El rival

El rival de Emilia Pardo Bazán


-La única mujer que me ha trastornado inspirándome algo espiritual, algo dominador -dijo Tresmes evocando uno de sus recuerdos de galanteador incorregible-, ni era bonita, ni elegante, ni descendía del Cid... Por no ser nada, tengo para mí que ni aun era «virtuosa», en el sentido usual de la palabra. Para mí, virtuosa fue, o dígase inexpugnable; y acaso sea ésa la verdadera razón de mi sinrazón, porque, créanlo ustedes, estuve loco.

Ante todo, referiré cómo la conocí. Es el caso que otra mujer, Marcela Fuentehonda... ¿No os acordáis? ¡Fue tan público aquello! Sí, Celita, mi prima, a la sazón mi «doña Perpetua» (ya íbamos cansándonos de constancia, preciso es decirlo en elogio de los dos), un día en que nos aburríamos más de la cuenta y temblábamos ante la perspectiva de pasarnos la tarde entera poniendo bostezos de a cuarta entre un «paloma» y un «mía», me propuso lo que acepté inmediatamente: ir a consultar a una adivina, sonámbula o qué sé yo, recién llegada a París. Dicho y hecho; nos embutimos en un simón -a esas cosas no se suele ir en coche propio-, llegamos a la calle de la Cruz Verde, nombre fatídico que recuerda la Inquisición, subimos una escalera destartalada y entramos en una salita con muebles antiguos, de empalidecido damasco carmesí...

-¿Y cómo es que una hechicera parisiense se había metido en tal tugurio? -preguntamos al vizconde.

-¡Ah! Ella vivía en un hotel; pero, para mayor misterio, consultaba en aquella casa, que desde tiempo inmemorial habitaban las brujas de Madrid. Sí, es una morada -lo averigüé entonces- donde nunca falta quien eche las cartas y practique los ritos quirománticos.

Soltamos la carcajada, sin que Tresmes uniese su risa a la nuestra, de un superficial escepticismo.

-Esperamos -continuó- cosa de media hora, y la espera irritó la curiosidad. Sin embargo, tomamos la cosa como travesura. Cuando nos hicieron pasar al gabinete, nos dábamos al codo. Aunque era día claro, las seis de la tarde en abril, las ventanas estaban cerradas herméticamente, y la habitación, revestida de paños negros, la alumbraban cirios en candeleros de plata. Ante una mesita con tapete de raso negro vi sentada a la bruja. ¿Me permiten ustedes que la llame así? ¡Como que jamás he sabido su verdadero nombre!

-Vaya por la bruja -respondimos burlones y condescendientes.

-La bruja, pues, era una mujer joven, pálida, muy pálida, casi demacrada, cuyos ojos, de un color de avellana amarillento, hervían en chispas de luz como la venturina al sol. Sus labios eran demasiado rojos; su pelo, lacio, negro, abundante, debía de pesarle. Vestía una bata grana y llevaba al cuello un collar de amuletos egipcios...

-¡Estaría hecha una birria! -exclamamos algunos, que habíamos determinado poner en solfa el cuento de Tresmes.

-Eso opinó Celita cuando salimos a la calle -repuso él-; pero ¿qué sabemos lo que es «risible», lo que es «ridículo»? El convencionalismo social dicta leyes; la pasión nos las conoce... Desde que puse los pies en el gabinete negro de la bruja me sentí, ¿cómo explicarlo?, «fuera» de o «sobre» lo convencional. Mi prima Celita, intachablemente vestida, me produjo el efecto de una muñeca. Los ojos chispeantes de la bruja me habían sorbido el corazón.

Sin levantarse, sin ofrecernos asiento, nos preguntó cuál era el objeto de nuestra visita.

-Que nos diga usted la buenaventura -gritó Celia, aturdidamente-. Mi hermano y yo (al decir «hermano» me miraba con malicia involuntaria) queremos conocer el porvenir.

-Denme ustedes a un tiempo la mano -contestó la bruja; y reuniendo mi diestra abrasada y temblorosa con la de Celita, pronunció lentamente, sin mirarnos, con los ojos puestos en el techo-: Hermanos, no. Enamorados, tampoco. Parientes... y ligados por un lazo que ya se afloja.

Nos miramos con miedo. No cabía más amarga y completa lucidez. La bruja soltó mi mano, conservando asida la de Marcela; la extendió abriéndole la palma y me hizo señas de que alumbrase con un cirio.

-¿Debo decir la verdad? -preguntó gravemente.

-Venga la verdad -tartamudeó Celita, impresionada.

-Pues la línea de la vida, en usted, hace una rápida inflexión, ¡tan rápida...!

-¿Es... presagio... de muerte?

-Pudiera serlo... No lo afirmo así, en absoluto... Sólo..., convendría que tuviese usted cuidado...

Celita quiso reír, pero su risa era forzada y su cara estaba lívida.

-¿Y yo? -pregunté para distraerla, tendiendo a mi vez la mano. La bruja la tomó y sentí como una fuerte corriente eléctrica que atravesaba mi cuerpo.

-Usted... ¿A ver? Tenga la bondad de alumbrar, señora... ¡Oh! ¡Larga, muy larga existencia! Ni los excesos ni los placeres han conseguido atacar la vitalidad. A no ser por muerte violenta... La sangre que veo -continuó con una especie de extravío- es ajena. ¡Esta mano sabe dirigir la bala!

Tresmes calló un instante, preocupado; todos le imitamos, recordando su famoso desafío con Lamira, a quien había clavado una en mitad del corazón.

-En fin -prosiguió después de un rato de silencio-, salimos de allí, y aunque Celita declaraba haberse divertido muchísimo, en realidad íbamos los dos preocupados; ella, temblando ante la idea de la muerte; yo, sin poder olvidar el rostro descolorido y los ojos de venturina. Al otro día, a la misma hora, me fui solo a la calle de la Cruz Verde. Recibido por la bruja, no sé qué le dije; le confesé el atractivo que en mí ejercía, la fuerza psíquica que tenía sobre mí. Helada y serena, me señaló una silla, y emprendimos larga conversación entre el olor de iglesia de los encendidos cirios y el tétrico silencio de una habitación tan semejante a una cámara mortuoria.

Algo emanaba de aquella mujer que yo no había hallado en ninguna. Conocedor y experto en el género -creo que ustedes saben que no es jactancia-; coleccionista de impresiones femeniles; aficionado al amor como otros al objeto de arte, encontraba allí «lo nuevo», y nada escasea en amor como la novedad. Si he de definir mis sentimientos por medio de una contradicción, diré que al lado de la bruja experimentaba lo que llamaré «frío ardiente». Todo en ella era glacial: su piel marmórea, lisa, semejante a un témpano; su rostro impasible de sibila; su habla solemne; el mirar de sus ojos de ágata, transparentes como un vino puro. No necesito decir que rompí con Celita; fue un trueno silencioso, sencillamente; no volví a poner los pies en su casa. Pasaba las tardes en el gabinete negro, tratando de leer en el alma enigmática de mi bruja, ¡en su alma, lo único de que yo sentía inextinguible sed! Averigüé que no era francesa, sino dinamarquesa; que no tenía familia, parientes ni allegados; que desde los quince años rodaba por el mundo, y que estaba casada, aunque no vivía con su marido.

-Mi esposo -díjome un día con orgullo- es un príncipe de la más ilustre progenie; sus dominios son tan vastos, que jamás podrá medirlos; su poder no reconoce límites; ningún soberano compite con él. Como sabe que tantas mujeres le adoramos, nos hace poco caso, y nos es infiel sin cesar. Conmigo sólo pasó un día -el de nuestras bodas-, y desde ese día le idolatro. ¡Nadie borrará su recuerdo, nadie!

Al pronto me causó suma extrañeza la conseja del príncipe archimillonario y poderosísimo que deja a su mujer ganarse la vida diciendo la buenaventura, y declaro que creí que la bruja mentía por vanidad; pero después una idea hirió mi imaginación, y se me ocurrió que el tal príncipe... sólo podía ser... ¡Ea!, si se ríen ustedes, me callo. Ese «personaje» no está de moda, y, sin embargo, ¡caramba, confiésenlo!, en él «nos movemos, vivimos y somos» todos los pecadores y epicúreos de la coronada villa y de cuantas villas existen. La ocurrencia de que el esposo de la bruja era ni más ni menos que... el mismo «Diablo»; sí, ríanse cuanto quieran...; me empeñó más en su insensato amor, sin esperanza alguna. ¡Rival de Lucifer! Eso no se ve todos los días. Al tocar la mano de la bruja, el hielo de su piel me encendía el alma. Llegué a creer lo que cuentan de la posesión diabólica...

-¿Y cómo acabó esa rara manía, vizconde? -insistimos.

-¡Ah! De un modo extraño también. Ya me dirán si me equivoco... Oigan ustedes. Andaba yo más embebecido que nunca en mi pasión del otro mundo, cuando, casualmente, al leer un periódico, me encuentro con la noticia de que Celita había muerto... Una imprudencia a la salida de un baile; un enfriamiento... No sé qué enfermedad repentina... En fin: que aquel día la enterraban. Profundamente emocionado al ver realizada la profecía de la sibila resolví acudir al funeral; ¡no podía hacer menos! Al entrar en una iglesia, por primera vez después de muchos años, creí divisar a la bruja en la puerta, abriendo sus brazos blancos y sin calor para estorbarme el paso. Instintivamente -¡hábitos de la niñez!- me persigné, murmurando restos de una oración casi borrada de mi memoria. Entonces desapareció la figura de mujer y pensé ver el ataúd de Celita cubierto de paños negros y oí con terror, ¿a qué negarlo?, los rezos de difuntos... Me posterné de rodillas, hecho un doctrino. ¡Pobre Celita! Hubiese jurado que su voz, llorosa y débil, pronunciaba mi nombre... Se me enmudecieron los ojos..., y fue como si me arrancasen del pecho una raíz muy larga, de planta venenosa; ¡se me borró enteramente la imagen de la bruja! Ni volví a pasar por la calle de la Cruz Verde. ¡Cuando pienso que, ocho días antes, me había revolcado a sus pies, rogándole que se divorciase de mi rival y aceptase mi mano...

Y Tresmes, sacudiendo la ceniza del cigarro, añadió:

-Ante el amor, más aún que ante la muerte, debemos reconocer que «no somos nadie»... Polvo y ceniza.