna en sus inclinaciones, o
en que su voluntad ha de torcerse al capricho de
quien las gobierna. Todo se las permite, menos
la sinceridad. Con tal que no digan lo que
sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más
desean, con tal que se presten a pronunciar,
cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego,
origen de tantos escándalos, ya están bien
criadas, y se llama excelente educación la que
inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio
de un esclavo.

DOÑA FRANCISCA Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de

nosotras, eso aprendemos en la escuela que se
nos da... Pero el motivo de mi aflicción es
mucho más grande.

DON DIEGO Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted

se anime... Si la ve a usted su madre de esa
manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya
parece que se ha levantado.

DOÑA FRANCISCA ¡Dios mío!


DON DIEGO Si, Paquita; conviene mucho que usted vuelva

un poco sobre sí... No abandonarse tanto...
Confianza en Dios... Vamos, que no siempre
nuestras desgracias son tan grandes como la
imaginación las pinta... ¡Mire usted qué
desorden éste! ¡Qué agitación! ¡Qué lágrimas!
Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así...
con cierta serenidad y...? ¿Eh?

DOÑA FRANCISCA Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi

madre. Si usted no me defiende, ¿a quién he de
volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de
esta desdichada?

DON DIEGO Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es

posible que yo la abandonase.... ¡criatura!..., en
la situación dolorosa en que la veo?

(Asiéndola de las manos.)

DOÑA FRANCISCA ¿De veras?


DON DIEGO Mal conoce usted mi corazón.


DOÑA FRANCISCA Bien le conozco.


(Quiere arrodillarse; DON DIEGO se lo estorba,
y ambos se levantan.)

DON DIEGO ¿Qué hace usted, niña?


DOÑA FRANCISCA Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad

una mujer tan ingrata para con usted!... No,
ingrata no: infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor
don Diego!

DON DIEGO Yo bien sé que usted agradece como puede el

amor que la tengo... Lo demás todo ha sido...,
¿qué sé yo?..., una equivocación mía, y no otra
cosa... Pero usted, ¡inocente!, usted no ha tenido
la culpa.

DOÑA FRANCISCA Vamos... ¿No viene usted?


DON DIEGO Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por

allá.

DOÑA FRANCISCA Vaya usted presto.


(Encaminándose al cuarto de DOÑA IRENE, vuelve y se despide
de DON DIEGO besándole las manos.)

DON DIEGO Sí, presto iré.



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Escena nona
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO, SIMÓN


SIMÓN Ahí están, señor.


DON DIEGO ¿Qué dices?


SIMÓN Cuando yo salía de la Puerta, los vi a lo lejos,

que iban ya de camino. Empecé a dar voces y
hacer señas con el pañuelo; se detuvieron, y
apenas llegué y le dije al señorito lo que usted
mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le
encargué que no subiera hasta que le avisara yo,
por si acaso había gente aquí, y usted no quería
que le viesen.

DON DIEGO Y ¿qué dijo cuando le diste el recado?


SIMÓN Ni una sola palabra... Muerto viene... ya digo, ni

una sola palabra... A mí me ha dado compasión
el verle así tan...

DON DIEGO No me empieces ya a interceder por él.


SIMÓN ¿Yo, señor?


DON DIEGO Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!...

Es un pícaro...

SIMÓN Como yo no sé lo que ha hecho...


DON DIEGO Es un bribón, que me ha de quitar la vida...

Ya te he dicho que no quiero intercesores.

SIMÓN Bien está, señor.


(Vase por la puerta del foro. DON DIEGO se sienta,
manifestando inquietud y enojo.)

DON DIEGO Dile que suba.



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Escena décima 1
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DON DIEGO, DON CARLOS


DON DIEGO Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En

dónde has estado desde que no nos vemos?

DON CARLOS En el mesón de afuera.


DON DIEGO Y no has salido de allí en toda la noche, ¿eh?


DON CARLOS Sí, señor, entré en la ciudad y...


DON DIEGO ¿A qué?... Siéntese usted.


DON CARLOS Tenía precisión de hablar con un sujeto...

(Siéntase.)

DON DIEGO ¡Precisión!


DON CARLOS Sí, señor... le debo muchas atenciones, y no era

posible volverme a Zaragoza sin estar primero
con él.

DON DIEGO Ya. En habiendo tantas obligaciones de por

medio... Pero venirle a ver a las tres de la
mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por
qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de
tener... Con este papel que le hubieras enviado
en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle
trasnochar, ni molestar a nadie.
(Dándole el papel que tiraron a la ventana. DON CARLOS, luego
que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.)

DON CARLOS Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama?

¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se
evitaría una contestación de la cual ni usted ni
yo quedaremos contentos?

DON DIEGO Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto,

y quiere que usted se lo diga.

DON CARLOS ¿Para qué saber más?


DON DIEGO Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!


DON CARLOS Bien está.


DON DIEGO Siéntate ahí... (Siéntase DON CARLOS.) ¿En

dónde has conocido a esta niña?... ¿Qué amor es
éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué
obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo
la viste?

DON CARLOS Volviéndome a Zaragoza el año pasado, llegué a

Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el
intendente, en cuya casa de campo nos apeamos,
se empeñó en que había de quedarme allí todo
aquel día, por ser cumpleaños de su parienta,
prometiéndome que al siguiente me dejaría
proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas
hallé a doña Paquita, a quien la señora había
sacado aquel día del convento para que se
esparciese un poco... Yo no sé qué vi en ella,
que excitó en mí una inquietud, un deseo
constante, irresistible, de mirarla, de oírla, de
hallarme a su lado, de hablar con ella, de
hacerme agradable a sus ojos... El intendente
dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era
muy enamorado, y le ocurrió fingir que me
llamaba don Félix de Toledo, nombre que dio
Calderón a algunos amantes de sus comedias.
Yo sostuve esta ficción, porque desde luego
concebí la idea de permanecer algún tiempo en
aquella ciudad, evitando que llegase a noticia de
usted... Observé que doña Paquita me trató con
un agrado particular, y cuando por la noche nos
separamos, yo me quedé lleno de vanidad y de
esperanzas, viéndome preferido a todos los
concurrentes de aquel día, que fueron muchos.
En fin... Pero no quisiera ofender a usted
refiriéndole...


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Escena décima 2
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO Prosigue.


DON CARLOS Supe que era hija de una señora de Madrid,

viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fue
necesario fiar de mi amigo los proyectos de
amor que me obligaban a quedarme en su
compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos,
halló disculpas, las más ingeniosas, para que
ninguno de su familia extrañara mi detención.
Como su casa de campo está inmediata a la
ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré
que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y
con las pocas respuestas que de ellas tuve, acabé
de precipitarme en una pasión que mientras viva
me hará infeliz.

DON DIEGO Vaya... Vamos, sigue adelante.


DON CARLOS Mi asistente (que como usted sabe, es hombre

de travesura, y conoce el mundo), con mil
artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó
los muchos estorbos que al principio
hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a
las cuales respondían con otras tres desde una
ventanilla que daba al corral de las monjas.
Hablábamos todas las noches, muy a deshora,
con el recato y las precauciones que ya se dejan
entender... Siempre fui para ella don Félix de
Toledo, oficial de un regimiento, estimado de
mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más,
ni la hablé de mis parientes ni de mis
esperanzas, ni la di a entender que casándose
conmigo podría aspirar a mejor fortuna; porque
ni me convenía nombrarle a usted, ni quise
exponerla a que las miras de interés, y no el
amor, la inclinasen a favorecerme. De cada vez
la hallé más fina, más hermosa, más digna de
ser adorada... Cerca de tres meses me detuve
allí; pero al fin era necesario separarnos, y una
noche funesta me despedí, la dejé rendida a un
desmayo mortal, y me fui, ciego de amor,
adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas
consolaron por algún tiempo mi ausencia triste,
y en una que recibí pocos días ha, me dijo cómo
su madre trataba de casarla, que primero
perdería la vida que dar su mano a otro que a
mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba
a cumplirlos... Monté a caballo, corrí
precipitado el camino, llegué a Guadalajara, no
la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe
usted, no hay para qué decírselo.

DON DIEGO ¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?


DON CARLOS Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor,

pasar a Madrid, verle a usted, echarme a sus
pies, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no
riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso
no... Sólo su consentimiento y su bendición para
verificar un enlace tan suspirado, en que ella y
yo fundábamos toda nuestra felicidad.


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Escena décima 3
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El sí de las niñas - Acto tercero


DON DIEGO Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar

muy de otra manera.

DON CARLOS Sí, señor.


DON DIEGO Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre

y toda su familia aplauden este casamiento.
Ella... y sean las que fueren las promesas que a
ti te hizo... ella misma, no ha media hora, me ha
dicho que está pronta a obedecer a su madre y
darme la mano, así que...

DON CARLOS Pero no el corazón. (Levántase.)


DON DIEGO ¿Qué dices?


DON CARLOS No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará

sus bodas cuando guste; ella se portará siempre
como conviene a su honestidad y a su virtud;
pero yo he sido el primero, el único objeto de su
cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su
marido; pero si alguna o muchas veces la
sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en
lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte
usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo,
yo seré la causa... Los suspiros, que en vano
procurará reprimir, serán finezas dirigidas a un
amigo ausente.

DON DIEGO ¿Qué temeridad es ésta?


(Se levanta con mucho enojo, encaminándose
hacia DON CARLOS, que se va retirando.)

DON CARLOS Ya se lo dije a usted... Era imposible que yo

hablase una palabra sin ofenderle... Pero,
acabemos esta odiosa conversación... Viva usted
feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he
querido disgustar... La prueba mayor que yo
puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la
de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me
niegue a lo menos el consuelo de saber que
usted me perdona.

DON DIEGO ¿Con que, en efecto, te vas?


DON CARLOS Al instante, señor... Y esta ausencia será bien

larga.

DON DIEGO ¿Por qué?


DON CARLOS Porque no me conviene verla en mi vida... Si las

voces que corren de una próxima guerra se
llegaran a verificar... entonces...

DON DIEGO ¿Qué quieres decir?

(Asiendo de un brazo a DON CARLOS
le hace venir más adelante.)

DON CARLOS Nada... Que apetezco la guerra, porque soy

soldado.

DON DIEGO ¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón

para decírmelo?

DON CARLOS Alguien viene...


(Mirando con inquietud hacia el cuarto
de DOÑA IRENE, se desprende de DON DIEGO,
y hace que se va por la puerta del foro.
DON DIEGO va detrás de él y quiere detenerle.)

Tal vez será ella... Quede usted con Dios.

DON DIEGO ¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.


DON CARLOS Es preciso... Yo no he de verla... Una sola

mirada nuestra pudiera causarle a usted
inquietudes crueles.

DON DIEGO Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese

cuarto.

DON CARLOS Pero si...


DON DIEGO Haz lo que te mando.

(Éntrase DON CARLOS en el cuarto de DON DIEGO.)


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Escena undécima 1
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El sí de las niñas - Acto tercero


DOÑA IRENE, DON DIEGO


DOÑA IRENE Conque, señor don Diego, ¿es ya la de

vámonos?... Buenos días... (Apaga la luz que
está sobre la mesa.) ¿Reza usted?

DON DIEGO Sí, para rezar estoy ahora.

(Paseándose con inquietud.)

DOÑA IRENE Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el

chocolate y que avisen al mayoral para que
enganchen luego que... Pero, ¿qué tiene usted,
señor?... ¿Hay alguna novedad?

DON DIEGO Sí, no deja de haber novedades.


DOÑA IRENE Pues ¿qué?... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya,

vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy...
Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve
toda y me... Desde el último mal parto que tuve,
quedé tan sumamente delicada de los nervios...
Y va ya para diez y nueve años, si no son
veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera
friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos
de culebra, ni la conserva de tamarindos; nada
me ha servido; de manera que...

DON DIEGO Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de

conservas... Hay otra cosa más importante de
que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?

DOÑA IRENE Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre

para que todo esté a la vela, y no haya
detención.

DON DIEGO Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que

asustarse ni alborotarse (Siéntanse los dos) por
nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos
abandone el juicio cuando más lo necesitamos...
Su hija de usted está enamorada...

DOÑA IRENE ¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí señor que

lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...

DON DIEGO ¡Este vicio maldito de interrumpir a cada paso!

Déjeme usted hablar.

DOÑA IRENE Bien, vamos, hable usted.


DON DIEGO Está enamorada; pero no está enamorada de mí.


DOÑA IRENE ¿Qué dice usted?


DON DIEGO Lo que usted oye.


DOÑA IRENE Pero, ¿quién le ha contado a usted esos

disparates?

DON DIEGO Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha

contado, y cuando se lo digo a usted, bien
seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué
llanto es ése?

DOÑA IRENE (Llora.) ¡Pobre de mí!


DON DIEGO ¿A qué viene eso?


DOÑA IRENE ¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy

una pobre viuda, parece que todos me
desprecian y se conjuran contra mí!

DON DIEGO Señora doña Irene...


DOÑA IRENE Al cabo de mis años y de mis achaques, verme

tratada de esta manera, como un estropajo,
como una puerca cenicienta, vamos al decir...
¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!...
¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último
difunto que me viviera, que tenía un genio como
una serpiente...


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Escena undécima 2
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DON DIEGO Mire usted, señora, que se me acaba ya la

paciencia.

DOÑA IRENE Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho

una furia del infierno, y un día del Corpus, yo
no sé por qué friolera, hartó de mojicones a un
comisario ordenador, y si no hubiera sido por
dos padres del Carmen, que se pusieron de por
medio, le estrella contra un poste en los portales
de Santa Cruz.

DON DIEGO Pero ¿es posible que no ha de atender usted a lo

que voy a decirla?

DOÑA IRENE ¡Ay! No señor, que bien lo sé, que no tengo pelo

de tonta, no, señor... Usted ya no quiere a la
niña, y busca pretextos para zafarse de la
obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de
mi corazón!

DON DIEGO Señora doña Irene, hágame usted el gusto de

oírme, de no replicarme, de no decir
despropósitos, y luego que usted sepa lo que
hay, llore y gima y grite, y diga cuanto quiera...
Pero, entretanto, no me apure usted el
sufrimiento, por amor de Dios.

DOÑA IRENE Diga usted lo que le dé la gana.


DON DIEGO Que no volvamos otra vez a llorar y a...


DOÑA IRENE No, señor, ya no lloro.

(Enjugándose las lágrimas con un pañuelo.)

DON DIEGO Pues hace ya cosa de un año, poco más o menos,

que doña Paquita tiene otro amante. Se han
hablado muchas veces, se han escrito, se han
prometido amor, fidelidad, constancia... Y por
último, existe en ambos una pasión tan fina, que
las dificultades y la ausencia, lejos de
disminuirla, han contribuido eficazmente a
hacerla mayor. En este supuesto...

DOÑA IRENE Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un

chisme inventado por alguna mala lengua que
no nos quiere bien?

DON DIEGO Volvemos otra vez a lo mismo... No, señora, no

es chisme. Repito de nuevo que lo sé.

DOÑA IRENE ¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene

eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas,
encerrada en un convento, ayunando los siete
reviernes, acompañada de aquellas santas
religiosas!... ¡Ella, que no sabe lo que es mundo,
que no ha salido todavía del cascarón, como
quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted
el genio que tiene Circuncisión... ¡Pues bonita
es ella para haber disimulado a su sobrina el
menor desliz!

DON DIEGO Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña

Irene; se trata de una inclinación honesta, de la
cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente
alguno. Su hija de usted es una niña muy
honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que
digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad,
y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y
yo el primero, nos hemos equivocado
solemnemente. La muchacha se quiere casar con
otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde;
usted ha contado muy de ligero con la voluntad
de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea
usted ese papel, y verá si tengo razón.

(Saca el papel de DON CARLOS y se le da a DOÑA
IRENE. Ella, sin leerle, se levanta muy agitada,
se acerca a la puerta de su cuarto y llama.
Levántase DON DIEGO y procura en vano contenerla.)

DOÑA IRENE ¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!...

¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!

DON DIEGO Pero, ¿a qué es llamarlas?


DOÑA IRENE Sí, señor; que quiero que venga y que se

desengañe la pobrecita de quién es usted.

DON DIEGO Lo echó todo a rodar... Esto le sucede a quien se

fía de la prudencia de una mujer.


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Escena duodécima
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El sí de las niñas - Acto tercero


DOÑA FRANCISCA, DOÑA IRENE, DON DIEGO, RITA


(Salen DOÑA FRANCISCA y RITA de su cuarto.)
RITA Señora.


DOÑA FRANCISCA ¿Me llamaba usted?


DOÑA IRENE Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata

de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué
amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra
de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú,
picarona... Pues tú también lo has de saber... Por
fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel?
¿Qué dice?...
(Presentando el papel abierto a DOÑA FRANCISCA.)

RITA (Aparte a Doña Francisca) Su letra es.


DOÑA FRANCISCA ¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple

usted su palabra?

DON DIEGO Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga

usted aquí...
(Tomando de una mano a DOÑAFRANCISCA, la pone a su lado.)
No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no
me ponga en términos de hacer un desatino...
Deme usted ese papel...
(Quitándola el papel de las manos a DOÑA IRENE.)
Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta
noche.

DOÑA FRANCISCA Mientras viva me acordaré.


DON DIEGO Pues éste es el papel que tiraron a la ventana...

No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.)
«Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré
lo posible para que llegue a sus manos esta
carta. Apenas me separé de usted, encontré en la
posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle
no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que
saliera inmediatamente de la ciudad, y fue
preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no
don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted
dichosa y olvide para siempre a su infeliz
amigo. Carlos de Urbina.»

DOÑA IRENE ¿Conque hay eso?


DOÑA FRANCISCA ¡Triste de mí!


DOÑA IRENE ¿Conque es verdad lo que decía el señor,

grandísima picarona? Te has de acordar de mí.

(Se encamina hacia DOÑA FRANCISCA, muy
colérica, y en ademán de querer maltratarla.
RITA y DON DIEGO lo estorban.)

DOÑA FRANCISCA ¡Madre!... ¡Perdón!


DOÑA IRENE No, señor, que la he de matar.


DON DIEGO ¿Qué locura es ésta?


DOÑA IRENE He de matarla.



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Escena treceava
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DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA


(Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un
brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro
y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se
asusta y se retira.)

DON CARLOS Eso no... Delante de mí nadie ha de ofenderla.


DOÑA FRANCISCA ¡Carlos!


DON CARLOS Disimule

(A DON DIEGO)
usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no
me he sabido contener.

DOÑA IRENE ¿Qué es lo que me sucede Dios mío?... ¿Quién

es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué
escándalo!

DON DIEGO Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su

hija de usted está enamorada... Separarlos y
matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No
importa... Abraza a tu mujer.
(Se abrazan DON CARLOS y DOÑA FRANCISCA,
y después se arrodillan a los pies de DON DIEGO.)

DOÑA IRENE ¿Conque su sobrino de usted?...


DON DIEGO Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y

su música, y su papel, me ha dado la noche más
terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto,
hijos míos, qué es esto?

DOÑA FRANCISCA ¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?


DON DIEGO. Sí, prendas de mi alma... Sí. Texto

(Los hace levantar con expresión de ternura.)

DOÑA IRENE ¿Y es posible que usted se determina a hacer un

sacrificio?...

DON DIEGO Yo pude separarlos para siempre, y gozar

tranquilamente la posesión de esta niña amable;
pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!...
¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en
el alma el esfuerzo que acabo de hacer!...
Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

DON CARLOS (Besándole las manos.)

Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar
a consolar a usted en tanta pérdida...

DOÑA IRENE ¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...


DON DIEGO Él y su hija de usted estaban locos de amor,

mientras que usted y las tías fundaban castillos
en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones,
que han desaparecido como un sueño... Esto
resulta del abuso de la autoridad, de la opresión
que la juventud padece; estas son las
seguridades que dan los padres y los tutores, y
esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas...
Por una casualidad he sabido a tiempo el error
en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben
tarde!.

DOÑA IRENE En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos

años se gocen... Venga usted acá, señor, venga
usted, que quiero abrazarle.
(Abrazando a DON CARLOS. DOÑA FRANCISCA se
arrodilla y besa la mano a su madre.)
Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido...
Cierto que es un mozo galán... Morenillo, pero tiene un
mirar de ojos muy hechicero.

RITA Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la

niña... Señorita, un millón de besos.
(Se besan DOÑA FRANCISCA y RITA.)

DOÑA FRANCISCA Pero, ¿ves qué alegría tan grande?...

¡Y tú, como me quieres tanto!... Siempre, siempre
serás mi amiga.

DON DIEGO Paquita hermosa

(Abraza a DOÑA FRANCISCA),
recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre...
No temo ya la soledad terrible que amenazaba a mi vejez...
Vosotros
(Asiendo de las manos a DOÑA FRANCISCA y a DON CARLOS)
seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de
vuestro amor... sí, hijos, aquél....
no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le
acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me
debe su existencia este niño inocente; si sus
padres viven, si son felices, yo he sido la causa.

DON CARLOS ¡Bendita sea tanta bondad!


DON DIEGO Hijos, bendita sea la de Dios.



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El sí de las niñas del Leandro Fernández de Moratín
Advertencia

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